Karlheinz Deschner LA POLÍTICA DE LOS PAPAS EN EL SIGLO XX Volumen IICON DIOS Y CON LOS FASCISTAS...
Título de la obra original: DIE POLITIK DER PÁPSTE IM 20. JAHRHUNDERT.© Editorial Rowohlt Verlag, 1991.GbmH. Rcinbek bei H...
ÍNDICEPIO XII (1939-1958) ...................................................................................................
PIO XII (1939-1958) A veces se hace mofa de que yo trillo innecesariamente lo que ya está ...
Eugenio Pacelli no era aristócrata de nacimiento, pero sí lo era, digamos, por sus gestos yademanes. Descendía de una fami...
Introitos El futuro papa, nacido el 2 de marzo de 1876 como típico vastago del «patriciado negro»de menos rango y educ...
1939. Con .todo, él declaró modestamente —recordemos casos anteriores— a quienes lo feli-citaban por anticipado que «Se gr...
boradores sino sólo subordinados, receptores de órdenes (Engel-Janosi). Se ha llegado a decir que cuando tenía que nom...
papa y a quien las lenguas frivolas llamaban «La Papessa» o «virgo potens». Siendo él unprelado de 41 años descubrió en 19...
También en abril de 1938 dio Pacelli a entender ante el presidente del senado de Danzig,Greiser, «de forma reiterada e ins...
se esa exigencia como imperiosa y como su deseo más ardiente! ¡Qué hacer! Así eran lostiempos que corrían. En las cárceles...
La destrucción de Checoslovaquia «Nos alegramos por la grandeza, el auge y la pro...
lovaca. Todavía el 5 de julio de 1944 el coronel de las SS y ministro del Reich para el protec-torado de Boemia y Moravia,...
nentes de Alemania en 1933, Tiso proclamó ahora: «El catolicismo y el nacionalsocialismotienen mucho en común y trabajan m...
considerablemente el número de sus asesores alemanes y reforzó su ideología de estado, tras-unto de la nazi. Después de la...
La tragedia de Polonia «Uno de los mayores responsables de la tragedia de mi paí...
menzaron a percatarse paulatinamente del peligro que amenazaba a Polonia por parte deAlemania (y del Vaticano). A pesar de...
an proporcionado por haber defendido la fe y la civilización). «El papa», proseguía Von Ber-gen en su escrito a Ribbentrop...
En la madrugada del 1 de septiembre de 1939 los ejércitos de Hitler atacaron Poloniadesde Prusia Oriental, Pomerania y Sil...
les, socialistas y comunistas, sino sólo por la política religiosa de Hitler, también en Poloniase sentía mucho menos preo...
que conocen que en el Pontificale Romanum figura el texto antiguo de una bendición de ran-go litúrgico para soldados según...
las vías de ferrocarril— tanto más se emocionaba el papa, quien en otras circunstancias guar-daba un silencio tenaz. Ahora...
arzobispo de Liverpool, encargado de negocios ante el gobierno polaco en el exilio: sólo porcierto después de que éste hub...
mientos» de Polonia, manifestaba también el 13 de mayo de 1940 frente al embajador italia-no, pero con ello sólo empeorarí...
Politica de los Papas en el siglo XX Capitulo II Derchner Karlheinz
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Politica de los Papas en el siglo XX Capitulo II Derchner Karlheinz

Published on: Mar 4, 2016
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Politica de los Papas en el siglo XX Capitulo II Derchner Karlheinz

  • 1. Karlheinz Deschner LA POLÍTICA DE LOS PAPAS EN EL SIGLO XX Volumen IICON DIOS Y CON LOS FASCISTAS 1939-1995 http://Rebeliones.4shared.com
  • 2. Título de la obra original: DIE POLITIK DER PÁPSTE IM 20. JAHRHUNDERT.© Editorial Rowohlt Verlag, 1991.GbmH. Rcinbek bei Hamburg.Ilustración de cubierta: Escudo de Armas del Vaticano.© Kariheinz Deschner© Editorial YALDE, S. L.Torres San Lamberto, 9-A50011 Zaragoza Teléfono y Fax: (976) 33 55 36I.S.B.N.: 84-87705-23-5Depósito Legal: Z. 1.347-95Impreso en COMETA, S. A. — Ctra. Castellón, Km. 3,400 — ZaragozaTraducción: ANSELMO SANJUÁN NÁJERA No está permitida la reproducción total o par- cial de esta obra, cualquiera que sea el procedimien- to empleado, sin expreso y previo permiso de los ti- tulares del Copyright. 2 http://Rebeliones.4shared.com
  • 3. ÍNDICEPIO XII (1939-1958) .......................................................................................................................................... 4 Introitos........................................................................................................................................................... 6 La destrucción de Checoslovaquia ............................................................................................................... 12 La tragedia de Polonia .................................................................................................................................. 16 La Acción Pastoral Católica en la II G.M..................................................................................................... 25 Tras la campaña de Polonia .......................................................................................................................... 38 La Guerra en el Occidente y la Iglesia Católica............................................................................................ 48 La invasión de Rusia y las expectativas de la misión vaticana ..................................................................... 60 Stalin y la colaboración de ortodoxos y católicos......................................................................................... 70 El fracaso de la misión en Rusia y la política papal para cercar a Rusia ...................................................... 74 Los «esfuerzos por la paz» del Papa Pío XII: ............................................................................................... 81 ¡Una cruzada del Occidente contra el Oriente!............................................................................................. 81 El hundimiento del fascismo. La política de Roma respecto a judíos y rehenes .......................................... 87 La «imparcialidad» del «Vicario de Cristo» y el espectáculo de las apelaciones pontificias a la paz .......... 93 Fiestas de la matanza en Croacia o «el reino de Dios»................................................................................. 98 La guerra fría substituye a la guerra caliente .............................................................................................. 118 Los USA como arsenal de armas y fuente de financiación de la iglesia católica ....................................... 128 «Sólo una cosa es necesaria...» ................................................................................................................... 133 El cardenal Spellman, Henry Ford II, McCarthy y otros prominentes católicos de los USA ..................... 137 El «nuevo orden» antisoviético occidental establecido por Washington y Roma....................................... 141 El rearme germano-occidental con la ayuda de la iglesia católica.............................................................. 153 Acción pastoral castrense en la Bundeswehr .............................................................................................. 182 ¿Atizó Pío XII la guerra caliente?............................................................................................................... 187 Contra los «criminales sin conciencia», guerra atómica, química y bacteriológica.................................... 195 Lucha de religiones en el Este .................................................................................................................... 201JUAN XXIII (1958-1963) .............................................................................................................................. 222PABLO VI (1963-1978) ................................................................................................................................. 235JUAN PABLO I (26 de agosto-28 de septiembre de 1978)............................................................................ 253JUAN PABLO II (1978-...) ............................................................................................................................ 256Horst Herrmann .............................................................................................................................................. 280Apéndice crítico a (Cruzando el umbral de la esperanza» de Juan Pablo II. .................................................. 280 UN ALTO EN EL UMBRAL DE LA ESPERANZA (Réplica al papa Wojtyla) ...................................... 282NOTAS DEL VOLUMEN II.......................................................................................................................... 296 3 http://Rebeliones.4shared.com
  • 4. PIO XII (1939-1958) A veces se hace mofa de que yo trillo innecesariamente lo que ya está más que trillado. No niego que la mayor parte de mis críticas sean ya cono- cidas para algunos pocos. Niego, eso sí, que las conozca la mayoría. Y lo que especialmente cuestiono es lo que esa mayoría da por sabido. «Lo concerniente a la religión no es, como afirma ¡a opinión todavía imperante en nuestros días, algo bueno y digno de veneración, sino todo lo contrario, algo malo y abominable. Se trata de una colusión detestable entre la voluntad de poder espiritual, por parte de unos, y la disposición al some- timiento espiritual, por parte de otros. Colusión tanto más detestable cuanto que esa voluntad de poder se presenta bajo la forma de humilde obediencia a los poderes de lo alto. Detestable por partida doble, ya que alimenta además en los sometidos la ilusión de poseer una convicción religiosa personal, fruto del propio esfuerzo... Sólo quienes minusvaloran el espíritu pueden opinar que el poder de la mendacidad religiosa es menos pernicioso que el de los malos políticos o el de los magnates económicos. Mientras la humanidad prosiga adelante con la historia de las religiones, proseguirá asimismo con la historia de las guerras. Mientras el hombre no se rebele contra la vergüenza de su tutela religiosa, no juzgará tampoco que la vergüenza de matar por de- creto del poder sea tan mala como para abominar de ella desde lo más pro- fundo y velar por una política adecuada. El mundo del delirio colectivo es el mundo del crimen colectivo» R. Máchier (1) «Jappartiens tout entier au Saint-Siege» (E. Pacelli en 1917) «¡Todo ello tuvo que haber tenido un sentido!» (Pío XII a J. Müller po- co después de finalizada la II G.M.) «... en determinadas fases se comportaba políticamente como si los USA debieran asumir crecientemente la función del imperio medieval; como si contemplara en ellos al brazo secular de la Iglesia, mientras que el papa desempeñaría el papel de cura de campaña de la alianza occidental» (Peter Nichols) «Pío XII se oponía a una paz a cualquier precio. El pacifismo extremo no sólo le parecía extravagante sino públicamente peligroso... De ahí que Pío XII no condenase rotunda e incondicionalmente las armas atómicas, biológi- cas y químicas, por más que urdiese para su reducción generalizada. Usadas en legítima defensa podrían también ellas ser moralmente permitidas» (R. Leiber S. J.) «La tarea era ardua, pero Pío XII la desempeñó espléndidamente. En esta época de ruda violencia, del odio y del asesinato, la Iglesia no hizo otra cosa sino ganar en prestigio, en confianza y en margen de acción» (R. Leiber S. J.) «La autoridad moral del papado en los países no católicos y no cristia- nos aumentó aún más durante su pontificado» (Léxico de la Teología y de la Iglesia) «Desarrolló el hábito, que en el ultimo trecho de su vida casi se convir- tió en una obsesión, de ganarse tas simpatías de su audiencia y de influir so- bre ella mostrando un saber riguroso justamente en la especialidad en la que aquella estaba cabalmente interesada. Si, verbigracia, recibía a un grupo de dentistas había de contarles algo sobre los nuevos sistemas de taladro. Si sa- ludaba a especialistas en la explotación del petróleo hablaba de otros méto- dos de perforación y sobre técnicas de comprobación sismográficas, gravi- métricas y magnéticas. Si eran carniceros los que tenía ante sí, la víspera an- terior se estudiaba los métodos más modernos del sacrificio de animales en el matadero municipal...» (Corrado Pallenberg) 4 http://Rebeliones.4shared.com
