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Alcaldía Mayor de BogotáSecretaría de Cultura, Recreación y DeporteSecretaría de Educación del DistritoFundación Gilberto ...
P OR L A S A BA NA de bo g otáy otr as hist oriasIlustraciones de Olga Lucía GarcíaSelección de Beatriz Helena Robledoe in...
© Primera edición: Bogotá, septiembre de 2009© De esta edición: Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2009 www.fgaa.gov...
5 Contenido josé manuel groot 13 Nos fuimos a Ubaque 22 Nos quedamos en Chipaque 30 Llegamos a Ubaque daniel sa...
josé manuel grootNos fuimos a UbaqueMuseo de cuadros y costumbresI. F. Mantilla, 1866, Bogotá.daniel samper ortegaAcuarela...
7INTRODUCCIÓNLos siguientes cinco relatos que tiene ahora en sus manos ellector de Libro al viento pertenecen a un variado...
8 La selección la conforman, por una parte, dos narracionesde ficción“Nos fuimos a Ubaque” de José Manuel Groot y“Acuarela...
9época en que se narra, pero sí perdidos, el lector descubriráque en realidad se trata de una crónica no sólo de la hacien...
POR LA SABANA de Bogotáy otr as hist orias
13 josé manuel groot1 Nos fuimos a UbaqueCuando una familia está en vísperas de viaje, en estatierra que se llama Bogotá...
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15dar un golpe; porque con el tropel con que salieron a lapuerta a tiempo que yo me iba a des­montar,me espantaronel cabal...
16 Salía la Pepita.–No me vayan a dejar los botines ni el corsé, porqueson para ir a misa el domingo..–Pues que deslíen el...
17Allí empezaron las designaturas o designaciones.–Pues que ahí viene aquel castaño que es de pa­so y muymanso para mi señ...
18 Sale corriendo un muchacho y vuelve con uno so­lo,diciendo que el otro no ha venido todavía de la Estanzuela.Mi tío, co...
19Con ese modo de persuadir quedé yo en posesión demi caballo, y como a ésta sazón llegó el que no parecía, lacosa quedó c...
20 –¡Que monten las criadas primero! Se oyó esta voz;pero ya andan los muchachos a caballo espan­tando a losotros.–Niños,¡...
21la cocinera, le llevó de paso la alforja, que con otros arre­muescos iba prendida de la barandilla del sillón,y allí fue...
22 2 Nos quedamos en ChipaqueMarchábamos sin novedad hasta que llegamos al ríode Fucha que estaba un poco crecido. La coc...
23bajé del caballo, mientras mi tío y el hombre que lleva­ba la chiquita desmontaban a mi tía, que con el camisónfruncido ...
24 ínterin llegaban las cargas, que ya no podían dilatar. Mecansé de dar vueltas a oscu­ras y no hallé más que velas,chich...
25También había salido en comisión la cocinera a ver sihallaba algo de sustancia para cenar, y más afortunadaque yo,vino t...
26 y roncando encima de los ga­lápagos! En efecto,llegan losarrieros con las car­gas: ¡qué gusto! Pero eran los arrierosde...
27por la subida de los Laches arriba y nos­otros nos venimospor abajo, porque teníamos que traer aquí las bestias delpatró...
28 todos, aunque yo no podía hacer parte del montón pormás sobrino que fuera de mi tío.–¡Hombre! decía éste, ¡cómo se me o...
29de mu­chachitos no dejaban dormir, pellizcando piernas,riéndose y revolviéndose para todos lados. Se les ha­bíaespantado...
30 3 Llegamos a UbaqueHénos aquí entrando en Ubaque. Eran las doce; el díaestaba hermoso y varias gentes iban para el bañ...
31puerco que se atravesó fue a dar por allá.Mi tía daba voces;mi tía invocaba a todos los santos y su afán era con lasmuch...
32 ejército, para que me ayudasen a contestar al ejército depreguntadores.A esta sazón desembocaban por la otra esquina la...
33las desmontaran y llevaran de la mano para dentro; enla sala encon­tramos al fin los almofrejes y demás cargas.–Si habrá...
34 –¿Si las dejarían en casa?–No señora, porque yo misma las metí.–¿Si habrá alacranes en esta alcoba?–Eso llévenlo para e...
35consiste en que aquellas niñas se ponen a llevarles ade­lante la conversación con tanto gusto,en lugar de decir decuando...
36 –Niñas, decía Domitila a las muchachas, mañana nosvamos a bañar a un pozo que tenemos que no lo conocenadie,y en donde ...
37dijo: míralos, míralos, señalan­do con el dedo las flores depajaritos amarillos de esos que hay tantos por Sanfasón.–Ah,...
39daniel samper ortegaAcuarela de la SabanaCuando salí de mi alcoba,el paisaje estaba rubio de sol.En el patio,relinchaban...
40 sino de sujetarse a dos manos las faldas para que no se leviese nada, quedó a muje­riegas. Mas como la yegua em­pinase ...
41ordenado la marcha alguien advirtió que no había sitiopara el canasto más ventrudo;hubo que abrírsele a regaña­dientes.Y...
42 chalina en pos del carro. Llegué jadeante, y de un vuelo,me senté al lado de Clemencia.–Gracias.Sí que me da pena conti...
43carro, danzábamos a compás del trote de los bueyes, conreír entrecortado y jolgería y estrujones.–¡Cógeme, Octavio, cóge...
44 –¡Arre... caramba!A través del follaje apareció la iglesia del pue­blo. Losperros que ladraban a los bueyes, callaron m...
45–Ahí pasándola, mi doptor.Entramosalarústicaiglesiadeencaladosmuros,rinconesenpenumbra,vigasaldescubiertoyesca­saslucesc...
46 Nos encaminamos al sitio escogido para el almuer­zo,en las afueras. Desde allí se dominaban la Sa­bana y unaancha lagun...
48 – ¡Clemencia!–¿Qué?–¡Caray! que ¡qué! tan seco.Transcurrió un silencio. Ella trenzaba ramas sin mi­rarme. Me pareció en...
49–Porque estoy pensando una cosa.–¿Qué cosa?–Que voy a meterme a Hermana de la Caridad.No supe qué responder. Si se me hu...
50 –¡De mil amores! pero en serio, porque eres encan­tadora.–¡Sin piropos!–No es piropo: es verdad.–¿Se acabó el pan? –inq...
51–No lo creas.Finge atender aVicente; pero en realidadpretende oír lo que hablamos los dos.–¿Sabes tú por qué está enfada...
52 Teresa estaba semitendida en el suelo,y parecía como sise apoyara en el tiple; mis ojos llegaron hasta el arranquebland...
53hojas y en los trigos que ondean con sonora cascabeladade espigas! ¡Claros mediodías de sol perfumados de flores,helecho...
54 eduardo castilloEl tesoroLo que voy a narraros,acaeció en los países flori­dos de laleyenda,bajo el reinado del Príncip...
55menudeaban allí, fra­gantes como las rosas y los panalessilvestres, y cons­tantemente, lo mismo bajo el sol quebajo la l...
57invierno, al amor de la lumbre. Según tradición oral de lacomarca, en ese gruta estaba oculto un miliunanoches­cotesoro ...
58 la Nochebuena a pesar de que el cielo estaba encapotadoy de que amagaba tempestad. Súbitamente, en efecto, eltrue­no ta...
59nas de flores,tendíanse hacia el pastor en actitud de oferta.Dulcemente llegó hasta el rústico lecho en que el mancebodo...
60 Las bodas fueron suntuosas y con­currieron a ellas,en suscarrozas de pétalo de rosa tiradas por colibríes,las hadas yge...
61gabriel vélezEl aguinaldoCuando el tren partió de la estación, Mateo aco­dadoen la ventanilla del carro, miró todavía en...
62 Entre tanto, el padre hacía sus cuentas. Si el tiem­po leera propicio y la suerte favorable, para diciem­bre tendríaaho...
64 Partió el tren, y Mateo acodado en la ventanilla delvagón, miró en el andén a su mujer con el niño en losbrazos.Allí es...
65tuviera, se lanzó hacia el andén, se enredó en el estribo ycayó sobre los rieles.El ruido de la locomotora ahogó el grit...
67josé alejandro bermúdezYerbabuenaa poco de una legua del histórico y legendario “Puentedel Común”,y hacia el costado ori...
68 vestidos de finas y largas hojas,evo­ca el verde de estos ár­boles,con viveza,la fisonomía peculiar de nuestra Sabana,y...
69levanta el nuevo edificio, construido a co­mienzos de estesiglo; descansa todo él sobre una masa de murallones vie­jos c...
70 de múltiples formas, cubiertos de roña y de lama a causade su vejez más que cente­naria.De todaYerbabuena es el costado...
72 la independencia que procedió a la lle­gada del ejércitoboliviano? ¿Cómo no recordar que dentro de estos muroshubo angu...
73saje que allí se divisa sirve de veras para añadir deleite alas horas del idilio; allí, en efecto, la vista se recrea, o...
74 Pero la vida se me puso tristey su imagen de ahora ya no es esa:en mi casa es el frío de mi alcoba,es el llanto vertido...
75dieron descanso al ánimo inquieto de don Andrés MaríaMarroquín y Moreno.Cuán distinto de esto que hemos descrito has­ta ...
76 En apariencia poco ha variado, en rea­lidad cuán pocoqueda de la antigua hacienda: las corralejas están ahoradesiertas ...
77La historia de Yerbabuena se va, se va para siem­pre;imagen de ella son esas sombras de la tarde que invadenel valle,que...
p o r l a s a b a n a d e b o g o t áy o t r a s h i s t o r i a sf u e e d i ta d o p o r l af u n d a c i ó n g i l b e ...
