Chevy Stevens
NADIE TE ENCONTRARÁ
A mi madre, que me dio
imaginación
ÍNDICE
Sesión uno. 4
Sesión dos. 15
Sesión tres. 24
Sesión cuatro. 31
Sesión cinco. 36
Sesión seis. 42
Sesión siete. 49
Se...
Sesión veintiuno. 173
Sesión veintidós. 181
Sesión veintitrés. 188
Sesión veinticuatro. 205
Sesión veinticinco. 218
Sesión...
Sesión uno
Verá, doctora, no es usted la primera psicóloga a
la que voy desde que regresé. El idiota que me
recomendó mi m...
naturalmente, todo estaba bien ordenado y
colocado encima del escritorio. Los clientes eran lo
único que tenía torcido en ...
aspecto, parecía agradable... bonita dentadura, por
cierto. Y lo que es aún mejor, detrás del nombre no
lleva un montón de...
Y ya que estamos aquí para lavar los trapos
sucios, vamos a establecer algunas reglas básicas
antes de empezar este viaje ...
había llamado el viernes para comunicarme que se
habían quedado muy impresionados con mi
presentación y que me darían una ...
más de metro cincuenta, parezco una enana cuando
las llevo, pero el corte de ésa en concreto me
estilizaba las piernas, qu...
acabase la jornada en su restaurante italiano. La
noche anterior había trabajado hasta tarde, así que
le mandé un correo e...
promotor quien me llamaba, saqué el teléfono de mi
bolso.
—¿Estás en casa?
«Hola a ti también, mamá. ¿Cómo estás tú?»
—Est...
aguantarme la risa.
—Me alegro por Tamara, pero la verdad es que
está estupenda se ponga la ropa que se ponga.
Lo cierto e...
estaba a la altura.
—Antes de que se me olvide —dije—, ¿puedes
pasar luego por casa a devolverme la cafetera para
hacer ca...
Ahora era «Annie Tesoro».
—De nada, pero de todos modos la necesito...
Colgó el teléfono.
Lancé un gruñido y volví a meter...
empecé a recoger mis cosas. Cuando salí a meter
unos folletos en mi coche, una furgoneta de color
tierra y aspecto flamant...
chaqueta de color beis lucía el mismo logo en el
bolsillo delantero. Si pertenecía a ese club de golf,
era sinónimo de que...
Cuando se reía, las arrugas de expresión de las
comisuras de los ojos terminaban en unas mejillas
sonrosadas, y entrecomil...
comportarse como si nos estuvieran haciendo un
favor.
Lo llevé dentro y le hablé de la casa, explicándole
que era la típic...
encuentre lo que busco, lo sabré.
Le devolvíla mirada y él me sonrió.
—Si necesitas pedir una hipoteca, yo te podría
dar u...
Ordené mentalmente a mis piernas que se pusieran
a dar patadas, que echaran a correr, que hicieran
algo, lo que fuese, per...
el arma se me hincaba en las lumbares mientras él
la empleaba para empujarme y hacerme avanzar
hacia delante. Me obligó a ...
—Hace un día precioso para dar una vuelta en
coche.
Como si fuéramos dos vecinos charlando a través
de la cerca del jardín...
mano sostenía el mando a distancia del cierre
centralizado.
Lo levantó para enseñármelo y sonrió.
A medida que él daba mar...
alargar la mano izquierda, manteniéndola abajo...
Me puso la mano en el hombro de golpe, y
presionó sus dedos en torno a m...
mano y apoyó la otra encima de mi muslo—. El sitio
adonde te llevo te va a gustar.
—¿Adónde? ¿Adónde me llevas?
Empezó a t...
andar. Desplazó la mano de mi hombro hasta la
parte superior de mi brazo, para sostenerme en pie.
Seguíamos andando, pero ...
—Vamos a intentarlo otra vez. Ahora, te soltaré, y
tú vas a entrar ahídentro y a tumbarte boca abajo.
Bajó el brazo despac...
cuantos miles de dólares en mi cuenta. Y mis
tarjetas de crédito... tienen unos límites de crédito
muy altos...
Seguía son...
Me tumbé boca abajo.
—No entiendo por qué haces esto. —Se me
quebró la voz. Maldita sea... Debía conservar la
calma—. ¿Nos...
confesarle una cosa: si voy a subir a bordo del tren
de «se acabaron las tonterías», tendría que llegar
hasta el final del...
coqueteando con la locura, yendo por todas partes
comprobándolo todo mientras intento que nadie se
percate de lo que estoy...
periodistas que, la mayoría de las veces, lo pillan
todo al revés y lo tergiversan todo. Pero le
sorprendería saber cuánto...
Sesión dos
Cuando venía hacia aquí, una ambulancia ha
aparecido aullando a toda leche en mi retrovisor, el
conductor debía...
cebolla mientras los esperábamos. La mayoría de
mis recuerdos de infancia están impregnados del
aroma y los sabores de la ...
toda mi vida. Craso error.
Después de la inyección en mi pierna y antes de
que me desmayara, recuerdo dos cosas: la manta
...
dos ventanas de la parte derecha de la cama tenían
persianas o estaban tapadas con tablones. Había
un par de luces encendi...
apretando en un tornillo de banco. Logré llegar
hasta el rincón del fondo, entre la cama y la pared,
apoyé la espalda en é...
favorito. Grissom habría ido derecho a la casa
donde me habían secuestrado y sólo con sacar
unos primeros planos del inter...
parece —al menos para mí— un óleo que en otro
tiempo hubiese sido muy vistoso, lleno de vida, y
cuyos colores se hubiesen ...
éstas no se movieron. La cocina de leña y su
correspondiente hogar de piedra estaban tapados
por una pantalla protectora c...
pero estaban en muy buenas condiciones. Bajo el
alféizar de la ventana del baño, sentí frío en los
dedos al tocar una part...
electrodomésticos eran de acero inoxidable, que no
son baratos, y parecían aún por estrenar. Tanto el
blanco de los dos fr...
beber un poco de agua. Antes de acabar de dar el
primer sorbo, oíel ruido de una llave en la cerradura,
o al menos en lo q...
pensar que te había puesto demasiado.
Avanzó hacia mí a grandes zancadas. Yo eché a
correr de nuevo a la esquina del fondo...
nada que viniese de él. Agitó el vaso.
—No hay nada como el agua fresca de las
montañas.
Esperó un par de segundos, arquea...
codos en la superficie de la isla e hincó los dedos
por debajo de la barbilla—. Esa es una muy buena
pregunta, Annie. Por ...
podría haberme pasado.
—Pues verás, ahí es donde te equivocas, porque
sí que lo sé. Sé exactamente lo que les pasa a las
m...
acabo de hacer. Mira, voy a resolverte parte del
misterio: estamos en una montaña, en una cabaña
que he escogido personalm...
realidad, nunca había estado tan seguro de algo en
toda mi vida.
Volvió a sacarse el llavero del bolsillo, abrió un
armari...
—Eres muy fotogénica.
—¿Cuánto tiempo llevas vigilándome?
—Yo no lo llamaría «vigilarte». Observándote, tal
vez. Desde lue...
—Yo no soy el problema. A las mujeres les gusta
decir que quieren a alguien que siempre esté a su
lado, mostrándoles su ap...
un momento... Es justo lo que has hecho.
—Bueno, yo te respeto porque sé que eres un
hombre muy especial que en el fondo n...
—La gente empezará a buscarme por todas
partes... mucha gente. Todo iría mucho, pero que
mucho mejor, si me soltases ahora...
Sujetando la parte delantera de la chaqueta de mi
traje, me atrajo hacia sí y volvió a empujarme hacia
la cama. Se le marc...
Sesión tres
Me he dado cuenta de que no tiene usted mucha
parafernalia navideña aquí en su despacho, sólo la
corona de Nav...
Luke y yo salíamos a dar largos paseos
invernales, con nuestras guerras de bolas de nieve y
todo, hacíamos guirnaldas ensa...
personas quejicas y deprimentes que, ni cortas ni
perezosas, no tienen reparos en contarte la inmensa
mierda que rodea sus...
Cuando el Animal salió del cuarto de baño, me
señaló con un dedo admonitorio, sonrió y dijo:
—A mílas horas no se me olvid...
me apartó ambos y me indicó que me metiera en la
bañera. Cuando me vio vacilar, empezó a enrojecer
y dio un paso hacia del...
Asentícon la cabeza.
La levantó en el aire de modo que la luz se
reflejaba en ella.
—Las nuevas ya no apuran tanto. —Se en...
al hospital, ¿no es así? Y Daisy, ¿cómo dices que
murió?
Lo sabía. El cabrón ya lo sabía.
Yo lo averigüé, supe cómo había ...
sentimientos, que eso era bueno para mí. ¿En qué
mundo podía pasar semejante locura?
—Levántate y pon el pie en el borde d...
de espaldas con su cabeza entre mis piernas. Los
fines de semana se dedicaba a pilotar aviones, y
tenía la consulta llena ...
y oliendo a puñeteras rosas. No tuve que esperar
mucho a que reapareciera con un puñado de ropa
en la mano.
Me hizo ponerm...
había desaparecido. Había velas encendidas en el
suelo, las luces estaban atenuadas y ahí estaba,
frente a mí, con un aspe...
zafarme de él, pero me sujetaba con fuerza
rodeándome la cintura con el brazo. Llevó la otra
mano hacia delante, levantánd...
Al final dejó mi boca en paz. Dando gracias,
aspiré una bocanada de aire, pero se me quedó
atragantado cuando vi que se le...
todo cuanto había aprendido a lo largo de mi vida
acerca de los violadores. Algo sobre el poder...
necesitaban poder, pero...
ruido. Me separó aún más las piernas e intentó
abrirse camino en mi interior, pero había perdido la
erección. Me fijé en q...
pared opuesta. Estiró de golpe la mano que le
quedaba libre y me tapó la boca con ella. Me hizo
volver la cabeza de nuevo ...
nadie. Te lo juro. Por favor te lo pido...
—Nunca he tenido unos sueños tan bonitos como
los que tengo aquí.
Se acurrucó a...
poner puertas a un río desbordado: empiezan a
colarse pequeños chorros de agua a través de las
rendijas y, en un abrir y c...
Sesión cuatro
¿Qué tal le han ido las Navidades, doctora?
Espero que Santa Claus le haya traído un montón
de regalos, porq...
descalza encima de los pedazos rotos de unas
bolas de Navidad antes que entrar en un centro
comercial en estas fechas tan ...
entraron unas ganas irresistibles de hacerme con la
navaja. Quería cortarle la polla. Esta vez no me
afeitó.
—El afeitado ...
ser humano, así que aunque lograses escapar, no
durarías ni un par de días ahí fuera. Y si te preocupa
cómo vamos a sobrev...
—El olor a perfume en la parte de atrás de la
furgoneta, en la manta... ¿es que hay... otra mujer?
¿Has...?
—¿Es que no en...
—No, simplemente te limitabas a existir, pero yo
te estoy dando una segunda oportunidad, y te
sugiero que prestes atención...
camisa y pantalones beis. A un lado vi un par de
suéteres beis. Me siguió la mirada, sonrió y dijo:
—El único color que ne...
que estar suaves, y llevarás pintadas las uñas de los
pies. Las mujeres deberían llevar el pelo largo, así
que te pondré s...
espacio posible de separación entre él y yo—.
Annie, no te olvides de dejar la puerta abierta.
Cuando ya llevaba un par de...
tirarme de la cabeza hacia atrás y luego me acercó
el vaso a los labios.
Traté por todos los medios de apartar la cara,
pe...
añadido unas cuantas de su propia cosecha: si
antes tenía alguna pequeña manía, ahora se ha
multiplicado por veinte y me h...
cama, lo único que hago es quedarme allí tumbada,
aguzando el oído a ver si oigo el más mínimo ruido,
hasta que me levanto...
que quiero decir es que, todo el tiempo que estuve
ahí arriba, nunca llegué a sentirme segura. Era
como estar en una monta...
conseguido mear o no. No, gracias.
Sesión cinco
Hoy, cuando venía de camino aquí, me he parado
en la cafetería de la esquina de su calle. Por fuera
tiene una...
todo eso de estar ensimismada en mi mundo. No es
que llevase esa clase de cosas, pero sí que tenía un
anillo de Claddagh, ...
guarda, como me decía a mí misma cuando era
pequeña, ¿por qué diablos no acababa con todo
aquello?
La segunda noche, a la ...
caliente. —Dejó correr el agua caliente un momento
—. Sólo con mirar a una mujer, ya sé qué sabor va a
tener. Algunos homb...
cuando ella estaba presente.
Diecisiete segundos, dieciocho... aquella gota sí
que era lenta, Dios...
—Dudo que alguno de ...
dijera para follar conmigo.
—¿No te recuerda a Daisy? Daisy era algodón
de azúcar, pero Christina, mmm... Christina. Te
ap...
que resbalaban de las velas.
Hice un inventario de cualquier cosa que veía a mi
alrededor. Multiplicaba y dividía los núme...
Los golpes cesaron. Se apaciguó su respiración.
De camino al baño, empezó a tararear una canción.
Mientras se duchaba, me ...
Tras su tercer intento fallido, me dio dos
bofetadas en la cara, con tanta fuerza que me mordí
la lengua. Esa vez no obtuv...
el ruido de la ducha funcionando durante un rato.
Después, volvía a meterse en la cama, me
abrazaba y se ponía a hablar de...
equipos de rescate estaban tardando demasiado
en encontrarme, y él no iba a levantarse un buen día
y decirme: «¿Sabes qué?...
