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UN POCO DE ABRIL
Inicios
1
Abrió la puerta del bar lanzando el último suspiro y sin saber si entraba en el cielo o el infierno.
El lugar er...
delicados, aspecto angelical, un rostro bellamente dibujado por la mano de un artista sensible.
Tuvo que ponerse en marcha...
—Me gustó tu carta. —Su voz era dulce y sonaba reposada, cargada de dolorosa ternura—. Esa
fue la clave. Era muy bonita.
—...
—De todas formas la edad no importa mucho.
—Tal vez, por gustos, afinidades…
Jaime se hundió en sus ojos. Diecinueve años....
tenía la boca seca y no se había dado cuenta. Cuando ella lo dejó en la mesa, su tono se hizo más
adusto.
—No quisiera ser...
2
Jaime cerró la puerta de su piso y solo entonces fue capaz de reaccionar.
O más bien lo hizo su cuerpo.
El sudor frío, l...
—Mierda… —jadeó.
Cerró el agua, salió de la ducha y se secó con una toalla grande. El espejo le devolvió su imagen.
Era re...
¿Cuántas veces se había enamorado a la primera, a simple vista? Muchas. ¿Y con cuántas acabó
liado? Neli a los diecisiete,...
El ángel de la muerte.
Sin futuro.
3
Olga pronunció el nombre nada más abrir la puerta del piso.
—¿Gloria?
No le llegó ninguna respuesta. Tampoco había luz, ...
adquiriera tintes de urgencia.
No, no era urgente.
Solo necesario.
Como respirar.
Olga acercó su rostro al espejo. Examinó...
—Jaime —pronunció el nombre en voz alta.
Le gustó. Jaime y Olga. Olga y Jaime. La diferencia de edad no era problema. Decí...
Logró apartar a Darío de su cabeza. Volvió a Jaime.
Tal vez lo habría conocido igualmente, y aunque de otra forma, habrían...
4
El timbre del teléfono le arrancó de su abstracción. Estuvo a punto de no contestar. Finalmente lo
hizo con la mano dere...
—Pues ya ves.
—¿Así que vas a seguir?
—Es lo que me estoy planteando.
—Te lo dije: eres un cerdo. Si antes me parecía mal,...
—Nada. Hemos dejado todo lo desagradable para la segunda cita.
—Pero ella… ¿está bien o ya…?
—Está bien.
—¿Y tú? ¿Le has g...
tal vez Palestina. Niños y piedras. Gritos y odio. Lágrimas y tanques. Había conflictos en muchas
partes, en medio mundo, ...
5
Gloria llegó a las once y media de la noche, cansada pero manteniendo su constante sonrisa
colgada de los labios. La oyó...
—¿Es guapo?
—Sabes que no me importa eso.
—¿Es guapo? —repitió Gloria.
—Diría que sí.
—Dirías que sí. —Hizo un gesto de re...
—Lo sé —convino Olga—. ¿Crees que yo no?
—Ya hablamos mucho de todo esto cuando me dijiste lo que ibas a hacer, pero ahora...
6
Se encontró con la llamada perdida al abrir el móvil y con el número de ella impreso en la pantalla.
Lo había memorizado...
de sus lágrimas. Había sido un estúpido. Él y su maldito instinto, su afán de protagonismo, sus ganas
de subir cuanto más ...
—De acuerdo, el sábado, ¿donde el otro día?
—Sí.
—¿Prefieres a primera hora, a media tarde…?
—A primera hora. ¿Las cuatro?...
Descubrimientos
7
Salieron de la sala rodeados por la flora y la fauna habituales de la primera sesión de la tarde:
silenc...
Jaime tragó saliva.
Verdades en medio de una gran mentira.
Porque lo único que no podía hacer era…
Estaba bloqueado.
Ella ...
Escuchó la primera voz, el grito: «No, no, ¡no!».
Y una docena de voces más: «No lo hagas», «Dile la verdad, ahora», «Si d...
—¿Porque hablo así, con naturalidad, y de cosas tan importantes como lo que nos pasa? ¿Y qué
quieres que haga? Tú también ...
parte, porque también se enamoró de mí y por eso duró tanto. Pero después… Me dijo que no quería
atarse, y que conmigo iba...
8
Fue en la cena, mientras esperaban el postre, con los restos de las pizzas diseminados por sus
platos, cuando Olga retom...
sentirme viva el tiempo que lo esté, porque no es igual estar vivo que sentirse vivo. Para mí, estar
sola es todo lo contr...
está encadenado, que en la vida las ruedas giran sin parar para todos, y que hay causas y
consecuencias. No puedo vivir co...
9
Sus manos se entrelazaron al salir del restaurante, al filo de la medianoche. Fue un acuerdo tácito,
un gesto común. Los...
—Y no era de alegría, claro, porque se trataba de un matrimonio clásico: concertado.
—Sí —reconoció Olga—. Cuando vi su ro...
Se le apareció Almudena en la mente.
Fugaz.
—No.
—Yo tampoco —admitió ella.
—¿Lo echas de menos?
—Lo físico, no. Lo emotiv...
sabes cómo enfocar esto todavía.
—Sí lo sé. —Consiguió vencer el nudo de su garganta.
—Yo puse el anuncio. Yo te llamé. A ...
—¿Quieres que nos veamos mañana?
Ya no podía escapar. Tenía que llegar hasta el fondo.
El final.
Se lo acababa de decir el...
10
Eran las cuatro de la madrugada, y sabía que tanto daban las horas, porque no podría dormir.
No, atrapado en el vértigo...
había entrado en un centenar o más de páginas web cargadas de material. Olga era la última frontera.
—¿Qué estás haciendo?...
«No lo hagas.»
Sabía que llegaría hasta el final, aunque reventase, sin poderlo evitar, por mucho que se repitiese
una y o...
11
Entró en la cocina anudándose la bata y se encontró con Gloria tomando una taza de café y una
ensaimada mientras ojeaba...
días serios de su compañera de piso. Y aquel lo era. Se ponía bastante borde.
Aun así, fue sincera.
—Me gusta —admitió.
—¿...
crecer a los niños, envejecer juntos…! ¡Es ahora, mientras mi cuerpo aguante y no manifieste la
enfermedad! ¡Y puede que n...
12
La voz de Sandro sonó espesa a través del telefonillo electrónico de la entrada.
—¿Sí?
—Soy yo.
—¿Qué hora es? —Pareció...
—Me ducho para despejarme y…
—Tengo prisa —lo detuvo Jaime—. Solo pasaba por aquí.
—¿Quieres… hablar? —alucinó su amigo ca...
—Si la conocieras…
—Me da igual que sea Miss Universo, un ángel, la tía más sensacional del mundo, con el mejor
cuerpo y l...
—No quiero hacerle daño —reconoció—. No me lo podría perdonar.
—Pues se lo harás. El peor. Le arrancarás la última esperan...
13
Ya no iba a tener tiempo de comer de forma más o menos decente, o quizá sí, aunque le bastaría
con tomar un bocadillo e...
tiene la mente en blanco o llena de cosas pesadas. No quiso que ella se lo encontrara de golpe, igual
que una pesadilla, a...
objetaría nada—. Un poco tarde, ¿no te parece?
—¿Podemos ir al bar de la esquina?
—Ni hablar.
—Entonces de acuerdo. Contés...
viviendo a tu aire, siempre corriendo, corriendo sin parar. ¿Y quieres saber algo? ¡Me parece bien!
¡Es tu vida y tienes d...
14
Su habitación seguía igual. No habían tocado nada. En el fondo esperaban que regresara.
Olga la miró desde la puerta. L...
Mira que eres pesada.
—Oh, sí, yo soy pesada. —La mujer puso cara de fastidio—. En cuanto llegue tu padre comemos,
descuid...
Se le notaba radiante. Mucho. Demasiado. Olga reconoció aquella mirada, y aquella sensación. No
pudo evitar un estremecimi...
15
Siempre le había parecido curioso el comentario de algunas personas accidentadas que aseguraban
que, en el segundo fina...
Luego miró el edificio, las alturas en las que Olga debía de estar esperándole.
Ahora sí, el momento decisivo.
Subir o mar...
ALGO DE MAYO
Revelaciones
16
Todavía faltaban treinta minutos para el comienzo de la película, pero las entradas, conseguidas
después d...
Lo desarmaba. Jaime no tenía fuerzas para luchar contra sí mismo y aún menos contra ella. En la
esquina estaba dispuesto a...
Ella retiró las manos.
—No seas cruel —musitó.
—No pretendía ser cruel, solo realista.
—Pues no seas realista. Ya tengo ba...
Por un punado de besos jordi sierra i fabra
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Por un punado de besos jordi sierra i fabra

jordi sierra i fabra
Published on: Mar 4, 2016
Published in: Entertainment & Humor      
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Por un punado de besos jordi sierra i fabra

  • 1. www.megustaleerebooks.com
  • 2. UN POCO DE ABRIL
  • 3. Inicios 1 Abrió la puerta del bar lanzando el último suspiro y sin saber si entraba en el cielo o el infierno. El lugar era como tantos, y estaba lleno de gente dada la hora. Una barra a la derecha, con el personal arracimado en torno a los vinos y las tapitas, y las mesas a la izquierda y al fondo. Las paredes estaban decoradas con motivos rurales y fotografías antiguas, muy antiguas, de comienzos del siglo XX. El recinto tenía sabor, un sello muy personal, entre caduco y añejo. No se movió de la puerta mientras la buscaba. Pasó de la barra. Imposible que estuviese en ella. Primero las mesas cercanas, después las más alejadas. Por un momento pensó que no había acudido a la cita; que o bien todo era una broma o a última hora no se atrevió a llegar hasta el final. Entonces la localizó. Estaba en la mesa más alejada, al fondo, en el ángulo de la izquierda. Apostó algo a que llevaba allí mucho rato, desde antes de que se llenara el local al cierre del horario de oficinas, precisamente para tener aquel lugar protegido y discreto. Por entre las risas y, a veces, los gritos de los más exaltados, por entre el humo de los que aún no conocían el respeto a los no fumadores, y por entre aquella pequeña marea humana que los separaba, pareció abrirse un camino, un canal de comunicación. A él empezó a latirle el corazón muy rápido. Buscó un poco más, por si se equivocaba. Pero no, no había error posible. Tenía el libro en la mesa, y leía el periódico que también debía servir de contraseña. Justamente quedaba medio oculta por sus páginas. Fue como si la llamara. Ella volvió la cabeza y le miró. A Jaime se le paralizó el corazón. —Dios… —gimió. Era guapa. No una belleza radiante, espectacular y provocadora. Solo guapa, preciosa, de rasgos
  • 4. delicados, aspecto angelical, un rostro bellamente dibujado por la mano de un artista sensible. Tuvo que ponerse en marcha. Forzar una primera sonrisa, no demasiado aparatosa. Se dio cuenta de que ella también le estudiaba mientras cruzaba el local, por entre las mesas, los camareros y la gente que se movía de un lado a otro. Trató de parecer normal pero no supo si lo consiguió. Seguían pendientes de sus ojos, de sus respectivas miradas. A medida que se aproximaba vio su cabello corto, negro, el óvalo de su mejilla, los labios deliciosamente rosados, los ojos tan oscuros como pozos… Se detuvo frente a ella. En lo último que pensó fue en la paradoja del destino. ¿Cómo era posible que aquel ángel…? —¿Olga? —Sí. —Soy Jaime. —Bien. La primera sonrisa. Se sintió turbado. —¿Puedo… sentarme? —¡Oh, sí, claro, perdona! —logró reaccionar Olga. Ocupó la silla frente a la suya. Ni se dieron la mano. No pudo decir nada porque en ese instante el camarero que pasaba por su lado le preguntó qué iba a tomar. Se fijó en que ella estaba tomando un simple vaso de leche. Pidió un refresco de limón. Luego volvieron a mirarse, ahora sin disimulo. De cerca era más guapa, más intensa. Tenía un cuerpo bonito, de pechos pequeños. Llevaba una camiseta ligeramente ajustada. Los brazos eran largos y las manos perfectas, con las uñas cortas y cuidadas, sin pintar. No llevaba maquillaje así que se le antojó natural, un ramalazo de la primavera que se había estrenado un par de días antes. Entonces se dio cuenta de algo más. En el fondo, egoístamente, en plan machista, hubiera deseado que ella no fuese guapa. Ahora sintió pena, y rabia. Se le antojó como algo increíble que ella fuese… «No va a ser fácil», fue lo único que se dijo a sí mismo. —¿Soy como esperabas? —Rompió el silencio porque de lo contrario habría salido corriendo. —No importa demasiado, ¿no crees? —Sí, sí importa.
  • 5. —Me gustó tu carta. —Su voz era dulce y sonaba reposada, cargada de dolorosa ternura—. Esa fue la clave. Era muy bonita. —Gracias. —Escribes bien. Sabes emplear las palabras justas en el momento adecuado. —Tengo facilidad —reconoció Jaime. —¿Has escrito algo? —Por afición. —Me gustaría leerlo. —Se puso un poco roja—. Bueno, si… —Sí, claro. Había sido un pequeño gran coloquio para romper el hielo. Apareció una primera pausa en la que reacomodaron sus sensaciones. Jaime pensó que aquello iba a ser más complicado de lo que hubiera imaginado en un primer momento. Ya no solo era curiosidad. Era como si en un abrir y cerrar de ojos algo hubiese cambiado, en él, en su mente, en su alma, en el mismo corazón. Olga suspiró. —Escucha, esto es nuevo para mí, ¿entiendes? Ni siquiera sé… No, en realidad sí sé, pero no quiero precipitarme. —Yo tampoco —reconoció Jaime. —Se trata de algo importante. —Lo sé. —Hoy charlamos un rato, nos conocemos, y si nos parece bien probamos una segunda cita y así. —Vale. —No creas que tengo a alguien más y estoy haciendo pruebas. —No importa. —No lo tengo —quiso dejar claro ella—. No quiero jugar. —Perdona. Por primera vez advirtió una gota de humedad en sus ojos, como si empezara a desarbolarse vencida por el final de la tensión. —No estés nerviosa —le pidió Jaime. —¿No lo estás tú? —Un poco. —¿Tienes veintiséis, como dijiste? —Sí, ¿y tú…? —Diecinueve.