Por la sabana_de_bogota_y_otras_historias
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Literatura Libro al viento
Published on: Mar 4, 2016
Published in: Education      
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Por la sabana_de_bogota_y_otras_historias

  • 1. libro alvientoU n a c a m p a ñ a d e f o m e n t oa l a l e c t u r a c r e a d a p o rl a S e c r e t a r í a d e Cu l t u r aR e c r e a c i ó n y D e p o r t e y l aS e c r e t a r í a d e E d u c a c i ó n ei m p u l s a d a p o r l a Fu n d a c i ó nG i l b e r t o A l z a t e A v e n d a ñ o
  • 2. Alcaldía Mayor de BogotáSecretaría de Cultura, Recreación y DeporteSecretaría de Educación del DistritoFundación Gilberto Alzate Avendaño
  • 3. P OR L A S A BA NA de bo g otáy otr as hist oriasIlustraciones de Olga Lucía GarcíaSelección de Beatriz Helena Robledoe introducción de Julio Paredes Castrojosé manuel grootdaniel samper ortegaeduardo castillogabriel vélezjosé alejandro bermúdez
  • 4. © Primera edición: Bogotá, septiembre de 2009© De esta edición: Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2009 www.fgaa.gov.co Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso del editor. isbn 978-958-8471-12-9 Asesor editorial: Julio Paredes Castro Coordinadora de publicaciones: Pilar Gordillo Diseño gráfico: Olga Cuéllar + Camilo Umaña Impreso en Bogotá por la Imprenta Nacionalalcaldía mayor de bogotáSamuel Moreno RojasAlcalde Mayor de BogotáSecretaría Distrital de Cultura,Recreación y DeporteCatalina Ramírez VallejoSecretaria de Cultura, Recreación y DeporteFundación Gilberto Alzate AvendañoAna María Alzate RongaDirectoraJulián David Correa RestrepoGerente del Área de LiteraturaSecretaría de Educación del DistritoAbel Rodríguez CéspedesSecretario de EducaciónJaime Naranjo RodríguezSubsecretario de Calidad y PertinenciaCecilia Rincón BerdugoDirección de Educación Preescolar y BásicaSara Clemencia Hernández JiménezEquipo de Lectura, Escritura y Oralidad
  • 5. 5 Contenido josé manuel groot 13 Nos fuimos a Ubaque 22 Nos quedamos en Chipaque 30 Llegamos a Ubaque daniel samper ortega 39 Acuarela de la Sabana eduardo castillo 54 El tesoro gabriel vélez 61 El aguinaldo josé alejandro bermúdez 67 Yerbabuena
  • 6. josé manuel grootNos fuimos a UbaqueMuseo de cuadros y costumbresI. F. Mantilla, 1866, Bogotá.daniel samper ortegaAcuarela de la SabanaEd. Cromos, 1924, Bogotá.eduardo castilloEl tesoro, aparecido en:El libro del veraneoEdiciones Colombia, 1925, Bogotá.gabriel vélezEl Aguinaldo, aparecido en:El libro del veraneoEdiciones Colombia, 1925, Bogotá.josé alejandro bermúdezYerbabuenaA través de la antigua SantaféEd. Cromos, 1925, Bogotá.Las ediciones originales de esta antología:
  • 7. 7INTRODUCCIÓNLos siguientes cinco relatos que tiene ahora en sus manos ellector de Libro al viento pertenecen a un variado grupo decinco escritores y cronistas nacidos en la Santafé de Bogotáde comienzos y finales del siglo XIX. La presente selección haquerido mantener el criterio de retomar ese tipo de antologíaspublicadas en las primeras décadas del siglo XX, que reuníannarraciones sueltas, aparecidas originalmente en revistas, yentre las que se mezclaban las temáticas y las formas retóricasde la época, como fueron, entre otros, los llamados cuadrosde costumbres y muchos otros tipos de narraciones con argu­mentos dispares dirigidos a un público lector en ciernes, tantoadulto como juvenil e infantil.Así, más que seguir la concepción de una antología conun tema específico y concreto, con tramas que respondan agéneros narrativos similares, la presente colección pretendefundamentalmente mostrar al lector de Libro al viento unamanera más de acercarse a lo que se imaginaba, escribía,publicaba y leía en la Santafé de Bogotá de esos días; capital,centro económico, intelectual y político de una repúblicatambién en ciernes, que ya para el periodo del llamado“Cente­nario”, encontraba un lenguaje propio para contar las cosas delmundo.
  • 8. 8 La selección la conforman, por una parte, dos narracionesde ficción“Nos fuimos a Ubaque” de José Manuel Groot y“Acuarela de la Sabana” de Daniel Samper Ortega, que, ademásde compartir un argumento similar, también se podrían califi­car de corte costumbrista, donde se relatan, en tono de humor,hechos domésticos, pintorescos, con varios de los personajes ysituaciones típicas de los viajes de familias bogotanas que sa­len de la ciudad para pasear por algunos lugares de la Sabanade Bogotá.Están otros dos relatos“El tesoro” del poeta y narradorEduardo Castillo y“El aguinaldo” del también poeta GabrielVélez, que, aunque en principio comparten el tema de lanavidad, terminan ofreciendo dos argumentos encontrados,tanto en la entonación, como en los escenarios y el desenlace.Por una parte, en“El tesoro” el lector se encontrará con unatrama salida de la imaginación romántica, con situaciones ypersonajes tomados de las leyendas fantásticas dirigidas a unpúblico infantil, mientras que en el caso de“El aguinaldo” lanarración sigue una perspectiva de corte realista, con finalinesperado y trágico.Cierra la selección la crónica titulada“Yerbabuena” delpresbítero José Alejandro Bermúdez. Como lo dice el nombre,la narración hace referencia a la famosa hacienda situada a lasalida de Bogotá, en dirección a Sopó. Siguiendo las carac­terísticas de una reminiscencia nostálgica sobre una especiede tiempo y espacio gloriosos, no remotos del todo, para la
  • 9. 9época en que se narra, pero sí perdidos, el lector descubriráque en realidad se trata de una crónica no sólo de la haciendacomo espacio, de lugar típico o emblemático, sino también dealgunos de sus ilustres y originarios habitantes.El lector de Libro al viento podrá, tal vez, encontrar en estapequeña selección una contraparte de lectura a esa otra anto­logía que recogió las visiones que algunos extranjeros, más omenos por los mismos años, tuvieron también de Bogotá y susabana y que titulamos De paso por Bogotá.
  • 10. POR LA SABANA de Bogotáy otr as hist orias
  • 11. 13 josé manuel groot1 Nos fuimos a UbaqueCuando una familia está en vísperas de viaje, en estatierra que se llama Bogotá, toda la casa se po­ne en movi­miento.Las mujeres se afanan; los muchachos se alegran;los hombres disponen,y las criadas andan como ringletes.Sólo la cocinera se man­tiene con calma componiendo lasgallinas para el fiambre, y cuando más pregunta a dóndenos va­mos a quedar al otro día, y si el caballo será cor­cobeador.El día del viaje aumenta el movimiento. Yo des­cribiréel cuadro que se me ofreció a la vista teniendo que viajarcon la familia de mi tío.Se hacía el viaje para Ubaque, y mi tío, como hom­breexperimentado y de recursos, había tocado con quien lepudiera mandar de aquel vecindario mejores bestias;aménde dos caballos de pesebrera que para las dos muchachas,mis primas, había con­seguido en Bogotá.Yo tenía mi ca­ballo, y el día de la salida, a las siete de la mañana, yaestaba lle­gando a la casa de mi tío. Apenas sintieron losmu­chachos ruido de caballos en el zaguán, salieron co­rriendo a ver si eran las bestias; y por poco no me hacen
  • 12. 14
  • 13. 15dar un golpe; porque con el tropel con que salieron a lapuerta a tiempo que yo me iba a des­montar,me espantaronel caballo, que dio una vuel­ta conmigo cuando ya habíasacado el pie derecho del estribo, y así medio agarradode la cabeza de la silla, como Santiago matando moros,me sacó zum­bando para fuera, dándome un raspón en larodilla contra la pared.Con el alboroto, mi tía empezó a dar gritos arri­ba; lascriadas salieron corriendo para abajo, y mi tío lo mismo;pero ya yo estaba desmontado, y aun­que descolorido, ledije que no era nada sino que los muchachos me habíanespantado el caballo.Ellos,que estaban ya con sus ruanitas,y sus espuelitas pues­tas,bien ensombrerados,tuvieron quelargarse es­caleras arriba con un par de coscorrones cadauno.Subí las escaleras,y ya estaban hinchendo almofre­jesen el corredor.Los baúles estaban liados y lo mismo las pe­tacas,con excepción de una que estaba abierta esperando,un queso que habían mandado a comprar y no parecía.Mis dos primitas estaban apuntando los velillos en sussombreritos, y componían un baulito con el es­pejo, lospeines, un tarro de pomada y otras chucherías mujeriles:“el fiambre de mis señoritas”, como decía la cocinera. Labatahola de la composición de almofrejes era de ver. Yaiban a liar, cuando salía la criada.–Mi señora, mire que aquí se olvidan los botines demi señá Pepita.
  • 14. 16 Salía la Pepita.–No me vayan a dejar los botines ni el corsé, porqueson para ir a misa el domingo..–Pues que deslíen el almofrej y los metan en una es­quina. Salía por allá otra.–Aquí dejan los pañales de la niña, y las naguas de ñaTeresa, que encargó que se las metieran por ahí.–Que abran otra vez el almofrej y métalas en una es­quina.–Que no me vayan a dejar mis zapatones, decía mi tíoa su vez.–Métalos en el almofrej.No hay sujeto de más capacidad que un almofrej, medecía yo a mí mismo: todo le cabe en las esqui­nas y sequeda como si no. Así hay muchos hom­bres que tienencapacidad de almofrej,que todo les cabe en la cabeza y lessobra hueco para más.En estas se vio gran tropel de caballos por la calle,y losmuchachos gritando ¡ya están ahí! Baja­ron corriendo porlas escaleras; mi tía empezó a darles gritos; mi tío salió aatajarlos y nos hizo vol­ver del descanso de la escalera.Eranlos caballos efectivamente y entraron al patio.El hombre que venía para llevar a la niña y en­tenderen el carguío y ensilladura, se desmontó y arrastrando elzurriago y las espuelas, subió, y quitándose el sombrerochiguano, puso un papelito in manos de mi tío.
  • 15. 17Allí empezaron las designaturas o designaciones.–Pues que ahí viene aquel castaño que es de pa­so y muymanso para mi señora. El rusito es para uno de los niños.–Papá, decía el uno, yo voy en aquel negrito.–No, señor, decía el otro, ese es algo resabiado y nosirve sino para criada. El cervuno es para su merced, y elalazanito, careto, para el otro niño.Empezóse la sacada de las sillas, galápagos y si­llones.¡Qué bulla! Los muchachos ya estaban entre las caballosqueriéndole poner el freno. Mi tía decía afanada:–¡ Niños,que los cocean los caballos,suban para arriba!Los peones empiezan a ensillar y salimos con que falta unfreno y dos sudaderos.–Pues que vayan donde don Mariano y que le den re­cado, que me haga el favor de prestarme un freno parauna criada, que de aquí a un mes se lo devuel­vo, y parasudadero, que corten de ese pedazo de friso que se quitódel cuarto.–Que para el sillón de la cocinera falta cincha.–Pues que le acomoden un lazo.Así se facilitaba todo y marchábamos viento en popa.Las muchachas estaban ya en el corredor con sus ves­tidos de montar arremangados, y con sus sombre­ritoscurrutacos.–¿Y por qué será que no nos han traído los caba­llos?Que vayan a ver.
  • 16. 18 Sale corriendo un muchacho y vuelve con uno so­lo,diciendo que el otro no ha venido todavía de la Estanzuela.Mi tío, considerando que se hace tarde y puede llover, lepregunta al hombre que si el caballo que viene para él,puede servirle a una de las niñas. En el momento dijeronéstas a dúo:–Yo no voy en ese caballo tan flaco y espelucado.–Pero se hace tarde, hijas.–No le hace, más que se haga; ¿yo había de sa­lir a ca­ballo en esa ranga para que se rieran los ca­chacos? Eso síque no, papá. Que le preste el caballo a Pelegrín.–Ese caballo es de mucho brío, niña, ¿cómo ha­bía deexponerse así?–No,papá,no le hace: como yo vaya en un ca­ballo gor­do y herrado, más que me aporree al salir; peor es que lovean a uno en un caballo feo.En éstas estábamos: yo había ofrecido el mío,pe­ro conla espantada de la puerta le habían cogido miedo, comodicen los orejones,y como yo no tenía ganas de que acep­taran la oferta, había procurado persuadirlas de que eramanso,metiéndoles más miedo con las mismas persuasio­nes,pues les decía:“Eso fue porque salieron corriendo losmuchachos; pero cuando no hay cosa con qué se espante,no se espanta,y en yendo uno con cuidado para que no locoja descuidado,no hay riesgo.Eso sí,no hay que pegarleen las ancas porque se echa para atrás”.
