Es que somos muy pobres Juan RulfoAquí todo va de mal en peor. La semana pasada se mur...
lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se venlas bocas de muchos que se abren y se c...
trepado encima.Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; peromás tarde ya no pudo aguan...
ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran ahincharse para empezar a trabajar por su perdici...
Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que meinteresa hablar, de la casa y de Irene, porque...
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja delmate le dije a Irene:-Tuve que cerrar la p...
veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio,pero de noche se escuchaba cualquier cos...
LA VENTANA Carlos Salazar HerreraÉl dijo, en una carta, que aquella noche regresaría... y aquella noche, ella estabaesperá...
Entonces notó que su mujer le había hecho quitar los barrotes de hierro a laventana...Y con una mirada, destilando gratitu...
esquinas se amontonaban todas las cosas que habíamos comprado. Y yo estabaseguro que a mamá sólo le dolía la falta de mi p...
Nadie sabía en casa qué hacer. Papá en la finca. Mamá encerrada llorando yllorando. Isolina en su cuartillo rezando y yo c...
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Narrativa de noveno

Published on: Mar 3, 2016
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Narrativa de noveno

  • 1. Es que somos muy pobres Juan RulfoAquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y elsábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza,comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda lacosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó derepente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconderaunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fueestarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cieloquemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años,supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la habíallevado el ríoEl río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muydormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizodespertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, comosi hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero despuésme volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fuehaciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que habíaseguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y seoía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del aguarevuelta.A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendopoco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esamujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral yal salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por loque era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran aesconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quiénsabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porqueahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y poreso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la másgrande de todas las que ha bajado el río en muchos años.Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de aguaque cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima dedonde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendola cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien
  • 2. lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se venlas bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo;pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también haygente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue dondesupimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mihermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y quetenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuandosabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nuncafue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida paradejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarlacuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubieraestado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oyesuspirar a las vacas cuando duermen.Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertaral sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustóy trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entreaquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que leayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había vistotambién al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lohabía visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita dedonde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos nilas patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árbolescon todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podíafijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madrerío abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana,ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchostrabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, paradársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a irde piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en micasa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tanluego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaroncosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuandolas llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cadarato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban enel corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre
  • 3. trepado encima.Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; peromás tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas sefueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vayaa resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendola falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras leda por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer parasiempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubierafaltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse tambiénaquella vaca tan bonita.La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá nose le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermanaTacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de esemodo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gentemala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no lecometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dóndeles vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le davueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado denacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cadavez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos."Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que quedaaquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unoscomienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos yaltos y medio alborotados para llamar la atención.-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal;como que estoy viendo que acabará mal.Ésa es la mortificación de mi papá.Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Estáaquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sindejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río sehubiera metido dentro de ella.Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas.De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que lahace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabora podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de
  • 4. ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran ahincharse para empezar a trabajar por su perdición.El siguiente enlace les permite tener acceso al video sobre el texto “La casatomada”.www.youtube.com/watch?v=tWP5oaNtJzU “La casa tomada” Julio CortázarNos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casasantiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba losrecuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda lainfancia.Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues enesa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por lamañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene lasúltimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía,siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios.Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y comonos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ellala que no nos dejo casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, amí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramosen los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple ysilencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogíaasentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día,vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo paraenriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos lavoltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividadmatinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No séporque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esalabor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siemprenecesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos paraella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo nole agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespadaresistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro acomprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nuncatuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta porlas librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa.
  • 5. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que meinteresa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Mepregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, perocuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un díaencontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas,verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valorpara preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamosganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dineroaumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destrezamaravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizosplateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde seagitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala congobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte másretirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su macizapuerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina,nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y elpasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel dabaal living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba alliving; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasilloque conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba lapuerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girara la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrechoque llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía unoque la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de losque se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en estaparte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo parahacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. BuenosAires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa.Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en losmármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; datrabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momentodespués se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles.Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente seme ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar laentornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuandoescuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo,como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro deconversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondodel pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la paredantes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo;felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojopara más seguridad.
