Nora Roberts
Polos opuestos
Traducción de
Sergio Lledó
A mi madre:
gracias por animarme
a contar esta historia
1
15 de agosto. Otro más de una
sucesión de días de sudor y cielos
caliginosos. No había cúmulos de
nubes ni brisas suaves...
no quedaría ahí. La ola de calor
avanzaba imparable hacia su segunda
semana y se convertía en la noticia
estrella de la ci...
turistas y vendedores ambulantes. Al
otro lado del Smithsonian un mimo
actuaba ante una multitud que se
había detenido all...
botellas
desaparecían
misteriosamente cuando pasaba la
policía del parque. La gente se
enjugaba el sudor y achicharraba
sa...
temas candentes y anunciaban
temperaturas cercanas a los cuarenta
grados.
Entre las rocas del riachuelo se
congregaban peq...
y los hombres, desnudos de cintura
para arriba, mostraban un moreno
impecable en sus torsos. Una joven y
hermosa artista p...
encandilarla, o al menos eso
esperaba.
—Lo siento. Se me ha escapado.
La artista se apartó el pelo de la
cara y le tendió ...
La chica reconoció la táctica y
empezó a pensar cómo quitárselo de
encima, pero lo miró el tiempo
suficiente para apreciar...
Nunca había visto unos ojos
castaños tan grandes como los de esa
artista.
—De vez en cuando.
—¡Rod, venga ya! Vamos a toma...
trayectoria.
El joven sonrió y le tocó las
puntas del pelo.
—Depende.
Pete maldijo y salió en busca del
disco. Acababa de ...
apartó las ramas y se abrió camino,
sudando a chorros y pensando en la
Moosehead bien fría que le esperaba.
El corazón se ...
Se trataba de Carla Johnson, una
estudiante de teatro de veintitrés
años, camarera a tiempo parcial. La
habían estrangulad...
había agresión sexual, ni robo
aparente. El bolso había aparecido
bajo el cuerpo, y contenía veintitrés
dólares con setent...
Carla quería ser actriz. Los estudios
eran su vida. Había salido con
chicos, pero nada serio; se dedicaba
en cuerpo y alma...
Aquella noche de mediados de
septiembre Barbara Clayton cruzó
por el césped de la catedral de
Washington a la una de la
ma...
permaneciera atento? ¿No estaba a
punto de reventarle la cabeza por la
presión de la Voz, incluso a pesar de
atenderla? Er...
pulgar despacio y con delicadeza por
la frente, los labios y el corazón,
haciendo la señal de la cruz. Le dio
la absolució...
sobre el periódico que había abierto
encima del escritorio—. Toda la
maldita ciudad está aterrada. Cuando
me entere de qui...
mirada al resto de los agentes que
había en la sala. Varios de los
mejores, admitió Harris. No habría
permitido que fuera ...
tranquilidad incluso le divertía verlo
como la versión que haría un
guionista de Hollywood de un
policía secreta: rasgos m...
enormes piernas extendidas. Sus casi
dos metros de altura y más de cien
kilos de peso eran suficientes para
intimidar a un...
mano a otra antes de soltarlo.
—Aparte de la complexión y del
color de piel, no hay nada que
vincule a las dos víctimas. N...
Se llevó la mano al bolsillo para
sacar un cigarrillo y vio que su
compañero lo miraba.
—Ese es el sexto —dijo Ed con
calm...
problemas con la transmisión y ella
decidió seguir a pie. Su apartamento
está a menos de un kilómetro de allí.
—Lo único q...
Nuestro hombre usa el de mejor
calidad: seda.
—No lo compró en la ciudad —
continuó Ed—. Al menos no durante
el pasado año...
—Dicho de cualquier forma —
repuso Ben, aspirando una nueva
bocanada de humo—: no tenemos
nada.
Harris observó a sus hombr...
y eficiente como una institutriz
solterona. Se tomaba los casos como
un rompecabezas, y nunca se cansaba
de dar vueltas a ...
—El Sacerdote —murmuró Ben al
tiempo que echaba un vistazo al
titular—. A la prensa le encanta
poner nombres a los psicópa...
prensa lo llamaba, seguía suelto.
Leer lo que decían de él no era la
mejor manera de empezar el día,
pero le interesaba pr...
educado con las comodidades que
ofrecen la riqueza y la cultura, le
parecía lo más normal del mundo
tener un grabado de Ma...
principales prioridades.
El café se le había quedado frío,
así que lo apartó con la mano. Un
momento después hizo lo mismo...
El otoño es la estación en que las
ciudades del este de Estados Unidos
disfrutan de su máximo esplendor. En
verano son un ...
despertado y alejado de ese
interesante sueño en el que aparecían
tres rubias. Se levantó, se acercó
desnudo hasta el arma...
pensando en el buen resultado de la
última desinsectación. Al coger la
taza, tiró varias cartas de hacía un
par de días qu...
respondería sin vacilar. Las
interminables noches de vigilancia
policial lo habían entrenado para
ello. Una gata esmirriad...
pensó Ben. Cero. Nada.
Como
cabía
esperar,
se
produjeron cinco confesiones en un
solo mes. Todas ellas a cargo de
perturba...
pensó en la calma que precede a la
tempestad. Contempló la fría noche
iluminada por una media luna y se
quedó allí, obnubi...
después de seis horas soportando
unos tacones de diez centímetros. Al
menos las propinas habían merecido
la pena. Una cama...
punzada en el empeine. Hizo una
mueca de dolor y miró en dirección
al callejón. Le ahorraría casi
quinientos metros, pero ...
esperar más para recibir la
salvación. Hacía días que rezaba por
ella, por la purificación de su alma.
Tenía el momento de...
fuertemente alrededor del cuello.
Dejó escapar un hilillo de voz
líquido al quedarse sin aire.
Después, el terror se apode...
pies alcanzó una lata y la hizo rodar
por el suelo. El sonido retumbó en su
cabeza hasta que estuvo a punto de
gritar para...
—No hace falta que nos matemos
por el camino —dijo Ed con voz
serena al ver que Ben cogía la curva
a ochenta por hora con ...
revisar la suspensión—. Y no nos
matamos.
—Contusiones y magulladuras —
repuso él, saltándose un semáforo en
ámbar y metie...
Ed salió del coche bostezando y se
quedó de pie en medio de la acera.
Apenas había amanecido y hacía
tanto frío que sacaba...
Según sus cálculos, tendría entre
veintiséis y veintiocho años. Llevaba
un jersey de poliéster barato y las
suelas de sus ...
hemos metido en un coche patrulla
hasta que se le pase la borrachera. Al
parecer estaba rebuscando en las
basuras cuando l...
chica había tirado al suelo. Un
puñado de billetes de autobús
emergía de él.
Tenía un largo día por delante.
Seis horas má...
del suelo sudaban en verano y
mantenían el frío en invierno. Por
más que los bedeles se esmerasen
con el ambientador de pi...
informe. Se trataba de un policía que
se tomaba los casos con mucha
seriedad, como un contable que
revisa los impuestos de...
Roderick, siguiendo con su informe
sin perder el ritmo.
—Menudo compañerismo —
murmuró Ben, y fue a ver a
Lowenstein.
Se q...
que tenía las mejores piernas del
cuerpo de policía, ya fuera de traje o
con vestido. Ben les echó un vistazo
antes de sen...
arreglarlo. —Puso un folio en la
máquina de escribir—. Así solo
acabará costándonos el doble. ¿Y tú,
qué tal? —Le dio un m...
