YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
De la edición francesa original
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Reine-Marguerite Bayle
PRICH, EL NIÑO HERIDO
LA JOVEN DEL MANGO
Cara a cara
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YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Reine-Marguerite Bayle
PRIMER RELATO
PRICH, EL NIÑO HERIDO
El alba se insinúa e...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Prich apuesta a que hoy encontrará setas a espuertas. Sonríe a este hermoso día que
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YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Con los pies desnudos en el barro rojo, va tarareando una canción cuando llegan a su...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
sorbe como lo haría una vaca. Sumerge el rostro en esta agua espesa. Su sangre dibuj...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Unos enfermeros, casi nunca los mismos, vienen a curarlo a una hora fija: inyeccione...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Prich no es ya el joven y prometedor sostén de familia que era. Le avergüenza ser un...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
colocado en la calzada, y le hacen una seña al conductor para que pase. Prich no ent...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Delante de la verja se da cuenta de hasta qué punto está sucio y harapiento. Sus riz...
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hagan los últimos retoques en su prótesis de plástico. Otros han ido a que les cambi...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
Podría enviarle una foto. Claro que no tiene ninguna. No tiene nada, nunca tiene nad...
YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO.
las de fragmentación, las de efecto de soplido, las que saltan, y explotan después d...
Prich Relato1
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Prich Relato1

Published on: Mar 4, 2016
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Prich Relato1

  • 1. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. De la edición francesa original Direct ora de l a serie: Marie Agnés Com besque Título original francés: Prich, rental blessé De la edición española Di r ec t or es d e l a c ol ec c i ón: A gust ín P érez López AMNISTIA INTERNACIONAL (SECCIÓN ESPAÑOLA) José Ramírez del Hoyo/Editorial BRUÑO D i s eñ o d e c ub i ert a: J os é Lu is T ell er í a Traducción: B eat riz V elasc o Título: Prich, el niño herido L a ed ic i ón d e est a ob r a cuenta con la asistencia y colaboración de la editorial de Amnistía Internacional (EDAI) © 1997 Editions SYROS/La Découverte 9 bi s, rue A bel -H ov el ac que 75013 París (Francia) © 2000 Editorial BRUÑO Maestro Alonso, 21 28028 Madrid (España) Teléfono: 91 361 04 48. Fax: 91 361 31 33 Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin el permiso escrito de los titulares del copyright, la reproducción o la transmisión total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento mecánico o electrónico, incluyendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Depósit o legal: M. 8. 394 -2000 ISBN: 84-216.3793-2 Impreso en Gráficas Rógar, S. A. 2
  • 2. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. YO ACUSO... Este grito desgarrado y desgarrador atronó en la Francia de 1898. Un novelista, un humanista, denunció la injusticia, la discriminación y el tormento sufrido por un inocente. Émile Zola, su autor, unió su destino al del marginado, se enfrentó al Estado, impulsó la toma de conciencia de toda una sociedad y rescató de la vergüenza y el oprobio al oficial Dreyfus doce años después de su condena. Y cien años más tarde, ¿tiene vigor su alegato? Continúan las vejaciones, las condenas sin pruebas, las violaciones de los derechos humanos, las masacres, las hambrunas, el sufrimiento de hombres, mujeres y niños, la eliminación de las minorías étnicas o sociales, el terror y la tortura, la pena de muerte y... el silencio. Sobre todo el silencio. Él es el gran responsable, el mejor aliado del gran explotador y el genocida. Él es la causa primera de que nuestra sociedad entumecida y cobarde no reaccione y no se enfrente a una realidad tenebrosa en la que viven sumidos millones de seres humanos. Esta colección de libros es —necesita ser— uno de tantos sonidos que rompa ese silencio y luche contra el olvido que a todos nos hace cómplices. José Ramírez 3
  • 3. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Reine-Marguerite Bayle PRICH, EL NIÑO HERIDO LA JOVEN DEL MANGO Cara a cara Un buen día recibo una carta de Hándicap Internacional. La abro mientras reniego para mis adentros: ¡otro llamamiento a mi generosidad! Sucede igual que con la publicidad y las ofertas de obsequios baratos que todas las semanas inundan mi pequeño buzón a la entrada del edificio hasta reventarlo. Del sobre, con sello de Camboya, cae en la palma de mi mano una minúscula muleta hecha de bambú, tan ligera y, sin embargo, tan cargada de significado. Intrigada, leo el informe de Hándicap Internacional en el que se denuncian las minas antipersona, de las que hasta ahora sólo tenía una vaga noción. Este día, mi conciencia de simple ciudadana se despierta. Me doy cuenta de hasta qué punto son injustos y crueles estos diabólicos cacharros baratos, destinados a mutilar atrozmente, y con efecto retardado, en tiempos de paz, a civiles como vosotros o como yo. Imaginad por un instante que vais a clase, que llegáis tarde y que cogéis un atajo. De repente suena una detonación, habéis pisado una mina escondida en el suelo, a ras de tierra. Os convertiríais en discapacitados de por vida. Esta amenaza permanente, que pende sobre millones de seres humanos, es insoportable. Así pues, decidí ir a Camboya y a Mozambique, con el fin de recoger los testimonios de las víctimas de las minas, especialmente numerosas en estos países. Me hice eco, a través de la experiencia de Prich y de Zaida, de su drama íntimo. Valientes y modestas, las víctimas marcadas por estas «armas sin amo» me han confiado su sufrimiento, tan