NarracionesExtraordinariasEdgar Allan PoeCuentos terroríficos y bien hechos por el gran autor EdgarAllan Poe, remasterizad...
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PrologoEdgar Allan Poe nació en Boston, el 19 de enero de 1809. Sus padres eran actores de teatro pobres yno le sobrevivie...
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Nuestra amistad subsistió algunos años. Años durante los cuales, mi carácter y mitemperamento, debo confesarlo, sufrieron ...
Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorquécolgándolo de la rama de un árbol. Lo a...
no haber advertido lo que estaba colocado encima. Me acerqué y lo toqué. Era un gatonegro, enorme, tan corpulento como Plu...
indefinida. Pero, gradualmente, pasando por diversas faces había adquirido una rigurosanitidez de contornos.En ese momento...
No me engañé en mis cálculos y, ayudado por una palanca, separé sin mayor dificultad losladrillos. Luego coloqué el cuerpo...
Entonces, en una fanfarronada imbécil, golpeé con fuerza con mi bastón, precisamentesobre la pared tras la cual yacía mi e...
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No vale la pena que insista acerca de mi dicha, de mi arrobamiento. Si alguna vezenloqueció un hombre por exceso de felici...
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inapreciable; me has pedido mi mano, para mañana, sin más tardanza. ¿Podría yo pedirte unfavor a cambio? ¿Un favor muy peq...
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III. Los asesinatos de la rue MorgueLas condiciones mentales que suelen juzgarse como analíticas son, en sí mismas, muydif...
procedimientos, a veces absurdamente sencillos, por los cuales puede inducirlo a error, oarrastrarlo a calcular equivocada...
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Narraciones extraordinarias-edgar-allan-poe

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  • 1. NarracionesExtraordinariasEdgar Allan PoeCuentos terroríficos y bien hechos por el gran autor EdgarAllan Poe, remasterizados listos para la prueba por8JOKER.Capítulos seleccionados por tío paga01/09/2009
  • 2. IndicePrologo…………………………………………………………………………………………………………Página 3I. El gato negro…………………………………………………………………………………………..…Página 4II. Los anteojos……………………………………………………………………………………………...Página 11III. Los asesinatos de la rue Morgue……………………………………………………………….Página 27IV. El corazón delator…………………………………………………………………………………….Página 49V. El barril del amontillado…………………………………………………………………………….Pagina 53VI. Berenice…………………………………………………………………………………………………..Página 59VII. La carta robada………………………………………………………………………………………..Página 64Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 2
  • 3. PrologoEdgar Allan Poe nació en Boston, el 19 de enero de 1809. Sus padres eran actores de teatro pobres yno le sobrevivieron mucho tiempo. El padre, David Poe, murió poco después, y la madre, ElizabethArnold, en 1811.Como no tenían como sostenerse, los tres hijos de la pareja se vieron obligados a separarse. Edgartuvo la suerte de ser adoptado por John Allan, un rico comerciante, del que tomó su apellido parahacerlo su segundo nombre.También en Boston se había fundado, en 1836, el "Trascendental Club". En él se radicaba el núcleodel movimiento llamado "trascendentalismo". Encabezado por Emerson, participaban en élChanning, Parker y Thoreau.El principio más importante de este movimiento cultural consistía "en la búsqueda de la realidad através de la intuición espiritual." La Biblia protestante, por lo tanto, ya no era el único pozo dondehabía que buscar y beber los valores que informarían la vida.Poe se entrega al juego y al alcohol, el que ya no podrá abandonar. Por un lado por necesidad —yaque está en apuros económicos—, y por otro, por un último intento de autodisciplina, el joven dejala universidad y se enrola, en 1829, en la Academia Militar de West Point. Luego de esta etapa de creación poética, Poe publica en 1832 su primer cuento, "Metzengerstein",en el que ya se advierten las características de su genio: la sensibilidad y la lucidez para expresar lospensamientos y las emociones más ocultas del hombre.Pero dos años después se halla sumido nuevamente en la neurosis, en las drogas y en el alcohol,descendiendo a veces al infierno del delirium tremens. Trabaja en Richmond, como redactor, dondeen 1836 se casa con su prima Virginia Clemm, de apenas trece años de edad, y quien no lesobreviviría pues murió dos años antes que el escritor.Hacia 1839 Poe ya había logrado darse a conocer y empezaba a ser famoso. Había publicado unanovela, "Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838) y "El derrumbe de la casa Usher (1839),relato al que seguirían —en 1840 — los "Cuentos de lo grotesco y lo arabesco".A partir de este momento, y dentro de los poquísimos años de vida que le restaban, publicaría cadaaño una obra notable: "La filosofía de la composición" (1846); "Narraciones extraordinarias"(1847), obra en que recopila sus mejores relatos; y "Eureka" (1848), un magnífico ensayo quepretendía "abarcar y desentrañar todos los misterios y designios del universo". La muerte de su esposa en 1847, consumida por la tuberculosis, hunden a Poe en una serie deterribles pesadillas, aún peores de las que ya sufría a causa de las drogas y el alcohol.Pero lo que hizo famoso a Poe fueron sus relatos. En ellos se combinan los más extrañosrazonamientos y situaciones con lo fantasmagórico, lo misterioso, el horror y el crimen. En ciertoNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 3
  • 4. modo, "El escarabajo de oro", "La carta robada" y, sobre todo, "Los asesinatos de la calle Morgue",son precursores de la novela policialI. El gato negroNo espero ni me interesa que se dé crédito a la extraordinaria historia que voy a narrar. Sinembargo, pienso que mañana puedo morir, y quisiera aliviar hoy mi acongojado espíritu.Por eso deseo mostrar al mundo lo que en apariencia no son más que una serie deacontecimientos domésticos, y que, no obstante, por sus consecuencias me han aterrorizadoy torturado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. Confieso que no me han producidootro sentimiento que el de horror, pero quizás a muchas personas les parecerán menosterribles. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasía al estado de lugarcomún. Y posiblemente esa inteligencia, más serena, más lógica, y menos excitable que lamía, encontrará en las circunstancias que relato, con terror, una serie normal de causas y deefectos naturales.La docilidad y humildad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era laternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía unaauténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad deellos.Casi todo el tiempo lo pasaba con mis animalitos, y nunca me consideraba tan feliz comocuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de micarácter, y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de alegría.Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel, no necesitarán explicaciones de lanaturaleza o intensidad del bienestar que eso puede producir. En el amor desinteresado deun animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del quefrecuentemente ha comprobado la amistad mezquina, y la frágil fidelidad del hombre.Me casé joven, y tuve la suerte de hallar en mi esposa una disposición semejante a la mía.Habiéndose dado cuenta de mi afecto por esas criaturas, no perdió ocasión para regalarmeejemplares de diversas especies, y tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magníficoperro, conejos, un mono pequeño, y... un gato.Este último animal era muy fuerte y hermoso, completamente negro, y de una sagacidadmaravillosa. Mi mujer, que en el fondo era algo supersticiosa, comentando su inteligenciaaludía a la antigua creencia popular que consideraba a los gatos negros como brujasdisimuladas. Esto no significa que hablara totalmente en serio sobre este particular, y loconsigno sólo por que lo recuerdo.Plutón, así se llamaba el gato, era mi amigo predilecto. Únicamente yo le daba de comer, ysiempre me seguía por la casa, e incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera porlas calles.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 4
  • 5. Nuestra amistad subsistió algunos años. Años durante los cuales, mi carácter y mitemperamento, debo confesarlo, sufrieron una alteración funesta y radical. La causa fue eldemonio de la intemperancia. De día en día me volví más taciturno, más irritable, másindiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear, con mi mujer, un lenguaje brutal, y,corriendo el tiempo, la afligí incluso con violencias personales. Por cierto, los pobresanimales notaron el cambio que se había producido en mí. No solamente no les hacía elmenor caso, sino que los maltrataba. Plutón era el único que me despertaba aún suficienteconsideración como para no golpearlo. Por el contrario, no sentía ningún escrúpulo encastigar a los conejos y al mono, y hasta al perro, cuando, por casualidad o afecto, secruzaban en mi camino.La maldad iba apoderándose de mí cada vez más, como consecuencia de mis excesosalcohólicos. Y, andando el tiempo, el propio Plutón, que envejecía y, naturalmente, seponía un tanto huraño, principió a conocer los efectos de mi perversidad.Una noche, al regresar a casa, completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentesescondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí violentamente,y él, asustado, me mordió la mano, ocasionándome una leve herida. Recuerdo que entoncesse apoderó repentinamente de mí un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme.Podría decirse que, de pronto, mi alma había abandonado mi cuerpo, y una ruindadsuperdemoníaca se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chalecosaqué un cortaplumas, lo abrí, atrapé al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, levacié un ojo. Me estremezco de vergüenza al evocar esta abominable atrocidad.Cuando, al amanecer, recuperé la razón, y se me disiparon los vapores alcohólicos, me sentíabrumado por una sensación mitad de horror y mitad de remordimiento por el crimen quehabía cometido. Pero no fue más que un sentimiento confuso, y volví a sumirme en losexcesos, ahogando en la ginebra todos los recuerdos de mi siniestra acción.El gato mejoró, entre tanto, lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, por cierto, unaspecto espantoso. Sin embargo, él no parecía darse cuenta de ello. Según su costumbre, ibay venía por la casa. Y, como debí suponerlo, en cuanto yo me aproximaba, huíaaterrorizado. Me quedaba aún algo de mi antiguo corazón, y me afligía esta antipatíamanifiesta en un ser que tanto me había amado anteriormente. Pero esta aflicción no tardóen ser desalojada por la ira, y para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu dela perversidad.Creo que la perversidad es uno de los impulsos primitivos del ser humano, una de esasindivisibles facultades que rigen inicialmente el carácter del hombre. ¿Quién no se hasorprendido cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que nodebía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestrojuicio, a violar la ley, simplemente porque comprendemos que es la LEY?Sí, este espíritu de perversidad produjo mi ruina completa. El vivo e insondable deseo delalma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por elamor al mal, me impelía a prolongar el suplicio que había infligido al inofensivo animal.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 5
