¿Por qué el asesinato? Christian Losa / Miguel Vargas
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Christian Losa / Miguel Vargas
Se narra la historia de dos asesina...
¿Por qué el asesinato? Christian Losa / Miguel Vargas
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¿POR QUÉ EL ASESINATO?
Christian Losa/Miguel Vargas
Impreso En Esp...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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–Jijunagrandísimas –balbuceó Lituma, sintiendo que iba a vomitar–. Cóm...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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–Espere, Don Jerónimo, ahora me acuerdo –dijo Lituma, cuando ya iban a...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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¿Me vas a fiar, no, Chunguita?
–Que te fíe la que ya sabes –repuso la ...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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La señora se persignó, gruñendo algo incomprensible, y Lituma la vio p...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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Lituma se la quedó observando, en silencio. Era una mujer bajita, sus ...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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–No se moleste, señora –se excusó Lituma–. No quiero incomodarla, ya m...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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–Es lo que pienso yo también –asintió Lituma–. Pero eso no aclara quié...
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na. Se lo había confesado a Lituma: «Esta gorda me tiene con garrotil...
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–Pobre la madre de ese muchacho –suspiró Doña Adriana–. El Coronel Mi...
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–Que están tapando la vaina porque los asesinos son peces gordos. –Do...
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que avanzaban por ambas sienes hasta media cabeza y un bigotito entre...
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–Pensamos que tal vez lo había explicado aquí, al presentarse –interv...
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–Es que, mi Coronel, hay sospechas de que Palomino Molero tenía amorí...
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–No he dicho que sea la esposa de un oficial –se atrevió a musitar Li...
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de puro racista o por alguna cosa en especial? ¿O tratará con esa pat...
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IV
La noticia de los escándalos que el tenientito estaba haciendo en ...
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almacén de tablones acondicionado de cualquier manera. Era primitivo ...
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corazón se le había apurado. No le quitaba los ojos. Lo vio tomarse l...
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huevos? ¿O no los tenían? ¿O los tenían tan chiquitos que con razón s...
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–¿Y qué favor quieres que te haga, chucha de tu madre? –hipó y babeó ...
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el dedo ¿ves? ¿Acaso está permitido ser tan traidor, tan mañoso, tan ...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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el mundo desde un trono ¿no? Habría barrido el suelo con el pobre avi...
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Pero el marido celoso lo descubrió, vino a buscarlo y se lo cargó. Po...
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–Por lo menos, ésa fue la impresión que me dio el Teniente Dufó. Que ...
¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa
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esos remedios de farmacia. De repente necesitaba radiografías o una o...
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Por qué el asesinato

Basada en hechos reales de la sociedad.
Published on: Mar 4, 2016
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Transcripts - Por qué el asesinato

  • 1. ¿Por qué el asesinato? Christian Losa / Miguel Vargas 2 Christian Losa / Miguel Vargas Se narra la historia de dos asesinatos intrigantes. Editorial Seix Barral S.A. Alemania.
  • 2. ¿Por qué el asesinato? Christian Losa / Miguel Vargas 2 ¿POR QUÉ EL ASESINATO? Christian Losa/Miguel Vargas Impreso En España Séptima Edición, 1997
  • 3. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 3 –Jijunagrandísimas –balbuceó Lituma, sintiendo que iba a vomitar–. Cómo te dejaron, flaquito. El muchacho estaba a la vez ahorcado y ensartado en el viejo algarrobo, en una pos- tura tan absurda que más parecía un espantapájaros o un Carnavalón despatarrado que un cadáver. Antes o después de matarlo lo habían hecho trizas, con un ensañamiento sin lími- tes: tenía la nariz y la boca rajadas, coágulos de sangre reseca; moretones y desgarrones, quemaduras de cigarrillo, y, como si no fuera bastante, Lituma comprendió que también habían tratado de caparlo, porque los huevos le colgaban hasta la entrepierna. Estaba des- calzo, desnudo de la cintura para abajo, con una camisita hecha jirones. Era joven, delgado, morenito y huesudo. En el dédalo de moscas que revoloteaban alrededor de su cara relucí- an sus pelos, negros y ensortijados. Las cabras del churre remoloneaban en torno, escar- bando los pedruscos del descampado en busca de alimentos y a Lituma se le ocurrió que en cualquier momento empezarían a mordisquear los pies del cadáver. –¿Quién carajo hizo esto? –balbuceó, conteniendo la náusea. –Yo qué sé –dijo el churre–. Por qué me carajea a mí, qué culpa tengo. Agradezca que fuera a avisarle. –No te carajeo a ti, churre –murmuró Lituma–. Carajeo porque parece mentira que haya en el mundo gente tan perversa. El churre debió llevarse el susto de su vida esa mañana, al pasar con sus cabras por este pedregal y toparse con semejante espectáculo. Se había portado como un ciudadano ejemplar, el churre. Dejó al rebaño pastando piedras junto al cadáver y corrió a Talara a dar parte a la Comisaría. Tenía mérito porque Talara estaba lo menos a una hora de caminata desde aquí. Lituma recordó su carita sudada y su voz de escándalo cuando se apareció en la puerta del Puesto: –Han matado a un tipo, allá, en el camino a Lobitos. Si quieren, los llevo, pero ya mis- mo. Dejé sueltas las cabras y me las pueden robar. No le habían robado ninguna, felizmente; al llegar, en medio del sacudón que fue para él ver el estado del muerto, el guardia había entrevisto al chiquillo contando el rebaño con sus dedos y lo oyó suspirar, aliviado: «Toditititas.» –Pero por la Santísima Virgen –exclamó el taxista, a su espalda–. Pero, pero, qué es esto. En el trayecto, el churre les había descrito más o menos lo que verían, pero una cosa era imaginárselo y otra verlo y olerlo. Porque también apestaba feísimo. No era para menos, con ese sol que parecía taladrar piedras y cráneos. Se estaría descomponiendo a toda ca- rrera. –¿Me ayuda a descolgarlo, Don? –dijo Lituma. –Qué remedio –gruñó el taxista, santiguándose. Lanzó un escupitajo hacia el algarro- bo–. Si me hubieran dicho para qué iba a servir el Ford, no me lo compraba ni de a vainas. Usted y el Teniente abusan porque me creen muy manso. Don Jerónimo era el único taxista de Talara. Su viejo carromato, negro y grande como una carroza funeraria, podía incluso pasar cuantas veces quisiera la reja que separaba al pueblo de la zona reservada donde estaban las oficinas y las casas de los gringos de la In- ternational Petroleum Company. El Teniente Silva y Lituma utilizaban el taxi cada vez que debían hacer un desplazamiento demasiado largo para los caballos y la bicicleta, únicos medios de transporte del Puesto de la Guardia Civil. El taxista gruñía y protestaba cada vez que lo llamaban, diciendo que lo hacían perder plata, a pesar de que en estos casos el Te- niente le pagaba la gasolina.
  • 4. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 4 –Espere, Don Jerónimo, ahora me acuerdo –dijo Lituma, cuando ya iban a coger al muerto–. No podemos tocarlo hasta que venga el Juez y haga el reconocimiento. –Esa vaina quiere decir que voy a tener que hacer el viajecito otra vez –carraspeó el viejo–. Le advierto que el Juez me paga la carrera o se busca otro cacaseno. Y, casi en el acto, se dio un golpecito en la frente. Abriendo mucho los ojos, acercó la cara al cadáver. –¡Pero si a éste lo conozco! –exclamó. –¿Quién es? –Uno de esos avioneros que trajeron a la Base Aérea con la última leva –se animó la expresión del viejo–. Él es. El piuranito que cantaba, boleros. II –¿Cantaba boleros? Entonces, tiene que ser el que te dije, primo –aseguró el Mono. –Es –asintió Lituma–. Lo averiguamos y es Palomino Molero, de Castilla. Sólo que eso no resuelve el misterio de quién lo mató. Estaban en el barcito de la Chunga, en las vecindades del Estadio, donde debía haber un match de box porque hasta ellos llegaban, clarito, los gritos de los hinchas. El guardia había venido a Piura aprovechando su día franco; un camionero de la International lo había traído en la mañana y lo regresaría a Talara a medianoche. Siempre que venía a Piura, ma- taba el tiempo con sus primos León José y el Mono, y con Josefino, un amigo del barrio de La Gallinacera. Lituma y los León eran de La Mangachería y había una rivalidad tremenda entre mangaches y gallinazos, pero la amistad entre los cuatro había superado esa barrera. Eran uña y carne, tenían su himno y se llamaban a sí mismos los inconquistables. –Resuélvelo y te ascenderán a general, Lituma –hizo una morisqueta el Mono. –Va a estar difícil. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, y, lo peor de todo, la autori- dad no colabora. –¿Acaso la autoridad allá en Talara no es usted, compadre? –se sorprendió Josefino. –El Teniente Silva y yo somos la autoridad policial. La que no coopera es la Aviación. Y como el flaquito era avionero, si ellos no cooperan, quién carajo va a cooperar. –Lituma sopló la espuma de su vaso y bebió un trago de cerveza abriendo la boca como un cocodri- lo–. Jijunagranputas. Si ustedes hubieran visto cómo lo dejaron, no estarían tan felices, pla- neando ir al burdel. Y entenderían que yo no pueda pensar en otra cosa. –Entendemos –dijo Josefino–. Pero aburre pasárselas hablando de un cadáver. No jo- das más con tu muertito, Lituma. –Eso te pasa por meterte de cachaco –dijo José–. Trabajar es enroncharse. Y, ade- más, tú no sirves para eso. Un cachaco debe tener corazón de piedra, ser un conchesuma- dre si hace falta. Tú eres un sentimental de mierda, más bien. –Es verdad, lo soy –admitió Lituma, abatido–. No puedo quitarme al flaquito de la ca- beza. Tengo pesadillas, me parece que me jalan los huevos como a él. Pobrecito: los tenía hasta las rodillas y aplastados como huevos fritos. –¿Se los tocaste, primo? –se rió el Mono. –A propósito de huevos, ¿el Teniente Silva se tiró ya a la gorda? –preguntó José. –Ese polvo nos tiene a todos en pindingas –añadió Josefino–. ¿Ya se la tiró? –Al paso que va, se morirá sin tirársela –suspiró Lituma. José se levantó de la mesa: –Bueno, vámonos al cine a hacer tiempo, porque antes de medianoche el bulín es un velorio. En el Variedades dan una de charros, con Rosita Quintana. El cachaco invita, por supuesto. –No tengo plata ni para esta cerveza –dijo Lituma–.
  • 5. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 5 ¿Me vas a fiar, no, Chunguita? –Que te fíe la que ya sabes –repuso la Chunga, desde el mostrador, con aire aburrido. –Me imaginaba lo que me ibas a contestar –dijo Lituma–. Lo hacía por fregarte, no- más. –Anda a fregar a la que ya sabes –bostezó la Chunga. –Dos a cero –hizo una morisqueta el Mono–. Gana la Chunga. –No te calientes, Chunguita –dijo Lituma–. Aquí tienes lo que te debo. Y no te metas con mi mamacita, que la pobre está muerta y enterrada en Simbilá. La Chunga, mujer alta y desabrida, sin edad, cogió los billetes, los contó y le dio el vuelto cuando el guardia, los León y Josefino ya salían. –Una pregunta, Chunguita –la desafió Josefino–. ¿Ningún cliente te ha roto una botella en la cabeza por contestar como contestas? –De cuándo acá tan curioso –repuso la Chunga, sin dignarse mirarlo. –Pues un día alguien te la va a romper, por ser tan simpática. –Apuesto que no serás tú –bostezó la Chunga, acomodada de nuevo en el mostrador, una fila de barriles con un tablón encima. Los cuatro inconquistables cruzaron el arenal hasta la carretera, pasaron frente al Club de los blanquitos de Piura y caminaron en dirección al Monumento a Grau. La noche estaba tibia, quieta y con muchas estrellas. Olía a algarrobos, a cabras, a caca de piajeno, a fritura, y Lituma, sin poder quitarse de la cabeza la imagen de Palomino Molero ensartado y despe- dazado, se preguntó si se arrepentía de haberse hecho cachaco y de no vivir ya en la bo- hemia de un inconquistable. No, no se arrepentía. Aunque fuera jodido trabajar, ahora comía todos los días y su vida estaba libre de la incertidumbre de antes. José, el Mono y Josefino silbaban un vals, haciendo contrapunto, y él trataba de imaginar el acento arrullador y la me- lodía envolvente con que, según todos, cantaba boleros el flaquito. En la puerta del Varieda- des se despidió de sus primos y de Josefino. Les mintió: el camionero de la International re- gresaría a Talara más temprano que otras veces y no quería quedarse sin movilidad. Trata- ron de sablearle unos soles, pero no les aflojó ni medio. Echó a andar hacia la Plaza de Armas. En el trayecto, divisó en una esquina al poeta Joaquín Ramos, de monóculo, tirando a la cabra a la que llamaba su gacela. La Plaza esta- ba llena de gente, como si fuera a haber retreta. Lituma no prestó atención a los transeúntes y, de prisa, como quien va a una cita de amor, cruzó el Viejo Puente hacia Castilla. La idea había tomado cuerpo mientras bebía cerveza donde la Chunga. ¿Y si la señora no estaba? ¿Y si, para olvidar su desgracia, se había mudado a otra ciudad? Pero encontró a la mujer en la puerta de su casa, sentada en un banquito, tomando el fresco de la noche mientras desgranaba unas mazorcas en una batea. Por la puerta abierta de la casita de barro se veía, en la habitación iluminada por una lámpara de querosene, el escaso mobiliario: sillas de paja, algunas desfondadas, una mesa, unos porongos, un cajón que debía hacer las veces de aparador, y una foto coloreada. «El flaquito», pensó. –Buenas –dijo, deteniéndose frente a la mujer. Advirtió que estaba descalza y con el mismo vestido negro que tenía esa mañana, en la Comisaría de Talara. Ella murmuró..«Buenas noches» y lo miró sin reconocerlo. Unos perros escuálidos se olisqueaban y gruñían alrededor. A lo lejos, había un bordoneo de guitarras. –¿Podría conversar un ratito con usted, Doña Asunta? –preguntó, con voz respetuo- sa–. Sobre su hijito Palomino. En la media penumbra, Lituma alcanzó a ver la cara surcada de arrugas y sus ojitos casi cubiertos por los abultados párpados, escudriñándolo con desconfianza. ¿Habría tenido así los ojos siempre o se le hincharían en los últimos días de tanto llorar? –¿No me reconoce? Soy el guardia Lituma, del Puesto de Talara. El que estaba allá cuando el Teniente Silva le tomó la declaración.