  • 6. —De todas formas la edad no importa mucho. —Tal vez, por gustos, afinidades… Jaime se hundió en sus ojos. Diecinueve años. Tragó saliva. —¿Sabes por qué te escogí? —preguntó Olga. —No. —En tu carta decías que el tiempo es solo la forma en que gastamos la vida. Y también que eres Sagitario. —¿Crees en los signos? —Yo soy Leo, fuego, como tú. Sagitario es el payaso del zodiaco, de buen rollo. Y para mí lo más importante en un hombre es que me haga reír. —¿Puedo hacerte una pregunta? —Sin secretos, ¿recuerdas? —¿Te escribió mucha gente? —Una asociación católica para darme ayuda espiritual y renunciar a esto, un hombre de treinta y nueve años, otro de veintidós, y por supuesto dos anónimos que decían lo típico. —¿Qué es lo típico? —Que si lo tengo es porque me lo busqué. —¿Y solo por Sagitario y por esa frase…? —El de treinta y nueve me pareció mayor. El de veintidós tenía un pasado con drogas y no me atreví. —¿Cómo se te ocurrió escribir ese anuncio? —¿Te importa que algunas cosas las dejemos para más adelante? —No. —No es que me importe dar razones, pero ponerme a recordar mi vida así, de pronto… Prefiero que esto solo sea un primer contacto, que hablemos de cine o libros. Aun suponiendo que congeniemos, hemos de meditarlo bien. —Estoy de acuerdo. —De todas formas, ¿puedo preguntarte yo a ti por qué me escribiste? —Aún no estoy seguro, pero tu anuncio fue… revelador. —¿Tú no lo habías pensado? —No. —¿Por qué? —No creía que nadie quisiera estar conmigo. Olga bebió un sorbo de su vaso de leche. Jaime hizo lo mismo con su limonada. Descubrió que
  • 7. tenía la boca seca y no se había dado cuenta. Cuando ella lo dejó en la mesa, su tono se hizo más adusto. —No quisiera ser grosera, pero me gustaría ver un certificado médico o algo que… —Sí, lo he traído. Lo extrajo del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó. Olga desplegó la hoja y la leyó detenidamente. Sus ojos destilaron una mezcla de tristeza y resignación, pero también de calma. Ninguna pregunta. Se lo devolvió. —Yo también he traído uno. —Hizo el gesto. —No es necesario. —Léelo, por favor. Lo sacó de entre las páginas del libro. Jaime hizo lo mismo que ella, leerlo, aunque sus sensaciones eran muy distintas. Sentía los ojos negros de Olga en los suyos. Parecía frágil, pero empezaba a ver que no lo era. No si había sido capaz de hacer todo aquello, aunque fuese por desesperación. Jaime siguió atrapado por los datos del certificado. «Vete. Estás a tiempo. Echa a correr», le gritó su mente. ¿Además de diferente, hubiera preferido que fuese una estúpida, borde, loca… o que se echara a llorar, o…? La cabeza empezó a darle vueltas. —Bueno, venga, hablemos de gustos, ¿te parece bien? —propuso Olga con una sonrisa de ánimo en los labios.
  • 8. 2 Jaime cerró la puerta de su piso y solo entonces fue capaz de reaccionar. O más bien lo hizo su cuerpo. El sudor frío, la mente del revés, la sensación de vacío, la limonada bailando en su estómago y produciéndole arcadas a causa de los nervios que, de pronto, se disparaban por todo su cuerpo… Qué absurdo. ¿O, justamente aquello, era lo lógico? Jugaba con fuego. ¿Qué esperaba? Ahora no había vuelta atrás. Seguir o renunciar. Y todo menos renunciar. Se había jurado no hacerlo jamás. Llegar siempre hasta el final. Nadie podía saber lo que había en ese final. Lo esencial, siempre, era seguir. Venció la arcada, trató de respirar hondo y, sin encender la luz, caminó hasta su habitación. Lo primero que hizo fue desnudarse, por completo. La primavera había traído un primer ramalazo de calor. Dejó la ropa en el suelo. Después de todo no había apenas nada en su sitio. El suyo era el típico piso de soltero, con montañas de platos sucios en la cocina, ropa por todas partes y una sensación de caos generalizado. La mujer de la limpieza acudía una vez por semana, y eso sería a la mañana siguiente, así que era su último día de desorden antes de que ella lo organizara todo de nuevo y él tuviera otra semana para volverlo a dejar igual. Se metió en el cuarto de baño, bajo la ducha, y abrió el grifo del agua fría. Aguantó el primer ramalazo de gelidez y se mantuvo quieto mientras contaba hasta diez. Luego sí reaccionó, se frotó el cuerpo con ambas manos arrancándole de nuevo la vida y permaneció un largo minuto liberando su tensión. Aunque sin apartar la mente de ella. ¿Cómo era posible?
  • 9. —Mierda… —jadeó. Cerró el agua, salió de la ducha y se secó con una toalla grande. El espejo le devolvió su imagen. Era relativamente alto, un metro setenta y cinco, cabello negro, rostro firme, labios grandes, nariz recta, mentón cuadrado. Algunas le encontraban atractivo. Y se cuidaba en la medida de lo posible. Hombros anchos, pectorales y abdominales marcados, en forma por si era necesario. Por si le enviaban a cualquier parte del mundo donde necesitase algo más que resistir lo normal. Siguió mirándose en el espejo. A veces se preguntaba quién diablos era el tipo que tenía delante. ¿Lo conocía? —Eres un cabrón —se dijo. Sabía por qué lo había hecho. Sabía por qué respondió al anuncio. Pero ahora, después de conocerla, no sabía por qué seguía. Y esa era la gran pregunta, el interrogante. Tenía que responderle cuanto antes o metería la pata… si no la había metido ya. —Vamos —le dijo a su otro yo reflejado en el espejo—. ¿Por qué vas a hacerlo? ¿El trabajo? ¿La sensación? ¿Cuántas veces perseguía al cabo de un mes o un año la gran exclusiva? —Es ella, ¿verdad? —continuó hablándose—. Te ha atrapado como la araña a la mosca, en un abrir y cerrar de ojos. Solo que en este caso la araña eres tú y ella la pobre mosca. Bastaba con no volver a verla. Habían congeniado, sí. Habían vuelto a quedar, sí. Era perfecta, sí. Todo encajaba. No. Nada encajaba. Él no encajaba. Ella era de verdad, él no. ¿Y si Jonathan le despedía? Estaba demasiado cerca del abismo. Si no le hubiera prometido algo realmente sorprendente y diferente… —No lo hagas, Jaime —fue como si le dijera el del espejo—. No jodas a esa chica. —Dios… ¿la has visto? —le respondió él—. Es preciosa. —No es una chica, ni es preciosa: es la condena. Cerró los ojos. La condena. Pero continuó viéndola como si la tuviese delante, tan natural, fresca, radiante. Siguió apreciando su belleza, la fuerza de sus labios, el misterio de sus ojos tristes pugnando por sobrevivir y mostrar un atisbo de esperanza. Siguió percibiendo su calor, su intensidad, aquella latente magia que desprendían sus gestos, su voz, su energía…
  • 10. ¿Cuántas veces se había enamorado a la primera, a simple vista? Muchas. ¿Y con cuántas acabó liado? Neli a los diecisiete, Sonia a los veinte, Almudena… ¿Y cuántas veces se tiró de cabeza a la piscina para descubrir demasiado tarde que en el fondo no había nada, solo cemento? Más aún: ¿por qué le pasaba siempre? ¿Por qué conocía a alguien y… ¡zas!, todo se le ponía del revés? Ya no era un crío. ¿Tenía que ver con su ambición, con su forma de tomarse la vida, siempre al límite, rápido, como si le persiguieran los demonios? —Ella te ha gustado —reconoció—. Ahora buscas una excusa para seguir. Salió del cuarto de baño y volvió a su habitación para vestirse. Se quedó sentado en la cama viendo el desorden, pero también las partes vacías de su armario, o los cajones no menos vacíos de la cómoda. No había tocado nada, todo seguía igual. Y habían pasado ya cinco meses. Una eternidad. Almudena jamás volvería. Estaba solo. Necesitaba llenar algo más que aquel armario o los cajones de la cómoda. Necesitaba llenar su vida. Siempre estaba bien cuando estaba enamorado. El resto del tiempo no existía. Pese a todo, el amor lo completaba. Y sentir la compañía de alguien. Miró el lado vacío de su cama. Nunca se tendía en él. No podía. De noche aún creía que Almudena estaba allí. Alargaba la mano y al tantear su ausencia comprendía la verdad. Entonces se desvelaba, o recordaba sus noches de amor y era peor. El eco de su voz y de su risa permanecía oculto en los rincones más secretos. —Eres un imbécil —volvió a decirse. Un imbécil que hablaba solo, así que, además, estaba empezando a volverse loco. Tan loco como para mezclar un trabajo imposible y arriesgado con los sentimientos y el absurdo de aquella vieja y a la vez nueva sensación que tan bien conocía. —Es un trabajo, nada más. De pronto ya no lo era. Ahora ella tenía un rostro, un corazón, unos sentimientos… —Si te atrapa… No habría vuelta atrás. Y entonces ¿qué? —Ni siquiera lo pienses, ¡olvídala! —rezongó en voz alta—. ¡No puedes! Podía perderlo todo. Jonathan le pondría de patitas en la calle. Se la jugaba. Se la jugaba y encima resultaba que Olga era un cielo, un ángel…
  • 11. El ángel de la muerte. Sin futuro.
  • 12. 3 Olga pronunció el nombre nada más abrir la puerta del piso. —¿Gloria? No le llegó ninguna respuesta. Tampoco había luz, ni bajo la puerta de la habitación de su compañera ni en el baño, la cocina o la salita. Estaba sola. Muy propio de su mejor amiga. Abandonarla en un momento como aquel. Sonrió. Ni siquiera sabía qué habría hecho en aquellos meses de no estar con Gloria, de no haberla tenido cerca, compartiendo algo más que las paredes de un pisito lleno de libertad. Dejó la chaqueta en el perchero de la entrada, las llaves en un platito de cerámica situado sobre la rinconera de madera adosada al ángulo de la pared, y se quitó los zapatos. Con ellos en la mano fue a su habitación, tan pequeña como lo era todo el piso en sí. No entró en ella. Los tiró al suelo desde la puerta y fue al baño. Mientras regresaba a su casa, a pie, le sobrevino la urgencia de orinar. Más o menos como si su cuerpo despertase tras aquella larga hora compartida con Jaime, un tiempo en el que todo, todo, misteriosamente, se había detenido. Cumplió con su necesidad y se lavó las manos. El espejo frontal le devolvió su rostro. A veces se le antojaba demasiado puro, de porcelana. Temía romperlo con hacer solo una mueca. Y esa era una de las veces. Hizo la mueca. No pasó nada. —Tonta —se dijo. No quería pensar en él. Todavía no. Se resistía. Una simple cita no bastaba. Una charla informal no suplía la falta de un conocimiento mayor. Que la prisa fuese obligada no significaba que la cosa
  • 13. adquiriera tintes de urgencia. No, no era urgente. Solo necesario. Como respirar. Olga acercó su rostro al espejo. Examinó sus ojos, las pupilas, el iris, el contorno de los párpados. Siempre los había tenido vivos y expresivos. Ahora todos decían que no había cambiado nada, pero no era verdad. Sabía que en su mirada ya no titilaba aquella chispa. Había muerto. Y quería recuperarla, como fuera. Salió del baño y vaciló. En la sala encendería el televisor y se tragaría cualquier estupidez después de hacer zapping compulsivamente. Eso si no se quedaba colgada del informativo y de sus desgracias. En la habitación se tumbaría en la cama y no evitaría pensar, evocar la charla que acababa de sostener con Jaime, reflexionar sobre cada palabra, cada punto de inflexión, hacerse preguntas. Regresó a su habitación. Prefería hacerlo ahora, en caliente. Las primeras impresiones eran las más esenciales, cuando el sexto sentido entraba en acción, o el instinto, o la intuición, o todo a la vez. Y quería llenarse de él, sentirlo, vivirlo en su interior, porque habían fijado ya la siguiente cita y esa sería mucho más importante. Se sentó en la cama y miró lo que la rodeaba. Sin poderlo evitar pensó en su otra habitación, la de su casa, la de sus padres. La comparación era irresistible. En ella, a través de la ventana veía un jardín, árboles, una calle cercana y el mar a lo lejos, y oía el silencio de un mundo exclusivo y distante. Allí, por contra, la ventana daba a un patio de luces y siempre la mantenía cerrada para evitar no tanto las voces que fluían desde todos los pisos como los olores que se le colaban dentro impregnando la ropa y las paredes. En apenas seis meses… Seis meses. Se tumbó sobre la cama boca arriba, con los brazos por detrás de la cabeza y los ojos mirando el techo. No los cerró. Odiaba la oscuridad. Era un preludio demasiado claro de la muerte. Y lo que más deseaba era vivir. Evocó a Jaime, su rostro abierto, su voz, sus gestos. Le habían gustado sus ojos, sus labios y sus manos. Se le notaba tenso, pero sabía que no más de lo que estaba ella. Una cita a ciegas era siempre curiosa. Pero aquello era mucho más que una cita a ciegas. Si salía bien y pasaba el resto de su vida con él… El resto de su vida.