—Trabajaba de camarera en una
coctelería. Veintisiete años.
—No dejes que te afecte. No sirve
de nada —murmuró Lowenstein,...
papeles hasta que encontró la nota—.
Te ha llamado Bunny. —Al ver que
no reaccionaba ante el tono agudo y
aterciopelado de...
redacción del informe.
—Han puesto mi piso en venta. —
Ed colgó el teléfono y echó a
caminar junto a Ben hasta el
despacho...
hablar por teléfono. Se conservaba
bien para ser un hombre de cincuenta
y siete años que había pasado los
últimos diez det...
la vista y les hizo señas para que
entraran.
—Quiero los informes del
laboratorio antes de las cinco.
Quiero saber de dónd...
Washington desde Virginia en
noviembre. Vivía sola en un
apartamento de la zona noroeste. —
Ed cambió el pie de apoyo y re...
—. Ni vio nada.
—Preguntad de nuevo —dijo
Harris
simplemente—.
Y
encontradme a alguien que oyera o
viera algo. ¿Algún dato...
estudiantes el día antes de que la
mataran. Los testigos dicen que la
cosa se puso muy caliente.
—El chico lo admitió —con...
que lo relacione con Clayton, ni con
Bowers. Cuando revisamos su
historial vimos que era el típico
chaval americano de fam...
—Un momento...
—Voy a asignar un destacamento
especial para este caso —dijo Harris
parándole los pies a Ben y
sirviéndose ...
sabía a lo que se avenía.
—No, todos queremos cogerlo.
—Incluido el alcalde —añadió
Harris con la pizca justa de acritud
—...
cooperar con nosotros, a petición del
alcalde. No sabemos qué aspecto
tiene el asesino. Tal vez vaya siendo
hora de que av...
—Qué cerrado eres.
—Soy realista.
—La mente humana es un misterio
fascinante.
—¿Ya has estado leyendo otra
vez?
—Y los que...
—Mierda —dijo Tess al mirar por
la ventana de su despacho.
Había dos cosas que no tenía
ganas de hacer en ese momento. La
...
cartera. Con un poco de tacto podría
haberse negado a ayudar al alcalde y
hacerle ver que lo lamentaba mucho.
Pero su abue...
¿Acaso no era cierto que había
conseguido ese diploma enmarcado
en negro gracias a él? Gracias a su
confianza, pensó, grac...
escogido a conciencia. Suyas, se
dijo. Todas y cada una. Y entonces
miró el alto archivador de roble de
los años veinte. E...
sí, por qué no, tal vez ayudara a la
policía a encontrar a ese hombre que
salía todos los días en los titulares
de los per...
—Debería ponerse un gorro —
contestó la recepcionista.
—Tengo uno en el coche. Nos
vemos mañana.
—Cuidado con la carretera...
maldecía para sí.
—Frank.
Había conseguido evitarlo durante
casi diez días.
—Vaya, señorita. No hay quien te
pille —dijo d...
conservador. Tess intentó con todas
sus fuerzas que no se le borrara la
sonrisa. Frank no tenía la culpa de
que a ella no ...
—Tengo cita fuera de la consulta.
Tess miró la hora unos segundos.
Tenía tiempo.
—Ya voy tarde —mintió sin
reparos.
—He tr...
—Ya sabes lo difícil que es
compaginar la agenda, Frank.
—Por supuesto que lo sé. —Le
mostró su sonrisa de anuncio de
dent...
La última vez, la única, que había
accedido a relajarse con él tuvo
suerte de escapar con la ropa puesta.
Y lo que era peo...
tiempo que entraba—. No trabajes
demasiado, Frank. Ya sabes lo que
dicen del trabajo.
El tráfico y la lluvia le hicieron
e...
usando el tacto y las excusas hasta
que se cansara de verse acorralada.
Cogió un sombrero de felpa del
asiento de atrás y ...
cogió el sombrero con la otra mano y
salió corriendo hacia la comisaría.
—Mira eso. —Ben detuvo a su
compañero en la escal...
apresuradamente y chocó contra Ben.
La oyó maldecir justo antes de que la
tomara por los hombros y la apartara
un poco par...
estaba a punto de hacer: grandes, de
mirada fría, solo un poco enojados.
Y violetas. Ben pensaba que ese
color le estaba r...
—Le gustaba sentirla en sus manos
mientras veía cómo la lluvia mojaba
sus párpados—. Podría encerrarla
por agresión a un a...
agua. ¿Dónde estaba, en una
comisaría de policía o en un cuento
de hadas?
Ben abrió la puerta, pero siguió
sujetándola con...
cargos por brutalidad policial. —
Cuando lo vio sonreír algo se agitó
en su interior. Vaya, pensó, no era tan
inofensivo c...
ser de ayuda...
—Soy un empleado público.
—Entonces podrá soltarme el
brazo y decirme dónde puedo
encontrar al comisario H...
sus cabellos antes de mirarla a la
cara de nuevo. No le cuadraba. Y las
cosas que no cuadraban le resultaban
sospechosas.
...
algo cercano al improperio.
—Fin del primer asalto —dijo Ed
tranquilamente—. El despacho de
Harris es un rincón neutral.
E...
2
Ben y Ed acompañaron a Tess a
través de los pasillos, uno a cada
lado. De vez en cuando se oían
gritos, o puertas que se...
lluvia repicaba contra los cristales.
Un hombre en mangas de camisa y
con mono de trabajador secaba con
una fregona un cha...
sonaba grave y refrescaba como un
sorbete en una calurosa tarde de
domingo.
—Al comisario le gusta tenerlo
vigilado.
—Me l...
silencio y que sostenía una taza con
las dos manos. Desde el vestíbulo
llegaban ruidos de discusiones.
—Bienvenida a la re...
—Paris. —Algo en su interior le
decía que se burlaba de él—. Ben
Paris, doctora Court. Este es mi
compañero, Ed Jackson. —...
Ben abrió la puerta antes de que
ella pudiera llamar.
—Comisario... —Esperó a que
Harris despejara los papeles de la
mesa ...
más que lo incordiara, era un hombre
inteligente que cometía pocos
errores.
—Doctora Court. —Le tendió una
mano descubrien...
y vio que Ben estaba detrás de ella.
—Bonito abrigo, doctora —dijo
acariciando
el
forro
del
guardapolvos mientras la ayuda...
una amplia sonrisa a su compañero
—. Parece que se ha mojado por el
camino.
Tess se vio obligada a devolverle
la sonrisa a...
Ed se llevó la mano al bolsillo y
sacó una infusión en una bolsita.
—Y una taza de agua caliente —
añadió, torciendo el ge...
advertencia—. ¿La han informado
brevemente acerca de lo que
necesitamos?
Tess pensó en la reunión de dos
horas con el alca...
siente. Con los datos que tengo y los
que me entregarán, podré darles una
opinión... una opinión —recalcó—
de quién es psi...
—Unos datos. Empecé a trabajar
anoche en ello.
—También querrá echar un vistazo
a los informes.
Harris cogió una carpeta d...
Mayflower. No estaba muy seguro de
por qué ambas imágenes le parecían
válidas para ella, pero así era. La
que no le encaja...
psiquiatra lo había ayudado. O al
menos eso parecía; eso decían todos,
incluido él mismo. Hasta que cogió
su revólver regl...
Dors? —le preguntó Harris.
—En eso estaba.
—Mañana, a primera hora, Paris y
Jackson les pondrán al día a usted, a
Lowenste...