  • 6. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 6 La señora se persignó, gruñendo algo incomprensible, y Lituma la vio ponerse de pie, trabajosamente. Entró a la casa arrastrando la batea llena de granos de maíz y el banquito. La siguió, y, apenas estuvo bajo techo, se quitó la gorra. Lo impresionaba pensar que éste había sido el hogar del flaquito. Lo que estaba haciendo no era una diligencia ordenada por su superior sino una iniciativa propia; con tal que no le trajera dolores de cabeza. –¿La encontraron? –musitó la mujer, con la misma voz temblorosa que en Talara, mientras hacía la declaración. Se dejó caer en una silla y como Lituma la miraba sin com- prender, alzó la voz–: La guitarra de mi hijo. ¿La encontraron? –Todavía no –dijo Lituma, recordando. La señora Asunta había insistido muchísimo, mientras hipaba y respondía a las preguntas del Teniente Silva, en que le entregaran la gui- tarra del flaquito. Pero, después que la señora partió, ni él ni el Teniente se acordaron del asunto–. No se preocupe. Tarde o temprano la encontraremos y se la traeré personalmente. Ella volvió a santiguarse y a Lituma le pareció que lo exorcizaba. «Le recuerdo su desgracia», pensó. –El quiso dejarla aquí y yo le dije llévatela, llévatela –la oyó salmodiar, con su boca en la que apenas sobrevivía uno que otro diente–. No, mamacita, en la Base no tendré tiempo de tocar, no sé si habrá un ropero para guardarla. Que se quede aquí, tocaré cuando venga a Piura. No, no, hijito, llévatela, para que te entretengas, para que te acompañes cuando cantes. No te prives de tu guitarra que te gusta tanto, Palomino. Ay, ay, ay, pobre mi hijito. Arrancó a llorar y Lituma lamentó haber venido a traer malos recuerdos a la mujer. Balbuceó algunas palabras de consuelo, rascándose el pezcuezo. Para hacer algo, se sen- tó. Sí, la fotografía era de él, haciendo su primera comunión. Contempló largo rato la carita alargada y angulosa del niño moreno, con el pelo bien asentado, vestido de blanco, un cirio en la mano derecha, un misal en la izquierda y un escapulario en el pecho. El fotógrafo le había enrojecido las mejillas y los labios. Un churre enclenque, de carita arrobada, como si estuviera viendo al Niño–Dios. –Ya en esa época cantaba lindísimo –gimoteó Doña Asunta, señalando la fotografía–. El Padre García lo hacía cantar en el coro a él solito y en la misma misa lo aplaudían. –Todos dicen que tenía una voz regia –comentó Lituma–. Que hubiera sido un artista, uno de esos que cantan por la radio y hacen giras. Todos lo dicen. Los artistas no deberían hacer servicio militar, deberían estar exceptuados. –Palomino no tenía que hacer el servicio militar –dijo la señora Asunta–. Estaba ex- ceptuado. Lituma le buscó los ojos. La señora se santiguó y se puso a llorar de nuevo. Mientras la oía llorar, Lituma observaba los insectos que revoloteaban en torno a la lámpara. Eran decenas, se precipitaban zumbando contra el vidrio una y otra vez, tratando de alcanzar la llama. Querían suicidarse, los brutos. –El brujo ha dicho que cuando la encuentren, los encontrarán a ellos –gimoteó Doña Asunta–. Los que tienen su guitarra son los que lo mataron. ¡Asesinos! ¡Asesinos! Lituma asintió. Tenía ganas de fumar, pero, prender un cigarro, ante el dolor de esta señora, le parecía una irreverencia. –¿Su hijito estaba exceptuado del servicio militar? –preguntó tímidamente. –Hijo único de madre viuda –recitó Doña Asunta–. Palomino era el único porque los otros dos se me murieron. Es la ley. –Es verdad, se cometen muchos abusos –Lituma volvió a rascarse el cuello, conven- cido de que iba a recomenzar el llanto–. ¿O sea que no tenían derecho a levarlo? Qué atro- pello. Si no lo levan, estaría vivo, seguro. Doña Asunta negó, mientras se secaba los ojos con el ruedo de la falda. A lo lejos se- guía oyéndose el bordoneo de guitarra y a Lituma le vino la fantástica idea de que quien to- caba, allá en la oscuridad, acaso a la orilla del río, mirando la luna, era el flaquito. –No lo levaron, fue de voluntario –gimoteó Doña Asunta–. Nadie lo obligó. Se hizo avionero porque quiso. Él mismo buscó su desgracia.
  • 7. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 7 Lituma se la quedó observando, en silencio. Era una mujer bajita, sus pies descalzos apenas rozaban el suelo. –Tomó su ómnibus, se fue a Talara, se presentó en la Base y dijo que quería hacer su servicio militar en la Aviación. ¡Pobrecito! Buscó su muerte, señor. Él solito, él solito. ¡Pobre Palomino! –¿Y por qué no le contó eso al Teniente Silva, allá en Talara? –dijo Lituma. –¿Acaso me preguntó? Yo contesté todo lo que me preguntaron. Era cierto. Si Palomino tenía enemigos, si lo habían amenazado, si lo había oído dis- cutir o pelearse con alguien, si sabía de alguno que tuviera motivo para querer hacerle daño, si le había dicho que pensaba escaparse de la Base. La señora respondió dócilmente a to- das las preguntas: no, nadie, nunca. Pero, era verdad, al Teniente no se le había ocurrido preguntarle si el flaquito entró al servicio porque salió sorteado o como voluntario. –¿O sea que le gustaba la vida militar? –se asombró Lituma. La idea que se había hecho del cantante de boleros era, pues, falsa. –Eso es lo que no entiendo –sollozó Doña Asunta–. ¿Por qué has hecho eso, hijito? ¿Tú de avionero? ¡Tú, tú! ¿Y allá, en Talara? Los aviones se caen, ¿quieres matarme a sus- tos? Cómo has podido hacer una cosa así, sin consultarme. Porque si te consultaba me hubieras dicho que no, mamacita. Pero entonces por qué, Palomino. Porque necesito irme a Talara. Porque es de vida o muerte, mamacita. «Más bien de muerte», pensó Lituma. –¿Y por qué era de vida o muerte para su hijito irse a Talara, señora? –Eso es lo que nunca supe –se santiguó por cuarta o quinta vez doña Asunta–. No me lo quiso decir y se ha llevado su secreto al cielo. ¡Ay, ay! ¿Por qué me hiciste esto, Palomi- no? Una cabrita parda, con pintas blancas, había metido la cabeza en la habitación y mira- ba a la mujer con sus ojos grandes y piadosos. Una sombra se la llevó, tirando de la soga que la sujetaba. –Se arrepentiría al poco tiempo de enrolarse –fantaseó Lituma–. Cuando descubrió que la vida militar no era pan comido y hembritas para regalar, como tal vez se creyó. Sino algo muy, muy fregado. Por eso desertaría. Eso, al menos, lo entiendo. Lo que no se com- prende es por qué lo mataron. Y de esa manera tan bárbara. Había pensado en voz alta, pero Doña Asunta no parecía haberlo advertido. O sea que se enroló para salir de Piura, porque eso era para él de vida o muerte. Alguien lo habría amenazado aquí en la ciudad y pensó que estaría seguro en Talara, en el interior de una Base Aérea. Pero no pudo resistir la vida militar y desertó. Aquel o aquellos de quienes huía lo encontraron y lo mataron. ¿Pero por qué así? Hay que estar locos o ser monstruos para torturar de ese modo a un muchacho que apenas había dejado de ser churre. Muchos se metían al Ejército por penas de amor, también. Pudo ser por una decepción amorosa, tal vez. Estaría muy enamorado de una chica que le dio calabazas, o lo engañó, y, amargado, decidió irse lejos. ¿Adónde? A Talara. ¿Cómo? Metiéndose de avionero. Le parecía posible y a la vez imposible. Volvió a rascarse el cuello, nervioso. –¿A qué ha venido usted a mi casa? –lo encaró de pronto Doña Asunta, con brusque- dad. Se sintió en una posición falsa. ¿A qué había venido, pues? A nada, por pura curiosi- dad malsana. –A saber si usted podía darme alguna pista –balbuceó. Doña Asunta lo miraba disgustada y el guardia pensó: «Se ha dado cuenta que le miento.» –¿Ya no me tuvieron como tres horas allá, diciéndoles lo que sabía? –murmuró, adolo- rida–. Qué más quieren. Qué más, qué más. ¿Creen que yo sé acaso quién mató a mi hijo?
  • 8. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 8 –No se moleste, señora –se excusó Lituma–. No quiero incomodarla, ya me voy. Mu- chas gracias por recibirme. Le avisaremos, cualquier cosa. Se puso de pie, murmuró «Buenas noches» y salió, sin darle la mano, porque temió que Doña Asunta se la dejara extendida. Se puso el quepis de cualquier modo. A los pocos trancos que dio por la terrosa callecita de Castilla, bajo las estrellas nítidas e incontables, se serenó. Ya no se oía la remota guitarra; sólo voces hirientes de chiquillos, peleándose, o jugando, el parloteo de las familias que departían a las puertas de sus casas y algunos ladridos. ¿Qué te pasa?, pensó. ¿Por qué estás tan saltón? Pobre flaquito. No volvería a ser el mangache de antes, hasta que no entendiera cómo podía haber en el mun- do gentes tan malvadas. Sobre todo que, por donde se le diera la vuelta, la víctima parecía haber sido un churre buena gente, incapaz de hacer daño a una mosca. Llegó al Viejo Puente y, en lugar de cruzarlo, para volver a la ciudad, entró en el Río- bar, erigido con maderas sobre la misma estructura del antiquísimo puente que unía las dos orillas del río Piura. Sentía la garganta áspera como una lija. El Ríobar estaba vacío. Apenas se sentó en el taburete, se le acercó Moisés, el dueño y cantinero, de largas orejas acampanadas. Le decían Dumbo. –No me acostumbro a verte de uniforme, Lituma –se burló, alcanzándole un jugo de lúcuma–. Me pareces disfrazado. ¿Y los inconquistables? –Se fueron a ver una de charros –dijo Lituma, bebiendo con avidez–. Yo tengo que re- gresar a Talara ahorita mismo. –Qué jodido lo de Palomino Molero –dijo Moisés, ofreciéndole un cigarrillo–. ¿Cierto que le cortaron los huevos? –No se los cortaron, se los descolgaron de un jalón –murmuró Lituma, disgustado. Era lo primero que todos querían saber. Ahora también Moisés se pondría a hacer bromas con los huevos del flaquito. –Bueno, es lo mismo –Dumbo movió las enormes orejas como si fueran las alas de un gran insecto. Era también narigón y de barbilla protuberante. Todo un fenómeno. –¿Tú conociste a ese muchacho? –preguntó Lituma. –Y tú también, estoy seguro. ¿No te acuerdas de él? Los blanquitos lo contrataban pa- ra dar serenatas. Lo hacían cantar en fiestas, en la procesión, en el Club Grau. Cantaba como un Leo Marini, te juro. Tienes que haberlo conocido, Lituma. –Todos me lo dicen. Los León y Josefino cuentan que estábamos juntos una noche que lo hicieron cantar donde la Chunga. Pero yo no me acuerdo. Entrecerró los ojos y, una vez más, pasó revista a esa serie de noches, tan parecidas, alrededor de una mesita de madera erizada de botellas, con humo que hacía arder los ojos, olor a alcohol, voces de borrachos, siluetas confusas y cuerdas de guitarra entonando val- ses y tonderos. ¿Distinguía, de pronto, en la turbamulta de esas noches la voz juvenil, tem- pladita, acariciadora, que empujaba a bailar, a abrazar a una mujer, a susurrarle cosas boni- tas? No, no aparecía en su memoria por ninguna parte. Sus primos y Josefino se equivoca- ban. Él no estaba ahí, él no había oído cantar jamás a Palomino Molero. ¿Averiguaron quiénes son los asesinos? –dijo Moisés, echando humo por la nariz y la boca. –Todavía nó –dijo el guardia–. ¿Tú eras amigo de él? –Venía a veces a tomarse un jugo –repuso Moisés–. No es que fuéramos grandes amigos. Pero conversábamos. –¿Era alegre, conversador? ¿O más bien seriote y antipático? –Callado y timidón –dijo Moisés–. Un romántico, una especie de poeta. Lástima que lo levaran, debió sufrir con la disciplina del cuartel. –No lo levaron, estaba exceptuado del servicio –dijo Lituma, saboreando las últimas gotas del jugo de lúcuma–. Se presentó voluntario. Su madre no lo entiende. Y yo tampoco. –Esas son las cosas que hacen los amantes desengañados –movió las orejas Dumbo.