difícil de contar. Lo he recogido y fundido en palabras. Soy la depositaria de su testimonio. Nunca agradeceré lo bastante la confianza que han depositado en mí. Allí, los equipos de Hándicap Internacional no han escatimado esfuerzos para facilitarme la tarea. Doy las gracias a esta organización humanitaria que realiza en distintos frentes un trabajo sincero, eficaz y ejemplar. «Ciudadanos lectores», no creáis que estas historias de minas en países lejanos no os conciernen. En las guerras modernas, algunas de las cuales se libran muy cerca de nosotros, nueve de cada diez víctimas son civiles. De vuestra capacidad para la indignación y el rechazo ante la injusticia nacerá una concienciación colectiva que tendrá la fuerza necesaria para combatir esta barbarie contemporánea. Las minas antipersona no son un mal inevitable. Algunos países, presionados por las organizaciones y por el peso de la opinión pública, han prohibido la fabricación de estas armas. Otros, farisaicos, se escabullen mientras las siguen produciendo. Dedico este libro a mi padre, cuya mutilación quebró cualquier esperanza de felicidad, así como a todas las víctimas de las minas, a las que he conocido y a las otras. Reine-Marguerite Bayle 4
  • 4. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Reine-Marguerite Bayle PRIMER RELATO PRICH, EL NIÑO HERIDO El alba se insinúa en la pequeña choza de paja, construida sobre pilotes, cerca de un rico banano. Se desliza entre las palmas secas del techo y viene a jugar con el pelo de Prich. Él sabe que su larga melena dorada y rizada es el orgullo de su abuela, pues los camboyanos suelen tener el cabello negro, liso y lacio. ¿No dicen que el sak'kranam, el cabello rizado, es signo de inteligencia? Prich siente la luz posarse sobre sus párpados, que él separa muy despacio para filtrar el día a través de sus pestañas. Inclina la cabeza hacia la anciana de pómulos rollizos a quien él tanto respeta: su diminuta abuela, tan menuda que se diría irreal. Duerme allí, a su lado, acurrucada sobre una desgastada estera de junco. Con el cabello plateado, cortado a cepillo, se la tomaría por un viejo, si no fuera por sus pechos flojos y arrugados. De su boca abierta, enrojecida por el betel (Planta que se cultiva en todo el sur de Asia y cuyas hojas constituyen un producto de mascar muy extendido), emergen unos tristes huecos negros que son sus dientes gastados. Esta abuela, demasiado pronto marchita, es toda su familia. Su abuelo, que hablaba muy bien francés, murió bajo las bombas americanas durante la guerra. Vieron el cuerpo hinchado de su tío arrastrado por las aguas fangosas del Mekong en los tiempos del maldito Pol Pot, el jefe de los jemeres rojos. Su padre, debilitado por las privaciones y los malos tratos a que le sometieron los jemeres, murió antes de ver nacer a su hijo. En cuanto a su madre, según se cuenta en el pueblo, murió corno consecuencia de una herida infectada, justo después de haberlo traído al inundo. La abuela se niega a remover las desgracias del pasado. El presente y su supervivencia diaria le preocupan ya bastante, porque decir que son pobres es decir poco. No poseen ni una bicicleta, ni siquiera una radio. Su única riqueza es una carreta y una pareja de bueyes a los que Prich oye piafar abajo, bajo la casa. Podría incluso tocar las dos cabezas con cuernos a través del agujero del suelo. «Cuando los lleve al bosque, se dice Prich, cortaré bambú para reparar estas tablas. Si espero un día más, nos caeremos por el agujero.» Animado por esta decisión, se levanta. Con un gesto amplio y preciso, se ata alrededor de la cintura el brama, una pieza de algodón escocés rojo y verde que sirve para todo; entreabre la puerta de la única habitación y baja las cinco traviesas de la escala de madera. En la gran tinaja que las lluvias de los días anteriores han llenado, flota el talok, un cubilete que Prich ha fabricado con un coco cortado por la mitad. Hunde el talok en el agua, lo lleva hasta sus labios para beber, y luego se rocía copiosamente porque, desde que hace dos meses comenzó la estación de las lluvias, el agua abunda. Es una auténtica alegría. Apuesta a que hoy el aguacero lo alcanzará cuando esté en el bosque, pero que no caerá una gota en el pueblo. Prich apuesta continuamente a lo largo del día, sobre cualquier cosa. Tiene esa manía. Llena un bidón de agua, y luego afila minuciosamente su machete con una piedra. El día tocará a su fin cuando esté de vuelta. El camino del pueblo al bosque es largo, tanto más cuanto que hay que adentrarse mucho para satisfacer el apetito de las bestias. No imaginamos lo glotones que son los bóvidos. 5
  • 5. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Prich apuesta a que hoy encontrará setas a espuertas. Sonríe a este hermoso día que comienza. De todas las labores que realiza en su vida de campesino, el trabajo de «despertar» el arrozal con la carreta de madera, el trasplante de arroz, la recogida de la cosecha los días de prôvas day, en los que los vecinos se ayudan mutuamente, el cultivo del pequeño huerto, la tala de madera, la recogida de cangrejos de arrozal, y mil cosas más, de todas ellas, lo que Prich prefiere es teou prey, es decir, pasar todo el día en el bosque con los animales. El bosque es una aventura siempre renovada. ¿No es acaso el refugio de los espíritus femeninos que viven en ciertos árboles? Allí se siente libre y feliz. Un lagarto al que le han cortado la cola se desliza sobre el montón de troncos que la abuela está colocando. La sonrisa de Prich se detiene, esta aparición le disgusta. Flor de Loto, l a gata pelirroja de hocico puntiagudo, viene a frotar sus largas orejas contra las robustas pantorrillas de Prich, musculosas de tanto caminar. Mientras le rasca el cuello descubre, un poco más allá, manzanas canela bien maduras. Le encantan. Coge una, la abre, chupa la pulpa blanca y pegajosa que se deshace. No se resiste al placer de saborear otra y de alcanzar una tercera para el camino. Se divierte tirando al blanco escupiendo las alargadas pepitas negras. Apuesta a que dará al