  • 6. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja delmate le dije a Irene:-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.-¿Estás seguro?Asentí.-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar sulabor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la partetomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, porejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidinade muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días)cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.-No está aquí.Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aunlevantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y yaestábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina yayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientrasyo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nosalegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitoriosal atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitoriode Irene y las fuentes de comida fiambre.Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba unpoco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse arevisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo.Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en eldormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel paraque viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco apoco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pudehabituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no dela garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a
  • 7. veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio,pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar,toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos yfrecuentes insomnios.Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumoresdomésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojasdel álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En lacocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablaren voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina haydemasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muypocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a losdormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hastapisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche,cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes deacostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua.Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocinao tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamóla atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra.Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este ladode la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo dondeempezaba el codo casi al lado nuestro.No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hastala puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuertes perosiempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamosen el zaguán. Ahora no se oía nada.-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebrasiban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habíanquedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.-No, nada.Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de midormitorio. Ya era tarde ahora.Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé conmi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a lacalle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llavea la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metieraen la casa, a esa hora y con la casa tomada.
  • 8. LA VENTANA Carlos Salazar HerreraÉl dijo, en una carta, que aquella noche regresaría... y aquella noche, ella estabaesperándolo.Sentada en una banca de la salita, de rato en rato, desde la ventana, hacía subiruna mirada por la cuesta... hasta la Osa Mayor.Las casas, enfrente, blanqueadas con cal de luna, estaban arrugadas de puroviejas.A veces, las luciérnagas trazaban líneas con tinta luminosa.El viento venía sobre los potreros cortando aromas de santalucías, y entrabafragante por la ventana... igual que el gato de la casa.Del filtro de piedra caían las gotas en una tinaja acústica. Caía una gota y salíauna nota... caía una gota y salía una nota...Sobre los tinamastes del fogón, el agua del caldero cantaba como nunca.Un San Antonio guatemalteco, se había puesto negro de tanto tragar humo deculitos de candela.La llama sobre el pabilo daba saltos sin caerse. Era un duendecillo de fuego...Pero al fin, un gatazo de viento se metió por la ventana... y lo botó.La mujer se fue para la cocina, le robó al fogón un duende y, protegiéndolo conuna mano, volvió a la sala.En aquel momento, entró él.El nuevo duendecillo proyectó en la pared un abrazo inmenso.– ¿Qué querés?... –dijo ella cuando pudo hablar.–Dame un vaso de agua de la tinaja.Hacía... ¡siete años! Que tenía ganas de beber un vaso de agua fresca y pura deaquella resonante tinaja, porque allá... donde él había estado tanto tiempo, el aguaera tibia y salobre.Después... se puso a acariciar con sus miradas la salita de su casa. ¡Su casa!...¡Su hogar!...