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Nadie te encontrara - chevy stevens

Published on: Mar 3, 2016
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Nadie te encontrara - chevy stevens

  • 1. Chevy Stevens NADIE TE ENCONTRARÁ
  • 2. A mi madre, que me dio imaginación
  • 3. ÍNDICE Sesión uno. 4 Sesión dos. 15 Sesión tres. 24 Sesión cuatro. 31 Sesión cinco. 36 Sesión seis. 42 Sesión siete. 49 Sesión ocho. 57 Sesión nueve. 65 Sesión diez. 73 Sesión once. 82 Sesión doce. 92 Sesión trece. 100 Sesión catorce. 111 Sesión quince. 121 Sesión dieciséis. 128 Sesión diecisiete. 137 Sesión dieciocho. 147 Sesión diecinueve. 155 Sesión veinte. 164
  • 4. Sesión veintiuno. 173 Sesión veintidós. 181 Sesión veintitrés. 188 Sesión veinticuatro. 205 Sesión veinticinco. 218 Sesión veintiséis. 226 Agradecimientos. 237 RESEÑA BIBLIOGRÁFICA.. 239
  • 5. Sesión uno Verá, doctora, no es usted la primera psicóloga a la que voy desde que regresé. El idiota que me recomendó mi médico de cabecera justo cuando volví a casa, ése sí que era una auténtica joya... El tipo llegó incluso a fingir que no sabía quién era yo, pero eso no había quien se lo tragara, habría que ser ciego y sordo para no haberse enterado. ¡Pero si a la que me doy la vuelta, sale otro capullo con una cámara de entre los arbustos para sacarme la puñetera foto...! Pero ¿antes de toda esta mierda? Antes, la inmensa mayoría de la gente ni siquiera había oído hablar de la isla de Vancouver, conque mucho menos de Clayton Falls. Ahora, sólo tiene que mencionarle a alguien el nombre de la isla y le apuesto lo que quiera a que lo primero que saldrá de su boca será: «¿No fue ahí donde secuestraron a esa de la agencia inmobiliaria?». Incluso la consulta del tipo era como para echar a correr: sofás de cuero negro, plantas de plástico, escritorio de cromo y cristal. A eso lo llamo yo hacer que tus pacientes se sientan cómodos, sí señor. Y
  • 6. naturalmente, todo estaba bien ordenado y colocado encima del escritorio. Los clientes eran lo único que tenía torcido en su maldita consulta, y si quiere que le dé mi opinión, a mí, alguien que necesita ordenar todo lo que tiene encima de la mesa pero que no se arregla los dientes me da mala espina, qué quiere que le diga... Lo primero que hizo fue preguntarme por mi madre y luego se empeñó en convencerme para que pintase el color de mis sentimientos con lápices de cera en un bloc de dibujo. Cuando le dije que si me estaba tomando el pelo, me contestó que me resistía a exteriorizar mis sentimientos y que necesitaba «abrazar el proceso de curación». Bueno, pues a la mierda él y su proceso. Sólo duré dos sesiones. Me pasaba la mayor parte del tiempo dudando entre matarlo a él o matarme yo. Así que he tardado hasta diciembre —cuatro meses desde que volví a casa— para probar de nuevo con todo este rollo de la terapia. Ya casi hasta me había resignado a seguir así de jodida, pero la idea de vivir el resto de mi vida sintiéndome de esta manera... Lo que tenía escrito en su página web era gracioso, para ser psicóloga, y por su
  • 7. aspecto, parecía agradable... bonita dentadura, por cierto. Y lo que es aún mejor, detrás del nombre no lleva un montón de iniciales que sabe Dios qué significan. No quiero al mejor ni al no va más en terapias psicológicas, eso sólo significa un ego más grande y una factura aún mayor. Ni siquiera me importa tener que conducir una hora y media para llegar hasta aquí; así salgo de Clayton Falls y, de momento, todavía no he encontrado ningún periodista escondido en el asiento de atrás de mi coche. Pero no me malinterprete: que usted tenga aspecto de tierna abuelita —debería estar tricotando, y no tomando notas—, no significa que a mí me guste estar aquí, en absoluto. ¿Y dice usted que quiere que la llame Nadine? No estoy segura de a qué viene todo eso pero déjeme que lo adivine: me ha dicho su nombre de pila, así que ¿se supone que debo sentirme como si fuésemos amigas del alma y contarle cosas de las que no quiero acordarme, así que mucho menos hablar de ellas? Lo siento, pero no le pago para que sea mi amiga, así que si no le importa, seguiré llamándola «doctora».
  • 8. Y ya que estamos aquí para lavar los trapos sucios, vamos a establecer algunas reglas básicas antes de empezar este viaje trepidante. Si vamos a hacer esto, tendremos que hacerlo a mi manera, y eso significa que no quiero oír una sola pregunta de su boca. Ni siquiera una preguntita inofensiva del tipo: «¿Cómo se sintió cuando...?». Le contaré la historia desde el principio, y cuando me interese oír qué es lo que tiene usted que decir, se lo haré saber, descuide. Ah, y por si se lo está preguntando ahora mismo: no, no he sido siempre asíde hija de puta. Me quedé remoloneando en la cama un poco más de lo habitual la mañana de aquel primer domingo de agosto, mientras mi golden retriever, Emma, me roncaba al oído. No disponía de muchas ocasiones para remolonear. Ese mes estaba trabajando como una mula para hacerme con una promoción de apartamentos en primera línea de mar. Para Clayton Falls, un complejo de cien apartamentos era un proyecto descomunal, y la cosa estaba entre otro agente inmobiliario y yo. No sabía quién era mi competidor, pero el promotor me
  • 9. había llamado el viernes para comunicarme que se habían quedado muy impresionados con mi presentación y que me darían una respuesta al cabo de unos pocos días. Estaba tan cerca de conseguir el contrato del siglo que casi hasta paladeaba el sabor del champán. Lo cierto es que sólo había probado aquella porquería una vez, en una boda, y había acabado cambiándolo por una cerveza —no hay nada que destile más clase como la imagen de una chica vestida de dama de honor bebiendo a morro un botellín de cerveza—, pero estaba convencida de que aquel contrato me transformaría en una sofisticadísima mujer de negocios. Algo así como la conversión del agua en vino... o en este caso, de la cerveza en champán. Tras una semana de lluvia incesante, el sol había salido al fin, y hacía suficiente calor para poder lucir mi traje chaqueta favorito. Era amarillo claro y estaba hecho de la tela más suave del mundo, y me encantaba el modo en que me resaltaba los ojos de color avellana, en lugar de hacer que pareciesen de un castaño aburrido. En general, suelo evitar ponerme falda porque siendo un retaco de poco
  • 10. más de metro cincuenta, parezco una enana cuando las llevo, pero el corte de ésa en concreto me estilizaba las piernas, que parecían más largas. Incluso decidí ponerme tacones. Acababa de cortarme el pelo, de manera que me caía perfectamente a la altura del mentón, y después de darme un último repaso de emergencia en el espejo del recibidor para detectar las canas —el año pasado cumplí sólo treinta y dos, pero con el pelo negro, esas cabronas se ven enseguida—, me dediqué un silbido de admiración, le di un beso de despedida a Emma —hay quienes tocan madera antes de salir de casa, yo toco a mi perra—, y salí por la puerta. Lo único que tenía que hacer ese día era ofrecer una jornada de puertas abiertas en una casa para que los interesados en comprarla pudieran visitarla libremente, sin cita previa. Habría estado muy bien poder tener el día libre, pero los dueños estaban desesperados por venderla. Eran una encantadora pareja de alemanes, y la mujer me preparaba pastel bávaro de chocolate, así que no me importaba pasar allíun par de horas para tenerlos contentos. Mi novio, Luke, iba a venir a cenar cuando
  • 11. acabase la jornada en su restaurante italiano. La noche anterior había trabajado hasta tarde, así que le mandé un correo electrónico del tipo «Me muero de ganas de verte, luego, más tarde». Bueno, al principio quise enviarle una de esas tarjetas electrónicas de amor que él acostumbraba a mandarme, pero todas las opciones eran muy cursis —conejitos besándose, ranas besándose, ardillas besándose—, de modo que al final opté por enviarle un simple correo, sin más. Él ya sabía que las palabras no eran mi punto fuerte, precisamente, que yo era más bien una chica de acción, pero las semanas anteriores había estado tan concentrada en el asunto de la promoción en primera línea de mar que no le había enseñado al pobre chico demasiada acción, y sabe Dios que él se merecía mucho más. No es que se quejase, porque nunca lo hacía, ni siquiera el par de veces que había tenido que cancelar alguna de nuestras citas en el último suspiro. Empezó a sonarme el móvil mientras trataba, no sin dificultad, de meter el último cartel de las puertas abiertas en mi camioneta sin mancharme el traje de tierra. Ante la remota posibilidad de que fuese el
  • 12. promotor quien me llamaba, saqué el teléfono de mi bolso. —¿Estás en casa? «Hola a ti también, mamá. ¿Cómo estás tú?» —Estoy a punto de irme a la jornada de puertas abiertas de la casa... —¿Así que al final sigue en pie lo de las puertas abiertas? Val me ha dicho que últimamente no ve muchos carteles tuyos. —¿Has hablado con la tía Val? Cada dos meses o así, mamá se peleaba con su hermana y juraba y perjuraba que nunca volvería a dirigirle la palabra. —Primero me invita a almorzar como si la semana pasada no me hubiese puesto de vuelta y media, pero yo también sé jugar a ese juego, y luego, antes de que hayamos pedido siquiera, lo primero que me suelta es que tu prima ha conseguido vender unas casas en primera línea de mar de su cartera de pisos. ¿Te puedes creer que Val se va mañana en avión a Vancouver sólo para ir de compras con ella y comprarse ropa nueva en la calle Robson? Ropa de diseño, nada menos. «Así se hace, tía Val», pensé, apenas sin poder
  • 13. aguantarme la risa. —Me alegro por Tamara, pero la verdad es que está estupenda se ponga la ropa que se ponga. Lo cierto es que no había vuelto a ver a mi prima en persona desde que había dejado la isla y se había ido a vivir a la parte continental del país, nada más acabar el instituto, pero la tía Val siempre estaba enviando por e-mail fotos de «mira lo guapos que están mis hijos». —Le dije a Val que tú también tienes ropa bonita. Sólo que tienes un estilo más... conservador. —Mamá, tengo un montón de ropa bonita, pero yo... Me contuve a tiempo. Me estaba echando el anzuelo, y mi madre no era de las que pescan a su presa y luego la sueltan. Lo último que quería era pasar los siguientes diez minutos discutiendo acerca del atuendo más adecuado para ir a trabajar con una mujer que se ponía unos tacones de diez centímetros y un vestido para salir a recoger el correo. No servía absolutamente de nada, eso seguro. Puede que mi madre fuese bajita, apenas metro y medio de estatura, pero era yo la que nunca
  • 14. estaba a la altura. —Antes de que se me olvide —dije—, ¿puedes pasar luego por casa a devolverme la cafetera para hacer capuchinos? Se quedó callada un momento y luego exclamó: —¿La quieres hoy mismo? —Por eso te lo he pedido, mamá. —El caso es que acabo de invitar a algunas de las mujeres del parque a tomar un café mañana. Desde luego, tienes el don de la oportunidad, como siempre. —Oh, vaya, lo siento, mamá, pero Luke va a quedarse aquí esta noche y quiero prepararle un capuchino para el desayuno. Pensaba que ibais a compraros una y que sólo querías probar la mía primero. —Sí, es cierto, íbamos a comprarnos una, pero ahora tu padrastro y yo andamos un poco justos de dinero. Bueno, llamaré a las chicas esta tarde para anularlo y se lo explicaré. Genial, ahora me sentía como una bruja. —No importa, no te preocupes, ya me la traerás la semana que viene o cuando te vaya bien. —Gracias, Annie, tesoro.
  • 15. Ahora era «Annie Tesoro». —De nada, pero de todos modos la necesito... Colgó el teléfono. Lancé un gruñido y volví a meter el teléfono dentro del bolso. La mujer nunca me dejaba terminar una maldita frase a menos que fuese algo que quisiese oír. Paré en la gasolinera de la esquina a pillarme un café y un par de revistas. A mi madre le encanta la prensa rosa, pero yo sólo compro revistas sensacionalistas para tener algo que hacer si nadie entra en las casas en las que hay una jornada de puertas abiertas. En la portada de una de ella aparecía la foto de una pobre chica desaparecida. Miré su cara sonriente y pensé: «Antes se limitaba a vivir su vida tranquilamente, y ahora todo el mundo cree que lo sabe todo acerca de ella». La mañana de la jornada de puertas abiertas fue más bien tranquila. Supongo que la mayoría de la gente estaba fuera, disfrutando del buen tiempo, que es lo que yo debería haber hecho. Unos diez minutos antes de que terminara el plazo fijado,
  • 16. empecé a recoger mis cosas. Cuando salí a meter unos folletos en mi coche, una furgoneta de color tierra y aspecto flamante se detuvo y aparcó justo detrás de mi coche. Un tipo mayor, de unos cuarenta y largos, se dirigió hacia mí con una sonrisa. —Vaya, veo que ya te marchas. Me está bien empleado, por dejar lo mejor para el final. ¿Te importaría mucho si echo un vistazo muy, pero que muy rápido? Durante una fracción de segundo, pensé en decirle que ya era demasiado tarde. Una parte de mí sólo tenía ganas de irse a casa, y todavía tenía que ir a comprar un par de cosas al supermercado, pero mientras dudaba, se puso las manos en las caderas, retrocedió un par de pasos y examinó la fachada de la casa. —¡Caramba! Qué maravilla... —exclamó. Lo miré de arriba abajo. Llevaba los pantalones caquis perfectamente planchados, y eso me gustó. Ahuecar la ropa en la secadora es mi alternativa a usar la plancha. Sus deportivas eran de un blanco inmaculado, y llevaba una gorra de béisbol con el logo de un campo de golf local en la visera. Su
  • 17. chaqueta de color beis lucía el mismo logo en el bolsillo delantero. Si pertenecía a ese club de golf, era sinónimo de que tenía dinero. Las jornadas de puertas abiertas solían atraer a los vecinos o a la gente que salía a dar un paseo el domingo y se encontraba con las casas por casualidad, pero cuando eché un vistazo a la furgoneta de aquel tipo, vi nuestra revista de la inmobiliaria en el salpicadero. Bah, total, no iba a morirme por enseñar la casa unos minutos más... Le dediqué una sonrisa radiante y dije: —Pues claro que no me importa. Para eso estoy, ¿no? Me llamo Annie O'Sullivan. Alargué la mano, y cuando se acercó para estrechármela, tropezó con las losas del camino. Para no caer de rodillas, extendió las palmas de las manos y acabó con el culo en pompa. Traté de ayudarlo a levantarse, pero se incorporó en un visto y no visto, riéndose y sacudiéndose de las manos la suciedad del suelo. —Ay, Dios... Cuánto lo siento... ¿Estás bien? Sus enormes ojos azules, en aquel rostro de expresión afable y abierta, le chispeaban, risueños.