  • 17. 19Con ese modo de persuadir quedé yo en posesión demi caballo, y como a ésta sazón llegó el que no parecía, lacosa quedó concluida.Llamaron a almorzar, y almorzamos en platos que­brados y con cucharas de palo. Mi tía dijo:–Dispensen el servicio, porque ya está todo guar­dado.Almorzamos aprisa,como los israelitas al salir de Egip­to. Los muchachos estaban desganados, por ir a montar.Mi tía les decía:–Almuercen, porque después les da hambre en el ca­mino.Concluido todo esto,bajamos a montar.Mi tía no aca­baba de dar órdenes y recomendaciones a la vie­ja quedejaba cuidando la casa:cada rato se volvía de las escaleraspara decirle otra cosa.Llegó el momento de montar, y se redoblaron las ca­rreras, los gritos y el alboroto.–Que no se olvide la olleta. ¡Que le amarren a la chinaen la orqueta del galápago el atado de ro­pa y el jarro deplata! ¡Que amarren las alforjas del fiambre en la barandi­lla del sillón de la co­cinera!...Y la olleta también,porquedizque no la pueden llevar los arrieros, gritaba, otro porallá,“y los fuelles que no los vayan a dejar, porque yo nopuedo soplar con esta mi cara tan mala”, res­pondía la co­cinera desde abajo, ya enruanada y con su sombrero debarboquejo y su varejón en la mano.
  • 18. 20 –¡Que monten las criadas primero! Se oyó esta voz;pero ya andan los muchachos a caballo espan­tando a losotros.–Niños,¡esténse quietos!...La cocinera está montando.A la china la han dejado teniendo su ca­ballo del freno.–Este caballo como que muerde, decía, porque le veíamascar el freno.Yo me acomedí a tenerle a la cocinera el sillón por laespalda y un peón le arrimó el taburete.–¡Avemaría! Si me irá a botar este animal, Ñor!–No, señora. Es mansito.–En el nombre de Dios,y se echó tres cruces po­niendola pata en la tablilla. El mocho estaba mata­do en los ri­ñones, y a lo que le bornegueó el sillón en las carnes, sepandeó de espinazo y alzó la cabeza de medio lado conoreja torcida.–Ay Jesús:este caballo quiere corcovear ¡mire las orejas!En fin, monta, el peón le da la rienda y la varita. Lacocinera empezó a chupar el caballo y a darle so­frenadaspara arriba y fue saliendo poco a poco has­ta la puerta dela calle.Al salir fuera se le cayó el varejón,y largó la rienday asida de las barandillas empezó a gritar que le atajaranel caballo,que to­maba ya calle abajo como con una carga.Había montado ya la china,que menos miedosa y másatolondrada, salió al trote pegándole al ca­ballo por la ca­beza con un manatí,y como pasó de refilón por detrás de
  • 19. 21la cocinera, le llevó de paso la alforja, que con otros arre­muescos iba prendida de la barandilla del sillón,y allí fueel gritar y el te­ner que salir corriendo los arrieros a alzarlos cachi­vaches y atajarles los caballos,que medio espanta­dos iban tomando el camino más aprisa de lo nece­sario.Los demás salimos unos tras otros sin novedad; y an­tes bien con cierto garbo que daba a la cosa el sonar delas herraduras de los caballos de las niñas, que se habíanvuelto buenas equitadoras, desde que le dio por salir apasear a caballo por las tardes para lucir sus personitasde un modo pintoresco, particular, y sobre todo, ruidoso.
  • 20. 22 2 Nos quedamos en ChipaqueMarchábamos sin novedad hasta que llegamos al ríode Fucha que estaba un poco crecido. La coci­nera se ha­bía quedado un poco atrás porque decía que el caballono quería caminar. Al pasar el río se le antojó al mochobeber agua,y como estaba con freno,empezó a manoteary dar vueltas en la mitad del río.La criada se desvaneció ycomenzó a dar gritos diciendo que se la llevaba el río.Yome volví al galope a ver que era; pero antes de llegar, yaella había botado al agua y había salido toda moja­da. Mitía y las niñas se volvieron llenas de susto pensando en sila criada se iba ahogando, pues no veían sino el caballoentre el río.–¿Qué fue? ¿Qué fue? gritaban; yo contestaba: ¡nada!¡nada! Y más se asustaban porque creían que la criada seiba río abajo y que yo le decía que na­dara.Y tenían razónpara creerlo,porque no la veían por allí,a causa de habersepuesto en cuclillas tras un barranco para torcerse las faldasque tenía empapadas. Yo le saqué el caballo a tierra, lomonte y seguimosDespués de algunas paradas para apretar cinchas y co­mer bizcochos, llegamos a Yomasa a eso de la una. Nosdesmontamos.Mis primitas estaban ardi­das del sol.Yo las
  • 21. 23bajé del caballo, mientras mi tío y el hombre que lleva­ba la chiquita desmontaban a mi tía, que con el camisónfruncido y dando queji­dos de cansancio, ponía el pie enun taburete de cuero sin curtir, para echarse al suelo. Lasmucha­chas también estaban entumidas,como pollos quesa­can de la jaula, y no podían dar paso. La china se habíapelado toda la pierna con la correa del estri­bo.La cocineraestaba mojada y los muchachos corrían por el camino sinquererse desmontar,hasta que mi tío los amenazó con novolver a sacarlos otra vez.Era viernes,por mala fortuna,y la patrona no es­taba encasa: se había ido a mercado; no había qué comprar,y nosla pasamos con el fiambre, solamente, después de haberesperado la petacas más de hora y media sin que llegaran.Por supuesto dimos cuen­ta de todo lo de la alforja,porquedecíamos: en Chi­paque tendremos las petacas.Luego queacabamos de comer, montamos, dejándoles dicho a losarrieros con la criada de la venta, que abreviasen el pasopara que llegasen a Chipaque pronto,pues allí nos íbamosa quedar. Seguimos, pues, nuestro camino, y a la oraciónllegamos a la plaza de aquel tristísimo y feísimo pueblo ynos desmontamos en una casa vacía y escueta que Sabogalle había proporcionado a mi tío.Nuevos quejidos:todos estaban estropeados y con ham­bre; el hombre que nos acompañaba llevó los ca­ballos alpotrero,y yo salí a comprar vela y alguna cosa para comer
  • 22. 24 ínterin llegaban las cargas, que ya no podían dilatar. Mecansé de dar vueltas a oscu­ras y no hallé más que velas,chicha y un pan me­dio crudo,endemoniado.Pensé solear­me en casa del cura,aunque no le conocía,e implorar susauxi­lios temporales,pero una muchacha me dijo:“El amocu­ra se jue desde esta mañana onde la señá Rosalía queestá agonizando de un tabardillo dormido que le agarródende el domingo de un mojada”.Volví a la posada y di cuenta a la familia del éxito de micomisión y agregué lo que la muchacha me había dichodel cura,y no fue menester más para que mi tía empezaraa agonizarse de aprehensión por la mo­jada de la cocinera,pensando en que le podía dar tabardillo dormido de lamojada del río.Pero a to­do esto ¡qué hambre!....Allí era eldesear las cargas: ¡el queso! ¡los bocadillos! ¡el chocolate!¡los biz­cochos! ¡los salchichones! ¡Tantas cosas buenas quevenían en las petacas! Pero sobre todo,las camas,las camasse deseaban por momentos: ¡los colchones para botarseencima y descansar! ¡las frazadas pa­ra arroparse en aquelfrío! Todo era asomarse a la puerta a cada momento; cadavez que se oía ruido de bestias o ladrar perros,salíamos co­rriendo. Todo era poner el oído para escuchar si gritabanarrieros por el alto. Eran las ocho de la noche y no habíaesperanzas; estábamos tiritando de frío y no habíamosmerendado sino pan, de aquel que dije, con panela quehabía llevado la criada entre la faltriquera.
  • 23. 25También había salido en comisión la cocinera a ver sihallaba algo de sustancia para cenar, y más afortunadaque yo,vino trayendo unas costillas de cordero que habíacomprado a buen precio. Se pu­so a asarlas y cuando es­tuvieron las comimos con grande apetito. La escena erapatética. Estábamos rodeados de un caucho extendidoen el suelo sobre el cual yacía una cazuela de barro con lacostilla chamuscada; la vela estaba pegada en la pared, ycada uno sacaba a mano su pedazo de costilla.Las mucha­chas que estaban por allá tendidas en una ruana,vinierona la mesa; pero Antonia se arrimó primero al cabo devela que estaba en la pared y em­pezó a untarse sebo en lacara para lo quemado del sol, y por un acto tan naturalcomo involuntario,fue a mirarse en aquel espejo como siestuviera colgado en la pared.Entonces dio un ¡ay! y dijo:“¡El baulito con el espejo y los peines también se quedóatrás!”Se arrimaron a comer, y lo mismo los muchachos;y era cosa que me hacía mucha gracia ver­las comer aquelcordero pascual con los deditos llenos de manteca,despuésde ser tan remilgadas en su casa.En fin,esto ya era algo; por lo menos caliente.Pero,¿lascamas? ¡Con qué comodidad se viaja en la Nueva Grana­da! le decía yo a mi tío.No hay repú­blica más adelantada;y esto sucede a las puertas de la capital. ..Oyese tropel de cargas y voces de arrie­ros... ¡Afueratodos,menos los muchachos que ya estaban maneornados
  • 24. 26 y roncando encima de los ga­lápagos! En efecto,llegan losarrieros con las car­gas: ¡qué gusto! Pero eran los arrierosde Sabogal que volvían del mercado de Bogotá, con lasbestias cargadas de retorno.Mi tío empezó a preguntarle al que hacía cabeza (aun­que no traía la suya muy en su lugar) si ha­bía dejado porel camino algún equipaje.–No, mi caballero, no, le daré razón; por el camino yono dejé meramente más que a los que ve­níamos de mercaoy ninguna otra cosa de equipaje; paqué es decir lo queuno no ha visto.Mi tía se angustiaba; las muchachas le daban se­ñas alhombre de cómo era el equipaje, pero él de­cía:–No mis señoritas, yo no vide por el camino venir paacá peones con equipaje. El único equipaje que vimosnosotros los que ahora venimos aquí con las bestias delpatrón Sabogal, fue el que traía el Chispas que es arrierode don Gregorio,que traya unos almofreses y petacas conbaúles....–Pues esas son nuestras cargas, interrumpió mi tía,–¿En dónde los ha dejado,? preguntamos todos a la vez.–P’uú tú tú,contestónos el otro,esas ya estarán en Uba­que descansadas a la hora de estas....–¿Cómo así,cuando no nos han alcanzado? dijo mi tío.–Pus porque yo me junté y me vine con ellos hasta lasCruces y ahí tomamos chicha y ellos; agarra­ron de jilo
  • 25. 27por la subida de los Laches arriba y nos­otros nos venimospor abajo, porque teníamos que traer aquí las bestias delpatrón Sabogal.Mi tío se puso ambas manos en la cabeza,y se fue paradentro,diciendo: ¡ahora sí que nos amolamos sin tener enqué dormir, sin comer, en este páramo y con estas niñasque pueden hasta enfermarse quién sabe de qué!Mi tía dijo:–Pues aquí no hay más que juntar ruanas y hacer­nosmontón para poder dormir.Este cortejo fue adoptado por
  • 26. 28 todos, aunque yo no podía hacer parte del montón pormás sobrino que fuera de mi tío.–¡Hombre! decía éste, ¡cómo se me olvidó el haberlesadvertido que nos veníamos por Chipaque! Ya se ve, si loatolondran a uno en términos que no sa­be dónde tiene lacabeza. Pues vamos a ver cómo nos acomodamos.–Y mañana, ¿con qué nos peinamos? decían las mu­chachas. Aunque se hubieran ido las camas y el fiambrecomo no se hubiera ido el baulito con los peines y el espejo,decía Antonia.Se acabó,pues,la engañosa esperanza;supimos a lo quedebíamos atenernos,que a ratos es lo mejor,y empezamosa desenvolver ruanas y cauchos. Los muchachos estabandormidos como piedra,y yo los fui levantando de un brazopara que se quitaran las ruanas,los zamarros y las espuelasque todavía tenían puestos;pero lo que hacían era caminarpor la sala dándose topones y buscando sus camas, quees­taban bien lejos.Como se había resuelto dormir todos juntos en montóny yo quedaba excluido de este beneficio, hu­be de quedar­me sólo a las diez de la noche como ga­llina buscando elpalo,y sin hallar donde ponerme al abrigo del frío porquemi bayetón se lo había da­do a las niñas y no me queda­ba sino la ruana corta. Estaban mis tíos, mis primitas yprimitos en el montón como el grupo de Niobe, y a ratoscomo Lacoonte,con las serpientes envueltas,porque el par
  • 27. 29de mu­chachitos no dejaban dormir, pellizcando piernas,riéndose y revolviéndose para todos lados. Se les ha­bíaespantado el sueño,y ya se sabe lo que son los muchachoscuando se les espanta el sueño.Las dos criadas se acomo­daron en la cocina,en donde hacia menos frío,a causa deque habían prendido candela y aún quedaba el rescoldo.Así, pues, como gatos durmieron entre la ceniza.Yo me fui largando a ver si encontraba abrigo en otromontón, aunque fuera de indios, y di con un rancho deolleros que me alojaron en un rincón don­de estaba la paja,y allí (para qué he de decir otra cosa) dormí perfectamen­te, después de haber oído un cuento que referiré cuandolleguemos a Ubaque.Los demás se levantaron al otro día traspillados,comoera natural. Logramos conseguir un pollo y huevos paraalmorzar. Las bestias vinieron tarde por­que se les habíavuelto una para el comedero,y era uno de los dos caballosprestados,que fueron a alcanzarlos a la salida del páramo.Se ensilló,montamos y nos fuimos.Pero aquí fue otra vezel lamentar de las niñas la falta del baulito.–¿Y cómo entramos a Ubaque sin peinarnos? decían.–No es lo malo, les decía yo, entrar en Ubaque sin pei­narnos, sino entrar con la barriga tan va­cía.