  • 5. Eugenio Pacelli no era aristócrata de nacimiento, pero sí lo era, digamos, por sus gestos yademanes. Descendía de una familia cuyos miembros habían sido desde hacía muchas gene-raciones «romani de Roma», vinculada desde muy antiguo con la ciudad y desde más antiguoaún con el Vaticano. Con sus finanzas especialmente. El abuelo del papa, Mar-cantonio Pace-lli, nacido el año de 1804 en Orano provincia de Viterbo se introdujo en la administraciónvaticana gracias a su tío, el cardenal Caterini. Primero se convirtió en responsable de la sec-ción de finanzas bajo el pontificado de Gregorio XVI, aquel «Santo Padre» que azuzaba a supolicía secreta y a su soldadesca contra los italianos, aplastaba brutalmente cualquier gobier-no liberal y condenaba la libertad de conciencia como una «demencia» (Deliramentum) (V.Vol. 1, «Entre Cristo y Maquiavelo»). En 1848, el abuelo de Eugenio Pacelli marchó paraGaeta con Pío IX huyendo de la revolución. A su regreso, limpió Roma de revolucionariostras ser nombrado miembro del Tribunal de los Diez. En 1851, fue nombrado subsecretario deestado para asuntos internos y en 1861 fundó el diario del Vaticano LOsservatore Romano.Tuvo dos hijos, Ernesto y el padre de Eugenio, Filippo, abogado, letrado de la la Santa Rota yconsejero municipal de Roma. Su mujer, Virginia Graciosi, le dio dos hijas, Giuseppa y Eli-sabetta y también dos hijos, Francesco —padre de los siniestramente célebres sobrinos papa-les, Marcantonio y Giulio Pacelli— y Eugenio, a quien la devota madre habría al parecer ido-latrado. (2) 5 http://Rebeliones.4shared.com
  • 6. Introitos El futuro papa, nacido el 2 de marzo de 1876 como típico vastago del «patriciado negro»de menos rango y educado inicialmente como tal en escuela privada, —luego pasó a un liceopúblico— fue ordenado sacerdote en 1899 por el vicegerente del cardenal vicario de Roma.Respaldado por el cardenal Vincenzo Vanutelli (V. Vol. I), íntimo amigo de su padre, y unavez licenciado en derecho, entró como pasante y camarero secreto del papa en la Congrega-ción para Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, con cuyo secretario, P. Gasparri, preparó lacodificación del derecho canónico. En 1911, Pacelli se convirtió en sotto-segretario, en 1912,en pro-secretario y en 1914 en secretario de la Congregación. En 1917 fue nombrado nuncioen Munich, acontecimiento que se incluyó entre los hitos más importantes del catolicismoalemán. Cuando Pacelli dejó Baviera en 1925 pronunció un discurso de despedida que si bien nocuenta entre las maravillas literarias de la época, sí que se presta maravillosamente para ca-racterizar su estilo y, por ende, caracterizarlo a él mismo. «Al decir adiós a Munich, ciudad desoberanas creaciones de su sentido estético y de fe viva, saludo con el corazón conmovido atodo el pueblo bávaro, entre quienes en los años transcurridos me surgió una segunda patria.Una segunda patria cuyas verdes campiñas y callados bosques, cuyas altas montañas y azuleslagos, cuyas capillas rurales y catedrales, cuyas praderas y castillos, cobran nuevamente for-ma en mi imaginación antes de que tome el bastón de peregrino y me traslade a otro lugar aobrar según lo exige mi cargo. Y juntamente con el paisaje saludo en mi despedida, lleno degratitud, al pueblo bávaro, ese pueblo con el que ha de encariñarse por fuerza todo aquel quelo mire no sólo a los ojos sino en lo profundo del alma, ese pueblo de espíritu tan fuerte y tanfirme como las rocas de sus montañas, de sentimientos tan profundos como las azules aguasde sus lagos» (Su «Excelentísima» no pasó inadvertidamente por alto, como anota conge-nialmente sor Pascalina Lehnert la compañera de su vida «pese a todo ello... los encantos dela naturaleza. Se gozaba en las flores espléndidas, en el murmullo de los arroyos, en las ágilesardillas, en las mansas vacas, en las variopintas mariposas y lo último que pasaría por altoeran los pastorcillos que custodiaban los rebaños...» Las vidas de Pío XI y Pío XII, de edades muy parecidas, se habían cruzado frecuente-mente. Durante la I G.M. trabajaban ambos en el Vaticano. A su regreso de Varsovia en elinvierno de 1920/21, Ratti visitó a su colega Pacelli en Munich y su coincidencia en el enjui-ciamiento de la situación mundial fue de seguro uno de los factores y no el menos importanteque llevaron a Ratti, ya papa, a confiar al eficiente nuncio la secretaría de estado el 7 de fe-brero de 1930. Pío XI mostró un afecto cada vez mayor por su «veramente carissimo e maitanto caro come ora Cardinale Secretario di Stato» y finalmente consideraba que «el mayordon» obtenido en su vida era el de poder tenerlo a su lado. «Si el papa muriera hoy mañanahabría otro en su puesto, pues la Iglesia perdurará más allá. Pero si muriera el cardenal Pacelliello constituiría una desdicha mucho mayor, pues él es único». He ahí de qué modo promovíael undécimo de los píos la imagen del futuro duodécimo. Deseaba que le sucediera y Pacelliseguía sus pasos «casi como un príncipe heredero». «Lo hago viajar», dijo cierta vez aludien-do a los viajes de su valido a las Américas del Sur y del Norte (1934 y 1936), a Francia (1935y 1937) y Budapest (1938), viajes que iban generalmente acompañados de honores triunfalesy banquetes estatales, «para que el mundo lo conozca y él conozca el mundo... da una buenaimagen de papa». Sin duda alguna Pacelli partió como favorito en el cónclave iniciado el 1 de marzo de 6 http://Rebeliones.4shared.com
  • 7. 1939. Con .todo, él declaró modestamente —recordemos casos anteriores— a quienes lo feli-citaban por anticipado que «Se gradece de veras, pero consideren que ningún secretario deestado fue jamás elegido papa», lo cual tenía tan poco de cierto como muchas otras declara-ciones en boca de Pacelli. Además de ello hizo sus maletas, mandó «poner en orden toda suvivienda» y encargó los billetes para pasar unas vacaciones en Suiza. «¿Están en regla vues-tros pasaportes?... El mío ya lo está». A despecho de ello se convirtió en lo que la mayoríaesperaba y él mismo seguramente más fervientemente que nadie y además, según parece, enel cónclave más breve desde el celebrado en 1623, como primer romano y primer secretarioelegido papa, desde el 1721 y el 1775 respectivamente. El suplicio de la incertidumbre acabó ya al día siguiente, el 2 de marzo aniversario dePacelli. En el tercer escrutinio obtuvo la mayoría necesaria de dos tercios. Adoptó el nombrede Pío XII y escogió esta divisa para su pontificado: «La paz es obra de la justicia»: OpusJustitiae Pax. Eligió como blasón una paloma con el ramo de olivo, símbolo de la paz, y el 10de marzo nombró al napolitano L. Maglione, un fumador empedernido, hombre de mundo ycuidadoso de su apariencia, secretario de estado. Había sido nuncio en Berna de 1918 a 1926y hasta 1935 lo fue en París. (Con todo, en una «Causa» ya incoada. Pío XII le denegó la bea-tificación, pues «como éste... fumó tanto no puedo beatificarle»). Después de la muerte deMaglione el 22 de agosto de 1944 Pío XII, caso único en la historia de la Iglesia, gobernó sinsecretario de estado hasta su propia muerte, apoyándose únicamente en los responsables de lamás poderosa de sus instituciones, Tardini y Montini. El último sería más tarde papa con elnombre de Pablo VI. Pacelli fue coronado, después de una solemne misa papal en San Pedro, el 12 de marzo,en el balcón situado encima de la puerta principal. En ese momento parecía como si él «atra-jese a Dios hacia la tierra» (Pascalina). Fue ésta la primera coronación practicada en este lu-gar a causa de los «cientos de miles» que no hallaban cabida en la basílica. El cardenal CacciaDominioni ejecutó aquel acto con la significativa frase de «Recibe esta tiara ornada de trescoronas y sepas que eres el padre de los príncipes y reyes, guía del orbe...» (patrem principumet regum, rectorem orbis in térra). Palabras que reflejan con harta claridad las antiquísimasambiciones de poder universal del papado, las mismas que ya inicialmente hallamos en LeónXIII. La prensa mundial mostró, una vez más, su perspicacia para captar lo esencial tras laelección y coronación de Eugenio. Elogió «su figura procer, impasible y no obstante elástica,esbelta y enjuta. Su rostro fino, pálido y anguloso. Su mirada hierática de ojos negros querefulgían como diamantes tras las gafas. Su porte transfigurado en la blanca ropa talar, rígidobajo la tiara, semejante a una estatua de mármol. Su aristocrática mano y su sonora voz».Tampoco olvidó desde luego sus buenas prendas morales: su firmerza de carácter, su tenaci-dad, su laboriosidad, la pureza de sus costumbres, su piedad. Ni sus capacidades intelectuales:su aguda inteligencia, su memoria fuera de lo común, su amplia erudición, su elevada cultura,su mundología, su elocuencia. No prosigamos: es algo que ya conocemos por otras entroniza-ciones papales anteriores. Semejantes apoteosis se repiten de tanto en tanto como las melodí-as de un organillo. El papa Pacelli, un enamorado del poder y la gloria, era un autócrata digno de ser llevadoa la escena, que prestaba resonantes alas al culto a la personalidad, que calculaba el efecto desus apariciones públicas «como una primadonna», que se recreaba en los baños de multitudaunque había sentido temor de ella, que en semejantes situaciones comenzaba a vibrar, a tem-blar de excitación, que con una convicción mayor que la de todos sus predecesores se hacíallamar «Petrus vivus», que, por mor de sí mismo creó un gigantesco aparato propagandísticoy nombró a un redactor propio, Cesidio Lolli, responsable para todo cuanto se publicase enLOsservatore Romano, —aquella gaceta curial casi familiar— concerniente a su persona. Elporte de este papa era hasta tal punto hierático-faraónico que llegó a disgustar incluso a losmonsignori avezados a lo más duro: «Era un déspota hasta la médula», que no deseaba cola- 7 http://Rebeliones.4shared.com