  • 14. —Jaime —pronunció el nombre en voz alta. Le gustó. Jaime y Olga. Olga y Jaime. La diferencia de edad no era problema. Decían que ella era mucho más adulta de lo que su edad representaba. Y él tenía algunas cosas de niño. Veintiséis y diecinueve. Los números no importaban. Otras cosas, sí. —Nunca has tenido suerte —se recordó a sí misma. Cierto. Nunca. Se equivocaba siempre. A Juan se lo quitó Nerea, su mejor amiga de entonces. Iñaki la dejó cuando hubo conseguido lo que quería. Y Darío… Todo en cuatro años. Quería llenarse de Jaime pero el simple hecho de pensar en Darío la desarboló. Ya no le amaba, eso seguro. Sentía pena, rabia, dolor. Por los dos. Ni siquiera lo odiaba. No podía. «No odies a quien hayas amado», decía el poema. El odio era un sentimiento que no deseaba sentir y un lujo que no podía permitirse, no quería que le amargase justo los momentos en los que lo que más necesitaba era todo lo contrario. Además, fue culpa suya, la única que no lo vio. Se lo dijeron, la advirtieron, la previnieron, y no les hizo caso. Vieron en Darío lo que ella no supo ver, ciega desde el primer día. No quiso llorar. Llevaba por lo menos casi un mes sin hacerlo. Justo desde el día en que decidió cambiar, romper con la catarsis, escribir aquel anuncio y jugarse el futuro a cara o cruz. Desde entonces se sentía mejor, más libre, más consciente de las pequeñas cosas, de la bendición de cada amanecer y la paz de cada anochecer. El amor también era una ansiedad tanto como una necesidad fisiológica. Incluso había algo de romanticismo en lo que había hecho. Estaba segura. Amor por carta, a la desesperada, al límite. Nadie estaba tan solo como para que no hubiera alguien parecido en alguna parte. Otro hijo de la desventura. —¿Te gusta o crees que te gusta? —se dijo despacio. Gustar. Qué extraño. Antes se creía exclusiva, particular. Quería escoger. Se sentía fuerte para decidir. Ahora en cambio ya no podía. —Bueno, sí, escogiste una carta —musitó. Una carta entre seis, y solo tres de ellas sinceras.
  • 15. Logró apartar a Darío de su cabeza. Volvió a Jaime. Tal vez lo habría conocido igualmente, y aunque de otra forma, habrían sentido algo el uno por el otro. Tal vez. Alargó la mano, abrió el cajón de su mesita de noche y extrajo la carta de Jaime. Estaba encima de todo, abierta. La había leído una docena de veces, y lo haría una docena más, o dos, o tres. Las que hiciera falta. Con cada lectura descubría algo nuevo, una inflexión diferente, una luz más radiante. Y ahora que lo conocía… Era como si escuchara su voz. «… porque el tiempo es solo la forma en que gastamos la vida, y a veces hay que ponerse una venda en los ojos para no ver el reloj ni mirar el calendario. O romperlos. Basta con dejarse llevar, y sentir, y gastar esa vida a manos llenas para que no quede nada en el último adiós. En la vida real el amor es un sueño para dos, en el que frecuentemente uno sueña y el otro se deja soñar. Nosotros en cambio soñaremos y nos dejaremos soñar, al mismo tiempo, juntos…» Buscó aquel otro párrafo. «En el funeral de Lady Di, en verano de 1997, alguien pronunció una frase que me viene a veces a la memoria, pero que nunca, hasta ahora, había sabido comprender y valorar. La frase dice: “El tiempo es demasiado lento para los que esperan, demasiado rápido para quienes tienen miedo, demasiado largo para los afligidos, demasiado corto para los alegres, pero, para los que aman, el tiempo es una eternidad”. ¿Por qué el amor siempre va relacionado con el tiempo? Créeme que he entendido tu grito publicado en el periódico. Lo he escuchado. Aunque no me escojas a mí, me gustaría conocerte. Alguien dijo otra frase en cierta ocasión: “Los poetas crean castillos en el aire, los locos los habitan, los psiquiatras cobran el alquiler”. Podemos crear un castillo y habitarlo. Y por supuesto pasando de psiquiatras.» Había sido una carta diferente. Las otras dos, la del hombre de treinta y nueve años tanto como la del de veintidós, eran mucho más desesperadas. Hablaban de muerte, no de vida. Empezaba a pensar que había tenido suerte. Una extraña forma de verlo así, por supuesto.
  • 16. 4 El timbre del teléfono le arrancó de su abstracción. Estuvo a punto de no contestar. Finalmente lo hizo con la mano derecha mientras con la izquierda anulaba el volumen del televisor. La familiar voz de Sandro, su mejor amigo, le hizo volver a la realidad. —¿Jaime? —Ah, hola. —Venga, suéltalo. ¿Qué tal? No tenía que habérselo contado. Un momento de debilidad. Ahora era demasiado tarde. Ya le había llamado de todo antes, así que ahora… —Aún no estoy seguro. —¿Cómo que no estás seguro? —Hemos hablado un rato y hemos vuelto a quedar, nada más. —¿Descríbela? —Metro sesenta y cinco, muy delgada, poco pecho, cabello corto, unos ojos y unos labios preciosos, angelical… —No sigas —lo detuvo Sandro—. ¿Hablas en serio? —Sí. —¿Edad? —Diecinueve. —¡Un bombón! —¿Qué esperabas, que tuviera treinta o cuarenta? —Pues sí. Su anuncio decía «rehacer la vida». Lo de «rehacer» indica un pasado, una experiencia, mucha historia por detrás.
  • 17. —Pues ya ves. —¿Así que vas a seguir? —Es lo que me estoy planteando. —Te lo dije: eres un cerdo. Si antes me parecía mal, ahora que se trata de una cría de diecinueve años… —Eso no cambia nada. —Jaime… —¿Qué? —le dijo al ver que no seguía. —¿Me da que te ha gustado? —Bueno, es preciosa, sí, pero… —Mira que estás vulnerable, y que a ti hay cierto tipo de chica, casualmente como la que me estás describiendo, que te pone siempre el cerebro del revés… —Vamos, Sandro, no estoy tan loco. —Tú estás loco —le rectificó él—. Lo malo es que tus locuras siempre arrastran a los demás. Recuerda cuando acabé en un calabozo toda una noche por una de tus gracias. —Vale. —No, vale no. Eso fue hace ocho años. Ahora ya no somos unos críos. ¿De verdad crees que un reportaje merece esto? —No va a pasar nada —le aseguró—. Nos hemos dado unos días de margen, volveremos a vernos y entonces cortaré o se lo diré o… ¡joder, no sé! —Yo sí sé. Vas a pringarla. —La voz de Sandro sonaba seria y sincera—. Eres el mejor amigo del mundo, pero en cuanto se te mete algo entre ceja y ceja, y más si tiene que ver con el trabajo… entonces eres un cabronazo, tío. Vas a meterte hasta el fondo, ya lo verás. —Tú estuviste saliendo tres meses con aquella chica que tenía problemas de esclerosis en una mano. —¡No es lo mismo, por Dios! —Pero sabías que no ibas a llegar a nada con ella. —¿Es que piensas llegar a algo? —se horrorizó Sandro. —¡No! ¡Y no me líes! ¡Joder, acabo de conocerla, y aún estoy un poco conmocionado! ¡No es lo que me esperaba y sí, es increíble, una preciosidad! —Dinamita. —Me estallará a mí, descuida. —No, en eso te equivocas: le estallará a ella. Tú siempre caes de pie, ¿recuerdas? ¿Qué te ha contado?
  • 18. —Nada. Hemos dejado todo lo desagradable para la segunda cita. —Pero ella… ¿está bien o ya…? —Está bien. —¿Y tú? ¿Le has gustado? —Creo que sí. —¿Lo ves? ¿No ha sospechado nada? —No. —Qué hijoputa. —No te voy a contar nada más, te lo juro. —Soy el único que te aguanta. Si no me lo cuentas a mí, ¿a quién lo harás? —A nadie. Les sobrevino un pequeño silencio. Por el auricular se escucharon sus respiraciones, agitadas ambas. Jaime vio que en la televisión una muchedumbre corría y gritaba sosteniendo en lo alto el cadáver de un niño cubierto con una sábana blanca sobre unas parihuelas. Todos eran hombres. Ninguna mujer. Se daban golpes en el pecho y en la cabeza. Parecían entregados al dolor y haber perdido el control. —Jaime, en serio —Sandro recuperó la formalidad—, Almudena se fue y se acabó. Sal cuanto antes con otra, y pásalo bien, pero ni busques sustitutas ni vayas de héroe romántico ni mezcles el trabajo con… —No lo haré. —Es que si esa chica… ¿Cómo se llama? —Olga. —Pues si la tal Olga se te pone a tiro… —¿Me crees capaz de ser tan bestia y aprovecharme? —No es eso, es que encima puedes palmarla tú. —Mira, sé de qué va esto. Una cosa es tenerlo y otra desarrollarlo. —¿Lo ves? ¿A quién estás defendiendo, a ella o a ti? —Mira, no te soporto en plan «hermano mayor» —se cansó Jaime. —Yo a ti sí. Y ojalá hubiera salido mal. Me da mala espina, ¿vale? Y por cierto, está entrando Lidia. Será mejor que cuelgue porque si no tendré que explicarle de qué va esto. —Ni se te ocurra. —Pues por eso mismo. Mañana nos vemos. —Vale. Cortaron al unísono. En la televisión seguían hablando de la vida y la muerte en algún país árabe,
  • 19. tal vez Palestina. Niños y piedras. Gritos y odio. Lágrimas y tanques. Había conflictos en muchas partes, en medio mundo, y aunque deseaba cubrir alguno, marcharse lejos, sobre todo desde lo de Almudena, sabía que sus posibilidades eran mínimas. Le faltaba demasiado. Tal vez todo. Y había guerras en muchas otras partes. Allí mismo. Él andaba metido en una.
  • 20. 5 Gloria llegó a las once y media de la noche, cansada pero manteniendo su constante sonrisa colgada de los labios. La oyó arrastrarse por el breve pasillito, dejar sus cosas en su habitación, visitar el baño y, finalmente, la vio aparecer por la puerta de la salita. Intercambiaron una rápida mirada antes de que la recién llegada se dejara caer sobre la butaca libre. —Escupe —le soltó. Olga la quería. Y la admiraba. Su capacidad, su personalidad, su fuerza interior… No era guapa, pero no conocía a ningún hombre que no deseara intentarlo. Solía enloquecerlos. Su energía fluía igual que el agua en una fuente. Y era una energía fresca, liberadora y contagiosa. A veces se preguntaba qué tenían en común, máxime para vivir juntas. Gloria era toda una mujer, de carnes firmes y ya peligrosamente abundantes, pecho generoso, caderas rotundas, rostro redondo, ojos brillantes, labios enormes y cabello rojizo por encima de los hombros. Además, iba muy maquillada. —Hola, ¿qué tal? —bromeó Olga—. ¿Has tenido un buen día? Sí, sí, perfecto. Mira que bien, ¿y tú? Oh, pues, verás… —Cariño —la detuvo Gloria—, mira la hora que es, me duelen los pies, no he cenado ni voy a hacerlo porque me da grima meterme en la cocina, vengo de trabajar, nada de montármelo con un tío, y lo único importante de hoy, de ahora mismo, eres tú. Así que venga, suéltalo. ¿Qué tal? —Interesante. —¿Interesante? ¿Eso es todo? —Hemos hablado una hora, superficialmente, solo para conocernos y nada más. —¿Tiene de verdad la edad que dijo? —Sí.
  • 21. —¿Es guapo? —Sabes que no me importa eso. —¿Es guapo? —repitió Gloria. —Diría que sí. —Dirías que sí. —Hizo un gesto de resignación—. ¿En qué trabaja? —Ni idea. —¿No se lo has preguntado? —No. —¿Por qué? —alucinó Gloria. —Porque no quiero correr, ni pensaba someterlo a un tercer grado o que creyera… qué se yo. Hoy nos hemos conocido un poco y nada más. Gloria, cariño, él está como yo. —Está como tú, pero ha sido él quien ha respondido a tu anuncio, no al revés. —No tenía aspecto de asesino en serie. Y por supuesto me he asegurado. —¿Te ha demostrado…? —Llevaba un certificado médico, sí. Gloria se mordió el labio inferior. Olga sabía que todavía le costaba hablar de ello, emplear la palabra, así que no lo hizo ella. Bastante hacía su amiga con seguir a su lado, con no haberla dejado sola. Superó el pequeño bajón y continuó con el interrogatorio, igual que una madre preocupada por el bienestar de su hija a pesar de que Gloria solo tenía dos años más que ella. —Descríbemelo. Se lo describió, especialmente sus ojos, sus labios, sus manos… Su amiga fue asimilando la información. Mientras lo hacía fue alzando las cejas. Al terminar no pudo evitar decir: —Oye, esto es un chollo, ¿dónde está el truco? —No hay truco. —Cariño, lo que me estás describiendo no abunda, a no ser que lo hayas visto con ojos y gafas de color de rosa. —Me ha parecido bien. Normal. Es todo lo que puedo decirte. —Así que vas a arriesgarte. —Al contrario, es mi último hombre, no puedo arriesgarme —le confió ella. Gloria lo acusó. Sostuvo su mirada, apenas un parpadeo. Luego se levantó de su butaca y se acercó a la de su compañera. Esta le hizo un hueco y las dos quedaron sentadas muy juntas y apretadas, con Gloria abrazándola. —Ya sabes que tengo miedo —dijo mientras la acariciaba.
  • 22. —Lo sé —convino Olga—. ¿Crees que yo no? —Ya hablamos mucho de todo esto cuando me dijiste lo que ibas a hacer, pero ahora… —No puede ser peor que como estaba antes, deprimida y hundida. Al menos esto me da fuerza para seguir. Por favor… Gloria le dio un beso en la mejilla y la estrechó un poco más contra sí. Olga se arrebujó en sus brazos. —Estás loca —dijo Gloria—, pero te admiro. —No digas eso. —Tienes más valor del que yo jamás llegaré a tener. —Míralo desde mi punto de vista. ¿Qué tiene de malo intentar ser feliz? Cada circunstancia te da un tipo de felicidad distinta. Y la mía es esta, aquí y ahora. No puedo aspirar a más. No tengo nada más. Y no quiero vivir sola el resto de mi vida. Para eso prefiero terminar antes. —Calla, por favor —se estremeció Gloria. —Mira, cada cual es como es y reacciona como reacciona. Tú no puedes saber qué harías si te hubiera sucedido a ti. Sabes que para mí el amor es lo más importante. Darme, recibir… No quiero renunciar a ello. Las oportunidades se han reducido, eso es todo. No puedo pretender ser como las demás, ni conocer a alguien normal o de forma natural. Pero todavía tengo una vida. Una vida por gastar. Por quemar. Siguieron así, juntas, inmóviles a lo largo de un puñado de segundos que pronto se convirtieron en minutos. Inmóviles como dos estatuas salvo por dos pequeños detalles: la mano de Gloria que seguía acariciando la cabeza y la mejilla de Olga y las dos lágrimas que silenciosas iban cayendo sobre su corto cabello para hundirse en él sin dejar rastro.