  • 9. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 9 –Es lo que pienso yo también –asintió Lituma–. Pero eso no aclara quiénes lo mataron ni por qué. Un grupo de hombres entró en el Ríobar y Moisés fue a atenderlos. Era hora de ir a buscar al camionero de la International que lo regresaría a Talara, pero sentía una gran flo- jera. No se movió. Veía al flaquito afinando la guitarra, lo veía en la penumbra de las calles donde vivían los blancos de Piura, al pie de las rejas y de los balcones de sus novias y enamoradas, hechizándolas con su linda voz. Lo veía, luego, recibiendo las propinas que le daban por la serenata. ¿Se habría comprado la guitarra juntando esas propinas a lo largo de muchos meses? ¿Por qué era de vida o muerte para él irse de Piura? –Ahora me acuerdo que sí –dijo Moisés, abanicando con furia las orejas. –¿Que sí, qué? –Lituma puso sobre el mostrador el dinero por el jugo de lúcuma. –Que estaba enamorado hasta las cachas. A mí me contó algo. Un amor imposible. Me dijo eso. –¿Alguna mujer casada? –¡Qué sé yo, Lituma! Hay muchos amores imposibles. Enamorarse de una monja, por ejemplo. Pero me acuerdo clarito que una vez le oí decir eso. ¿Por qué traes la cara tan amarga, flaco cantor? Porque estoy enamorado, Moisés, y mi amor es imposible. Por eso se metió de avionero, entonces. –¿No te dijo por qué era imposible su amor? ¿Ni quién era ella? Moisés negó con la cabeza y las orejas al mismo tiempo: –Sólo que la veía a escondidas. Y que le daba serenatas, de lejos, por las noches. –Ya veo –dijo Lituma. Imaginó al flaquito huyendo de Piura por temor a un marido ce- loso que lo había amenazado de muerte. «Si supiéramos de quién estaba enamorado, por qué su amor era imposible, nos ayudaría mucho.» Tal vez la ferocidad con que lo habían maltratado tenía esa explicación: la rabia de un marido celoso. –Si eso te ayuda, puedo decirte que su amorcito vivía por el aeropuerto –añadió Moi- sés. –¿Por el aeropuerto? –Una noche estábamos conversando aquí, Palomino Molero sentado donde tú estás. Oyó que un amigo mío se iba a Chiclayo y le preguntó si podía jalarlo hasta el aeropuerto. ¿Y qué vas a hacer en el aeropuerto a estas horas, flaco cantor? «Voy a darle una serenata a mi amorcito, Moisés.» O sea que ella vivía por ahí. –Pero por allá no vive nadie, allá sólo hay arena y algarrobos, Moisés. –Piensa un poco, Lituma –agitó las orejas Dumbo–. Busca, busca. –De veras –se rascó el pescuezo el guardia–. Ahí, al ladito, está la Base Aérea, las casas de los aviadores. III –Sí, sí, las casas de los aviadores –repitió el Teniente Silva–. Es una pista. Ahora el puta no podrá decir que vamos a hacerle perder tiempo. Pero Lituma se dio cuenta que el Teniente, aunque le seguía la conversación y habla- ba de la cita con el jefe de la Base Aérea, tenía cuerpo y alma concentrados en el revoloteo de Doña Adriana, que barría la fonda. Sus movimientos, rápidos y despercudidos, levanta- ban a veces el ruedo de la falda por sobre sus rodillas, dejando entrever el muslo grueso y aguerrido, y, cuando se inclinaba a recoger la basura, descubrían el comienzo de sus pe- chos, sueltos y altaneros bajo el ligero vestido de percala. Los ojitos del oficial no perdían un movimiento de la dueña de la fondita y brillaban con luz codiciosa. ¿Por qué Doña Adriana lo ponía tan arrecho al Teniente Silva? Lituma no lo entendía. El Teniente era blanquiñoso, jo- ven y pintón, con un bigotito rubio y unos anteojos de sol que se quitaba rara vez; a cual- quier chica talareña se la hubiera metido al bolsillo. Pero a él sólo le interesaba Doña Adria-
  • 10. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 10 na. Se lo había confesado a Lituma: «Esta gorda me tiene con garrotillo, carajo.» ¿Quién lo entendería? Tenía años como para ser su madre, lucía canas entre los pelos lacios, y, ade- más, era una gorda con redondeces por todas partes, una de esas que llamaban «cintura de llanta». Estaba casada con Matías, un pescador que pescaba de noche y dormía de día. La trastienda de la fonda era su hogar... Tenían varios hijos, ya grandes, que vivían por su cuenta y dos de ellos trabajaban como obreros dé la International Petroleum Company. –Si sigue mirando así a Doña Adriana se le van a gastar los ojos, mi Teniente. Pónga- se los anteojos, siquiera. –Es que cada día está más buena moza –murmuró el Teniente, sin apartar la vista de las maromas de la escoba de Doña Adriana. Se frotó el anillo dorado del anular contra el pantalón y añadió–: No sé qué hace, pero la verdad es que cada día está más rica y más hembra. Habían tomado un tazón de leche de cabra y un sandwich de queso mantecoso mien- tras esperaban al taxista. El Coronel Mindreau les había dicho a las ocho y media. Eran los únicos parroquianos de la fondita, una débil armazón de cañas, esteras y calaminas, con estanterías llenas de botellas, cajas y latas, unas mesitas chuecas y, en un rincón, el primus donde Doña Adriana cocinaba para sus pensionistas. Por una abertura en la pared sin puer- ta, se veía, al fondo, el cuartito donde dormía Matías, después de la noche en altamar. –No sabe las flores que le ha estado echando el Teniente mientras usted barría, Doña Adriana –dijo Lituma, con sonrisa melosa. La dueña de la fonda regresaba cadereando, la escoba en alto–. Dice que, a pesar de sus años y sus quilitos, es usted la mujer más tenta- dora de Talara. –Lo digo porque lo creo –susurró el Teniente Silva, poniendo cara de conquistador–. Y, además, es la verdad. La Doña lo sabe de sobra. –En vez de esas majaderías con una madre de familia, dígale a ese Teniente que haga su trabajo –suspiró Doña Adriana, sentándose en un banquito, junto al mostrador, y poniendo cara de pésame–. Dígale que, en vez de estar fastidiando a señoras casadas, busque a los asesinos de ese muchacho. –Si los encuentro ¿qué? –El Teniente chasqueó la lengua con obscenidad–. ¿Me premiará con una nochecita? Por ese premio los encuentro y se los pongo esposados a sus pies, le juro. «Lo dice como si la tuviera al palo», pensó Lituma. Se había estado divirtiendo con los juegos del Teniente, pero se acordó del flaquito y se le acabó la diversión. Si ese malagracia del Coronel Mindreau cooperara, sería más fácil. Si él, que debía tener informaciones, ante- cedentes, que podía interrogar al personal de la Base, quisiera meter el hombro, alguna pis- ta aparecería y echarían mano a esos conchas de su madre. Pero el Coronel Mindreau era un egoísta. ¿Por qué se negaba a ayudarlos? Porque los aviadores se creían unos príncipes de sangre azul. A la Guardia Civil la choleaban y miraban por sobre el hombro. –Suelte, so atrevido, o despierto a Matías –se enfureció Doña Adriana, jaloneando. Le había alcanzado una cajetilla de Inca al Teniente Silva y éste le tenía cogida la mano–. Vaya a sobar a su sirvienta, so fresco, no a una madre de familia. El Teniente la soltó, para prender su cigarrillo, y a Doña Adriana se le fue el enojo. Siempre era así: se ponía como un fosforito con los piropos y las manos largas, pero, en el fondo, a lo mejor hasta le gustaba. «Todas son un poco putas», pensó Lituma, deprimido. –En el pueblo no se habla de otra cosa –dijo Doña Adriana–. Yo vivo aquí desde que nací y nunca jamás, en todos los años que tengo, se ha visto en Talara matar a nadie con esa maldad. Aquí la gente se mata como Dios manda, peleando de iguales, de hombre a hombre. Pero así, crucificando, torturando, jamás de la vida. Y ustedes no hacen nada, qué vergüenza. –Estamos haciendo, mamacita –dijo el Teniente Silva–. Pero el Coronel Mindreau no nos ayuda. No me deja interrogar a los compañeros de Palomino Molero. Ellos tienen que saber algo. Andamos perdidos por su culpa. Pero la verdad se descubrirá, tarde o temprano.
  • 11. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 11 –Pobre la madre de ese muchacho –suspiró Doña Adriana–. El Coronel Mindreau se cree el rey de Roma, basta verlo cuando viene al pueblo con su hija del brazo. Ni saluda ni mira. Y ella es peor todavía. ¡Qué humos! No eran aún las ocho y ya el sol quemaba. Rayos dorados atravesaban las esteras y se filtraban por las junturas de las cañas y las calaminas. La fonda parecía alanceada por esas jabalinas luminosas en las que flotaban corpúsculos de polvo y revoloteaban decenas de moscas. No había mucha gente en la calle. Lituma podía oír, bajito, la rompiente de las olas y el murmurar de la resaca. El mar estaba cerquita y su olor impregnaba el aire. Era un olor rico, que hacía bien, pero tramposo, pues sugería playas acicaladas, de aguas transpa- rentes, y el mar de Talara andaba siempre impregnado de residuos de petróleo y de las su- ciedades de los barcos del puerto. –Dice Matías que el muchacho tenía una voz divina, que era un artista –exclamó Doña Adriana. –¿Don Matías conocía a Palomino Molero? –preguntó el Teniente. –Lo oyó cantar un par de noches, mientras preparaba las redes –dijo Doña Adriana. El viejo Matías Querecotillo y sus dos ayudantes se hallaban cargando las redes y el cebo en El León de Talara, cuando, de repente, los distrajo el bordoneo de una guitarra. La luna estaba tan clara y lúcida que no hacía falta encender la linterna para ver que ese grupi- to de sombras en la playa eran media docena de avioneros. Fumaban sentados en la arena, entre los botes. Cuando el muchacho empezó a cantar, Matías y sus ayudantes dejaron las redes y se acercaron. El muchacho tenía una voz cálida, de reverberaciones que hacían sentir ganas de llorar y electrizaban la espalda. Cantó Dos almas y, cuando terminó, lo aplaudieron. Matías Querecotillo pidió permiso para estrechar la mano del cantante. «Me ha recordado usted mi juventud –lo felicitó–. Me ha puesto triste.» Ahí se había enterado que era Palomino Molero, uno de la última leva, un piuranito. «Tú podrías cantar en Radio Piura, Palomino», oyó Matías que decía uno de los avioneros. Desde entonces, el marido de Doña Adriana lo había visto un par de veces más, en la misma playa, entre los botes varados, a la hora de ir a alistar El León de Talara. Cada vez, había hecho un alto en la faena para oírlo. –Si Matías hizo eso y le dijo eso, no hay duda que el muchacho tenía una voz de án- gel –aseguró Doña Adriana–. Porque Matías no se emociona así nomás, él es más bien frión. «Se la sirvió en bandeja», pensó Lituma, y, en efecto, el Teniente se relamió los labios como un gato: –¿Quiere decir que ya no sopla, Doña Adrianita? Yo la podría calentar, si quiere. Yo más bien soy un carbón ardiendo. –No necesito que me calienten –se rió Doña Adriana–. Cuando hace frío, entibio mi cama con botellas de agua hirviendo. –El calor humano es más rico, mamacita –ronroneó el Teniente Silva, inflando los la- bios hacia Doña Adriana, como si fuera a succionarla. Y en eso se apareció Don Jerónimo a buscarlos. No podía llegar con el taxi hasta la fonda, pues la calle era un arenal donde se hubiera atollado, así que había dejado su Ford en la pista, a unos cien metros. El Teniente Silva y el guardia firmaron el vale por el desayu- no y se despidieron de Doña Adriana. Afuera, el sol los golpeó sin misericordia. Pese a ser las ocho y cuarto, había un calor de mediodía. En la luz cegadora, parecía que las cosas y las personas irían en cualquier momento a disolverse. –Talara está llena de murmuraciones –dijo Don Jerónimo, mientras andaban, los pies hundiéndose en el suelo blando–. Encuentre a esos asesinos o lo lincharán, Teniente. –Que me linchen –se encogió de hombros el Teniente–. Juro que yo no lo maté. –Andan diciendo cosas –escupió Don Jerónimo, cuando llegaron al taxi–. ¿No le han ardido las orejas? –No me arden nunca –repuso el Teniente–. ¿Qué, por ejemplo?