  • 8. boradores sino sólo subordinados, receptores de órdenes (Engel-Janosi). Se ha llegado a decir que cuando tenía que nombrar obispos, torcía el gesto; que cuandoeran arzobispos, sentía náuseas y que en el caso del nombramiento de cardenales, enfermabaliteralmente. Así se explica el «bloqueo de birretes»: en lugar de los más o menos veinte car-denales que la curia necesitaba para un buen funcionamiento, ésta trabajó durante muchosaños tan sólo con doce de los que cinco eran octogenarios. Es más que probable que Pacellisólo promoviese una exaltación, la de su antecesor, beatificado y canonizado, pues ello lepermitía sentirse exaltado él mismo, vinculado a aquel glorioso rango de la santidad que élmismo, dados sus antecedentes, aguardaba también para sí. Eso si no esperaba, incluso, suexaltación a doctor de la Iglesia el supremo entre los títulos que Roma concede y que sólo loostentan León I y Gregorio I entre los aproximadamente 265 papas. (El número exacto de«Santos Padres» legítimos es algo que se sustrae al conocimiento de los mismos círculos«más ortodoxos»). E. Pacelli no esperó a ser papa para hacer historia. El hombre que, al igual que muchosotros príncipes de la Iglesia, sentía la política mundial como su más genuina vocación, seejercitó ya en aquélla como cardenal secretario de estado bajo Pío XI y durante aquel decenio,que algunos consideran como su época de esplendor, fue cuando desplegó sus indiscutiblesdotes de diplomático. Algunos lo enjuiciaron incluso como persona «únicamente dotada parala diplomacia» (Engel-Janosi) El otrora secretario de estado compartió la responsabilidad del apoyo internacional pres-tado a Italia en la guerra de Abisinia (no es casual que en algunas fases del pontificado dePacelli no hubiese ni un solo italiano entre los representantes vaticanos en Abisinia). Fuetambién corresponsable del apoyo prestado a Franco durante la Guerra Civil Española y delprestado a Hitler a partir de 1932/33. Durante la invasión de Abisinia y la Guerra Civil Espa-ñola el secretario de estado apostó con plena confianza por los fascistas. Y cuando algunosobispos (franceses) e incluso, parece, algunos curiales intentaron atraer a Pío XI hacia uncompromiso con los comunistas, Pacelli se opuso enérgicamente. El embajador polaco Skry-zinski informaba por entonces que «el cardenal Pacelli es absolutamente contrario a estastendencias conciliadoras frente al comunismo. El jesuíta Pietro Tacchi Venturi, amigo íntimoy consejero de Mussolini hacía las veces de acrisolado enlace entre éste y Pío XII. Por lo querespecta a Alemania, Pacelli era siempre proclive al compromiso y la mediación. No, cierta-mente, por simpatía hacia un anticlerical como Hitler. Los triunfos de éste en la política inter-ior y exterior, la continua ampliación del poder y la constante elevación del prestigio de suReich, sin embargo y especialmente su furioso anticomunismo tenían que impresionar al papay le aconsejaban «una gran prudencia táctica y mayor cautela que en el pasado». A ello sesumaba una predilección general por el país donde en calidad de nuncio hizo de las suyas porespacio de trece años, país que se despidió de él en Berlín, en 1929 con una marcha nocturnade antorchas y con comentarios de prensa de este tenor: «Es como si perdiéramos con él anuestro ángel de la guarda». Aquella veneración alemana por Pacelli, urdida por el clero;aquella admiración por un hombre que ya en 1917 era capaz de declarar que «Yo pertenezcopor entero a la Santa Sede», cuadraba a la perfección con aquel bobo sentimiento alemán degratitud abrigado por el ya decrépito Hindenburg, quien visitaba frecuentemente la nunciaturaberlinesa para agradecer cada vez a Pacelli el que en otro tiempo, como representante de Be-nedicto XV, hubiera persuadido a los aliados para que renunciasen a perseguir judicialmenteal emperador alemán, El alemán era la lengua extranjera que Pacelli dominaba mejor, aunque lo hablase con unfuerte acento. Tenía especial debilidad por la prensa alemana. Una vez papa, estaba rodeadode alemanes. Se aconsejaba del alemán L. Kaas, de los jesuítas alemanes Hendrich y Gund-lach, y del asimismo jesuíta y alemán Hürth. Tenía un secretario privado alemán, el jesuítaLeiber, y un confesor alemán, el jesuíta Bea. Alemana era también la monja bávara Pascalina Lehnert, que mostraba especial apego al 8 http://Rebeliones.4shared.com
  • 9. papa y a quien las lenguas frivolas llamaban «La Papessa» o «virgo potens». Siendo él unprelado de 41 años descubrió en 1917 a aquella asceta de 23, «de estatura graciosamente re-gordeta, de rasgos regulares, de bonita nariz y de ojos penetrantes y desconfiados», en el mo-nasterio de las Hermanas de la Santa Cruz de Einsiedeln, cuando se recuperaba del susto deun inofensivo accidente automovilístico. Se la llevó primero «prestada» por sólo seis semanasdurante las que evidentemente aprendió a apreciar sus capacidades, pues después ya no suposepararse de ella durante los 40 años siguientes transcurrido hasta su muerte. Estando aún enedad muy poco canónica, Pascalina le sirvió en sus nunciaturas alemanas, previa dispensa deBenedicto XV; en las estancias palaciegas del Vaticano, previa dispensa de Pío XI y final-mente, en los aposentos privados del papa, a los que «por ser muy grandes los aposentos» ellahizo traer otras hermanas —en 1949 eran cuatro— con la dispensa del propio papa Pacelli. Más aún, no sólo los dos magníficos ejemplares de gato persa de «Su Santidad» se lla-maban «Peter» y «Mieze», también el pardillo, regalo de un matrimonio protestante alemán,«que veneraba mucho al papa», los canarios, (de los que «Gretchen», completamente blanco,era el pájaro favorito del papa), y «otros pajaritos que abundaban en las estancias papales»,tenían en su mayoría nombres alemanes. (Y cuando menos a cada almuerzo y también des-pués de las fatigosas audiencias, el papa superaba otra prueba, la de «instaurar la paz entre lospajarillos Hánsel y Gretel, que se peleban por una hoja de lechuga, o bien tenía que reconve-nir a Gretchen para que no se fijase justamente en sus cabellos cuando trataba de hacer sunido»). El embajador italiano ante la Santa Sede, Pignatti di Custoza, hablaba del «Papa de losalemanes», eso cuando no se le denominaba directamente «papa alemán» a secas. El ministrode AA EE., Conde Ciano, anotó ya antes del cónclave que eran los alemanes quienes másfavorecían a Pacelli. Ahora bien, no es que a los italianos los agobiara precisamente la penapor el cambio de papa. Pues el mismo Mussolini, cuando apenas había estrenado su tumbaPío XI a quien se lo debía todo —incluido, desde luego, lo que sería su horrible final— ex-clamó así: «Por fin se ha ido», «Ese viejo obstinado está ya muerto». Toda la prensa nazi se congratuló por la elección de Pacelli. Incluso el cronista de la cor-te vaticana, el prelado A. Giovannetti, lo reconocía así: «También la prensa nacionalsocialistahablaba elogiosamente de él». El ministerio alemán de AA EE estaba asimismo satisfecho. ElConde Moulin, director de la sección de asuntos con el Vaticano, caracterizó al nuevo «Vica-rio de Cristo» no sólo como persona altamente dotada, laboriosa y muy por encima del pro-medio, sino también como «muy amiga de los alemanes». El propio Ribben-trop, ministro deAA EE, tenía un concepto «elevadísimo» de Pacelli y opinaba así sobre él: «Este es un autén-tico papa», estando por saber lo que el antiguo representante de champanes entendía bajo eseconcepto. El legado bávaro en el Vaticano, Barón von Ritter, era un incondicional del nuevopapa y no se cansaba de elogiar su filogermanismo. Hasta el propio cardenal secretario deestado, Maglione, era tan filo-germano que Francia quiso denegarle su agrément cuando fuenombrado nuncio. Y es que el mismo Pacelli, siendo ya secretario de estado, abogó por la«comprensión y la conciliación» frente a Alemania, esforzándose por hallar «compromisos» ytratando reiteradamente de atenuar la actitud de un Pío XI, a veces renuente: eso a despechode que también él había declarado en 1933 acerca de Hitler que «no se le podía discutir ciertagenialidad» Cuando pocos meses después de la publicación de la encíclica Mit brennender Sorge re-cibió en audiencia al embajador alemán D. von Bergen, ello sucedió, tal y como este Últimoinformaba a Berlín el 23 de julio de 1937, «con marcada cordialidad» y con la enfática pro-mesa «de normalizar lo antes posible las relaciones con nosotros y devolverles su carácteramistoso. Es algo que cabe esperar especialmente d@ quien ha pasado 13 años en Alemania ysiempre mostró las mayores simpatías por el pueblo alemán. Estaría además en todo momentodispuesto a una entrevista con personalidades dirigentes, verbigracia, con el ministro de AAEE del Reich o con el presidente del gobierno, Goring». 9 http://Rebeliones.4shared.com
  • 10. También en abril de 1938 dio Pacelli a entender ante el presidente del senado de Danzig,Greiser, «de forma reiterada e insistente, la necesidad de un arreglo entre el Vaticano y elReich, aventurando incluso la declaración de que él, Pacelli, estaría dispuesto, si así se le re-quería, a ir a Berlín a negociar». El entonces cardenal secretario de estado consideraba al estado nazi como extremada-mente sólido y cualquier punto de vista discrepante de esa opinión se le antojaba miope ofalsa. Su monstruoso auge le impresionaba o, más aún, suscitaba en el segundo hombre de lacuria un «asombro real por los muchos éxitos del Reich alemán y el afianzamiento de su posi-ción como consecuencia de ello». Esa era la razón de que Pacelli no deseara la participaciónde ningún clérigo en los grupos de resistencia». Apenas llegó él mismo a papa hizo cuantoestaba en su mano para mejorar los contactos con la Alemania hitleriana. Eso quedó ya bien patente en la audiencia concedida a D. von Bergen, representante ale-mán ante la «Santa Sede», que primero lo fue de Prusia y después, de 1920 a 1943, de todo elReich. Como decano del cuerpo diplomático fue él quien, en uniforme del partido, pronuncióel discurso en memoria de Pío XI, discurso salpicado de alusiones al eje Roma-Berlín y en elque ni siquiera se abstuvo de sugerir al «Sacro Colegio», digámoslo con palabras de Padella-ro, el biógrafo de Pío, que «escogiera un papa a imagen de Hitler». Von Bergen, unido «amis-tosamente» al recién elegido durante más de 30 años, según propia confesión de Pacelli,cuenta lo siguiente acerca de su visita, realizada el 5 de marzo, es decir, todavía anterior a ladenominada ceremonia de la coronación: «En la audiencia, durante cuyo transcurso yo le ex-presé una vez más las felicitaciones... los más cálidos parabienes del Fiihrer y de su gobierno,el papa encareció que yo era el primer embajador a quien recibía. Puso gran empeño en en-cargarme a mí personalmente de trasmitir su profundo agradecimiento al Fiihrer y cancillerdel Reich... El papa enlazó con ello su profundo deseo de paz entre entre la Iglesia y el Esta-do. Aunque esto fuese algo que ya me lo había expuesto reiteradamente como secretario deestado, ahora quería confirmármelo como papa». Con esa audiencia Pío XII daba claramente a entender que el régimen de Hitler le resul-taba tan aceptable como cualquier otro y al día siguiente, como él mismo destacó, fue al«Fuhrer», el primero entre los jefes de estado, a quien comunicó, en alemán, su elección,«acto de especial deferencia» (Von Bergen). Pacelli, consumado «Diplómate de Iancien ré-gime», escribió primero la palabra «Führer» y la tachó después pero finalmente acabó porusarla. «Cuando apenas se inicia nuestro pontificado ponemos empeño en asegurarle que se-guimos guardando afecto entrañable por el pueblo alemán, cuyo destino le ha sido confiado»,escribía Pío el 6 de marzo a Hitler, y al igual que había hecho anteriormente como nuncio enAlemania, expresaba ahora, como papa en Roma, su deseo de llegar a una solícita «coopera-ción en provecho» de la Iglesia y del Estado: «exigencia de lo más imperioso», «nuestro másardiente deseo». E imploraba «con sus mejores deseos que la protección del cielo y la bendi-ción del Dios omnipotente» descendieran sobre Hitler. ¡Eso después de nada menos que siete años de terror! Tan solo en Austria habían deteni-do a más de 800 sacerdotes hasta octubre de 1938. También el gran pogrom antijudío de no-viembre, taimadamente suavizado con el eufemismo habitual de «Noche de los cristales ro-tos», había tenido ya lugar sin que la Sante Sede saliera de su mutismo, pese a que fueronmuchos los estados que protestaron. Aquel suceso causo daños de varios millones de marcosen propiedades de los judíos, conllevando la destrucción de al menos 200 sinagogas y de mi-les de negocios. Unos 20.000 judíos fueron detenidos y en apenas cuatro días 10.000 de ellosfueron deportados a Buchenwald. A los deportados se les impuso además una multa de milmillones, que después fue aumentada en 250 millones más, algo que apenas es creíble se sus-trajera al conocimiento del papa. (Por lo demás, a partir de 1938, había ya en Italia una legis-lación antisemita según el modelo de la alemana). Todo ello no impidió sin embargo que Pío ofreciese al auténtico instigador de las perse-cuciones ¡una solícita «cooperación provechosa» para la Iglesia y el Estado nazi y considera- 10 http://Rebeliones.4shared.com