Ben sacó un cigarrillo y se lo
quedó mirando.
—¿Por qué?
Tess se bajó un poco las gafas en
un gesto que había visto a un
c...
el cigarrillo.
—Ninguna de las víctimas era
especialmente corpulenta. Barbara
Clayton, la más grande, medía uno
sesenta y ...
ella en un tono de suficiencia y
recolocándose las gafas. No era tan
sencillo desmoralizar a un zoquete
—. Ninguna de las ...
incluso lógica. La ropa de las
víctimas —continuó— ¿estaba en
desorden, o desabrochada? ¿Había
costuras rotas? ¿Les quitar...
—Diagnostica usted muy rápido,
detective Paris. Pero antes que
«ordenado» yo usaría la palabra
«respetuoso».
Harris detuvo...
—Así que ¿se inclina por la teoría
del cura?
Volvió a dirigirse a Ben.
—Puede que el hombre haya
pertenecido a una orden r...
figura femenina importante en su
vida. Una madre, una esposa, una
hermana. Una persona con la que
tiene, o tuvo, un fuerte...
probablemente un pecado sexual.
A Ben le repateaba ese análisis
impersonal y templado.
—Entonces ¿qué?¿La castiga a
ella a...
hombre se atribuye el papel de
salvador. Al no haber signos de
violencia, yo diría que no pretende
castigarlas. Si lo hici...
lo importante es que una agresión
sexual significaría un pecado. Es
posible, muy probable, que obtenga
algún placer sexual...
de control. Es perfectamente posible
que tenga un trabajo, que salga, que
vaya a la iglesia.
—La iglesia —dijo Ben,
levant...
Ed, que no sabía mucho de la
Iglesia, llevó la conversación a otro
terreno.
—¿Es un esquizofrénico?
Tess se quedó mirando ...
problema individual, y la única
manera de comprender esos
problemas y tratarlos es descubrir su
origen.
—Yo también prefie...
—Si quiere un término general,
psicopatía puede servirle. Significa
trastorno mental.
Ed se acarició la barba.
—Así que es...
arma del asesinato.
Harris, insatisfecho, se levantó.
Quería más. A pesar de que ya
debería estar escarmentado, le
gustaba...
movimiento de la cabeza.
Ben la condujo de nuevo a través
de los pasillos sin decir palabra,
hasta que llegaron al punto d...
estar en paz consigo mismo. Era paz
lo que buscaba y también paz lo que,
a su manera enrevesada, quería
otorgar.
—Blanco d...
e indiferente.
—Parece muy segura de sí misma,
doctora.
—¿Ah, sí? —Se dio la vuelta, lo
observó un instante, ponderó las
c...
qué me odia a mí personalmente. Le
doy mi palabra de que no lo
psicoanalizaré.
Tenía algo que resultaba
provocador. Una be...
En el camino de vuelta a las
oficinas, ambos se preguntaron qué
les empujaba a pasar parte de la
tarde con alguien que dem...
Ben movió a Tess para usarla
como escudo y se dirigió hacia la
puerta.
—¿Archivar?
—Joder, Ben...
—Mañana, en triplicado.
...
—¿Y cuál es?
La acompañó al coche, mirándola
con aire de misterio.
—Atrapar a los malos.
Lo más curioso de todo era que le...
se conocen y solo se aceptan nuevos
clientes de tanto en tanto.
Ben saludó al camarero con un
gesto, le dijo algo en voz b...
francés o algo parecido.
—Whisky, solo.
—Stolichnaya —dijo él a la
camarera sin dejar de observar a
Tess—. Con hielo. —Esp...
—Ed dice que sus piernas son
bonitas.
—Me sorprende que las viera
desde lo alto de la escalera. Son
ustedes muy distintos ...
—Curiosidad.
Deformación
profesional. Al fin y al cabo, los dos
trabajamos buscando respuestas,
resolviendo rompecabezas.
...
—No
me
gustan
las
clasificaciones —respondió Ben
inclinando su copa hacia atrás—. No
me fío de una persona que se sienta
a...
una
profesión
bastante
incomprendida.
El peligro se reflejó un instante en
los ojos de Ben, que volvieron a la
normalidad ...
para que no se notara.
—Muy bien, detective. ¿Por qué
no se sincera conmigo?
Ben le dio un par de vueltas al
vodka y lo pu...
expediente. Cuando alguien necesita
ayuda de verdad, cuando está
desesperado, nadie se percata. Lo
etiquetan, lo archivan ...
pensar ella. Pero no era un hombre
que quisiera comprensión.
—Está bien. Mirémoslo desde otra
perspectiva. Usted es detect...
Él no era de los que juzgaban a los
desconocidos a la ligera. Su sentido
innato del juego limpio luchaba con
unos prejuici...
no tiene suficiente clase.
Tess se inclinó hacia delante y
apoyó la barbilla sobre las manos.
—Puede que sea buen detectiv...
—Curiosidad —repitió—. La
mente humana está llena de preguntas
sin contestar. Yo quería encontrar
esas respuestas. A veces...
Tess miró a una pareja detrás de
Ben que reía a carcajadas mientras
compartía un tanque de cerveza.
—Yo creía que solo os ...
atascado con esa materia peligrosa
que abruma el corazón?»
Ben había alzado la vista para
mirarla mientras hablaba. Aunque...
Cuando volvieron al aparcamiento de
la comisaría todavía lloviznaba. Las
nubes habían hecho que oscureciera
rápidamente, d...
atrapar a los malos.
Tess pensó que había algo de
verdad en ello, pero eso no era todo.
—Así que ¿jugabas a policías y
lad...
basaba en su habilidad para hacer
ambas cosas con una sonrisa. Pero
por alguna razón esa vez quería decir
simplemente la v...
rozaron, pero ninguno de ellos fue
consciente—. Creo en la justicia,
Tess. Y eso es muchísimo más que
papel y palabras.
Se...
orden. Del mismo modo que creía en
la espada.
No entraba en esa categoría de
hombre simple que le había atribuido
en un pr...
—Nunca lo llevo cuando llueve.
Ben se dirigió hacia ella con las
manos en los bolsillos de atrás. Por
alguna razón que no ...
—Tengo un amigo que trabaja en
el Kennedy Center. Me ha dado un
par de entradas para la obra de Noel
Coward que hacen maña...
Al ver que cerraba la puerta, Tess
bajó la ventanilla.
—¿No quieres mi dirección?
La miró con una sonrisa de
suficiencia q...
tenue luz de la luna. No se acordó de
comprar comida china para llevar y
había dejado a medio comer el
sándwich de rosbif ...
estuviera sola por la noche podía
acabar siendo «salvada».
No. Seguía un patrón, estaba
segura de ello. Seleccionaba a sus...
descripción de sí misma? Se
sobresaltó al oír que llamaban a la
puerta y maldijo su propia
insensatez. Miró el reloj por p...
besarle con ese mismo entusiasmo
que él le había inculcado en la vida.
Olía a menta y a Old Spice y tenía el
porte de un g...
tomarme la leche caliente, renacuaja.
Prepárame una copa.
Ya había entrado y se estaba
quitando el abrigo de ese armazón d...
Le sirvió tres dedos de whisky.
El abuelo miró hacia la montaña
de papeles, archivos y notas. Esa era
su Tess, pensó mient...
una silla—. Sabes que no podemos
hablar de ese tema.
—Tonterías. Fui yo quien te
consiguió el trabajo.
—Por lo cual no pie...
—Maldita ética —murmuró.