  • 12. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 12 –Que están tapando la vaina porque los asesinos son peces gordos. –Don Jerónimo le daba a la manivela para encender el motor. Repitió, guiñando un ojo–: ¿Cierto que hay pe- ces gordos, mi Teniente? –No sé si gordos o flacos, no sé si peces o tiburones. –El Teniente se instaló en el asiento de adelante. Pero se joderán igual. El Teniente Silva se caga olímpicamente en los peces gordos, Don Jerónimo. Y, ahora, apúrese, no quiero llegar tarde donde el Coronel. Cierto, él Teniente era hombre recto y, por eso, Lituma le tenía, además de aprecio, admiración. Era bocón, lisuriento, algo chupaco, y, cuando se trataba de la gorda cantinera, perdía la chaveta, pero Lituma, en todo el tiempo que llevaba trabajando a, sus órdenes, lo había visto esforzarse siempre, en todas las denuncias y querellas que llegaban a la Comi- saría, por hacer justicia. Y sin preferencia por nadie. ¿Hasta ahora qué han descubierto, Teniente? –Don Jerónimo tocaba bocina, pero los churres, los perros, los chanchos, los piajenos y las cabrás que se cruzaban delante del taxi no se apresuraban lo más mínimo. –Ni mierda –admitió el Teniente, con una mueca. –No es mucho –se burló el taxista. Lituma oyó que su jefe repetía lo que le había dicho esa mañana: –Pero hoy descubriremos algo, se huele en el aire. Ya estaban en los confines del pueblo, y, a derecha y a izquierda, se veían las torres de los pozos petroleros, erizando el terreno pelado y pedregoso. A lo lejos, titilaban los te- chos de la Base Aérea. «Ojalá que siquiera algo», se dijo Lituma, como un eco. ¿Sabrían alguna vez quién y por qué habían matado al flaquito? Más que una necesidad de justicia o de venganza, sentía una curiosidad ávida por ver sus caras, por escuchar los motivos que habían tenido para hacer lo que habían hecho con Palomino Molero. En la Prevención de la Base, el oficial de servicio los examinó de arriba abajo, como si no los conociera. Y los tuvo esperando bajo el sol candente, sin ocurrírsele hacerlos pasar a la sombra de la oficina. Mientras esperaban, Lituma echó una ojeada al contorno. ¡Puta, qué lecheros! ¡Vivir y trabajar en un sitio así! A la derecha se alineaban las casas de los oficiales, igualitas, de madera, empinadas sobre pilotes, pintadas de azul y de blanco, con pequeños jardines de geranios bien cuidados y rejillas para los insectos en puertas y ventanas. Vio se- ñoras con niños, muchachas regando las flores, oyó risas. –¡Los aviadores vivían casi tan bien como los gringos de la International, carajo! Daba envidia ver todo tan limpio y ordena- do. Hasta tenían su piscina, ahí, detrás de las casas. Litúma nunca la había visto pero se la imaginó, llena de señoras y chicas en ropa de baño, tomando el sol y remojándose. A la iz- quierda estaban las dependencias, hangares, oficinas, y, al fondo, la pista. Había varios aviones formando un triángulo. «Se dan la gran vida», pensó. Como los gringos de la Inter- national, éstos, detrás de sus muros y rejas, vivían igual que en las películas. Y gringos y aviadores podían mirarse la cara por sobre las cabezas de los talareños, que se asaban de calor allá abajo en el pueblo, apretado a orillas del mar sucio y grasiento. Porque, desde la Base, sobrevolando Talara, se divisaban en un promontorio rocoso, detrás de rejas protegi- das día y noche por vigilantes armados, las casitas de los ingenieros, técnicos y altos em- pleados de la International. También ellos tenían su piscina, con trampolines y todo, y en el pueblo se decía que las gringas se bañaban medio calatas. Por fin, después de una larga espera, el Coronel Mindreau los hizo pasar a su despa- cho. Mientras iban hacia las oficinas, entre oficiales y avioneros, a Lituma se le ocurrió: «Al- gunos de éstos saben lo que ha pasado, carajo.» –Adelante –les dijo el Coronel, desde su escritorio. Hicieron chocar sus tacones, en el umbral, y avanzaron hasta el centro de la pieza. En el escritorio había un banderín peruano, un calendario, una agenda, expedientes, lápices, y varias fotografías del Coronel Mindreau con su hija y de ésta sola. Una joven de carita larga y respondona, muy seria. Todo estaba ordenado con manía, igual que los armarios, los di- plomas y el gran mapa del Perú que servía de telón de fondo a la silueta del Jefe de la Base Aérea de Talara. El Coronel Mindreau era un hombre bajito, fortachón, con unas entradas,
  • 13. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 13 que avanzaban por ambas sienes hasta media cabeza y un bigotito entrecano, milimétrica- mente recortado. Daba la misma impresión de pulcritud que su escritorio. Los observaba con unos ojitos grises y acerados, sin el menor asomo de bienvenida. –¿En qué puedo servirlos? –murmuró, con una urbanidad que su expresión glacial contradecía. –Venimos otra vez por el asesinato de Palomino Molero –repuso el Teniente, con mu- cho respeto–. A solicitarle su colaboración, mi Coronel. –¿No he colaborado ya? –lo atajó el Coronel Mindreau. En su vocecita había como un sedimento de burla–. ¿No estuvieron en este mismo despacho hace tres días? Si perdió el Memorándum que le di, conservo una copia. Abrió rápidamente un expediente que tenía frente a él, sacó un papelito y leyó, con voz átona: «Molero Sánchez, Palomino. Nacido en Piura el 13 de febrero de 1936, hijo legítimo de Doña Asunta Sánchez y de Don Teófilo Molero, difunto. Instrucción primaria completa y secundaria hasta tercero de Media en el Colegio Nacional San Miguel, de Piura. Inscrito en la clase de 1953. Comenzó a servir en la Base Aérea de Talara el 15 de enero de 1954, en la Compañía tercera, donde, bajo el mando del Teniente Adolfo Capriata, recibió instrucción junto con los demás reclutas que iniciaban su servicio. Desapareció de la Base en la noche del 23 al 24 de marzo, no reportándose a su compañía luego de haber gozado de un día de franco. Se le declaró desertor y se dio parte a la autoridad correspondiente.» El Coronel carraspeó y miró al Teniente Silva: ¿Quiere una copia? «¿Por qué nos odias», pensó Lituma. «¿Y por qué eres tan déspota, concha de tu madre?» –No hace falta, mi Coronel –sonrió el Teniente Silva–. El Memorándum no se ha per- dido. –¿Y entonces? –enarcó una ceja el Coronel, con impaciencia–. ¿En qué quiere usted que colabore? El Memorándum dice todo lo que sabemos de Palomino Molero. Yo mismo hice la investigación, con oficiales, clases y avioneros de su compañía. Nadie lo vio y nadie sabe quién pudo haberlo matado ni por qué. Mis superiores han recibido un informe detalla- do y están satisfechos. Usted no, por lo visto. Bueno, es problema suyo. La gente de la Base está limpia de polvo y paja en este asunto y no hay nada más que averiguar aquí adentro. Era un tipo callado, no se juntaba con nadie, no hacía confidencias a nadie. Por lo visto, no tenía amigos ni tampoco enemigos, en la Base. Algo flojo para la instrucción, según los par- tes. Desertó por eso, tal vez. Busque afuera, averigüe quién lo conocía en el pueblo, con quién estuvo desde que desertó hasta que lo mataron. Aquí pierde su tiempo, Teniente. Y yo no puedo darme el lujo de perder el mío. ¿Intimidaría a su jefe el tonito perentorio, sin concesiones, del Coronel Mindreau? ¿Lo haría retirarse? Pero Lituma vio que su jefe no se movía. –No hubiéramos venido a molestarlo si no tuviéramos un motivo, mi Coronel. –El Te- niente seguía en posición de firmes y hablaba tranquilo, sin apresurarse. Los ojitos grises pestañearon, una vez, y hubo en su cara un amago de sonrisa. –Había que empezar por ahí, entonces. –El guardia Lituma ha hecho unas averiguaciones en Piura, mi Coronel. Lituma tuvo la impresión de que el Jefe de la Base se sonrojaba. Sentía una incomo- didad creciente y le pareció que nunca conseguiría dar un informe bien dado, a una persona tan hostil. Pero, casi atorándose, habló. Contó que, en Piura, había sabido que Palomino Molero se presentó al servicio sin tener obligación de hacerlo, porque, según le dijo a su madre, era de vida o muerte para él salir de la ciudad. Hizo una pausa. ¿Lo estaba escu- chando? El Coronel examinaba, entre disgustado y benevolente, una foto en la que aparecía su hija rodeada de dunas de arena y algarrobos. Por fin, lo vio volverse hacia él: –¿Qué quiere decir eso de vida o muerte?
  • 14. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 14 –Pensamos que tal vez lo había explicado aquí, al presentarse –intervino el Teniente. Que a lo mejor aclaró por qué tenía que salir de Piura con tanta urgencia. ¿Se hacía el cojudo, su jefe? ¿O estaba tan nervioso como él por las maneritas del Coronel? El Jefe de la Base paseó sus ojos por la cara del oficial, como contándole los barritos. Al Teniente Silva le arderían las mejillas con semejante mirada. Pero no demostraba la me- nor emoción; esperaba, inexpresivo, que el Coronel se dignara hablarle. –¿No se le ocurrió que si nosotros supiéramos semejante cosa, lo habríamos dicho en el Memorándum? –deletreó, como si sus interlocutores desconocieran la lengua o fueran tarados–. ¿No pensó que si nosotros, aquí en la Base, hubiéramos sabido que Palomino Molero se sentía amenazado y perseguido por alguien, se lo hubiéramos comunicado en el acto a la policía o al juez? Debió callarse, porque comenzó a roncar un avión, muy cerca. El ruido creció, creció, y Lituma creyó que iban a reventarle los tímpanos. Pero no se atrevió a taparse los oídos. –El guardia Lituma también averiguó otra cosa, mi Coronel –dijo el Teniente, al dismi- nuir el ruido de las hélices. Imperturbable, parecía no haber oído las preguntas del Coronel Mindreau. –¿Ah, sí? –dijo éste, ladeando la cabeza hacia Lituma–. ¿Qué cosa? Lituma se aclaró la garganta antes de contestar. La expresión sardónica del coronel lo enmudecía. –Palomino Molero estaba muy enamorado –balbuceó–. Y parece que,... –¿Por qué tartamudea? –le preguntó el Coronel–. ¿Le pasa algo? –No eran amores muy santos –susurro Lituma–. Tal vez por eso se escapó de Piura. Es decir... La cara del Coronel, cada vez más desabrida, hizo que se sintiera tonto y la voz se le cortó. Hasta entrar en el despacho, las conjeturas que había hecho la víspera le parecían convincentes, y el Teniente le había dicho que, en efecto, tenían su peso. Pero, ahora, ante esa expresión escéptica, sarcástica, del Jefe de la Base Aérea, se sentía inseguro y hasta avergonzado de ellas. –En otras palabras, mi Coronel, podría ser que a Palomino Molero lo chapara en sus amoríos un marido celoso y lo amenazara de muerte –vino a ayudarlo el Teniente Silva–. Y que, por eso, el muchacho se enrolara aquí. El Coronel los consideró a uno y a otro, callado, pensativo. ¿Qué majadería iba a sol- tar? –¿Quién es ese marido celoso? –dijo, al fin. –Eso es lo que nos gustaría saber –repuso el Teniente Silva–. Si supiéramos eso, sa- bríamos un montón de cosas. –¿Y cree que yo estoy al tanto de los amoríos de los cientos de clases y avioneros que hay en la Base? –volvió a deletrear, con infinitas pausas, el Coronel Mindreau. –Usted tal vez no, mi Coronel –se disculpó el Teniente–. Pero se nos ocurrió que al- guien en la Base, tal vez. Un compañero de cuadra de Palomino Molero, algún instructor, alguien. –Nadie sabe nada de la vida privada de Palomino Molero –lo interrumpió de nuevo el Coronel–. Yo mismo lo he averiguado. Era introvertido, no hablaba con nadie de sus cosa. ¿No está en el Memorándum, acaso? A Lituma se le ocurrió que al Coronel le importaba un carajo la desgracia del flaquito. Ni ahora ni la vez pasada había traslucido la menor emoción por ese crimen. Ahora mismo se refería al avionero como a un don nadie, con mal disimulado desprecio. ¿Era por lo que había desertado tres o cuatro días antes de que lo mataran? Además de antipático, el Jefe de la Base tenía fama de ser un monstruo de rectitud, un maniático del Reglamento. Como el flaquito, seguramente harto de la disciplina y el encierro, se fugó, el Coronel lo tendría por un réprobo. Pensaría, incluso, que un desertor se merecía lo que le pasó.