  • 28. 30 3 Llegamos a UbaqueHénos aquí entrando en Ubaque. Eran las doce; el díaestaba hermoso y varias gentes iban para el baño con susquitasoles y hatillos de ropa. Las ni­ñas me dijeron:–Primo,piquemos los tres adelante,porque nos­otras noqueremos entrar al pueblo a paso de car­gas;y ese sillón tanfeo de la cocinera ...y la china con la gurupera reventada...–Bueno, pues, les dije, y picando los caballos sa­limos atodo el paso dejando atrás a los demás.Pero a los mucha­chitos se les antojó también venirse ade­lante con nosotros,y partieron a todo el galope pa­ra alcanzarnos, porque sehabían quedado atrás de todos cogiendo flores; y al pasarcon su tropel por entre los demás, le pegaron un latigazoal caballo de la china, que, alborotado, siguió y pasó aesca­pe, desbocado, por entre nosotros, y ella agarrada dela horqueta, sin sombrero y sin mantilla, con las mechasy trapos por el aire, daba gritos pidiendo misericordia, ymás se alborotaba el mocho, porque una alforja que lle­vaba colgada de la horqueta con unas totumas adentro,lepegaba por el pescuezo y la barriga haciendo un ruida­jo de todos los diablos. Yo dejé a las primas y seguí trasella a la furia, que­riendo atajarle el caballo, y por poco nomatamos a unos cuantos por el camino, a lo menos un
  • 29. 31puerco que se atravesó fue a dar por allá.Mi tía daba voces;mi tía invocaba a todos los santos y su afán era con lasmuchachas, que iban adelante, solas con los dos mucha­chos, cuyos caballos estaban también alborotados dandovueltas, tascando los frenos, casi sin poderlos contener; ya todas estas nos hallábamos a la vuelta de la lomita a laentrada del pue­blo y toda la gente estaba parada viendoel trastorno de nuestra expedición.Por fin logré atravesármele al caballo de la china yecharle mano al freno al entrar en la plaza; pero, como aese tiempo pegó una rehuida, salió por allá la china ro­dando con alforja y totumas. Esto era a tiempo que veníacon mucha pausa por la mitad de la plaza una comunidadde hombres y mujeres de Bogotá, que con sus paraguas ysábanas se dirigían al río.Al ver el fracaso,todos hicieronalto y em­pezaron a gritar: ¡la mató! ¡la mató ! Venía ahí lafa­milia de doña Gabriela con Aniceto, quien me cono­cióal momento,y largando prontamente del brazo a Domitilavino corriendo a ayudarme, y asustado me decía:–Hombre, Pacho, ¡qué es esto! ¡qué loca es ésta!La china se levantó llena de polvo, atontada; pe­ro sindaño de consideración, si no son de conside­ración unasnarices reventadas. Ya todos nos rodea­ban; a la aporrea­da le daban agua; otro recogía las totumas y la alforja, ytodos me hacían preguntas.Yo medio contestaba y mira­ba hacia atrás, deseando que llegase pronto el grueso del
  • 30. 32 ejército, para que me ayudasen a contestar al ejército depreguntadores.A esta sazón desembocaban por la otra esquina lasniñas, detrás mi tío, luego mi tía con el resto. En­toncesse dirigieron a ellos los conocidos y descono­cidos y medejaron a mí con la china, que ya estaba en regla, puestala mantilla y el sombrero, que le había traído un oficiosomuchacho que recogió las prendas cuando fueron regadaspor el camino. Allí nos reunimos todos y nos dirigimosa la casa que estaba ahí no más en la plaza; la china y yoa pie, los demás a caballo. Pepita y Antonia venían cadauna con una amiga cogida de la mano, hablando a gritoscon mucho contento. Mi tío y mi tía no habla­ban de otracosa que del chasco de las cargas, cul­pando a los arrierosque no les habían adivinado el itinerario. Por supuestoque todos convenían en ello, ponderaban la bestialidadde esa gente y la­mentaban los trabajos de Chipaque. Lacocinera ve­nía detrás de todos muy contenta porque esedía no le había sucedido nada, y decía que a la china leha­bía sucedido eso porque se había reído de ella el día quese había caído entre el río.Así hablando todos a un tiempo,todos cantando,todospreguntando y cada uno mintiendo un poqui­to,llegamosal corredor de la casa de Flor Riveras,que era la que se nostenía preparada. El patrón sa­lió con unos dos taburetespara que se desmontasen las señoras.Sobraban allí quienes
  • 31. 33las desmontaran y llevaran de la mano para dentro; enla sala encon­tramos al fin los almofrejes y demás cargas.–Si habrán dormido anoche en nuestras camas,di­jo unade las niñas. Mi tía la volvió a mirar de pronto y le hizouna seña con los ojos señalando al Señor Riveros, comoquien dice, calla, niña, que lo oye, pero no había razónpara pensar tal cosa, pues que todo estaba liado comohabía venido de Bogotá.Abrimos los almofrejes y desliamos petacas y baúles.Elbaulito de los peines fue abierto en el mo­mento;y el espejo,colocado en la pared, empezó a ser frecuentado y a daralgunas pesadumbres, por­que las mascarillas, con el sol,se habían desfigurado un tanto. Los hombres andábamospor encima de todo abriendo y componiendo. Rejos poraquí;lazos por allí;cabuyas por acá se nos enredaban en lasespuelas al pasar de una parte para otra. De golpe, tropelde los caballos allá fuera. Grita mi tío: ¡niños qué es eso!Qué había de ser, pues que los niños querían desensillarsus caballitos,pero al quitar la silla no zafaron la gurupera,y el caballo salió corriendo con la silla arrastrando del raboy espantó a todos los demás.–No fue nada…No fue nada...Vamos para dentro otravez.Sigue la faena. Que estas camas para allí; que más bienpara aquí que hay barbacoa; pero que por ahí entra aire;que las cobijas de mi señora Pepita no aparecen.
  • 32. 34 –¿Si las dejarían en casa?–No señora, porque yo misma las metí.–¿Si habrá alacranes en esta alcoba?–Eso llévenlo para el cuartico de la despensa.Todo esto con vueltas,con revueltas,mientras las primi­tas están sentadas, haciendo frente a las visitas de amigasconocidas y desconocidas, que inalterables siguen senta­das sobre los baúles haciendo estorbo y tertuliando muydivertidamente, pre­guntando de cuanto hay en Bogotá;quiénes se han casado; quiénes se han muerto; dónde hanbailado; quiénes se han ido; quiénes han venido; quiéneshan criado; si ha llovido; si no ha llovido, y a todo estomirando y reparando cuanto se saca de los almofre­jes,petacas y baúles, para tener de qué conversar luego conotras amigas, sobre si las almohadas tenían arandelas ono tenían; sobre si las camisas es­taban o no remendadas,sobre si tenían muchos o pocos camisones; y a este tenorotras cuantas obser­vaciones de mucho interés.Mi tía renegaba en la despensa con las visitas tan largas.Yo le decía: tía, prefiero una noche como la de Chipaquesin camas y sin fiambre a una llegada tan solemne comoésta, con tanta visita.–¡Qué haremos para que se vayan! me decía ella sentadaen una petaca.¡Qué gente tan desconsidera­da! No hacer­se cargo de que viene uno cansado; pe­ro no señor; ahírepantigadas conversa y más con­versa.Ya se ve, ­también
  • 33. 35consiste en que aquellas niñas se ponen a llevarles ade­lante la conversación con tanto gusto,en lugar de decir decuando en cuando: ¡ay! qué cansadas estamos.Habíamos llegado a Ubaque a las doce del día, eran lasdos de la tarde y todavía había visitas.Ya esta­ba la comida:la cocinera lo había dicho, y aunque habíamos tomadobizcochos y bebido vino con las vi­sitas, teníamos buenahambre.Mi tía se resolvió,por consejo mío,a mandar po­ner la mesa, juzgando que al ver entrar la china con losplatos y tender el mantel,las visitas se despedirían.Pues sí,señor,unas se fueron,pero otras más afectuosas se queda­ron y nos acompañaron a comer; poniendo a mi tía en eltrabajo de abrir una petaca más, para sacar una caja deariquipe y agregar postre a la comida. Mi tía y las niñasdecían a las amigas que dispensaran lo malo de la comiday el mal servicio,porque ya veían que acabábamos de llegaryquetodoesta­baembrollado.Ellascontestabanconmuchagracia de demasiado bueno estaba todo para ser tales lascircunstancias. Después de que comimos, se despi­dieronlargamente diciendo que se iban porque nos considerabanmuy cansados, que a la noche volve­rían más despacio.A un rato vino Aniceto con sus hermanas y misiá Ga­briela.Volvieron a los saludos; a los abrazos; a los apreto­nes; a las preguntas y averiguaciones, co­mo si poco antesno hubieran hablado hasta por los codos.Luego empeza­ron los planes.