  • 23. 6 Se encontró con la llamada perdida al abrir el móvil y con el número de ella impreso en la pantalla. Lo había memorizado, así que el nombre también aparecía encima de las nueve cifras. Olga. Jaime se apoyó en la pared más cercana. Lo había estado pensando, y aun así, el momento decisivo era aquel. Podía olvidarse, no llamar, darle a entender que pasaba. O podía llamarla y abrir una puerta que ya no sería fácil de cerrar. Una puerta que no conducía a ninguna parte. También podía decirle la verdad. —Es mi trabajo, ¿sabes? Lo siento. ¿Por qué no colaboras…? La verdad no servía de nada. Ya no. La perdería. Y, por encima de todo, quería volver a verla. —Le harás daño. Ya la conocía, el resto lo inventaba y en paz. No sería tan difícil escribir… Jaime continuó mirando la pantalla del móvil. ¿Por qué tenía que ser ella? No la había apartado de su pensamiento en aquellos dos días. Peor aún: había soñado con Olga. Paseaba con ella, nada más, los dos cogidos de la mano y charlando, riendo. Ni siquiera hubo algo sexual. Y al despertar, el sabor de boca era tan delicioso como amargo fue el choque con la realidad y su brutal desencanto. —Te gusta. —Se estremeció. ¿Y qué? ¿Tenía algún sentido? Volver a verla no les haría daño. Mejor decírselo cara a cara, recibir la bofetada, sentir la herida
  • 24. de sus lágrimas. Había sido un estúpido. Él y su maldito instinto, su afán de protagonismo, sus ganas de subir cuanto más rápido mejor. Tenía la excusa, se aferró a ella. Hizo la llamada. Todavía pensó que el destino le echaría una mano, que ella tendría el móvil desconectado y que ya no volvería a intentarlo. Pero no fue así. Escuchó su voz al otro lado, llena de promesas y música. —Hola, Jaime. —¿Cómo estás? —Bien. Me alegro de que me hayas llamado ahora. Esta noche he de ir a cenar a casa de mis padres, y ellos no saben nada. No hubiera querido que me llamases estando yo allí. Me daría corte, ¿entiendes? —Claro. —¿Cómo estás tú? —Todavía un poco… sorprendido. —Yo también. —No sabía si querrías… —¿Seguir? —Sí. —¿Por qué no? ¿Por qué no? No supo qué decir y se quedó en silencio a lo largo de unos embarazosos segundos. —¿Sigues ahí? —Perdona. —Tu carta era menos convencional, más apasionada —pareció burlarse ella. —Sí, se me da mejor escribir —reconoció él. —Eso es bueno. Admiro a la gente que sabe verter en un papel sus sentimientos. Oye… —Cambió el tono para decir—: No estás convencido, ¿verdad? —Sí, sí lo estoy. —Jaime cerró los ojos y apretó el puño libre—. Quiero volver a verte. —Y yo a ti. Apretó aún más el puño, y los ojos. En la oscuridad vio un millón de lucecitas cambiando de formas y colores. Volvía a tener la boca seca y el corazón al límite. —¿Cuándo quieres que nos veamos? —¿Mañana? —propuso Olga. —Tengo trabajo. ¿Qué tal el sábado? Podemos ir al cine, luego cenamos… Así tendremos tiempo de charlar.
  • 25. —De acuerdo, el sábado, ¿donde el otro día? —Sí. —¿Prefieres a primera hora, a media tarde…? —A primera hora. ¿Las cuatro? —Las cuatro, bien. ¿Puedo hacerte una pregunta ahora? —Adelante. —¿En qué trabajas? Fue rápido. No tenía preparada la respuesta, pero aun así fue rápido. —Soy fotógrafo. —Suena interesante —reconoció ella. —He de dejarte. —Hasta el sábado. —Sí. Cuídate. —Y tú. Cortó la comunicación pero continuó apoyado en la pared de la que no se había movido, en mitad de la calle, rodeado de personas anónimas y el tráfico habitual de cada día. Ni siquiera se había dado cuenta del ruido. Estaba como en una campana de cristal, aislado del mundo entero. Ahora sin embargo todo volvía, y multiplicado por diez. Un estruendo ensordecedor lleno de voces, pasos, motores… Otra cita. Jaime frunció el ceño. Fotógrafo. Bueno, era lo más parecido a la verdad. Después de todo también hacía fotos cuando era necesario.
  • 26. Descubrimientos 7 Salieron de la sala rodeados por la flora y la fauna habituales de la primera sesión de la tarde: silenciosas parejas de novios adolescentes aislados en su paraíso terrenal, chicos y chicas prepúberes riendo y hablando a gritos como si estuvieran solos en el mundo y personas mayores que preferían esa hora a las restantes, mucho más llenas y con largas colas frente a las taquillas de los multicines. Sus brazos se rozaban. Era el único contacto. Este y el de sus miradas, mucho más intensas, mucho más fugaces, siempre buscando encontrar desprevenido al contrario, algo difícil porque chocaban una y otra vez, enredándose entre el misterio, las dudas, las vacilaciones. Apenas si habían hablado al encontrarse en el bar, salvo trivialidades, y en el cine los dos estuvieron pendientes de la intriga de la pantalla. Tres horas después del encuentro, perdidos de nuevo los nervios iniciales, sabían que era el momento de las revelaciones. Caminaban sin rumbo. —Aquí cerca hay un parque —propuso Olga—. ¿Quieres que vayamos? —Sí. —Es que así no tendremos ruidos, ni habrá humo —quiso justificarse ella—. Odio el tabaco. No sabes lo que agradezco que no fumes. Ni siquiera tuvieron que variar el rumbo. Sus pasos les llevaron directamente al parque, todavía con un buen número de madres, abuelas o asistentas cuidando de un enjambre de niños y niñas pequeños en la zona de juegos dado el buen tiempo. Entraron en él y buscaron la parte más alejada de los gritos infantiles. Sobre el césped, por entre los árboles, las parejas o los grupos de chicos y chicas surgían como setas bajo el último sol del día. Cuando encontraron un espacio bajo ese sol, Olga se dejó caer en el suelo y se sentó esperando que él hiciera lo mismo. Jaime la imitó. Las rodillas de ambos quedaron separadas apenas por unos centímetros. Podían tocarse con solo alargar una mano, aunque no era el caso. La última mirada fue desnuda. —¿Por dónde quieres empezar? —preguntó ella.
  • 27. Jaime tragó saliva. Verdades en medio de una gran mentira. Porque lo único que no podía hacer era… Estaba bloqueado. Ella le parecía aún más maravillosa que el día de la cita a ciegas. No era un espejismo. —¿Qué te pasa? —Nada —reaccionó—. Es que eres tan… preciosa. —Gracias —bajó los ojos por primera vez antes de recuperarse—. Venga, va. Empecemos por la familia. Te toca. Jaime ya no luchó. —Soy hijo único, mis padres viven, están casados hace veintinueve años. Él tiene cincuenta y seis y ella cincuenta y cuatro. Son muy activos. Papá tiene un taller de artes gráficas y mamá todavía hace de secretaria. Así que… no hay más. —Mis padres son más jóvenes. Se casaron muy pronto. Ella tiene cuarenta y dos años y él cuarenta y tres. Tengo dos hermanos más pequeños, chico y chica. —Me dijiste que no lo sabían. —Cierto. —¿Por qué? —Porque ahora no es necesario. Les haría sufrir inútilmente. Cuando llegue el momento se lo diré, y eso no será hasta que se me manifieste la enfermedad. Aquella naturalidad le hizo daño. —Si fuiste a cenar a su casa significa que no vives con ellos. —Me fui de casa cuando lo supe. Vivo con una amiga que se llama Gloria. Es divina. No tiene mucho espacio pero… no hay problemas. Nos llevamos muy bien. —¿Qué les dijiste para irte de casa? —Que quería emanciparme, nada más. Pero fue problemático y… bueno, no me gusta mucho hablar de ello. ¿Y tú, dónde vives? —Tengo mi propio piso. —Vaya —hizo un gesto significativo con la cabeza. —Más bien es un agujero, ya sabes. —Puedo imaginarlo. —No le dejó columpiarse en la vaguedad de la conversación y, tras mirarlo con mayor fijeza, dijo—: Segunda fase. ¿Qué te pasó? —¿Cómo me…? —Sí.
  • 28. Escuchó la primera voz, el grito: «No, no, ¡no!». Y una docena de voces más: «No lo hagas», «Dile la verdad, ahora», «Si das el paso, ya no podrás volver atrás», «No seas cerdo», «Eres un cabrón»… —Fue una estupidez. —Su propia voz sonó igual que una derrota, apenas un hilo cargado de sinrazones—. Tuve una relación con una chica y no usé preservativo. —¿Aquí? —No, en Santo Domingo. Fue algo… inesperado. —Pero con una sola vez es muy difícil… —Lo hicimos varias veces, toda una noche y buena parte del día. Dijo que se quería venir conmigo a España, que era el primer hombre de su vida… Bueno, no sé, pasó y ya está. —¿Cómo te lo detectaron? —Un año después. Tuve una etapa de mucha flojera, cansancio, así que me hicieron unas pruebas. Creían que era hepatitis, pero no. Entre todas las pruebas una fue esa y… salió positiva. —Cuando te conocí, pese a todo, pensé que había sido por un tema de drogas o algo así. —¿Te di esa impresión? —No sé, perdona. —Se encogió de hombros. —Pues no fue por usar una jeringuilla contaminada, ni por ser gay, te lo aseguro. —Ya sé que no eres gay. Se te nota. —Ah, ¿sí? ¿En qué? —Por cómo me miras. —¿Cómo te miro? —Mitad alucinado, mitad sorprendido, mitad embobado. —¡Vaya por Dios! —No, si me gusta. Eres un encanto. —Me habían llamado de todo menos «encanto». —Siempre hay una primera vez. ¡Eh! —Vio que él bajaba ahora los ojos—. No te enfades. —No me enfado. —Soy demasiado directa, ¿verdad? Estaba inclinada hacia delante. Su mano acababa de posarse en su rodilla izquierda. Sintió deseos de… besarla. Se enfrentó una vez más a sus ojos, brillantes lo mismo que sus labios rosados y húmedos. —Escucha, ¿cómo eres tan fuerte? —¿Fuerte? ¿Qué dices? ¡Estoy cagada de miedo! —No lo parece.
  • 29. —¿Porque hablo así, con naturalidad, y de cosas tan importantes como lo que nos pasa? ¿Y qué quieres que haga? Tú también pasaste por ello. Primero te hundes, se te cae el mundo encima, todos tus planes se deshacen como un castillo de arena bajo la lluvia. No hay futuro, no hay nada. Pero queda la esperanza. Nadie sabe cuándo va a morir. Todos creemos que lo haremos de viejos, a los noventa o los cien años, pero a lo peor mañana nos atropella un coche. Nosotros sí lo sabemos, más o menos, tenemos una fecha de caducidad, nada más. Si son diez años, son diez años, y si son cinco, son cinco. Yo no quise rendirme ni tirar la toalla, y tú tampoco, si no, no estarías aquí. Yo reaccioné con ese anuncio y tú lo hiciste respondiéndome con esa carta. Pero reaccionamos, que es lo único que importa. Yo no llamo a eso ser fuerte. ¡Es el miedo el que nos mueve! ¡Pero da lo mismo! ¡Si no, no estaríamos hablando de dar un paso tan importante! —Olga… —No, espera —frenó su vehemencia—. Ahora me toca a mí. Jaime sintió cómo lo desarmaba. No era difícil. La mano de la rodilla, la mirada, el suave jadear de su pecho cuando se emocionaba… Retiró la mano. —Me enamoré —susurró igual que si hubiese desvelado un secreto inconfesable. No podía ser de otra forma. Estaba seguro. Absorbió cada palabra de ella y la introdujo en su mente. —Se llamaba Darío. Bueno… se llama. Todos decían que no era trigo limpio, que no era de fiar, que era esto y aquello y lo de más allá. Y yo con la venda en los ojos, como una ingenua, cumpliendo con el ritual y el papel que dice que las tontas entregamos nuestro corazón a quien no lo merece — abrió y cerró las manos en un gesto de impotencia—. Se me puso el cerebro del revés, porque de todas maneras creo que es la única forma de amar, con entrega absoluta. Para mí solo existía él, y claro, lo hicimos. Era… como tocar el cielo con las manos. Me gustaba, ¿entiendes? No sé si te pareceré promiscua, pero para mí el sexo es la suma expresión del amor. Vivía, reía, la vida era radiante. ¡Estaba enamorada! Dios, ¿sabes lo que es eso? ¡Enamorada! Se detuvo por primera vez, como si reflexionara sobre la dimensión de la palabra. Tardó en volver a respirar. —Sigue —le pidió Jaime. —Tomamos precauciones durante casi un año, hasta que me dijo que, puesto que éramos novios, quería hacerlo sin preservativo. Por lo menos algunas veces, cuando yo no estuviese ovulando y todo eso. Yo le dije que sí. Le quería. No pensaba en quedarme embarazada. Confiaba en él. Lo hicimos y a los tres meses él me dejó, se enamoró de otra —sus ojos se endurecieron un poco—. Fue cuando descubrí su doble vida, la forma en que me había estado engañando. Fue sincero al comienzo, en
  • 30. parte, porque también se enamoró de mí y por eso duró tanto. Pero después… Me dijo que no quería atarse, y que conmigo iba de cabeza a eso y que no funcionaría, porque no podía prometerme nada, y menos no intentarlo y hacerlo con otras. Supe que estaba conmigo y al mismo tiempo se lo montaba con una de su trabajo y con otra de su escalera, casada. —Fue un cerdo. Acabó de decirlo y la palabra le quemó el alma. —El día que me llamó para decirme que tenía el sida y que me hiciera el test… fue el segundo peor día de mi vida. —El primero fue el de los resultados. —Sí: seropositiva —lo proclamó con firmeza—. Y tuve suerte. Tú debes de saberlo. Hacerte ese test a tiempo y descubrir que tienes el VIH te da más años de vida y más oportunidades. Lo peor es no saberlo y descubrirlo cuando ya es tarde. Si más gente se lo hiciera… El sol ya se había puesto. Todavía había luz, y una excelente temperatura, pero Olga se estremeció, así que atrapó su chaqueta y se la colocó por encima de los hombros. Cerca de ellos una pareja se besaba sobre la hierba, devorándose el uno al otro, ajenos al mundo entero. No era la única, aunque sí la más expresiva. Otras se limitaban a estar tumbadas, hablar, acariciarse… —El resto ya lo sabes —concluyó ella—. Por el momento solo soy eso, seropositiva. Lo demás puede tardar diez años. El límite. Siempre se hablaba de diez años. Algunos lo superaban, cuidándose, permaneciendo alerta y vigilantes. Otros, quizá la mayoría, no tenían tanta suerte. —Diez años es mucho tiempo —dijo él. —No cuando es una cuenta atrás. —Si descubren la maldita vacuna… —¿Y quién va a esperar un milagro? Fue Jaime el que tomó la iniciativa ahora. Alargó su propia mano y atrapó la de ella. Era muy suave. Una caricia. Enredó sus dedos con los suyos y le acarició el dorso con el pulgar. Olga le dejó hacer, sin ninguna resistencia. —No somos más que tiempo —suspiró la muchacha—. Si no hay tiempo, ¿qué nos queda?