  • 15. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 15 –Es que, mi Coronel, hay sospechas de que Palomino Molero tenía amoríos con al- guien de la Base Aérea de Piura –oyó que decía el Teniente Silva. Vio, casi al mismo tiempo–, que las mejillas pálidas y bien rasuradas del Coronel enro- jecían. Su expresión se avinagró y encendió. Pero no llegó a decir lo que iba a decir porque, de improviso, se abrió la puerta. y Lituma vio en el marco, recortada contra la luz nívea del pasillo, a la chica de la fotografía. Era delgadita, más aún que en las fotos, con unos cabe- llos cortos y crespos y una naricilla respingada y despectiva. Vestía una blusa blanca, una falda azul, zapatillas de tenis y parecía tan malhumorada como su propio padre. –Me estoy yendo –dijo, sin entrar al despacho y sin hacer siquiera una venia al Te- niente y a Lituma ¿Me lleva el chofer o me voy en bici? Había en su manera de decir las cosas un disgusto contenido, como cuando hablaba el Coronel Mindreau. «De tal palo tal astilla, pensó el guardia. –¿Y adónde, hijita? –se dulcificó al instante el Jefe de la Base. «No sólo no la riñe por interrumpir así, por no saludar, por hablarle con tanta grose- ría», pensó Lituma. «Encima le pone voz de paloma cuculí.» –Ya te lo dije esta mañana –replicó con salvajismo la muchacha–. A la piscina de los gringos, la de aquí no estará llena hasta el lunes, ¿te has olvidado? ¿Me lleva el chofer o me voy en la bici? –Que te lleve el chofer, Alicia –baló el Coronel–. Pero que venga pronto, eso sí, lo ne- cesito. Dile a qué hora quieres que te recoja. La muchacha cerró la puerta de un tirón y desapareció sin –despedirse. «Tu hija nos venga», pensó Lituma. –O sea que –comenzó a decir el Teniente, pero el Coronel Mindreau le impidió prose- guir. –Eso que usted ha dicho es un disparate –sentenció, recobrando el rubor de las meji- llas. –¿Perdón, mi Coronel? –¿Cuáles son las pruebas, los testigos? –El Jefe –de la Base se volvió a Lituma y lo escrutó como a un insecto–. ¿De dónde ha sacado usted que Palomino Molero tenía amores con una señora de la Base Aérea de Piura? –No tengo pruebas, mi Coronel –balbuceó el guardia, asustado–. Averigüé que se iba a dar serenatas en secreto por ahí. –¿A la Base Aérea de Piura? –deletreó el Coronel–. ¿Sabe usted quiénes viven allá? Las familias de los oficiales. No las de los avioneros ni las de los clases. Sólo las madres, esposas, hermanas e hijas de los oficiales. ¿Está usted insinuando que ese avionero tenía amores adúlteros con la esposa de un oficial? Un racista de mierda. Eso es lo que era: un racista de mierda. –Podría ser con alguna sirvienta, mi Coronel –oyó Lituma que decía el Teniente Silva. Se lo agradeció con toda el alma, porque se sentía –acorralado y mudo ante el furor frío del aviador–. Con alguna cocinera o niñera de la Base. No estamos sugiriendo nada, sólo tra- tando de esclarecer este crimen, mi Coronel, Es nuestra obligación. La muerte de ese mu- chacho ha provocado malestar en todo Talara. Hay habladurías, dicen que la Guardia Civil no hace nada porque hay complicados peces gordos. Estamos algo perdidos y por eso ex- ploramos cualquier indicio que se presente. No es para tomarlo a mal, mi Coronel. El Jefe de la Base asintió. Lituma notó el esfuerzo que hacía para aplacar su mal humor. –No sé si usted sabe que yo he sido jefe de la Base Aérea de Piura hasta hace tres meses –dijo, casi sin abrir la boca–. Serví allá dos años. Sé la vida y milagros de esa Base, porque ha sido mi hogar. Que un avionero haya podido tener amores adúlteros con la espo- sa de uno de mis oficiales es algo que nadie va a decir en mi presencia, a no ser que pueda probarlo.
  • 16. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 16 –No he dicho que sea la esposa de un oficial –se atrevió a musitar Lituma–. Podría ser una sirvienta, como dijo el Teniente. ¿No hay sirvientas casadas en la Base? Iba a dar sere- natas allá, a ocultas. De eso sí tenemos pruebas, mi Coronel. –Bueno, encuentren a esa sirvienta, interróguenla, interroguen a su marido sobre las supuestas amenazas a Molero y, si confiesa, tráiganmelo. –La frente del Coronel brillaba con un sudor que había brotado desde la fugaz irrupción de su hija en el despacho–. No vuelvan más aquí, en relación a este asunto, a no ser que tengan algo concreto que pedirme. Se puso de pie, con rapidez, dando por terminada la entrevista. Pero Lituma advirtió que el Teniente Silva no saludaba ni pedía permiso para retirarse. –Tenemos algo concreto que pedirle, mi Coronel –dijo, sin vacilar–. Quisiéramos inter- rogar a los compañeros de cuadra de Palomino Molero. De encarnada, la tez del Jefe de la Base Aérea de Talara pasó otra vez a pálida. Unas ojeras violáceas circundaron sus ojitos. «Además de conchesumadre, es medio loco», pen- só Lituma. ¿Por qué se ponía así? ¿Por qué le daban esas rabietas interiores? –Se lo voy a explicar de nuevo, ya que, por lo visto, no lo entendió la vez pasada. –El Coronel arrastraba cada palabra como si pesara muchos kilos Los Institutos Armados gozan de fueros; tienen sus tribunales donde sus miembros son juzgados y sentenciados. ¿No le enseñaron eso en la Escuela de la Guardia Civil? Bien, se lo enseño yo ahora, entonces. Cuando se suscitan problemas de índole delictiva, las investigaciones las hacen los propios Institutos Armados. Palomino Molero murió en circunstancias no aclaradas, fuera de la Ba- se, cuando se encontraba en condición de prófugo del servicio. Ya he elevado el informe debido a la superioridad. Si la jefatura lo considera oportuno, ordenará una nueva investiga- ción, a través de sus propios organismos y trasladará todo el expediente al Poder Judicial: Pero mientras no venga una orden de este tipo, del Ministerio de Aviación o del Comandó Supremo de las Fuerzas Armadas, ningún guardia civil va a violar los fueros castrenses en una Base a mi mando. ¿Está claro, Teniente Silva? Contésteme. ¿Está claro? –Muy claro, mi Coronel –dijo el Teniente. El Coronel Mindreau señaló la puerta con ademán terminante: –Entonces, pueden ustedes retirarse. Esta vez, Lituma vio que el Teniente Silva hacía chocar los tacos y pedía permiso. Lo imitó y salieron. Afuera, se calaron los quepis. A pesar de que el sol golpeaba más fuerte que cuando llegaron y que la atmósfera era más opresiva que en el despacho, a Lituma le pareció refrescante, liberador, estar al aire libre. Respiró hondo. Era como salir de la cárcel, carajo. Cruzaron los patios de la Base hacia la Prevención, callados, ¿Se sentía el Teniente Silva tan abatido y maltratado como él por la forma como los había recibido el Jefe de la Ba- se? En la Prevención, los esperaba una nueva contrariedad. Don Jerónimo se había mar- chado. No tenían más remedio que regresar al pueblo a patita. Una hora de caminata, por lo menos, sudando la gota gorda y tragando tierra. Echaron a andar por el centro de la carretera, siempre mudos, y Lituma pensó: «Des- pués del almuerzo, dormiré una siesta de tres horas.» Tenía una capacidad ilimitada para dormir, a cualquier hora y en cualquier postura, y nada lo curaba mejor de esos estados de ánimo como un buen sueño. La carretera serpenteaba lentamente, descendiendo a Talara por un terreno ocre, sin una sola mata verde, entre pedruscos y rocas de todas las formas y tamaños. El pueblo era una mancha lívida y metálica, allá abajo, junto a un mar verde plomizo, sin olas. En la intensa resolana apenas se distinguían los perfiles de las casas y los postes del alumbrado. –Qué mal rato nos hizo pasar ¿no, mi Teniente? –dijo, secándose la frente con un pa- ñuelo–. Nunca he conocido a un tipo tan malagracia. ¿Usted cree que odia a la Guardia Civil
  • 17. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 17 de puro racista o por alguna cosa en especial? ¿O tratará con esa patanería a todo el mun- do? Le juro que nadie me ha hecho tragar tanta saliva amarga como este calvito. –Huevadas, Lituma –dijo el Teniente, frotándose en la camisa el anillo de oro macizo, con una piedra roja, de su promoción–. Para mí, la entrevista con Mindreau fue cojonuda. –¿Me está tomando el pelo, mi Teniente? Qué bueno que le queden ánimos para bromear. Lo que es yo, me quedé con el alma en los pies por culpa de esa entrevista. –Eres pichón en estas lides, Lituma –se rió el Teniente–. Tienes mucho que aprender. Fue una entrevista de la puta madre, te aseguro. Utilísima. –Entonces, no entendí nada, mi Teniente. A mí me pareció que el Coronel nos basu- reaba a su gusto, que nos trató peor que a sus sirvientes. ¿Acaso aceptó lo que fuimos a pedirle? –Ésas son las puras apariencias, Lituma –volvió a soltar la carcajada el Teniente Sil- va–. Para mí, el Coronel habló como una lorita borracha. Se volvió a reír, con la boca abierta, e hizo sonar los nudillos, aplastándoselos. –Antes, yo creía que él no sabía nada, que nos jodía la vida por el cuento ese de los fueros, por susceptibilidad castrense –explicó el Teniente Silva–. Ahora, estoy seguro que sabe mucho y tal vez todo lo que pasó. Lituma se volvió a mirarlo. Adivinó que, bajo los anteojos oscuros, los ojitos del oficial estaban, como su cara y su voz, hechos unas pascuas. –¿Que sabe quiénes mataron a Palomino Molero? –preguntó–. ¿Cree usted que el Coronel lo sabe? –No sé qué sabe, pero sabe un chuchonal de cosas –asintió el Teniente–. Está tapan- do a alguien. ¿Por qué se iba a poner tan nervioso, si no? ¿No te diste cuenta acaso? Qué poco observador, Lituma, no mereces estar en la Benemérita. Esas rabietas, esas majaderí- as ¿qué crees que eran? Pretextos para disimular lo mal que se sentía. Así es, Lituma. No fue él quien nos hizo cagar parados. Fuimos nosotros los que le hicimos pasar un rato horri- ble. Se rió, feliz de la vida, y todavía estaba riéndose cuando, un momento después, oye- ron un motor. Era una camioneta con los colores azules de la Base Aérea. El chofer paró sin que ellos se lo pidieran. –¿Van a Talara? –los saludó, desde la ventanilla, un Suboficial jovencito–. Suban, los jalamos. Usted acá, conmigo, Teniente. El guardia puede ir atrás. En la parte de atrás, había dos avioneros que debían ser mecánicos, engrasados has- ta las narices. –La camioneta estaba llena de latas de aceite, botes de pintura y brochas. –¿Y? –dijo uno de ellos–. ¿Van a descubrir el pastel o enterrarán el crimen para pro- teger a los peces gordos? Había en su pregunta un gran rencor. –Lo descubriríamos si el Coronel Mindreau nos ayudara un poco –respondió Lituma–. Pero no sólo no nos ayuda, encima cada vez que venimos a verlo nos trata como a perros con rabia. ¿Es así con ustedes, en la Base? –No es mala gente –dijo el avionero–. Es rectísimo y hace andar la Base como un ca- ñón. La culpa del mal humor que se gasta la tiene su hija. –Lo trata con la punta del pie ¿no? –refunfuñó Lituma. –Es una malagradecida –dijo el otro avionero–. Porque el Coronel Mindreau ha sido su padre y también su madre. La vieja se murió cuando ella era churre. Él la ha criado, solito. La camioneta frenó junto a la Comisaría. El Teniente y Lituma se bajaron. –Si no descubren a los asesinos, todo el mundo va a pensar que han recibido platita de los peces gordos –se despidió el Suboficial jovencito. –No te preocupes, chiquillo, estamos por el buen camino –oyó Lituma que mascullaba entre dientes el Teniente Silva, cuando la camioneta se perdía ya en una polvareda color cerveza.