  • 11. se esa exigencia como imperiosa y como su deseo más ardiente! ¡Qué hacer! Así eran lostiempos que corrían. En las cárceles alemanas sólo había dos libros a disposición de los pre-sos: ¡Mein Kampfy la Biblia! ¡Y por lo que respecta al menos al primero, se sabe que Pacellilo había leído cuidadosamente! En lo tocante a la carta de Pío a Hitler, hasta el apologeta A. Giovanetti se ve obligado aconceder que: «Por lo extensa y por los sentimientos en ella expresados no tiene parangónentre los escritos oficiales emitidos por entonces desde el Vaticano». Y al embajador VonBergen le parecía que el «tono básico» de la carta era «considerablemente más amistoso queel que se percibía en escritos de Pío XI al entonces presidente del Reich... En la versión ale-mana se trasluce la mano del papa, tanto más cuanto que según informaciones fidedignasaquel se reservó expresamente para sí el tratamiento de las cuestiones relativas a Alemania».Hitler no respondió a «Su Santidad» hasta casi dos meses después, deseándole una «prósperalegislatura» y expresando por su parte la esperanza de que la relación entre el Estado y laIglesia «se encauzase y desarrollase de un modo útil y fructífero para ambas partes». En interés de esa utilidad para ambas partes. Pío XII ordenó repetidamente aL’Osservatore Romano que desistiese de su política de alfilerazos contra Alemania e Italia. Apartir de ahí cesaron realmente de incluir opiniones de prensa antialemanas. Cierto es que esediario criticó nuevamente al Reich unas semanas después de la invasión de Polonia, pero amediados de mayo de 1940 y tras nueva instrucción venida de lo más alto, el rotativo tuvoque poner término definitivo a la polémica. Ahora bien, también los diarios alemanes tuvie-ron que poner fin a sus ataques contra el papa y la curia (3). 11 http://Rebeliones.4shared.com
  • 12. La destrucción de Checoslovaquia «Nos alegramos por la grandeza, el auge y la prosperidad de Alemania y sería falso afirmar que Nos no deseamos una Alemania floreciente, grande y fuerte» (Pío XII el 25 de abril de 1939) El 15 de marzo de 1939, dos semanas después de la subida de Pacelli al solio pontificio,Hitler ocupó Praga —frente a lo cual Pío XII deseaba «esforzarse con ahínco por una políticamás comprensiva respecto al Tercer Reich— destruyendo con ello Checoslovaquia a quienhabía fustigado tildándola de portaviones de la Unión Soviética, contemplándola definitiva-mente, desde la «Reincorporación» de Austria al Reich, como próximo objetivo de su políticarapaz. Aquello vino precedido en octubre de 1938, medio año después de la irrupción en Aus-tria, por la ocupación de los Sudetes, en medio del júbilo una vez más de los prelados y de lasgacetas diocesanas, tanto más cuanto que ya había en Alemania un 10% más de católicos queen 1933. El presidente de la conferencia episcopal, el cardenal Bertram, envió el siguientetelegrama a Hitler «Por encargo de los obispos de Alemania»; «El hecho grandioso del afianzamiento de la paz entre los pueblos sirve de motivo alobispado alemán para expresar su felicitación y gratitud del modo más respetuoso y ordenarque el próximo domingo se proceda a un solemne repique de campanas». (¡Aquel mismo añoel primado alemán encarecía a la gestapo que los sacerdotes guardarían «rigurosísimo secre-to» sobre los campos de concentración si se les permitía ejercer allí su misión»). El presidente checo Benes hubo de resignar su cargo en Praga. Mientras él iba a Londrespara organizar la lucha antinazi, su sucesor, el católico creyente Emil Hacha dio al momentopruebas de su estrecha vinculación con la Iglesia, participando en el Tedeum de la catedral deSan Vito. Y la curia también saludó la elección de Hacha, cuyo gobierno demostró «su buencomportamiento» frente a Berlín mediante una ley de plenos poderes, mediante la disolucióndel Partido Comunista Checo, decidida significativamente el 23 de diciembre, así como me-diante la expulsión de los judíos de todos los servicios públicos, de la industria y de las acti-vidades bancarias. Citado el 14 de marzo en Berlín, Hacha puso, en una sesión nocturna,«pleno de confianza el destino de la nación y del pueblo checos en manos del Führer». Roma no podía sentirse excesivamente contrita por el final de la «República de los Hus-sitas». Después de la I. G.M., casi millón y medio de ciudadanos checos, entre ellos uno decada dos maestros, había causado baja en la Iglesia. De los ocho obispos y 818 sacerdotesexistentes en 1917 sólo actuaban plenamente como tales, según un informe del legado checoante la Santa Sede, diez clérigos. En todo caso Pío XII se opuso «muy resueltamente», segúntelegrafió el embajador alemán en el Vaticano, incluso a los «imperiosos intentos» que trata-ban de persuadirlo para que se sumase a las protestas de los estados democráticos, Francia enespecial. En cambio expresó su deseo de anunciar para conocimiento de todos «en cuántaestima tenía a Alemania y cuánto estaba dispuesto a hacer por ella». Y el secretario de estado,Maglione, quien todavía el 15 de marzo quería recibir en audiencia al embajador checoslova-co Radimski, estaba gustosamente dispuesto si se le requería a seguir haciéndolo, pero sólo ensu domicilio privado, lo cual equivalía a aceptar el hecho de la disolución de la república ypor cierto contra los usos de la curia, según los cuales no se reconocía ninguna modificaciónterritorial hasta que lo hubiesen hecho previamente otros estados. Bajo Benes, una parte como mínimo de la jerarquía católica no estaba dispuesta a com-prometerse en su favor ni tampoco a comprometer a los católicos en favor de la causa checos- 12 http://Rebeliones.4shared.com
  • 13. lovaca. Todavía el 5 de julio de 1944 el coronel de las SS y ministro del Reich para el protec-torado de Boemia y Moravia, K. H. Frank, conocido por su dureza y arrásador de Lídice, es-cribía al cuartel general de Hitler que él, Frank, se apoyaba en los más altos dignatarios che-cos de la Iglesia Católica. Eso pese a que poco después de la entrada de los alemanes 487sacerdotes fueron deportados a campos de concentración. Es claro, por otra parte, que en eldenominado protectorado quedaron prohibidas las comunidades de obediencia ortodoxa. Otrotanto vale decir de la Eslovaquia bajo su presidente, monseñor Tiso, tan estrecho colaboradorde los nazis. Pocas semanas después de la elección de Pacelli como papa la Gran Alemania celebraba,el 20 de abril, el aniversario de Hitler. De todas las torres de las iglesias pudieron oírse repi-ques festivos de campanas; todos los templos fueron adornados con las banderas de la cruzgamada. A los fieles se les exhortó a que rezasen en los «lugares sagrados» por el «Führer»,por el «acrecentador y protector del Reich», como lo ensalzaba el arzobispo de Maguncia,(que después sería destruida en un 80 %). Y el cardenal de Colonia Schulte, de quien se su-pone era mucho más escéptico que sus colegas de cargo respecto al nazismo, encareció la«fidelidad» de los obispos «para con el Reich Alemán y su Führer». «Esa fidelidad es inque-brantable, pase lo que pase, pues está basada en los principios inconmovibles de nuestra santafe». (La ciudad de la que él era cardenal quedó destruida en un 72% y la fidelidad obispal,como es sabido, en un 100%). Pero también el papa homenajeó de nuevo a Hitler con un mensaje — muy bien acogi-do— escrito de su puño y letra. Es más, pocos días después, el 25 de abril, Pío XII, segúntestimonian quienes lo oyeron, dijo ante unos 160 peregrinos alemanes a quienes recibió enaudiencia «con especial cordialidad»: «Nos hemos amado siempre a Alemania, donde nos fuedado vivir por varios años, y ahora (!) la amamos todavía mucho más. Nos alegramos por lagrandeza, el auge y la prosperidad de Alemania y sería falso afirmar que Nos no deseamosuna Alemania floreciente, grande y fuerte». Su expansión hacia el Este debía ser especialmente muy del agrado del papa pues ya an-tes que Hitler el Vaticano había trabajado cabalmente por el desmembramiento de Checoslo-vaquia, tachada de hussita o, aún peor, de socialista. Apoyaba para ello al Partido PopularEslovaco, de tendencia separatista, partido católico y conservador, impregnado de antisemi-tismo; dirigido en un principio por el prelado Hlinka y desde 1938 por Tiso, profesor de teo-logía. Apenas ocupó su cargo como primer ministro de Eslovaquia, éste exigió una autonomíatotal aunque poco antes hubiera jurado fidelidad al presidente de la república. Depuesto de sucargo, Tiso huyó a Berlín el 13 de marzo de 1939, llamado por Hitler y al día siguiente vincu-ló tan estrechamente Eslovaquia, en el plano militar y en la política exterior a Alemania queaquélla sólo mantenía la apariencia exterior de un estado independiente. El 18 de marzo se concluyó un acuerdo de protección que no sólo estipulaba una intensacooperación financiera y económica, sino que obligaba a Eslovaquia a practicar una políticaexterior y a configurar sus ejércitos de «común acuerdo» con el Reich. A la Wehrmacht se lepermitió ocupar una «zona de protección» y en la guerra de Hitler contra Polonia, el estado deTiso le sirvió a aquél de zona de despliegue para el 14 ejército alemán, obteniendo como con-trapartida ciertas ganancias territoriales, unos 722 kmts/2 en total. El 31 de julio de 1939 elparlamento eslovaco promulgó una constitucción que afirmaba en su preámbulo la estrechaunión del pueblo y el estado con la providencia divina. El 26 de octubre de 1939 Tiso se con-virtió en presidente del estado con el asentimiento, como es obvio, de su superior espiritual, elarzobispo K. Kmetko, y la anuencia del papa. Pío fue uno de los primeros en reconocer al nuevo estado. Envió bien pronto su represen-tante diplomático, G. Burzio, a Bratislava y recibió a Tiso en el Vaticano, otorgándole el ran-go de gentilhombre papal y el título de monseñor, a raíz de lo cual los obispos católicos ben-dijeron en una declaración conjunta al régimen clerofascista y casi todos los sacerdotes co-menzaron a elevar sus preces por Hitler. Y al igual que habían hecho los teólogos más promi- 13 http://Rebeliones.4shared.com