  • 6. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorquécolgándolo de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con elcorazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que mehabía amado, y reconocía que jamás tuve motivo alguno para encolerizarme con él. Loahorqué porque comprendía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal quecomprometía mi alma, hasta el punto de colocarla lejos incluso de la misericordia infinitade Dios.En la noche siguiente al día en que realicé tan cruel acción, me despertó del sueño el gritode "¡ Fuego!" Ardían las cortinas de mi lecho, y la casa era una gran hoguera. Mi mujer, micriado y yo logramos escapar venciendo grandes dificultades. La destrucción fue total.Quedé arruinado, y me entregué desde entonces a la desesperación.No pretendo establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a mi crueldad y eldesastre, estoy por encima de tal debilidad. No obstante, me limito a dar cuenta de unacadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón.Visité las ruinas un día después del incendio. Excepto una, todas las paredes se habíanderrumbado. Esta excepción la constituía un delgado tabique interior, contra el cual seapoyaba la cabecera de mi lecho. Allí, la construcción había resistido en gran parte a laacción del fuego, hecho que atribuí a que había sido reparada hacía poco. En torno a aquellapared se congregaba la multitud, y numerosas personas la examinaban con gran atención.Excitaron mi curiosidad las palabras "extraño", "singular" y otras expresiones parecidas.Entonces me acerqué, y vi, semejante a un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie,la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con exactitud prodigiosa.Rodeaba el cuello del animal una cuerda.Apenas observé la aparición, porque no podía considerar aquello más que como unaaparición, me sobrecogió una terrible mezcla de asombro y pánico. Por fin vino en miayuda la reflexión, y recordé que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a lacasa. A los gritos de alarma, este jardín fue invadido de inmediato por la muchedumbre, yel animal debió ser descolgado por alguien y arrojado a mi cuarto por la ventana, sin dudacon el propósito de despertarme. El derrumbe de las restantes paredes había comprimido ala víctima de mi crueldad en el yeso todavía fresco de la pared recién restaurada, y la cal, encombinación con las llamas y el amoniaco del cadáver, plasmaron esa imagen tal como yola veía.Intenté satisfacer así mi razón, aunque no mi conciencia, en la que quedó una huellaprofunda del sorprendente caso. Durante varios meses no pude liberarme del fantasma delgato, y nació en mi alma una especie de remedo de remordimiento. Llegué incluso alamentar la pérdida del animal, y a buscar en torno a mí, en los miserables tugurios quefrecuentaba, otro felino parecido que pudiera sustituirle.Una noche, hallándome medio aturdido en un bodegón, llamó mi atención un objeto negroen lo alto de uno de los grandes barriles de ginebra y ron que componían el mobiliario másimportante del lugar. Desde hacía algunos momentos observaba este tonel, y me sorprendióNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 6
  • 7. no haber advertido lo que estaba colocado encima. Me acerqué y lo toqué. Era un gatonegro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se asemejaba en todo, salvo en undetalle: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, y éste poseía, aunque enforma indefinida, una señal de pelos albos, como un collar sobre el pecho.Apenas lo toqué, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mimano y pareció contento. Era el animal que buscaba. Me apresuré a hablar con el dueño yle propuse que me lo vendiera. Pero él no manifestó interés alguno por el animal. No loconocía, no lo había visto nunca.Seguí acariciándolo, y cuando me disponía a regresar a mi hogar, el gato se mostródispuesto a ir conmigo. Se lo permití y caminamos hacia mi casa. Cuando llegamos seencontró como si fuera en la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mimujer.Sin embargo, muy pronto surgió en mí una inexplicable antipatía hacia él. Sucedía,precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué ocurrió esto,pero su evidente ternura me enojaba, y casi me fatigaba. Poco a poco, estos sentimientos dedisgusto y fastidio fueron aumentando, hasta convertirse en la amargura del odio. Principiéa evitar su presencia. Una especie de vergüenza, mezclada al recuerdo de mi crueldad, meimpedían maltratarlo, y durante algunas semanas me abstuve de golpearlo o tratarlo conviolencia. Pero, gradual e insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible. Ensilencio, lo eludía, como si huyera de la peste.Lo que me despertó abiertamente el odio por el animal fue el descubrimiento que hice a lamañana siguiente de haberlo llevado conmigo: como Plutón, también este gato había sidoprivado de uno de sus ojos. Esta circunstancia, en cambio, contribuyó a hacerlo más grato ami esposa, quién, como ya he dicho, poseía esa ternura que en otro tiempo fue mi rasgocaracterístico y el manantial de agrados sencillos y puros.Pero el cariño que el gato me demostraba, parecía crecer en razón directa a mi odio haciaél. Con tenacidad increíble seguía constantemente mis pasos, se ovillaba bajo mi sillón, osaltando sobre mis rodillas, me cubría con sus caricias espantosas. Si me levantaba, semetía entre mis piernas y casi me derribaba, o bien trepaba por mis ropas, clavando suslargas y agudas garras en mi pecho. En esos instantes hubiera querido matarlo de un golpe,y me lo impedía el recuerdo de mi primer crimen. No, lo que me detenía, me apresuro aconfesarlo, era un verdadero terror al animal.Este miedo no era, positivamente, a un daño físico, sin embargo es difícil definirlo de otromodo, y casi me ruboriza aceptarlo. Aún en esta celda de malhechor, me avergüenzadeclarar que el pánico que me inspiraba ese gato se había acrecentado a causa de una de lasfantasías más perfectas que es posible imaginar.No pocas veces, mi mujer llamó mi atención con respecto al carácter de la raya blanca entorno al cuello, que constituía la única diferencia perceptible entre este animal y aquel queyo había matado. Aunque grande, tuvo primitivamente, como ya lo he dicho, una formaNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 7
  • 8. indefinida. Pero, gradualmente, pasando por diversas faces había adquirido una rigurosanitidez de contornos.En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar, y me obliga a mirarlocomo a un monstruo de horror y repugnancia. ¡Era la imagen de una cosa abominable ysiniestra: la horca. ¡Máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!Yo era, entonces, verdaderamente, un miserable, una bestia brutal. ¡Ay, ni de día ni denoche conocía ya la paz ni el descanso! Ni un solo instante, durante cada jornada, se alejabade mi ese animal. A la hora de dormir, cuando salía de mis sueños llenos de inenarrableangustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio del gato en mi rostro y su enorme peso queparecía gravitar eternamente sobre mi corazón.Bajo tales tormentos sucumbió lo poco de bueno que quedaba en mí. Infames pensamientosse me hicieron íntimos. Las más sombrías, las más repugnantes ideas eran acariciadas pormi mente. La tristeza de mi humor se acrecentó hasta hacerme aborrecer todas las cosas y ala Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca. Era siempre mi paño delágrimas. La más paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables furias, a lasque ciegamente me abandoné.Un día, por un quehacer doméstico, me acompañó al sótano del viejo edificio donde nuestrapobreza nos obligaba a vivir. Por los delgados peldaños de la escalera me seguía el gato, ycuando me hizo tropezar, me exasperó hasta la locura. Apoderándome de un hacha, yolvidando el espanto que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal.Habría sido mortal si le hubiese alcanzado como quería. Pero mi mujer me detuvo. Estaintervención me provocó una rabia endemoniada. Liberé mi brazo, y sin pensarlo ni unsegundo, le hundí el hacha en el cráneo. Mi esposa cayó muerta instantáneamente, sinexhalar ni un gemido.Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente, procuré esconder el cuerpo. Medi cuenta de que, ni de día ni de noche, lograría hacerlo desaparecer de la casa, sin que seenteraran los vecinos, y asaltaron mi mente varios proyectos. Por un instante pensé trozar elcadáver y enterrar los pedazos en el suelo. Después resolví cavar una fosa en el piso delsótano. Luego decidí arrojarlo al pozo del jardín. Cambié de idea y decreté embalarlo en uncajón, como una mercancía, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa,facturándolo a cualquier destino. Finalmente, me detuve ante un plan que consideré el másfactible: determiné emparedarlo, como dicen que hacían, en la Edad Media, los monjes consus víctimas.El sótano parecía estar construido a propósito para este proyecto. Los muros no estabanlevantados con el cuidado habitual, y no hacía mucho tiempo habían sido cubiertos, en todasu extensión, por una capa de yeso que la humedad no dejó endurecerse. Existía, por otraparte, una saliente en uno de estos muros, producida por una chimenea artificial que quedótapada. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar allí el cadáver,y emparedarlo, de manera que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 8
  • 9. No me engañé en mis cálculos y, ayudado por una palanca, separé sin mayor dificultad losladrillos. Luego coloqué el cuerpo contra la pared interior, y lo sostuve en esa postura, hastarestablecer, sin gran esfuerzo, toda la estructura a su estado primitivo. Tomando cuantaprecaución es imaginable, me procuré una argamasa de cal y arena. Preparé una mezcla queno podía distinguirse de la primitiva, y cubrí cuidadosamente con ella el nuevo tabique.Cuando terminé, acepté que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la másleve señal de arreglo. Con sumo cuidado barrí el piso y recogí los escombros. Miré,triunfalmente a mi alrededor, y me dije: "Por lo menos aquí, mi trabajo no ha sidoinfructuoso.En seguida, la primera idea fue buscar al felino causante de tan tremenda desgracia, porque,al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento lo hubiera encontrado, nada habríaevitado su destino. Pero parecía que el animal, ante la violencia de mi cólera, se habíaalarmado y procuraba no presentarse, desafiando, desde su refugio, mi furia.Es imposible describir o imaginar la intensa, la apacible, sensación de alivio que trajo a micorazón la ausencia de la detestada criatura. No se presentó en toda la noche, y ésta fue laprimera que gocé desde su llegada a la casa. Dormí tranquila y profundamente. Sí, dormícon el peso de aquel asesinato en mi alma.Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, y respiré una vez más comoun hombre libre. En su terror, el monstruo se había alejado para siempre de aquelloslugares. Ya no volvería a verlo jamás, y mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco lacriminalidad de mi tenebrosa acción, aunque se abrió una especie de sumario que intentóciertas averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nadapodía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura.Al cuarto día de haber cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa ungrupo de agentes de policía, y procedió de nuevo a una rigurosa inspección. Confiando enlo impenetrable de aquel escondite, no experimenté turbación alguna.Los agentes quisieron que los acompañara en su revisión, y fue examinado hasta el últimorincón de la casa. Por tercera o cuarta vez bajaron al sótano, lo cual no me alteró en lo másmínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente.Recorrí el sombrío lugar de punta a punta, crucé los brazos sobre el pecho y me paseeindiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la policía se disponía a abandonar lacasa, pero era demasiado intenso el júbilo que yo experimentaba para que pudierareprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo, a modo detriunfo, y hacer doblemente evidente la convicción de mi inocencia.—Señores —dije, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacciónhaber desvanecido sus sospechas. Les deseo a todos ustedes buena salud... Vuelvan averme. Tienen ustedes aquí una casa muy bien construida... —Apenas sabía lo que hablabaen mi desatinado afán de decir algo—. Puedo asegurarles que ésta es una edificaciónexcelente. Estos muros... ¿Cómo? ¿Se van ustedes, señores? Estos muros están edificadoscon una gran solidez...Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 9