  • 31. 8 Fue en la cena, mientras esperaban el postre, con los restos de las pizzas diseminados por sus platos, cuando Olga retomó el hilo del tema aparcado durante la última hora para volver a hablar de trivialidades, obviedades diversas y gustos, desde libros a cine. —Jaime, escucha, si esto sale bien… Se detuvo, algo cortada. —Sigue —la alentó. —¿Viviríamos juntos? Logró sorprenderle. Y algo más: volver a disparar su adrenalina, sus alarmas, el eco de aquellas voces que de tanto en tanto se le comían el alma, mordiéndole con todas sus fuerzas. Fue incapaz de responder. —¿Corro demasiado? —preguntó Olga. —No, no, es que… Continuó sin saber qué decir. —¿Te asusta que sea tan directa? —Sí —reconoció. —¿Es precaución o miedo? —Supongo que todo. —Yo sí tengo miedo ahora, pero no a esto. —Pareció abarcarle a él, y a sí misma—. Mi miedo es a enamorarme, a enfrentarme a la muerte reclamando la vida. Y tengo miedo a no tener una mano que agarrar, una voz que me consuele, alguien que me acaricie y a quien acariciar. Estas últimas semanas… —Logró no llorar, una vez más—. Estas últimas semanas siento como si hubiera echado a correr, y me hubiesen entrado las prisas o algo parecido. De pronto me doy cuenta de que necesito
  • 32. sentirme viva el tiempo que lo esté, porque no es igual estar vivo que sentirse vivo. Para mí, estar sola es todo lo contrario, es negarme esa vida y correr hacia la muerte, abrazarla antes de hora. —Olga, el amor no puede imponerse. —A veces la necesidad es más fuerte. —Eso es desesperación. —¿Y no estamos desesperados? Quiso gritar que no, que él solo estaba loco. Pero no pudo. —Te asusto, ¿verdad? —No es eso. —Jaime se sintió derrotado. —Dime una cosa. Cuando leíste mi anuncio y viste la posibilidad de conocerme, pensaste en ti mismo. ¿Tú te habías rendido? —Es que yo no puedo resumirlo todo en un sí o un no. Para mí es más abstracto. Simplemente no entiendo la idea de la muerte. No la acepto. —Eres extraño. —Olga sonrió. —¿Por qué? —Miro tus ojos y… veo otra clase distinta de amargura. —¿Ves amargura en mis ojos? —Mucha. —¡Oh, Dios! —Se pasó una mano de forma instintiva por ellos. —¿Qué te pasa? —Que te he conocido. —¿Eso es todo? —Ha sido impactante para mí. —Gracias. —Eres todo lo que llevaba soñando en una mujer desde hace… Qué más da. Me habría enamorado de ti nada más verte, en cualquier parte. Pero estoy seguro de que tú jamás te habrías enamorado de mí. A eso me refería antes. —¿Crees en el amor a primera vista? —Es el único amor verdadero, el de los sentidos, cuando te alcanza esa fuerza y te desnuda sin más, sin darte tiempo a pensar. Y creo en él aunque me haya ido mal siempre. —¿Lo ves? Yo también creo en él, en esa descarga única y mágica. —Olga, ¿sabes qué veo yo en tus ojos? —No esperó a que le respondiera—: Paz. —Es cierto. —¿Cómo la has alcanzado? —Primero sentí rabia, después desesperación, más tarde resignación. Ahora entiendo que todo
  • 33. está encadenado, que en la vida las ruedas giran sin parar para todos, y que hay causas y consecuencias. No puedo vivir con rabia, porque sería desperdiciar lo que me queda. No puedo vivir desesperada por la misma razón. Y no puedo vivir resignada porque eso sería rendirme y no me da la gana rendirme. Si creo en el amor, si él no viene a mí de forma natural, yo he de ir a por él. La gente echa a correr cuando les dices que tienes sida. Si callas, los engañas. Si se lo cuentas, los pierdes. Pero no somos unos apestados. Somos personas normales y corrientes que podemos desarrollar un mal que nos va a matar, como otros tienen cáncer. ¿Y sabes qué pienso? Que tú aún no habías llegado a esta fase, que todavía estabas en la anterior, la de la resignación. —¿Estaba? —En estas dos citas algo ha cambiado en ti. —Entonces… —buscó la forma de serenar su voz, y que las palabras parecieran fluir con naturalidad de su garganta—, ¿crees en serio que tenemos un futuro? —Depende de ti. —¿De mí? —Aún no me has hecho reír. Tuvo que acompañarla en su sonrisa. Sus manos reposaban sobre la mesa, pero ninguno de los dos hizo esta vez el gesto de querer atrapar la del otro. Aterrizaron los postres. —Jaime, si seguimos viéndonos, dejaremos de hablar del sida, ¿conforme? —De acuerdo. —Seremos como cualquier pareja y nos comportaremos como cualquier pareja. —Sí. —Y para empezar habrá que luchar contra tus fantasmas, aunque no estarás solo. Yo te ayudaré. Si me dejas. ¿Te parece bien? Se rindió. «Un poco más —pensó—. Un poco más.» El único fantasma era él. —De todas formas siempre sucede lo mismo. —Olga suspiró—. En la mayoría de las relaciones hay uno que ama más, por eso es tan difícil. Y el que más ama es más vulnerable.
  • 34. 9 Sus manos se entrelazaron al salir del restaurante, al filo de la medianoche. Fue un acuerdo tácito, un gesto común. Los dos sintieron el contacto, que era como una llave dispuesta a abrir la primera puerta. La de Olga estaba muy fría. La suya muy caliente. No hablaron hasta cruzar la calzada y llegar hasta el siguiente semáforo. Los ojos de ella brillaban como faros bajo la calma de la noche. —Estuve en la India con mis padres, cuando tenía catorce años —dijo—. Era la primera vez que hacía un viaje tan largo y fue… —Fascinante. —Sí. ¿Has estado allí? —No, pero la India o te enamora o duele tanto que te obliga a cerrar los ojos y darle la espalda, lo sé. —Allí vi algo que me marcó. —Le presionó un poco más la mano—. Fue como una conmoción, ¿sabes? Un golpe para el que no estaba preparada desde mi romántica mentalidad occidental. —¿Qué fue? —Una boda. —¿Te invitaron? —No, solo pasábamos por allí, y lo vimos. Fueron apenas unos minutos. Ni siquiera recuerdo si era un templo o qué clase de lugar. Los contrayentes estaban sentados, y a su alrededor todo era fiesta, una gran celebración. La novia no tendría mucha más edad que yo, quince a lo sumo. Era una cría. El novio era mayor, o al menos a mí me lo pareció. Y cuando digo mayor me refiero a treinta años o más, no sé. Puede que solo tuviera veinte, pero la impresión era la que te digo. Entonces me di cuenta de que todo el mundo reía menos ella. La novia lloraba.
  • 35. —Y no era de alegría, claro, porque se trataba de un matrimonio clásico: concertado. —Sí —reconoció Olga—. Cuando vi su rostro, sus lágrimas, su pena… Me quedé impresionada. No tanto por su juventud como por el dolor que destilaba. Un dolor tan profundo… Mi padre me dijo eso mismo que acabas de decirme tú, que allí los matrimonios se concertaban antes, cuando eran niños, pero que en algunos casos, incluso, la novia no veía a su futuro marido hasta el momento de la ceremonia. Yo me quedé aterrada. Pero más cuando mi padre me explicó que, a lo peor, a ella se la llevaban lejos y ya no volvía a ver a sus padres ni a sus hermanos. Es decir, que en un abrir y cerrar de ojos la obligaban a irse de su casa, de su mundo habitual, tal vez de su ciudad, y encima convertida en esposa de un desconocido al que debía guardar respeto y al que debía entregarse desde aquella misma noche en cuerpo y alma. —Y sin embargo, esa misma mujer, cuando sea mayor, posiblemente hará que su hija siga sus pasos, le concertará un matrimonio, y hasta le dirá que el amor llega con el roce, porque antes no existe, es una ilusión. —¡Sí! —casi gritó Olga—. Esa fue la parte final, la conclusión más amarga. Es como lo de la ablación del clítoris en África. Una monstruosidad, pero obligada por las propias madres y abuelas de las niñas. ¡Dios! —Se estremeció—. Nunca he podido olvidar su cara, te lo juro. Creo que desde aquel día, más que nunca, me aferré al sueño del amor como única salvación, casi como si fuera una desesperada forma de entender la vida. —¿Te das cuenta de que los románticos cada vez somos menos en este mundo? —No me seas pragmático. Yo creo todo lo contrario: que cada vez somos más. Frente a tanta guerra, tanta estupidez, tanta política, tanta basura en la televisión… ¿Qué nos queda? Por la otra acera un grupo de forofos cantaba la victoria de su equipo y hacía ondear algunas bufandas y banderas. —¿El fútbol? —pareció burlarse Jaime. —¡Tonto! —Olga lo empujó con el codo. Luego frunció el ceño y preguntó alarmada—: Por cierto, ¿te gusta? —No. —¡Menos mal! —suspiró—. O me iba ahora mismo. Ella lo guiaba. Se dio cuenta al notar por segunda vez una presión en la mano al llegar a un cruce. No preguntó nada. Se dejó llevar. Tardaron otra docena más de pasos en cambiar el sesgo de la conversación. Cada vez que él pensaba en detenerse, abrazarla, decirle la verdad o besarla… Un contrasentido. —Jaime, ¿has hecho el amor con alguien desde que lo sabes?
  • 36. Se le apareció Almudena en la mente. Fugaz. —No. —Yo tampoco —admitió ella. —¿Lo echas de menos? —Lo físico, no. Lo emotivo, sí. Siempre hay un momento de fusión… Y no me refiero al orgasmo, sino a ese punto de conexión plena, cuando el amor entre las dos partes estalla y te eleva, te eleva, te eleva… No parecía estar hablando de sexo, sino de algo mucho más espiritual. El nirvana. Temió que le preguntara por sí mismo, por lo que sentía él, y que le hiciera recordar a Almudena de nuevo. Pero ahora Olga se dejaba ir, a tumba abierta. Las palabras fluían de sus labios igual que un encadenado de emociones y sensaciones. Jamás hubiera imaginado que una chica le preguntaría lo que ella acababa de preguntarle. Y de pronto allí estaba otra vez, dando otro giro insospechado a su charla. —¿Cómo te imaginabas tu vida? No era una pregunta. Era todo un mundo. Se olvidó del sexo. Intentó concentrarse en aquel nuevo horizonte. —Nunca he hecho planes. —Mientes —le disparó verbalmente. —¿Yo? ¿Por qué iba a mentirte? —Porque tú eres de los que va a piñón fijo y se nota. Quizá no lo sepas, o trates de ignorarlo, pero es así. —¿Eres psicóloga? —Soy mujer, y no soy tonta. Y además se me han despertado los instintos. Bueno, algunos. Tú eres como eres. —¿Y cómo soy? —Libre, independiente —lo dijo con pleno convencimiento—. Seguro que siempre has querido llegar a lo más alto, al éxito, sin renunciar a nada. —Todos tenemos un camino. —Eres hijo único, con un signo de fuego y con un punto de egoísmo natural… En eso somos diferentes. Yo me contentaba con existir, sin muchas pretensiones. Nunca he tenido ninguna cualidad especial. Tú en cambio estás lleno de energía, aunque ahora… no estoy muy segura, es como si la retuvieras, o al contrario, como si tuvieras mil grietas y se te escapara por todas ellas. Ni siquiera
  • 37. sabes cómo enfocar esto todavía. —Sí lo sé. —Consiguió vencer el nudo de su garganta. —Yo puse el anuncio. Yo te llamé. A muchos hombres aún les molesta que las mujeres tomen la iniciativa. —¿Y si tengo miedo a enamorarme de ti? Olga se detuvo. Estaban solos en mitad de una calle. Se le puso delante, le soltó y con las dos manos le cogió el rostro por ambas mejillas. Jaime no tuvo más que saltar al vacío de sus ojos para hundirse en ellos. Sin remisión. —Ya te has enamorado de mí —dijo suavemente ella—. Suelo gustar, y les pasa a muchos. —Se encogió de hombros con un tic de dolor—. Y no lo digo por ser pretenciosa. De cerca, deformada por la proximidad, parecía una niña. Era una niña. —Te has puesto pálido. —Recuperó su sonrisa evanescente. —Olga… —No, perdona. —Bajó la cabeza y con ella las dos manos—. Supongo que esto es demasiado serio y yo encima estoy intentando frivolizar, o hacerlo más natural cuando no lo es. —No. —Jaime la retuvo sujetándola por los brazos antes de que ella reanudara el paso, aunque no hizo el menor ademán de ponerse en marcha—. Escucha, tienes razón en lo de que cualquiera se enamoraría de ti a la primera. Cualquiera con corazón, sentimientos… Y quizá yo no los tenga. —Eso no es cierto. —No me conoces. —Todos estamos hechos de verdades y mentiras, pero al final siempre queda lo mismo: una mirada, un roce. —Volvió a cogerle de la mano. Se la acarició—. Y en eso reside la última certeza. No hay nada más. No supo qué hacer. Ni qué decir. Verdades y mentiras. —Bien —musitó Olga—. Por hoy creo que… —¿Qué quieres decir? —Ya hemos llegado. —Señaló un poco más allá, en dirección a un viejo portal—. Vivo aquí. Jaime reaccionó con incertidumbre. —Vaya. Sus ojos cambiaron de diálogo. —Ha sido una tarde muy especial, una cena adorable y un paseo perfecto —dijo ella. —Para mí también.