  • 14. nentes de Alemania en 1933, Tiso proclamó ahora: «El catolicismo y el nacionalsocialismotienen mucho en común y trabajan mano a mano por la mejora del mundo». Ahora, tomandocomo ejemplo la juventud hitleriana, se constituyó una «Guardia de Hlinka», se introdujo elservicio laboral a imitación alemana y, al igual que en España, se suprimió inmediatamente lalibertad de opinión, de prensa y de expresión, se prohibieron los partidos políticos y se atribu-ló a ortodoxos, protestantes y judíos. Ya el 18 de abril de 1939 se había decretado una ley restrictiva contra los aproximada-mente 90.000 judíos eslovacos, que no afectaba en todo caso a los convertidos al catolicismo.Le siguió un «estatuto para judíos» más duro, el 10 de noviembre de 1941. Un año más tardey pese a la intervención de la sede papal fueron deportados unos 70.000 judíos. Es bien pro-bable que intervenciones como ésa no fuesen muy en serio sino destinadas más bien a salvarel prestigio de la antedicha sede: como, verbigracia, los obligados clamores por la paz, comootras manifestaciones humanitarias que no cuestan nada, fluyen fácilmente de los labios ycalman a la grey. En todo caso el prelado Tiso, un subordinado pues de aquella sede, dijo ensu momento, el 28 de agosto de 1942, que «Por lo que concierne a la cuestión judía, algunosse preguntan si lo que estamos haciendo es cristiano y humanitario. Mi pregunta es ésta: ¿Escristiano el que los eslovacos quieran liberarse de sus eternos enemigos, los judíos? El amor anuestro prójimo es mandamiento de Dios. El amor a éste me obliga a eliminar todo cuantoquiera causar daño a mi prójimo». Ante esta tergiversación de curángano huelga todo comen-tario. El 7 de febrero de 1943 el ministro del interior de aquel gentilhombre de cámara del papaanunció que todavía serían deportados las restantes 18.000 personas no arias: pese a saber queeso equivalía a su exterminio. El obispo Jan Vojtasac, conspicuo representante de la jerarquíaeslovaca, que según parece percibía unos ingresos anuales de tres a cuatro millones de coro-nas, se apoderó de las propiedades judías en Betlanovice y Baldovice y el 25 de marzo de1942 se jactaba así en una sesión del consejo de estado presidida por él: «Hemos proseguidocon la expulsión de los judíos. Hemos remontado nuestro balance». Después de la guerra fueel primer obispo eslovaco en ser encarcelado. En política exterior, el nuevo estado prohitleriano constituía un importante eslabón del«cordón sanitaire» en torno a la Unión Soviética, un puente entre Hungría y Polonia, las cua-les obtuvieron transitoriamente, después de que los húngaros ocuparan la Ucrania Carpática,la anheleda frontera común. Aquel decurso de las cosas en el Este no transcurría sin ciertoguión ni sin la decisiva colaboración de la Iglesia. El mismo día en que el teólogo Tiso, aliadoa la Alemania nazi, imponía la independencia de Eslovaquia, el 14 de marzo de 1939, otrosacerdote, monseñor A. Volosin, declaraba la independencia de la Ucrania Carpática y solici-taba la protección del Reich Alemán. Hitler, en todo caso, había dado ya dos días antes víalibre al gobierno húngaro para su anexión llevada a efecto el 15 de marzo. «En Eslovaquia yen la Ucrania Carpática había sendos sacerdotes católicos, Tiso y Volosin, al frente de go-biernos fascistas bajo la protección de la cruz gamada» (Winter). El primer aniversario de la declaración de la independencia eslovaca L Osservatore Ro-mano ensalzaba el «carácter cristiano» del régimen de Tiso: «Eslovaquia se ha dado a símisma una constitución adecuada a la época actual, constitución que encarna plenamenteprincipios cristianos básicos y establece un orden social acorde con las grandes encíclicassociales de los últimos papas. Es misión de Eslovaquia permanecer fiel en la Europa Central aaquel espíritu de su historia milenaria que los santos Cirilo y Metodio fueron los primeros enconfigurar mediante su predicación». Realmente Eslovaquia se tornó ahora más y más cris-tiana. Su gobierno mandó poner crucifijos en todas las escuelas y la religión se convirtió enasignatura obligatoria. Los militares, y también la Guardia de Hlinka, tenían que acudir losdomingos a misa en formación cerrada. Simultáneamente el país se tornó más y más nazi. El prelado Tiso, que se reunió el 18 dejulio de 1940 con Ribbentrop en Salzburgo y al día siguiente con Hitler en Berghof, aumentó 14 http://Rebeliones.4shared.com
  • 15. considerablemente el número de sus asesores alemanes y reforzó su ideología de estado, tras-unto de la nazi. Después de la invasión de Rusia el prelado rompió sus relaciones con laURSS y puso a disposición de Hitler —algo que se suele olvidar hoy en el occidente— tresdivisiones con un total de casi 50.000 hombres. Todo ello para una guerra a la que el pueblo,de orientación más bien paneslava, se resistía acerbadamente. La «división rápida» de Tiso,completamente motorizada, participó en 1942 en la ofensiva del Cáucaso mientras la «divi-sión de seguridad», más reducida, se dedicaba a la lucha antipartisana. El gentilhombre papal visitó y alentó en repetidas ocasiones a sus legionarios del frenteEste, exhortó hasta el último momento en pro de la prosecución de la guerra y todavía el 27de septiembre de 1944 aseguró que «Eslovaquia resistirá al lado de las potencias del eje hastala victoria final». Cuando de ahí a poco el gran levantamiento nacional eslovaco del 28 deagosto fue aplastado por el fuego de las armas alemanas justo dos meses después, Tiso parti-cipó el 30 de octubre en una misa de acción de gracias y en un desfile triunfal. Y es que unosdías antes, el 20 del mismo mes, había llamado a los alemanes salvadores de Europa afirman-do que: «Sólo Alemania, como portaestandarte de las ideas sociales más progresistas, es ca-paz de satisfacer las aspiraciones sociales de todas las naciones». «La situación eclesiástica», informa todavía el Manual de Historia de la Iglesia en suedición de 1970, «era normal en la república de Eslovaquia, presidida por el sacerdote católi-co J. Tiso». El gentilhombre de cámara del papa, que huyó con su gobierno a Kremsmünster (Aus-tria) ante el avance del ejército rojo, fue entregado por los USA a Checoslovaquia y el 18 deabril de 1947 fue ahorcado pese a todas las intervenciones hechas en su favor. Para el Vatica-no, sin embargo, la Eslovaquia clerofascista de Tiso fue un «niño mimado», incluso despuésde la guerra, y su presidente «un sacerdote ejemplar de vida intachable». Así escribe la Enci-clopedia Católica, publicada por la curia con la total aprobación de Pío XII, obra que ensalzaasimismo «los grandes progresos» de la Eslovaquia de Tiso, su «independencia nacional» yque acaba citando al mismo Tiso: «Muero como mártir... Muero además como defensor de lacivilización cristiana» (4). 15 http://Rebeliones.4shared.com
  • 16. La tragedia de Polonia «Uno de los mayores responsables de la tragedia de mi país es el Vati- cano. Fue demasiado tarde cuando yo me di cuenta de que habíamos seguido una política que únicamente estaba al servicio de los propósitos egoístas de la Iglesia Católica» (El ministro de AA EE polaco, coronel Beck) Si la Iglesia Católica y la curia condescendieron con Hitler en el caso de Checoslovaquia,volvieron a hacerlo en el caso de la anexión de Danzig por Alemania, preludio de la invasiónde Polonia. Ya un año antes del estallido de la guerra removió el papa de su puesto al obispode Danzig, ORourke, un conde de origen irlandés a quien los nazis reprocharon la «poloniza-ción» de la Iglesia, y nombró en su lugar a uno de sus sacerdotes. Cari Maria Spiett. Éste co-laboró estrechamente desde ese mismo momento con el partido nacionalsocialista (NSDAP).Y mientras el nuevo obispo, por una parte imploraba de lo alto en cartas pastorales y circula-res, que la bendición de Dios descendiera sobre Hitler, mientras ordenaba elevar preces por suprosperidad y también engalanar con banderas las iglesias y repicar las campanas a raíz de lavisita del Führer, —y asimismo que se retiraran de las iglesias todos los objetos con inscrip-ciones polacas— atacaba por la otra a los católicos polacos y expulsaba a sus sacerdotes encuanto se le ofrecía ocasión. Después de la guerra, él mismo hubo de pagar con una condenade cadena perpetua. El 25 de mayo de 1940 el obispo Spiett decretó la prohibición de tomar confesión en po-laco, prohibición que mantenía su vigencia incluso para los católicos que sólo hablaban pola-co e incluso en peligro de muerte. Al lado de cada confesionario debía haber un cartel bienvisible: «Sólo se confiesa en alemán». Splett tomo medidas contra los sacerdotes que se opo-nían a aquella disposición y a este respecto colaboró a todas luces con las autoridades alema-nas y con la gestapo. Ésta encarceló a sacerdotes que reconocieron haber tomado la confesiónen polaco a moribundos. Uno de ellos, el padre Litwin de Zblevo, fue puesto en libertad acondición de que abandonara Polonia; recorrió después todas las diócesis alemanas y no ob-tuvo un puesto en ninguna de ellas. Cantinela justificante: «Vd. ha delinquido contra la co-munidad étnica alemana y por ello hemos perdido toda confianza en Vd. No tenemos ningúnpuesto para Vd.». Para sustituir a los sacerdotes expulsados, encarcelados o liquidados en Polonia fueronenviados curas alemanes «para representar a la etnia alemana en los Territorios del Este». Uninforme de la Iglesia polaca de entonces relata que «vienen por encargo de la nunciatura pa-pal en Berlín. Los sacerdotes polacos que aún quedan están tan paralizados por el espanto queni siquiera pueden ya reaccionar...». Cuando algunos creyentes saludaron al sacerdote Knob,miembro de las SS, con «¡Alabado sea Jesucristo!», aquel respondió. «El saludo alemán es»¡Heil Hitler! Salgan Vds. de la habitación y saluden de nuevo al entrar». Todo ello sucedía con un trasfondo de grandes perspectivas por parte de la curia y estabaen relación con la secular política vaticana cara al Este, en parte ligada, en parte opuesta aPolonia. Meta principal y ensoñada: el sometimiento de la Iglesia Ortodoxa Rusa con lo cualse esperaba poder atraer después fácilmente a las otras iglesias ortodoxas. La tragedia de Po-lonia, a la que ya nos referimos someramente en numerosas ocasiones en nuestra exposiciónde la historia del siglo XIX, halló así su continuidad, agravada en múltiples sentidos, en el s.XX, al precio de millones y millones de víctimas. En 1935, tras la muerte de Pildsuski, los ministros de AA EE Beck y Rydz-Smigly co- 16 http://Rebeliones.4shared.com