—Fuiste tú quien me enseñó a
tenerla.
Resopló,
satisfecho
del
comportamiento de su nieta.
—¿Y del...
—¿Y los detectives al cargo del
caso?
—Paris y Jackson. —Se repasó
los dientes con la punta de la lengua
—. Me han parecid...
más emocional.
Se quedó pensando en la justicia y
en la espada.
—¿Son competentes?
—No sé cómo juzgar eso, abuelo.
A simpl...
abuelo. Es peligroso. Tal vez pueda
describir su mente a grandes rasgos,
su patrón emocional, pero eso no lo
detenendrá. C...
tomándola por la barbilla.
—No, pero estoy metida en el ajo.
—Al ver que el abuelo arrugaba el
entrecejo cambió el tono de...
—¿Me estás echando?
—Solo te ayudo con el abrigo —
corrigió—. Buenas noches, abuelo.
—Compórtate, renacuaja.
Le cerró la p...
Señor tenía que estar abierta para los
necesitados,
los
que
tenían
problemas, los que querían rezar.
Encendió las velas: c...
trabajaba llegaran a saberlo lo
despreciarían, lo encarcelarían, lo
odiarían. Se compadecerían de él.
Pero la carne era ef...
se apoderó de su cuerpo. Ceder
habría supuesto un alivio. No había
nadie, ni una sola persona en la que
pudiera confiar. N...
borraría el dolor. Y tampoco su
pecado.
Laura permanecía en la oscuridad,
esperando. Solo se liberaría cuando
él completar...
poder afrontar las pruebas que
estuvieran por venir.
Al levantarse, la luz de las velas
parpadeó ante su alzacuellos blanc...
3
El tráfico de Washington puede
ponerte
de
los
nervios,
especialmente cuando te levantas con
sueño, desayunas solo un caf...
A su lado, un hombre con un GMC
azul enorme hacía rugir el motor. Se
llevó una decepción al ver que ella
no se molestaba e...
suspiro. Pero no conseguía franquear
la muralla. Cimentar su confianza y
su autoestima era como construir una
pirámide. Pa...
comisario Harris. Tampoco estaba
obligada a trabajar en ello hasta las
dos de la madrugada, pero no había
podido evitarlo....
indispensable para capturarlo. Y
había que capturarlo para que
recibiera ayuda.
Cuando llegó al aparcamiento de
la comisar...
solo trabajar un par de horas más esa
misma tarde las cosas volverían a la
normalidad. No era la primera vez
que pensaba e...
esos fanáticos de la promiscuidad
que no querían ni oír hablar del
compromiso, como el abogado de
oficio con quien había s...
convenció de que sería una grosería
excusarse faltando tan poco tiempo
—, aunque fuera consciente de que
ambos habían actu...
un extraño.
Ben no estaba por allí, pero había
una variada gama de estilos de
agente de policía. Con traje y
corbata, teja...
la máquina de escribir.
—Sí.
—Soy el detective Roderick. El
comisario Harris está en una reunión
con el inspector jefe.
—E...
anterior—. Puedo traerle un café.
—Eh... —Tess miró el reloj.
Tenía la siguiente cita en cuarenta
minutos. Tardaría veinte...
Tess abrió su maletín y sacó el
informe—. Si tiene alguna duda,
puede contactar conmigo en la
consulta hasta las cinco, y ...
¿Podría comprenderlo alguien?
Asintió y le entregó el informe con
desazón. Parecía inofensivo, pero
también una bomba desa...
Lowenstein esperó a que Tess se
hubiera alejado.
—¿Esa es la psiquiatra?
Roderick acarició la tapa del
informe antes de de...
Roderick,
abochornado,
se
encogió de hombros.
—Estaba pensando en otra cosa.
Lowenstein se pasó la lengua por
los carrillo...
que sacar ese tablero de güija.
Cuando Tess dobló la siguiente
esquina oyó que alguien blasfemaba.
Miró atrás y vio a Ben ...
otro taco—. Y cincuenta céntimos
sigue siendo un robo por una barrita
de chocolate con trocitos de frutos
secos.
—Deberías...
la máquina.
—Solo cuando me fastidian.
Le dio otro violento empujón, pero
se quedó mirando a Tess y se percató
de que esa ...
—Señora. —Ed volvió a poner su
mano sobre el hombro de Ben—. No
hay palabras para explicarle lo que
me avergüenza el compo...
dependencias interiores, y se decidió
por el tacto antes que por la verdad.
—No. He venido a traer el perfil a
Harris.
—Tr...
pasó por delante de ellos y echó unas
monedas en la máquina.
En realidad tenía más ganas de ver
a la psiquiatra de cerca q...
—No creo que quieres montar una
escenita delante de la doctora Court
—le recordó Ed.
—Pero esa chocolatina es mía.
—Estás ...
bolsillos y se quedó mirándola.
—¿Y es?
—Necesitarán un sacerdote...
—Ya hemos pasado por ahí,
doctora. Ed y yo hemos habl...
investigar el catolicismo, pero
tardaría un tiempo. Y no creo que
ninguno de nosotros queramos
desperdiciarlo. Conozco a u...
—Y si no prueban algo diferente,
la investigación se quedará
justamente donde está: estancada. —
Percibió la irritación qu...
la doctora decidiera sacarlo de su
chistera.
—Hablaré con el comisario.
La sonrisa de ella asomó con
facilidad tras la vic...
detective Jackson.
—Un placer, señora. —Mientras
miraba cómo se marchaba, se le
dibujó una enorme sonrisa—. Se
desenvuelve...
de
su
armario
estaba
meticulosamente escogido, desde el
último de sus jerséis de cachemira
hasta las chaquetas de lino,
pr...
que tuvo que decirse cuando
devolvió el tercer vestido al
perchero. Tenía veintinueve años, y
ya sabía que no existían las...
picardías diminuto de color carne,
sacó un vestido de seda negra y lo
examinó cuidadosamente. Simple
pero elegante. Decidi...
Se puso los pendientes de diamantes
de su madre y la fina pulsera de oro
que le regaló su abuelo al graduarse.
Se debatía ...
punto de sonreír cuando vio el ramo
de violetas que el detective tenía en
la mano. No solía emocionarse tanto,
pero volvió...
parecido una estupidez hasta el
momento en que tuvo que
ofrecérselas.
—Son preciosas. Gracias. —Tess
recuperó la compostur...
Colores suaves y bonitos, así como
maderas nobles envejecidas. La
habitación
irradiaba
riqueza
generacional bien asentada....
parte de su estilo. Y estaba
completamente seguro de que se
quedarían sin tema de conversación
en menos de quince minutos....