  • 38. —¿Quieres que nos veamos mañana? Ya no podía escapar. Tenía que llegar hasta el fondo. El final. Se lo acababa de decir ella misma: estaba enamorado. Absurdo. De locos. —Sí. —¿Te importa recogerme aquí, en plan cita y todo eso? —Claro. —He de comer en casa de mis padres. Es domingo. ¿Qué tal a las cinco? —Bien. Fue Olga la que se acercó a él, la que le dio un primer beso en la mejilla derecha, y después otro en la comisura izquierda de los labios. Y también fue Olga la que se separó unos centímetros, le miró a los ojos, volvió a aproximarse y le dio un tercer beso en la boca, apenas un roce, suave, sin ninguna carga sensual pero con todo el amor de que era capaz. Jaime fue incapaz de moverse. Luego ella se dio media vuelta, alcanzó el portal de su casa, sacó la llave, lo abrió y desapareció en su interior.
  • 39. 10 Eran las cuatro de la madrugada, y sabía que tanto daban las horas, porque no podría dormir. No, atrapado en el vértigo de todas sus sensaciones. «Jugar con fuego». Se había quemado. Pero a ella podía abrasarla. Jaime volvió a sentir el sudor, frío, angustioso. Esta vez no intentó conciliar el sueño. Se rindió a la evidencia. Optó por levantarse de la cama y salir de su habitación. Primero fue al baño, para refrescarse la cara. Después a la cocina, a por un vaso de leche. Por último aterrizó casi sin darse cuenta delante de su ordenador. Lo conectó y esperó a que la pantalla se llenase con sus trabajos. Todo maquinal. La carpeta titulada «Sida» destacaba en el mismo centro. La abrió y aparecieron una docena de archivos con títulos diversos, «Historia», «Datos», «Información», «España», «Curiosidades», «Casos personales»… Procedió a la apertura de esta última y surgieron los nombres, las entrevistas, el intenso drama de los protagonistas anónimos de la principal pandemia de la recta final del siglo XX y comienzos del XXI. Olga no estaba allí. Olga estaba en su cabeza. Se sabía casi de memoria todo aquello. Se había metido hasta el fondo, como siempre. Y justo al final, con la guinda que debía coronarlo todo… No sabía qué hacer. Ni con la noche, ni con aquello, ni con su vida. Miró la puerta del Netscape que lo introducía en internet. Ya no necesitaba navegar. También
  • 40. había entrado en un centenar o más de páginas web cargadas de material. Olga era la última frontera. —¿Qué estás haciendo? La respuesta le hizo daño. No todo era trágico en relación al sida. La última noticia incorporada a la carpeta de «Curiosidades» hablaba de un certamen celebrado en Botsuana, el país con más casos del mundo, para elegir a Miss VIH Sin Estigma. Jóvenes hermosas, pero también fuertes y con carácter, desfilando para no ocultar un tema tabú en la sociedad del país y que se aceptase a los enfermos sin marginarlos. La vencedora, Kgalalelo Ntsepe, de treinta y un años, había llegado a estar en los huesos, y gracias al tratamiento con retrovirales su aspecto era inmejorable. Se necesitaba la voz de una mujer joven y bella para gritarle a sus conciudadanos que tener el sida no significaba haber hecho algo malo. Por el concurso habían desfilado catorce mujeres ataviadas con vestidos de noche y trajes tradicionales de diversas tribus hechos de pieles de animales y decorados con mostacillas. Nada de morbo, nada de biquinis. El concurso se convertía en la voz de un pueblo herido, y en un grito para la comunidad internacional. El premio para la vencedora había sido… un juego de cama. Jaime cerró el archivo de «Casos personales» y la carpeta, aunque no el ordenador. Sus ojos se desviaron hacia el dosier de tapas rojas que descansaba en el ángulo superior derecho de su mesa de trabajo. Alargó la mano y lo atrapó. De nuevo sus movimientos eran maquinales. Se sabía igualmente de memoria el anuncio detrás del cual había aparecido Olga. Aun así lo leyó: «Chica busca chico seropositivo, simpático, no importa físico, con espíritu y amor, para rehacer la vida, amistad y disfrutar del tiempo. Barcelona. Apartado de correos 7640». Sentía la misma sensación que la primera vez. Pero ahora ya no era una curiosidad, era algo más. Tenía un nombre, un rostro humano, una voz, una mirada. Pensó en entrar en internet igualmente, y colarse en un chat, para evadirse. Aunque si lo hacía llegaría el amanecer y seguiría colgado, con lo cual no dormiría nada y por la tarde, en su nueva cita con ella, estaría espeso, en otra dimensión. La cita. «No vayas.» Sabía que acudiría. «No sigas.» Sabía que seguiría.
  • 41. «No lo hagas.» Sabía que llegaría hasta el final, aunque reventase, sin poderlo evitar, por mucho que se repitiese una y otra vez que era un idiota, y un cerdo, y un idiota, y un cerdo, y un idiota, y un cerdo… No podía dejar de pensar en ella.
  • 42. 11 Entró en la cocina anudándose la bata y se encontró con Gloria tomando una taza de café y una ensaimada mientras ojeaba las páginas del periódico sin mucha pasión. Era como si pasease la mirada por encima de los titulares y las fotos, en un primer contacto visual, sin querer comprometerse a fondo en nada más. Sobre la mesa esperaban otras tres ensaimadas con un aspecto fabuloso. A Olga se le hizo la boca agua. —¡Ensaimadas, qué bien! —Alzó las dos cejas—. ¡Eres un cielo! —Ya ves. —Continuó pasando las páginas del periódico mientras refunfuñaba—. Los domingos todas las noticias tendrían que ser maravillosas. Olga pasó del café. Se preparó un tazón de chocolate caliente. Iba descalza. —Te vas a enfriar —le hizo notar Gloria. Se sentó en la silla frente a la suya, en la pequeña mesita que tenían ubicada en la cocina, y subió los pies para no tenerlos en contacto con el suelo. —Has madrugado —dijo Olga. —Cielo, aún no me he acostado. Acabo de llegar. —Eres increíble —se burló ella—. Con tu aspecto nadie lo diría. —Es que desgaste, lo que se dice desgaste, he tenido poco, para que vamos a engañarnos. No daba la impresión de sentirse muy contenta pese a la presunta noche de juerga. Acabó de pasar la última página del periódico tras echar un vistazo a las películas que se emitían por la noche y entonces levantó la vista y no esperó ni un segundo más. —¿Qué tal? Olga sorbía el chocolate. Dejó el tazón sobre la mesa y cogió una de las ensaimadas. No pudo evitar una media sonrisa. No estaba muy segura de si estallar o mostrarse comedida. Conocía los
  • 43. días serios de su compañera de piso. Y aquel lo era. Se ponía bastante borde. Aun así, fue sincera. —Me gusta —admitió. —¿En serio? —Sí, es muy rico. —Dijiste que te lo tomarías con calma, que hasta no estar segura… Olga se encogió de hombros. —Es que empiezo a ver que la seguridad plena no existe, y que siempre, siempre, hay que arriesgar algo. —Tú vas a arriesgarlo todo. —No es demasiado, ¿no crees? —No empieces, por favor —le reprochó Gloria—. Alguien tiene que hacer de abogado del diablo y me toca a mí. Una cosa es un revolcón. Yo misma te empujaría. Pero esto… ¿Qué te hace verlo ya tan claro? —Son muchas cosas, su inseguridad, la manera en que me mira, como si jamás hubiese visto a una chica… Parece un gato asustado. —Lo que faltaba. —No sé, tiene algo. —Olga pellizcó un pedazo de ensaimada con las manos y se lo llevó a la boca. Estaban recién hechas y el sabor le hizo cerrar los ojos con placer—. ¡Hum… está de muerte! —¿La ensaimada o él? —le pinchó su amiga. Olga cogió el dominical del periódico y quiso atizarla con él. Fue tan solo un gesto, porque Gloria seguía hablando en serio, más y más directa. —No pagues conmigo tu mala noche, ¿vale? —protestó ella. —¿Mala noche? ¿Quién te dice a ti que he tenido una mala noche? —Pues chica, si llega a ser peor… —Deja mi noche en paz y sigamos con lo tuyo. Si he de serte sincera, me preocupa. —¿Porque vas a quedarte sin compañera de piso? —Hablo en serio. —La apuntó con un dedo inflexible—. ¿Y si te engañas a ti misma? —Es un riesgo. —No, esta vez no puede serlo porque antes te ha pasado siempre lo mismo. —Gloria, por favor… —Se le atragantó la ensaimada. —Vale, vale, es tu vida. —Gloria levantó ambas manos con las palmas hacia afuera. —Lo que queda de ella —apostilló Olga. —¡No digas eso! —¡Es la verdad! ¡Y lo afronto! ¡Ahora todo es distinto! ¡Yo no tengo todo eso tan bonito de ver
  • 44. crecer a los niños, envejecer juntos…! ¡Es ahora, mientras mi cuerpo aguante y no manifieste la enfermedad! ¡Y puede que ni siquiera se trate del cuerpo, sino de la mente y el espíritu! —¿Y él? —¡Le gusto! —¡Dios, eres la chica más guapa y dulce que conozco! ¡Claro que le gustas! ¡Eres un regalo, enferma o no! ¿Y si el que va a por el revolcón es él? —¡No es de esos! —¿Cómo lo sabes? —se crispó Gloria—. ¿Es que por tener el sida como tú ya es automáticamente una buena persona? ¿Cómo se convirtió en seropositivo? —Tuvo una relación de contagio. —¿Así, por las buenas? —En Santo Domingo. Una locura. —O sea que la metió donde no debía y sin tomar precauciones —se escandalizó Gloria—. Pues chica, eso no dice mucho en su favor. —No quiero seguir discutiendo sobre eso —atajó dándole otro sorbo a su taza de chocolate—. Te lo voy a presentar y en paz. —Ah, no. —Vendrá a buscarme esta tarde. —Pues yo paso. No quiero verlo hasta que estés segura por ti misma. Buena estoy yo hoy para echarle el ojo encima a alguien que no me cuadre. —¿Estás tú segura de Ismael? —Vale, touché, pero es distinto. Yo no puse un anuncio y sé de qué va. —Todos llevamos puesto un anuncio —repuso Olga de pronto, agarrando la taza con las dos manos como si fuera su único punto de apoyo en el mundo—. Unos dicen «socorro», otros «quiero montármelo», otros «creo en el amor para siempre». —Tú estás dispuesta a pasar con él el resto de tu vida, dure lo que dure, y eso no es amor, es desesperación. Sonó implacable. Lo fue. Olga resistió unos segundos más su mirada, hasta que la apartó, tan encendida como agotada. Los ángulos de las mandíbulas se le marcaron formando dos sesgos endurecidos al apretarlas con fuerza. Al otro lado de la mesa su amiga no se movió. Las dos permanecieron quietas, igual que estatuas, una al borde de unas lágrimas que no llegó a verter y la otra sin saber qué hacer después de su última y contundente expresión, a la espera. Gloria no se excusó. Olga sabía que siempre hablaba de corazón.
  • 45. 12 La voz de Sandro sonó espesa a través del telefonillo electrónico de la entrada. —¿Sí? —Soy yo. —¿Qué hora es? —Pareció arrastrar cada palabra por un papel de lija. —La una. ¿Vas a abrir o no? —¡Joder, macho, que me he acostado a las ocho de la mañana! El zumbido de la cerradura al ser liberada se confundió con el final de la protesta. Jaime entró en el edificio y pasó del ascensor. Subió a pie hasta el segundo piso, saltando los escalones de dos en dos. Sandro le esperaba en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados. Solo llevaba puestos los calzoncillos. Unos espantosos calzoncillos blancos con manzanas rojas y un gusano con cara de loco saliendo de cada una de ellas. —¿Qué pasa? —le espetó con poco sentido de la amistad. —Nada, pasaba por aquí. —Él se encogió de hombros. —¡Y un huevo! —Impidió que entrara dentro y le avisó—: Lidia duerme. No hagas ruido. —Ya te dije que esa chica no te convenía —trató de bromear Jaime. —Vete a la mierda. El estudio de su amigo quedaba a la izquierda de la entrada, y el dormitorio justo al otro lado del piso, después de un largo pasillo, así que la privacidad podía darse por asegurada sin olvidar que Lidia no se despertaba ni con un terremoto. Jaime se derrumbó sobre uno de los sacos que servían de asientos y, sin acoplarlo a su cuerpo, apoyó la cabeza en la pared. Sandro se quedó sin saber muy bien qué hacer, bostezando y rascándose la cabeza en mitad de la estancia.