  • 10. Entonces, en una fanfarronada imbécil, golpeé con fuerza con mi bastón, precisamentesobre la pared tras la cual yacía mi esposa.¡Ah, que Dios me proteja y me libre de las garras del demonio! Apenas se hundió en elsilencio el eco de mis golpes, una voz respondió desde el fondo de la tumba. Era primerouna queja velada, entrecortada como el sollozo de un niño. Después se convirtió en ungemido prolongado, sonoro y continuo, infrahumano; un alarido mitad de horror y mitad detriunfo, como solamente podría brotar del infierno. Me sentí desfallecer y, tambaleándome,caí contra la pared opuesta. Los agentes se detuvieron un instante en los escalones. Lasorpresa y el pavor los habían dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustosderribaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya, ycubierto de sangre coagulada, apareció rígido ante todos los presentes.Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas, y llameando el único ojo, se posaba elterrible animal cuya astucia me llevó al asesinato, y cuyo aullido revelador me entregaba alverdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 10
  • 11. II. Los anteojosHace algunos años estuvo de moda ridiculizar lo que llamamos el flechazo en el terreno delamor; pero los que saben pensar, así como los que sienten profundamente, siempre hanabogado por su existencia. En efecto, los modernos descubrimientos, en lo que puedellamarse magnetismo, o estática magnética, nos ofrecen la comprobación de que los másnaturales y, en consecuencia, más verdaderos e intensos afectos humanos, son los quebrotan del corazón como por simpatía eléctrica. En otras palabras, que las más alegres yllevaderas cadenas sentimentales son las que se remachan con una mirada. La confesiónque me dispongo a hacer, añadirá uno más a los innumerables ejemplos de esta verdad.El carácter de mi relato me obliga a ser bastante minucioso. Soy todavía muy joven; aún nohe cumplido los veintidós años. Mi apellido, hoy día, es corriente, casi plebeyo: Simpson.Y digo "hoy día", porque sólo últimamente he comenzado a llamarme así. El motivo fueheredar un importante legado que me dejó un pariente lejano llamado Adolphus Simpson.La condición para recibir dicha herencia fue que adoptara legalmente el nombre deltestador; el nombre de familia, no el de pila. Mi nombre de pila es Napoleón Bonaparte.Más exactamente, estos son mis nombres de pila primero y segundo.Acepté el apellido Simpson con cierta repugnancia, porque el mío, el verdadero, Froissart,tiene razones para un perdonable orgullo, pensando en fundar mi descendencia desde elinmortal autor de las "Crónicas". Además, y dicho sea de paso, a propósito de apellidospuedo mencionar coincidencias muy singulares en los nombres de mis predecesoresinmediatos.Mi padre era monsieur Froissart, de París. Su esposa, mi madre, con quien se casó cuandoella tenía quince años, era una señorita Croissart, hija mayor del banquero Croissart, cuyamujer, que sólo contaba con dieciséis años al casarse, era hija de Víctor Moissart. MonsieurMoissart, casualidad rara, contrajo matrimonio con una señorita del mismo apellido,mademoiselle Moissart. Ella, también era una chiquilla cuando se casó y asimismo sumadre, madame Moissart, que no tenía más de catorce años cuando fue conducida al altar.Estos matrimonios tempranos son corrientes en Francia. Tenemos, por lo tanto, en línea dedescendencia directa: Moissart, Voissart, Croissart y Froissart. El último, mi propioapellido, aunque como ya he explicado, por disposición legal, se ha convertido en Simpson.En cuanto a mis atributos personales, no me faltan. Al contrario, pienso que tengo buenafigura, y poseo lo que el noventa por ciento de la gente llama un rostro atractivo. Soy alto,mi cabello es negro y rizado, y mi nariz es regular. Mis ojos son grandes y pardos y, aunqueNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 11
  • 12. en realidad mi vista es débil, nadie sospecharía el menor defecto en mi mirada. Estadebilidad, sin embargo, siempre me ha molestado mucho, y he acudido a todos losremedios posibles para suprimirla, salvo usar lentes. Por ser un joven de agradablepresencia, naturalmente me desagradan, y me he negado siempre a usarlos.No conozco nada que desfigure tanto un semblante, e imprima en todas las facciones unaspecto de gazmoñería, o de santurronería y envejecimiento, como el que dan las gafas.También otorgan un aire de exagerada suficiencia y afectación, de modo que he procuradola forma de arreglármelas siempre sin ellas. Quizás sean excesivos estos caprichos,puramente personales, sin mayor importancia. Bastará con añadir que mi temperamento esarrebatado, ardiente, entusiasta, y que toda mi vida he sido un devoto admirador de lasmujeres.Una noche del pasado invierno, entré en un palco del teatro, acompañado de un amigo, elseñor Talbot. Era noche de ópera, y se anunciaba una atracción muy notable, así es que elteatro estaba muy concurrido. Llegamos a tiempo para ocupar los asientos de primera filaque nos habían reservado, aunque para sentarnos en ellos tuvimos que abrirnos paso acodazos.Durante un par de horas, mi amigo, que era un auténtico melómano, fijó toda su atenciónexclusivamente en el escenario, en tanto que yo me distraje observando al auditorio,compuesto por la flor y nata de la ciudad.Tras satisfacerme en este punto, iba a volver mis ojos hacia la prima donna, cuando vi unafigura que había escapado a mi atención.Aunque viva mil años, jamás podré olvidar la intensa emoción con que miré a esa persona.Era la mujer más exquisita que había contemplado. Tenía vuelto el rostro hacia elescenario, en tal forma que durante unos minutos no pude ver nada de él; pero toda suestampa era divina; no hay palabras para expresar sus magníficas proporciones, y aun estevocablo me parece ridículamente débil cuando lo escribo.La magia de las bellas formas en las mujeres, el embrujo del encanto femenino, ha sidosiempre para mí una fuerza a la que no he podido resistir. Pero en aquella mujer seencarnaba la gracia más pura. Era el bello ideal de mis delirantes fantasías.Aquella silueta, que en su mayor parte podía ver gracias a la construcción del palco, era deestatura algo superior a la común, y casi llegaba a lo majestuoso. La cabeza, de la cual sóloera visible la parte posterior, rivalizaba en contorno con la de la griega Psiquis, y estabacasi al descubierto, aun cuando llevaba un elegante sombrero liviano, que me hizo evocar latela etérea de Apuleyo.El brazo derecho se apoyaba en la balaustrada del palco y hacía estremecer todos losnervios de mi cuerpo con su exquisita simetría. Su parte superior estaba cubierta con una deesas mangas abiertas y sueltas, hoy tan en boga, que apena le llegaba al codo. Debajollevaba otra tela sutil, muy ceñida, terminada en un puño de rico encaje que le caíagraciosamente sobre la mano; esa mano de la que quedaban al descubierto únicamente losNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 12
  • 13. delicados dedos, en uno de los cuales brillaba una sortija de diamantes de extraordinariovalor. La admirable redondez de su muñeca quedaba realzada por un brazalete tambiénadornado y cerrado por un magnífico broche de piedras preciosas, que me hablaban, a lavez, de la riqueza y el buen gusto de quien las llevaba.Media hora por lo menos estuve contemplando aquella regia aparición y durante aqueltiempo sentí toda la fuerza de lo que se ha contado con respecto al flechazo en el terreno delamor.Mis sentimientos eran enteramente diferentes a todo cuanto había experimentado hastaentonces. Era algo inexplicable, que me veo obligado a considerar como magnéticasimpatía de alma a alma; algo que parecía encadenar no sólo mi vista, sino también misfacultades de pensar y sentir.Advertí, sentí, y supe, que estaba profundamente enamorado, irrevocablemente enamorado,y ello, aún antes de ver el rostro de la mujer amada. Tan intensa era, en efecto, la pasiónque ya me consumía, que tuve la certeza de que mermaría muy poco, si esto era posible, silas facciones de su rostro no me mostraran más que unos rasgos vulgares. De tal modo esanómala esta naturaleza del amor por flechazo, y tan poco depende de las condicionesexteriores que parecen gobernarlo y crearlo.Mientras me hallaba absorto en la contemplación de esa visión hechicera, cierto alborotoentre el público la hizo volver levemente la cabeza, de modo que pude ver todo el perfil. Subelleza excedía a todo cuanto yo había supuesto, pero algo me desconcertó, sin que pudieraexplicarme exactamente qué era.Mis sentimientos mostraron menos arrobamiento, pero más profundo entusiasmo. Aquelestado de ánimo lo originaba, quizás, el aire de madonna del rostro. Sin embargo, alpensarlo más, comprendí que no era sólo este detalle. Existía algo más; un misterio que yono podía descubrir, y que aumentaba mi interés. En realidad me hallaba en ese estado delalma que predispone a un hombre joven y enamoradizo a cometer cualquier extravagancia.Si esa dama hubiera estado sola, yo habría entrado en su palco, y le hubiese declarado miamor, arriesgándome a cuanto pudiera suceder. Afortunadamente la acompañaban uncaballero y una mujer de notable hermosura, quien, según parecía, era unos años más jovenque ella.Hilvanaba mil planes para ser presentado a la mayor de las dos damas, y, por el momento,ver su belleza con más claridad. Hubiera querido cambiar mi localidad por otra más cercanaa ella, pero esto era imposible porque el teatro estaba abarrotado. Además, las severasexigencias de la moda habían prohibido el uso de gemelos en el teatro; lo prohibíanterminantemente. Por fin, se me ocurrió hablarle a mi amigo.—Talbot, usted tiene gemelos de teatro —le dije—. Préstemelos.—¿Gemelos de teatro? ¡No! —exclamó, alarmado—. ¿Qué supone que pueda hacer yo conunos gemelos de teatro?Y acto seguido se volvió impaciente para mirar hacia el escenario.—Talbot —insistí yo, apoyando una mano en su hombro—. ¿Quiere escucharme? ¿VeNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 13