  • 18. Cuando se reía, las arrugas de expresión de las comisuras de los ojos terminaban en unas mejillas sonrosadas, y entrecomillaban una amplia sonrisa de dentadura blanca y perfecta. Era una de las sonrisas más francas que había visto en mucho tiempo, y un rostro al que sólo cabía devolverle la sonrisa. Hizo una reverencia teatral y dijo: —Desde luego, yo sí que sé cómo hacer una entrada triunfal, ¿no crees? Deja que me presente, soy David. Incliné la cabeza levemente y contesté: —Encantada de conocerte, David. Ambos nos echamos a reír, y él añadió: —Te lo agradezco de todo corazón, y te prometo que no te robaré mucho tiempo. —No te preocupes, date una vuelta por la casa y tómate todo el tiempo que necesites. —Eres muy amable, aunque seguro que estarás deseando irte, para disfrutar del buen tiempo. Seré muy rápido. Madre mía... Qué maravilla encontrar un posible comprador capaz de tratar con consideración a una agente inmobiliaria. Por lo general, siempre suelen
  • 19. comportarse como si nos estuvieran haciendo un favor. Lo llevé dentro y le hablé de la casa, explicándole que era la típica casa estilo Costa Oeste, con el techo abovedado, revestimiento de madera de cedro y espectaculares vistas al mar. A medida que iba siguiéndome, sus comentarios eran tan entusiastas que incluso también a mí me parecía estar viendo la casa por primera vez, y me sorprendí ansiosa por resaltar todas las virtudes de la vivienda. —En el anuncio decía que la casa sólo tiene dos años, pero no se hacía ninguna mención al constructor —señaló. —Se trata de una empresa local, Corbett Construction. Todavía cuenta con una garantía por un par de años más, que viene con la casa, por supuesto. —Eso es estupendo. Toda precaución es poca con algunos de esos constructores. Hoy en día no se puede confiar en nadie. —¿Cuándo has dicho que te gustaría mudarte a una casa nueva? —No lo he dicho, pero soy flexible. Cuando
  • 20. encuentre lo que busco, lo sabré. Le devolvíla mirada y él me sonrió. —Si necesitas pedir una hipoteca, yo te podría dar una lista de nombres. —Gracias, pero la pagaría en metálico. —La cosa se ponía cada vez mejor—. ¿Está vallado el patio trasero? —preguntó—. Es que tengo perro. —Ah, me encantan los perros. ¿De qué raza? —Un golden retriever, un pura raza, y necesita un montón de espacio para correr. —Lo entiendo perfectamente, yo también tengo una golden retriever, y se pone muy pesada cuando no hace suficiente ejercicio. —Abrí la puerta corredera de cristal para enseñarle la valla de madera de cedro—. ¿Ycómo se llama tu perro? Mientras aguardaba su respuesta, me di cuenta de que estaba demasiado cerca de mí. Algo duro me apretaba la parte baja de la espalda. Intenté dar media vuelta, pero me agarró del pelo y me tiró de la cabeza hacia atrás con tanta fuerza, tan rápido y haciéndome tanto daño, que creía que iba a arrancarme todo el cuero cabelludo. El corazón empezó a latirme a toda velocidad en el pecho, y la sangre se me agolpó en la cabeza.
  • 21. Ordené mentalmente a mis piernas que se pusieran a dar patadas, que echaran a correr, que hicieran algo, lo que fuese, pero no conseguía hacer que se movieran. —Sí, Annie, es un arma, así que escúchame con atención. Ahora voy a soltarte el pelo y vas a estarte tranquilita mientras damos un paseo hasta mi furgoneta. Y quiero que conserves esa preciosa sonrisa en tus labios mientras seguimos andando, ¿de acuerdo? —No... No puedo... «No puedo respirar.» En voz baja y con calma, me dijo al oído: —Respira hondo, Annie. Tomé aire con fuerza. —Yahora, suéltalo despacio. Exhalé el aire muy lentamente. —Otra vez. La habitación volvió a perfilarse ante mis ojos, ya enfocada. —Buena chica. Me soltó el pelo. Todo parecía suceder a cámara lenta. Sentía que
  • 22. el arma se me hincaba en las lumbares mientras él la empleaba para empujarme y hacerme avanzar hacia delante. Me obligó a salir por la puerta y a bajar las escaleras, tarareando una pequeña melodía. Mientras nos dirigíamos a su furgoneta, me susurró al oído: —Relájate, Annie. Sólo tienes que prestar atención a todo lo que te diga y no tendremos ningún problema. Yno te olvides de sonreír. A medida que nos íbamos alejando de la casa, miré a mi alrededor, alguien tenía que estar presenciando aquello, pero no se veía a nadie por ninguna parte. Nunca me había percatado de la cantidad de árboles que rodeaban la casa, ni de que las dos viviendas vecinas daban hacia el otro lado. —Me alegro mucho de que el sol haya salido para nosotros. Hace un día precioso para dar una vuelta en coche, ¿no te parece? ¿Lleva un arma en la mano y se pone a hablar del tiempo? —Annie, te he hecho una pregunta. —Sí. —¿Sí, qué, Annie?
  • 23. —Hace un día precioso para dar una vuelta en coche. Como si fuéramos dos vecinos charlando a través de la cerca del jardín. No dejaba de pensar que era imposible que aquel tipo estuviera haciendo aquello a plena luz del día. «Es una jornada de puertas abiertas, por el amor de Dios... He clavado un cartel a la entrada de la casa y de un momento a otro parará un coche.» Habíamos llegado a la furgoneta. —Abre la puerta, Annie. No me moví. Me apretó el cañón del arma contra la región lumbar. Abríla puerta. —Ahora, sube. Me hincó el arma con más fuerza. Me metí dentro y cerró la puerta. Cuando se volvió para alejarse, tiré con fuerza de la manilla y apreté el cierre automático repetidas veces, pero no funcionaba. Golpeé la puerta con el hombro. «¡Ábrete, maldita sea!» Cruzó por delante de la furgoneta. Aporreé el seguro de la puerta, el botón del elevalunas eléctrico y volví a tirar de la manija. Oí que se abría la puerta del conductor y me volví: en la
  • 24. mano sostenía el mando a distancia del cierre centralizado. Lo levantó para enseñármelo y sonrió. A medida que él daba marcha atrás por el camino de entrada y yo veía como se iba empequeñeciendo la casa, no me podía creer lo que estaba sucediendo. Nada de aquello era real. Al final del camino se detuvo un momento, para comprobar si venían coches. El cartel que había plantado en el césped anunciando la jornada de puertas abiertas ya no estaba. Miré en la parte de atrás de la furgoneta y lo vi, junto con los otros dos que había colocado al final de la calle. Y entonces lo supe. Aquello no era fruto del azar: debía de haber leído el anuncio y comprobado la calle. Me había elegido a mí. —Bueno, ¿y cómo han ido las puertas abiertas? Bien, hasta que él había aparecido. ¿Y si arrancaba las llaves del contacto? O al menos, podía pulsar el botón del cierre centralizado del mando y saltar por la puerta antes de que le diera tiempo a atraparme. Muy despacio, empecé a
  • 25. alargar la mano izquierda, manteniéndola abajo... Me puso la mano en el hombro de golpe, y presionó sus dedos en torno a mi clavícula. —Intento preguntarte qué tal te ha ido la mañana, Annie. No sueles ser tan arisca. Lo miré fijamente. —Que cómo te ha ido la jornada de puertas abiertas. —No ha venido... No ha venido mucha gente. —Entonces, ¡debes de haberte alegrado de verme! Me dedicó aquella sonrisa suya que me parecía tan auténtica. Mientras aguardaba a que le respondiera, la sonrisa se le fue desdibujando y empezó a sujetarme con más fuerza. —Sí, sí, me he alegrado mucho de que viniera alguien. Volvía a sonreír. Me masajeó la zona del hombro donde había tenido la mano y me apoyó la palma en la mejilla. —Intenta relajarte y disfruta del sol; últimamente pareces muy estresada. —Cuando volvió a mirar en dirección a la carretera, sujetó el volante con una
  • 26. mano y apoyó la otra encima de mi muslo—. El sitio adonde te llevo te va a gustar. —¿Adónde? ¿Adónde me llevas? Empezó a tararear. Al cabo de un rato, tomó una carretera secundaria y aparcó. Yo no tenía ni idea de dónde estábamos. Apagó el motor, se volvió hacia mí y me sonrió como si aquello fuese una cita romántica. —Ya no falta mucho. Se bajó de la furgoneta, la rodeó por delante y a continuación me abrió la puerta. Vacilé unos segundos. Carraspeó y arqueó las cejas. Acto seguido, salí. Me rodeó los hombros con el brazo, mientras con la otra mano sujetaba el arma, y nos dirigimos a la parte trasera de la furgoneta. Inspiró con fuerza. —Mmm... Huele este aire... Es increíble. Se respiraba una calma absoluta, era una de esas calurosas tardes de verano donde la quietud te permite oír hasta el vuelo de una mosca. Pasamos junto a unos arbustos de arándanos cerca de la furgoneta, con los frutos casi maduros. Empecé a llorar y a temblar con tanta fuerza que apenas podía
  • 27. andar. Desplazó la mano de mi hombro hasta la parte superior de mi brazo, para sostenerme en pie. Seguíamos andando, pero yo no me notaba las piernas. Me soltó un momento, se metió el arma en la cintura del pantalón y abrió las puertas traseras de la furgoneta. Me volví con la intención de echar a correr, pero me agarró por la parte posterior del pelo, me obligó a girar sobre mis talones para mirarlo de frente y me levantó en el aire, sin dejar de tirarme del pelo, hasta que los dedos de mis pies rozaron el suelo. Intenté darle una patada en las piernas, pero me sacaba más de una cabeza y me apartó de sí sin hacer el menor esfuerzo. El dolor era atroz. Lo único que podía hacer era patalear en el aire y golpearle el brazo con los puños. Grité con todas mis fuerzas. Me dio un revés en la boca con el dorso de la mano y dijo: —A ver, ¿se puede saber por qué has hecho semejante tontería? Me aferré al brazo que me sostenía en el aire e intenté elevar el cuerpo para reducir la presión que ejercía sobre mi cuero cabelludo.
  • 28. —Vamos a intentarlo otra vez. Ahora, te soltaré, y tú vas a entrar ahídentro y a tumbarte boca abajo. Bajó el brazo despacio hasta que mis pies tocaron el suelo. Se me había caído uno de los zapatos de tacón cuando había intentado darle una patada, de modo que perdí el equilibrio y me tambaleé hacia atrás. Me golpeé la parte posterior de las rodillas con el parachoques y aterricé con el trasero en el interior de la furgoneta. Había una manta gris extendida en el suelo. Permanecí allí sentada y me lo quedé mirando de hito en hito; temblaba con tanta violencia que me castañeteaban los dientes. El sol brillaba con fuerza por detrás de su cabeza, ensombreciéndole el rostro y recortando su perfil a contraluz. Me empujó hacia atrás por los hombros, me tiró de espaldas y me dijo: —Date la vuelta. —Espera, ¿no podríamos hablar un momento? — Me sonrió como si fuera un cachorro mordisqueándole los cordones de los zapatos—. ¿Por qué haces esto? —dije—. ¿Quieres dinero? Si volvemos a buscar mi bolso, puedo darte el número PIN de mi tarjeta bancaria, tengo unos
  • 29. cuantos miles de dólares en mi cuenta. Y mis tarjetas de crédito... tienen unos límites de crédito muy altos... Seguía sonriéndome. —Si pudiéramos hablar con un poco de calma, estoy segura de que podríamos llegar a un acuerdo. Yo podría... —No necesito tu dinero, Annie. —Echó mano de su arma—. No quería tener que recurrir a esto, pero... —¡No! —Extendí las palmas de las manos hacia delante—. Lo siento, no pretendía molestarte, es que no sé qué es lo que quieres. ¿Es... es sexo? ¿Es eso lo que quieres? —¿Qué te he pedido que hagas? —Me has... me has pedido que me tumbe boca abajo. Arqueó una ceja. —¿Ya está? ¿Sólo quieres que me tumbe boca abajo? ¿Qué me vas a hacer si me tumbo boca abajo? —Ya te lo he pedido dos veces por las buenas. — Acarició el arma con la mano.