  • 46. —Me ducho para despejarme y… —Tengo prisa —lo detuvo Jaime—. Solo pasaba por aquí. —¿Quieres… hablar? —alucinó su amigo captando la intención—. ¿A esta hora? —Necesito que alguien me castigue la moral. —¿Así, en plan masoca? —Sí. —Eso está hecho —se apuntó Sandro—. ¿Un café? —No. —Pues yo lo necesito, lo siento. —Venga, Sandro. Siéntate. —¿Ni un café? —Puso cara de dolor de estómago. —No. —Está bien. —Se derrumbó sobre el otro saco y se pasó una mano por los ojos para apartar los últimos restos de sueño pegados a los párpados—. ¿Qué pasa? —Me gusta. —Te gusta. —Más que eso. Ayer me lo dijo ella misma: me he colado. —¿Cuántas veces la has visto? —Dos. —Y te has colado. —Sí. —A pesar de que tiene el sida. —Es seropositiva. —Llámalo como quieras: lo tiene. —Sí. —No puedo creerlo. —Cerró los ojos y él también apoyó la cabeza en la pared—. ¿Para qué quieres que te castigue la moral si lo sabes todo y aun así…? —Por si me dices algo que yo no sepa. —Dios, Jaime, estás zumbado. —Supongo que sí, loco de atar. Pero siempre he preferido vivir y estrellarme a estar cuerdo y ver cómo todo pasa y se mueve a mi alrededor. —Es que siempre es lo mismo, conoces a una tía y pierdes el culo en un santiamén. —Esta vez es diferente. —¿En qué es diferente?
  • 47. —Si la conocieras… —Me da igual que sea Miss Universo, un ángel, la tía más sensacional del mundo, con el mejor cuerpo y la mejor cabeza. Tiene el sida. El sida, ¿te suena? La gente muere de forma espantosa. Es peor que el cáncer, peor que todo. —Sabes que ese no es el quid de la cuestión. —¿Que no lo es? ¡El quid de la cuestión es que no puedes enamorarte de ella, ni dejar que ella se enamore de ti! ¡Tú no tienes sida! ¿Qué crees que dirá tu ángel cuando sepa la verdad? —No se lo diré. —Por favor, no seas absurdo. Y menos a esta hora. —Hizo un gesto impreciso, mitad dolor, mitad agotamiento—. Mierda, si recordara donde puse ayer el cerebro… —Si ella no lo sabe, no pasa nada. —¿Y de qué va a ir todo el rollo, del gran amor? —Sandro le miró incrédulo—. Incluso dejando aparte el miedo que debería darte hacértelo con ella, por mucho preservativo que uses y aunque vayas con cuidado, se me ocurren una docena de razones para pedirte que no sigas adelante; por ella, porque la joderás y solo le faltará eso; por ti… Dime, ¿vas a renunciar a todo porque te ha dado un calambre sentimental, cosa que, por otra parte, no te es desconocido? ¿Dejarás de trabajar? —No. —No será tan tonta como para no atar cabos. —Puedo ayudarla. —¡No me hagas reír! ¿De verdad piensas que es así de fácil? ¡Yo vivo con Lidia desde hace tres meses y te aseguro que es lo más complicado que he hecho en la vida! ¡Compartir es la hostia de difícil! ¡Y por supuesto que es genial, le da un nuevo sentido a todo, pero es que nosotros, pase lo que pase, estamos sanos, y tenemos un futuro! ¿Qué hará Míster ONG cuando a ella se le manifieste la enfermedad? —Puede que no… —¿Qué harás? —¡No lo sé! —Te lo repito, ¿sabes cómo terminan los enfermos de sida? ¿Cómo son sus últimos meses? ¿No has leído nada, no has visto películas, no has estado trabajando en ese maldito reportaje? ¡Mierda, Jaime, eres periodista! —Buen intento —reconoció él. —No voy a convencerte, ¿verdad? Todo estaba en contra. Por eso se sentía desesperado. Todo. Incluso lo peor de todo: su mentira. Olga no merecía algo así.
  • 48. —No quiero hacerle daño —reconoció—. No me lo podría perdonar. —Pues se lo harás. El peor. Le arrancarás la última esperanza de su vida. —No si la comparte conmigo. —¿Qué va a compartir, Jaime, por Dios? —Se inclinó hacia delante para resultar más vehemente —. Y cuando muera… ¿qué harás tú? —Tal vez sean diez años maravillosos. —O cinco. —O cinco. —O tres, o uno… —Tú me dijiste que si durabas dos con Lidia ya estarías contento. —¡Eso era una forma de ver las cosas, y de ser cachondo! ¡Si pasara algo, nos separaríamos y adiós, como tú con Almudena! ¡Pero estamos hablando de morirse! ¡No es lo mismo! ¡Hasta tú puedes entender eso! —¿Y si finalmente hubiera dado con algo importante en mi vida? —¿Qué, hacer de santo? Pues siento decirte que no es lo tuyo. Aquí no valen idealismos ni romanticismos. Y tú encima eres un idealista romántico de lo más raro, egoísta… —Vale, conozco mis defectos. —¿Defectos? Siempre los has considerado una virtud, tu segunda piel, la coraza de la que te vales para pasar por la vida como un rompehielos. —Almudena me maduró. —Almudena te puso del revés, te hizo salir de dentro afuera, y aun así, no supiste verlo ni aprovecharlo. Ella misma te lo dijo: no vas a cambiar. Ni siquiera por un amor de verdad. Un amor de verdad. A veces el abogado del diablo pronunciaba justo la frase más oportuna, la opuesta a la deseada. Sandro acaba de darle un motivo más para seguir. Su amigo no lo veía igual. —Te miro y no te veo, en serio. —El tono de Sandro era crepuscular—. Siempre has sido un «vivalavirgen» con agallas, simpático, loco, genial, el mejor colega, pero en esto… Te pasas, Jaime. Te pasas un huevo. Si no por ti, deberías hacerle un favor a ella: olvidarla o decírselo. Iba a contestar, pero ya no pudo. Lidia, con solo la parte superior de un pijama masculino por encima, apareció en la puerta con el pelo alborotado y todavía más sueño pegado a los ojos del que Sandro le había mostrado al llegar él. —¿Qué está pasando aquí? ¿A qué vienen esas voces? —protestó la compañera de su amigo—. ¡Jesús, Jaime, es domingo! ¿Te has vuelto loco?
  • 49. 13 Ya no iba a tener tiempo de comer de forma más o menos decente, o quizá sí, aunque le bastaría con tomar un bocadillo en alguna parte. Tampoco le importaba demasiado. No tenía lo que se dice hambre. El vacío del estómago quedaba sobradamente compensado con el nudo que había empezado a crecer en su pecho y ahora se expandía a la misma velocidad que el universo por todo su ser. Olga a las cinco. Pero antes… La vio aparecer por la esquina opuesta a la suya, con el paso vivo. Las tres menos diez. Almudena siempre había sido centrada, ritual, con horarios inamovibles, disciplina, voluntad. Tanto daba que fuese domingo. Era su hora. Al comienzo esa disparidad fue lo que más le atrajo de ella. Noche y día. Pensó que el reto valía la pena, y lo había valido. Por lo menos mientras funcionó. Echó a correr para que ella no entrase en el portal. Si no la detenía antes, su espera no habría servido de nada. No le abriría. Tenía que sorprenderla sin posibilidad de escape. Mientras lo hacía, la observó con aquella vieja devoción que casi creía olvidada. Estaba más guapa, más proporcionada, más entera y más de todo. Llevaba el cabello suelto, desafiante, ondeando bajo el ímpetu y la fuerza de sus pasos, y lucía el vital esplendor de su cuerpo con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar, por generosos que hayan sido los dones de la forja humana. La sensación casi fue la de la primera vez. Los ojos grises, turbios, penetrantes, los labios sensuales, la forma del pecho… Solo que la primera vez fue una conmoción y ahora la conmoción se la proporcionaban los recuerdos, las noches en que ella había sido suya, entre sus brazos, susurrando su nombre, perteneciéndose el uno al otro. Llegó al portal primero. Almudena caminaba con los ojos fijos en el suelo y el aire ausente del que
  • 50. tiene la mente en blanco o llena de cosas pesadas. No quiso que ella se lo encontrara de golpe, igual que una pesadilla, así que la avisó: —Almudena. Ella levantó la cabeza. La sorpresa la conmocionó, pero no por ello dejó de caminar. Pareció dispuesta a pasar por encima suyo si no se apartaba. Todo con tal de alcanzar el portal y subir hasta su casa. —Almudena, por favor… —la detuvo Jaime. Nunca, ni aquella noche final, la notó más seca. —¿Qué quieres? —Hablar cinco minutos contigo. —No. —Quiso apartarle. Jaime no la dejó. —Por favor, es importante. —No voy a volver, así que olvídalo. —No es eso. —Ya. Pasabas por aquí. —Te juro que no se trata de que vuelvas. Ya no. —Ah, ¿no? —Se cruzó de brazos y lo desafió con una de sus glaciales miradas. Le costó creer que fuesen los mismos ojos que había visto llorar de amor, tan dulces como una suave brisa de verano, tan profundos y… —Esta vez se trata de mí —dijo Jaime. Logró interesarla. Pero ella no se traicionó. Siguió tal cual, con los brazos cruzados, odiándole con todas sus fuerzas pero con un atisbo de curiosidad en la expresión. —Jaime —fue su última rebeldía—, no me interesa. «No odies a quien hayas amado», recordó él. —¿Cómo lo sabes? —Escucha, ya lo dejé claro entonces. ¿Qué más quieres? No funcionó, y ya está, no hay que darle más vueltas. Ni todo tu ángel puede hacerme volver. —Lo que me dijiste… —Dije muchas cosas. —Sobre mí, el trabajo, mi ambición… —¿No me digas que has reflexionado sobre ello? —Sí. —¿Y te ha dado un ataque de responsabilidad de pronto? —Quería herirle, y sabía que él no
  • 51. objetaría nada—. Un poco tarde, ¿no te parece? —¿Podemos ir al bar de la esquina? —Ni hablar. —Entonces de acuerdo. Contéstame a una cosa: ¿te hice reír? Acusó la pregunta. Casi pareció divertirse. —¿Qué? —Respóndeme, ¿te hice reír? —Sí, al comienzo sí, cuando eras un encanto y estabas loco, pero de forma sana. Eras divertido, ocurrente, simpático… Y te las ingeniabas para que lo pasáramos bien. Duró poco, pero fue lo mejor. Nunca me aburrí. —¿Y después? —Después apareció tu yo real. —Tú tampoco ayudaste. —Lo sé, y soy consciente de ello. Pero es que no quise claudicar. Bastante tuve con ver lo de mis padres. Ella toda la vida en casa y mi padre casado con su trabajo. Total para que un buen día le diera la patada. Ni hablar. —¿Tan mal te lo hice pasar? —Jaime —se lo dijo con paciente amargura—, siempre había un artículo, un reportaje, una posible exclusiva, un tema apasionante, algo que hacer. Algo más importante que yo. Siempre. Primero hablabas de que eras novato y se trataba de una oportunidad, después porque necesitabas hacer méritos, más tarde porque confiaban en ti. ¿Qué más da? ¡Eres periodista! ¡Siempre lo serás! ¡Venderías tu alma al diablo por un buen trabajo! ¡Te encanta ver tu nombre impreso, y cuanto más grande o de forma más especial, mejor! ¡Estás sediento de éxito, y el éxito es una droga: nunca es suficiente! ¡Ese es el problema más grave por el que no serás feliz, jamás tendrás bastante! —Rebajó su vehemencia, como si estuviese súbitamente agotada, pero no dejó de hacerle estallar en la cara todas sus razones. Las mismas que ya creía haberle dicho meses atrás—. No tienes sangre en las venas: tienes tinta, y una energía que se activa con palabras como «noticia», «reportaje», «artículo»… Esa misma energía que cuando me tuviste empezó a desaparecer. —Eso no es verdad. —Yo me sentía así, y para el caso es lo mismo. Quería al Jaime que me emocionaba, que me hacía sentir… algo especial, una diosa. Ese que, como has preguntado, me hacía reír. —¿Crees que tengo arreglo? —¿Tú? No. —Fue tan sincera como dura—. Acabarás de corresponsal en una guerra perdida,
  • 52. viviendo a tu aire, siempre corriendo, corriendo sin parar. ¿Y quieres saber algo? ¡Me parece bien! ¡Es tu vida y tienes derecho a vivirla como desees! Pero sin mí. Y probablemente sin nadie que tenga un poco de juicio. Eres un romántico y estás lleno de sueños. Eso también te convierte en un iluso. O sea, que encima eres peligroso. Nunca renunciarás a nada por amor, y menos a esos sueños. Comprobó los efectos de su bombardeo verbal. Jaime seguía allí, de pie frente a ella, pero su línea de flotación parecía estar bajo mínimos. Almudena encontró un atisbo de piedad en una victoria que para sí misma también tenía mucho de derrota. Su voz surgió ahora sin apenas fuerzas. —¿Era eso lo que querías escuchar? Jaime se apoyó en la pared. —¿Qué te pasa? —quiso saber ella. —No lo sé. —Suspiró. —¿Estás bien? —No. —¿A qué has venido? Tampoco hubo respuesta. No era fácil. Otro absurdo. —Dios, Jaime… —Bueno, a veces en la vida pasan cosas. —¿Quién es ella? —¿Ha de haber alguien forzosamente? —Sí. La miró despacio, quizá en la última oportunidad de su vida, acariciándola con los ojos, sobreviviendo a su naufragio. No tenía nada que ver con Olga. Pero las dos eran extremos de la misma cuerda. —Bueno, puede que por primera vez estés mirando hacia tu interior —reconoció Almudena. —¿Por qué lo dices? —Por tus ojos, Jaime. —Ella volvió a ponerse en movimiento, pasó por su lado, alcanzó su portal sin que él hiciera ya nada por detenerla—. Parecen distintos.