  • 14. usted ese palco de proscenio? ¡No, el de la derecha! ¿Ha visto en su vida una mujer máshermosa?—Efectivamente, es muy hermosa —contestó él.— ¿Quién será?—¡En el nombre del cielo! ¿Es que no sabe quién es? No conocerla demuestra que tampocousted es persona conocida. Se trata de la célebre madame Lalande, la belleza del día porexcelencia, y tema principal de todas las conversaciones en la ciudad. Es viuda, einmensamente rica... Un buen partido. Acaba de llegar de París.— ¿Usted la conoce?—Sí, me cabe ese honor.—¿Puede presentármela?—Desde luego. Para mí será un placer. ¿Cuándo quiere que se la presente?—Mañana a la una me reuniré con usted en la calle B...—Muy bien. Y ahora hágame el favor de callarse, si es posible.Me vi obligado a obedecer a Talbot, porque él se mostró totalmente sordo a una nuevapregunta, y durante el resto de la velada atendió exclusivamente a lo que estaba sucediendoen el escenario.Mientras tanto, yo tenía mis ojos clavados en madame Lalande, y al fin tuve la suerte deverla de frente. Su rostro era exquisitamente bello; esto ya me lo había dictado mi corazón.No obstante, una vez más experimenté esa sensación que me desconcertaba. Finalmentededuje que todos mis sentidos estaban impresionados por un aire de gravedad, tristeza, omás bien de lasitud, que empañaban la frescura de su semblante, aunque sólo para dotarlode seráfica ternura y majestad. Esto, naturalmente, se duplicaba por mi temperamentoromántico.Mientras así recreaba mi vista, noté con gran emoción, y por imperceptible gesto de ladama, que de pronto había advertido la intensidad de mis miradas. Una vez más, quedétotalmente fascinado, y no pude apartar de ella los ojos ni un instante. Se volvió levemente,y de nuevo no vi más que el cincelado contorno de la parte posterior de su cabeza. Pasadosunos minutos, como si se sintiera impulsada por la curiosidad de comprobar si yo todavía laestaba observando, lentamente fue girando el rostro, y otra vez se tropezó con mi ardientemirada. Bajó instantáneamente sus grandes ojos negros, y un intenso rubor cubrió susmejillas. Pero lo que me llenó de asombro y perplejidad fue ver que no volvió únicamentela cabeza, sino que tomó de su cintura unos pequeños gemelos, los alzó, ajustó... y luegome observó con ellos, atenta y deliberadamente, por espacio de unos minutos.Si un rayo hubiera caído a mis pies, no me habría quedado tan aturdido; sólo aturdido, noofendido ni disgustado, en absoluto, por más que acción tan atrevida, en otra mujer,probablemente me habría molestado. Pero ella lo hizo todo con tanta calma, con tantanaturalidad, con tan evidente gesto de perfecta educación, que no se la podía acusar deningún descaro, y mis únicos sentimientos fueron de admiración.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 14
  • 15. Apenas comenzó a mirarme con los gemelos, pareció satisfecha con su examen de mipersona, y ya los retiraba de sus ojos, cuando, como si lo hubiese pensado dos veces, volvióa enfocarme, observándome con más atención, quizás por espacio de cinco minutos.Aquella acción tan extraordinaria, ejecutada en un teatro americano, llamó la atención detodo el mundo, y se produjo cierto revuelo y cuchicheos entre el público, que durante unosinstantes me llenaron de confusión. En cambio no produjeron ningún efecto visible en elsemblante de madame Lalande.Tras satisfacer su curiosidad, bajó los gemelos y miró tranquilamente hacia el escenario. Yano veía más que su perfil, igual que antes. Seguí contemplándola ininterrumpidamente, auncuando me daba perfecta cuenta de mi falta de cortesía. Entonces noté que su cabeza, muylentamente, cambiaba de posición, y pronto llegué a convencerme de que la dama, quefingía mirar hacia el escenario, continuaba escrutándome atentamente. Supongo que nonecesito explicar el efecto que aquel proceder causó en mi exaltado ánimo.Después de haberme examinado de aquel modo, quizás durante un cuarto de hora, el belloobjeto de mi pasión se dirigió al caballero que se hallaba a su lado, y mientras hablaba conél, me percaté claramente, por las miradas de ambos, de que se referían a mí. Al término dela breve conversación, madame Lalande giró nuevamente hacia el escenario, y pasaronunos minutos en que pareció muy interesada en la representación. Sin embargo, luego deunos momentos, mi emoción aumentó terriblemente, al verla ajustar una vez más losanteojos que pendían de su cintura, mirarme cara a cara, como había hecho antes, y sinhacer caso de los murmullos de la gente, inspeccionarme de arriba a abajo, con lamaravillosa compostura que ya había deleitado y turbado mi alma.Aquella actitud me sumió en un intenso delirio de amor, y sirvió más para enardecerme quepara desconcertarme. En la loca intensidad de mi pasión, lo olvidé todo, menos la presenciade la majestuosa belleza que tenía ante mí. Esperé la oportunidad, y cuando me pareció queel público estaba completamente distraído por la representación, atraje la mirada demadame Lalande, y le dirigí un ligero pero inequívoco saludo.Ella se ruborizó, miró hacia otro lado, y después, lenta y cautelosamente, observó en tornoa sí, para comprobar si mi temerario gesto había sido notado, y a continuación se inclinóhacia el caballero que estaba junto ella.Entonces me di perfecta cuenta de la incorrección que acababa de cometer, y no esperénada menos que pidiera una inmediata explicación, a la vez que, por mi cerebro, pasabarápidamente la visión de unas pistolas a la mañana siguiente.Sin embargo, a continuación me sentí muy aliviado, al ver que la dama le entregaba alcaballero el programa de la función, sin decirle una sola palabra. Y ahora, procure el lectorformarse una idea de mi asombro, de mi fantástico asombro, de mi delirante arrebato delalma, cuando luego de mirar furtivamente en rededor, dejó ella que sus ojosresplandecientes se posaran en los míos, y con una sonrisa que descubría las blancas perlasde sus dientes, hizo dos claros aunque leves movimientos afirmativos con la cabeza.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 15
  • 16. No vale la pena que insista acerca de mi dicha, de mi arrobamiento. Si alguna vezenloqueció un hombre por exceso de felicidad, ese hombre fui yo en aquellos momentos.Amaba. Era mi "primer amor"..., un amor supremo, indescriptible. Era un amor porflechazo, y por flechazo también era apreciado y correspondido.¡Sí, correspondido! ¿Cómo iba a dudarlo ni un solo instante? ¿Qué otra interpretación podíadar a aquel proceder por parte de una mujer tan bella, rica, refinada, con educaciónsuperior, con tan elevada posición social, tan respetable en todo sentido, como era madameLalande? Sí, ella me amaba, correspondía al impulso de mi amor con otro impulso tanciego, tan firme, tan desinteresado, y tan incondicional como el mío. Estas deliciosasfantasías quedaron interrumpidas por la caída del telón. El público se puso de pie y actoseguido se produjo el habitual bullicio.Dejé precipitadamente a Talbot, y empleé todos mis esfuerzos para abrirme paso ycolocarme lo más cerca posible de madame Lalande. No habiendo podido lograrlo a causade la muchedumbre, tuve que renunciar a mi persecución, y dirigí los pasos hacia mi casa.Consolé mi decisión, con el pensamiento de que a la mañana siguiente sería presentado aella en debida forma, gracias a los buenos oficios de mi amigo Talbot.Finalmente amaneció, tras una larga noche de impaciencia. Y entonces las horas, hasta launa, fueron pasando con lentitud desesperante. Cuando no se extinguía el eco del relojanunciando la una, corrí hacia la calle B... y pregunté por Talbot.—No está —me respondió el lacayo a su servicio.—¿Cómo que no está? —interrogué sorprendido—. Permítame que le diga, amigo mío,que eso es completamente imposible y absurdo. El señor Talbot no puede haber salido. ¿Porqué dice usted eso?—Sólo porque no está en casa. Inmediatamente después de almorzar, tomó el coche para ira S... Avisó que no regresaría hasta dentro de una semana.Me quedé petrificado por el estupor y la ira. Finalmente di media vuelta, lívido de cólera, einteriormente mandando al infierno a toda la estirpe de los Talbot. Era evidente que miamigo había olvidado nuestra cita apenas la habíamos concertado. Nunca cumplía con supalabra muy escrupulosamente, y no existía forma para corregirlo. Reconociendo esto,calmé mi indignación tanto como me fue posible, y vagué por las calles, malhumorado,haciendo preguntas inútiles sobre madame Lalande, a los conocidos que encontraba.Comprobé que todos la conocían de oídas, muchos de vista, pero como hacia escasassemanas que se hallaba en la ciudad, eran pocos los que afirmaban tratarla personalmente.Éstos, eran aún relativamente extraños para ella, y no podían, o no querían, tomarse lalibertad de presentarme con las formalidades que requería semejante visita. Mientras yo medesesperaba conversando con un trío de amigos sobre la causa de mi tormento, ocurrió quela persona de quién hablábamos pasó muy cerca de nosotros.—¡Por mi vida, ésa es! —exclamó uno de mis amigos.—¡Maravillosamente bella! — expresó otro.—¡Como un ángel! —afirmó el tercero.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 16
  • 17. —Miré y en el carruaje que avanzaba hacia nosotros lentamente, calle abajo iba sentada ladeslumbrante dama de la ópera, acompañada por la señorita que estaba con ella en el palco.—La que va a su lado también es elegantísima — comentó el primero de mis amigos.—Es asombrosa. Su aspecto aún es magnífico, pero no olvidemos que el arte obramaravillas. Parece más atractiva que hace cinco años, cuando la vi en París. ¿No le parece austed, Simpson?—¿Todavía? —pregunté asombrado—. ¿Y por qué no habría de serlo? Comparada con suamiga, parece una lámpara de aceite junto a una estrella de la tarde, una mariposa de luzcomparada con Antares.Uno de ellos rió a carcajadas, y luego dijo:—Simpson, tiene usted el maravilloso don de hacer descubrimientos... y, por cierto, muyoriginales.A continuación nos separamos, en tanto que otro principió a canturrear una alegre canciónde vodevil, de la cual sólo capté estos versos:¡Ninon, Ninon, Ninon, á bas!¡À bas Ninon de LEnclos!Durante aquella escena, hubo algo que me reconfortó, aunque avivó aún más la pasión queme consumía. Al pasar el coche de madame Lalande junto a nuestro grupo, noté que ellame había reconocido, no sólo esto, sino que me favoreció con la más exquisita de todas lassonrisas imaginables.En cuanto a ser presentado a ella, tuve que abandonar toda esperanza; al menos durante eltiempo en que a Talbot se le ocurriera permanecer en el campo.Comencé a frecuentar asiduamente los lugares famosos de diversión pública, y, por fin, enel teatro donde la había visto por primera vez, tuve la suerte de hallarla, e intercambiarnuevamente mis miradas con las suyas. Pero esto ocurrió al cabo de dos semanas. Entretanto, diariamente preguntaba por Talbot, en su hotel, y recibía el eterno "todavía no haregresado" de su lacayo; sentía que volvía a invadirme la indignación.En aquella velada, por lo tanto, me encontraba próximo a la locura. Me habían dicho quemadame Lalande era parisiense, y había llegado recientemente de París. ¿Regresaría aFrancia antes que Talbot volviera del campo? ¿No la perdería entonces para siempre? Esaidea, que no podía soportar, fue la que me impulsó a actuar con viril decisión. Apenasterminó la representación teatral, seguí a la dama hasta su casa, anoté la dirección, y, a lamañana siguiente, le envié una larga y meditada carta, en la que volqué todo mi corazón.Me expresaba de ella audazmente, con pasión y libertad. No le oculté nada, ninguna de misflaquezas; aludí a las románticas circunstancias de nuestro primer encuentro, y hasta a lasmiradas que se cruzaron entre nosotros. Me atrevía a decirle que estaba seguro de su amor,y al mismo tiempo le ofrecía esa seguridad, y la intensidad de mi afecto, como disculpa ami imperdonable proceder. Como tercera excusa, le hablé de mi temor a que pudieraabandonar la ciudad antes de que yo consiguiera la oportunidad para una presentaciónNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 17