menos quince veces en el tronco del mango que hay allí. ¡Ha ganado! Ha acertado dieciocho tiros. Cuando vuelve, la abuela, enfundada en su sarong oscuro, le sonríe en el umbral de la diminuta puerta. Le tiende el almuerzo: arroz con aroma a prahoc, una especie de pasta rosa con olor a pescado, enrollada en una hoja de banano, y un poco de pastel de coco, todo envuelto en un krama. No necesitan hablar: ¡es tanta la complicidad que existe entre ellos! Él sabe que ella irá más tarde a la pagoda para hacer a Buda la ofrenda de alimentos y para quemar las barritas de incienso. Sabe que, cuando vuelva, la casa estará barrida, los animales alimentados, la ropa lavada y la cena preparada. Prich se pone el pantalón de algodón remendado —guarda el otro para los días importantes—, se coloca en la cabeza un sombrero blando descolorido, lo único que ha heredado de su padre, y luego baja. Tras soltar a los animales, toma el camino de tierra que hay detrás de la casa y, poco después, franquea el seto de majagua del vecino. Las flores, de un rojo brillante, se recortan una a una contra el cielo azul. Prich recoge otros dos bueyes pardos. La mujer del vecino está dando el pecho a su pequeño. La saluda juntando las manos a la altura del rostro. Ella le devuelve un jovial: «¡Que tengas un buen día, vecino. Hasta la noche!» Los cuatro animales avanzan, dóciles; conocen el camino. Prich se cruza con un paisano que tiene dificultades con su bicicleta, porque se atasca en las rodadas empapadas de agua. Sus dos cerdos, atados al portaequipajes trasero, dan gritos de pavor terriblemente agudos. Prich le echa una mano. En agradecimiento, recibe un chorro de excrementos. Corre, entonces, hacia un charco donde tres búfalos, tumbados perezosos hasta los hocicos, resoplan ruidosamente. De repente, levanta los brazos formando un círculo a cada lado de su cabeza, arquea el busto, prueba a voltear las manos, colocando las palmas hacia el cielo, comba los dedos con el fin de que toquen sus antebrazos, y luego se pone a bailar dando vueltas en el agua. Ríe a carcajadas bajo la mirada plácida de los búfalos, indiferentes a las contorsiones del muchacho, que se cree una apsara, una bailarina graciosa y sagrada. Una apuesta loca atraviesa el espíritu de Prich. El año que cumpla los dieciocho estará en Angkor, será un caminante solitario en ese sueño de piedra esculpida del antiguo imperio de los reyes jemeres. Prich deja correr su imaginación. Si fuera mirlo-mandarín, no lo dudaría. Se elevaría por los aires en este preciso instante. Prich se sacude el agua y, chorreando, continúa andando con sus animales por el sendero cada vez más empapado. Camina por las orillas, a la sombra de los thnots que reflejan sus largas palmas en las aguas. 6
  • 6. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Con los pies desnudos en el barro rojo, va tarareando una canción cuando llegan a su altura cuatro monjes con el cráneo y las cejas rapados, apenas un poco mayores que él. Envueltos en su toga de color azafrán, marchan en fila india, a pasos cortos, sobre los pequeños diques que aprisionan cada cuadrado de arrozal. Las cuatro bestias se detienen de pronto para pacer delante del monasterio budista, que fue incendiado por los jemeres rojos y quedó en muy mal estado. Las estatuas de Buda, sistemáticamente destruidas, han sido mal restauradas. Un tanque, obscena reliquia de la guerra, yace allí, delante de la entrada de la pacífica morada. Prich deja que su mirada se entretenga en las flores de loto y en sus elegantes pétalos rosa, que flotan en el estanque. Pica a los cuatro animales con la vara afilada que él mismo ha tallado para que avancen. Decenas de puntas afiladas de kautroey, una hierba muy común, han penetrado en su pantalón y le hacen parecer un puerco espín. No intenta siquiera quitárselas porque son muy persistentes. Prich pasa ahora por delante de los últimos arrozales que hay antes de llegar al bosque. Los jóvenes brotes de arroz sin descascarillar, recientemente trasplantados, son de un verde tierno intenso. El sol quema ya a pesar de la capa lechosa que forman las nubes. A medida que se acercan al bosque, los animales aceleran el paso. Prich mira con satisfacción cómo arrancan la hierba tupida que mastican con avidez. Recostado contra un tronco, cierra los ojos para escuchar el canto del bosque. Se siente embrujado. Sumergido en una dulce beatitud, sonríe. El grito lastimero y chillón de un pájaro viene a cosquillear sus tímpanos. Prich saca de su bolsillo un birimbao alargado que ha tallado en un brote de bambú salvaje. Lo aprieta entre los dientes y acciona con el pulgar la hoja para hacerlo vibrar. Espera que su música, al mezclarse con la del bosque, seduzca a los Neak Ta, los espíritus que habitan en pequeñas chozas construidas por los hombres bajo los grandes árboles. Prich observa, escucha, toca y huele, mientras camina suavemente sin hacer ruido. Ahora, corta con su machete las ramas muertas y las va amontonando. Se las llevará a la abuela para hacer el fuego con el que cocerá el arroz. ¡Victoria! Aquí están los cachau. Esas enormes setas blancas, cremosas, que estarán tan ricas en la sopa, y hay muchísimas. Se echa a reír porque ha ganado otra apuesta. De repente, oye unos ruidos extraños y se queda quieto, en un movimiento suspendido. Los animales, al acecho, mueven las orejas. Él apuesta a que van a dirigirse hacia el sur, en dirección contraria a los ruidos. Tiene a los cuatro dentro de su campo de visión. ¡Oué extraño, los animales se encaminan hacia el este! Uno de ellos suelta un mugido de dolor. Enloquecido, se lanza al galope, y enseguida le siguen otros dos. El cuarto huye velozmente en otra dirección. Prich corre a atrapar a los animales, para calmarlos y reunirlos. Le parece ver un alambre muy fino tendido en el suelo, entre un árbol y un palo. Quizá. No está muy seguro. Lo importante es recuperar a las bestias. Corre más deprisa. Su pie izquierdo se engancha en el alambre. Una gran explosión le deja sordo. Cae al suelo después de haber sido lanzado tres metros hacia atrás. Apenas