  • 18. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 18 IV La noticia de los escándalos que el tenientito estaba haciendo en el bulín de Talara llegó a la Comisaría por boca de una de las polillas. La Loba Marina vino a quejarse de que su macró le daba últimamente más palizas que de costumbre: –Con los moretones que me deja en el cuerpo, no consigo clientes. Entonces no le lle- vo plata y entonces me pega de nuevo. Explíqueselo usted, Teniente Silva. Yo trato y es por gusto, no entiende. La Loba Marina les contó que la noche anterior se había presentado el tenientito en el bulín, solo. Se pegó una tranca con una seguidilla de mulitas de pisco que se empujó como si fueran vasos de agua. No se tomaba los piscos como alguien que quiere divertirse sino buscando emborracharse rápido. Cuando estuvo borracho se abrió la bragueta y orinó a las polillas que tenía más cerca, a clientes y a macrós. Luego, se trepó al mostrador y estuvo haciendo un show hasta que la Policía Aeronáutica vino a llevárselo. El Chino Liau calmaba a la gente para que no le fueran a hacer nada: « Si le pegan me friegan a mí y se friegan ustedes, porque me cerrarán el negocio. Ellos ganan siempre.» El Teniente Silva no pareció darle importancia al cuento de la Loba Marina. Al otro día, mientras almorzaban en la fonda de Doña Adriana, un parroquiano contó que la víspera el aviador había repetido las gracias, aumentadas, pues esta vez le dio por romper botellas con el cuento de que quería ver las estrellitas de vidrio volando por el aire. También había tenido que venir a sacarlo la Policía de la Base. Al tercer día, el propio Chino Liau se presen- tó en el Puesto, lloriqueando: –Anoche batió su record. Se bajó los pantalones y quiso hacerse la caca en la pista de baile. Está loco, Teniente. Viene sólo a provocar, como si quisiera que lo enfríen. Haga algo, porque, si no, le juro, alguien se lo va a cargar. Y no quiero que me metan en líos con la Ba- se. –Anda a hablar con el Coronel Mindreau, Chinito –le aconsejó el Teniente Silva–. Es problema de él. –Yo no voy a hablar con el Coronel por nada del mundo –le contestó el Chino–. A Mindreau yo le tengo un miedo del carajo, dicen que es rectísimo. –Entonces te has jodido, Chino. Porque yo no tengo autoridad sobre los aviadores. Si fuera un civil, con mucho gusto. El Chino Liau miró a Lituma y al Teniente consternado: –¿No van ustedes a hacer nada? –Rezaremos por ti –lo despidió el oficial–. Chau, Chino, salúdame al mujerío. Pero cuando Liau partió, el Teniente Silva se volvió hacia Lituma, quien, tecleando con un solo dedo en la vieja Remington, redactaba el parte del día, y, con una vocecita que al guardia le dio cosquillas, le comentó: –Eso del aviador se pasa de oscuro, ¿no te parece, Lituma? –Sí, mi Teniente –asintió el guardia. Hizo una pausa, antes de preguntar–: ¿Y por qué se pasa de oscuro? –Nadie va a matonear así en el bulín, donde están los tipos más peligrosos de Talara, sólo por hacerse el gracioso. Y cuatro días seguidos. Algo me huele raro. ¿A ti no? –Sí, mi Teniente –aseguró Lituma. No entendía la insinuación de su jefe pero estaba ansioso, puro oídos–: ¿O sea que usted cree que? –Que tú y yo nos deberíamos tomar una cerveciola donde Liau, Lituma. Por cuenta de la casa, claro está. El bulín del Chino Liau había deambulado por medio Talara, perseguido por el párro- co. El Padre Domingo, apenas lo detectaba, lo hacía clausurar por la Alcaldía. Pocos días después de la clausura, el bulín volvía a resucitar en una cabaña o casita, tres o cuatro manzanas más allá. El Chino Liau ganó, al fin. Ahora estaba a la salida del pueblo, en un
  • 19. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 19 almacén de tablones acondicionado de cualquier manera. Era primitivo y endeble, con su suelo de tierra regado a diario para que no hubiese polvo y un techo de calaminas sueltas, que chirriaban con el viento. Los cuartitos de las polillas, al fondo del local, estaban llenos de rendijas por donde los churres y los borrachos venían a espiar a las parejas. El Teniente Silva y Lituma se fueron al bulín andando despacio, después de ver una película de vaqueros en el cine al aire libre del señor Frías (la pantalla era la pared Norte de la Iglesia, lo que daba al Padre Domingo derecho a censurar las películas). Lituma arrastra- ba sus botines por la tierra blanda casi sin levantarlos. El Teniente fumaba. –Dígame al menos qué se la ha ocurrido, mi Teniente. ¿Por qué cree que las locuras de ese aviador tienen que ver con la muerte del flaquito? –No se me ha ocurrido nada –echó una bocanada de humo el Teniente Silva–. Sólo que, como en este asunto no damos pie con bola, hay que pegar manotazos a todos lados a ver si achuntamos aunque sea de casualidad. Si no, por lo menos habrá sido un pretexto para echar una ojeada al bulín y pasar revista al material. Aunque sé que no encontraré ahí a la mujer de mis sueños. «Ya me va a hablar de la gorda», pensó Lituma. «Qué manía.» –Ayer en la noche se la mostré –recordó el Teniente Silva, con melancolía–. Cuando salí a mear, al corral. Ella vino trayéndole agua a la chancha. Me miró y se la mostré. Cogida con las dos manos, así. «Esto es para ti, mamacita. Hasta cuándo la vas a tener al hambre, pues.» Se rió, nervioso, como cada vez que hablaba de Doña Adriana. –¿Y ella qué hizo, mi Teniente? –le siguió la cuerda Lituma. Sabía que hablarle de Doña Adriana era darle en la yema del gusto. –Se escapó corriendo, por supuesto. Y haciéndose la enojada –suspiró el Teniente– Pero me la vio. Estoy seguro que se quedó pensando y a lo mejor hasta se soñó con ella. Compararía con la de Don Matías, que la debe tener muerta, un puro pellejo. Eso la ablandará, Lituma. Terminará aflojándomelo. Y ese día te invitaré una borrachera con trago fino, te prometo. –La verdad que es usted perseverante, mi Teniente. Merece que Doña Adriana le haga caso, aunque sea como premio a su constancia. Había poca gente en el bulín. El Chino Liau salió a recibirlos, encantado. –Cuánto le agradezco que venga, Teniente. Ya sabía que usted no me fallaría. Pasen, pasen. ¿Por qué cree que está el local así de vacío? Por el loquito, por qué va a ser. La gen- te viene a divertirse, no a que la insulten o la meen. Se ha corrido la voz y nadie quiere líos con un aviador. No hay derecho ¿no es cierto? –¿No ha llegado todavía? –preguntó el Teniente. –Se cae a eso de las once, por lo general –dijo el Chino Liau–. Vendrá, espérenlo. Los sentó en una mesita del rincón más apartado y les sirvió un par de cervezas. Va- rias polillas se les acercaron a meterles conversación, pero el Teniente las despachó. No podían atenderlas, esta vez habían venido a resolver un asunto de hombres. La Loba Mari- na, agradecidísima de que Lituma hubiera amenazado a su macró con meterlo en el calabo- zo si le seguía pegando, besó al guardia en la oreja «Cuando quieras venir conmigo, vienes nomás», le susurró. Hacía tres días que no le pegaba, les dijo. El tenientito cayó al bulín cerca de la medianoche. Lituma y su jefe se habían despa- chado ya cuatro cervezas. Antes de que el Chino Liau los previniera, Lituma, que había examinado las caras de todos los recién llegados, supo que era él. Bastante joven, delgado, moreno, el pelo cortado casi al rape. Vestía la camisa y el pantalón caqui del uniforme, pero sin insignias ni galones. Entró solo, sin saludar a nadie, indiferente al efecto que su presen- cia causó –codazos, miradas, guiños, cuchicheos entre las polillas y los escasos comensa- les– y fue derecho a acodarse en el bar. «Un corto>>, ordenó. Lituma se dio cuenta que el
  • 20. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 20 corazón se le había apurado. No le quitaba los ojos. Lo vio tomarse la copita de pisco de un trago y pedir otra. –Así es todas las noches –les susurró la Loba Marina, que estaba en la mesa conti- gua, con un marinero–. A la tercera o cuarta comienza el show. Esta noche comenzó entre la quinta y la sexta. Lituma le había llevado la cuenta caba- lito de las mulitas de pisco. Lo espiaba por sobre las cabezas de las parejas que bailaban a los compases de una radiola a pilas. El aviador estaba con la cabeza apoyada en las ma- nos, mirando fijamente la copa que tenía entre los brazos, como protegiéndola. No se mo- vía. Parecía concentrado en una meditación que lo aislaba de las polillas, de los macrós y del mundo. Sólo se animaba para llevarse la copa a la boca, con un movimiento automático, e inmediatamente volvía a convertirse en estatua. Pero entre la quinta y sexta copa, Lituma se distrajo y cuando lo buscó de nuevo, ya no estaba en el mostrador. Miró en todas direc- ciones y lo encontró en la pista de baile. Avanzaba, resuelto, hacia una de las parejas: la Pelirroja y un hombre bajito y encorbatado, pero sin saco, que se movía muy a conciencia, prendido de ella como si se fuera a ahogar. El tenientito lo cogió de la camisa y lo apartó de un jalón, diciendo en voz tan alta que lo oyó todo el bulín: –Permiso; ahora me toca a mí la señorita. El encorbatado dio un respingo y miró a todos lados como pidiendo que le explicaran qué ocurría o le aconsejaran qué hacer. Lituma vio que el Chino Liau le indicaba con las manos que se quedara tranquilo. Es lo que el parroquiano optó por hacer, encogiéndose de hombros. Fue hasta la pared de las polillas y sacó a bailar a la Pecosa, con aire compungi- do. Entretanto, el tenientito, disforzado, daba saltos, movía las manos, hacía muecas. Pero no mostraba la más mínima alegría en sus payasadas. ¿Quería llamar la atención solamen- te? No, también joder. Esos saltos y cimbreos, esas figuras paroxísticas eran un pretexto para dar codazos, hombrazos y caderazos a los que se le ponían al alcance. «Qué concha de su madre», pensó Lituma. ¿Cuándo intervendrían? Pero el Teniente Silva fumaba, muy tranquilo, mirando al aviador con expresión divertida a través de las argollas de humo, como si le festejara las gracias. Qué paciencia se gastaba la gente. Los parroquianos que recibían los encontronazos del aviador se hacían a un lado, sonreían, se encogían de hombros con cara de estar pensando «cada loco con su tema, tranquilos nomás». Al terminar la música, el tenientito volvió al bar y pidió otro pisco. –¿Sabes quién es, Lituma? –oyó decir a su jefe. –No. ¿Usted lo conoce? El Teniente Silva asintió, con un tonito malicioso. –El enamorado de la hija de Mindreau. Como lo oyes. Los vi de la mano en la kermes- se, el Día de la Aviación. Y varios domingos, en misa. –Será por eso que el Coronel le aguanta estas matonerías –murmuró Lituma–. A cual- quier otro lo hubiera puesto en el calabozo, a pan y agua, por desprestigiar a la institución. –Hablando de matonerías, no te pierdas ésta, Lituma –dijo su jefe. El tenientito estaba encaramado en el mostrador, con una botella de pisco en la mano, en actitud de quien va a pronunciar un discurso. Abrió los brazos y gritó: «¡Seco y volteado por la puta que los parió!» Se llevó la botella a la boca y bebió un trago tan largo que a Litu- ma le ardió el estómago de sólo pensar lo que sería recibir en las tripas semejante fuego. Al tenientito también le debió arder pues hizo una mueca y se encogió como si hubiera recibido un derechazo. El Chino Liau se le acercó, todo venias y sonrisas, tratando de convencerlo de que se bajara del mostrador y no hiciera más escándalo. Pero el aviador le mentó la ma- dre y le dijo que si no se metía la lengua al culo iba a pulverizar todas las botellas del local. El Chino Liau se apartó, con expresión filosófica. Vino a acuclillarse junto a Lituma y el Te- niente Silva. –¿No van ustedes a hacer nada? –Que se emborrache un poco más –decidió el Teniente. El aviador desafiaba ahora a macrós y parroquianos –que evitaban mirarlo y seguían bailando, conversando y fumando como si él no estuviera allí– a que se encalataran, si eran hombres. ¿Por qué andaban vestidos?, gesticulaba. ¿Les daba vergüenza que les vieran los
  • 21. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 21 huevos? ¿O no los tenían? ¿O los tenían tan chiquitos que con razón se avergonzaban de ellos? El estaba orgulloso de sus huevos, más bien. –¡Vean y aprendan! –rugió. En un dos por tres se desabrochó la correa y Lituma vio que el pantalón caqui se le resbalaba, descubriendo unas piernas flacuchentas y peludas. Lo vio patalear para zafar los pies, atrapados en el pantalón, pero, o porque ya estaba muy borracho o porque hacía esos movimientos con demasiada cólera, se enredó más, trastabi- lleó y se vino de bruces desde lo alto del mostrador a la pista de baile. La botella que tenía en la mano se hizo trizas, su cuerpo rebotó como un costal de papas. Hubo una salva de risas. El Teniente Silva se puso de pie: –Ahora es cuando, Lituma. El guardia lo siguió. Cruzaron la pista de baile. El tenientito permanecía de espaldas, con los ojos cerrados, las piernas desnudas, el pantalón enroscado en sus tobillos, en medio de un círculo de pedazos y astillas de vidrio. Resoplaba, atolondrado. «Se ha pegado un co- ritrazuelazo de la puta madre», pensó Lituma. Lo cogieron de los brazos y lo incorporaron. Comenzó a manotear y a decir lisuras, a media lengua. Babeaba, hasta el cien de borracho. Le subieron el pantalón, le sujetaron la correa, y, pasándole los brazos por las axilas, cada uno de un lado, lo arrastraron hasta la salida. Polillas, clientes y macrós, aplaudieron, felices de que se lo llevaran. –¿Qué hacemos con él, mi Teniente? –preguntó Lituma, en el exterior. Hacía viento, las calaminas del bulín brillaban y había más estrellas que antes. Las luces de Talara pare- cían, también, estrellitas que hubieran bajado hasta el mar aprovechando la oscuridad. –Llevémoslo a la playita ésa –dijo su jefe. –Suéltenme, perros –articuló el tenientito. Pero se mantuvo tranquilo, sin hacer el me- nor intento de zafarse de sus brazos. –Ahorita te soltamos, mi hermano –le dijo el Teniente, con cariño–. Tranquilo nomás, no te calientes. Lo arrastraron unos cincuenta metros, por un arenal con matas de hierba reseca, has- ta una playa de grava y arena. Lo reclinaron en el suelo y se sentaron a sus lados. Las ca- bañas de la vecindad se hallaban a oscuras. El viento se llevaba mar adentro la música y los ruidos del bulín. Olía a sal y a pescado y el runrún de la resaca adormecía como un somní- fero. A Lituma le vinieron ganas de acurrucarse en la arena, taparse la cara con el quepis y olvidarse de todo. Pero había venido a trabajar, carajo. Estaba ansioso y atemorizado, pen- sando que ese cuerpo semitendido a sus pies les haría, una revelación terrible. –¿Te sientes mejor, compadre? –dijo el Teniente Silva. Levantó al aviador hasta sen- tarlo y lo apoyó contra su cuerpo, –pasándole el brazo por los hombros, igualito que si fuera su compinche del alma–. ¿Sigues borrachito o se te está pasando? –¿Quién chucha eres tú y quién chucha es tu madre? –balbuceó el aviador, recostan- do la cabeza en el hombro del Teniente Silva. Lo agresivo de su voz no congeniaba para nada con la docilidad de su cuerpo, blando y sinuoso, apoyado contra el jefe de Lituma co- mo en un espaldar. –Yo soy tu amigo, mi hermano –dijo el Teniente Silva–. Agradéceme que te sacara del bulín. –Si seguías mostrando los huevos, te los iban a cortar. Y qué ibas a hacer por la vida capadito, piensa nomás. Se calló porque al aviador lo había sacudido una sucesión de arcadas. No llegó a vo- mitar pero, por si las moscas, el Teniente le apartó la cabeza y se la mantuvo inclinada co- ntra el suelo. –Tú debes ser un maricón –balbuceó, siempre rabioso, cuando se le pasaron las ar- cadas–. ¿Me has traído aquí para que te haga el favor de meterte la pichula? –No, mi hermano –se rió el Teniente Silva–. Te he traído para que me hagas un favor. Pero no ése. «Tiene su estilacho para sonsacar sus secretos. a las gentes», pensó Lituma, admira- do.