  • 30. Me tumbé boca abajo. —No entiendo por qué haces esto. —Se me quebró la voz. Maldita sea... Debía conservar la calma—. ¿Nos conocemos de algo? Estaba detrás, apoyando la mano en el centro de mi espalda, inmovilizándome en el suelo. —Si he hecho algo que haya podido ofenderte, lo siento mucho, David, de verdad. Dime cómo puedo compensártelo y lo haré, ¿de acuerdo? Tiene que haber algún modo... Me callé y agucé el oído. Percibí unos ruiditos a mi espalda, era evidente que estaba haciendo algo, preparándose para algo. Pensaba que, en cualquier momento, oiría el clic del arma al montarla. Todo el cuerpo me tiritaba de terror. ¿Ya estaba? ¿Ahí terminaba todo? ¿Mi vida iba a acabar tumbada boca abajo en la parte de atrás de una furgoneta? Noté el pinchazo de una jeringuilla en la parte posterior del muslo. Me estremecíe intenté estirar el brazo para tocarla, y sentí que un fuego abrasador me trepaba por la pierna. Antes de que demos por terminada esta sesión, doctora, creo que tengo que ser justa con usted y
  • 31. confesarle una cosa: si voy a subir a bordo del tren de «se acabaron las tonterías», tendría que llegar hasta el final del trayecto. Cuando le dije que estaba bien jodida, lo que en realidad quería decir es que estaba muy, muy jodida... pero que muy jodida. Tan jodida como para no querer dormir en otro sitio que no sea mi armario todas las noches. Todo era una mierda al principio, cuando volví, cuando tenía que dormir en mi antigua habitación, en casa de mi madre; me escabullía por las mañanas, para que nadie se diera cuenta. Ahora que vuelvo a vivir en mi propia casa, donde vivía cuando pasó todo, las cosas son un poco más fáciles, ahora que soy capaz de controlar todas las variables. Pero no puedo entrar en un edificio a menos que sepa dónde están todas las salidas, es algo superior a mí. Es de puta madre que tenga la consulta en la planta baja, se lo aseguro. No estaría sentadita aquísi su consulta estuviera más alta de la distancia que puedo cubrir de un salto. Las noches... bueno, las noches son lo peor. No puedo tener a nadie en casa. ¿Y si se les ocurriera abrir algún cerrojo de las puertas? ¿Y si se dejan una ventana abierta? Si no fuera porque ya estoy
  • 32. coqueteando con la locura, yendo por todas partes comprobándolo todo mientras intento que nadie se percate de lo que estoy haciendo, acabaría loca de atar. Al principio, cuando volví, se me ocurrió que si lograba encontrar a alguien que sintiese lo mismo que yo... Como soy tonta de remate, busqué un grupo de apoyo. Pues resulta que no existe ningún SPUDA, ningún grupo de Secuestrados Por Un Desgraciado Anónimos, ni en internet ni fuera. De todos modos, el concepto en sí de anonimato se va a la mierda cuando has aparecido en todas las portadas de las revistas, en las primeras páginas de los periódicos y en los programas de telebasura. Aunque consiguiera dar con un colectivo que hubiese pasado por lo mismo que yo, le apuesto lo que quiera a que alguno de sus integrantes, maravillosamente comprensivos y empáticos, le vendería mis miserias a la prensa amarilla en cuanto saliese por la puerta. Le vendería mi infierno a algún tabloide y, con el dinero, se iría de crucero o se compraría un televisor de plasma. Ni que decir tiene, detesto hablar con extraños acerca de todo esto, especialmente con los
  • 33. periodistas que, la mayoría de las veces, lo pillan todo al revés y lo tergiversan todo. Pero le sorprendería saber cuánto dinero están dispuestos a pagar por una entrevista algunas revistas y ciertos programas de televisión. Yo no quería el dinero, pero no dejan de ofrecérmelo y... joder, el caso es que lo necesito. No es que pueda seguir dedicándome al negocio inmobiliario, la verdad. ¿De qué sirve una agente inmobiliaria a quien le aterroriza quedarse a solas con un desconocido? A veces vuelvo al día del secuestro, rememoro y revivo mentalmente todo lo que hice hasta el momento de las puertas abiertas, escena por escena, como si fuera una película de terror que nunca se acaba y en la que no puedes impedir que la chica abra la puerta o entre en el edificio desierto... y me viene a la memoria la portada de aquella revista de la tienda. Se me hace muy raro pensar que ahora habrá alguna otra mujer mirando mi foto, pensando que lo sabe todo sobre mí.
  • 34. Sesión dos Cuando venía hacia aquí, una ambulancia ha aparecido aullando a toda leche en mi retrovisor, el conductor debía de ir a más de cien por hora. Ha estado a punto de darme un ataque al corazón. Odio las sirenas. Cuando no me ponen los pelos de punta del susto, cosa que últimamente no resulta difícil —joder, hasta un chihuahua es menos asustadizo que yo—, me traen recuerdos de mi pasado familiar. La verdad, preferiría tener el ataque al corazón. Y antes de que empiece a salivar preguntándose con qué posible trauma oculto podría estar relacionada mi fobia a las ambulancias, creyendo que me va a tener psicoanalizada en un visto y no visto, pise el freno. Acabamos de empezar a ahondar en mi mierda. Espero que se haya traído una pala de las grandes. Cuando tenía doce años, mi padre fue a recoger a mi hermana mayor, Daisy, a la pista adonde iba a clases de patinaje. Era la etapa de cocina francesa de mamá, y estaba preparando sopa francesa de
  • 35. cebolla mientras los esperábamos. La mayoría de mis recuerdos de infancia están impregnados del aroma y los sabores de la cocina del país al que mi madre se hubiese aficionado en aquella época concreta, y mi capacidad para comer ciertos platos depende de los recuerdos que evoque mi memoria. No puedo comer sopa francesa de cebolla, ni siquiera soporto el olor. Cuando esa noche empezaron a desfilar las sirenas por donde vivíamos, yo subí el volumen de mi programa de televisión para sofocarlas. Más tarde descubrí que las sirenas eran por Daisy y mi padre. De regreso a casa, papá paró un momento en la tienda de la esquina y luego, cuando atravesaban el cruce, un conductor borracho se saltó el semáforo en rojo y se estrelló de frente contra ellos. Ese cabrón dejó nuestra ranchera como si fuera un Kleenex usado. Me pasé varios años preguntándome si todavía estarían vivos si no le hubiera suplicado a mi padre que comprase helado para el postre. Lo único que hizo posible que lo superara y saliera adelante era pensar que sus muertes eran lo peor que llegaría a ocurrirme en
  • 36. toda mi vida. Craso error. Después de la inyección en mi pierna y antes de que me desmayara, recuerdo dos cosas: la manta áspera que me rozaba la cara y el leve olor a perfume. Cuando me desperté, me extrañó no notar la presencia de mi perra a mi lado. Luego abrí los ojos y vi una funda de almohada blanca. Las mías eran amarillas. Me incorporé de golpe, tan rápido que estuve a punto de desmayarme. La cabeza me daba vueltas, y tenía ganas de vomitar. Con los ojos completamente abiertos y aguzando el oído para captar cualquier ruido, examiné el espacio que había a mi alrededor. Estaba en una cabaña de troncos de madera, de unos cincuenta y cinco metros cuadrados, y la veía casi toda desde la cama. Él no estaba allí, pero la sensación de alivio sólo me duró unos segundos. Si no estaba allí, ¿dónde estaba? Vi parte de una cocina. Delante de mí había una cocina de leña y a la izquierda de ésta, una puerta. Creía que era de noche, pero no estaba segura. Las
  • 37. dos ventanas de la parte derecha de la cama tenían persianas o estaban tapadas con tablones. Había un par de luces encendidas en el techo, y también había un aplique en la pared junto a la cama. Mi primer impulso fue correr a la cocina a buscar algo que me sirviera como arma, pero aún sentía los efectos de lo que fuese que me había inyectado. Tenía las piernas de gelatina, y me quedé clavada en el suelo. Permanecí así varios minutos, luego me puse a gatas y al fin me incorporé. La mayor parte de los cajones y armarios, incluso la nevera, estaban cerrados con candado. Apoyé todo el peso de mi cuerpo en la encimera y me puse a registrar el único cajón que logré abrir, pero no conseguí encontrar nada más mortífero que un paño de cocina. Respiré hondo varias veces e intenté buscar alguna pista que me indicase dónde estaba. Me faltaba el reloj de pulsera, y no había relojes de pared ni ventanas, de modo que ni siquiera podía calcular la hora del día. No tenía ni idea de si estaba lejos de casa o no, porque no tenía ni idea del tiempo que había permanecido inconsciente. La cabeza me dolía horrores, como si me la estuvieran
  • 38. apretando en un tornillo de banco. Logré llegar hasta el rincón del fondo, entre la cama y la pared, apoyé la espalda en él, resbalando hacia abajo el máximo posible, y me puse a vigilar la puerta. Estuve agachada en el rincón de esa cabaña lo que me parecieron horas. Sentía frío en todo el cuerpo, y no podía dejar de temblar. ¿Estaría Luke aparcando el coche delante de mi casa, llamándome al móvil, tratando de localizarme a través del busca? ¿Y si creía que me había quedado a trabajar hasta tarde, otra vez, que se me había olvidado llamarlo para anular nuestra cita, y se había ido a su casa? ¿Habrían encontrado mi coche? ¿Y si sólo habían pasado unas horas y ni siquiera habían empezado a buscarme? ¿Habría llamado alguien a la policía? ¿Y mi perra? Me imaginé a Emma sola en mi casa, hambrienta, con ganas de salir a la calle, a dar su paseo, gimoteando. Desfilaron por mi cabeza todas las series televisivas de crímenes y asesinatos que había visto en la tele: CSI, el ambientado en Las Vegas, era mi
  • 39. favorito. Grissom habría ido derecho a la casa donde me habían secuestrado y sólo con sacar unos primeros planos del interior y analizar muestras de tierra del exterior sabría exactamente qué había ocurrido y dónde estaba yo. Me pregunté si Clayton Falls disponía siquiera de una unidad de técnicos del CSI. Las únicas veces que había visto a la Policía Real Montada del Canadá en la tele eran cuando aparecían a lomos de sus caballos en algún desfile o en otra de sus redadas para impedir el cultivo de marihuana. Cada segundo que el Animal —así lo llamaba yo para mis adentros— me dejaba allí a solas, me imaginaba muertes cada vez más y más brutales. ¿Quién se lo diría a mi madre cuando encontrasen mi cadáver destrozado? ¿Y si nunca llegaban a encontrar el cuerpo? Todavía recuerdo sus gritos cuando llamaron por teléfono para comunicarnos el accidente, y a partir de entonces se hizo algo insólito verla sin una copa de vodka en la mano. Aunque lo cierto es que sólo recuerdo haberla visto completamente borracha unas pocas veces. Por lo general, sólo estaba un poco «entonada». Sigue siendo guapa, pero
  • 40. parece —al menos para mí— un óleo que en otro tiempo hubiese sido muy vistoso, lleno de vida, y cuyos colores se hubiesen desvaído hasta convertirlo en otro cuadro muy distinto. Rememoré la que tal vez sería la última conversación que habíamos tenido, una discusión sobre una cafetera. ¿Por qué no le habría regalado el maldito cacharro? Estaba muy cabreada con ella, pero habría dado cualquier cosa por poder regresar a ese momento. Tenía las piernas entumecidas de llevar tanto rato en la misma postura. Había llegado el momento de levantarse y explorar la cabaña. Parecía vieja, como una de esas cabañas de los guardabosques para la prevención de incendios que se ven en la montaña, pero había sido reformada. El Animal había pensado en todo: no había muelles en la cama, compuesta únicamente por dos colchones muy blandos de alguna especie de espuma, encima de un armazón sólido de madera. A la derecha de la cama había un enorme armario ropero, también de madera. En él había una cerradura, pero cuando intenté abrir las puertas,
  • 41. éstas no se movieron. La cocina de leña y su correspondiente hogar de piedra estaban tapados por una pantalla protectora cerrada con candado. Los cajones y todos los armarios estaban hechos de alguna clase de metal, con unos acabados que le daban apariencia de madera. Ni siquiera podía destrozarlos a patadas. No había ningún rincón donde esconderse ni buhardilla, y la puerta de la cabaña era de acero. Intenté accionar el tirador, pero estaba cerrada por fuera. Palpé los bordes en busca de asideros, bisagras o cualquier otro dispositivo que se pudiera desmontar, pero no encontré nada. Apoyé la mejilla en el suelo, pero por debajo del umbral de la puerta no se filtraba un solo resquicio de luz, y cuando recorrí la parte inferior con los dedos, no percibí ninguna corriente de aire. Tenía que haber una tira de aislamiento térmico muy potente por todo el contorno de la maldita puerta. Cuando tamborileé con los dedos sobre la superficie de las persianas de la ventana, éstas emitieron un ruido metálico, y no vi que tuviesen candados ni bisagras. Palpé los troncos de las paredes en busca de posibles signos de deterioro,
  • 42. pero estaban en muy buenas condiciones. Bajo el alféizar de la ventana del baño, sentí frío en los dedos al tocar una parte concreta. Conseguí retirar un trozo del aislamiento y luego apoyé el ojo contra el agujero del tamaño del diámetro de un lápiz. Vi una mancha borrosa de color verde tenue y supuse que sería la caída de la tarde, justo antes del crepúsculo. Volvía colocar el pedazo de tira aislante en su sitio y me aseguré de que no quedasen restos en el suelo. Al principio, me pareció que el cuarto de baño, con su bañera blanca y lavamanos antiguos, era normal, pero luego me di cuenta de que no había ningún espejo, y cuando intenté levantar la tapa de la cisterna del inodoro, me resultó imposible. Una barra de acero atravesaba los aros de tela de una cortina de ducha de color rosa, con un estampado de rositas pequeñas por toda la superficie. Tiré con fuerza de la barra, pero estaba sujeta con tornillos. El cuarto de baño tenía una puerta, pero ésta no disponía de ningún pestillo. A ambos lados de la isla del centro de la cocina había dos taburetes atornillados al suelo. Los
  • 43. electrodomésticos eran de acero inoxidable, que no son baratos, y parecían aún por estrenar. Tanto el blanco de los dos fregaderos de esmalte como las superficies de trabajo estaban relucientes, y un olor a lejía impregnaba el ambiente. Cuando intenté accionar uno de los fogones de lo que parecía una cocina de gas o de propano, lo único que oí fue un clic. Aquel hombre debía de haber desconectado el gas. Me pregunté si podría desmontar alguna parte de la cocina, pero no podía quitar los fogones, y cuando miré en el interior del horno, vi que se habían llevado las bandejas. El cajón que había debajo del horno estaba cerrado con candado. No había ninguna forma de encontrar algo con lo que protegerme, ni tampoco de salir de allí. Tenía que prepararme para lo peor, pero ni siquiera sabía qué podía ser lo peor. Había empezado a temblar de nuevo. Respiré hondo varias veces e intenté centrarme en los hechos. Aquel hombre no estaba allí, y yo seguía estando viva. Alguien tenía que encontrarme pronto. Me dirigíal fregadero y acerqué la boca al grifo para