puede respirar. Está a punto de desmayarse. No ve nada con el ojo derecho. Se lleva la mano a la cara. Está llena de sangre, una sangre que él siente correr, caliente, sobre su rostro, y que mana del ojo. Tiembla. Tiene la garganta seca, quemada. Siente sed. Sabe que hay un pequeño charco cerca de ahí. Su única obsesión es ésa: beber. Quiere levantarse. No puede. Es entonces cuando ve su pierna izquierda despedazada. El talón ha sido arrancado. La pantorrilla, también. Trozos de su carne calcinada están mezclados con la tierra, con esquirlas de hueso, con restos de tejido. Es una carnicería inimaginable. Curiosamente, no le duele. Está bajo los efectos del choque. No piensa más que en beber, beber y beber. Mira su pierna derecha. Fragmentos de metal se han clavado en su carne. Sus brazos están intactos. Hace un esfuerzo sobrehumano para empujar su cuerpo hacia adelante. Se arrastra sobre los antebrazos, se agarra con los dedos a todo lo que sobresale, se aferra a ello, se arrastra, jadeando, hasta el charco. El agua está inmunda, enlodada. La 7
  • 7. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. sorbe como lo haría una vaca. Sumerge el rostro en esta agua espesa. Su sangre dibuja en ella una estela roja. Tiene miedo. Tiembla. «Espíritus femeninos del bosque, no me abandonéis. ¿Qué os he hecho yo? Voy a morir; ¿por qué?» Reúne sus últimas fuerzas para gritar: —¡Por aquí, por aquí, socorro!... ¡Ayudadme!... Soy yo, Prich... Los minutos se desgranan interminables. «Voy a morir; ¿por qué?, ¿por qué?» Quiere gritar una última vez, pero su voz se debilita, no puede más. A través de sus lágrimas mezcladas con sangre cree adivinar dos siluetas idénticas. ¿Se acercan? No. Estas voces que oye hablar en una lengua que no comprende son las de los espíritus del bosque que vienen a buscarlo. ¿Está ya muerto? Tal vez... Dos soldados vietnamitas (Vietnam ocupó Camboya en 1979 para poner fin al régimen de los jerneres rojos. Se retiraron a finales de 1989) lo rodean. El mayor le hace un torniquete en la rodilla con su krama, deprisa, muy deprisa. El más joven lo levanta en brazos. El primero corre a por la moto que han dejado en el sendero, a la entrada del bosque. Arranca y se acerca lo más posible a su camarada. Éste llega empapado en sudor, con el uniforme manchado de sangre. Prich sufre ahora atrozmente. Deja escapar largos y débiles gemidos. Apenas instalado en la moto, entre los dos hombres, se desmaya. Los soldados corren hacia el hospital militar situado cerca de su acantonamiento. Cada minuto cuenta para salvar la vida de Prich. Ellos lo saben. Entran corno un rayo en el patio del hospital. Los frenos chirrían. Confían el muchacho al médico de guardia, que hace que lo preparen inmediatamente para una intervención quirúrgica. Los dos soldados informan y parten hacia su campamento. No volverán a ver a Prich, al que han arrebatado a la muerte. Prich está en la mesa de operaciones. El anestesista le ha dormido. El teniente cirujano, un hombre pequeño y musculoso, se desplaza con suavidad alrededor de la mesa, a la manera de un felino escrutando a su víctima. Con esos mismos ojos penetrantes, observa atentamente el cuerpo lastimado de Prich. Sin intentar reprimir su cólera ni su emoción, grita: —¡Otra vez esta mierda de mina de fragmentación! —Una POMZ-2 soviética, mi teniente —precisa el anestesista. El cirujano, tras haber hecho su dictamen, concluye: «¡Amputación por debajo de la rodilla!» A partir de ese momento, todo se desarrolla muy rápido. Sierra la tibia, corta la carne con el bisturí, liga los vasos, deja la herida abierta para evitar la gangrena, y luego se ocupa del ojo, retira los trozos de mina uno a uno, y le hace una cura. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, Prich se despierta con náuseas. Está oscuro. Siente violentas punzadas en la pierna. Palpa el gran apósito empapado de sangre de su ojo derecho. Tiene ganas de arrancárselo. De los brazos le salen unos tubos que van a parar a una botella. En la penumbra se da cuenta de que está en el hospital. La pierna izquierda está instalada sobre una almohada. Pone la mano sobre el muslo, lo palpa. Desliza la palma hacia la rodilla y, a tientas, encuentra un enorme vendaje, y después... el vacío. No se atreve a mirar. Su mano, loca, busca la pierna, el pie. No encuentra nada. La mano comprende antes que el cerebro. La visión del lagarto sin cola se impone en su mente. No logra deshacerse de ella. La angustia lo ahoga. Siente que el corazón se le sale del pecho. Respira con dificultad. Se incorpora de un salto. Abre de par en par el ojo útil y examina la pierna con la mirada, más allá del vendaje blanco: nada, el vacío. Se derrumba, sacudido por una ola de lágrimas. Un único pensamiento aflora: se siente solo. El día salpica de claridad la habitación desnuda. No soporta esta luz tan blanca, cierra el ojo. Le gustaría dormir, convertirse en grano de arroz, en capullo de jazmín, en pluma de cormorán... dejar de ser un humano deforme. 8
  • 8. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Unos enfermeros, casi nunca los mismos, vienen a curarlo a una hora fija: inyecciones, vendajes, medicamentos. Algunos hablan el vietnamita, otros el jemer. Qué más da, no tiene nada que decirles. El ojo sigue sangrando. ¿Cuándo recuperará la vista? Piensa en su abuela. ¿Sabrá ella que él está aquí? Y los animales, ¿los habrán recuperado? Y este lagarto sin cola que va y viene sin cesar, ¿cuándo conseguirá expulsarlo de su mente? El sexto día, Prich vuelve al quirófano. Tras anestesiarlo, el teniente cirujano le sutura los músculos y la piel, de la que deja un trozo colgando, con el que después realizará el muñón. El décimo día de hospitalización, Prich se despierta muy temprano. Se siente vacío, inconsistente. Adivina una presencia a su lado. Aunque no la ve, sabe que es su abuela. Duerme ahí, en el suelo, sobre su estera, como en casa. Siente una enorme alegría, pero no se atreve a despertarla. Ella ha venido a buscarlo, ya no está solo con su sufrimiento. La puerta se abre. El enfermero viene a quitarle