  • 34. 36 –Niñas, decía Domitila a las muchachas, mañana nosvamos a bañar a un pozo que tenemos que no lo conocenadie,y en donde se lava uno a su gusto sin temor de quelos cachacos vayan a fisgar.–Y ¡qué! dijo Pepita, ¿los cachacos van al río cuandohay mujeres lavándose?–Puu, niña, entonces es cuando se les antoja.–Ese sí que es trabajo, dijo Antonia, que donde­quieranos hemos de encontrar con los cachacos.–Es maldición que tenemos encima las muchachas,dijoDomitila,y me reí mucho con Teodoro un día en Bogotá.Íbamos una tarde por Sanfasón y no ha­bía nadie por allí,cuando de golpe me dijo:–Niña, mira cuánto cachaco.Yo miraba por todas partes y no veía nada.–¿En dónde están? le decía.–Pues allí entre la chamba.Miraba y no veía nada.–¿En dónde,niña?Y más me afanaba,porque creía queestaban escondidos atisbándonos.–Allí, que salen de entre la zanja, y van subiendo porel sauce.Más me desesperaba,porque no comprendía cómo ibansubiendo por el sauz, y no los veía, hasta que por fin seagarró de mi brazo,echó una carrerita hasta la zanja y me
  • 35. 37dijo: míralos, míralos, señalan­do con el dedo las flores depajaritos amarillos de esos que hay tantos por Sanfasón.–Ah, niña, ¿esos eran los cachacos?–Sí, mi china, yo los llamo así.–Y ¿porqué?–Pues porque se parecen en todo.–Pero dime, ¿en qué se parecen?–Pues en que son tan comunes,que por donde­quiera seencuentran; en que lo mismo prenden en los jardines delas casas, que entre el barro de las zanjas de los ranchos;en que por dondequiera en­redan y de todo se prenden;donde se deja nacer una matica,a poco tiempo hay veinte,y cuesta trabajo para desterrarlos, porque mientras másse pisan más prenden.Aquí saltamos todos la risa y Pepita dijo:–Y en lo oloroso también se parecen desde que handado en echarse tanto pachulí.El cuento dio lugar a mil comentarios y amplia­cionessobre los hermanos cachacos; de los que no faltaban porallí algunos,paseando por la plaza,sin saber las honras quese les estaban haciendo, quizá en cambio de las que ellosestarían haciendo a las cachacas en aquella misma hora.
  • 36. 39daniel samper ortegaAcuarela de la SabanaCuando salí de mi alcoba,el paisaje estaba rubio de sol.En el patio,relinchaban las bestias,y el carrero bregabapor uncir los bueyes al yugo. Desde luego, los pequeñosquerían ir todos a caballo,y no poco trabajo le costó a mitío establecer turnos.Ayudé a la solución con el problemadeclarando queAlarico no me sustentaría en su lomo,puesyo iría en el ca­rro con Clemencia.Ensilladas las bestias y cerciorado mi tío de que todaslas cinchas estaban bien ajustadas,encaramamos a los chi­cos. Después se procedió a montar a la cocinera y a otracriada que debían adelantarse para prevenir el almuerzo.Aquello estuvo cómico porque la cocinera empe­zó porresistirse a montar la mula que le habían asignado, y fuenecesario cambiar de bestia varias veces hasta ir a pararcon la silla sobre el lomo lla­gado de una yegua rucia yflaca,lo suficientemente zonza para inspirar confianza a lamaestra culinaria. Montarla fue empresa de titanes: ya sele caía la corrosca,ya se descobijaba; ora había que bajarlapara que se convenciese por sí de la firmeza de la cincha.Pero al cabo, y a pesar de que no se cui­daba de montar,
  • 37. 40 sino de sujetarse a dos manos las faldas para que no se leviese nada, quedó a muje­riegas. Mas como la yegua em­pinase las orejas al presentir el carro, la amazona aquelladaba voces ponderando el brío de su cabalgadura, y fuepreciso encarecer a un muchacho que llevase la yegua delcabestro. Salió en últimas, sin acertar entre afe­rrarse delarzón o tener la corrosca, y regañando con los pequeñosporque hacían trotar sus animales al flanco del suyo.En esto asomó Clemencia en el patio.Vestía fal­da azulcon alforzas, y floja blusa de cuello marino, que le ibamás abajo de la cintura,ciñéndole el cuerpo y delineandoapenas sus formas.Calzaba alpargatas,sujetas al empeinepor negra cinta de se­da.–¡Muchachos, ya nos vamos! nos gritó mi tía, sentadaen el carro donde todos se acomodaban con apretura. Lacaballería,con la cocinera a la zaga,ya había partido comoavanzada sendero abajo.Una sirvienta entró a la casa porel tiple, que se había olvidado, Clemencia me dijo en vozqueda:–¡Pide compuerta!–¡Pido compuerta! ¡Pido compuerta! Oigan to­dos:¡Pido compuerta!–¡Concedida,concedida! pero no grites más,que te vasa quedar ronco, me respondió Isabel.Clemencia y yo nos sentamos en la compuerta,con laspiernas colgantes, espaldas vueltas. Cuando ya se había
  • 38. 41ordenado la marcha alguien advirtió que no había sitiopara el canasto más ventrudo;hubo que abrírsele a regaña­dientes.Y bien que nos vino, porque apenas comenzadoslos rebullones, cada canas­ta fue cuña de bendición.–¡Vámonos, pues, que nos coge el sol!–Mi señora: que si ahí van las papas.–¿Van aquí las papas, Isabel?–Yo no sé.–¿Quién ha visto el canasto de las papas?–Aquí nomasito las lleva el niño Tiburcio.–¿Estamos listos?–Listos.–Entonces, ¡ adelante, Roque!–Güeno, patrón Vicente ¡Já,Arrayán! ¡Já, Baba­buy!Tendieron los bueyes la cerviz; crujió el yugo en lascornamentas;las ruedas chirriaron,y arrancó pesadamen­te el carro, marcando anchas cintas en la húmeda arenadel camino.–¡Jesús! ¡Mi chalina!–exclamó Clemencia.–¿Se te quedó? ¿Quieres que la traiga en un vo­lar?–No vale la pena.–Te quemas toda–intervino Teresa.–Pues voy por ella. ¿Cómo la busco?–Está debajo de mi almohada. Al levantarla no más,la verás.En un santiamén estuve en la alcoba.... y volé con la
  • 39. 42 chalina en pos del carro. Llegué jadeante, y de un vuelo,me senté al lado de Clemencia.–Gracias.Sí que me da pena contigo.Estás que no pue­des hablar.–¡Bah!–De algo han de servirle los ejercicios militares,arguyómi tía. Cuando se tienen veinte años no se fatiga uno tanfácilmente.–Y se es tan galante… con la novia, replicó Vicente.–Sí,señor,exclamó Clemencia reconviniendo al primo.Clarita,tambaleante y de pié en la compuerta de­lantera,urgía a los bueyes con una rama. El lomo de los mansosanimales vaheaba tibio,y de su bo­ca escurría baba en hilasque daban al suelo,cuan­do inclinaban el testuz resoplando.Una criada dijo:–Tese queta, niña. No los jurgue por ahí que se des­bocan.–¡Miedosa!Aun flotaba en los potreros blanco cendal de nie­blabaja, empenachada de árboles. La carretera te­nía colormate de la tierra mojada.Dondequiera piaban los pájarossaludando el advento del sol.Entre polvo y gritos y restallar de látigos y reír de lasmozas,familias de carboneros pasaban al galope.A la veradel camino pastaba con desidia un desmedrado jumento.Torcimos por una vereda flan­queada de zanjas. Entre el
  • 40. 43carro, danzábamos a compás del trote de los bueyes, conreír entrecortado y jolgería y estrujones.–¡Cógeme, Octavio, cógeme! –gritó riendo Isabel, quedaba ora contra mi tía, ora sobre mis hombros.–Aguarda tú me cojo de Clemencia –repliqué,aprove­chando tan calva ocasión para abrazar a la aludida.–¡ Hola, niño! ¿Qué pensará mi tía?–¡Que ha de pensar sino que me estoy cayendo!De súbito,los bueyes mudaron el trote por el lento paso decostumbre.Como era natural,todos los cuerpos oscilaronhacia la compuerta delantera, con lo cual fui a dar contraIsabel,mientras Clemencia se aferraba de mí para no caerde espaldas contra el carro.–¡Hola niña! ¿Qué pensará mi tío?–¡Qué más te la querías tú!El sol asomó de lleno sobre los cerros, obligándonos ainclinar la cabeza por resguardar los ojos de la viva luz quetan rectamente los hería.Aspirába­mos el aire fresquísimode la mañana,aromado de helecho y poleo.Las espigas deltrigal cercano vi­braron con dorado temblor.Una bandadade pája­ros cruzó en vuelo raudo la llenura inmensa.–¡Qué frías tengo las manos!–¿Quieres que te las caliente, primita?–¿Cómo?–Pónme esa mano sobre esta mía. Cuando yo cuentetres, la zafas. ¿Lista? Una, dos, ¡tres!
  • 41. 44 –¡Arre... caramba!A través del follaje apareció la iglesia del pue­blo. Losperros que ladraban a los bueyes, callaron medrosos alver a Nerón y a Dalila.En una casa aledaña a la iglesia recitaban monó­to­namente varias vocecitas infantiles:–Dos por dos, cuatro... dos por tres, seis ....dos porcuatro...Clarita, entre lloros, clamaba porque llamásemos a losde“arma montada”,que discurrían por el pueblo a galopetendido.De vez en cuando les veía­mos cruzar la plaza conel látigo en alto y la corrosca asegurada del barboquejosobre la nuca.Teresa e Isabel comenzaron a rasguear el tiple con airede bambuco:–¡Niñas, niñas, que están en misa!–¡Qué, mamá, si son más de las nueve!Rodeáronnos curiosos algunos chiquillos harapien­tos.En la puerta de su tienda apareció con la rua­na terciadaa lo matón, un cacique ostentando gran cadena doradaque le caía en arcos sobre el abdomen, Del pañuelo deyerbas que le ceñía el cuello desbordábale grotescamentela papada sudorosa has­ta la cual escurrían las puntas laciasdel bigote entrecano.–¿Y ese milagro, doptor?–El de siempre, don Anacleto. ¿Y usted, qué cuenta?
  • 42. 45–Ahí pasándola, mi doptor.Entramosalarústicaiglesiadeencaladosmuros,rinconesenpenumbra,vigasaldescubiertoyesca­sasluceschisporro­teantes en tosco tenebrario pues­to ante el Santo milagrosodel lugar. Al través de una ventana de vidrios bermejos, vimoverse el ra­maje de un durazno que parecía de llamas.–Cuando uno entra por primera vez a una iglesia y pidetres gracias, se las conceden–me dijo Cle­mencia al oído.Yo me arrodillé devotamente a su lado sobre la tarimadel confesionario.A mi diestra se tostaban las almas en unPurgatorio descolorido, y a mi iz­quierda el Señor daba latercera caída,según las oleografías del vía crucis.La iglesiaestaba silen­ciosa,y el eco de suspiros y pasos resonaba bajola mugrienta bóveda listada de telarañas.–¿Qué pediste?–me preguntó Clemencia al salir.–Que me quieras mucho.–¡Niño! Con las cosas santas no se juega.–Pero, si es en serio.–¿Y la segunda?–Que me quieras siempre.–Pues ahora no te pregunto la tercera.–Y haces bien, porque te pondrías colorada: la tercerase relaciona contigo,conmigo,y con la Igle­sia.Y cerrandolos ojos,la soñé con la frente ceñida de azahares y saliendodel templo asida de mi brazo, a compás de una marchanupcial.