  • 17. menzaron a percatarse paulatinamente del peligro que amenazaba a Polonia por parte deAlemania (y del Vaticano). A pesar de su actitud básicamente antisoviética se opusieron a losintentos de Hitler de integrar su país en un bloque antisoviético. Prefirieron, siguiendo el mo-delo de su antigua alianza con Francia, estrechar aún más sus lazos con Inglaterra. Esta claradesviación respecto al curso seguido por Piídsuski, quien situó a Polonia al lado de Alemaniay contra la URSS, hacía peligrar, claro está, la estrategia curial. Todavía en abril de 1939 se lerecordó por ello a Polonia cuál era su misión. No fue otro que el mismo subsecretario de esta-do Montini, —el futuro Pablo VI— quien acentuó ante el encargado de negocios polaco quesi Polonia se viera envuelta en una guerra con la URSS, ¡ésa sería una guerra justa! Simultá-neamente los nuncios en París y el delegado apostólico en Londres actuaban unidos, bajoinstrucciones directas de Roma, contra cualquier alianza entre las democracias occidentales yla Unión Soviética. El 6 de junio de 1939 Pío XII recibió a los representantes de la iglesias católicas deOriente, rusa y ucraniana, y dirigió una alocución a sus «amados hijos, los sacerdotes rusos yucranianos, y a su hermano, el primer obispo ruso-católico, Evreinov». Éste era hijo de unbrigadier zarista y él mismo había sido diplomático del Zar antes de hacerse católico, des-pués, en 1936, obispo, y finalmente en 1939 director de una «Oficina de Información» que seocupaba oficialmente de los prisioneros de guerra. El papa expresó su esperanza de que Ev-reinov fuese «el primero entre muchos pastores rusos unidos al centro de la cristiandad». Aeste respecto, el papa dedicó especialmente unas palabras a la colonia rusa de Roma que sepreparaba para regresar a su patria. «¡El gran día X está próximo. El día de la irrupción en laUnión Soviética!». Pues como tantos otros predecesores suyos, tambien Pío XII deseaba quelos ortodoxos volvieran «a los brazos generosamente abiertos» de la propia iglesia. Pero hacíaya siglos que el Vaticano no podía imaginarse que algo así ocurriera de otro modo que me-diante el sometimiento, como un «arrastrarse ante la cruz de los súbditos descarriados», ale-jados por su infidelidad de la Iglesia. Que los «cismáticos» y «herejes», llamados «hermanosseparados» desde poco tiempo atrás, no quisieran tal vez doblegarse por su fidelidad a la ver-dad; que quisieran defender doctrinas cristianas más antiguas contra la hyhris curial, eso eraalgo que no tenía, por supuesto, la menor relevancia dada la vieja apetencia feudal de poderque consumía a Roma: «Se pensaba exclusivamente en el sometimiento de vasallos levantis-cos». Cierto es que el Vaticano no veía con agrado que Polonia, un país que le había sido in-quebrantablemente adicto durante siglos, cayera en las manos de los anticlericales nazis. Contodo, estaba esperando, incluso después del pacto Hitler-Stalin del 23 de agosto de 1939, unataque alemán contra la URSS y si las circunstancias lo requerían, estaba dispuesto en taleventualidad a sacrificar Polonia. No es la primera vez que sucedía algo así en su historiasalvífica y ello respondía al principio de la major militas. El apego de Roma a los estadosdébiles fue siempre menor que el mostrado ante los poderosos. Gracias a ello perdura «eter-namente». La curia urgió ahora a Polonia a transigir con Hitler, a quien Pío trataba de complacer entodo lo posible, también y tanto más, cabalmente, en las semanas inmediatamente anteriores ala guerra, que él se abstenía de atizar en absoluto. Nada de eso, él sólo se mostraba incesan-temente deseoso de que Varsovia hiciera gala de «mesura y de calma» a la vista de los chan-tajes alemanes. Y cuando el 8 de junio de 1939 recibió al embajador alemán, lo hizo una vezmás con extremada cordialidad. «El papa estaba tan interesado», notificaba Von Bergen aBerlín, «y tan complacido por la posibilidad de que se allanase un camino para el entendi-miento amistoso entre nosotros y la curia que prolongó una y otra vez nuestra entrevista ehizo esperar más de media hora al embajador español, Serrano Suñer, y a un contingente delegionarios de su país» (Sólo después de ello dio su bienvenida a Serrano Suñer, el amigo deHitler, y al general Cambara, comandante en jefe de las tropas italianas en la Guerra CivilEspañola, así como a 3.200 fascistas españoles, sus «caros hijos», que tanto consuelo le habí- 17 http://Rebeliones.4shared.com
  • 18. an proporcionado por haber defendido la fe y la civilización). «El papa», proseguía Von Ber-gen en su escrito a Ribbentropp, «me pidió le comunicase que él pondría siempre su empeñopersonal para limar diferencias y configurar unas relaciones de amistad con Alemania a laque, insistió varias veces, tanto ama. Podríamos estar seguros de la discreción de la curia...». Al embajador polaco, Papée, se le dio a entender en Roma que el derecho «no apunta aun estéril statu quo, sino a la evolución histórica y al progreso de las naciones jóvenes». Elnuncio Cortesi instó en junio de 1939 al presidente Moscicki y al coronel Beck para que inti-maran a la prensa a adoptar un tono mesurado al referirse al Reich. Él podía asegurarles queHitler no abrigaba propósitos violentos. En agosto, el nuncio se esforzó especialmente paraque Varsovia hiciera concesiones en la cuestión de Danzig. Y el mismo Pío XII aconsejó ver-balmente a Polonia que satisficiera las demandas de Alemania y segregara de su territorio aDanzig y su corredor en favor de ella. Sin duda alguna el papa quería evitar una guerra entrePolonia y Alemania, pues lo que esperaba era una guerra de ambas contra la URSS. Y aunquelos intentos de la curia por refrenar a los polacos, recomendándoles reiteradamente «pruden-cia y moderación hacia Alemania», no tuvieran éxito, al menos impidieron que aquéllos secubrieran las espaldas acudiendo a la Rusia Soviética. «Uno de los principales responsablesde la tragedia de mi país», dijo finalmente Beck, ministro polaco de AA. EE huido de su país,al embajador italiano en Rumania, «es el Vaticano. Fue demasiado tarde cuando yo me dicuenta de que habíamos seguido una política que únicamente estaba al servicio de los propó-sitos egoístas de la Iglesia Católica». Informes secretos del servicio de inteligencia militar de Berlín revelaron a Pío XII la re-suelta voluntad de Hitler de aplastar a Polonia. Durante el mes de agosto la curia supo que lacuestión de Danzig era pura excusa para Alemania y que «ya estaba decidido», anotó el car-denal Maglione, «librar una guerra ofensiva contra Polonia. Téngase presente que hay unacuerdo con Rusia sobre la partición de la pobre Polonia». Y el nuncio Orsenigo, el sucesorde Pacelli, informaba desde Berlín, Rauchstrasse 21, que «Aquí todos están, con aterradorafrialdad, resueltos a la guerra». El papa seguía ciertamente tratando de mover al gobierno de Varsovia para que hicieraconcesiones aunque sus propios diplomáticos apenas las consideraban ya asumibles. Es más,el 24 de agosto proclamaba a los cuatro vientos —apenas hay palabras de Pacelli tan repeti-damente citadas como éstas— que «Nulla é perduto. Tutto puo esserlo con la guerra». Peroeso sí, cuando el embajador francés le pidió que pronunciase públicamente unas palabras enfavor de Polonia, monseñor Tardini, el futuro secretario personal de Juan XIII, hizo la si-guiente anotación: «Su Santidad dice que eso sería excesivo...». También Montini, el futuroPablo VI, respondió al embajador francés que Pío XII había expresado ya con suficiente cla-ridad y en distintas lenguas su punto de vista de que «Cualquier palabra dirigida contra Ale-mania o Rusia acarrearía represalias muy amargas contra los católicos que vivían en sus res-pectivas zonas de poder y que ello redundaría en perjuicio de la cohesión espiritual de lospolacos». Y cuando el embajador británico ante la Santa Sede propuso el 1 de septiembre queel papa expresase su consternación por el hecho de que el gobierno alemán, pese a sus llama-das a la paz, precipitase al mundo en una guerra, el cardenal Maglione rechazó la propuestaporque ello supondría una injerencia en la política internacional. Después de que estalló laguerra sin embargo Pío XII proclamó que él «no había omitido ningún intento para prevenirde la apelación a las armas y mantener abierto el camino de un entendimiento». En realidadya a mediados de agosto había asegurado al embajador alemán Von Bergen que se abstendríade toda condena de Alemania si ésta hacía la guerra a Polonia. Lo determinaba supuestamentea ello la consideración para con los 40 millones de católicos del Reich Alemán. Factor decisi-vo era, muy probablemente, su fino sentido del poder, algo que le atribuye hasta quien fuedurante 34 años su secretario personal, R. Leiber. Pues, ¿acaso no había en Polonia más de 20millones de católicos? ¿Y no eran éstos los que habrían de sufrir infinitamente más a causa dela guerra? ¿Y no sufrirían también los alemanes? 18 http://Rebeliones.4shared.com
  • 19. En la madrugada del 1 de septiembre de 1939 los ejércitos de Hitler atacaron Poloniadesde Prusia Oriental, Pomerania y Silesia —después incluso desde Eslovaquia— sin haberdeclarado la guerra y con una superioridad aplastante en artillería, carros de combate y avia-ción. Esta última destruyó la mayor parte de la polaca, mucho más débil, estando aún en tie-rra. La curia expresó ciertamente ahora su condolencia por la suerte de aquel país católico,pero ella misma no condenó la agresión. «Dos pueblos civilizados», escribía LOsservatoreRomano en un frío editorial, «inician una guerra...». Pero, ¿acaso Polonia había iniciado laguerra? Eso fue evidentemente cosa de Hitler, pero el papa no lo condenó. Ni más ni menosque cuando ocupó Checoslovaquia. Calló. Incluso cuando Inglaterra y Francia insistieron enque tuviera a bien declarar agresor a Alemania se negó a hacerlo. En vez de ello, un secretariode estado dijo al embajador francés Ch. Roux: «Los hechos hablan por sí solos. Dejémosloshablar primero». Los hechos: La Wehrmacht tuvo pérdidas relativamente escasas, pero no menos de 10.572 muertos,3.409 desaparecidos y 30.322 heridos. De las tropas polacas, que en ocasiones atacaron a lostanques con caballos, 700.000 hombres cayeron prisioneros de los alemanes, 200.000 en ma-nos de los rusos. 100.000 fueron internados en Rumania y en Hungría, 50.000 en Lituania yLetonia. Carecemos de datos sobre las pérdidas polacas. Se estima que en esta guerra perdie-ron la vida unos 123.000 soldados y 521.000 civiles. El 98% de los judíos polacos fueron exterminados. Unos 3 millones en total. Tan solo enel campo de Stutthof (Sztutovo) los alemanes llevaban unos 100 hombres a las cámaras degas cada 30 minutos. Cada día liquidaban a unos 300 mediante inyecciones de fenolina y porotros medios. Paralelamente ahorcaban a otros. La «intelligentsia» judía sufrió grandes pérdi-das: la de 62 historiadores y arqueólogos, 54 bibliotecarios, 91 archiveros, 235 pintores yescultores, 60 compositores e instrumentistas virtuosos, 56 escritores, 122 periodistas, 6.262profesores y maestros, 1.100 jueces y fiscales, 4.500 abogados, 7.500 médicos y dentistas. Ladeportación forzosa a Alemania o a otros territorios afectó a 2.460.000 polacos. Casi dos mi-llones y medio tuvieron que abandonar a la fuerza su población de residencia. Fueron destrui-das 516.066 casas. Por cada muerto alemán se mataba en represalia a 100 polacos, cifra a laque sólo se llegó también en Yugoslavia. No obstante lo cual, cuando H. Tittmann, el secreta-rio del representante personal de Rooseveit ante el papa, intentó arrancar a éste en octubre de1941 una protesta acerca de los fusilamientos masivos de rehenes, obtuvo la respuesta de queello pondría en peligro la situación de los católicos alemanes. He ahí algunos de los hechos que hablaban y hablan por sí solos. El papa, en cambio, nohabló. Naturalmente que él no conocía aún el balance final, pero sí el exterminio en constanteaumento. Lo conocía y muy bien, por cierto. «De nuestras expresiones llenas de tristezahabéis podido inferir de seguro», escribía él mismo el 25 de junio de 1941 al presidente de larepública polaca, «que a Nos le es bien conocida la actual situación en Polonia y que nos sen-timos conmovidos hasta lo más profundo por la difícil situación religiosa (!) en la que sehallan el episcopado polaco, el clero y los creyentes». Y el 1 de enero de 1942 aleccionaba asípor escrito al cardenal Hlond: «Lo que Nos escribís acerca de la situación del clero en Polonialo sabíamos ya —para gran pena e infinita tribulación nuestras— por nuestras propias fuentesde información y tuvimos conocimiento de los muchos dolores a los que están expuestos lossacerdotes polacos, que viven en el centro de la guerra mundial y soportando amenazas». Gracias a sus relaciones, gracias también a un sistema de transmisión de noticias simpley y rápido, los papas cuentan entre los políticos mejor informados del mundo. Habría resulta-do absurdo el que Pío XII se hubiera fingido desinformado. Esa suposición fue la evasivausada por necios apologetas después de la guerra. Pero prescindiendo de los apagados lamen-tos de carácter general, su boca no pronunció una sola protesta pública después de la agresiónalemana. Y es que así como no se sintió perturbado por los campos de concentración en Ale-mania, por el desprecio brutal de todos los derechos humanos, por la aniquilación de libera- 19 http://Rebeliones.4shared.com