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
Polos opuestos
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of 1302

Polos opuestos

Nora Roberts
Published on: Mar 4, 2016
Published in: Education      
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Polos opuestos

  • 1. Nora Roberts Polos opuestos Traducción de Sergio Lledó
  • 2. A mi madre: gracias por animarme a contar esta historia
  • 3. 1 15 de agosto. Otro más de una sucesión de días de sudor y cielos caliginosos. No había cúmulos de nubes ni brisas suaves, solo una capa de humedad tan espesa que casi se podía nadar en ella. Los partes meteorológicos de las seis y las once anunciaron consternados que la cosa
  • 4. no quedaría ahí. La ola de calor avanzaba imparable hacia su segunda semana y se convertía en la noticia estrella de la ciudad de Washington D.C., sumida en el letargo de aquellos interminables últimos días del verano. El Senado estaba de vacaciones hasta septiembre, así que Capitol Hill se movía a paso lento. El presidente se relajaba en Camp David antes de su aclamada visita a Europa. Sin los vaivenes diarios de la política, Washington se transformaba en una ciudad de
  • 5. turistas y vendedores ambulantes. Al otro lado del Smithsonian un mimo actuaba ante una multitud que se había detenido allí, más por darse un respiro que por apreciar su arte. Los delicados vestidos de verano se marchitaban mientras los niños lloriqueaban pidiendo helados. Jóvenes y mayores acudían al parque de Rock Creek para protegerse del calor al amparo de la sombra, o dándose un baño. La gente bebía litros y litros de agua y de refrescos; también cerveza y vino, pero con mayor discreción. Las
  • 6. botellas desaparecían misteriosamente cuando pasaba la policía del parque. La gente se enjugaba el sudor y achicharraba salchichas en sus picnics o barbacoas mientras miraba a bebés en pañales gatear sobre la hierba. Las madres gritaban a sus hijos que se alejaran del agua, que no corrieran cerca de la carretera, que tirasen el palo o la piedra que acababan de coger del suelo. Como de costumbre, la música de las radios portátiles sonaba a un volumen alto y desafiante: los locutores hablaban de
  • 7. temas candentes y anunciaban temperaturas cercanas a los cuarenta grados. Entre las rocas del riachuelo se congregaban pequeños grupos de estudiantes que discutían sobre el devenir del mundo, mientras otros, más interesados en el devenir de su bronceado, permanecían tumbados sobre la hierba. Los que disponían de tiempo y dinero para la gasolina habían huido a la playa o las montañas. Algunos universitarios tenían energía incluso para jugar al frisbee,
  • 8. y los hombres, desnudos de cintura para arriba, mostraban un moreno impecable en sus torsos. Una joven y hermosa artista pasaba el tiempo dibujando sentada al pie de un árbol. Uno de los chicos, cansado de intentar sin éxito que se fijara en esos bíceps que había trabajado durante seis meses, optó por derroteros más obvios. El frisbee cayó con un ruido sordo sobre el cuaderno de la chica, y cuando esta alzó la vista con fastidio, el joven se acercó hasta ella corriendo. Sonrió a modo de disculpa, con la intención de
  • 9. encandilarla, o al menos eso esperaba. —Lo siento. Se me ha escapado. La artista se apartó el pelo de la cara y le tendió el frisbee. —No pasa nada. Volvió a su dibujo sin tan siquiera dirigirle una mirada. Pero si algo tienen los jóvenes es empeño. Se agachó junto a ella y miró su dibujo. No tenía ni la más remota idea sobre arte, pero de alguna forma tenía que seducirla. —Eh, ese dibujo es muy bueno. ¿Dónde estudias?
  • 10. La chica reconoció la táctica y empezó a pensar cómo quitárselo de encima, pero lo miró el tiempo suficiente para apreciar su sonrisa. Tal vez fuera poco sutil, pero debía reconocer que era mono. —Georgetown. —¿En serio? Yo también. Hago el curso de introducción al derecho. Su compañero se impacientó y lo llamó desde el otro lado. —¡Rod! ¿Vamos a por esa birra o qué? —¿Vienes mucho por aquí? — preguntó Rod, ignorando a su amigo.
  • 11. Nunca había visto unos ojos castaños tan grandes como los de esa artista. —De vez en cuando. —¡Rod, venga ya! Vamos a tomar esa cerveza. Rod miró a su sudoroso amigo entrado en carnes, y después volvió la vista a los fríos ojos castaños de la artista. Ni punto de comparación. —¡Luego nos vemos, Pete! — gritó, y lanzó el frisbee a lo alto, casi sin mirar. —¿Has terminado de jugar? — preguntó la artista al observar la
  • 12. trayectoria. El joven sonrió y le tocó las puntas del pelo. —Depende. Pete maldijo y salió en busca del disco. Acababa de pagar seis pavos por él. Esquivó a un perro con el que estuvo a punto de tropezar y bajó una cuesta a trompicones, esperando que no cayera al río, porque las sandalias de cuero le habían costado mucho más. Soltó un taco al ver que el frisbee se dirigía hacia el agua, pero al final dio en un árbol y acabó perdiéndose entre los arbustos. Pete
  • 13. apartó las ramas y se abrió camino, sudando a chorros y pensando en la Moosehead bien fría que le esperaba. El corazón se le detuvo un instante y después bombeó toda la sangre directamente a su cabeza. No le dio tiempo a recobrar el aliento para gritar. Echó todo el almuerzo: un paquete de Fritos y dos perritos calientes. El frisbee había caído a menos de un metro del agua. Allí descansaba, nuevo, rojo y resplandeciente, encima de una mano blanca y fría que parecía querer devolvérselo.
  • 14. Se trataba de Carla Johnson, una estudiante de teatro de veintitrés años, camarera a tiempo parcial. La habían estrangulado unas doce o quince horas antes con un amito de sacerdote. Blanco, con los bordes dorados. El detective Ben Paris acabó el informe del homicidio de Johnson y se derrumbó sobre su escritorio. Había tecleado los hechos con solo dos dedos, al estilo metralleta. Pero seguía teniéndolos en la cabeza. No
  • 15. había agresión sexual, ni robo aparente. El bolso había aparecido bajo el cuerpo, y contenía veintitrés dólares con setenta y seis centavos y una MasterCard. Su dedo todavía conservaba un anillo de ópalo que podría haberse empeñado por unos cincuenta dólares. No había móvil del crimen ni sospechosos. Nada. Ben y su compañero habían pasado la tarde hablando con los familiares de la víctima. Pensó en lo desagradable que resultaba aquello. Necesario, pero desagradable. Todos habían dado las mismas respuestas.
  • 16. Carla quería ser actriz. Los estudios eran su vida. Había salido con chicos, pero nada serio; se dedicaba en cuerpo y alma a una ambición que jamás lograría alcanzar. Ben repasó de nuevo el informe y se detuvo unos instantes en el arma del crimen. El amito del sacerdote. Junto a él habían encontrado una nota. Hacía unas horas que la había leído, arrodillado junto a la víctima: «Sus pecados han sido perdonados». Amén, murmuró Ben antes de exhalar un hondo suspiro.