  • 43. 46 Nos encaminamos al sitio escogido para el almuer­zo,en las afueras. Desde allí se dominaban la Sa­bana y unaancha laguna limpia y tranquila, seme­jante a un espejotendido en el llano que trigos y pastos en sazón vestían deverde y oro. Blancas nu­becillas bogaban con majestad enel cielo intensa­mente azul. La luz se quebraba en el agua,como en un inmenso ensueño,y reverdecía en los pastales,y temblaba en el trigal.Mientras Clarita se echaba a rodar por la pen­diente dela colina, y Pedro y Carlos luchaban, la cocinera, puestaen cuclillas ante el fogón, atizaba las brasas venteandocon la corrosca. Desafíome Vi­cente a una lucha, y todoshicieron corro. Mis fuer­zas eran grandes, pero al fin rodéal suelo, vencido por el jayán que derribaba terneros adiario o do­meñaba un potro sin esfuerzo.No sé qué trágicaidea me cruzó por la mente cuando por sobre la cabezade mi primo, que me tenía sujeto debajo, vi a Clemenciaregalando con una sonrisa al ven­cedor. Me levanté apa­rentemente tranquilo,pero en­cendido en ira.Isabel debióde presumirlo, porque vino a mí con mimos y halagos:–¿Por qué miras con esa cara?Sobre el fogón,en olla candelaria,burbujeaba con gra­to rumor la sopa, y cada ráfaga de aire nos traía humo,obligándonos a cambiar de sitio. Roque cui­daba de lascabalgaduras, extenuadas del seguido correr. Debajo delcarro desuncido, dormía Dalila pro­fundamente.
  • 44. 48 – ¡Clemencia!–¿Qué?–¡Caray! que ¡qué! tan seco.Transcurrió un silencio. Ella trenzaba ramas sin mi­rarme. Me pareció enfadada, pero yo no acertaba a ex­plicarme la causa.–¿Qué tienes?–Nada.–¿En qué piensas?–En nada.Nuevamente callamos. Las criadas tendían en el sueloblancos manteles,que las sinuosidades del terreno hacíanparecer ondulados también. Isabel disponía sobre ellosfrutas, pan, loza sobre la cual resbalaban insectos y hojassecas.–¿Clemencia?–Hum.–Óyeme.–¡Hum!–¡Mírame!–¿Para qué?–Entonces... ¡me voy!–Haz lo que te parezca.–¡Y no vuelvo!–Es lo mejor que puedes hacer.–¿Por qué?
  • 45. 49–Porque estoy pensando una cosa.–¿Qué cosa?–Que voy a meterme a Hermana de la Caridad.No supe qué responder. Si se me hubiera caído el cieloencima, me habría quedado más tranquilo. En esto lla­maron a almorzar. Levantóse Clemencia y marchó a lamesa sin curarse para nada de mí. Yo permanecí largorato anonadado y abstraído.–¿No vienes, Octavio?–Ya voy, tía.Las criadas iban y venían en confusión llevando man­jares diversos: allí la papa chorreada, humean­te aún másallá blanca fuente de arroz, y ají con huevo.–¡Cuidado con el cuchuco, que te quemas!–¡Yo quiero más costilla!–¡Yo más longaniza!–¿No te sirves gallina?–Octavio, ¿qué tienes, que pareces mudo?–¿De qué se ríen aquellos?–¡Miren,miren cómo,coquetean Clemencia yVicente!–¿Te la está pegando la novia? –me preguntó por lobajo Isabel.–¡Qué diablos! Que coquetee con quien quiera.¡Se meda una higa!–No seas bobo: hazla rabiar tú también: coque­tea con­migo.
  • 46. 50 –¡De mil amores! pero en serio, porque eres encan­tadora.–¡Sin piropos!–No es piropo: es verdad.–¿Se acabó el pan? –inquirió mi tía.–No,mamá,replicóTeresa.¡Isabel!¿Dóndehaymáspan?Y como ella no contestase,pues simulaba mucho interésen la charla que traía conmigo, Teresa insistió:–¡Hola, Isabel! Atienda: ¿que dónde hay más pan?–¡Voyaver!Contupermiso,Octavio;volveréenseguida.Clemencia me preguntó sin mirarme,de modo que nola comprendieran.–Estabas muy entretenido con Isabel ¿verdad?–Y tú con Vicente ¿verdad?–Sí. Es un muchacho encantador...–Y ella una mujer encantadora.¡Lástima que sea mujer!¡Odio a las mujeres!–Sí, ya se ve. Pero Isabel te gusta…–Muchísimo. ¡Eso sí que es verdad!–Me alegro ¿sabes?–Yo me alegro más.Al sentir que su prima tornaba, volvió al palique conVicente.–¿No te lo dije? –bisbiseó Isabel.Ya está sur­tiendo efec­to mi remedio. Está celosa.–Está fascinada con tu hermano.
  • 47. 51–No lo creas.Finge atender aVicente; pero en realidadpretende oír lo que hablamos los dos.–¿Sabes tú por qué está enfadada?–No. Pero si quieres lo averiguo con maña.–Sin que ella se entere de que me interesa averiguarlo.–¡Canten algo,canten algo! ¡Teresa e Isabel:canten algo!Mis primas se tendieron a cantar a la sombra de losarrayanes.Vicente acudió a un llamamiento de mi tía,quele hablaba aparte,acompañando sus palabras de ademanesque parecían reconvenirle. En la paz geórgica de aquelbosquecillo perfumado las voces de mis primas se alzabanmelodiosas:  Oye la voz, señora, de mi guitarra,que en notas soñolientas, una por unacuenta viejas historias o amores narrade este pobre trovero, bajo la luna.Bajo la luna triste que en los cristalesde tu ventana pone mudos reflejos,recuenta la guitarra los madrigalesde amores que murieron, de amores viejos.A Isabel le enmarcaba graciosamente el rostro la co­rrosca,levantada por delante,a estilo pastoril,y adornadacon helechos y flores de raque.En los ojos le fulguraba unasonrisa expresiva,y bajo los pliegues de la falda asomaban,blancos y menudos, los pies.
  • 48. 52 Teresa estaba semitendida en el suelo,y parecía como sise apoyara en el tiple; mis ojos llegaron hasta el arranqueblando y terso de sus senos en flor,y lamenté en el fuero demi conciencia el histérico misticismo que guiaba sus actos.Clemencia,que había guardado silencio,a las pri­merasestrofas,dio suelta a su linda voz.Me pare­cieron húmedossus ojos:Ni rosas ni rosales hay en tu huerto,ni rosales ni rosas hay en el mío;tu amor está ya frío, frío de muerto,y el mío está ya muerto, muerto de frío.Oye la voz, señora, de la guitarra…El eco de esta música sencilla y hondamente expresivadespertaba en mí toda clase de encontradas sensaciones.Sentía celos del ignorado protagonista de aquellos amo­res “viejos” a que alude el cantar; empáñábame el almaesa luna que ponía trémulos reflejos en los cristales deuna ventana,ahora cerrada al amor; y temblaba pensandoen que tal vez Clemencia hubiese cantado sinceramente,mientras las notas tristes de la guitarra se perdían en elviento:“mi amor está ya muerto”...–¿Conque de Hermana de la Caridad, eh?–No te metas conmigo.¡Claros mediodías preñados de rumor del agua y piarde pájaros, mugir de bueyes, y músicas del aire entre las
  • 49. 53hojas y en los trigos que ondean con sonora cascabeladade espigas! ¡Claros mediodías de sol perfumados de flores,helechos y poleo!¿A qué recordar aquí el dolor de aquella mi pri­meraescaramuza con Clemencia, y la delicia inefable de la re­conciliación? ¿A qué torturar el alma con el recuerdo“deamores que nacieron con los rosales…y con ellos murie­ron… de amores viejos?”Cuando avistamos El Cerezal caía ya la tarde:una tardeperfumada y triste, y suave.Por la polvorienta carretera los muchachos,enronque­cidos ya, todavía cantábamos:Van cantando por la sierracon honda melancolía,unos cantos de mi tierracuando va muriendo el día.
  • 50. 54 eduardo castilloEl tesoroLo que voy a narraros,acaeció en los países flori­dos de laleyenda,bajo el reinado del PríncipeAzul y en una edad enque todavía florecían sobre el haz de la tierra las maravillasy los encantamientos.Ver­dad es que ya había nacido Cristoy que a la tierra feliz de que os hablo habían llegado, des­de el miste­rioso Oriente, muchos monjes y eremitas queprofe­saban la nueva fe, pero aquellos santos varones, envez de anatematizar las hadas,convirtiéronlas a la religióndel Crucificado. Hasta llegó a narrarse que una de ellas,conmovida con el relato de la pasión y muerte del CorderoDivino, lloró tanto que acabó por metamorfosearse enfuente,una fuentecica crista­lina cuyas aguas sanaban todalas dolencias del cuerpo y del alma y convertían las tierrasque re­gaban en cándidos jardines paradisíacos.En torno de la ciudad –ónix, pórfido y mármol– habi­tada por el Príncipe Azul y su corte palatina, di­latábansecampiñas deleitosas, surcadas por frescas corrientes ysombreadas por manzanos y perales flo­ridos, bajo cuyafronda hospitalaria sesteaban los rebaños y departían lospastores en las bochornosas siestas del verano.Los idilios
  • 51. 55menudeaban allí, fra­gantes como las rosas y los panalessilvestres, y cons­tantemente, lo mismo bajo el sol quebajo la luna, la comarca entera embrujábase de melodíasepitalá­micas. Eran los zagales enamorados, que cantabanen sus avenas musicales las alegrías y amarguras del querer.Entre aquellos pastores había uno a quien el amor ha­bía herido con la más punzante de sus saetas. Lla­mábaseNemoroso y sorbía los vientos por la hermosa e ingrataFlérida,una zagala quinceañera de melenas locas y labiosceresinos. Acuitado con sus desdenes, el mancebo solíair a llorar su pena en lo más espeso de una selva bravía,poblada de encantamientos, que se espaciaba misteriosay solemne como un templo no lejos del lugar en que apa­centaba su rebaño. Allí, bajo los árboles, sin más testigosque las hadas dria­das habitadoras del tronco de los árbolesy las on­dinas que oraban en el palacio de cristal de lasfuentes,plañía su desventura y le daba rienda suelta a suslágrimas.Cierto día en que el pastor devaneaba por la selva pen­sando en la ingrata que lo torturaba, hallose de improvi­so ante la entrada de una caverna medro­sa, llena de unaoscuridad tan densa y profunda que los mismos rayosdel sol deteníanse a su puerta. Nemoroso trató, una vezmás, de sondear con los ojos la tiniebla aquella, en tantoque por su memoria, un instante distraída, pasaba unaleyenda mil veces es­cuchada por él durante las noches de