  • 18. formal. Y concluí la más vehemente epístola de amor jamás escrita, con una francadescripción de mi posición social, de mis bienes, y mi proposición matrimonial.Con angustiosa espera aguardé la respuesta. Y después de lo que me pareció el transcursode un siglo, llegó por fin.Sí, "realmente" llegó. Recibí, en efecto, una carta de madame Lalande; la hermosa, laidolatrada madame Lalande. Como buena francesa, había obedecido a los sinceros dictadosde su razón, a los generosos impulsos de su naturaleza, despreciando las afectadasgazmoñerías del mundo. No había desdeñado mis proposiciones; no se había encerrado enel silencio; no me había devuelto mi carta sin abrirla. Por el contrario, me enviaba unarespuesta escrita con sus propias manos, en la que decía lo siguiente:"El señor Simpson me perdonará que no escriha correctamente la hermosa lengua de supaís, o al menos que no lo haga tan bien como en la mía. Hace muy poco tiempo que vineaquí, y no he tenido oportunidad de estudiarla. Sea ésta mi excusa a la forma en que le digoesto, caballero: ¡Ay de mí! El señor Simpson ha adivinado sobradamente toda la verdad.¿Cabe agregar algo? ¿No he dicho ya más de lo que debiera decir? Eugenia Lalande."Besé un millón de veces aquella nota, y cometí por su causa otras mil extravagancias queya han huido de mi memoria. ¡Pero Talbot no regresaba! Si hubiera podido formarse la másvaga idea del padecimiento que su ausencia me producía ¿no habría corrido de inmediato ami lado para consolarme? Le escribí y me contestó. Le retenían urgentes negocios, y estaríapronto de vuelta. Me rogaba que no fuera impaciente y que moderase mis impulsos, queleyera libros de tema calmante, que no abusara de las bebidas alcohólicas... ¡y que llamaraen mi ayuda al consejo de la filosofía! ¡Necio! Ya que él no podía venir ¿por qué no meenviaba una carta de presentación? Volví a escribirle, implorándole que me la mandaracuanto antes. Esta última misiva me la devolvió el lacayo, con las siguientes palabrasescritas al dorso del sobre: el muy bribón se había ido al campo con su amo."Salió de S... ayer; con dirección desconocida. No dijo a dónde iba ni cuando volvería. Hereconocido su letra, y como usted siempre tiene prisa, me ha parecido mejor devolverle sucarta. Sinceramente suyo, Stubbs."Después de esto, no será necesario decir que deseé los peores castigos para amo y criado,aunque de poco me servía la indignación, y quejarme no era un consuelo. No obstante mequedaba un recurso: mi natural audacia. Hasta entonces me había servido mucho, y decidíponerla en juego. Además, después de la correspondencia intercambiada entre madameLalande y yo ¿qué falta de corrección podía cometer, dentro de ciertos límites, que ellapudiera juzgar improcedente?Desde que recibí su carta, había adquirido el hábito de rondar su vecindad, y así descubríque a la hora del crepúsculo solía dar un paseo, acompañada únicamente por un negro delibrea, por una plaza pública. Allí, entre las frondosas y casi oscuras alamedas, bajo lapálida luz de un suave atardecer de verano, me acerqué a ellos.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 18
  • 19. Para desorientar al sirviente, lo hice con toda la naturalidad de un antiguo conocido. Ella,con la presencia de ánimo de una auténtica parisiense, comprendió de inmediato mi treta, ypara saludarme me ofreció la mano más adorablemente pequeña que sea posible imaginar.El criado quedó atrás en seguida, y entonces, con el corazón rebosante de alegría, pudimosconversar extensamente y sin reservas sobre nuestro amor.Debido a que madame Lalande hablaba inglés con menor facilidad que como lo escribía,preferimos hablar en francés. En aquella dulce lengua, tan adecuada para expresar la pasiónamorosa, di rienda suelta al impetuoso entusiasmo de mi naturaleza, y, con toda laelocuencia de que pude disponer, le rogué que consintiera en nuestro inmediatomatrimonio.Al darse cuenta de mi impaciencia, ella sonrió. Puso como pretexto el decoro social. Yohabía cometido la gran imprudencia de haber hecho público, entre mis amigos, el deseo derelacionarme con ella, lo cual significaba que aún no la conocía, y no habría manera deocultar la fecha en que se iniciaban nuestras relaciones. Luego, me hizo notar,sonrojándose, lo demasiado reciente de esa fecha. Casarnos en seguida sería impropio, sería"outré" (ultrajante). Todo esto lo explicaba con un aire de "naiveté" (ingenuidad) que mearrebataba, y al mismo tiempo me apenaba y me convencía.Llegó a acusarme, riendo, de precipitación y de imprudencia. También me hizo notar que,en realidad, yo no sabía quién era ella, ni su familia, ni su posición en la sociedad. Me rogóque lo meditara, y calificó mi amor de apasionamiento, de fuego fatuo, de obra inestablemás de la fantasía que del corazón, de capricho momentáneo. Todo aquello lo decíamientras las sombras del atardecer caían más y más a nuestro alrededor, y luego, con unsuave apretón de su mano, derribaba en un dulce instante el edificio de argumentos que ellamisma había levantado.Le respondí insistiendo en la adoración profunda y la admiración que me inspiraba. Paraterminar, me extendí con enérgica convicción en los peligros que acechaban el cauce delamor verdadero, que se desliza sin dificultades, y de aquí deduje el manifiesto riesgo deprolongar innecesariamente la situación en que nos encontrábamos.Este último argumento pareció, al fin, suavizar el rigor de su determinación. Pero todavíaquedaba un obstáculo, que estaba segura de que yo no había tomado debidamente encuenta.Se trataba de un punto delicado, y al mencionarlo tenía que sacrificar sus sentimientos,aunque por mí, ella no repararía en ninguna clase de sacrificios. Aludía a la cuestión de laedad. ¿Yo me daba cuenta? ¿Había advertido claramente la diferencia que existía entrenosotros? El hecho de que la edad del marido excediera en varios años a la edad de lamujer, era considerado por todo el mundo como admisible, e incluso conveniente. Pero ellasiempre había mantenido la creencia de que los años de la esposa nunca deben exceder a losdel marido. ¡Una diferencia de esa clase, frecuentemente, por desdicha, originaba una vidade infelicidad. Eugenia entendía que mi edad no pasaba de los veintidós años, en cambioyo, por el contrario, parecía ignorar que los años de ella sobrepasaban muchísimo esenúmero!Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 19
  • 20. En todo aquello, mi amada mostraba una nobleza de alma, una digna sinceridad que medeleitaba, y me encadenaba a ella para siempre.—Mi amadísima Eugenia —dije— ¿qué importancia tiene lo que estás diciendo? Tus añosson algo más que los míos. ¿Pero qué importa esto? Las costumbres del mundo no son sinonecedades convenidas. Para los que se aman como nosotros ¿en qué puede diferenciarseuna hora de un año? Yo tengo veintidós, de acuerdo; en realidad, ya casi tengo veintitrés.En cuanto a ti, no tendrás más de... de...Al llegar a aquel punto me detuve, esperando que Eugenia me interrumpiera,comunicándome su edad. Pero una francesa raramente habla en forma inequívoca en talesocasiones, y siempre dispone de alguna hábil escapatoria verbal. En nuestro caso, duranteunos momentos pareció buscar algo que decir, y finalmente dejó caer sobre la hierba unaminiatura que yo recogí.—Guárdala —ordenó ella, con una de sus más fascinantes sonrisas—. Guárdala comorecuerdo mío de este momento, como recuerdo de la que está ahí retratada y demasiadofavorecida. En el dorso podrás descubrir la información de lo que parece interesarte. Ahorase está haciendo de noche, pero mañana podrás examinarla con calma. Mis amigospreparan a estas horas una reunión musical, y también te prometo la asistencia de un buencantante. Nosotros los franceses no somos tan remilgados como los norteamericanos paraestas cosas, y por lo tanto no tendré dificultad en presentarte, en esta reunión, como unantiguo conocido.Diciendo esto, se cogió de mi brazo, y la acompañé hasta su casa. La residencia erahermosísima, amueblada con muy buen gusto. Sin embargo, no me siento autorizado parajuzgar a fondo, ya que cuando llegamos era de noche, y en las casas norteamericanas, aunen las más elegantes, no se encienden las luces mientras dura el calor del verano, pasado elanochecer. Hasta cerca de una hora después de mi llegada, hubo sólo un quinqué conpantalla en el salón principal, y, según logré apreciar con esta iluminación, ostentaba ungran refinamiento y esplendor. Las salas contiguas, donde la concurrencia se reuníapreferentemente, permanecieron toda la velada en agradable penumbra.Madame Lalande no había exagerado el talento musical de su amigos, y el canto que allípude escuchar fue superior a cuanto se oía fuera de Viena. Los intérpretes de las partiturascon instrumentos eran varios, de gran talento. Las cantantes, exclusivamente mujeres,resultaron excelentes.Finalmente, al cabo de pedírselo encarecidamente, madame Lalande se puso de pie.Decidida, sin afectación, abandonó la "chaise longue" (el sillón) donde se hallaba sentada ami lado, y acompañada por dos caballeros y su amiga de la ópera se dirigió al salón dondese ubicaba el piano. Yo quería acompañarla, pero comprendí que, debido a lascircunstancias, lo mejor era quedarme inadvertido donde me hallaba. Así, me vi privado delplacer de verla, ya que no de oírla cantar.La impresión que causó en la concurrencia tuvo algo mágico. Pero el efecto que a mí meprodujo fue aún más intenso. Sin duda dependía, en parte, del sentimiento de amor que meNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 20
  • 21. invadía, y de mi convicción sobre la extremada sensibilidad de la cantante, porque no esposible que arte alguno pueda comunicar a un aria o a un recitado expresividad másapasionada que la de ella. Sus notas bajas eran maravillosas. Su voz abarcaba tres octavasque se extendían desde el "re" contralto hasta el "re" sobreagudo, subiendo y bajando enescalas, cadencias y "fioritures". En el final de "La Sonámbula" produjo un efecto notableal cantar: "¡Ah, non giunge uman pensiero, al contento ond io son pena."Al levantarse del piano, después de aquellos milagros de ejecución vocal, ocupónuevamente su lugar a mi lado. Le expresé el más hondo deleite que había experimentadoante su ejecución. Pero de mi asombro nada dije, aun cuando estaba atónito; lo estaba,porque cierta nota de debilidad o, más bien, una trémula inflexión que surgía en su voz alconversar, jamás me habrían autorizado a sospechar que podría atacar con éxito esaspartituras.Nuestra conversación fue larga vehemente, interrumpida, y sincera. Me pidió que le relataraalgunos episodios tempranos de mi vida, y escuchó atenta, casi conteniendo la respiración,todas las palabras de lo que le narré. No oculté nada, porque entendía que no tenía derechoa ocultar nada a su confiado afecto.Alentado por su franqueza en el delicado asunto de la edad, me extendí en los pormenoresde mis defectos, e hice plena confesión de mis flaquezas morales y físicas. Hablé de misimprudencias en los días de colegio, mis extravagancias, mis juergas, mis deudas, y misamoríos. Tampoco dejé de mencionar la tos que en cierta época me había molestado, elreumatismo crónico hereditario, y, para concluir, la desagradable y odiosa, aunquecuidadosamente ocultada, flaqueza de mi vista.—Sobre este último punto —sostuvo Eugenia, sonriendo—, has cometido una verdaderaindiscreción al confesarlo. Habría jurado que nadie podía acusarte de ese defecto.Se detuvo, y, a pesar de las penumbras, creí que sus mejillas subían de color. Luego añadió:—¿No recuerdas, "mon cher ami", estos pequeños anteojos auxiliares que ahora cuelgan demi cuello?Al decir esto, jugueteaba con los gemelos que me habían producido tanta confusión en laópera.—Naturalmente que me acuerdo... — exclamé, oprimiendo la delicada mano que ofrecíaaquellos anteojos para mi examen.Eran una complicada joya, afiligranada y cuajada de piedras preciosas, que, aún bajo laescasa luz de la estancia, noté que debía ser de mucho valor.—"¡Eh, bien, mon ami!" —continuó diciendo, con cierto apresuramiento que no dejó desorprenderme—. "¡Eh, bien, mon ami!" Me has pedido un favor que has calificado deNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 21