  • 17. Aquella noche de mediados de septiembre Barbara Clayton cruzó por el césped de la catedral de Washington a la una de la madrugada. Hacía una brisa cálida y las estrellas refulgían, pero ella no estaba de humor para disfrutarlo. Iba maldiciendo en voz baja mientras caminaba. Una estrella fugaz pasó dejando una estela brillante en el cielo y ni tan siquiera se percató. Como tampoco lo hizo el hombre que la vigilaba. Había estado esperándola. ¿No le habían dicho que
  • 18. permaneciera atento? ¿No estaba a punto de reventarle la cabeza por la presión de la Voz, incluso a pesar de atenderla? Era el elegido para soportar tanto esa carga como su gloria. Dominus vobiscum, murmuró mientras apretaba fuertemente la blanca y suave tela del amito de sacerdote. Y en cuanto acabó con su cometido sintió el cálido torrente de poder que salía de sus entrañas. Su sangre bullía. Estaba limpio. Y también ella lo estaba. Le pasó el
  • 19. pulgar despacio y con delicadeza por la frente, los labios y el corazón, haciendo la señal de la cruz. Le dio la absolución, pero apresuradamente. La Voz le había advertido que muchos no comprenderían la pureza de sus obras. Abandonó el cuerpo de la mujer entre las sombras y se puso en camino con los ojos velados por lágrimas de gozo y locura. —Los periodistas se nos están echando encima con este caso —dijo el comisario Harris dando un golpe
  • 20. sobre el periódico que había abierto encima del escritorio—. Toda la maldita ciudad está aterrada. Cuando me entere de quién ha estado filtrando noticias del caso del cura a la prensa... El comisario dejó en suspenso la diatriba y se controló. Normalmente nunca estaba tan cerca de perder los papeles. Se dijo que aunque estuviera en un despacho seguía siendo un policía, uno de los mejores. Y un buen policía nunca perdía el control. Dobló el periódico para ganar tiempo y repasó con la
  • 21. mirada al resto de los agentes que había en la sala. Varios de los mejores, admitió Harris. No habría permitido que fuera de otro modo. Ben Paris jugueteaba con un pisapapeles Lucite apoyado en una esquina del escritorio. Lo conocía lo suficiente para saber que le gustaba tener algo en las manos mientras pensaba. Joven, reflexionó Harris, pero curtido, tras diez años en el cuerpo. Un policía serio, aunque se saltara a veces el reglamento. Sus dos menciones al valor estaban más que merecidas. En los momentos de
  • 22. tranquilidad incluso le divertía verlo como la versión que haría un guionista de Hollywood de un policía secreta: rasgos marcados, complexión fuerte, moreno, fibroso. Se apartaba de la norma con su cabello demasiado largo y abundante, si bien se lo cortaba en una de esas pequeñas peluquerías de moda de Georgetown. Tenía unos ojos verdes claros que no pasaban por alto ningún detalle de importancia. Ed Jackson, el compañero de Ben, estaba sentado en una silla con sus
  • 23. enormes piernas extendidas. Sus casi dos metros de altura y más de cien kilos de peso eran suficientes para intimidar a un sospechoso. Tal vez por capricho, o quizá por moda, llevaba una barba tupida, tan rojiza como su rizada melena. Sus ojos eran azules y de mirada amable. Un hombre capaz de acertar al águila de una moneda de cuarto de dólar con el arma reglamentaria de la policía. Harris apartó el periódico, pero no se sentó. —¿Qué tenemos? Ben se pasó el pisapapeles de una
  • 24. mano a otra antes de soltarlo. —Aparte de la complexión y del color de piel, no hay nada que vincule a las dos víctimas. No tenían amigos en común, ni frecuentaban los mismos sitios. Ya ha visto el informe de Carla Johnson. Barbara Clayton trabajaba en una tienda de ropa, estaba divorciada y no tenía hijos. Su familia es de clase obrera y vive en Maryland. Hasta hace tres meses salía en serio con un chico. La relación se enfrió y él se mudó a Los Ángeles. Estamos investigándolo, pero parece que está limpio.
  • 25. Se llevó la mano al bolsillo para sacar un cigarrillo y vio que su compañero lo miraba. —Ese es el sexto —dijo Ed con calma—. Ben está intentando bajar del paquete diario —explicó para después seguir él mismo con el informe—. Clayton pasó la noche en un bar de Wisconsin. Algo así como una noche de chicas con su compañera de trabajo. Su amiga dice que se fue alrededor de la una. Encontraron su coche averiado a un par de manzanas del lugar de los hechos. Por lo que parece, tenía
  • 26. problemas con la transmisión y ella decidió seguir a pie. Su apartamento está a menos de un kilómetro de allí. —Lo único que las victimas tenían en común es que eran mujeres, rubias y blancas. —Ben aspiró el humo con fuerza, dejó que llenara sus pulmones y exhaló—. Y ahora, que están muertas. En su jurisdicción, pensó Harris, tomándoselo como algo personal. —El arma del crimen, el pañuelo del cura. —Amito —apuntó Ben—. No parecía muy difícil de rastrear.
  • 27. Nuestro hombre usa el de mejor calidad: seda. —No lo compró en la ciudad — continuó Ed—. Al menos no durante el pasado año. Hemos revisado todas las tiendas de efectos religiosos y todas las iglesias. Sabemos que hay tres tiendas en Nueva Inglaterra que venden amitos de ese tipo. —Las notas estaban escritas en papel corriente del que venden en cualquier baratillo —añadió Ben—. No hay manera de seguirles la pista. —Dicho de otra forma: no tenéis nada.
  • 28. —Dicho de cualquier forma — repuso Ben, aspirando una nueva bocanada de humo—: no tenemos nada. Harris observó a sus hombres en silencio. Tal vez le habría gustado que Ben llevara corbata, o que Ed se recortara un poco la barba, pero eso era una cuestión personal. Se trataba de sus mejores hombres. Paris, con su atractivo despreocupado y su aparente pasotismo, tenía la intuición de un zorro y una inteligencia penetrante como la hoja de un cuchillo. Jackson era tan meticuloso
  • 29. y eficiente como una institutriz solterona. Se tomaba los casos como un rompecabezas, y nunca se cansaba de dar vueltas a las piezas. Harris aspiró un poco de humo del cigarrillo de Ben y se recordó que había dejado de fumar por su propio bien. —Volved y hablad de nuevo con todos ellos. Quiero un informe sobre el ex novio de Clayton y la lista de clientes de las tiendas de efectos religiosos. —Harris miró el periódico una vez más—. Quiero atrapar a ese tipo.
  • 30. —El Sacerdote —murmuró Ben al tiempo que echaba un vistazo al titular—. A la prensa le encanta poner nombres a los psicópatas. —Y que aparezcan en portada — añadió Harris—. Saquémoslo de los titulares y metámoslo entre rejas. La doctora Teresa Court bebía el café mientras ojeaba el Post, aturdida tras una larga noche de papeleo. Ya había pasado una semana completa desde el segundo asesinato y el Sacerdote, como la
  • 31. prensa lo llamaba, seguía suelto. Leer lo que decían de él no era la mejor manera de empezar el día, pero le interesaba profesionalmente. Tampoco es que fuera inmune al asesinato de dos mujeres en la plenitud de sus vidas, pero estaba acostumbrada a observar los hechos y diagnosticar. Llevaba toda la vida haciéndolo. Su vida laboral era un compendio de problemas, dolor y frustraciones varias. Para compensarlo, procuraba mantener su espacio personal organizado y simple. Al haberse
  • 32. educado con las comodidades que ofrecen la riqueza y la cultura, le parecía lo más normal del mundo tener un grabado de Matisse en la pared y cristalería Baccarat sobre la mesa. Prefería los pasteles y los trazos limpios, pero de vez en cuando se sentía atraída por algo más discordante, como el óleo abstracto de líneas enérgicas y colores chillones que tenía colgado sobre la mesa. Era consciente de que necesitaba tanto la crudeza como el refinamiento, y era feliz con ello. Seguir siendo feliz era una de sus
  • 33. principales prioridades. El café se le había quedado frío, así que lo apartó con la mano. Un momento después hizo lo mismo con el periódico. Le habría gustado saber más acerca del asesino y de las víctimas, conocer todos los detalles. Entonces recordó ese viejo dicho: «Ten cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad». Echó un vistazo al reloj y se levantó de la mesa. No había tiempo para comerse el coco con una noticia del periódico. Tenía que atender a sus pacientes.