definitivamente los apósitos del ojo derecho. La abuela se despierta, y sonríe a su nieto para que se sienta tranquilo. Hace días que Prich espera este momento. Aquella noche había soñado que tomaba un medicamento: era un presagio de curación. El enfermero retira el apósito. Las pupilas están entumecidas. Prich abre los ojos de par en par. Quiere encontrar el rostro de su abuela con el ojo curado. Cierra el ojo izquierdo y se vuelve hacia ella. No distingue absolutamente nada. Todo está más negro que la noche. La abuela nota que no tiene globo ocular. Lo coge de la mano y le dice con una voz infinitamente suave: —Tu ojo derecho está muerto. Mírame con el otro. Está tan vivo... Las lágrimas se pierden por los surcos del rostro de la anciana. Luego añade: —Si pudiera te daría uno de los míos, pero ya no valen nada. Prich murmura débilmente: —Ya no sirvo para nada. —Volvamos a casa —dice ella. La abuela ayuda a su nieto a levantarse y a vestirse. Apoyado en ella, avanza hasta la salida saltando sobre su pierna derecha cubierta de cicatrices enrojecidas. Un enfermero pide a voces que le traigan un bicicarro, e instala a Prich en el asiento que hay en la parte delantera de la bicicleta. El conductor pedalea con precaución, intentando evitar los múltiples hoyos de la deformada calzada. Lo conduce sin dificultad hasta la estación de carros. Para hacer más llevaderas las dos largas horas de espera, la abuela abre su krama y ofrece a su nieto el pastel de semillas de loto que ha cocinado para él. Prich se emociona. La comida del hospital era inmunda, todos los días lo mismo: sopa, arroz y banana. La hora de partir llega; suben al autobús. Las miradas insistentes de los pasajeros convergen en Prich, que querría que se lo tragara la tierra. Alguien le pregunta qué le ha pasado; no tiene ninguna gana de contarlo, de modo que su abuela responde por él. Cuando están llegando al pueblo, la abuela deja caer en un suspiro: —Nuestros dos animales pisaron una mina el mismo día que tú. Tuve que hacer que los mataran. Prich comprende enseguida que, ahora, ya no tienen nada, y que será muy difícil sobrevivir. Una vez pasada la curiosidad de los primeros días, las visitas se vuelven escasas, y la generosidad también. Todo el pueblo está ocupado; durante la estación de las lluvias no es precisamente el trabajo lo que escasea. Prich se ha fabricado una muleta de bambú, e intenta ser útil. Ha reparado la choza. Ofrece sus servicios a la comunidad, pero se desplaza con dificultad, pierde a menudo el equilibrio y se fatiga enseguida. Le cuesta aceptar la mirada que algunos le dirigen. No pasa un día sin que le hagan sentir que no es corno los demás. Ni siquiera Chansitha, la pequeña de una familia vecina que durante mucho tiempo compartió sus juegos, es la misma con él. 9
  • 9. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Prich no es ya el joven y prometedor sostén de familia que era. Le avergüenza ser un peso muerto, una boca inútil que hay que alimentar. La abuela se apaga a medida que pasan los días. Vestida de blanco, se pasa el tiempo en la pagoda sirviendo a Buda, y quiere acabar allí sus días. Prich se siente desgraciado, abandonado de todos e inútil. Los meses pasan. Cada vez come menos. Su salud se deteriora. Un día se entera, por unas personas que están de paso, de que existe un orfanato en Pursat. Reflexiona a lo largo de toda una semana y, con calma, toma la decisión de dejar el pueblo. ¿Por qué no iba a ser él aceptado en ese orfanato? Podría ir a la escuela, aprender un oficio... ¿quién sabe? La esperanza ahuyenta su abatimiento. Le habla de ello a la abuela, a quien este asunto le resulta muy inquietante. Reticente al principio, acepta finalmente su elección a condición de que prometa que regresará al pueblo si las cosas no le van bien. Prich se lo promete, y al día siguiente por la mañana se va. Se separan en silencio, en medio de la tristeza. Nunca más volverán a encontrarse. Viaja dando tumbos en carretas y encima de los portaequipajes, o encaramado en lo alto de cacharros que traquetean. Por fin, después de varios días de marcha renqueante y de esperas interminables al borde de los caminos, en los que se duerme agotado, está ya a tan sólo diez kilómetros de Pursat. En la carretera principal, asfaltada y llena de baches, consigue subirse a la trasera de un camión sin toldo, que sortea los obstáculos, y se desliza entre los trabajadores apiñados. Lleva la cabeza escondida en su krama para protegerse del polvo; nadie le hace ninguna pregunta. Poco después, el camión se detiene, en medio del estruendoso ruido de sus frenos, delante de un puente hundido. Todo el mundo se baja. Los comentarios arrecian: —Son los jemeres rojos los que han hundido el puente con explosivos —dicen los campesinos que cultivan el arrozal vecino. —Todos los puentes hasta Sisophon, en el noroeste, están en este estado —afirma el conductor de un taxi colectivo. —¿Cuándo nos desharemos de los jemeres rojos? —grita un tipo, dolido—. Tienen armas, son ricos, explotan nuestras minas de piedras preciosas en Pailín (Ciudad del oeste, a 10 kilómetros de la frontera tailandesa, conquistada por los jemeres rojos después de una serie de duros combates contra el ejército de Phnom Penh (la capital) a principios de 1990. Los jemeres rojos explotan las minas de zafiro para financiar su guerrilla), venden nuestros bosques. —Y Pol Pot —grita otro—, ese tirano con las manos llenas de sangre camboyana, ¿no vive como un pachá en su villa de Tailandia, justo en la frontera? ¿Qué hace el gobierno? ¡Nada! ¡Hay demasiadas facciones rivales en este gobierno corrupto! —Los jemeres rojos acaban de capturar a dos militares y a dos civiles muy cerca de aquí — grita un hombre de cierta edad. La noticia deja petrificados a los asistentes. —A estas horas, ya estarán muertos. Prich está consternado. Creía que esta sórdida página de la historia de su país ya estaba pasada. ¿Nunca terminaría esta pesadilla? ¿Quién ha colocado la mina que le ha destrozado el cuerpo? ¡Seguro que los jemeres rojos no han sido los últimos en sembrar el suelo de minas! No tiene tiempo de seguir el curso de sus pensamientos. Ahí está, arrastrado por el movimiento. Todo el mundo se afana ahora en reparar este puente con piedras, tablas, planchas, cualquier cosa que se pueda encontrar. Después de algunas horas de esfuerzo, la no muy estética reparación está terminada. Los motores zumban. ¿Aguantará o no aguantará? ¡Aguanta! Vuelven a subirse al viejo camión asmático, aunque no por mucho tiempo. Ahora es un control militar lo que obliga al camión a detenerse. Soldados gubernamentales, andrajosos, incluso uno de ellos borracho, se acercan a la cabina, con un arma automática en la mano. El conductor le tiende un grueso fajo de rieles (Moneda nacional sin gran valor. Las transacciones importantes se realizan en dólares) y tres paquetes de cigarrillos. Entonces despejan, con una lentitud calculada, las piedras que han 10