  • 22. inapreciable; me has pedido mi mano, para mañana, sin más tardanza. ¿Podría yo pedirte unfavor a cambio? ¿Un favor muy pequeño?—¡Dímelo! —exclamé con vehemencia—. ¡Dímelo, amada mía, Eugenia mía! ¡Dímelo!Pero... ¿para qué? ¡Ya está concedido, antes de que lo expreses!—Entonces, "mon ami", tienes que vencer, por amor a tu Eugenia, ese ligero defecto queacabas de confesar, esa debilidad más moral que física, que no calza con la nobleza de tuespíritu, que es incompatible con la sinceridad de tu carácter, y que si alcanzara mayorincremento, tarde o temprano podría causarte un serio disgusto. Por amor a mí, debesvencer esa afectación que te inclina a ocultar el defecto de tu vista. ¡Niegas virtualmenteese defecto al rechazar el empleo de los medios para corregirlo! Comprenderás que lo quete pido es que uses anteojos. ¡Y no me digas que no, porque ya has consentido en hacerlo,por mi amor! Acepta estos gemelos, aunque no tienen un valor extraordinario como joya,son un auxiliar admirable para la vista. Por medio de una ligera modificación, así..., o así,se pueden adaptar a los ojos, o llevarlos en el bolsillo del chaleco...Debo confesar que aquella petición me turbó un poco. Pero la condición que se le unía hizoimposible toda vacilación.—¡Concedido! —exclamé, con el mayor entusiasmo que pude reunir en aquel instante—.Concedido. Sacrificaré por ti todas mis objeciones. Ahora guardaré estos anteojos aquí,sobre mi corazón y con las primeras luces de la mañana, esa mañana que me dará elderecho a llamarte mi esposa, me los pondré sobre la nariz, y así los usaré, en la formamenos romántica, menos elegante, pero sin duda más útil, como tú lo deseas.La conversación giró luego sobre nuestras disposiciones para el día siguiente. Supe, por miamada, que Talbot acababa de regresar a la ciudad. Debía ir a visitarlo en seguida, yprocurarme un carruaje. La "soirée" no terminaría antes de las dos de la mañana, y enaquella hora el vehículo tendría que hallarse ya en la puerta de la casa. Entonces,aprovechando el bullicio de la partida de los invitados, Eugenia podría entrar fácilmente enel coche sin que nadie lo notara. Inmediatamente nos iríamos a casa de un sacerdote quenos estaría esperando; allí nos casaríamos, nos despediríamos de Talbot, y acto seguidoemprenderíamos un viaje al Este, dejando que el mundo elegante hiciera los comentariosque le viniera en gana.Luego de planificar esto, me despedí, y fui en busca de Talbot. Pero en el camino no resistía la tentación de examinar la miniatura, lo que hice con ayuda de los lentes. ¡El rostro erade una belleza extraordinaria! ¡Qué ojos tan radiantes..., qué altiva nariz griega..., quéabundantes y negros cabellos! ¡Ah!, dije para mí, lleno de pasión, ésta es en efecto la vivaimagen de mi amada! Miré el reverso, y descubrí las palabras: "Eugenia Lalande, a la edadde veintisiete años y siete meses."Encontré a Talbot en su domicilio, y rápidamente lo puse al tanto de mi buena suerte. Comoera natural, Talbot manifestó asombro extraordinario, y me felicitó cordialmente,ofreciéndome toda la ayuda que pudiera prestarme. En una palabra: cumplimos todosnuestros preparativos al pie de la letra, y a las dos de la madrugada, diez minutos despuésNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 22
  • 23. de la ceremonia, me encontré en un coche cerrado con madame Lalande, valga decir, con laseñora Simpson, dirigiéndonos velozmente hacia las afueras de la ciudad.Habíamos decidido que efectuaríamos nuestra primera parada en C..., aldea que se hallaba aunas veinte millas de la ciudad. A las cuatro en punto, el coche se detuvo ante la puerta dela hospedería principal del pueblo, y ordené que nos sirvieran de inmediato un desayuno.Entre tanto, nos hicieron pasar a una salita privada.Era ya casi de día, y al mirar, lleno de arrobamiento, al ángel que tenía a mi lado, se meocurrió repentinamente la idea de que era aquella la primera ocasión, desde que conocía aEugenia, en que podría disfrutar de una inspección a su belleza a plena luz.—Y ahora, "mon ami" —dijo ella, tomándome una mano e interrumpiendo mispensamientos—, ahora, puesto que he accedido a tus apasionadas súplicas, y cumplí miparte en nuestro acuerdo, supongo que no habrás olvidado que tú también me debes unapequeña promesa. Recuerdo perfectamente las palabras que pronunciaste anoche:"Sacrifico por ti todas mis objeciones. Ahora guardaré estos anteojos aquí, sobre micorazón, y con las primeras luces de la mañana, esa mañana que me dará el derecho allamarte mi esposa, me los pondré sobre la nariz, y así los usaré, en la forma menosromántica, menos elegante, pero sin duda más útil, como tú lo deseas."—Ésas fueron exactamente mis palabras —repliqué—. Tienes una excelente memoria,Eugenia mía, y te aseguro que no tengo la menor intención de faltar a la insignificantepromesa que encierran.Y tras disponer los cristales en forma de anteojos, los coloqué adecuadamente en suposición. Por su parte, la señora Simpson, se ajustó el sombrero, cruzó los brazos, ypermaneció sentada en su sillón, adoptando una postura envarada y relamida.—¡Cielo santo! —exclamé, en cuanto los lentes cabalgaron sobre mi nariz—. ¿Qué ocurrecon estos anteojos...?Quitándomelos rápidamente, los limpié afanosamente con un pañuelo de seda, y volví aajustármelos. Pero si en el primer momento había ocurrido algo que me había llenado desorpresa, en seguida esta sorpresa se convirtió en asombro; un asombro extremado,inmenso, escalofriante. En nombre de todas las cosas horribles de este mundo... ¿qué eraaquello? ¿Podía dar crédito a lo que estaba viendo? ¿Era... "eso... colorete"? ¿Y ésas..."eran arrugas"? ¿Arrugas en el rostro de Eugenia Lalande? ¡Oh, por Júpiter! ¿Qué..., quéhabía pasado con sus dientes? Arrojé los anteojos al suelo, mudo de terror, mirando cara acara a la señora Simpson con los brazos puestos en jarra riendo sarcásticamente.—Bien, señor —dijo, después de observarme de pies a cabeza durante unos momentos—.¿Qué le ocurre? ¿Le ha atacado el baile de San Vito? ¿O es que no le gusto?—¡Miserable! —exclamé, conteniendo la respiración—. ¡Tú..., usted..., usted no es másque una vieja bruja!Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 23
  • 24. —¿Vieja? ¿Bruja? No soy tan vieja al fin y al cabo, puesto que no he pasado un día de losochenta y dos.—¡Ochenta y dos años! —grité, tambaleándome y retrocediendo hasta la pared—. ¡Ochentamil demonios! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!—Sin duda alguna, eso es verdad. Pero ese retrato fue pintado hace más de cincuenta años.Cuando me casé con mi segundo esposo, monsieur Lalande, me hizo ese retrato la hija demi primer marido monsieur Moissart.— ¿Moissart?—Sí, Moissart. —Se burló ella, imitando mi pronunciación francesa, que no era muy buena—. ¿Qué sabe usted sobre Moissart?—¡Nada! No sé nada de él, pero yo tuve un antepasado que se apellidaba así...—¿Y tiene algo que decir de ese apellido? ¡Es muy respetable! Como también lo esVoissart. ¡Sí, ése es otro apellido importante! Mi hija, mademoiselle Moissart, se casó conmonsieur Voissart, y ambos apellidos son respetabilísimos.—¿Moissart y Voissart? —interrogué, atónito—. ¿Qué está diciendo?— ¡Estoy diciendo Moissart y Voissart, y además quiero decir Croissart y Froissart. La hijade mi hija, mademoiselle Voissart, se casó con monsieur Croissart, y luego la nieta de mihija, mademosille Croissart, se casó con monsieur Froissart. Y supongo que no objetaráusted que éste es igualmente un apellido distinguido.—¡Froissart! —musité, sintiendo que comenzaba a desmayarme—. ¿En verdad usted hadicho Moissart, Voissart, Croissart, y Froissart?—Exactamente —asintió, tendiéndose en el sofá—. Moissart y Voissart, Croissart yFroissart. Desgraciadamente, Froissart era lo que se llama un estúpido, un auténticoestúpido que abandonó la "belle France" para venir a esta insulsa América. Aquí, según heoído decir, tuvo un hijo tan estúpido como él, llamado Napoleón Bonaparte Froissart, perousted reconocerá que este nombre es también muy honorable.Ya sea por su extensión o por su naturaleza, este pequeño discurso produjo una gran pasiónen la señora Simpson, y cuando terminó de hablar, saltó de su sillón como una personaembrujada, esparciendo por el suelo una enorme cantidad de rellenos que se desprendieronde sus ropas. Ya en pie, mostró sus desnudas encías, y concluyó la función quitándose elsombrero y con él una valiosa peluca de rizos negros, y, allí mismo, sobre postizos yrellenos, en una especie de arrebato de cólera, bailó un fandango.Yo me había hundido en el sillón que ella acababa de abandonar, repitiendo alelado:Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 24
  • 25. —Moissart y Voissart, Croissart y Moissart...De pronto, no pude contener un grito:—Napoleón Bonaparte Froissart! ¡Ése soy yo! ¡Escúcheme bien, vieja serpiente, ése soyyo! ¿Lo oye? ¡Yo soy Napoleón Bonaparte Froissart! ¡Y que el infierno me condeneeternamente! ¡Acabo de casarme con mi tatarabuela!Madame Eugenia Lalande, quasi Simpson antes Moissart, era ni más ni menos que mitatarabuela. Había sido muy hermosa, y aún a los ochenta y dos años, conservaba la tallamajestuosa, el escultórico perfil, y los bellos ojos de su juventud. Con estas cualidades, elblanco de perla, el cabello y los dientes postizos, y con la ayuda de las más hábilesmodistas de París, se las había arreglado para cumplir un digno papel entre las bellezas algopasadas de moda de la metrópoli francesa. En este aspecto, podía considerársela como eldoble de la famosa Ninon de LEnclos.Era inmensamente rica, y al quedar viuda por segunda vez, y sin hijos, se acordó de miexistencia en América. Con el propósito de hacerme su heredero, decidió visitar los EstadosUnidos, en compañía de una sobrina lejana de su segundo marido, incomparablementebella, la admirable madame Stephanie Lalande.En el teatro, mi presencia llamó fuertemente la atención a mi tatarabuela, y después deexaminarme con los anteojos, quedó impresionada al notar que guardábamos ciertoparecido de familia.Interesada por esta razón, y sabiendo que el heredero al que buscaba vivía en la ciudad,procuró informarse acerca de mí. El caballero que la acompañaba me conocía de vista, y ledijo quién era yo. Dicha información la indujo a repetir su examen con los anteojos; aquelexamen que me enardeció y me llevó a comportarme de la manera ya referida. Entonces fuecuando ella me devolvió el saludo, pensando que, por alguna circunstancia imprevisible, yohabía descubierto su identidad.Cuando, engañado por la debilidad de mi vista y los encantos de la singular dama, preguntéa Talbot quien era ella, mi amigo imaginó que me refería a la belleza más joven, o sea aStephanie Lalande, y por eso me informó que se trataba de la famosa viuda madameLalande.Al día siguiente, mi tatarabuela se encontró con Talbot, antiguo conocido suyo en París, yla conversación se refirió a mi persona. En esa ocasión quedaron explicados los defectos demi vista, que ya eran muy comentados, aunque yo siempre tratara de ocultarlos, y la buenaanciana comprendió, con pena, que estaba engañada al suponer que yo acababa dedescubrir nuestros lazos familiares. Lo único que había hecho era la tontería de cortejarabiertamente, y en un teatro, a una anciana desconocida. Entonces quiso castigarme poraquella imprudencia, y tramó todo el plan con Talbot.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 25
  • 26. En cuanto a mis investigaciones callejeras acerca de la hermosa viuda Lalande, supusieronque me refería a la joven, más claramente, a Stephanie Lalande. De este modo se explica laconversación con aquellos tres amigos, y su alusión a Ninon de LEnclos.En la velada musical, mi necia obstinación en no usar lentes fue lo que me impidiódescubrir su edad. Cuando madame Lalande fue invitada a cantar, se trataba de Stephanie,la joven, y mi tatarabuela, para completar el engaño, se levantó simultáneamente paraacompañarla hasta el piano. En consecuencia, la voz que tanto admiré era la de madameStephanie Lalande. No será necesario añadir que los cristales de los anteojos que usaba laanciana dama, ella misma los había cambiado por otros que se adaptaban mejor a mis años,y que se ajustaron perfectamente a mi vista.El sacerdote, que no había hecho sino fingir aquel fatal enlace, era un amigo de Talbot y noun auténtico clérigo. Un hombre muy astuto, que después de quitarse la sotana para vestirde librea, condujo el coche de alquiler que transportó a la "feliz pareja" fuera de la ciudad.Talbot tomó asiento junto a él. Los dos pillastres estaban de acuerdo, y por una ventanaentreabierta de aquella salita en la hostería se divirtieron con el "desenlace del drama".Pienso que me veré obligado a desafiarlos a los dos.A pesar de todo, no soy el marido de mi tatarabuela, y pensarlo me proporciona un infinitodesahogo. Pero soy el marido de madame Lalande. Sí, de madame Stephanie Lalande, conla cual, la anciana Eugenia, al mismo tiempo que me ha declarado su único heredero, se hatomado la molestia de emparejarme.En conclusión, se terminaron para mí las cartas de amor, y jamás volverá alguien a vermesin mis anteojos.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 26