  • 34. El otoño es la estación en que las ciudades del este de Estados Unidos disfrutan de su máximo esplendor. En verano son un horno, y en invierno se paralizan y se vuelven sombrías, pero el otoño les confiere cierta dignidad con su explosión de colores. Eran las dos de la madrugada de una fría noche de octubre, y Ben Paris se descubrió completamente despierto de repente. No merecía la pena preguntarse qué lo había
  • 35. despertado y alejado de ese interesante sueño en el que aparecían tres rubias. Se levantó, se acercó desnudo hasta el armario y palpó en busca de los cigarrillos. Veintidós, contó para sí. Encendió uno y dejó que el familiar sabor acre colmara su boca antes de ir a la cocina a preparar un café. Encendió únicamente el fluorescente del fogón y aguzó la vista a la caza de cucarachas. No vio nada sospechoso colándose entre las grietas. Prendió el fuego en que había puesto la cafetera y se quedó
  • 36. pensando en el buen resultado de la última desinsectación. Al coger la taza, tiró varias cartas de hacía un par de días que todavía no había abierto. A la fría luz de la cocina sus facciones se veían duras, incluso peligrosas. También es cierto que estaba pensando en un asesinato. Su cuerpo al desnudo, flexible y anguloso, era tan delgado que habría parecido esquelético sin las sutiles curvas de su musculatura. El café no le quitaría el sueño. Cuando tuviera la cabeza despejada, su cuerpo
  • 37. respondería sin vacilar. Las interminables noches de vigilancia policial lo habían entrenado para ello. Una gata esmirriada de color ceniciento saltó sobre la mesa y se quedó mirándolo mientras fumaba y bebía el café. Cuando se percató de que estaba distraído, la gata dio por perdida su ración de leche nocturna y empezó a asearse. El caso no había avanzado nada desde el descubrimiento del primer cadáver. Y cualquier atisbo de pista se había esfumado tras las primeras pesquisas. Un callejón sin salida,
  • 38. pensó Ben. Cero. Nada. Como cabía esperar, se produjeron cinco confesiones en un solo mes. Todas ellas a cargo de perturbados con ansias de protagonismo. Habían transcurrido veintiséis días desde el segundo asesinato y no tenían nada. Y Ben sabía que cada día que pasaba el rastro era más difícil de seguir. Cuando la prensa dejaba de dedicar atención a un caso el personal empezaba a relajarse. No le hacía ninguna gracia. Encendió otro cigarrillo con la colilla del primero y
  • 39. pensó en la calma que precede a la tempestad. Contempló la fría noche iluminada por una media luna y se quedó allí, obnubilado. El Doug’s estaba a unos ocho kilómetros del apartamento de Ben. Ya habían apagado las luces del pequeño club, los músicos se habían marchado y el suelo estaba fregado. Francie Bowers salió por la puerta de atrás y se puso el jersey. Le dolían los pies. Sus dedos parecían querer salirse de las playeras
  • 40. después de seis horas soportando unos tacones de diez centímetros. Al menos las propinas habían merecido la pena. Una camarera de coctelería se pasaba todo el tiempo de pie, pero si tenía buenas piernas —y ella las tenía—, las propinas no tardaban en llegar. Se dijo que con un par de noches más como aquella podría pagar la entrada para ese pequeño Volkswagen. Y se despediría del engorro que suponía el autobús. No había nada que deseara más que ese coche. Francie sintió una pequeña
  • 41. punzada en el empeine. Hizo una mueca de dolor y miró en dirección al callejón. Le ahorraría casi quinientos metros, pero estaba oscuro. Avanzó un par de pasos hacia la farola hasta que se convenció. No pensaba caminar ni un paso más de lo necesario, por más oscuro que estuviera. Él la había estado esperando durante un buen rato; estaba seguro de que ella aparecería. La Voz le había anunciado la llegada de una de las descarriadas. Se dirigía hacia él a toda prisa, como si no pudiera
  • 42. esperar más para recibir la salvación. Hacía días que rezaba por ella, por la purificación de su alma. Tenía el momento del perdón casi al alcance de la mano. Él no era más que un instrumento. Empezó a sentir una presión en la cabeza que pronto se extendió al resto del cuerpo. Le pareció henchirse de poder. Rezó escondido entre las sombras hasta que la chica pasó ante él. Actuó con rapidez, ya que era misericordioso. Francie solo tuvo un instante de sobresalto antes de que él le apretara el amito
  • 43. fuertemente alrededor del cuello. Dejó escapar un hilillo de voz líquido al quedarse sin aire. Después, el terror se apoderó de ella y soltó el bolso de lona para aferrarse a la tela con ambas manos. A veces su poder era extraordinario y podía soltarlas con rapidez. Sin embargo, el mal que habitaba en aquella mujer suponía un desafío. La chica se agarraba a la seda y tiraba de sus guantes con mucha fuerza. Al ver que oponía resistencia la levantó a pulso, pero ella continuó forcejeando. Uno de sus
  • 44. pies alcanzó una lata y la hizo rodar por el suelo. El sonido retumbó en su cabeza hasta que estuvo a punto de gritar para silenciarlo. Luego el cuerpo de la mujer quedó exánime y el viento de otoño secó las lágrimas que brotaron de sus ojos. Reposó su cuerpo con cuidado sobre el asfalto y le dio la absolución en la antigua lengua. Dejó una nota enganchada a su jersey y la bendijo. Ahora ella estaba en paz. Y también él, al menos por el momento.
  • 45. —No hace falta que nos matemos por el camino —dijo Ed con voz serena al ver que Ben cogía la curva a ochenta por hora con el Mustang—. La chica ya está muerta. Ben puso segunda y tomó la siguiente calle a la derecha. —Fuiste tú quien destrozó el último coche. Mi último coche — añadió sin mala intención—. Solo tenía ciento veinte mil kilómetros. —Aquello era una persecución a toda velocidad —masculló Ed. El Mustang se tambaleó al pasar por un bache, y Ben recordó su intención de
  • 46. revisar la suspensión—. Y no nos matamos. —Contusiones y magulladuras — repuso él, saltándose un semáforo en ámbar y metiendo la tercera marcha —. Contusiones y magulladuras múltiples. Ed sonrió al recordarlo. —Pero los cogimos, ¿no? —Estaban inconscientes. —Ben frenó en seco junto a la acera y se metió las llaves en el bolsillo—. Y tuvieron que ponerme cinco puntos en el brazo. —Quejas, quejas y más quejas.
  • 47. Ed salió del coche bostezando y se quedó de pie en medio de la acera. Apenas había amanecido y hacía tanto frío que sacaban vaho por la boca, pero ya había gente congregada alrededor de la escena. Ben se ajustó el cuello de la chaqueta con unas ganas enormes de tomarse un café y se abrió paso entre los curiosos para llegar hasta el cordón policial del callejón. —Qué ruin. Ben saludó al fotógrafo de la policía con la cabeza y echó un vistazo a la víctima número tres.