  • 22. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 22 –¿Y qué favor quieres que te haga, chucha de tu madre? –hipó y babeó con furia el aviador, volviendo a apoyarse en el hombro del Ten¡ente Silva con la mayor confianza, co- mo un gatito que busca el calor de la gata. –Que me cuentes qué le pasó a Palomino Molero, mi hermano –susurró el oficial. Li- tuma se sobresaltó. El aviador no había reaccionado. No se movía, no hablaba y hasta parecía, pensó Li- tuma, que se hubiera quedado sin respiración. Estuvo así un buen rato, petrificado. El guar- dia espiaba a su jefe. ¿Iba a repetirle la pregunta? ¿Había entendido o se hacía el que no? –Que la chucha de tu madre te cuente qué le pasó a Palomino Molero –gimoteó, al fin, tan bajo que Lituma tuvo que estirar el pescuezo. Seguía acurrucado contra el Teniente Sil- va y parecía que temblaba. –Mi pobre mamacita no sabe ni quién es Palomino Molero –repuso su jefe, con el mismo tono afable–. Tú, en cambio, sabes. Anda, mi hermano, dime qué pasó. –¡Yo no sé nada de Palomino Molero! –gritó el aviador y Lituma saltó sobre la arena–. ¡No sé nada! ¡Nada, nada! Tenía la voz rota y temblaba de pies a cabeza. –Claro que sabes, mi hermano –lo consoló el Teniente Silva, con mucho afecto–. Por eso vienes a emborracharte al bulín todos los días. Por eso andas medio loco. Por eso pro- vocas a los macrós como si estuvieras harto de tu pellejo. –¡No sé nada! –aulló de nuevo el tenientito–. ¡Nada de nada¡ –Cuéntame lo del flaquito y te sentirás mejor –prosiguió el Teniente, como haciéndole rorró, rorró–. Te juro que sí, mi hermano, yo soy un poco psicólogo. Déjame ser tu confesor. Palabra que te hará bien. Lituma estaba sudando. Sentía la camisa pegada a la espalda. Pero no hacía calor, más bien fresquito. La brisa levantaba unas olitas que rompían a pocos metros de la orilla, con un chasquido enervante. «¿Por qué te asustas, Lituma?», pensó. «Cálmate, cálmate:» Tenía en la cabeza la imagen del flaquito, allá en el pedregal, y pensaba: «Ahora sabré quién lo mató>>. –Ten huevos y cuéntame –lo animaba el Teniente Silva Te sentirás bien. Y no llores. Porque el tenientito había comenzado a sollozar como un churre de teta, la cara aplas- tada en el hombro del Teniente Silva. –No lloro por lo que tú crees –balbuceó, ahogándose, entre nuevas arcadas–. Me em- borracho porque ese concha de su madre me clavó un puñal. ¡No me deja ver a mi hembra! Me ha prohibido verla. Y ella tampoco quiere verme, carajo. ¿Tú crees que hay derecho a hacer una cosa tan concha de su madre? –Claro que no hay, mi hermano –lo palmeó en la espalda el Teniente Silva–. ¿El con- cha de su madre que te prohibió ver a tu hembra es Mindreau? Ahora sí, el tenientito levantó la cabeza del hombro del jefe de Lituma. En el resplan- dor lechoso de la luna, el guardia vio su cara embarrada de mocos y babas. Tenía las pupi- las dilatadas y brillantes, ebrias de desasosiego. Movía la boca sin articular palabra. –¿Y por qué te ha prohibido el Coronel que veas a su hija, mi hermano? –le preguntó el Teniente Silva, con la misma naturalidad que si le hubiera preguntado si llovía–. ¿Qué le hiciste? ¿La llenaste? –Shit, shit, carajo –babeó el aviador–. ¡Carajo, carajo, no lo nombres! ¿Quieres joder- me? –Claro que no, mi hermano –lo calmó el Teniente–. Ayudarte es lo que quiero. Me preocupa verte así, tan jodido, emborrachándote, haciendo escándalos. Estás arruinando tu carrera ¿no te das cuenta? Okay, no lo nombraremos más, mi palabra. –íbamos a casarnos apenas saliera mi ascenso el próximo año –gimoteó el tenientito, dejándose caer de nuevo sobre el hombro del Teniente Silva–. El concha de su madre me hizo creer que estaba de acuerdo y que cambiaríamos aros para Fiestas Patrias. Me metió
  • 23. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 23 el dedo ¿ves? ¿Acaso está permitido ser tan traidor, tan mañoso, tan canalla en la vida, ca- rajo? Se había movido y ahora miraba a Lituma. –No, mi Teniente –murmuró el guardia, confuso. –¿Y quién es este huevón? –babeó el aviador, dejándose caer nuevamente contra el Teniente Silva–. ¿Qué hace aquí? ¿De dónde salió este otro concha –de su madre? –No es nadie, mi adjunto, un tipo de confianza –lo tranquilizó el Teniente Silva–. No te preocupes por él. Ni por el Coronel Mindreau, tampoco. –Shit, shit, shit, carajo, no lo nombres. –Tienes razón, me olvidé –lo palmeó el Teniente Silva–. A todos los padres les duele que sus hijas se les casen. No quieren perderlas. Dale tiempo al tiempo, al final se ablanda- rá y te casarás con tu hembra. ¿Quieres un consejo? Llénala. Cuando la vea embarazada, el viejo no tendrá más remedio que autorizar el matrimonio. Y, ahora, cuéntame lo de Palo- mino Molero. «Este hombre es un genio», pensó Lituma. –Ése no se ablandará nunca porque no es humano. No tiene alma ¿ves? –gimoteó el aviador. Tuvo otra de esas arcadas que se le mezclaban con los hipos de la borrachera y a Lituma se le ocurrió que la camisa de su jefe debía estar una mugre–. Un monstruo que ha jugado conmigo como su cholito ¿ves? ¿Ya entiendes por qué estoy hasta el cien? ¿Ya en- tiendes por qué no me queda más que emborracharme hasta las cachas todas las noches? –Claro que entiendo, mi hermano –dijo el Teniente Silva–. Estás templado y te friega que no te dejen ver a tu hembra. Pero a quién se le ocurre templarse de la hija de Mindreau, perdón, quise decir de ese déspota. Anda, mi hermano, cuéntame de una vez lo de Palomi- no Molero. –¿Te crees muy vivo, no? –balbuceó el tenientito, enderezando la cabeza. Era como si se le hubiese pasado la borrachera. Lituma se aprestó a sujetarlo pues le pareció que iba a agredir a su jefe. Pero, no, estaba demasiado borracho, no podía tenerse erecto, se había desmoronado otra vez sobre el Teniente Silva. –Anda, hermano –lo consoló éste–. Te hará bien, te distraerá de tu problema. Te olvi- darás de tu hembra por un rato. ¿Lo mataron porque se metió con la mujer de un oficial? ¿Fue por eso? –Yo a ti no te voy a contar un carajo de Palomino Molero –rugió el tenientito, aterrado– . Si quieres, mátame primero. –Eres un malagradecido –lo reprendió el Teniente, con suavidad–. Yo te he sacado del bulín, donde te iban a cortar los huevos. Yo te he traído aquí para que se te quite la tranca y vuelvas a la Base sanito y no te castiguen. Yo te estoy sirviendo de pañuelo, de almohada y de paño de lágrimas. Mira nomás cómo me has puesto con tus babas. Y tú ni siquiera quie- res contarme por qué mataron a Palomino Molero. ¿Tienes miedo de algo? «No le va a sacar nada, se desmoralizó Lituma. Habían perdido el tiempo y, lo peor, él se había hecho absurdas ilusiones. Este borrachín no los libraría de las tinieblas>>. –Ella también es una grandísima mierda, hasta peor que su padre –se quejó entre dientes. Tuvo una arcada y, atorándose, continuó–: Y, a pesar de todo lo que me ha hecho, la quiero. ¡Quién comprende eso! Sí, carajo. La tengo aquí, en el corazón. Y qué chucha. –¿Y por qué dices que tu hembra también es una mierda, mi hermano? –preguntó el Teniente Silva–. Ella tiene que obedecer a su papá ¿no? ¿O es que ya no te quiere? ¿Te ha largado? –Ella no sabe lo que quiere, ella es la voz de su amo, RCA Víctor, el perro del disco, eso es lo que es. Sólo hace y dice lo que manda el monstruo. El que me largó fue él, por boca de ella. Lituma trataba de recordar a la muchacha, tal como la había visto, en la breve apari- ción que hizo en el despacho de su padre. Tenía presente el diálogo entre ambos pero le costaba recordar si era bonita. Entreveía una silueta más bien menuda, debía tener mucho carácter por la manera como hablaba, y seguro era engreidísima. Una carita de mirar a todo
  • 24. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 24 el mundo desde un trono ¿no? Habría barrido el suelo con el pobre aviador, en qué estado lo había dejado. –Cuéntame lo de Palomino Molero, mi hermano –repitió el Teniente Silva una vez más–. Por lo menos, algo. Por lo menos, si lo mataron por enredarse, allá en Piura, con la mujer de un oficial. Anda, siquiera eso. Estaré borracho pero no soy ningún cojudo, a mí tú no me vas a tratar como a tu choli- to –balbuceó el aviador. Hizo una pausa y añadió, con amargura: –Pero, si quieres saber una cosa, lo que le pasó se lo buscó. –¿Palomino Molero, quieres decir? –susurró el Teniente. –Dirás el concha de su madre de Palomino Molero, más bien. –Bueno, el concha de su madre de Palomino Molero, si prefieres –ronroneó el Tenien- te Silva, palmeándolo–. ¿Por qué se las buscó? –Porque picó muy alto –carraspeó el tenientito, con ira–. Porque se metió en corral ajeno. Esas cosas se pagan. Él las, pagó y bien hecho que las pagara. Lituma tenía la piel de gallina. Éste sabía. Éste sabía quiénes y por qué mataron al flaquito. –Así es, mi hermano, el que pica alto, el que se mete en corral ajeno, generalmente las paga –le hizo eco el Teniente Silva, más amistoso que nunca–. ¿Y en qué corral se me- tió Palomino? –En el de la puta que te parió –dijo el aviadorcito, separándose de su espaldar. Hacía esfuerzos por incorporarse. Lituma lo vio gatear, ponerse de pie a medias, derrumbarse y quedar a cuatro patas. –No, en ése no fue, mi hermano, y tú lo sabes prosiguió el Teniente Silva, incansable y cordial–. Fue allá, en Piura, en una casa de la Base Aérea. En una de ésas junto al aero- puerto. ¿No es verdad? El tenientito levantó la cabeza, siempre a cuatro patas, y a Lituma le dio la impresión de que iba a ladrar. Los miraba con una mirada vidriosa y angustiada y parecía hacer gran- des esfuerzos para dominar la borrachera. Pestañeaba sin tregua. –¿Y quién te contó eso, concha de tu madre? –Ahí está el detalle, mi hermano, como diría Cantinflas –se rió el Teniente Silva–. No sólo tú sabes cosas. Yo también sé algunas. Yo te digo las que sé, tú las que sabes y resol- vemos juntos el misterio mejor que Mandrake el Mago. –Dime tú primero qué sabes de la Base de Piura –articuló el aviador. Seguía a cuatro patas y Lituma pensó que ahora sí se le había pasado la borrachera. Por la manera como hablaba y, sobre todo, porque parecía habérsele ido también el miedo. –Con mucho gusto, mi hermano –dijo el Teniente Silva–. Pero, ven, siéntate, fúmate este pucho. Se te está pasando la tranca ¿no? Mejor. Encendió dos cigarrillos y le alcanzó el paquete a Lituma. El guardia sacó uno y lo prendió. –Mira, yo sé que Palomino tenía un amorcito allá en la Base de Piura. Le daba serena- tas con su guitarra, le iba a cantar con esa linda voz que dicen que tenía. En las noches y a escondidas. Le cantaría boleros, parece que eran su especialidad. Ya está, ya te dije lo que sé. Ahora te toca. ¿A quién iba a darle serenatas Palomino Molero?. –No sé nada de nada –exclamó el aviador. Estaba asustadísimo de nuevo. Los dien- tes le seguían castañeteando. –Sí sabes –lo animó el jefe de Lituma–. Sabes que el marido de esa a la que daba serenatas malició algo, o los pescó, y sa- bes que Molero tuvo que salir pitando de Piura. Por eso se vino aquí, por eso se enroló en Talara.