  • 10. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. colocado en la calzada, y le hacen una seña al conductor para que pase. Prich no entiende nada de esos tejemanejes, y pide explicaciones a su vecino, que le responde: —Estos tipos tienen unos sueldos miserables, así que no tienen nada mejor que hacer que robarnos. Es la extorsión. El ejército está podrido, desde el general hasta el soldado de a pie, completamente corrupto, el país no puede contar con él. Y, sin transición, añade: —Te ha estallado una mina, ¿eh? Prich baja la cabeza, sin responder. Con una voz entrecortada, el hombre continúa: —A mi hija, también. Estaba recogiendo troncos, lejos de la casa. Después de un largo silencio, dice: —Murió. Luego, tras otro largo silencio: —Donde nosotros vivimos está infestado de minas. Tendrán que ayudarnos a desactivarlas para que podamos volver a cultivar la tierra. Espero ese momento con impaciencia. Aquí no estoy en mi sitio. Yo soy campesino. Prich se apresura a decir: —Yo también, señor, pero voy a Pursat, al orfanato. La vida en el pueblo se ha vuelto muy difícil. —Te entiendo, hijo —masculla el hombre, al tiempo que le ofrece una banana y una enorme carambola (Gruesa baya jugosa, fruto del carambalero) mientras los frenos del camión mugen de nuevo. ¡Otro control del ejército! Prich se asoma. Ve a tres soldados curiosos, tumbados bajo un árbol. Uno de ellos se acerca sin prisas a la cabina, de donde emerge el brazo del conductor, sujetando con la punta de los dedos un buen fajo de billetes. Sin duda harto, el chófer, que ha pasado ya por seis controles desde que salió, lanza los billetes, que se desparraman a los pies del militar, y arranca con rabia. El soldado, furioso por este gesto de desprecio y, quizá también, insatisfecho con la cantidad recibida, se pone a disparar su kaláshnikov en dirección al vehículo. Prich agacha la cabeza instintivamente. La bala rebota en el pavimento y da en la portilla trasera del camión, en la que queda una huella del impacto, sin herir a nadie. Una retahíla de protestas se eleva. Prich empieza a preguntarse si no se habrá equivocado al tomar la decisión de marcharse. Al levantar la vista hacia el horizonte, descubre con sorpresa la cadena azulada de los montes Cardamomos, al tiempo que penetran en la ciudad de Pursat. Aprovechando una parada, Prich salta al vacío, abandonando al hombre que podría ser su padre. De pie, inmerso en una ola de polvo, avanza, enganchado a su muleta, con el ojo abierto de par en par, por las animadas calles. Debe darse prisa en encontrar el orfanato antes de que se haga de noche. Delante de un restaurante se amontona un grupo de niños cuyas miradas convergen en la misma dirección. Cuando llega a su altura, Prich comprueba queescrutan, boquiabiertos, una pequeña pantalla en la que saltan imágenes en colores. Dos tipos grandes se dan puñetazos intentando, cada uno de ellos, hacer caer al otro, mientras gritan muy fuerte. ¡Así que ésta es la famosa televisión de la que tanto ha oído hablar! Le parece que el sonido está realmente alto. En realidad, no tiene tiempo de entretenerse. Tras haber preguntado por el camino que debe seguir, y después de atravesar una parte de la ciudad, ve al fin, al otro lado de una antigua pista de aviación de la época de la guerra, los edificios blancos con tejados ocre rojizo del orfanato. A medida que se acerca, distingue sin entenderlas unas letras pintadas en azul marino, que se destacan sobre el blanco brillante de las paredes: ASPECA (Nombre de la asociación francesa de apadrinamiento de niños que ha fundado el orfanato y que lo gestiona). 11
  • 11. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Delante de la verja se da cuenta de hasta qué punto está sucio y harapiento. Sus rizos dorados se han convertido en unas infames greñas. Su pie, negro de mugre, está entumecido por la caminata, porque su vieja tong le ha abandonado. ¿Lo rechazarán? Está ahí, dudando, con la mirada cautivada por el incendio del cielo. Apuesta a que, en el momento preciso en1 que el disco solar caiga detrás del horizonte, él caerá al otro lado de esta reja azul. En el inmenso patio en el que se yergue un mástil rematado con las banderas camboyana y francesa, unos niños, que juegan con un balón pinchado, se interrumpen al verlo. Dos de ellos se acercan y le preguntan a través de los barrotes si desea entrar. Prich les dice que quiere ver al director. —No está aquí —le responde uno de ellos—, pero podernos ir a buscar a la señora Sy- Ratha, su ayudante. Prich mira intensamente el semidisco de fuego. Una mujer joven, esbelta, con una espesa cabellera ondulada sobre los hombros, atraviesa la gran explanada de hierba. Entreabre la verja. Prich se inclina, con las manos juntas. —Me llamo Prich, yo... yo... Se azara. No le salen las palabras. La joven le sonríe y le dice inclinando la cabeza: —Entra. Una vez franqueada la verja, los huérfanos acuden de todos lados. Observan a Prich, guardando las distancias. Él, roto por el cansancio, camina con dificultad junto a la dama de los cabellos de seda, tan sonriente. Se detiene en seco y se vuelve. Un arco incandescente desaparece en el ocaso. Después de ducharse, y tras cenar en una