  • 44. beber un poco de agua. Antes de acabar de dar el primer sorbo, oíel ruido de una llave en la cerradura, o al menos en lo que creía que era la cerradura. Se me aceleró el corazón mientras la puerta se iba abriendo muy lentamente. Se había quitado la gorra de béisbol, dejando al descubierto un pelo rubio y ondulado y un rostro carente de cualquier expresión. Examiné sus facciones con detenimiento. ¿Cómo había conseguido que me inspirara confianza? Tenía el labio inferior más grueso que el superior, de forma que parecía, levemente, que estuviera haciendo pucheros, pero aparte de eso, lo único que veía eran unos ojos azules inexpresivos y un rostro agradable, pero no era de esas caras en las que alguien se fija de entrada, ni tampoco de las que se recuerdan. Se quedó allí quieto mientras posaba la mirada en mí y entonces, todo su rostro se deshizo en una sonrisa. Ahora estaba mirando a un hombre completamente distinto... y lo entendí: era de esa clase de hombres que podían escoger entre pasar desapercibidos o no. —¡Qué bien, te has despertado! Empezaba a
  • 45. pensar que te había puesto demasiado. Avanzó hacia mí a grandes zancadas. Yo eché a correr de nuevo a la esquina del fondo de la cabaña, junto a la cama, y me agaché, agazapándome con todas mis fuerzas en el rincón. Él se detuvo en seco. —¿Por qué te escondes en el rincón? —¿Dónde coño estoy? —Entiendo que aún no estés recuperada por completo, pero en esta casa no se dicen palabrotas. —Se acercó al fregadero—. Esperaba ansioso nuestra primera comida juntos, pero siento decirte que te has pasado la hora de la cena durmiendo. —Se sacó un enorme llavero del bolsillo, abrió uno de los armarios y cogió un vaso —. Espero que no tengas mucha hambre. Dejó correr el agua un rato y a continuación llenó el vaso. Cerró el grifo y se volvió para mirarme de frente, de espaldas a la encimera de la cocina. —No puedo infringir la regla de la hora de la cena, pero estoy dispuesto a ser un poco más flexible hoy, como excepción. —Alargó el brazo con el vaso—. Debes de tener la boca muy seca. En esos momentos, el papel de lija era más suave que mi garganta pero no pensaba aceptar
  • 46. nada que viniese de él. Agitó el vaso. —No hay nada como el agua fresca de las montañas. Esperó un par de segundos, arqueando la ceja con aire interrogador, y acto seguido se encogió de hombros y giró la cintura a medias para arrojar el agua por el fregadero. Enjuagó el vaso y luego lo levantó en el aire y le dio unos golpecitos con los nudillos. —¿A que es increíble lo auténtico que parece este plástico? Las cosas no siempre son lo que parecen, ¿a que no? Lo secó con cuidado y lo devolvió al armario, que cerró con llave. A continuación, dando un suspiro, se sentó en uno de los taburetes de la isla de la cocina y estiró las manos hacia arriba, por encima de su cabeza. —Bueno, qué bien sienta poder relajarse por fin... —¿Relajarse? No quería ni imaginar qué hacía cuando lo que quería era adrenalina—. ¿Qué tal la pierna? ¿Aún te duele por el pinchazo? —¿Por qué estoy aquí? —Ah, caramba. Pero si habla... —Apoyó los
  • 47. codos en la superficie de la isla e hincó los dedos por debajo de la barbilla—. Esa es una muy buena pregunta, Annie. Por decirlo de la forma más sencilla posible, eres una chica con mucha suerte. —Pues yo no considero que ser secuestrada y drogada sea tener suerte. —¿No crees que a veces es posible que las personas se den cuenta de que lo que hasta entonces creían que era un hecho desgraciado en su vida, en realidad era lo mejor que les podía haber pasado, si supieran cuál era la alternativa? —Cualquier cosa sería mejor que esto. —¿Cualquier cosa, Annie? ¿Incluso si la alternativa de pasar algún tiempo con un tipo simpático como yo fuese tener un accidente de coche al acabar tu jornada de puertas abiertas, por ejemplo? ¿O tener un accidente con una joven madre que acaba de salir de una tienda y matar a toda una familia? ¿O tal vez sólo a uno de sus hijos, a su favorito, quizá? —Mi mente retrocedió al día del funeral, cuando mi madre gritaba entre sollozos el nombre de Daisy. Aquel capullo, ¿sería de Clayton Falls?—. ¿No dices nada? —No es una comparación justa. No sabes lo que
  • 48. podría haberme pasado. —Pues verás, ahí es donde te equivocas, porque sí que lo sé. Sé exactamente lo que les pasa a las mujeres como tú. Aquello estaba bien, tenía que conseguir que siguiese hablando. Si lograba averiguar cuál era su punto débil, tendría alguna posibilidad de descubrir el modo de librarme de él. —¿Las mujeres como yo? ¿Es que has conocido a alguien como yo alguna vez? —¿Has tenido ocasión de echar un vistazo a esto? —Miró alrededor, al interior de la cabaña, con una sonrisa—. A mí me parece que ha quedado bastante bien. —Si alguna otra mujer te ha herido, quiero que sepas que lo siento de veras, te lo digo de corazón, pero no es justo que me castigues a mí, yo nunca te he hecho nada. —¿A ti te parece que esto es un castigo? —Abrió los ojos como platos, asombrado. —No puedes secuestrar a alguien y luego llevar a esa persona a... donde sea. No puedes hacerlo. Sonrió. —Detesto señalar lo obvio, pero es justo lo que
  • 49. acabo de hacer. Mira, voy a resolverte parte del misterio: estamos en una montaña, en una cabaña que he escogido personalmente para nosotros. Me he encargado de todo, he cuidado hasta el último detalle, asíque aquídentro estarás segura. ¿El cabrón hijo de puta que acababa de secuestrarme me decía que allí iba a estar «segura»? —He tardado un poco más de lo previsto, pero mientras lo ponía todo a punto, he tenido tiempo para conocerte un poco mejor. Ha sido un tiempo bien empleado, creo. —¿Conocerme...? Pero si yo no te había visto en mi vida. ¿Es David tu verdadero nombre? —¿Es que David no te parece un nombre bonito? Había sido el nombre de mi padre, pero no pensaba decírselo. Intenté hablar con voz pausada, tranquila y agradable. —David es un nombre estupendo, pero creo que me confundes con alguna otra chica, así que ¿por qué no dejas que me vaya y ya está, de acuerdo? Empezó a negar con la cabeza despacio. —No soy yo el que se confunde, Annie. En
  • 50. realidad, nunca había estado tan seguro de algo en toda mi vida. Volvió a sacarse el llavero del bolsillo, abrió un armario de la cocina, extrajo una caja grande con la etiqueta «Annie» en el lateral y la trajo a la cama. Sacó varios folletos de la caja, de todas las casas que había vendido. Hasta tenía algunos de mis anuncios de los periódicos. Levantó uno en el aire: era el anuncio de la jornada de puertas abiertas. —Este es mi favorito. La dirección encaja a la perfección con la fecha del primer día que te vi. Yluego me dio un mazo de fotos. Ahí estaba yo, sacando a pasear a Emma por las mañanas, entrando en mi despacho, yendo a buscar un café a la tienda de la esquina... En una de las fotos llevaba el pelo más largo, y ya ni siquiera conservaba la camisa con la que aparecía en ella. ¿Habría robado esa foto de mi casa? Era imposible que hubiese burlado la vigilancia de Emma, debía de haberla robado de mi oficina. Me arrebató las fotos de las manos, se estiró sobre la cama apoyado en un codo y las desplegó en abanico sobre la colcha.
  • 51. —Eres muy fotogénica. —¿Cuánto tiempo llevas vigilándome? —Yo no lo llamaría «vigilarte». Observándote, tal vez. Desde luego, no me he engañado a mí mismo pensando que estás enamorada de mí, si es eso lo que te preocupa. —Estoy segura de que eres un buen tipo, pero yo ya tengo novio. Lo siento si, sin querer, he hecho algo que haya podido darte falsas esperanzas y estés un poco confuso, pero no siento lo mismo que tú. A lo mejor podemos ser amigos... Me dedicó una sonrisa amable. —Estás haciendo que me repita. No estoy confuso: sé perfectamente que las mujeres como tú no sienten sentimientos románticos por los tipos como yo. Las mujeres como tú ni siquiera me ven. —Yo sí te veo, es sólo que creo que te mereces a alguien que... —¿Alguien que qué? ¿Que quiera sentar la cabeza y formar un hogar? ¿Una bibliotecaria baja y gorda, tal vez? Eso es a lo máximo que puedo aspirar, ¿verdad? —No quería decir eso. Estoy segura de que tienes mucho que ofrecer...
  • 52. —Yo no soy el problema. A las mujeres les gusta decir que quieren a alguien que siempre esté a su lado, mostrándoles su apoyo: un amigo, un amante... alguien que las trate de igual a igual. Pero en cuanto lo tienen, lo mandan todo a la mierda por el primer hombre que las trata como si fueran basura, y no importa lo que les haga, siempre vuelven a por más. —Algunas mujeres son así, eso es verdad, pero muchas otras no. Mi novio y yo mantenemos una relación de igual a igual y yo le quiero mucho. —¿Luke? —Expresó su asombro arqueando las cejas—. ¿Consideras a Luke tu igual? —Soltó una breve carcajada y negó con la cabeza—. Le habrías dado la patada en cuanto hubiese aparecido un hombre de verdad. Ya te estabas aburriendo de él. —¿Cómo sabes que se llama Luke? ¿Y por qué estás hablando en pasado? ¿Es que le has hecho algo? —Luke está bien. Lo que está padeciendo ahora no es nada comparado con lo que le habrías hecho sufrir tú. Tú no lo respetabas. Aunque tampoco te culpo, porque podrías haber elegido a alguien mucho mejor. —Se echó a reír—. Oye, pero espera
  • 53. un momento... Es justo lo que has hecho. —Bueno, yo te respeto porque sé que eres un hombre muy especial que en el fondo no quiere hacer nada de esto, y si me dejaras marchar yo... —Por favor, no me trates con condescendencia, Annie. —Entonces, ¿qué es lo que quieres? Todavía no me has dicho por qué estoy aquí. Empezó a cantar: —«Time is on my side...» —Y luego siguió tarareando los siguientes compases de la canción de los Rolling Stones. —¿Quieres tiempo? ¿Tiempo para pasarlo conmigo? ¿Tiempo para hablar? «¿Tiempo para violarme, tiempo para matarme?», pensé. Se limitó a sonreír. Cuando algo no funciona, pruebas otra cosa. Me levanté, abandoné la seguridad de mi rincón y me puse de pie junto a él. —Escucha, David, o como te llames: tienes que soltarme. Desplazó las piernas a un lado de la cama y se sentó en la orilla, de cara a mí. Incliné el cuerpo hasta colocarme frente a frente.
  • 54. —La gente empezará a buscarme por todas partes... mucha gente. Todo iría mucho, pero que mucho mejor, si me soltases ahora. —Lo señalé con el dedo—. No pienso participar en tu jueguecito enfermizo, de ninguna manera. Esto es una locura. Seguro que sabes... En un abrir y cerrar de ojos, estiró el brazo y me agarró la cara con tanta fuerza que creí que me iba a triturar todos los dientes. Centímetro a centímetro, me fue atrayendo hacia sí. Perdí el equilibrio y prácticamente me caí en su regazo. Lo único que me sostenía en pie era su mano en mi mandíbula. Con la voz temblando de ira, dijo: —No vuelvas a hablarme así nunca más, ¿entendido? Me tiró de la cara hacia arriba y hacia abajo, ejerciendo todavía más presión cada vez que tiraba hacia abajo. Era como si se me fuese a desencajar la mandíbula. Me soltó. —Echa un vistazo a tu alrededor. ¿Crees que ha sido fácil preparar todo esto? ¿Crees que sólo con chasquear los dedos todo esto ha aparecido de la nada?
  • 55. Sujetando la parte delantera de la chaqueta de mi traje, me atrajo hacia sí y volvió a empujarme hacia la cama. Se le marcaban las venas de la frente, y tenía el rostro enrojecido. Tumbado en parte encima de mí, me agarró la mandíbula de nuevo y me la apretó con fuerza. Me miró fijamente a la cara, un intenso brillo refulgía en sus ojos. Esos ojos iban a ser lo último que iba a ver antes de morir. Todo se estaba volviendo de color negro... Entonces, toda la ira se esfumó de su rostro. Me soltó y me besó la línea de la mandíbula, donde hasta segundos antes había estado hincando los dedos. —Ybien, ¿se puede saber por qué me has hecho hacer eso? Me estoy esforzando, Annie, estoy haciendo un gran esfuerzo, pero mi paciencia tiene un límite. —Me acarició el pelo y sonrió. Permanecíallí, tumbada y en silencio. Se levantó de la cama. Oí correr el agua en el grifo del cuarto de baño. Con mis fotos distribuidas alrededor de mi cuerpo, fijé la mirada en el techo. Me dolía la mandíbula. Las lágrimas me resbalaban por las comisuras de los ojos, pero ni siquiera me las sequé.
  • 56. Sesión tres Me he dado cuenta de que no tiene usted mucha parafernalia navideña aquí en su despacho, sólo la corona de Navidad en la puerta de entrada. Hace bien, teniendo en cuenta que dicen que por estas fechas es cuando se produce la tasa más alta de suicidios, y la mayoría de sus pacientes seguramente ya están al borde del suicidio. Desde luego, si hay alguien capaz de entender por qué a la gente se le cruzan los cables en esta época del año, ésa soy yo. De pequeña, las Navidades eran una tortura: ver como mis amigas recibían regalos que yo sólo podía ver en los escaparates de las tiendas o en los catálogos era muy duro. Pero ¿las Navidades antes de mi secuestro? No, ése sí que fue un buen año. Me gasté una fortuna en adornos de colorines y en lucecitas. Naturalmente, me resultaba imposible decidirme por un solo motivo decorativo, así que para cuando acabé, cada una de las habitaciones de la casa parecía una carroza distinta en el desfile de Navidad de algún zumbado.
  • 57. Luke y yo salíamos a dar largos paseos invernales, con nuestras guerras de bolas de nieve y todo, hacíamos guirnaldas ensartando palomitas de maíz y arándanos para colgarlas en el árbol, bebíamos chocolate caliente con un chorrito de ron y, entonados por el alcohol, nos cantábamos villancicos el uno al otro, desafinando de mala manera. Todo era como en uno de esos puñeteros telefilmes especiales de sesión de tarde. Este año las fiestas me importan un comino, francamente. Aunque también es verdad que, por lo visto, casi todo me importa más bien poco. Como hoy mismo, cuando he ido a su cuarto de baño antes de empezar la sesión y me he visto en el espejo. Antes de que sucediera toda esta mierda, no podía pasar por delante de un escaparate sin echar un vistazo a mi imagen reflejada. Ahora, cuando miro a un espejo, veo a una desconocida. Los ojos de esa mujer parecen hechos de barro seco, y el pelo le cae lacio sobre los hombros. Tendría que ir a cortarme el pelo, pero el mero hecho de pensarlo me produce un cansancio infinito. Peor todavía, me he convertido en una de esas
  • 58. personas quejicas y deprimentes que, ni cortas ni perezosas, no tienen reparos en contarte la inmensa mierda que rodea sus vidas, todo ello explicado en un tono de voz que deja perfectamente claro que no sólo les han tocado las peores cartas, sino que tú te has quedado con las que se suponía que debían tocarles a ellas. Joder, seguramente será el mismo tono de voz que estoy empleando ahora mismo... Quiero decir algo sobre lo bonitas que están todas las tiendas con los adornos y las luces encendidas o lo amable que se vuelve todo el mundo por esta época del año, y el caso es que lo están, y que la gente lo es, pero por lo visto, no puedo dejar de vomitar palabras amargas. Seguramente, el hecho de que me metiera a dormir en mi armario anoche tampoco ayudó a mejorar mi actitud ni reducir el tamaño de mis ojeras. Intenté coger el sueño en la cama, pero me puse a dar vueltas en la cama hasta que aquello parecía una zona de combate, y el caso es que no me sentía segura. Así que me metí dentro del armario y me aovillé en el suelo, con Emma apostada al otro lado de la puerta. La pobrecilla se cree mi perro guardián.