  • 20. les, socialistas y comunistas, sino sólo por la política religiosa de Hitler, también en Poloniase sentía mucho menos preocupado (tal vez en absoluto preocupado) por el exterminio dejudíos, de gitanos, de la «intelligentsia», de los prisioneros de guerra, de los enfermos y pa-cientes mentales supuestamente incurables, que por la lucha de Hitler contra la Iglesia. Leconmovía mucho menos la inmolación de la nación polaca que la inmolación de sus sacerdo-tes. Con razón subraya Falconi: «En las innumerables y urgentes notas diplomáticas y de pro-testa cursadas por la Santa Sede al gobierno de Berlín únicamente se exigen o reivindican laslibertades religiosas del catolicismo y nunca (o tan sólo ocasionalmente y de manera indire-cta) las otras libertades humanas aún más esenciales: la libertad de la propia vida, del honor,de la propiedad, de la familia etc. Y aquellas notas no acusan ni una sola vez de forma abiertaal gobierno del Reich a causa del horroroso genocidio que puso en marcha en Polonia...». Fue, incluso, un católico polaco quien escribió al papa en estos términos: «Las iglesiasson profanadas o clausuradas; los fieles son diezmados; los oficios divinos han cesado deprestarse en la mayoría de ellas; los obispos son expulsados; centenares de sacerdotes sonasesinados o encarcelados; las monjas son violadas; apenas pasa un día sin fusilamientos derehenes inocentes a la vista de sus propios hijos. A la población se la priva de lo más necesa-rio para su vida y muere de hambre: y el papa calla como si no velara por su grey». Una parte al menos de los polacos sí que caló en el meollo de la política curial, en laconducta farisaica de su soberano espiritual. Nada confirma mejor esa apreciación que losnumerosos artículos de la prensa clandestina polaca de aquellos días, artículos que inculpabana Pío XII de no ser ni apóstol ni padre; de que su compasión era fingida y de que sólo pensabaen Polonia de pasada; de que había quebrantado el concordato y se había alineado con losnazis para reconquistar Rusia para el catolicismo; de que siempre colaboraba con los másfuertes. En esta prensa polaca ilegal Pío aparece como «simple obispo italiano partidario de Mus-solini», verbigracia, en Wies i Miaste («Campo y ciudad»). «El papa hace como si Polonia noexistiera, no ha nombrado embajador ni nuncio ante el gobierno polaco y en cambio, vulne-rando el concordato, nombra obispos a los enemigos de Polonia y por añadidura en territoriospolacos». Glos Pracy («La voz del trabajo»), opinaba así el 15 de agosto de 1943: «El papaestá conmovido por la suerte de Polonia, pero no se le ha oído ni una sola palabra para con-denar la conducta de los invasores. Esas declaraciones ingenuas fueron inventadas por losencargados de negocios del Vaticano. La verdadera conducta de Pío XII... era la de un ardien-te partidario de las potencias del eje. Políticamente, Pío XII se ha alineado con la Italia deMussolini y consecuentemente con los nazis. A nosotros nos dispensa su falsa conmiseración,a los verdugos teutónicos... su bendición». Y en Wolnósc («Libertad») se podía leer el 6 deabril de 1943 que «Cuando las bombas destruían las ciudades polacas... el Vaticano, a quiense dirigían todas las miradas, calló como si no supiera lo que sucedía en Polonia, Dinamarca,Bélgica, Holanda, Francia, Noruega, Grecia, Yugoslavia... El Vaticano guardó un silenciotenaz y los obispos italianos consagraron los estandartes fascistas y dispensaron su bendicióna los soldados nazis que, camino de África, visitaban el Vaticano». Todos estos reproches danen el blanco y por lo que respecta al último lo verifica el mismo papa dando testimonio de símismo. A saber, cuando en 1943 confesó ante un agente del servicio secreto alemán «quellevamos desde siempre al pueblo alemán en lo profundo de nuestro corazón y que es esepueblo, tan probado en el dolor, el que exige, antes que cualquier otra nación, nuestros espe-ciales desvelos», reconociendo además que «Nuestra gran simpatía por Alemania quedó tam-bién constantemente exteriorizada por el hecho de que siempre interrumpimos nuestras au-diencias privadas para no hacer esperar innecesariamente a aquellos miembros de la Wehr-macht que deseaban venir hacia Nos». ¡Pues sólo una cosa era, también para ellos necesaria! Y si bien el «Santo Padre» bende-cía «siempre» con especial predilección a los soldados alemanes, también bendecía «con no-table calor humano» a los italianos cuando combatían contra los americanos. (Son pocos los 20 http://Rebeliones.4shared.com
  • 21. que conocen que en el Pontificale Romanum figura el texto antiguo de una bendición de ran-go litúrgico para soldados según la cual el sacerdote, en el transcurso de un largo rezo de con-sagración, exclama ante Dios, el Señor: «Tú que todo lo ordenas y dispones rectamente por tímismo; Tú, que para doblegar la iniquidad de los malvados y proteger la justicia has permiti-do, por medio de tu salutífera disposición, el uso de la espada a los hombres sobre esta tie-rra...». No es casual que la revista católica de Viena Schónere Zukunft, («Un futuro mejor»),aludiese en 1940 a este texto. ¡Qué tiempos aquellos! Hasta Sor M. Pascalina Lehnert afirma jubilosa: «¡Audiencias asoldados! Nos resulta imposible echar tan siquiera una mirada a ese ámbito al que Pío XIIdedicaba tanto amor y tanta entrega. ¡Cuánto valor, confianza y consuelo ha comunicado a lossoldados camino del frente!... No amanecía un día que no lo viera entre sus hijos... A menudolloraba con alguno, totalmente superado por la misión que se le encomendaba en en el frente.Esa situación duró así varios años» Y durante esos años sólo acudieron a él, naturalmente,soldados fascistas. Es comprensible que el papa no se concediera un descanso ante todo ello yque a su manera también quisiera aportar su modesta contribución a la guerra total y que vol-viera de esas audiencias «chorreando sudor y al borde del desmayo de puro cansado», com-pletamente inapetente. Y con todo «al día siguiente podían venir nuevos grupos de soldadosque hallaban en él al padre bondandoso de siempre, incansable y amoroso...Le hacía felizpoder escuchar una y otra vez: «¡Ahora volveremos animosos al frente, a la guerra y afrontarcualquier peligro, pues sabemos que tu bendición y tus rezos nos acompañan!» ¡Oh, que «im-presionantes» eran incluso «las audiencias a los ciegos y mutilados de guerra!... Horas enterasrecorría el papa sus filas animando, levantando su moral, dispensándoles su consuelo...». Con bastante frecuencia la prensa clandestina polaca acusa asimismo al papa de haberguardado silencio sobre los bombardeos de las ciudades polacas mientras clamaba con tantamás fuerza para proteger a Roma. ¿Podría ser que lo hiciera pensando en sí mismo? Desdeluego él tenía un refugio «a prueba de bombas» y el Vaticano, según nos informa de nuevoSchonere Zukunft, había tomado «amplias medidas para la protección antiaérea» transfor-mando la torre de la esquina del Palacio Apostólico, construida en el s. XV y provista de pa-redes de 9 metros (!), en refugios. Una sana confianza en Dios, a decir verdad. Claro quetambién había que ofrecer cierta protección a «los más valiosos tesoros de arte» de los pobresmonsignori. Y naturalmente el «Santo Padre» en persona no acudía nunca al refugio, sino«siempre a la capilla... por más que las bombas retumbasen y estallasen furiosas alrededor».Algo que, por lo demás, raramente acontecía en Roma, donde yo estuve por entonces confrecuencia. Estos fueron los motivos aducidos por Pío XII al explicar sus esfuerzos para alejar laguerra de su entorno más inmediato: «I. La garantía dada en favor del Vaticano quedaría re-ducida a un mínimo si los aviones ingleses recibían la misión de bombardear Roma. Desdelas alturas es muy fácil equivocarse, tanto más cuanto que el Vaticano se halla en medio delmar de casas de la ciudad» Éste era de seguro, pues por algo va en primer lugar, el argumentode más peso y ¡ese argumento afectaba (también) al mismo papa! 2. En cuanto obispo deRoma no quería que su diócesis «se expusiera a los horrores y a los estragos de un bombardeoaéreo». Seguro que también por el hecho, como podemos completar visto el punto 1., de queel Vaticano se halla «en medio» de esa diócesis. ¡Pues el destino de innumerables otras dióce-sis le preocupaba mucho menos al «Santo Padre»! 3. Intentaba proteger especialmente laspropiedades pontificias de la ciudad. 4. Porque aparte de los tesoros antiguos de la ciudad, alos que hacía una referencia de pasada, velaba por las «numerosísimas iglesias» ubicadas enella. 5. También se preocupaba, en definitiva, por Roma en cuanto «Ciudad Eterna». En elfondo, pues, se preocupaba como ocurrió siempre casi exclusivamente por la Iglesia y la cu-ria. Roma estaba en peligro. Lo estaba asimismo el Vaticano y consiguientemente ¡también loestaba el mismo «Vicario de Cristo»! Cuanto más probable se hacía un bombardeo —el pri-mero de ellos tuvo lugar en julio de 1943, pero únicamente tuvo como objetivos la periferia y 21 http://Rebeliones.4shared.com