  • 52. 57invierno, al amor de la lumbre. Según tradición oral de lacomarca, en ese gruta estaba oculto un miliunanoches­cotesoro de piedras preciosas, mas sólo podría apoderar­se de él aquel que una noche de Navidad pene­trase enla caverna y pronunciase, a la hora del na­cimiento delSalvador, cierta palabra cabalística, cuyo secreto nadiehabía podido adivinar. La misma tra­dición agregaba que,en otras épocas, llegaban fre­cuentemente a la comarcasuntuosas comitivas de príncipes y magnates ansiosos deadueñarse del teso­ro. Muchos de ellos habían penetradoen la caverna con lámparas poderosas y enormes hachasde viento,mas todo había sido inútil: la tiniebla persistía ylas luces más vivas naufragaban en su negrura inexora­ble.Sólo la palabra mágica de que hablaba la leyenda habríalogrado disipar esa sombra.Mas....¿cuál era aquel sésamoprodigioso? En vano lo habían tratado de inquirir los bus­cadores del tesoro,y és­te permanecía allí,en el fondo de lanegra gruta,obsesionando todas las imaginaciones con elincen­dio multicolor de sus gemas cintilantes.Absorto en sus cavilaciones, el pastor no recordó quela noche que se avecinaba era precisamente de Navidady que debía regresar a la majada para celebrar con suscamaradas, entre danzas y alborozadas canciones, el na­cimiento del Dios Niño. A sus oídos alcanzaban a llegar,desde la campiña, los sones de las melódicas avenas pas­toriles. Era que los zagales preludiaban a los regocijos de
  • 53. 58 la Nochebuena a pesar de que el cielo estaba encapotadoy de que amagaba tempestad. Súbitamente, en efecto, eltrue­no tableteó de horizonte a horizonte y una ráfaga deviento y de agua azotó los árboles centenarios de la sel­va, la cual, poco a poco, iba llenándose de tinie­blas y deaugurios medrosos. El pastor buscó un ár­bol bajo el cualguarecerse, pero como la lluvia iba en aumento, resolviópenetrar a la caverna.Ya en el interior,dio algunos pasos atientas y,topando con una piedra,sentose en ella decididoa esperar que la noche se serenase un poco para regresara la majada, done brillaba la llama alegre y confortadorade las fogatas navideñas.Nemeroso se sentía hondamente triste. De nuevo elrecuerdo de su amor no correspondido clavósele en elcorazón como un puñal envenenado,y las lágrimas torna­ron a correr copiosamente por sus mejillas.Al fin,empero,su dolor acabó por suavizarse, y un le­targo delicioso, unablanda laxitud se apoderaron de todo su ser. Sintió queun dulce sueño lo invadía po­co a poco y, teniendo sobrela tierra la piel de cabra montaraz que ceñía sus flancos,acostóse sobre ella y se quedó dormido, arrullado por elmonótono rumor de la lluvia. Entonces tuvo una celes­te alucinación: parecióle que Flérida se le acercaba en lapunta de los pies, pero no ya desdeñosa y soberbia comola viera por última vez, sino amorosamente sonreída. Susojos azules brillaban con claridad estelar y sus manos,lle­
  • 54. 59nas de flores,tendíanse hacia el pastor en actitud de oferta.Dulcemente llegó hasta el rústico lecho en que el mancebodormía e inclinándose con gesto caricioso, desató sobreél sus cabellos dorados semejantes a un manto de reinay brindóle su boca bermeja como las cerezas en sazón.Nemeroso, exta­siado de ventura, tendió los brazos haciael fantas­ma accesible y estrechándolo en ellos,suspiró estasola palabra:–¡Amor! .... ¡Amor mío!Entonces se realizó un milagro estupendo. Como alconjuro de una fórmula mágica,la caverna iluminóse conluz deslumbradora y apareció en todo su es­plendor.Era unpalacio de hadas, un alcázar brujo con cúpulas de zafiro,muros de esmeralda y colum­nas de diamante.La claridad,una claridad que no se sabía de dónde provenía, quebrá­base en las face­tas de las piedras preciosas,arrancándolesfeéricas cintilaciones,chisporroteos increíbles.Nemeroso,que se había despertado con el golpe de luz,apenas po­díadarles crédito a sus sentidos y, vagaba deslum­brado porlas salas y los jardines donde cantaban pájaros maravillo­sos y nunca vistos. El divino po­der de la palabra amor,pronunciada aquella noche de Navidad,¡había vencido lassombras y hecho la luz en la caverna prodigiosa!Nárrase que aquel milagro de pasión conmovió tantoa la hermosa Flérida, que su alma se abrió súbita­mente alamor y consintió en desposarse con el ena­morado pastor.
  • 55. 60 Las bodas fueron suntuosas y con­currieron a ellas,en suscarrozas de pétalo de rosa tiradas por colibríes,las hadas ygenios que mora­ban en cien leguas a la redonda,los cualeslleváron­les a los desposados magníficos dones y presentes.Más tarde, a la muerte del Príncipe Azul, Nemeroso fueaclamado por unanimidad rey del país de las le­yendas.Su reinado duró cien años y fue tan ventu­roso que, dememoria de mortal, no se recuerda otro semejante.
  • 56. 61gabriel vélezEl aguinaldoCuando el tren partió de la estación, Mateo aco­dadoen la ventanilla del carro, miró todavía en el andén a suesposa y a su hijo.A pesar del silbido de la máquina, oyóclaramente que el niño le gritaba agarrado a las faldas dela madre:–Papá, la que habla.En septiembre,Mateo había llevado al niño a la ciudadpara que el médico le viera. Ese día fue cuan­do el pobremuchacho al pasar por los almacenes de “El Buen Tono”,se quedó atónito al ver una enorme muñeca de ojos ne­gros y pelo rubio. La contempló al través de la vidriera, ycuando la muñeca abría y cerraba los ojos,o decía“papá ymamá”,su deseo rayó en locura.Mateo,ante la incapacidadde com­prar aquella muñeca, oía en silencio las súplicasdel niño. Allí permanecieron largo tiempo acariciandoaquel ensueño.Cuando se encaminaron a la estación,después de haberhecho Mateo la promesa del regalo,repetía continuamenteel niño:–Papá, ¿cuándo me la compra?
  • 57. 62 Entre tanto, el padre hacía sus cuentas. Si el tiem­po leera propicio y la suerte favorable, para diciem­bre tendríaahorrado el valor de la muñeca.–Te la daré de aguinaldo–le prometió a su hijo.Desde entonces,Mateo,de sol a sol,sudaba la gota gor­da sobre los terroneros calcinados.Al caer del día soltabala azada y cogía la garlopa.Redobló el trabajo y mermó losgastos.Así fue como,peso sobre peso,reunió los 18 dólaresque iban a hacer la fe­licidad del muchacho.Tantos esfuerzos y estrecheces, serían muchas vecesrecompensados con la loca alegría que había de llegarcuando la promesa se cumpliera.No pasaba un día sin que el niño hablara de la mu­ñeca. Se había vuelto para él como una hermanita deporcelana que no se separaba un instante de su ima­ginación. Abandonó todos sus juguetes: los caballos deplomo, el trompo, el automóvil y el coche. Por encimade todos estaba la muñeca de los grandes ajos negros yel cabello rubio.Al fin llegó el día de los aguinaldos.La esposa y el niñoacompañaron a Mateo hasta el tren.De la casa a la estaciónno cerró la boca el muchacho con la eterna cantinela:–“Papá, la que habla”.No se sabía cuál de los tres deseaba más ardien­tementela realización del antojo.
  • 58. 64 Partió el tren, y Mateo acodado en la ventanilla delvagón, miró en el andén a su mujer con el niño en losbrazos.Allí esperarían su regreso.Cuando llegó a la ciudad se encaminó directamentea “El Buen Tono”. Desde la calle contempló la mu­ñeca altravés de los cristales. Le pareció más her­mosa que antes.Sin vacilar un momento entró en el almacén, y sobre lasprimorosas manos de la ventera contó uno a uno los 18dólares. Después se volvió a la estación, y sentado en unbanco esperó la parti­da del tren con su preciosa cargasobre las piernas.Se le hacían siglos los minutos.Dos ho­ras de es­pera en aquel estremecimiento de ánimo eranintermi­nables. Cuando se vio en marcha, le pareció queel tren no andaba o que iba para atrás. Para él no ibana llegar nunca. Quieto, inmóvil en el mismo puesto, noquitaba los ojos ni los manos de la caja; sólo de cuandoen cuando la entreabría y temblorosamente acariciaba lacabecita rubia de la muñeca.Al divisar allá a lo lejos, como una mancha gris en­tre la verdura del campo, la estación de su pueblo, se leencogió el corazón y se le humedecieron los ojos. Jamáshabía sentido una emoción igual.Allí en el andén estabanLuisa y el niño. Él, con las manos le­vantadas gritando eleterno deseo:–Papá, la que habla.Mateo aturdido, vacilante, antes de que el tren se de­
  • 59. 65tuviera, se lanzó hacia el andén, se enredó en el estribo ycayó sobre los rieles.El ruido de la locomotora ahogó el grito desgarra­dorde Luisa.Cuando el tren se detuvo, se vio entre un charco desangre el cuerpo despedazado del hombre.Tenía aún la muñeca apretada entre las manos.