  • 59. Cuando el Animal salió del cuarto de baño, me señaló con un dedo admonitorio, sonrió y dijo: —A mílas horas no se me olvidan fácilmente. Tarareando una melodía —no sabría decirle cuál era, pero le juro que si vuelvo a oírla alguna vez, me echaré a vomitar—, me levantó de la cama, me dio media vuelta y me hizo colocarme encima de su rodilla. Primero intenta partirme la mandíbula y luego, al cabo de un minuto, empieza a hacer del maldito FredAstaire. Soltando una carcajada, volvió a incorporarme y me llevó al cuarto de baño. Encima de la superficie del lavabo había varias velas decorativas encendidas, y el aire estaba inundado por el olor a cera ardiendo y a flores. De la bañera salían efluvios de vapor y unos pétalos de rosas flotaban en la superficie del agua. —Es hora de desnudarse. —No quiero. —Mi voz era apenas un susurro. —Es la hora, he dicho. —Me miró fijamente. Me quité la ropa. Él la fue doblando ordenadamente y luego se la llevó a la habitación. Me ardía la cara. Me tapé los pechos con un brazo y la entrepierna con el otro. Él
  • 60. me apartó ambos y me indicó que me metiera en la bañera. Cuando me vio vacilar, empezó a enrojecer y dio un paso hacia delante. Me metíen la bañera. Con el descomunal llavero, abrió la cerradura de uno de los armarios y extrajo una navaja de afeitar. Me levantó la pierna derecha y me hizo apoyar el talón en el borde de la bañera para, a continuación, recorrerme la pantorrilla y el muslo con la mano, muy despacio. Era la primera vez que me fijaba en sus manos. No había un solo pelo en ellas, y tenía las yemas de los dedos muy lisas, como si se las hubiera quemado. Una oleada de terror se apoderó de mi cuerpo. ¿Qué clase de persona se quema las yemas de los dedos? No podía apartar la mirada de la navaja, viendo como se acercaba cada vez más a mi pierna. Ni siquiera podía llorar. —Tienes unas piernas muy fuertes, como las de una bailarina. Mi madre era bailarina. —Se volvió hacia mí, pero yo estaba concentrada en la navaja —. Annie, te estoy hablan... —Se sentó sobre sus talones—. ¿Te da miedo la navaja?
  • 61. Asentícon la cabeza. La levantó en el aire de modo que la luz se reflejaba en ella. —Las nuevas ya no apuran tanto. —Se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa. Acto seguido, se inclinó hacia delante y empezó a afeitarme la pantorrilla—. Si te muestras abierta ante esta experiencia, descubrirás muchas cosas acerca de ti misma. El mismo hecho de saber que alguien tiene el poder de decidir la vida o la muerte sobre ti puede ser la vivencia más erótica de tu vida. —Me miró con dureza—. Pero tú ya sabes lo liberadora que puede llegar a ser la muerte, ¿verdad, Annie? Al ver que no le contestaba, alternó la mirada entre la navaja y yo. —No... no sé a qué te refieres... —No te habrás olvidado de lo de Daisy... Lo miré fijamente. —A ver, ¿cuántos años tenías? Doce, ¿verdad? Y ella, ¿dieciséis? Perder a alguien a quien quieres tan joven... —Meneó la cabeza—. Una cosa así puede llegar a cambiar a las personas. —¿Cómo sabes lo de Daisy? —Tu padre... murió cuando lo llevaban de camino
  • 62. al hospital, ¿no es así? Y Daisy, ¿cómo dices que murió? Lo sabía. El cabrón ya lo sabía. Yo lo averigüé, supe cómo había muerto, en su entierro, cuando oí a mi tía explicarle a alguien por qué mi madre se había negado a que su preciosa hija tuviera un ataúd descubierto. A lo largo de los meses siguientes mi hermana se me apareció en sueños, sujetándose el rostro bañado en sangre con las manos y suplicándome que la ayudara. Durante los meses siguientes, me despertaba en plena noche, gritando. —¿Por qué haces esto? —dije. —¿Afeitarte las piernas? ¿Acaso no te parece relajante? —No me refiero a eso. —¿Hablar de Daisy? Es bueno hablar de esas cosas, Annie. Una nueva oleada de incredulidad, de negarme a dar crédito a que aquello estuviese sucediéndome, volvió a apoderarse de mi cuerpo. No podía estar dándome un baño de agua caliente con un perturbado que me estaba afeitando las piernas mientras me decía que tenía que exteriorizar mis
  • 63. sentimientos, que eso era bueno para mí. ¿En qué mundo podía pasar semejante locura? —Levántate y pon el pie en el borde de la bañera, Annie. —Lo siento, podemos seguir hablando, de verdad. Por favor, no me obligues a hacer eso... Me miró con los ojos vacíos. Ya había visto esa expresión antes. Me levanté y puse el pie en el borde de la bañera. Tiritando de frío, vi emanar de mi cuerpo un vapor con olor a rosas. No soporto el olor a rosas, nunca lo he soportado. Pero ¿y el Animal? Empezó a tararear una canción. Sentí ganas de empujarlo de una patada. Sentí ganas de darle un rodillazo en la cara, pero no lograba apartar los ojos de la hoja brillante de la navaja. No me hacía daño físicamente, sólo un poco cuando me sujetó el culo para colocarme en el sitio, pero el terror era absoluto, una masa inmensa que me desgarraba el pecho. Hace años fui a un médico, a un vejestorio que sólo me había visitado en una ocasión anteriormente. Aquella vez debía hacerme una citología, y todavía me acuerdo de verme tumbada
  • 64. de espaldas con su cabeza entre mis piernas. Los fines de semana se dedicaba a pilotar aviones, y tenía la consulta llena de fotos de avionetas. Mientras me metía un instrumento frío me dijo: «Piensa en aviones». Yeso fue lo que hice mientras el Animal me afeitaba: pensar en aviones. Cuando hubo terminado y me hubo lavado, me sacó de la bañera y empezó a secarme con cuidado con la toalla. A continuación abrió el armario con la llave, sacó un bote grande de leche hidratante y empezó a restregármela por todo el cuerpo. —Una sensación muy agradable, ¿a que sí? Se me encogió la piel. Sus manos estaban por todas partes, deslizándose entre todos los pliegues, untándome de crema. —Por favor, para. Por favor... —Pero ¿por qué iba a parar? —dijo y sonrió. Se tomó todo el tiempo del mundo y no se dejó ni un solo centímetro. Cuando acabó, me dejó allí de pie, encima de la maldita alfombrilla de baño rosa de pelusa, sintiéndome como un cerdo untado con mantequilla
  • 65. y oliendo a puñeteras rosas. No tuve que esperar mucho a que reapareciera con un puñado de ropa en la mano. Me hizo ponerme unas diminutas braguitas blancas de encaje —no eran tanga, sino bragas normales— y un sujetador sin tirantes a juego. Todo de mi talla. Dio un paso atrás, me repasó de arriba abajo y aplaudió con las manos, felicitándose a sí mismo por un trabajo bien hecho. Luego me dio un vestido, un trapito blanco y virginal que seguramente me habría gustado en alguna vida anterior. Joder, aquel vestido era precioso, y tenía toda la pinta de ser muy caro. Se parecía a aquel vestido tan famoso de Marilyn Monroe, sólo que no tan atrevido, la versión niña buena. —Date la vuelta. Al ver que no obedecía, arqueó una ceja y trazó un movimiento circular en el aire con el dedo. El vuelo de la falda se levantó cuando empecé a girar sobre mí misma. Asintió con la cabeza para mostrar su aprobación y luego levantó la mano para que me detuviera. Cuando me llevó fuera del cuarto de baño, advertí que había recogido todas mis fotos y que la caja
  • 66. había desaparecido. Había velas encendidas en el suelo, las luces estaban atenuadas y ahí estaba, frente a mí, con un aspecto imponente: la cama. Lista y expectante. Tenía que encontrar un modo de hacerle entrar en razón. Ganar algo de tiempo hasta que alguien me encontrase. Porque alguien me encontraría tarde o temprano. —Si esperásemos... sólo hasta que nos conociésemos un poco mejor —dije—, sería más especial. —Relájate, Annie. No tienes nada que temer. El amigo de los niños diciéndote que hace un día maravilloso para matar a todos tus vecinos. Me hizo volverme y empezó a bajarme la cremallera del vestido blanco. Me había echado a llorar, pero no era un llanto incontrolado, sólo unos estúpidos hipidos entrecortados. Cuando hubo terminado de bajarme toda la cremallera que me recorría la espalda, me besó en la nuca. Sentí un escalofrío. Él se echó a reír. Dejó que el vestido me resbalara hasta el suelo. Mientras me desabrochaba el sostén, intenté
  • 67. zafarme de él, pero me sujetaba con fuerza rodeándome la cintura con el brazo. Llevó la otra mano hacia delante, levantándola, y me agarró un pecho. Las lágrimas me rodaban por el rostro. Cuando una de ellas le goteó en la mano, me obligó a volverme para mirarlo de frente. Se llevó la mano a los labios y cubrió la parte húmeda con la boca. La retuvo allí un segundo, esbozó una sonrisa y dijo: —Salada. —Para —le imploré—. Por favor, déjalo ya. Para. Tengo miedo. Me dio media vuelta y me sentó en la orilla de la cama. No me miró a los ojos ni una sola vez; tenía la mirada clavada en mi cuerpo. Una perla de sudor le resbaló por la cara, le cayó por la barbilla y aterrizó en mi muslo. Me escocía en la piel, y sentí unas ganas desesperadas de quitarla de allí, pero me daba miedo moverme. A continuación, se arrodilló en el suelo y empezó a besarme. Sabía a café rancio y amargo. Me retorcí y traté de quitármelo de encima, pero él se limitó a apretar los labios con más fuerza contra los míos.
  • 68. Al final dejó mi boca en paz. Dando gracias, aspiré una bocanada de aire, pero se me quedó atragantado cuando vi que se levantaba y empezaba a desnudarse. No era un hombre robusto, pero tenía unos músculos bien torneados, como los de un corredor, y el cuerpo completamente desprovisto de vello. Su piel lisa relucía a la luz de las velas. Me miró como si esperara que fuese a decir algo, pero lo único que podía hacer yo era devolverle la mirada, mientras seguía temblando descontroladamente. La polla se le empezó a poner flácida. Me cogió por las rodillas y volvió a colocarme encima de la cama. Mientras me separaba las piernas con la rodilla, me inmovilizó un brazo entre mi cuerpo y el suyo y me sujetó el otro encima de la cabeza con la mano izquierda, clavándome el codo en el bíceps. Traté de escabullirme, dando sacudidas con las caderas, sin dejar de retorcerme, pero me bloqueó el muslo con la espinilla. Empezó a tirarme de las bragas con la mano que le quedaba libre. Mi cerebro trataba frenéticamente de recordar
  • 69. todo cuanto había aprendido a lo largo de mi vida acerca de los violadores. Algo sobre el poder... necesitaban poder, pero había distintas clases de violadores, algunos necesitaban cosas diferentes. No conseguía recordarlo. ¿Por qué no conseguía recordarlo? Si no lograba disuadirlo, ¿podía al menos intentar que se pusiese un condón? —¡Para! Tengo... —con el pecho, me empujó mi propio puño contra el plexo solar. Mascullé, casi sin aliento— una enfermedad. Tengo una enfermedad de transmisión sexual. Tú también la pillarás si... Me arrancó las bragas. Empecé a dar sacudidas salvajes. Él sonrió. Casi sin aliento, dejé de forcejear y aspiré aire para recobrar la respiración. Tenía que pensar, tenía que concentrarme, tenía que encontrar un modo... Su sonrisa empezó a desdibujarse. Y entonces lo entendí. Cuanta más resistencia oponía yo, cuanto más reaccionaba, más se excitaba él. Obligué a mi cuerpo a que dejara de temblar. Dejé de llorar. Dejé de moverme. Pensé en aviones. No tardó demasiado en darse cuenta. Me hundió el codo con tanta fuerza que creí que iba a romperme el brazo, pero no emití ni un solo
  • 70. ruido. Me separó aún más las piernas e intentó abrirse camino en mi interior, pero había perdido la erección. Me fijé en que tenía un lunar en el hombro, con un solo pelo. Apretó los dientes, endureció la mandíbula y soltó con un gruñido: —Di mi nombre. No lo hice. No pensaba, de ninguna manera, llamar a aquel animal por el nombre de mi padre. Puede que controlase mi cuerpo, pero no pensaba permitir que controlase mis palabras. —Dime lo que sientes. Me limité a seguir mirándolo fijamente. Me volvió la cara hacia un lado. —No me mires. Volvió a intentar abrirse paso dentro de mí. Pensé en ese único pelo, el del lunar. Tenía todo el cuerpo completamente afeitado salvo por ese único lunar. Atravesé la fase de terror, llegué a la histeria y empecé a reírme tontamente. Iba a matarme, pero yo no podía parar. La risa se transformó en carcajadas. Su cuerpo se paralizó encima de mí. Todavía seguía con la cabeza ladeada, mirando hacia la
  • 71. pared opuesta. Estiró de golpe la mano que le quedaba libre y me tapó la boca con ella. Me hizo volver la cabeza de nuevo para mirarlo, con los labios aplastados contra los dientes. Me hundió la mano con más fuerza aún. Sabía a sal. —¡Zorra! —gritó, rociándome de saliva. Acto seguido, su semblante se transformó de nuevo. Completamente desprovisto de vida. Se levantó de la cama de un salto, apagó de un soplo todas las velas y se metió en el cuarto de baño. No tardé en oír el ruido de la ducha. Corrí a la puerta principal e intenté accionar el tirador de la puerta. Estaba cerrada. Cuando la ducha enmudeció, se me volvió a acelerar el corazón y corrí a toda prisa de nuevo a la cama. Con la cara hacia la pared, me sorbí el labio ensangrentado y lloré. Lágrimas mezcladas con sangre. La cama se combó con el peso de su cuerpo cuando se sentó a mi lado. Lanzó un suspiro. —Dios, me encanta este sitio... Se respira tanta tranquilidad... Instalé una capa adicional de aislamiento acústico. Ni siquiera se oyen los grillos. —Por favor, llévame a mi casa. No se lo diré a
  • 72. nadie. Te lo juro. Por favor te lo pido... —Nunca he tenido unos sueños tan bonitos como los que tengo aquí. Se acurrucó a mi lado, colocó una pierna doblada por encima de la mía y me cogió de las manos hasta quedarse dormido. Permanecí allí tumbada, con aquel monstruo desnudo abrazado a mí y deseando con toda mi alma que la cama se abriese bajo mi cuerpo y me engullese por completo. Me dolía el brazo, me dolía la cara, me dolía el corazón. Seguí llorando hasta que mis lágrimas cayeron vencidas por el sueño. Todavía nos queda tiempo, pero ya he terminado por hoy. Y no, no se me olvida que la semana próxima no tenemos sesión porque es Navidad. Bueno, no importa, de todos modos necesito un paréntesis de toda esta mierda. Para poder hablarle de lo que pasó, tengo que volver allí. La negación es muchísimo más fácil. O al menos puedo engañarme a mí misma pensando que lo es... durante una fracción de segundo, más o menos. Esquivar toda esta mierda es como intentar
  • 73. poner puertas a un río desbordado: empiezan a colarse pequeños chorros de agua a través de las rendijas y, en un abrir y cerrar de ojos, la puerta te estalla delante de las narices. Ahora que estoy empezando a dejar pasar parte del agua, ¿me estallará la puerta en las narices? Si doy rienda suelta a todo lo que hay en mi interior, ¿saldré arrastrada río abajo yo también, con todo lo demás? Bueno, por el momento, creo que me iré a casa y me daré una ducha con agua caliente. Ydespués de eso, seguramente me daré otra.