sala ruidosa, Prich se encuentra en un largo dormitorio de paredes blancas y desnudas. Su cama es la última, junto a la pared del fondo, en la que hay una ventana. Tumbado en la penumbra, intenta vaciar su espíritu y su cuerpo de todas las tensiones que lo habitan. Su respiración es lenta y profunda; siente llegar el sueño reparador, pero la voz obsesiva de un gecho, el lagarto local, lo sobresalta. Se frota el muñón, que late. Lo encuentra muy feo. La angustia de no volver a ser como antes regresa, dolorosa, como el grito primitivo y repetido de este gecho que se niega a callarse. Prich estalla en lágrimas, luego se calma. ¿Por qué llorar? ¡Por primera vez en su vida duerme en una cama de verdad, protegido por un mosquitero de verdad! Al cabo de algunas semanas pasadas en el orfanato, en el que es definitivamente aceptado, Prich se da cuenta de que su vida ha cambiado por completo. Puede comer hasta hartarse, dormir cómodamente, hacer amigos, a pesar de los comentarios hirientes de algunos y, sobre todo, puede aprender a leer, a escribir, a hacer cuentas. Una mañana, un barang, un francés como se les llama allí, acompañado por un intérprete jemer, se presenta en el orfanato. Se llama Didier y es el responsable del taller de Hándicap Internacional, de Pursat. Quiere conocer a Prich a toda costa, y hablar con él. La entrevista tiene lugar en la oficina del director, un hombrecillo reservado que lleva unas gafas de gruesos cristales. Didier le dice a Prich que, si viene al taller, le pondrán una pierna postiza que le permitirá caminar. —¿Una pierna postiza? —pregunta Prich, desconcertado—. ¿Es usted médico? ¿Me va a operar y me va a coser la pierna de otra persona? Ahora son Didier y el intérprete los que están desconcertados. —No, no, en absoluto, eso no es posible —responde Didier—, no podemos injertar una pierna de verdad. No soy médico, soy carpintero, pero puedo hacerte una prótesis que te permita andar sin muleta. Prich no entiende muy bien, pero está de acuerdo en ir al taller. Al día siguiente, de punta en blanco, con la curiosidad a cuestas, se dirige al taller, donde sólo trabajan jemeres. Él, que creía que iba a encontrar un hospital lleno de barangs, está gratamente sorprendido. Mira cómo trabajan los operarios, y descubre a otros amputados, algunos de ellos son jóvenes militares. Sentados, con el muñón vendado, esperan a que les 12
  • 12. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. hagan los últimos retoques en su prótesis de plástico. Otros han ido a que les cambien la vieja, que era de cuero forrada de hierro y, por tanto, más pesada. Prich observa que algunos han sido amputados más arriba que él, a la altura del muslo. Hay incluso uno que ha perdi do las dos piernas y para el que han fabricado una silla de ruedas toda de madera. Didier, el barang alto y fuerte, lo recibe con una amistosa palmada en la espalda y le enseña todas las etapas de la fabricación. —Primero vamos a tomar las huellas de tu muñón con unas vendas de escayola mojadas — le explica en un jemer dudoso pero muy comprensible a pesar del fuerte acento francés—. Una vez secas, estas vendas formarán un molde hueco. En este molde echaremos escayola y así obtendremos la réplica de tu muñón. Arrastra a Prich, completamente estupefacto, a otra habitación, y prosigue: —A continuación, adaptamos al positivo en escayola de la forma de tu muñón una hoja de plástico. Al tiempo que dice esto, le tiende un trozo de plástico marrón, plano y rígido. —Este plástico, ablandado después de calentarlo a alta temperatura en este horno especial que ves aquí, casará exactamente con la forma de tu positivo en escayola, y se endurecerá rápidamente al enfriarse. Es la primera etapa de tu prótesis. Ahora, mira a este operario. Está tallando un trozo de madera que, atornillado al pie de caucho oscuro que hay ahí, completará tu pierna. Esto es lo que podemos hacer por ti. ¿Comprendes ahora? ¿Estás de acuerdo en tener una prótesis? Prich está tan entusiasmado que quiere que le tomen ya las huellas con las vendas de escayola. A partir de ese momento, no parará hasta que su prótesis esté terminada. ¡El día en que se la coloque y se la ate a la cintura con correas «será el rey del mundo»! ¡Al diablo con la muleta, ahora podrá vivir de pie! Ha necesitado muy poco tiempo de adaptación para caminar. Cuando una tarde desciende, en el orfanato, de la bici de un operario, sus compañeros lo aclaman. Prich siente curiosidad por todo, y vuelve siempre que puede al taller para ver trabajar al equipo y para charlar. Bromea y juega, como la vez que escayoló las cuatro patas de un sapo. Cuando alguna mañana se presenta la ocasión de salir con alguno de los equipos de animación que organiza actos de información sobre las minas por los pueblos, se entrega con alegría. Siente un cierto orgullo cuando monta en el todoterreno blanco, equipado con radio y coronado con el banderín azul pálido de Hándicap Internacional. Una vez allí, participa en todos los frentes. Coloca las banderolas, echa una mano para instalar el equipo de sonido, los instrumentos de música, las marionetas. Corno todos los espectadores presentes durante la representación, se regala con una buena dosis de risas y de emoción. Además, se da cuenta de que, si él hubiera conocido de antemano toda esa valiosa información con respecto a esos chismes pérfidos y destructivos, hubiera desconfiado más del alambre-trampa tendido. No hubiera intentado alcanzar a los bueyes. Por el camino de regreso, Prich piensa que le gustaría trabajar de verdad como los barangs, para ayudar a los camboyanos, sus hermanos. Se siente muy decepcionado cuando se entera de que Didier vuelve a Francia porque su misión en Camboya ha terminado. Menudos cohetes, estos barangs. ¡Cuando uno empieza a familiarizarse con ellos, desaparecen! Durante el primer año pasado en el orfanato, Prich va y viene de la ilusión al descubrimiento. Corno para todos los demás alumnos, la falta de cuadernos y de libros es una desventaja, pero poco a poco consigue desgranar los misterios de la lectura y de la escritura. Una noche, en su cama, a la luz de la luna, escribe la primera carta de su vida. Se aplica en formar cada letra del alfabeto curvilíneo jemer. ¡Encuentra tan hermosas estas letras que parecen dibujos! La destinataria no es otra que Chansitha. Desgraciadamente, ella no sabrá descifrar sus signos escritos sobre este pobre papel. ¿Qué pensará ella de su nueva pierna? 13