  • 27. III. Los asesinatos de la rue MorgueLas condiciones mentales que suelen juzgarse como analíticas son, en sí mismas, muydifíciles de analizar. Las apreciamos únicamente por sus efectos. Conocemos de ellas, entreotras cosas, que son siempre para quien las posee en alto grado fuente de grandes goces.Así como hay hombres que se entusiasman con sus aptitudes físicas, el analizador se deleitacon la actividad intelectual que se ejerce al "desentrañar", y obtiene placer hasta de las mástriviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se fascina con los enigmas, losacertijos, los jeroglíficos, y muestra, en las soluciones de cada uno, un grado de "agudeza"que al vulgo le parece penetración sobrenatural. Sus resultados, logrados por su soloespíritu y por la esencia de su método, adquieren todo el aspecto de una intuición.La facultad de resolución es acaso potenciada por los estudios matemáticos, y esespecialmente esa importantísima rama de éstos la que, impropiamente y sólo teniendo encuenta sus operaciones previas, ha sido llamada como por excelencia: análisis. Sinembargo, calcular no es en sí analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, hace lo uno sinesforzarse en lo otro. De esto se desprende que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre lamente, está mal comprendido.No, yo no estoy escribiendo aquí un tratado, sino prolongando una narración bastantesingular, con observaciones hechas a la ligera. Pero aprovecharé esta ocasión para afirmarque las más altas facultades de la inteligencia reflexiva trabajan más decididamente y, conmás provecho, en el modesto juego de "damas", que en la primorosa superficialidad delajedrez. En éste, donde las piezas tienen diversos y rebuscados movimientos, con diferentesy variables valores, lo que sólo es complicado se toma erróneamente por profundo. Laatención trabaja aquí poderosamente: si flaquea un instante se comete una negligencia cuyoresultado es retroceso o derrota. Como los movimientos no sólo son muchos, sinointrincados, las probabilidades de descuidarse se multiplican y en nueve casos de diez elque triunfa es el jugador con más capacidad de concentración, y no el más perspicaz. En las"damas", por el contrario, los movimientos son "únicos" y con poquísima variación, ycomo, por consiguiente, la atención queda relativamente desocupada, las ventajas obtenidaspor cada una de las partes resultan de una perspicacia superior.Para ser menos abstracto, supongamos un juego de damas donde las piezas quedanreducidas a cuatro reinas, y en el que no pueden tenerse distracciones. Es evidente que eneste caso, estando los adversarios en completa igualdad de condiciones, la victoria sólo esdecidida por un movimiento "calculado", que resulta de un esfuerzo de la inteligencia.Privado de los recursos ordinarios, el analizador penetra en el espíritu de su contrincante, seidentifica con él, y, con no poca frecuencia, descubre de una ojeada los únicosNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 27
  • 28. procedimientos, a veces absurdamente sencillos, por los cuales puede inducirlo a error, oarrastrarlo a calcular equivocadamente.El "whist" (juego de naipes) ha sido señalado siempre por su influencia en lo que se llamafacultad analítica, y se ha visto a hombres con alto grado de inteligencia que han hallado enél, a primera vista, un deleite inexplicable, olvidando al ajedrez por superficial. Y no hayduda de que no existe otro juego que ejercite tanto la capacidad de análisis. El mejorjugador de ajedrez, puede llegar a ser, con el tiempo, poco más que el "mejor jugador deajedrez". En tanto que la pericia del "whist" implica talento para el éxito en todas lasempresas en que la inteligencia lucha con la inteligencia.Al hablar de pericia, me refiero a la perfección en un debate que incluye una comprensiónde todas las fuentes de donde pueda derivarse una ventaja legítima. Estas fuentes sonmultiformes, y residen en recónditos lugares del pensamiento, completamente inaccesiblespara el entendimiento vulgar. Observar atentamente es recordar distintamente, y en cuanto aesto, el jugador de ajedrez lo hará muy bien en el "whist", ya que las reglas de Hoyle,basadas a su vez en el puro mecanismo del juego, son suficientemente comprensibles. Así,el poseer una buena memoria, y proceder según esas reglas, son puntos comúnmenteconsiderados como el total cumplimiento de un buen jugador. Pero es en problemas queestán fuera de los límites de las reglas donde se demuestra la agudeza del que analiza.Efectúa en silencio múltiples observaciones. Tal vez lo hacen también sus adversarios, perola diferencia en lo extenso de la información obtenida no residirá tanto en la ilación comoen la calidad de lo observado. Nuestro jugador no se circunscribe al juego en modo alguno,y deberá rechazar ciertas deducciones que se originan en cosas exteriores a éste. Examina lafisonomía de su compañero, y la compara con la de cada uno de los demás contrincantes.Considera el modo de distribuirse las cartas a cada mano, contando triunfo por triunfo ytanto por tanto, escrutando las ojeadas que dan, a cada uno de ellos, sus contendores. Notacada variación en los rostros, a medida que el juego avanza, recogiendo gran cantidad deideas a través de la divergencia en las expresiones, ya sean de sorpresa, de triunfo odesagrado, y por la manera de recoger una baza, juzga si la persona que la toma puedehacer otra después. Reconoce lo que se juega simuladamente por el gesto con que se echa lacarta sobre la mesa. Una palabra inadvertida, la caída accidental de una carta, o el ademánde volverla casualmente, con ansiedad o descuido, para evitar que puedan verla: la duda, elentusiasmo o el temor, todo ello depara a su percepción indicaciones precisas. Una vezjugados los dos o tres primeros turnos, se halla en condiciones de tirar sus cartas conabsoluta precisión, como si el resto de los jugadores tuvieran vueltas hacia él las caras delas suyas.La facultad analítica no debe confundirse con mera ingeniosidad: no, ya que el analizadores necesariamente ingenioso, en cambio el hombre ingenioso a menudo es incapaz deanálisis. La capacidad de combinación con que se manifiesta generalmente el ingenio, y a lacual los frenólogos, erróneamente en mi opinión, han asignado un órgano aparte,suponiendo que es una cualidad primordial, se ha visto con frecuencia en individuos que,por otra parte, bordeaban la idiotez. Esto ha llamado la atención en escritoresespecializados en dichos temas. En efecto, entre la ingeniosidad y el talento analítico existeuna diferencia mucho mayor que entre el fantasear y la imaginación, aunque de caracteresNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 28
  • 29. estrictamente análogos. En realidad puede comprobarse que el ingenioso es siemprefantástico, y el "verdadero" imaginativo no deja de ser nunca analítico.La narración que sigue podrá servir, de cierta manera, al lector para ilustrarlo en unainterpretación acerca de las enunciaciones que acabamos de anticipar.Hallándome en París, durante la primavera y parte del verano de 18.., conocí a un señorllamado C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente familia; es más,a una ilustre familia. Pero, por una serie de malhadados acontecimientos, había quedadoreducido a tal pobreza, que sucumbió en ella la energía de su carácter, y renunció a susambiciones mundanas, así como a luchar por la restauración de su fortuna. Con elconsentimiento de sus acreedores, pudo quedar todavía en posesión de un remanente de supatrimonio, y con la renta de éste logró arreglárselas, mediante una rigurosa economía, paraprocurarse lo más necesario para vivir. Los libros eran su único lujo, y en París los libros seobtienen fácilmente.Nuestro primer encuentro acaeció en una oscura biblioteca de Montmartre, donde lacoincidencia de andar ambos buscando un raro y notable volumen nos puso en estrechaintimidad. Nos vimos a menudo, y yo me interesé profundamente por su historia familiar,que él me contó minuciosamente, con el candor con que un francés da rienda suelta a susconfidencias cuando habla de sí mismo. Además me admiraba la amplitud de sus lecturas,y, sobre todo, mi alma se encendía con el vehemente ardor, y la viva frescura de suimaginación.Debido a las investigaciones de que yo me ocupaba entonces en París, comprendía que laamistad de un hombre como aquel sería un tesoro inapreciable, y con esta idea me confiéfrancamente en él. Por fin, convenimos que viviríamos juntos durante mi permanencia en laciudad, y como mi situación económica era menos precaria que la suya, me fue permitidoparticipar en los gastos del alquiler, y de los muebles que se adaptaron al carácter algofantástico y melancólico de nuestro común temperamento. La casa, vetusta y abandonadahacía ya mucho tiempo por ciertas supersticiones que no quisimos averiguar, sebamboleaba como si fuera a hundirse en un desolado rincón del Faubourg Saint–Germain.Si la rutina de nuestra vida en aquel sitio hubiera sido conocida por la gente, nos habríantomado por locos. Nuestra reclusión era completa. No admitíamos visitantes. En realidad, ellugar de nuestro retiro fue cuidadosamente mantenido en secreto para mis antiguoscamaradas, y hacía varios años que Dupin había dejado de conocer a alguien, o de serconocido en París. Allí existíamos sólo el uno y el otro.Una rareza de mi amigo ¿cómo podría calificarla de otro modo?, consistía en estarenamorado de la noche por ella misma, y con esta extravagancia, como con todas las demásque él tenía, condescendía tranquilamente. Me entregaba a sus singulares manías sinalterarme. La noche no podía habitar siempre con nosotros, pero podíamos falsificar supresencia. Al primer albor de la mañana, cerrábamos todos los postigos de la vieja casa, yencendíamos un par de velas, fuertemente perfumadas, que por eso mismo no daban másque un resplandor sumamente pálido y débil. Al amparo de aquella luz, ocupábamosnuestras almas en sueños, leyendo, escribiendo, o conversando, hasta que el reloj nosNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 29