  • 9. Entonces notó que su mujer le había hecho quitar los barrotes de hierro a laventana...Y con una mirada, destilando gratitud, le dio las gracias. LOS RELOJES Alfonso Chase A Dory Steimberg, que tanto sabe del tiempo. Lo primero que se llevaron fueron los muebles de la sala. (Todo esto antesde que nosotros viviéramos en Hatillo). Luego empezaron a registrar en loscuartos y lo que les gustaba más lo iban amontonando a la orilla de las puertas.Mamá andaba como loca. De allá para acá y papá en la finca, lejos de la ciudad. Yo le dije que si podíamos esconder algunas cosas en el altillo que daba a lacalle y al que sólo yo podía subir, pero Isolina, entre lágrimas decía: ––Muchacho más tonto, muchacho más ocurrente... Y ellos amontonaban las cosas en la orilla de la puerta. Armarios, sillas yhasta los colchones. Mamá no decía nada. Sólo se restregaba las manos y se lasvolvía a restregar. Muy nerviosa, la pobre... ––Si al menos estuviera tu papá sería más fácil dejarles llevarse las cosas,porque él sabe lo que sirve y lo que no. Yo no decía nada. Entre las faldas de mi madre y las de Isolina los veíacontar en voz alta: ––Ciento veinte el colchón, setenta la mesilla, cincuenta la cortina rosada... Y la casa se iba amontonando ante las puertas. La casa se iba cayendo antenuestros ojos. Se arrugaba entre números y objetos y entre los pasos de mi madrey los de Isolina, que detrás de mamá, se enjugaba con el delantal el sudor de lafrente. Y entraron ahora al cuarto mío. Mi madre hizo un ademán de entrar pero sedetuvo. Y yo vi cómo amontonaban el velocípedo, la cama, el tren eléctrico... ––El tren: doscientos, el mecano: veinticinco, los libros: nada, los libros noentran... Y yo sólo tenía ojos para mi madre y para Isolina que era como la sombra demamá. Y los hombres seguían amontonando la casa adentro de la casa, en las
  • 10. esquinas se amontonaban todas las cosas que habíamos comprado. Y yo estabaseguro que a mamá sólo le dolía la falta de mi papá y a Isolina la falta de todo loque ella amaba y que sabía lo que había costado el irlo comprando. ––Lo sentimos, señora. Los embargos son así. Es muy duro pero: ¿qué se leva a hacer? ¡Órdenes son órdenes...! Y seguían como obsesionados en su labor. Volvían sobre lo que ya habíanseleccionado y lo rechazaban ahora. Sustituyéndolo por cosas nuevas o de másvalor. Nosotros estábamos, no voy a decir que resignados, pero sí más tranquilos.Isolina fue hasta la refrigeradora y al abrirla se las recordó. Y dijeron: ––Dos mil, la refrigeradora, dos mil... Isolina no pudo aguantar más y se puso a llorar, con mucho nerviosismo,temblando toda. Mamá le dio un traguito de coñac y esto les hizo reparar en elbarcito de caoba. ––Doscientos este barcito de madera. No: doscientos cincuenta, dijo el másgordo. Mamá estaba pálida y yo me escabullí para ver cómo había quedado micuarto. Casi vacío. El colchón tirado en el suelo, cubierto apenas por las cobijas.Algunos juguetes regados por allí, bueno, las cosas que uno más quiere y nadiese atreve a llevarse en un embargo, ya sea porque lo sospechen o porque enrealidad para las otras gentes no tienen ningún valor. Ellos seguían valorando y extendiendo todo. Frenéticos y sudorosos en sulabor. ––Isolina, por favor, una limonada para los señores. Y se la bebieron,atragantándose. Con el vaso apretado fuertemente, limpiándose con la otra manoel sudor de la frente. Y cuando no quedó nada que no hubiera sido visto o tentado por los doshombres, empezaron a hacer una lista, inmensa, de todas las cosas y aún asífaltaba para completar la suma que debíamos pagar. Y mamá volvió con el cofrede las arras y los anillos y los aretes. Y todo eso también se fue en la lista. Menoslas arras que Isolina se echó en el delantal. Yo subí al cuarto de papá y me guardélos relojes en el bolsillo del overol. Como a las cuatro de la tarde ya habían completado la suma y mamá les diocafé con leche y luego los acompañó a la puerta. ––Mañana venimos por todo, señora. Dispense la molestia...
  • 11. Nadie sabía en casa qué hacer. Papá en la finca. Mamá encerrada llorando yllorando. Isolina en su cuartillo rezando y yo con los relojes en el bolsillo del overol.Para decirle a mamá a la hora de comida: ––No ve mamá: los relojes. Lo único que no nos pudieron quitar fueron losviejos tiempos. Los de usted y papá, los de nosotros tres. Y hasta el de Isolina... Eso decía yo enseñando el reloj redondo de papá, el de pulserita negra demamá, el mío de Mickey Mouse y el de Isolina, que había sido antes de mamá, yal que papá le había mandado a grabar, alrededor de la carátula: Quisiera tansólo marcar horas felices, y que nosotros se lo regalamos a ella cuando cumpliósesenta años... Una antigüedad, que decíamos...

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