  • 22. las vías de ferrocarril— tanto más se emocionaba el papa, quien en otras circunstancias guar-daba un silencio tenaz. Ahora intervenía y protestaba incansablemente. Ahora se dirigía a losgobiernos, a personalidades de prestigio, a diplomáticos y a la opinión pública mundial. Noomitía ningún intento ni desaprovechaba ninguna ocasión. «Una auténtica batalla diplomáti-ca», se jactaba monseñor Giovanetti, quien debía saber bien lo que afirmaba. «Se trataba talvez de la más considerable; con seguridad de la más tenaz y en algunos momentos de la másdesesperada, literalmente, de las que la secretaría de estado tuvo que librar en el curso de laguerra. Esa batalla duró desde el 10 de junio de 1940 hasta el 4 de junio de 1944 y lo únicoque le falta aún es su historiador. La Santa Sede no dejó pasar de largo ninguna ocasión...»¡Claro, como que era ella misma la afectada! Y Giovanetti dice exultante: «Esta vez los es-fuerzos del papa se vieron coronados por el éxito gracias a la intervención de la providencia»En los demás casos claro está no intervino para nada la providencia. En ellos dejó que habla-ran los hechos... y como éstos hablaban en un principio en pro de un éxito de Hitler la con-ducta vaticana se acomodaba a ese lenguaje. Durante su primera audiencia semanal posterior al estallido de la II Guerra Mundial PíoXII saludó también, entre 150 visitantes extranjeros, a un grupo bastante numeroso de solda-dos alemanes y les dispensó su bendición. Tratándose de algo que acontecía inmediatamentedespués del ataque alemán contra Polonia muchas organizaciones católicas, desde Inglaterrahasta América y Australia, tuvieron una primera reacción de incredulidad. Solicitaron irrita-das una confirmación y la obtuvieron muy prontamente a través de un joven prelado de lasecretaría de estado, G. Montini. Asombrado por aquella reacción, el futuro papa Pablo VIexpresó esta opinión: «¿Acaso el papa no acoge siempre con alegría a todos los que acudenbuscando su bendición?». Ahora bien, los soldados alemanes eran recibidos con preferencia alos demás, según propia confesión papal, y ello era cabalmente así tras el comienzo de la gue-rra. Pues con esta guerra la curia se las prometía muy felices. Cierto que momentáneamente su política cara al Este quedaba colapsada. Polonia no lu-chaba, como era su deber, alineada con Alemania contra la URSS. Lo que más bien se dabaera el sometimiento cruel de una nación católica. Polonia, el antemural de la cristiandad, se-gún una concepción milenaria del Vaticano, fue destruida en pocas semanas. Es más, Hitler yStalin acababan de concluir un pacto, pero en Roma imperaba evidentemente la opinión deque con la guerra relámpago contra Polonia, Alemania se aseguraba la base de partida para unfuturo ataque contra la Unión Soviética. Con todo, los sentimientos de los monsignorí estabancuando menos divididos y sus relaciones con el gobierno de Varsovia se habían enfriado sen-siblemente. Se tomaba muy a mal que los polacos se hubieran desviado del curso de Pildsus-ki, de la lucha común germanopolaca contra la URSS. Caía muy mal aquel alineamiento conFrancia e Inglaterra. Después de la muerte de su embajador ante la Santa Sede, Polonia habíanombrado un simple encargado de negocios. El ministro de AA EE polaco, el coronel Beck,la auténtica cabeza rectora en el gobierno, no había sido recibido por el papa pese a haberlosolicitado en 1938. A consecuencia de ello Polonia sólo estuvo representada por un simpleembajador especial en las exequias de Pío XI y en la ceremonia de coronación de Pío XII. Porinstrucción de Roma, a su vez, el nuncio papal en Varsovia no acompañó a Angers al gobier-no polaco en el exilio, pues ello hubiera equivalido a su reconocimiento. El nuncio Cortesi entretanto no gozaba ya de la gracia de su señor. Al revés de lo quehabía hecho su antecesor Ratti cuando avistó al ejército rojo desde Varsovia, Cortesi huyóprácticamente de la ciudad al día siguiente del comienzo de la guerra. «Los nervios del ancia-no no resistieron los bombardeos», se dice en un informe secreto con fecha 9 de enero de1940, «y abandonó Polonia aunque el clero lo intentó todo para impedir su partida. Y esa par-tida fue vista con malos ojos por Roma». Cortesi se había trasladado a Rumania y la curia nose dio prisa en acreditarlo de nuevo. Sólo cuando la guerra estaba ya inequívocamente perdi-da para el fascismo, en la primavera de 1943, nombró la Santa Sede a W. Godfrey, más tarde 22 http://Rebeliones.4shared.com
  • 23. arzobispo de Liverpool, encargado de negocios ante el gobierno polaco en el exilio: sólo porcierto después de que éste hubiera urgido varias veces en ese sentido. Al igual que monseñor Cortesi también el cardenal primado de Polonia y arzobispo deGnesen-Posen, Hlond, abandonó su rebaño al segundo día de guerra poniendo pies en polvo-rosa juntamente con sus consejeros espirituales. El 18 de septiembre llegó a Roma y no parasatisfacción del papa. Y cuando éste recibió a la colonia polaca, fuertemente acrecentada porla corriente de fugitivos de la guerra, encabezada por el soberano de la Iglesia de su país, diofe ciertamente de su condolencia para con el pueblo polaco, pero lo exhortó asimismo a«aguardar la hora de la consolación celeste enviada por la divina providencia a una Poloniaque no quiere morir». En su florida alocución, frecuentemente rayana en lo cursi pero muysignificativa, Pío XII expresó esta opinión: «Justamente cuando la divina providencia parece ocultarse por algún tiempo es hermoso,meritorio y bueno, mantener la fe en ella... Así como las flores de vuestro país esperan cubier-tas por una espesa capa de nieve que soplen los vientos suaves de la primavera, también voso-tros sabréis esperar tenaces, orando y confiando, la hora de los celestes consuelos. Vuestrodolor suavizado por la esperanza no se empañará por ningún sentimiento de venganza (!), nimenos aún de odio (!). Vuestro celo por la justicia se mantendrá acorde con las leyes delamor, pues él puede y debe hacerlo así». Nada de odio, pues, nada de afán de venganza, sóloamor, muy «cristiano»: los papas pueden mostrase también así, justamente cuando les con-viene. «No os decimos: ¡secad vuestra lágrimas!», consolaba Pío. «Para el cristiano, que co-noce su valor sobrenatural, hasta las mismas lágrimas tienen su dulzura», y para desespera-ción de los polacos, evitó toda condena de la agresión alemana. Lágrimas y catástrofes suelenredundar generalmente en beneficio del papado. Y es que también Pío XI, a la vista del asesi-nato de millares de sacerdotes en la Guerra Civil Española, no sólo reaccionó con lágrimassino también con arrebatos de júbilo «por mor del orgullo y de la dulce alegría que nos exal-ta... Cuan bien se adecúa vuestra expiación a los planes de la providencia...». En Polonia desde luego la situación era bastante más complicada. El país debía, según laestrategia de la curia, luchar contra la URSS haciendo causa común con Hitler. De ahí que elcardenal Hlond pudiera, sí, gritar públicamente contra la Alemania nazi, pero sólo hasta «quese quemó la boca de una vez por todas». Después fue alejado de Roma ante las presiones delgobierno de Berlín. Su presencia, así lo expondría en 1953 el obispo de Kielce, Kaczmarek,ofendía a los círculos curiales filogermanos. Hlond fue a Lourdes. Hasta el 30 de abril de 1945 no volvió a ser recibido por el papa tras hallar otra vez sugracia. «El embajador polaco K. Papée nos suplicó», escribe Giovanetti, «que prosiguiéramoscon nuestras revelaciones. Nosotros nos sentíamos turbados al no poder hacerlo...». Pues,supuestamente, «cada una de nuestras emisiones tuvo como consecuencia que se desatasenhorribles medidas de represalia contra la población». Como si tales víctimas hubieran pertur-bado nunca al Vaticano toda vez que las mismas prometían redundar en su ventaja. En su primera encíclica Summi Pontificatus, publicada el 20 de octubre de 1939, Pío XIIhablaba de la «horrorosa tempestad bélica que asolaba Polonia», es más, «su pluma» se resis-tía «a seguir escribiendo cuando pensamos en el abismo de dolor de innumerables personas»,su «corazón paternal» parecía no poder soportar apenas «la previsión de lo que puede madu-rar con la nefasta semilla de la violencia y del odio». Pero ni por acaso se le ocurría mencio-nar a sus causantes. Es cierto que aquella encíclica, largamente meditada y cautamente redac-tada, debía dar testimonio de la verdad «con firmeza apostólica», pero se limitaba a aludir a ladivinización del poder, a la «ilimitada autoridad del estado» que «dificulta la convivenciapacífica», alusión que lo mismo podía referirse al gobierno ruso como al alemán. Pío se guar-dó muy bien, pese a toda su firmeza apostólica, de condenar expresamente la agresión hitle-riana, conjeturando con sobrada razón que esta «auténtica hora de las tinieblas» tal vez nofuese otra cosa que el « comienzo de la aflicción». En puridad él debería pronunciar «palabras inflamadas» sobre los «horrorosos aconteci- 23 http://Rebeliones.4shared.com
  • 24. mientos» de Polonia, manifestaba también el 13 de mayo de 1940 frente al embajador italia-no, pero con ello sólo empeoraría aún más la suerte de aquellos desdichados. Pero en lo to-cante a la lucha por la iglesia lo que estaba en juego eran intereses puramente católicos y aquísí que pudo intervenir reiteradamente batiendo auténticos récords por el número de notas deprotesta. La eventualidad de ser sometido a una presión acrecentada no desempeñaba aquíningún papel. ¡«Los horrorosos acontecimientos de Polonia»! Para octubre y noviembre de 1939 sehabía ejecutado ya a 214 sacerdotes polacos, entre ellos a la totalidad del cabildo catedraliciodel obispado de Pelplin. Y a finales de año había ya unos mil sacerdotes encarcelados, algu-nos de ellos en campos de concentración recién instalados. Un informe eclesiástico, uno entretantos otros, presenta esta situación: «La destrucción brutal de obras de arte, de puestos detrabajo, la tiranización del país con pérdidas irremplazables en el pueblo y en familias parti-culares están a la orden del día. Prescindiendo de los hombres que han caído en el frente oque han sucumbido a sus heridas, el número de los fusilados, torturados, de los que han per-dido su libertad en cárceles y campos de concentración y de los arruinados por deportacionesinhumanas, supera con mucho el medio millón. Cierto es que todo ello afecta ante todo a lapoblación masculina, pero también hay mujeres entre las víctimas. Y cuántos serán los jóve-nes y niños que continúen pereciendo por la desnutrición y las enfermedades, eso es algo quesólo podrá ver quien sobreviva». La Iglesia perdió cuatro obispos, 1996 sacerdotes y 238monjas a consecuencia de la guerra en Polonia. 3.647 sacerdotes, 341 monjes y 1.117 monjasestuvieron encerrados en campos de concentración. Al menos una vez, si bien de manera pri-vada (ante el embajador italiano D. Alfieri) confesó el papa que sólo le remordía una cosa: elhaber callado ante lo de Polonia. Si bien Pío XII no tuvo ni una palabra de condena para el ataque alemán ni consecuentecon ello para el comienzo de la II G.M., sino que guardó un silencio en verdad elocuente,tanto más alta era la voz que sus criaturas alzaban en Alemania. En definitiva gente de esefuste venía ya participando en miles y miles de pequeñas y grandes matanzas desde la Anti-güedad, matanzas que ellos mismos habían contribuido a preparar, de las que habían sacadosu provecho. Y el descomunal griterío de la clericalla durante la I G.M. había superado todolo anterior. Cierto es que aquel entusiasmo delirante estuvo ausente en la del 39. Pero también hubolo suyo: «La bendición de la espada va por delante de la jura de bandera del soldado», pro-clamaba un manual litúrgico provisto de su imprimatur ya en 1937. «Que la misma majestadde Dios bendiga con su diestra la espada. Quien la empuñe se convertirá así en paladín de laIglesia... y de todos los servidores de Dios frente a los furiosos paganos y adversarios... ysembrará el terror y el temor (terror et formido) entre sus enemigos». Y aunque los preladoslibraban desde hacía años su lucha por la Iglesia, tan enaltecida después de 1945, ahora res-paldaban los crímenes de Hitler, de dimensiones históricas, y eso «una y otra vez» y «del mo-do más enérgico», como afirmaban in corpore, antes de 1945 (5). Uno de los aspectos, y no el menos importante, de aquel apoyo fue La Acción PastoralCatólica en la II. G.M. 24 http://Rebeliones.4shared.com

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