  • 30. anunciaba el advenimiento de la verdadera oscuridad. Entonces salíamos a pasear por lascalles, vagabundeando hasta muy tarde, buscando entre las estrafalarias luces y sombras dela populosa ciudad, la prodigiosa excitación mental que la serena meditación no lograbadarnos.En tales ocasiones, yo no podía menos que admirar el talento particularmente analítico deDupin. Además él se deleitaba en ejercitarlo, y no vacilaba en confesar el placer que ello lecausaba. Se jactaba conmigo, de que, para él, muchísimos hombres llevaban ventanas ensus pechos, y reforzaba tales afirmaciones con pruebas, directas y sorprendentes, de suíntimo conocimiento de mi persona. Sus maneras, en esos momentos, eran glaciales yabstraídas; sus ojos quedaban sin expresión; en tanto que su voz, ricamente atenorada, seelevaba hasta un tono atiplado, que hubiera sonado a petulancia, a no ser por lacircunspecta claridad de su dicción. Observándolo en aquellas disposiciones de ánimo, yoreflexionaría acerca de la antigua filosofía del "alma doble", y me divertía imaginando un"doble Dupin": el "creador" y el "analizador".No vaya a suponerse, por lo que acabo de decir, que estoy narrando algún misterio, oescribiendo una novela. Lo que he escrito acerca de mi amigo, no es más que el contenidode una inteligencia exaltada. Pero de la clase de sus observaciones, en esa época, unejemplo dará mejor idea.Una noche vagábamos por un calle larga y viejísima en las cercanías del Palais Royal.Como cada uno de nosotros, al parecer, iba enfrascado en sus propios pensamientos, hacíapor lo menos quince minutos que no habíamos pronunciado ni una sílaba. De pronto, Dupinrompió el silencio:—Mirándolo bien, ese muchacho es demasiado pequeño, y estaría mejor en el Teatro deVariedades...—De eso no cabe duda —repliqué yo, sin reflexionar en lo que decía, y sin observar, en elprimer instante, de qué modo extraordinario mi interlocutor coincidía con mismeditaciones. Un instante después me recobré, y mi asombro fue profundo—. Dupin —dije, gravemente—, esto excede a mi comprensión... Estoy perplejo, y apenas puedo darcrédito a lo que oí. ¿Cómo es posible que usted haya podido saber lo que yo estabapensando?Diciendo esto me interrumpí, para asegurarme de que realmente él sabía en quién pensaba.—En Chantilly —contestó—. ¿Por qué se ha interrumpido? Usted pensaba que su diminutafigura lo inhabilita para la tragedia.Ése era, precisamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly es un exzapatero remendón dela calle Saint Denis, que se fascina con el teatro, y ha audicionado para el papel de Jerjes enla tragedia de Crebillón, pero sus esfuerzos no le han hecho ganar más que las burlas de lagente.Narraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 30
  • 31. —Dígame, por Dios —exclamé—, ¿por qué método, si lo hay, ha logrado profundizar asíen mi espíritu?En verdad yo me hallaba mucho más sorprendido de lo que hubiera querido confesar.—Ha sido el vendedor de frutas —respondió mi amigo—. Él lo indujo a usted a esaconclusión de que Chantilly no tiene la estatura necesaria para hacer un Jerjes ni ningunoparecido.—¿El vendedor de frutas? ¡Me confunde usted, Dupin! Yo no conozco a ninguno...—Sí, ese hombre con el que tropezamos hará unos quince minutos.Entonces recordé que, en efecto, un vendedor de frutas, que llevaba en la cabeza una grancanasta de manzanas, estuvo a punto de derribarme cuando pasábamos de la calle C... alcallejón donde estábamos ahora. Pero no alcanzaba a comprender qué tenía que ver aquellocon Chantilly.En Dupin no cabía ni la menor partícula de charlatanería.—Voy a explicárselo —dijo—, y para que pueda recordarlo todo claramente, primerovamos a repasar en sentido inverso el curso de sus meditaciones; desde este momento, hastael del "choque" con el vendedor de frutas. Los principales eslabones de la cadena sesuceden "así" al revés: Chantilly, Orión, doctor Nichols, Epicuro, Estereotomía, las piedrasde la calle, el vendedor de frutas...Pocas son las personas que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenidorecorriendo, en sentido inverso, las etapas por las cuales han alcanzado determinadasconclusiones de su inteligencia. Es una ocupación interesante, y el que por primera vez laprueba, se queda pasmado ante la aparente distancia ilimitada, y la incoherencia que dan lasensación de mediar entre el punto de partida y la meta. Puede suponerse cuál sería miasombro al escuchar lo que decía mi amigo. Pero no pudimos reconocer que decía laverdad. Dupin continuó de este modo:—Si bien recuerdo, habíamos estado hablando sobre caballos en el momento en quesalíamos de la calle C... Era el último tema que discutíamos. Cuando entramos en esta calle,un vendedor de frutas, con una canasta en la cabeza, pasó rápidamente, y lo empujó a ustedcontra un montón de adoquines en un sitio donde la calzada está en reparación. Usted pusoel pie en uno de los adoquines sueltos, resbaló, se torció ligeramente un tobillo, y pareciómalhumorado. Refunfuñó algunas palabras, se volvió para mirar el montón de adoquines, yluego siguió andando en silencio. No presté mucha atención a lo que usted hacía, pero laobservación se ha convertido para mí, desde hace tiempo, en una especie de necesidad.Usted caminó, mirando el suelo, atendiendo con expresión de enojo a los hoyos delempedrado. Por lo que yo deducía, pensando aún en las piedras, hasta que llegamos alPasaje Lamartine que ha sido pavimentado con tarugos sobrepuestos y remachados. Alentrar allí, su expresión se iluminó, y al mirar el movimiento de sus labios, supe queNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 31
  • 32. pronunciaba la palabra "estereotomía", término que tan afectadamente se aplica a esa clasede pavimento. Yo sé que usted no puede pronunciar para sí esta palabra sin pensar en losátomos, y por lo tanto en las teorías de Epicuro. Y considerando que, cuando discutíamosacerca de ese tema, le hice notar de qué singular manera las vagas conjeturas de aquelgriego han hallado confirmación en la reciente cosmogonía nebular, comprendí quelevantaría sus ojos hacia la gran nebulosa de Orión. En efecto, ha mirado hacia arriba, yentonces he tenido la certeza de haber seguido correctamente las etapas de su pensamiento.Ahora bien, en la diatriba que se publicó ayer en el "Musée", aludiendo al pobre Chantilly,el crítico hizo algunas ofensivas alusiones al cambio de nombre del remendón al calzarsecoturnos, y citó un verso latino del que nosotros hemos hablado a menudo: "Perdiditantiquum littera prima sonum" (la antigua palabra perdió su primera letra). Yo le habíadicho que esto se refería a la palabra Orión, que primero fue Urión, y, por ciertas acaloradasdiscusiones que sostuvimos por esa interpretación mía, he tenido la seguridad de que no lahabía olvidado. Por lo tanto era lógico que no dejaría de asociar Orión con Chantilly. Queasociaba lo he comprendido por la clase de sonrisa que ha pasado por sus labios. Ustedrecordó aquella "inmolación" del pobre zapatero. Hasta ese momento caminaba inclinandoel cuerpo, y repentinamente lo vi erguirse. Este gesto me ha dado la certeza de que ustedmeditaba en la diminuta figura de Chantilly. Y entonces fue cuando interrumpí suspensamientos, para observar que, en efecto, por ser un sujeto demasiado bajo de estatura,Chantilly estaría mejor en el Teatro de Variedades.No mucho tiempo después de esta conversación, estábamos revisando una edición de latarde de la "Gazette des Tribunaux", cuando llamaron nuestra atención los siguientespárrafos:"EXTRAÑOS ASESINATOS. Esta madrugada, alrededor de las tres, los habitantes delQuartier Saint–Roch fueron despertados por una serie de espantosos gritos, que salían delpiso cuarto de una casa en calle Morgue, la cual estaba habitada únicamente por madameLEspanaye y su hija Camille LEspanaye. Al cabo de infructuosos intentos para poderentrar en la casa, de modo normal, hubo que forzar la puerta de entrada con una palanca dehierro, y entraron ocho o diez vecinos, acompañados de dos gendarmes. En aquel momentocesaron los gritos. Pero al llegar esas personas al rellano de la escalera, oyeron dos o másvoces que parecían disputar airadamente, y procedían de la parte superior de la casa.Cuando subieron hasta el segundo piso, los rumores cesaron y todo permaneció en absolutosilencio. Las personas mencionadas recorrieron precipitadamente las habitaciones, y alentrar, por fin, en una vasta sala trasera del cuarto piso, cuya puerta también tuvieron queforzar por estar cerrada con llave por dentro, se hallaron ante un espectáculo que lossobrecogió de asombro y horror."La habitación estaba en completo desorden, y los muebles, rotos y esparcidos en diversasdirecciones. No quedaba más lecho que el armazón de una cama: todo lo demás de éstahabía sido arrancado y lanzado por el piso. Sobre una silla se encontró una navaja de afeitarmanchada de sangre, y en la chimenea, dos o tres largas guedejas de cabellos humanoscanosos, igualmente empapados de sangre, que parecían haber sido desprendidos de raíz.En el suelo se hallaron cuatro napoleones, un pendiente de topacio, tres grandes cucharas deplata, tres cucharillas de "metal dAlger" y dos talegas que contenían aproximadamentecuatro mil francos en oro. Los cajones de una cómoda que se hallaba en un rincón estabanNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 32
  • 33. abiertos y, al parecer, saqueados, aunque todavía quedaban algunos objetos. Debajo de lacama descubrieron un cofrecito de hierro, abierto, con la llave aún puesta en la cerradura.No contenía más que unas cartas antiguas y otros papeles de poca importancia."De madame LEspanaye no se encontraba ningún rastro. Pero al advertir en el hogar unacantidad desusada de hollín, se examinó la chimenea, y... ¡da espanto decirlo! se extrajo deallí el cuerpo de su hija, cabeza abajo; había sido introducido en dicha posición por laestrecha abertura, hasta una altura considerable. Este cuerpo estaba todavía caliente, ymostraba numerosas excoriaciones, ocasionadas sin duda por la violencia con que fueembutido en aquel lugar, y el esfuerzo para extraerlo. En el rostro tenía innumerablesarañazos, y, en la garganta, cárdenas magulladuras, y profundas heridas causadas por uñas,como si la muerta hubiera sido estrangulada."Después de un completo reconocimiento de todos los lugares de la casa, sin lograr nuevosdescubrimientos, los presentes se dirigieron a un patiecillo enlosado, en la parte posteriordel edificio. Aquí fue hallado el cadáver de la anciana, madame LEspanaye, con lagarganta rebanada de tal modo que, al intentar alzar el cuerpo, la cabeza se desprendió. Elcuerpo se veía horriblemente mutilado, y conserva apenas su apariencia humana."Hasta ahora, que sepamos, no se ha logrado el menor indicio para aclarar este escalofriantemisterio."El diario del día siguiente daba estos pormenores adicionales:"LA TRAGEDIA DE LA CALLE MORGUE. Gran número de personas han sidointerrogadas acerca de este espantoso y extraordinario asunto, sin que se consiga nada quearroje alguna luz. A continuación ofrecemos todas las declaraciones más importantes que sehan obtenido."Paulina Dubourg, lavandera, declara haber tratado a las víctimas durante tres años, porhaber lavado para ellas todo ese tiempo. Dice que la anciana y su hija vivían en buenostérminos, muy cariñosas la una para la otra. Pagaban puntualmente. No sabe mucho acercade su manera de vivir o los medios para hacerlo. Cree que la señora profetizaba la buenaventura para ganar la subsistencia, y se comentaba que mantenía dinero oculto. Jamás hallóa otras personas en la casa, cuando la llamaban para recoger la ropa o cuando iba adevolverla. No tenían muchos muebles, salvo en el cuarto piso."Pierre Moreau, dueño de una tabaquería, declara que habitualmente le vendía pequeñascantidades de tabaco y de rapé a madame LEspanaye: durante unos cuatro años. Él nacióen su vecindad y siempre ha vivido allí. La señora y su hija hacía más de seis años quehabitaban en la casa donde fueron encontrados sus cadáveres. Anteriormente estuvoocupada por un joyero, que a su vez alquilaba las habitaciones inferiores a varias personas.La casa era de propiedad de madame LEspanaye, quien, descontenta por los abusos de suinquilino, decidió desalojar a éste, y se trasladó a vivir allí. En adelante se negó a alquilarninguna parte de la casa. A la hija, el testigo dice haberla visto no más de cinco o seis vecesen total. Las dos mujeres hacían una vida excesivamente retirada. Se decía que teníandinero, y escuchó, entre los vecinos, que madame LEspanaye veía la suerte, pero él no loNarraciones extraordinarias – Edgar Allan Poe – 8JOKER Página 33