  • 25. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 25 Pero el marido celoso lo descubrió, vino a buscarlo y se lo cargó. Por lo que tú dijiste, mi hermanó. Por picar alto, por meterse en otro corral. Anda, no te estés tan calladito. ¿Quién se lo cargó? El aviador tuvo otra arcada. Esta vez vomitó, encogido, haciendo un ruido espectacu- lar. Cuando hubo terminado, se limpió la boca con la mano y comenzó a hacer morisquetas. Terminó sollozando como un churre. Lituma tenía asco y también algo de pena. El pobre estaba sufriendo, se veía. –Tú dirás por qué insisto tanto en que me digas quién fue –reflexionó el Teniente, haciendo argollas con el humo–. Curiosidad, mi hermano, nada más. Si el que se lo cargó fue alguien de la Base de Piura ¿qué puedo hacer yo? Nada. Ustedes tienen sus fueros, sus prerrogativas, se juzgan ustedes mismos. Yo no podría ni meter mi cuchara. Pura curiosidad ¿ves? Y, además, te voy a decir una cosa. Si yo estuviera casado con mi gorda y alguien viniera a darle serenatas, a cantarle boleritos románticos, también me lo cargaría. ¿Quién se enfrió a Palomino, mi hermano? Hasta en este momento tenía que acordarse de Doña Adriana el Teniente. Era una en- fermedad, pucha. El tenientito se ladeó, evitando el suelo ensuciado por sus vómitos, y se sentó en la arena, unos centímetros más adelante que Lituma y su jefe. Puso los codos so- bre las rodillas y hundió la cabeza en las manos. Debía sentir los muñecos de la borrachera. Lituma recordó esa sensación de vacío con cosquillitas, el malestar inubicable, generaliza- do, que conocía muy bien de sus épocas de inconquistable. –¿Y cómo sabes que iba a dar serenatas en la Base de Piura? –preguntó el aviador, de pronto. A ratos parecía con miedo, a ratos con ira, y ahora con las dos cosas a la vez–. ¿Quién carajo te contó eso? En ese momento, Lituma se dio cuenta que se acercaban unas sombras. Segundos después, las tenían junto a ellos, abiertas en medio círculo. Eran seis. Llevaban fusiles y va- ras, y en el resplandor de la luna, Lituma reconoció los brazaletes. La Policía Aeronáutica. En las noches, recorrían las cantinas, las fiestas y el bulín en busca de gente de la Base que estuviera haciendo escándalos. –Soy el Teniente Silva, de la Guardia Civil. ¿Qué pasa? –Venimos a llevarnos al Teniente Dufó –repuso uno de ellos. No se le veían los galo- nes, debía ser un Suboficial. –Para decir mi nombre, primero lávese la boca –rugió el aviador. Consiguió incorpo- rarse y tenerse de pie, aunque se balanceaba como si fuese a perder el equilibrio en cual- quier momento–. A mí nadie me lleva a ninguna parte, carajo. –Órdenes del Coronel, mi Teniente –replicó el jefe de la patrulla–. Con su perdón, pero tenemos que llevarlo. El aviador carraspeó algo y se deslizó al suelo, en cámara lenta. El que mandaba la patrulla dio una orden y las siluetas se acercaron. Cogieron al Teniente Dufó de brazos y piernas y se lo llevaron en peso. Él los dejó hacer, rezongando algo incomprensible. Lituma y el Teniente Silva los vieron desaparecer en la oscuridad. Poco después, a lo lejos, arrancó un jeep. La patrulla había estacionado sin duda junto al bulín. Terminaron de fumar sus cigarrillos, absortos en sus pensamientos. El Teniente fue el primero en levantar- se, para emprender el regreso. Al pasar cerca del bulín oyeron música, voces y risas. Pare- cía lleno. –Usted es una fiera para hacer hablar a la gente –dijo Lituma–. Qué bien lo fue llevan- do, llevando, hasta sonsacarle algunas cositas. –No le saqué todas las que sabe –afirmó el Teniente–. Si hubiéramos tenido más tiempo, quizá hubiera desembuchado todo. –Escupió y respiró con apetito, como para lle- narse los pulmones de aire marino Te voy a decir algo, Lituma. ¿Sabes qué me huelo? –¿Qué, mi Teniente? –Que en la Base Aérea todo el mundo sabe lo que pasó. Desde el portero hasta Min- dreau. –No me extrañaría –asintió Lituma.
  • 26. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 26 –Por lo menos, ésa fue la impresión que me dio el Teniente Dufó. Que él sí sabía muy bien quién mató al flaquito. Caminaron un buen rato en silencio, por una Talara dormida. La mayoría de las casi- tas de madera estaban a oscuras; sólo en una que otra se veía chispear un candil. Allá arri- ba, detrás de las rejas, en la zona reservada, también era noche total. De pronto, el Teniente habló con una voz distinta: –Es una gauchada, Lituma. Date una vuelta por la playa de los pescadores. Mira si El León de Talara ya zarpó. Si ha salido, te vas a dormir nomás. Pero, si estuviera en la playa, anda a avisarme a la fonda. –Cómo, mi Teniente –se asombró Lituma–. Quiere decir que... –Quiere decir que voy a tratar –asintió el Teniente, con una semirrisita nerviosa–. No sé si ocurrirá el milagro esta noche. Puede que no. Pero nada se pierde intentando. Ha re- sultado mucho más difícil de lo que creía. Algún día será. Porque, ¿sabes una cosa?, este cristiano no se morirá sin tirarse a esa gorda y sin saber quiénes mataron a Palomino Mole- ro. Son mis dos metas en la vida, Lituma. Más todavía que el ascenso, aunque no me lo creas. Anda, anda de una vez. «Cómo puede tener ánimos en este momento para eso», reflexionó Lituma. Pensó en Doña Adriana, encogida en su camita, soñando, inconsciente de la visita que iba a recibir. Ah, caracho, vaya pinga loca que había resultado el Teniente Silva. ¿Se lo aflojaría esta no- che? No, Lituma estaba seguro que Doña Adriana jamás le daría gusto. De entre las caba- ñas a oscuras salió un perro a ladrarle. Lo ahuyentó de un puntapié. Siempre olía a pescado en Talara, pero ciertas noches, como ésta, el olor aumentaba hasta volverse insoportable. Lituma sintió una especie de vértigo. Caminó un rato tapándose la nariz con el pañuelo. Mu- chas barcas habían salido ya a pescar. Apenas quedaban media docena en la playita y nin- guna de ellas era El León de Talara. Las examinó una por una, para estar seguro. Cuando se disponía a irse, advirtió un bulto, recostado en uno de los botecitos de la arena. –Buenas noches –murmuró. –Buenas –dijo la mujer, como molesta por haber sido interrumpida. –Pero, vaya, qué hace usted aquí a estas horas, Doña Adriana. –La dueña de la fondi- ta llevaba una chompa negra sobre el vestido y andaba descalza, como siempre. –Vine a traerle su fiambre a Matías. Y, después que partió, me quedé a tomar un poco de aire. No tengo sueño. ¿Y tú, Lituma? ¿Qué se te ha perdido por aquí? ¿Una cita de amor? El guardia se echó a reír. Se puso en cuclillas, frente a Doña Adriana, y mientras se re- ía, en la escasa luz –una nube envolvía a la luna– examinaba esas formas abundantes, ge- nerosas, que tanto codiciaba el Teniente Silva. –¿De qué te ríes? –le preguntó Doña Adriana–. ¿Te has vuelto loco o estás un poco tomadito? Ah, ya sé, has estado donde el Chino Liau. –Nada de eso, Doña Adriana –siguió riéndose Lituma–. Si se lo cuento, se va usted a morir de risa, también. –Cuéntamelo, entonces. Y no te rías solo que pareces un cacaseno. La dueña de la pensión estaba siempre de buen humor y animosa, pero Lituma la notó esta noche algo tristona. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y uno de sus pies escar- baba la arena. –¿Está usted molesta por algo, Doña Adriana? –preguntó, ya serio. –Molesta, no. Preocupada, Lituma. Matías no quiere ir a la Asistencia. Es muy porfiado y no puedo convencerlo. Hizo una pausa y suspiró. Contó que, desde hacía por lo menos un mes, a su marido no se le quitaba la ronquera, y que, cuando tenía accesos fuertes de tos, escupía sangre. Ella había comprado unas medicinas en la farmacia y se las había hecho tomar casi a la fuerza, pero no le habían hecho nada. A lo mejor tenía algo grave y no se podía curar con
  • 27. ¿Quién mató a Palomino Molero? Mario Vargas Llosa 27 esos remedios de farmacia. De repente necesitaba radiografías o una operación. El terco no quería saber nada de la Asistencia y decía que se le iba a pasar, que ir a ver un médico por una tos era cosa de rosquetes. Pero a ella no le metía el dedo a la boca: se sentía peor de lo que aparentaba porque cada noche se le hacía cuesta arriba salir a pescar. Le había prohibido que les hablara a sus hijos de los escupitajos con sangre. Pero ella se los contaría el domingo, cuando vinieran a verla. A ver si ellos lo arrastraban al médico. –Usted lo quiere mucho a Don Matías ¿no, Doña Adriana? –He estado con él casi veinticinco años –sonrió la dueña de la pensión–. Parece men- tira cómo se pasa, Lituma. A mí Matías me agarró tiernita, de quince añitos apenas. Yo le tenía miedo, por lo que era tan mayor. Pero me persiguió tanto que acabó por darse gusto. Mis padres no querían que me casara con él. Decían que era muy viejo, que el matrimonio no duraría. Se equivocaron, ya ves. Ha durado y, con todo, nos hemos llevado bastante bien. ¿Por qué me preguntas si lo quiero? –Porque ahora ya me da un poco de vergüenza decirle lo que vine a hacer aquí, Doña Adriana. El pie que jugaba en la arena se inmovilizó, a milímetros de donde estaba acuclillado el guardia. –Déjate de misterios, Lituma ¿Estás haciéndome una adivinanza? –El Teniente me mandó a ver si Don Matías había salido ya a pescar –susurró, bajan- do la voz y con tonito malicioso. Se quedó esperando y como ella no, hizo ninguna pregunta, añadió–: Porque se fue a hacerle una visita, Doña Adriana, y no quería que su marido lo fue- ra a pescar. Ahora mismo debe estar tocándole la puerta. Hubo un silencio. Lituma sentía chasquear a las olitas que venían a morir en la orilla, cerca de él. Después de un momento, oyó que Doña Adriana se reía, despacito, con burla, conteniéndose, como para que él no la oyera. Él también volvió a reírse. Así estuvieron un buen rato, riéndose, cada vez más fuerte, contagiados. –Qué maldad estar burlándonos así de la prendida del Teniente, Doña Adriana. –Todavía debe estar tocando la puerta y rascando la ventana, rogando y rogando que lo deje entrar –habló entre risas la dueña de la pensión–. Prometiéndome el oro y el moro para que le abra. ¡Jajajá! ¡A los puros fantasmas! ¡Jajajá! Todavía se rieron un rato más. Cuando se callaron, Lituma vio que el pie de la dueña de la fonda volvía a escarbar la arena, con método y obstinación. A lo lejos, silbó la sirena de la refinería. Estaban cambiando el turno, pues allí trabajaban de día y de noche. Oyó, también, ruidos de camiones en la carretera. –La verdad es que lo tiene loco al Teniente, Doña Adriana. Si usted lo oyera. No habla de otra cosa. Ni siquiera mira a las otras mujeres. Para él, usted: es la reina de Talara. Oyó que Doña Adriana se reía otra vez, complacida. –Es un mano larga, un día de éstos se va a llevar un sopapo por las confianzas que se toma conmigo –dijo, sin el menor enojo–. ¿Loco por mí? Puro capricho, Lituma. Se le ha me- tido conquistarme y, como no le hago caso, está entercado. ¿Piensas que voy a creerme que un muchacho como él se ha enamorado de una mujer que podría ser su mamá? Ni ton- ta, Lituma. Un antojo, nada más. Si le diera gusto una sola vez, ya está, se le quitaría el enamoramiento. –¿Y usted le va a dar gusto aunque sea una vez, Doña Adriana? –Por supuesto que ni la décima parte de una vez –respondió al instante la dueña de la pensión, haciéndose la molesta. Pero Lituma comprendió que fingía. Yo no soy una de ésas. Yo soy una madre de familia, Lituma. A mí no me pone la mano encima otro hombre que mi marido. –Entonces, el Teniente se va a morir, Doña Adriana. Porque, le juro que no he visto a un hombre tan templado de nadie como él de usted. Hasta le habla en sueños, figúrese. –¿Y qué dice cuando me habla en sueños? –No se lo puedo decir, porque son cosas cochinas, Doña Adriana.

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