  • 53. 14 Su habitación seguía igual. No habían tocado nada. En el fondo esperaban que regresara. Olga la miró desde la puerta. Lo hacía cada vez que iba a comer a casa de sus padres. Cuando era niña se le antojaba grande y espaciosa. Ahora la veía minúscula, aunque no tanto como la que tenía en el piso de Gloria. Claro que sin la ropa, los libros, los recuerdos que antes colgaban de las paredes, la sensación era de vacío. Una cápsula en el tiempo. Sí, las habitaciones eran eso, cápsulas suspendidas en el tiempo. Fue a la cocina por si su madre quería que la ayudase, pero ya estaba todo dispuesto y la mesa preparada. El único que faltaba era el cabeza de familia, que se retrasaba más de lo normal. —¡Mira que ir a ver fútbol también el domingo por la mañana! —protestaba su madre—. ¡Que si juveniles, que si infantiles…! ¡Y a tu hermano el fútbol ni fu ni fa, pero…! Quico tenía doce años, y decía que sería como Indiana Jones, arqueólogo. Pero de momento iba al fútbol con su padre. Olga miró la hora. Las comidas en su casa siempre se alargaban. —Mamá, he de irme a las cuatro y media como mucho. —Hija, ¡qué prisas! Al final ni vendrás. —He quedado. —¿Con un chico? —Sí. —Bueno, mira, ¿qué tal es? —Promete, pero ya veremos. —Si es que a mí eso de que vivas sola… —No vivo sola, vivo con una amiga. Y no aproveches cualquier cosa para quejarte, ¿quieres?
  • 54. Mira que eres pesada. —Oh, sí, yo soy pesada. —La mujer puso cara de fastidio—. En cuanto llegue tu padre comemos, descuida. —No sé porque no tiene móvil. —No le gustan esas cosas, ya lo sabes. Dice que a la gente se la localiza en su casa o en el trabajo, y que el resto es intimidad. La dejó y fue al cuarto de baño. Al salir oyó la música que salía de la habitación de Luisa. No supo si entrar o no, recordando lo mucho que le molestaba a ella que la interrumpieran cuando estaba sola en su universo. Iba a regresar a la cocina cuando la puerta se abrió y su hermana pequeña, casi tres años menor que ella, apareció en el quicio. Le hizo una seña. —Ven. Olga entró y Luisa cerró de nuevo la puerta. Su hermana estaba en la última fase «fan», es decir, que todavía tenía la habitación llena de pósters y se refugiaba en la música y en sus ídolos para cubrir todas las necesidades propias de su adolescencia. Era distinta a ella, de rasgos más fuertes y firmes, menos dulzura pero con un rostro muy expresivo. Seguía la moda imperante en todo, así que era un clon de cientos, miles de chicas en el umbral del gran salto hacia delante. La vida. —¿Sucede algo? —quiso saber Olga. Solían hablar, comunicarse. Se querían. Pero notaba el misterio y el secreto en los gestos y en la expresión de Luisa. —Salgo con un chico —le reveló ella. —¿En serio? —¿Que si es verdad o que si salgo en serio con él? —Bueno, las dos cosas. —No sé si es serio —reconoció ella—, pero me gusta mucho, es un cielo, y está colado por mí. Él es… diferente, ¿entiendes? El amor los hacía diferentes. Luego la naturaleza los cortaba por el mismo rasero. No quiso ser cínica. Su amargura era suya, de nadie más. Luisa tenía derecho a vivir, enamorarse, cometer sus propios errores. —¿Cuánto hace que lo conoces? —Tres meses. —¿Y? —Nada, empezamos a vernos, nos gustamos, hablamos y estamos saliendo juntos.
  • 55. Se le notaba radiante. Mucho. Demasiado. Olga reconoció aquella mirada, y aquella sensación. No pudo evitar un estremecimiento. —¿Habéis hecho algo? —¡No! —Supo perfectamente de qué le hablaba. —¿Te lo ha pedido? —¡No! —insistió. —Te lo pedirá. Luisa parpadeó sorprendida. —No sé si pareces mamá o mi mejor amiga. —Ni soy mamá ni soy tu mejor amiga. Soy tu hermana mayor y sé de qué va esto. Si os queréis, si pasan unas semanas más y seguís saliendo juntos, si el amor empieza a haceros daño aquí y aquí —le tocó la frente y el corazón con un dedo—, te lo pedirá. Y entonces, por Dios, Luisa, te diga lo que te diga, usad un preservativo. —En serio, que no tengo intención de… No estoy tan loca. —Luisa —la detuvo—, no se trata de estar o no estar loca. Puede pasar en cualquier instante, por la mañana, por la tarde, al anochecer. De pronto todo cambia y lo único que quieres es fundirte con él, formar parte de su ser. Entonces nada ni nadie puede parar lo que se siente. Y no te estoy diciendo que no lo hagas, solo que lo hagas bien, con precauciones. —Habría de verlo muy claro, o sentirlo mucho, como dices. Y si me lo pide le diré que no, de verdad. —Si le quieres, no le dirás que no. Si tienes miedo a perderlo o… Qué más da. —Hizo una mueca de dolor—. Todos creemos saber qué hacer, y cuando llega el momento… ¡Pero protégete, por Dios! —Vale, vale. —Su hermana la miraba con el ceño fruncido—. Cómo te pones. —Sé lo que me digo. —Tranquila, que no me pasará como a la prima Sol. —No todo es quedarte embarazada. —La sujetó por ambos brazos—. Hay tantas cosas que… No pudo evitarlo. La abrazó. La estrechó contra su pecho, con fuerza, aplastándola. Luisa no se resistió, quedó sepultada por ese gesto y la furia que la empujaba. Ella misma acabó correspondiendo al abrazo de su hermana mayor. Al otro lado de la puerta oyeron la voz de su padre entrando en el piso, y mucho más la de Quico, gritando a todo pulmón que ya estaba en casa y que se estaba muriendo de hambre.
  • 56. 15 Siempre le había parecido curioso el comentario de algunas personas accidentadas que aseguraban que, en el segundo final, cuando creían que iban a morir, habían visto desfilar toda su vida por delante de sus ojos. Si era así, él iba a morir. Porque veía desfilar toda su vida por el interior de su cabeza, y no precisamente en un segundo. Después de hablar con Sandro, después de hablar con Almudena, en aquella última hora, sin fuerzas para probar bocado, todo iba y venía sin mucho orden ni control, vagando por el infinito de su mente. Cometas cargados de rostros que creía olvidados, de voces que reaparecían. Las lágrimas de Esther gritándole que nunca sería feliz si no se detenía un momento para respirar y mirar a su alrededor para descubrir que no estaba solo, los gritos de Carmen asegurándole que nadie le amaría igual que ella, la sensación de culpabilidad después de haber engañado a Cati para acostarse con ella… ¿Qué le había dicho Almudena? «¡Eres periodista! ¡Siempre lo serás! ¡Venderías tu alma al diablo por un buen trabajo! ¡Te encanta ver tu nombre impreso, y cuanto más grande o de forma más especial, mejor! ¡Estás sediento de éxito, y el éxito es una droga: nunca es suficiente! ¡Ese es el problema más grave, porque no serás feliz, jamás tendrás bastante! ¡Es tu vida y tienes derecho a vivirla como tú desees, pero sin mí! Eres un romántico y estás lleno de sueños. Eso también te convierte en un iluso. O sea, que encima eres peligroso. Nunca renunciarás a nada por amor, y menos a esos sueños.» Almudena había disparado balas de plata. Jaime miró la hora. La temía. Pero ya estaba allí. Las cinco.
  • 57. Luego miró el edificio, las alturas en las que Olga debía de estar esperándole. Ahora sí, el momento decisivo. Subir o marcharse. Subir para seguir o marcharse para no regresar nunca más. En el medio, la alternativa que más miedo le daba, porque se sentía cobarde ante ella: la verdad. «Vete», les ordenó a sus piernas. No le obedecieron. Como si existiese una desconexión momentánea entre su cabeza y sus músculos. La imagen de Olga estaba también allí. Y su voz, y su sonrisa, y su ternura, y sus ojos, y… ¿Cuántas veces había estado enamorado en la vida? ¿Y cuántas de verdad? ¿Cómo sabía que aquella, precisamente aquella, nacida de la mentira, sin futuro, con una mujer enferma que necesitaba de un anuncio en el periódico para poder dar y recibir cariño, era auténtica? Volvió a Sandro. Volvió a Almudena. No necesitaba escucharlos en su cabeza para repetírselo. Toda la vida había sido igual, inmaduro, egoísta, ciego, aferrado al trabajo como único norte. Y cuanto más solo se sentía como persona, como ser humano, más se volcaba en él. Olga era tan distinta… —¿La quieres de verdad? ¿Sinceramente? ¿Así de fácil? ¿Y si se engañaba? Ella no era como las demás. No tenía tiempo para estupideces. —Es perfecta, y lo sabes. Enferma o no, es… Se sintió derrotado al decir aquello en voz alta. Perfecta. Con y sin sida. Perfecta. Y él estaba dispuesto a estropear esa perfección, a darle lo peor y lo único que ella no merecía. «Vete.» Esta vez sí, sus piernas le obedecieron. Se apartó de la esquina por última vez, levantó los ojos, se despidió de ella con un dolor desconocido atravesándole la razón «Sé feliz», le deseó. Y justo al dar media vuelta se la encontró, de cara, sonriendo con aquella radiante ternura que tanto le sobrecogía el ánimo, algo congestionada porque acababa de llegar corriendo. —¡Eh, que solo llego cinco minutos tarde! ¿Adónde ibas?
  • 58. ALGO DE MAYO
  • 59. Revelaciones 16 Todavía faltaban treinta minutos para el comienzo de la película, pero las entradas, conseguidas después de una buena cola, eran numeradas, así que no tenían prisa en apurar sus refrescos y salir de la terraza del bar, a menos de cincuenta metros de los cines. Sentados uno frente al otro, mirándose, de tanto en tanto se veían atrapados en un singular silencio. Un silencio tan vivo como sus encendidos y apasionados momentos de diálogo. —¿Qué piensas? —preguntó ella. —Nada. —Por lo general sois los chicos los que siempre que una chica está callada le preguntáis qué piensa. Y es bastante molesto. Suena a egocentrismo. Pero ya ves, en mi caso es al revés. —A contracorriente. —Un poco, sí. Puede que lo único bueno de nuestro estado es que nos da mayor libertad para ser directos, pasando de tonterías. Jaime no dijo nada. —Nunca hablas de lo que te sucede, ¿verdad? —No. —¿Negación o precaución? —Las dos cosas, supongo. —Va, dime, ¿en qué pensabas? —En nada, en serio. —Me estabas mirando con una cara así… —Imitó la suya, seria, concentrada—. Y uno no pone una cara así si no piensa en algo. —Solo te miraba. —¿Y qué veías? —A una persona única, especial y maravillosa. —Estás colado, ¿lo ves? —Olga se pavoneó con indisimulada satisfacción.
  • 60. Lo desarmaba. Jaime no tenía fuerzas para luchar contra sí mismo y aún menos contra ella. En la esquina estaba dispuesto a irse. Pero ahora ya era tarde. La trampa se había cerrado. Quizá ella le perdonase un día, cuando se lo dijera, cuando ya no hubiese vuelta atrás, cuando… Quería estar a su lado. Verla todos los días. Amarla. —Vuelve a estar ahí —dijo ella. —¿El qué? —Esa mirada, esa sombra. —Supongo que… no estaba muy preparado para esto. —No, sigues preocupado. Se te nota. —Apenas me conoces. —A veces somos libros abiertos para otras personas. A mí se me han agudizado los sentidos desde que me dijeron que era seropositiva. —No has vivido lo suficiente para saber cómo terminan esos libros. —¡Huy, qué agudo! —Es la verdad. —Y qué amargo, ¿no? —No te hago reír. Déjame ahora. —¿Quieres tener nuestra primera pelea? Te advierto que me encantan las peleas, los gritos, perder el control. Luego las reconciliaciones son preciosas. —Perdona —se excusó él. Olga puso sus manos sobre las de él. —Ya sé que soy muy joven, y tú muy, muy, muy mayor para mí. Pero existe la intuición. —¿Y qué dice la tuya? —Que guardas algo dentro de ti, lo cual es normal, porque todo el mundo lo hace, pero que aún no confías en mí. Y no es una recriminación, te lo juro. Me parece bien. —Sí confío en ti. Más bien en quien no confío es en mí. Le presionó ambas manos. —Si no pruebas las cosas, no sabrás si pueden salir bien. —Olga… —No, en serio. Para esto sí tenemos tiempo. El otro día te asusté al preguntarte si viviríamos juntos en el caso de que esto… funcionara. Pero podemos vernos, conocernos más, y decidir luego. —Siempre puedes volver a poner otro anuncio.
  • 61. Ella retiró las manos. —No seas cruel —musitó. —No pretendía ser cruel, solo realista. —Pues no seas realista. Ya tengo bastante realidad. Lo que quiero es vivir un sueño. «¿Real o fingido?», estuvo a punto de preguntarle. Un par de jóvenes, veinteañeros ambos, miraba a Olga desde una mesa vecina. También hablaban de ella, sin disimulo. Jaime les vio la cara de admiración, los ojos en celo, la avidez del depredador. No pasaba inadvertida. No era espectacular pero no pasaba inadvertida. Atraía. —No les hagas caso —le dijo ella. —¿Te habías dado cuenta? —Claro. —No he visto que los miraras ni una sola vez. —He tenido suficiente cuando hemos llegado, y al ir y volver del baño. —¿Qué hacías estos meses cuando algún chico se te acercaba? —Pasar. —¿Sin más? —No iba a decirle «tengo sida, tío; vete». —Pensarían que ibas de dura, o de estrecha. —Es su problema. —¿Y si te hubiera gustado alguien? —Eso no sucedió. —Pero… —No lo sé. Me sentía demasiado… vulnerable. ¿Cómo iba a ser libre para que me gustase un chico? —¿Habrías aceptado a alguien sano a tu lado si le hubieras amado? —Tampoco lo sé. Pienso que no. De todas formas me cerré por completo, así que eso difícilmente hubiera sido posible. Cuando comprendí que no sucedería nunca más, que no dejaría que se me acercasen y que debía partir de cero, puse el anuncio. —¿Y si nadie te hubiera respondido? —Sabía que lo harían. —¿Por qué? —Porque siempre hay alguien al otro lado, estés como estés, pase lo que pase, por mal que te encuentres.

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