  • 13. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. Podría enviarle una foto. Claro que no tiene ninguna. No tiene nada, nunca tiene nada, ni un solo riel en el bolsillo. Todas estas lindas palabras que reúne para ella, no las conocerá jamás. Sólo el viento del monzón podría cantárselas al oído. Todos los días, Prich intenta imaginarse un futuro, pero, con el paso del tiempo, la duda va instalándose progresivamente en él, y le va haciendo mella. Hace ahora tres años que vive aquí, entre estas paredes blancas, donde la planificación de los días es inmutable. Como siempre que la estación cálida, con sus cielos macilentos, se abate sobre la ciudad hedionda y ruidosa, cubriendo todo de un manto de polvo, él se siente mal. A pesar de todo el dolor que le trae recordar su bosque, lo echa de menos. Cómo extraña el canto de los bambúes, el suave agitarse de los arrozales y el olor de los animales bajo el suelo de la choza. El joven campesino que sigue siendo, siente una necesidad visceral de naturaleza y de libertad. ¿Por qué no tiene ninguna noticia de la abuela? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá muerto? Apoyado en la pared de su dormitorio, sobre el que un ejército de lagartijas de dedos puntiagudos avanza a tirones como si de juguetes mecánicos se tratara, Prich deja errar su mirada por el patio desierto. El sol recorta en él planos geométricos de sombras y de luces. El aire es asfixiante en este mes de abril, mes del Año Nuevo, mes de las vacaciones. En el umbral de este nuevo año que ve brotar, Prich se pregunta: ¿tengo catorce años, quince o tal vez, incluso, dieciséis? Nunca ha sabido su edad. ¡Qué largo camino le queda por recorrer para llegar a ser enfermero, protésico o médico, para ayudar a aquellos que, como él, han sido destrozados por las minas! Es consciente de estas dificultades. Su nivel escolar es aún muy bajo, el de un niño de ocho años probablemente, porque el joven campesino que era nunca conoció la escuela. ¿Cuántos años le harán falta para corregir este inmenso retraso? ¿Le aceptarán en el orfanato el tiempo que haga falta? ¿Logrará aprobar los exámenes, obtener los títulos? Acurrucado bajo el calor plomizo de la tarde, se limpia el polvo pegado a su pie de caucho. ¿Cuándo podrá comprarse el par de deportivas que ha visto en el mercado? Sus pensamientos se arremolinan como los granos de arena en la tormenta. El mendigo que conoció esta mañana en la ciudad le atormenta. Es un amputado. Se ha visto obligado a quitarse la prótesis para mendigar. Las palabras del hombre, un antiguo campesino como él, le golpean la cabeza: —Nadie quiere nada de mí. No hay suficiente trabajo para las personas normales, así que para nosotros, ¡imagínate! Mendigando, me muero menos de hambre. Yo tenía una mujer y dos críos cuando me pasó esto. Prich siente chorrearle el sudor por todo el cuerpo. «Y yo, además, soy tuerto. ¿Quién va a querer un aprendiz amputado y tuerto? ¿Quién? En este país, si no tienes dinero, la palmas. ¡Aquí todo se compra, hasta los títulos universitarios!» Prich recuerda con disgusto a los chantajistas del ejército en la carretera. Él, Prich, no será nunca un desecho de la sociedad. Será un hombre responsable y respetado. Un hombre de pie, que trabaja, que tiene mujer e hijos. Se lo jura a sí mismo. Este calor asfixiante lo deja seco. Tiene sed. Nunca se pone pantalones cortos y sin embargo, allí, solo en este horno, se quita el pantalón. Mira, aterrado, la combinación de plástico, madera y caucho. Prich se siente desamparado. Se pregunta si no hubiera valido la pena morir aquel día en el bosque, como muere la mitad de las víctimas que pisan una mina y que pierden toda la sangre antes de ser socorridas. Prich ha preguntado muchas cosas a sus maestros, a los desminadores camboyanos, a los operarios de Hándicap Internacional, a los barangs y a otros extranjeros. Está empezando a tener un vasto conocimiento sobre esas pequeñas cosas de aspecto anodino, a las que todos llaman minas antipersona, y que se encuentran dispersas, eso le han dicho, no sólo por Camboya, sino por muchos otros países del mundo. En cualquier caso, Prich ha podido ver toda clase de minas expuestas en el hall de una ONG inglesa (The Halo Trust, organización no gubernamental) especializada en la desactivación de minas. Un tipo rubio, alto, joven, casi calvo, le mostró las diferentes categorías de minas: 14
  • 14. YO ACUSO – PRICH, EL NIÑO HERIDO. las de fragmentación, las de efecto de soplido, las que saltan, y explotan después de haber sido propulsadas al aire, y muchas más. ¡Qué colección! Prich no imaginaba ni un arsenal ni una variedad tales. Sea como sea, para él está claro. ¿Qué hay más diabólicamente estúpido que una mina antipersona? Unos cientos de gramos de explosivo dentro de una cajita de plástico escondida bajo tierra. La pisas, explota, y tu vida cambia en unos segundos. Es inevitable. O mueres, o vives lesionado para siempre, sin haber visto el rostro de tu enemigo. Es muy eficaz y muy barato para el mercado de las armas. ¡No podemos detener el progreso! Tan sólido e indestructible, además. Diez, veinte, treinta años después de una guerra, cuando los acuerdos de paz llevan mucho tiempo firmados, ellas siguen ahí, fieles a su cometido, «eternos centinelas». Un búfalo, un niño, una mujer embarazada o un campesino pasa por ahí, y la cajita explota. Una víctima por mina en el mundo cada veinte minutos, muy barato: ¡un buen rendimiento!, ¡una excelente relación calidad-precio! Prich, jadeando, sumido en la tristeza, empapado en sudor, se desploma al pie de una palmera. Con los puños apretados sobre su cabello rizado, llora. 15

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