  • 74. Sesión cuatro ¿Qué tal le han ido las Navidades, doctora? Espero que Santa Claus le haya traído un montón de regalos, porque teniendo que tratar a una tarada como yo todas las semanas, se merece que la haya incluido a usted en la lista de los que se han portado bien. ¿Que cómo me han ido a mí las fiestas? Bueno, pues a pesar de mi firme intención de evitar cualquier forma de alegría o espíritu navideño, éste se empeñó en llamar a mi puerta. Literalmente. Unos boy scouts vinieron a venderme árboles de Navidad y yo, inspirada por su corona de la puerta, tal vez, o... qué sé yo... a lo mejor simplemente por la valentía que demostraron al llamar a la única puerta que no tenía luces navideñas, el caso es que acabé comprándoles un abeto. El problema era que mi madre había tirado a la basura todos mis adornos navideños, y cada vez que pensaba en tener que entrar en una tienda... Bueno, aunque la gente no se me quedase mirando con los ojos abiertos como platos como si tuviera monos en la cara, preferiría mil veces bailar
  • 75. descalza encima de los pedazos rotos de unas bolas de Navidad antes que entrar en un centro comercial en estas fechas tan señaladas. Al final, me harté de mirar el maldito árbol desnudo y triste en el rincón del salón y lo llevé hasta el albergue para los sin techo que hay en el centro de la ciudad. Pensé que, ya puestos, era mejor que otro lo disfrutase. Además, en casa ni siquiera había nada para poner debajo del árbol. Les dije a mi familia y amigos que no quería regalos, y tampoco fui a ninguna fiesta de Navidad. Considero ése mi regalo al resto de la humanidad. No hay ninguna necesidad de deprimir a todo el personal. Comparada con la del año pasado, esta Navidad ha sido un éxito apoteósico. La mañana después de que el Animal intentara violarme, me obligó a ducharme con él. Me lavó como a un niño sin descuidarse ni un centímetro. Luego me hizo lavarlo a él, cada rincón de su cuerpo. Tuve que ponerme de cara a la pared, de espaldas a él, mientras se afeitaba el cuerpo. Me
  • 76. entraron unas ganas irresistibles de hacerme con la navaja. Quería cortarle la polla. Esta vez no me afeitó. —El afeitado es para la hora del baño —dijo. Cuando acabamos de ducharnos, me trajo algo de ropa. —¿Qué has hecho con mi traje? —No te preocupes, nunca más tendrás que volver a la oficina. Sonrió. Ese día, el modelito volvía a ser ropa interior sexy, en color blanco novia, y un vestido recto con un estampado campestre con corazoncitos de color rosa sobre un fondo de color crema. El tipo de vestido que yo nunca habría escogido, demasiado tierno y dulce para alguien como yo. Después de darme unas zapatillas para que me las pusiera, me hizo sentarme en el taburete mientras preparaba el desayuno, copos de avena con arándanos secos. Mientras comía, se sentó frente a mí y me explicó las nuevas normas que regirían mi vida a partir de entonces. Aunque en realidad, primero me explicó lo realmente jodida que estaba. —Estamos a kilómetros de distancia de cualquier
  • 77. ser humano, así que aunque lograses escapar, no durarías ni un par de días ahí fuera. Y si te preocupa cómo vamos a sobrevivir los dos, no tienes por qué. Me he encargado de todo. Viviremos del campo, y el único momento en que tendrás que quedarte sola es cuando salga a cazar o vaya a la ciudad a por provisiones. Sentí que el corazón me daba un brinco de esperanza: el hecho de que fuese a la ciudad implicaba que había un vehículo. —No encontrarías la furgoneta ni en un millón de años, y aunque la encontrases, me he asegurado de que no puedas hacerla arrancar. —¿Cuánto tiempo tienes planeado retenerme aquí? Tarde o temprano se te acabará el dinero. Su sonrisa se ensanchó aún más. —Yo no me merezco esto, mi familia no se merece esto... Dime lo que tengo que hacer para que me dejes marchar y ya está. Lo haré, te lo juro, haré lo que sea... —Ya he intentado jugar a esos jueguecitos femeninos en otras ocasiones, con resultados desastrosos, y no pienso cometer ese mismo error otra vez.
  • 78. —El olor a perfume en la parte de atrás de la furgoneta, en la manta... ¿es que hay... otra mujer? ¿Has...? —¿Es que no entiendes el regalo tan fantástico que supone esto para ti? Es tu redención, Annie, nada más y nada menos... —No entiendo nada de todo esto. No tiene ningún sentido. ¿Por qué me haces esto a mí? Se encogió de hombros. —Surgió una oportunidad y ahí estabas tú. A veces, a las buenas personas les pasan cosas buenas. —Esto no es algo bueno. Esto es malo. —Lo fulminé con la mirada—. No puedes ir y arrancarme de golpe de todo mi... —¿De qué te he arrancado exactamente? ¿Del lado de tu novio? Ya hemos hablado de él. ¿Tu madre? En general, la gente me resulta muy aburrida, pero ¿viéndoos a las dos almorzar juntas? Las personas revelan tantas cosas a través de su lenguaje corporal... La única relación auténtica que mantienes es con tu perra. —¡Tengo una vida!
  • 79. —No, simplemente te limitabas a existir, pero yo te estoy dando una segunda oportunidad, y te sugiero que prestes atención, porque no vas a tener una tercera. Todas las mañanas, después del desayuno, será la hora de hacer ejercicio, y luego una ducha. Hoy nos hemos duchado antes de desayunar, pero de ahora en adelante nunca más volveremos a incumplir el horario, ¿me oyes? Se dirigió al armario ropero y lo abrió. —Yo escogeré la ropa que llevarás todos los días. Acto seguido sacó un par de vestidos de corte similar al que me había puesto, uno con corazones de color azul marino sobre un fondo azul pastel y el otro de color rosa claro, completamente liso. Mi odio por el color rosa iba en aumento. Varias pilas de lo que seguramente era el mismo vestido en distintos colores inundaban el estante superior. Hurgó en el fondo y sacó una chaqueta de punto de color lila. —Aquí en invierno puede llegar a hacer mucho frío. El estante inferior estaba ocupado por varios conjuntos de la misma combinación que llevaba él,
  • 80. camisa y pantalones beis. A un lado vi un par de suéteres beis. Me siguió la mirada, sonrió y dijo: —El único color que necesito eres tú. —Y siguió hablando—. Cuando te hayas vestido, yo saldré a hacer mis tareas; tú te encargarás de las de la casa: fregar los platos, hacer la cama y lavar la ropa. — Sacó un plato del armario de la cocina y lo estrelló contra la encimera—. Increíble, ¿no te parece? Los fabrica la misma empresa que hace los vasos. —A continuación sacó una cazuela y la arrojó por el aire como si fuera una gorra de béisbol—. Ligero como una pluma, y de una sola pieza, además. No sé cómo lo hacen. —Meneó la cabeza—. Yo me encargaré de limpiar todas las superficies. Abrió el armario de debajo del fregadero y extrajo un bote de limpiahogar. Vi que era biodegradable, pero no reconocíla marca. —El limpiahogar permanecerá guardado bajo llave a todas horas, y no podrás usar agua caliente ni ningún utensilio que considere poco seguro. Cuando hayas acabado con las tareas de limpieza, querré que te encargues de tu aseo personal. Tus uñas, que llevas hechas un asco, deberán estar perfectas, y yo mismo te las limaré. Tus pies tienen
  • 81. que estar suaves, y llevarás pintadas las uñas de los pies. Las mujeres deberían llevar el pelo largo, así que te pondré suavizante para que te crezca más rápido. No llevarás maquillaje. »Nuestra jornada empezará a las siete de la mañana, el almuerzo es a las doce en punto, y pasarás las tardes estudiando los libros que yo te indique. Supervisaré tus tareas a las cinco, la cena será a las siete y después de cenar, te encargarás de nuevo de recoger y luego me leerás un rato. Después de la hora de lectura, te bañaré, y a las diez será la hora de apagar las luces. Me enseñó un pequeño reloj de bolsillo con un temporizador, como una especie de cronómetro, que guardaba colgado de una cadenita en el bolsillo delantero. En la cabaña no había más relojes, así que yo no sabía qué hora era a menos que él me lo dijese. —Podrás ir al baño cuatro veces al día. Esas pausas estarán supervisadas, y tendrás que dejar abierta la puerta del cuarto de baño. De hecho... — Consultó el reloj—. Ahora mismo es la hora de tu primera pausa para ir al baño. —Rodeé la cocina siguiendo el camino más largo, dejando el máximo
  • 82. espacio posible de separación entre él y yo—. Annie, no te olvides de dejar la puerta abierta. Cuando ya llevaba un par de días allí, él estaba fuera cuando decidí ir a orinar a hurtadillas al cuarto de baño. Volvió adentro justo cuando acababa de tirar de la cadena, así que todavía se oía el ruido de la cisterna. Me quedé de pie junto a la cama, simulando estar haciéndola todavía. Pensé que tal vez no oiría el ruido del agua, pero justo cuando iba a abrir el grifo de la cocina para llenarse un vaso se detuvo, ladeó la cabeza y se metió en el baño. Al cabo de unos segundos, se dirigió hacia mí a grandes zancadas, con la cara lívida y los labios contraídos en una mueca. Me encogí en el rincón y luego intenté escabullirme, pero me agarró del pelo. Me llevó a rastras al cuarto de baño y me hizo arrodillarme delante del retrete. Levantó la tapa y me metió la cabeza en la taza, estampándome la frente contra el asiento. Me tiró de la cabeza hacia atrás, sujetándome del pelo, y alargó el brazo que le quedaba libre para llenar el vaso con el agua de la taza del inodoro. Se agachó detrás de mí, volvió a
  • 83. tirarme de la cabeza hacia atrás y luego me acercó el vaso a los labios. Traté por todos los medios de apartar la cara, pero él me apretó el vaso a los labios con tanta fuerza que creí que iba a romperlo. Parte del agua se me metió por la boca y otra parte me entró por la nariz.Antes de que pudiera escupirla, me amordazó la boca con la mano y me obligó a tragármela. Después, me hizo cepillarme los dientes veinte veces —las contó en voz alta— y luego me abrió la boca a la fuerza para inspeccionarme los dientes. A continuación tuve que enjuagarme la boca con agua caliente y sal diez veces. Como colofón, cogió agua y jabón y me restregó los labios hasta que creí que me había arrancado al menos dos capas de piel. Después de aquello, nunca más volví a intentar una cosa así. Siento que nunca voy a poder librarme de las desquiciantes reglas del Animal, doctora. Y le juro por lo que más quiera que eran desquiciantes. Da lo mismo que sepa que son una sarta de tonterías: las tengo grabadas en el cerebro y estoy bloqueada por ellas. Además de sus normas, mi psique ha
  • 84. añadido unas cuantas de su propia cosecha: si antes tenía alguna pequeña manía, ahora se ha multiplicado por veinte y me he convertido en una especie de híbrido raro recién salido del mismísimo infierno. Siempre sigo el mismo camino para venir aquí, y me paro en la misma cafetería. Cuelgo el abrigo en la misma percha de su despacho en cada sesión, y me siento siempre en el mismo sitio. Debería ver la rutina que sigo antes de irme a dormir: puertas cerradas, todas las persianas bajadas, todas las ventanas con el pestillo echado. Luego me doy un baño y me afeito las piernas, primero la izquierda, luego la derecha, y dejo las axilas para el final. Cuando acabo de bañarme, me unto leche hidratante por todo el cuerpo y antes de irme a la cama al fin, vuelvo a comprobar que todas las puertas y ventanas estén cerradas, pongo unas latas delante de la puerta y compruebo de nuevo que la alarma esté activada —las latas son por si falla la alarma— y luego, por último, me aseguro de que el cuchillo está debajo de la cama y el espray de pimienta en la mesilla de noche. Muchas noches, cuando intento dormir en la
  • 85. cama, lo único que hago es quedarme allí tumbada, aguzando el oído a ver si oigo el más mínimo ruido, hasta que me levanto y me meto a gatas en el armario, arrastrando una manta conmigo; me muevo a gatas por si hay alguien espiando por las ventanas. Luego me encierro y coloco todos los zapatos de manera que estén delante de mí. La última vez usted dijo que seguramente mis rutinas me proporcionan cierta sensación de seguridad y sí, ya me he fijado en esos «Para que reflexione» y «¿Ha pensado usted?» con los que ha empezado a salpicar sus frases de vez en cuando. Mientras no me acribille a preguntas, nos entenderemos de maravilla, pero le juro por Dios que si en algún momento me pregunta cómo me siento, se quedará con la palabra en la boca, hablándole a mi espalda, mientras atravieso como un rayo esa puerta y desaparezco para siempre. Y bien, ¿dónde estábamos? Ah, sí, lo de las rutinas... Al principio creí que no daba usted una, pero luego, he estado dándole vueltas y supongo que lo cierto es que el ritual que sigo a la hora de acostarme sí me ayuda a sentirme segura... lo cual no deja de ser irónico, por decirlo suavemente. Lo
  • 86. que quiero decir es que, todo el tiempo que estuve ahí arriba, nunca llegué a sentirme segura. Era como estar en una montaña rusa en el infierno con el diablo manejando el panel de control, pero la maldita rutina era lo único con lo que podía contar: sabía que eso siempre sería igual. Todos los días intento esforzarme un poco más, y hay ciertas cosas de las que sí me ha sido más fácil desembarazarme, pero ¿otras? Imposible. Anoche, sin ir más lejos, me bebí dos litros de té y me pasé casi una hora en el baño, o al menos me pareció una hora, intentando obligarme a mí misma a orinar fuera de un horario preestablecido. Varias veces estuve a punto de echar un chorrito, experimentando la increíble sensación de «Oh, Dios mío, estoy a punto de mear por fin», pero al final se me volvía a paralizar la vejiga. Lo único que conseguí con todo ese experimento fue otra noche en blanco. Y esto me recuerda que ya he tenido suficiente por hoy. Tengo que ir a casa a orinar y no, no quiero usar su cuarto de baño. Me quedaría ahí sentada en la taza, pensando que está usted aquí fuera, preguntándome si se estará preguntando si he
  • 87. conseguido mear o no. No, gracias.