  • 60. 67josé alejandro bermúdezYerbabuenaa poco de una legua del histórico y legendario “Puentedel Común”,y hacia el costado oriental del camino que enlo antiguo se llamó de“Sopó”,há­llase,al trasponer de unacolina,el“sitio repuesto y apacible”que en nuestra Sabanase ha conocido siempre con el nombre de Yerbabuena.Aparece la casa de la hacienda a muy poca distan­cia deun puentecillo de dovelas, que estrecha por esta parte elcamino.A muy pocos pasos de allí pue­de verse la fachadade la puerta principal,formada tan sólo por dos columnassencillas que llevan, co­mo único adorno, cincelados en elfrontero y a gui­sa de escudo heráldico,algunas arreos del“sabane­ro” de otro tiempo, juntamente con el casquetey el plumaje guerrero, tradicionales en no pocos escu­dos antiguos; donosa y, si se quiere, peregrina ma­nera demostrarnos y darnos a entender desde los es­trados de lacasa,el blasón de los que en ella vivieron,a más de algunosindicios de la historia de esta familia.Portada adentro y hasta muy cerca a los primerostejados, rugosos y vetustos sauces alideran la en­trada.Descuélganse desde la altura de las copas, hilos delgados
  • 61. 68 vestidos de finas y largas hojas,evo­ca el verde de estos ár­boles,con viveza,la fisonomía peculiar de nuestra Sabana,y contrasta visiblemente con ese otro verde ceniciento delos eucaliptos que aparecen luego allá en el fondo, y quepor la corpu­lencia de sus troncos y la altura desmesuradade sus copas, parecen indicarnos que ya dominaron porsiempre a todos y a cada uno de los árboles que cono­cieron nuestros antepasados. Unos y otros, ven­cedores yvencidos,son sin embargo,viejos y exper­tos conocedoresdel viento; de ese viento que tem­pla por doquiera el fuegode los trópicos, que arru­lla el oído y convida al espíritua seguirle en ese caprichoso viaje que a diario emprendepor los va­lles y las serranías.Allá,en el fondo y medio recostada en la loma,se hallala casa solariega de los Marroquines, con todo el abiga­rrado conjunto de sus diversas edifi­caciones. Antójase­me ahora que ella representa tres épocas bien diversasde nuestra historia nacional; primero, la Colonia, pobre,estacionaria y, por lo mis­mo, tranquila; luego la NuevaGranada, turbulen­ta, inquieta y guerrera, y finalmente,Colombia, la de hoy, con sus empresas y sus nuevas in­dustrias, empresas e industrias que ella quiere establecerco­mo por encanto,echando para ello por tierra viviendas,muros y árboles que formaron en otros días el deleite deuna generación ya muerta.En el costado sur y no lejos de la entrada prin­cipal, se
  • 62. 69levanta el nuevo edificio, construido a co­mienzos de estesiglo; descansa todo él sobre una masa de murallones vie­jos cubiertos casi siempre de rosales y“curubos”,colgadosde un corredor que remata el caserón por este lado.La Ca­pilla, medio oculta hacia el oriente, se nos presenta luegocon su modesto campanario, que se aparta caprichosa­mente del resto del edificio truncado en esta parte porunos bastiones que descansan en las antiguas pesebreras.El pesebre,limpio hace ya muchos años de heno,es ahoranido de las gallinas que dan por allí sus acostumbrados pa­seos; en el interior,convertido en establo,rumian algunasovejas,y un os­tentoso carruaje de diligencia,vistosamentepinta­do, ocupa la otra parte de aquellos sitios que cono­cieron renombrados caballos, émulos o amigos de aquelfamoso “Moro” que tuvo por biógrafo al mismo señor ydueño de esta hacienda.Ya dentro de la casa, la vista tropieza con un jar­dínque remata en los bardales del norte; hay allí arcos capri­chosos cubiertos de enredaderas; hay fresnos, pimientos,borracheros, alcaparros y reta­mos que ocultan, bajo susramas,otras muchas flo­res escondidas en surcos de líneasvariadas y confusas.No menos caprichosa que esta del jardín, es la distri­bución de la casa vista desde el interior: corredores an­gostos y largos; patiecillos pequeños medio perdidos aeste o aquel lado; aposentos estrechos y oscuros; tejados
  • 63. 70 de múltiples formas, cubiertos de roña y de lama a causade su vejez más que cente­naria.De todaYerbabuena es el costado oriental el más pobla­do de sabrosos recuerdos. En estos dormitorios desman­telados ahora,vive intacto el espíritu austero de los viejosMarroquines que habitaron en ellos ha­cia las postrime­rías de la Colonia y a comienzos de la Nueva Granada.Por indubitable tengo que allí habita ese espíritu, y comofruto de este convencimiento imagino muchas veces queal caer de la tar­de va a salir por una de esas portezuelasdon JuanAntonio Marroquín,quien,con andar incierto yva­cilante, se encaminará a la Capilla para rezar el rosariotradicional.Imagino,otras veces,que en el interior de esosmismos aposentos estarán haciendo calceta,como en otrotiempo a la luz del candil, do­ña Teresa Moreno e Isabella“matrona austera,for­mada a usanza de los antiguos espa­ñoles”, doña Con­cepción Marroquín, de cuya sencillez ymodestia ha­ce siempre grata memoria don José Manuel,y la tía Josefita,“santa mujer que nunca supo reputar porsuya cosa alguna”.Dejando a un lado todos estos caprichos de la fan­tasía¿cómo no recordar, al contacto de esta casa, la figura dedon Lorenzo Marroquín de la Sierra,primer señor de estaheredad y con ella las de don Pelayo,don José María y donAndrés? ¿Cómo no sentir algo de aquel asombro con queellos, españoles por raza y por afectos, oyeron el grito de
  • 64. 72 la independencia que procedió a la lle­gada del ejércitoboliviano? ¿Cómo no recordar que dentro de estos muroshubo angustias en la fuga y larga inquietud en quienesquedaron a merced de los nuevos señores de Colombia?Por eso, uniendo estos recuerdos históricos con estasotras tantas fantasías,he pensado muchas veces en la razónque asistía a Pombo cuando dijo “que de estos caseronessin muchachos,que de estos tíos y tías que vivían rezandoy haciendo lamentosos recuerdos, re­sultó la edición defi­nitiva del espíritu de don José Manuel Marroquín,tocadode viejo,si no de muerto,melancólico de puertas adentro,barrido de toda fe y de toda ilusión en las cosas de estemundo; prodigio­samente incapaz de pasión, a usanza deespíritu pu­ro”.Volviendo ahora a la descripción de Yerbabuena, de lacual me habían apartado estos recuerdos, es de advertirque no todo en el vetusto caserón oriental es tan tristecomo lo descrito; porque ponen afortuna­damente felizremate al edificio unos aposentos que fueron construidosen época más reciente.Quizá quien no esté bien enteradode las cosas de Yerbabuena no hallará diferencia algunaentre ésta y las demás partes de la casa vieja; ni sabrá,portanto,que ella fue levantada por el mismo don José Manuelen vísperas de su boda.Hay que reconocer que el sitio fue admirablementebien escogido por Marroquín, pues lo hermoso del pai­
  • 65. 73saje que allí se divisa sirve de veras para añadir deleite alas horas del idilio; allí, en efecto, la vista se recrea, oracon el camino llano, suave y limpio de polvo, ora con ladilatada Sabana que riega el pere­zoso“Funza”; ora,en fin,con la contemplación de los montes,soberana corona delpaisaje: montes sin número y sin nombre, señores de lavasta altiplani­cie que circundan y rodean por todas partes.Y mien­tras así recibe su deleite la vista, el oído se recreacon el caer de las aguas que se pierden en la gra­ma, conel canto de los pajarillos que anidan en los vecinos alca­parros, con el lejano bramar de la vaca­da que pace en lasdehesas. Es este el sitio más re­puesto y apacible de todaYerbabuena, y el más po­blado de recuerdos para quienesquieran conocer desde aquel balcón escondido, que mirahacia oriente,todo el encanto que oculta la casa en dondese escribió el“Moro”.¿Cuántas veces el anciano desengañado de los hombres,repetiría desde este mismo balcón estas pa­labras:“Al ladode Matilde hallaba siempre abier­ta la fuente de vida, dejuventud y de esperanza,que hoy está cegada para siempreen la tierra”.¡Cuán­tas veces! al contacto de estos recuerdosy a la vis­ta de este trozo de Sabana,diría con la honda tris­teza del atribulado sin remedio, estas otras palabras delpoeta español que aprendió siendo ya viejo:Vuestra paz era imagen de mi vida¡Oh campos de mi tierra!
  • 66. 74 Pero la vida se me puso tristey su imagen de ahora ya no es esa:en mi casa es el frío de mi alcoba,es el llanto vertido en las tinieblas;en el campo es el árido caminodel barbecho sin fin que amarillea.No lejos de este balcón y de estos aposentos tan propi­cios para la contemplación campestre y para el rumiar delos recuerdos,hay un huertecillo,verda­dero nido de flores,abrigado de los vientos y abier­to al cielo,como alma pura,que ha hallado en la vida del campo lo único que segura­mente armonice con la paz de que disfruta en lo interior.Estos lugares,este huertecillo sobre todo,recuer­dan enla viejaYerbabuena a doña Matilde Osorio de Marroquíny a todas aquellas otras que en pos de ella hicieron de lasflores sus delicias. Este huer­tecillo nos hace pensar en lainesperada trasforma­ción que doña Matilde supo dar ala vieja casona. Allí parece que don José Manuel hubieraescrito es­tas palabras: “Gracias a la confianza que Matil­de inspiraba a todos; se reunían entonces en Yerbabuenamuchas familias, que se entregaban a entretenimientos,recordados con placer por cuantos en ellas tomaron par­te”. Y así fue, en efecto, porque, debido a la iniciativa dedoña Matilde, volvieron a representarse de nuevo en Yer­babuena aquellas come­dias que, en horas menos gratas,
  • 67. 75dieron descanso al ánimo inquieto de don Andrés MaríaMarroquín y Moreno.Cuán distinto de esto que hemos descrito has­ta ahora esel nuevo edificio que se levanta en el cos­tado sur,en el sitiomismo que antes ocupó la parte principal de la antiguacasa.Todo es aquí moderno y espacioso,desde los ampliossalones hasta la sola­na que remata por occidente del edi­ficio. Empeñar­me en describir esta parte de Yerbabuenaes cosa inú­til,porque ella no puede ser jamás del gusto dequien ame lo antiguo y legendario.Diré únicamente que laconstrucción de esta parte de la casa y el cambio de la vidade Marroquín coinciden rigurosamente;pues mientras losobreros,llegados de Chía,comenzaban la obra,Marroquíndecía en un arranque de sentida tris­teza:“¡Qué adiós tanamargo daré a Yerbabuena!... Lo probable es que tengaque residir en Palacio, aun­que enferme y aunque llevancapuchinos de bronce”.Yerbabuena, mirada en conjunto, seméjase a una es­cuadra cuyo ángulo viene a terminar en la capilla y en elviejo comedor. Por rara y feliz ocurrencia la capilla y elcomedor son lo más antiguo de Yerbabue­na. El vetustooratorio que oyó las plegarias de la Co­lonia,y el refectorioque evoca la sabrosa charla de otro tiempo.¡Tal es, en su conjunto, la casa de los Marroquines! ¿Ylos alrededores qué nos dicen? ¿Para qué hablar ahora deesos recuerdos que nos dejó aquí y allá don José Manuel?
  • 68. 76 En apariencia poco ha variado, en rea­lidad cuán pocoqueda de la antigua hacienda: las corralejas están ahoradesiertas y silenciosas; los si­tios más conocidos pierdenpoco a poco sus nombres;“El Sanguino”,“El Centro”,“LaChorrera”, y con ellos muchos otros, sólo serán mañanaconocidos de quienes por acaso lean el raro y peregrinolibro que Marroquín intituló“En Familia”,libro casi únicoen la literatura, puesto que en él se nos cuenta la historiade una hacienda.Desde la amplia solana que mira hacia occidente,con­templo ahora la Sabana con sus potreros y sus sembrados.El viento agita las espigas y forma ondas que parecen sa­lidas de un lago de verdura. Sondea el alma a su sabor elmisterio del valle y el de los lejanos cerros de“Tabio”. Losojos ven cómo va­rían los perfiles de esos cerros, siguenvagabundos el vuelo de las aves,las formas caprichosas delas nubes, el lento caminar de los ganados...Amo ciertamente aYerbabuena.¿Pero por qué la amo?¿Acaso me sucede el carácter austero de los vie­jos Marro­quines? ¿Me mueven tal vez los recuerdos de las sabrosasfiestas que he oído narrar? ¿Don Jo­sé Manuel y sus es­critos me han hecho sentir honda­mente toda la deliciaque esconden estos muros? Nada de eso; hay quizá enmi amor porYerbabuena al­go de egoísta,la conocí en suspostrimerías y la amo con la ternura con que se aman yrecuerdan los muertos.
  • 69. 77La historia de Yerbabuena se va, se va para siem­pre;imagen de ella son esas sombras de la tarde que invadenel valle,que trepan por los cerros y que terminarán prestopor adueñarse de las alturas a donde ha ido la luz en buscadel último refugio...Horas más tarde crujen las ramas de los eucaliptosazotadas por los vientos; el “currucucú” se querella las­timosamente; óyese el pausado croar de las ranas en losmarjales; el aullido lejano de los perros que guardan laschozas. La luz de la chime­nea lanza en el salón fulgoresfantásticos que se cruzan con las sombras para dejarnosentrever imagi­nariamente figuras de españoles amedren­tados que huyen del Libertador;corridas extrañas de toros,replantaciones de antiguas comedias, imágenes, de baileshoy en desuso, mas siempre en esta visión del pasado, enque los muertos reviven y los antiguos tiempos se hacenpresentes, hay un sitio destinado en mi fantasía para mispropios y escasos recuerdos de los sabrosos días que hepasado en Yerbabuena.
  • 70. p o r l a s a b a n a d e b o g o t áy o t r a s h i s t o r i a sf u e e d i ta d o p o r l af u n d a c i ó n g i l b e r t oa l z at e av e n d a ñ oy l a s e c r e ta r í a d ee d u c a c i ó n d e l d i s t r i t opa r a s u b i b l i o t e c alibro al vientob a j o e l n ú m e r oc i n c u e n ta y n u e v e ys e i m p r i m i ó e l m e s d es e p t i e m b r e d e l a ñ o 2 0 0 9e n b o g o tá