  • 88. Sesión cinco Hoy, cuando venía de camino aquí, me he parado en la cafetería de la esquina de su calle. Por fuera tiene una pinta asquerosa, pero el café está de muerte, casi merece la pena el viaje hasta el centro sólo para poder tomarse uno. No estoy segura de qué es lo que tiene usted ahí en su taza —puede que hasta sea whisky, no lo sé— pero he decidido arriesgarme y le he traído un té. Alguna ventaja debía tener acabar su jornada laboral con una sesión conmigo. Por cierto, me gustan mucho esas alhajas gruesas de plata que lleva siempre. Le hacen juego con el pelo y le da un toque de abuela chic. De esas que a lo mejor todavía practican el sexo y aún les gusta. No se preocupe, no se lo digo para que me cuente nada, ya sé que a los loqueros no les gusta hablar sobre su vida privada; además, de todas formas, ya tengo bastante con lo mío para tener que escuchar la vida de los demás. Puede que me gusten sus joyas porque me recuerdan a mi verdadero padre, lo que encaja con
  • 89. todo eso de estar ensimismada en mi mundo. No es que llevase esa clase de cosas, pero sí que tenía un anillo de Claddagh, un anillo de compromiso, que había heredado de su padre. Los padres de mi padre emigraron de Irlanda, se instalaron aquí y abrieron una joyería. El anillo fue lo único que le quedó cuando ambos murieron en un incendio poco después de la boda de mis padres, el banco se quedó con todo lo demás. Le pregunté a mamá por el anillo después del accidente, y ella me dijo que se había perdido. Me gusta pensar que si mi padre aún viviese, habría hecho todo cuanto estuviese en su mano por rescatarme, pero la verdad es que no sé cómo habría reaccionado ante todo el asunto. Era un tipo bastante tranquilo, y en mi recuerdo siempre tendrá cuarenta años, vestido con sus bonitos jerséis de pelo y sus pantalones caquis. Las únicas veces que lo recuerdo poniéndose nervioso era cuando me hablaba de un nuevo envío de libros en la biblioteca donde trabajaba. En la montaña, a veces pensaba en él, a veces incluso me preguntaba si estaría viéndome desde arriba. Luego me cabreaba. Si era mi ángel de la
  • 90. guarda, como me decía a mí misma cuando era pequeña, ¿por qué diablos no acababa con todo aquello? La segunda noche, a la hora del baño, el Animal me lavó la espalda con mucha delicadeza. —Si quieres el agua un poco más caliente, dímelo. Apretó la esponja y dejó que el reguero de agua con olor a rosas me resbalara por la espalda y los hombros. —Esta noche estás muy callada. —Me acarició el pelo húmedo de la nuca. Luego se metió un mechón en la boca y lo succionó. Me entraron unas ganas inmensas de darle un golpe con el hombro en toda la cara y romperle la nariz, pero en vez de hacerlo, me quedé con la mirada fija en el lado de la pared de la bañera y conté los segundos que tardaba en caer una gota de agua—. ¿Sabías que el pelo de cada mujer tiene un sabor distinto, característico y exclusivo? El tuyo sabe a nuez moscada y clavos de olor. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. —Ya sabía yo que el agua no estaba lo bastante
  • 91. caliente. —Dejó correr el agua caliente un momento —. Sólo con mirar a una mujer, ya sé qué sabor va a tener. Algunos hombres se dejan engañar por el color. Sería lógico pensar que tu madre, con esa cara tan joven y el pelo rubio, sabe a limpio y fresco, pero yo he aprendido a ver más allá hasta llegar a la verdad. Se situó delante de mí y empezó a lavarme la pierna con cuidado. Seguí con la mirada fija en la pared. Sólo estaba intentando confundirme... no podía dejar que viese que su maniobra estaba surtiendo efecto. —Aunque la verdad es que es guapa. Y eso me provoca curiosidad por saber cuántos de tus novios querían acostarse con ella. Si, cuando hacían el amor contigo, pensaban en ella. Se me encogió el estómago. Con el paso de los años, había ido acostumbrándome a que mis novios se comieran con los ojos a mi madre. Cuando no estaban ocupados devorando una de las cenas que preparaba, se la quedaban mirando con la boca abierta. Uno de ellos llegó a decirme que mi madre parecía una versión más sexy y adulta de Campanilla. Hasta Luke tartamudeaba a veces
  • 92. cuando ella estaba presente. Diecisiete segundos, dieciocho... aquella gota sí que era lenta, Dios... —Dudo que alguno de ellos pudiese ver, como yo, que sabe a manzana verde, de las que parecen maduras hasta que les das un bocado. Y tu amiga Christina, con su melena larga y rubia siempre recogida en un moño, siempre con ese aspecto de tomarse a sí misma tan en serio, de mujer de negocios... Ahí debajo hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Perdíel rastro de la gota de agua. —Sí, conozco a Christina. Ella también trabaja como agente inmobiliaria, ¿verdad? Y le va muy bien, según tengo entendido. Me pregunto por qué siempre te rodeas de gente a la que envidias. Tuve ganas de decirle que no sentía envidia de Christina, que estaba orgullosa de ella; había sido mi mejor amiga desde que íbamos al instituto. Ella me había enseñado todo lo que sé sobre el mundo de las inmobiliarias. Joder, me había enseñado todo lo que sé sobre un montón de cosas, pero no dije nada. Aquel tipo usaría cualquier cosa que yo
  • 93. dijera para follar conmigo. —¿No te recuerda a Daisy? Daisy era algodón de azúcar, pero Christina, mmm... Christina. Te apuesto lo que quieras a que sabe a peras de importación. Mi mirada se topó con la suya. Empezó a enjabonarme los pies. Ya estaba harta de aquellos jueguecitos. —¿A qué sabía tu madre? —le solté. La mano que me sujetaba el pie se tensó y se quedó paralizada. —¿Mi madre? ¿Es que crees que todo esto es por mi madre? Se echó a reír mientras me soltaba el pie en el agua, y a continuación sacó la navaja del armario. Esta vez, cuando me sujetó la pierna con la mano, empecé a contar las líneas de la pared embaldosada. Cuando la fría hoja de la navaja se deslizó por mi pantorrilla, perdí la cuenta y empecé de nuevo. Cuando me hizo ponerme de pie, para poder afeitármelo todo, dividí las baldosas por el número de grietas en las juntas. Cuando me untó de leche hidratante con las manos, se puso a tararear una canción y yo empecé a contar las gotas de cera
  • 94. que resbalaban de las velas. Hice un inventario de cualquier cosa que veía a mi alrededor. Multiplicaba y dividía los números. Si me asaltaba un nuevo pensamiento o sentimiento, lo echaba a patadas de mi mente y volvía a empezar otra vez desde el principio. Cuando intentó violarme por segunda vez, no me moví, no lloré, solamente me limité a clavar la mirada en la pared del dormitorio. Si yo no reaccionaba, él no conseguía que se le levantara. Seguro que los equipos de rescate ya estaban de camino, sólo tenía que resistir hasta que llegaran. Así que no importaba lo que me hiciera, yo contaba o pensaba en aviones mientras permanecía allí tirada, como una muñeca de trapo. Me agarró la cara, me miró directamente a los ojos y siguió intentando forzar su pene flácido en mi interior. Conté los vasos sanguíneos de sus ojos. La polla se le puso más flácida todavía. Me gritó que lo llamara por su nombre. Como no lo hice, dio un puñetazo en la almohada justo al lado de mi oreja, mientras vociferaba: «¡Estúpida! ¡Estúpida zorra de mierda!» con cada puñetazo.
  • 95. Los golpes cesaron. Se apaciguó su respiración. De camino al baño, empezó a tararear una canción. Mientras se duchaba, me tapé la cara con la almohada y me puse a gritar. «¡Maldito cabrón hijo de puta! ¡Tarado impotente de mierda! Te has equivocado por completo de chica; no sabes lo dura de pelar que puedo llegar a ser...» A continuación, rompí a llorar, mientras la almohada amortiguaba el sonido de mi llanto. En cuanto oí que se cerraba el grifo de la ducha, de inmediato me quité la almohada de la cara, la devolví a su sitio, debajo de mi cabeza, con la parte seca hacia arriba, y volví la cara hacia la pared. Por desgracia, los fracasos no lo desanimaban. Todo siempre empezaba con la misma rutina: la hora del baño —que era cuando más le gustaba hablar—, seguida del afeitado, el masaje de leche hidratante por todo el cuerpo y, por último, el vestido. Me sentía como una actriz de Broadway: el mismo escenario, el mismo decorado, las mismas luces y el mismo vestuario noche tras noche. Lo único que variaba era su frustración creciente y su forma de reaccionar al respecto.
  • 96. Tras su tercer intento fallido, me dio dos bofetadas en la cara, con tanta fuerza que me mordí la lengua. Esa vez no obtuve ninguna satisfacción, ni amarga ni de ninguna otra clase. Mitigué el ruido del llanto con la almohada, me succioné la sangre de la lengua y esperé con verdadero terror el momento en que terminase de ducharse. La cuarta noche, me dio dos puñetazos en el estómago —que me dejaron sin respiración, y el dolor me causó tanto daño como estupor— y otro en la mandíbula. El dolor era insoportable. La habitación se inundó de sombras, y recé por que todo se quedara sumido en la más profunda oscuridad, pero no fue así. Dejé de llorar en la almohada. La quinta noche, me hizo volverme de espaldas, se arrodilló encima de mis manos y me aplastó la cara contra el colchón con tanta fuerza que no podía respirar. El pecho me ardía. Lo repitió tres veces, deteniéndose justo antes de que perdiera el conocimiento. La mayoría de las noches acababan con él levantándose, con el rostro inexpresivo, y luego oía
  • 97. el ruido de la ducha funcionando durante un rato. Después, volvía a meterse en la cama, me abrazaba y se ponía a hablar de cosas triviales, como la forma en que los indios nativos norteamericanos curaban la carne, de las constelaciones que veía durante su ronda nocturna o de las frutas que le gustaban y las que no. Sin embargo, una noche, se tumbó a mi lado y dijo: —Me pregunto cómo será Christina en el fondo. Es una mujer tan centrada y tan dueña de sí misma, ¿no te parece? Me pregunto qué le haría perder el control a una mujer como ella. Traté por todos los medios de recuperar el aliento mientras él entrelazaba los dedos en mis manos rígidas y frotaba suavemente su pulgar contra el mío. Mientras roncaba a mi lado, la idea de que pudiera ponerle la mano encima a Christina, o de que ella experimentase, aunque sólo fuese un segundo, el terror que yo estaba experimentando, me revolvía las entrañas. No podía permitir que eso sucediese. Mi plan no estaba surtiendo efecto, a menos que mi objetivo fuese que tanto yo como posiblemente Christina acabásemos muertas. Los
  • 98. equipos de rescate estaban tardando demasiado en encontrarme, y él no iba a levantarse un buen día y decirme: «¿Sabes qué? Parece que esto no funciona, así que ahora voy a llevarte a tu casa». Tal vez habría arriesgado todavía un poco más en el caso de mi propia vida, pero no tratándose de la de Christina. Iba a tener que ayudarlo a violarme. Era fundamental comprender por qué se comportaba de aquella manera. Rebusqué en mi memoria tratando de recordar todo lo que había leído sobre los violadores, todos los programas televisivos que había visto sobre ellos —Ley y Orden: Unidad de Victimas Especiales, Mentes criminales y un par de especiales de la cadena A & E—, la mayoría centrados en lo que les gusta a los violadores y bajo qué circunstancias matan a sus víctimas. Recordé que algunos violadores necesitan creer que las víctimas disfrutan con lo que les hacen. A lo mejor el Animal era capaz de engañarse pensando que aquello me ponía cachonda pero, a pesar de eso, no conseguía que se le levantase porque, en

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