  • 48. Según sus cálculos, tendría entre veintiséis y veintiocho años. Llevaba un jersey de poliéster barato y las suelas de sus playeras estaban tan gastadas que no se veía el dibujo. De sus orejas colgaban unos pendientes bañados en oro. El maquillaje bajo el que se ocultaba su rostro no concordaba con el jersey de grandes almacenes y los pantalones de pana. Ben encendió el segundo cigarrillo del día y escuchó el resumen del policía de uniforme que lo acompañaba. —Un vagabundo la encontró. Lo
  • 49. hemos metido en un coche patrulla hasta que se le pase la borrachera. Al parecer estaba rebuscando en las basuras cuando la vio. Salió corriendo del callejón cagado de miedo y por poco no se mete debajo de mi coche. Ben asintió mientras contemplaba la perfecta caligrafía de la nota enganchada al pecho del cadáver. Sintió una furia y una frustración tan arrebatadoras que cuando empezó a aceptarlo apenas si pudo darse cuenta. Se agachó y recogió el desmesurado bolso de lona que la
  • 50. chica había tirado al suelo. Un puñado de billetes de autobús emergía de él. Tenía un largo día por delante. Seis horas más tarde llegaron a la comisaría. El departamento de Homicidios no tenía el sórdido atractivo de Antivicio, pero estaba casi tan limpio y ordenado como una comisaría de barrio residencial. Hacía dos años que lo habían pintado de un color que Ben calificó como beige de apartamento. Las baldosas
  • 51. del suelo sudaban en verano y mantenían el frío en invierno. Por más que los bedeles se esmerasen con el ambientador de pino y pasaran el paño, las salas seguían oliendo a humo estancado, filtros de café y sudor diario. Es cierto que habían hecho un bote y encargado a uno de los detectives que comprase plantas para poner en los antepechos de las ventanas. No habían muerto, pero tampoco florecían. Ben pasó por delante de un escritorio y saludó al detective Lou Roderick, que estaba escribiendo un
  • 52. informe. Se trataba de un policía que se tomaba los casos con mucha seriedad, como un contable que revisa los impuestos de su empresa. —Harris quiere verte —dijo Lou consiguiendo mostrar comprensión sin levantar la vista del papel—. Acaba de salir de una reunión con el alcalde. Y creo que Lowenstein tiene un mensaje para ti. —Gracias. —Ben vio que Roderick tenía una barrita de Sneakers en el escritorio—. Oye, Lou... —Ni lo pienses —contestó
  • 53. Roderick, siguiendo con su informe sin perder el ritmo. —Menudo compañerismo — murmuró Ben, y fue a ver a Lowenstein. Se quedó pensando en lo diferentes que eran esos dos policías. Ella trabajaba a base de arrebatos, de manera intermitente, y estaba más cómoda en la calle que delante del escritorio. Ben respetaba la precisión en el trabajo de Lou, pero si tenían que cubrirle las espaldas prefería a Lowenstein, una mujer a quien le resultaba imposible ocultar
  • 54. que tenía las mejores piernas del cuerpo de policía, ya fuera de traje o con vestido. Ben les echó un vistazo antes de sentarse en una esquina de su escritorio. Qué lástima que esté casada, pensó. Se quedó jugueteando con los papeles del escritorio mientras esperaba a que terminara de hablar por teléfono. —¿Cómo va eso, Lowenstein? —El triturador de basura de mi cocina vomita comida y el fontanero me pide trescientos dólares, pero no pasa nada, porque mi marido va a
  • 55. arreglarlo. —Puso un folio en la máquina de escribir—. Así solo acabará costándonos el doble. ¿Y tú, qué tal? —Le dio un manotazo para evitar que le quitara la lata de Pepsi que tenía sobre el escritorio—. ¿Hay algo nuevo sobre el cura? —Un cadáver —dijo sin que pareciera afectarle realmente—. ¿Has ido alguna vez a Doug’s, ese sitio que hay junto al canal? —No tengo una vida social tan ajetreada como la tuya, Paris. Ben resopló y cogió la enorme taza que hacía de lapicero.
  • 56. —Trabajaba de camarera en una coctelería. Veintisiete años. —No dejes que te afecte. No sirve de nada —murmuró Lowenstein, que le pasó la Pepsi al ver la cara que ponía. Un asesinato siempre acababa afectando—. Harris quiere veros a Ed y a ti. —Sí, ya lo sé. —Le dio un largo trago, dejando que la cafeína y el azúcar se mezclaran en su cuerpo—. ¿No te han dejado un mensaje para mí? —Ah, sí. —Puso una sonrisa socarrona y rebuscó entre sus
  • 57. papeles hasta que encontró la nota—. Te ha llamado Bunny. —Al ver que no reaccionaba ante el tono agudo y aterciopelado de su voz lo miró alzando una ceja y le dio la nota—. Quería saber a qué hora la recogerás. Parecía toda una monada, Paris. Ben se metió la nota en el bolsillo y sonrió. —Es toda una monada, Lowenstein, pero la dejaría al momento si quisieras ponerle los cuernos a tu marido. Lowenstein vio que se iba sin devolverle la lata, rió y siguió con la
  • 58. redacción del informe. —Han puesto mi piso en venta. — Ed colgó el teléfono y echó a caminar junto a Ben hasta el despacho de Harris—. Cincuenta mil dólares. Por Dios bendito. —Las cañerías están mal. —Ben bebió el resto de la Pepsi y la tiró a una papelera. —Sí. ¿Hay algún piso libre en tu bloque? —El que sale de allí lo hace con los pies por delante. A través del grueso cristal de su despacho se veía al comisario Harris
  • 59. hablar por teléfono. Se conservaba bien para ser un hombre de cincuenta y siete años que había pasado los últimos diez detrás de un escritorio. Su fuerza de voluntad le obligaba a correr para engordar. Su primer matrimonio había sucumbido por culpa del trabajo; el segundo por culpa de la bebida. Ahora Harris se había desembarazado de sus mujeres y del alcohol y se dedicaba exclusivamente al trabajo. No todos los policías de su comisaría le tenían aprecio, pero sí lo respetaban. A Harris le gustaba que fuera así. Alzó
  • 60. la vista y les hizo señas para que entraran. —Quiero los informes del laboratorio antes de las cinco. Quiero saber de dónde ha salido hasta la última pelusa de ese jersey. Haced vuestro trabajo. Y dadme algo con lo que yo pueda hacer el mío. — Colgó el teléfono, se volvió hacia la cafetera y se sirvió un poco de café. Habían pasado cinco años y todavía deseaba que fuera whisky—. Contadme algo de Francie Bowers. —Llevaba trabajando casi un año en Doug’s. Vino a la ciudad de
  • 61. Washington desde Virginia en noviembre. Vivía sola en un apartamento de la zona noroeste. — Ed cambió el pie de apoyo y repasó sus notas—. Se casó dos veces y ninguno de ambos matrimonios duró más de un año. Estamos investigando a sus dos ex. Trabajaba por la noche y dormía durante el día, así que los vecinos no sabían mucho de ella. Salía del trabajo a la una de la madrugada. Parece que atajó por el callejón para llegar a la parada de autobús. No tenía coche. —Nadie oyó nada —añadió Ben
  • 62. —. Ni vio nada. —Preguntad de nuevo —dijo Harris simplemente—. Y encontradme a alguien que oyera o viera algo. ¿Algún dato más acerca de la número uno? Ben se metió las manos en los bolsillos, disgustado con la idea de que se nombrara a las víctimas por el número. —El novio de Carla Johnson está en Los Ángeles. Tiene un papel secundario en un culebrón. Está limpio. Parece ser que la chica tuvo una discusión con uno de los
  • 63. estudiantes el día antes de que la mataran. Los testigos dicen que la cosa se puso muy caliente. —El chico lo admitió —continuó Ed—. Habían salido un par de veces y ella no quería verlo más. —¿Coartada? —Dice que se emborrachó y se enrolló con una estudiante de primero. —Ben se sentó en el reposabrazos de una silla, encogiéndose de hombros—. Están prometidos. Podemos hacerle venir otra vez, pero no creemos que tenga algo que ver en esto. No hay nada
  • 64. que lo relacione con Clayton, ni con Bowers. Cuando revisamos su historial vimos que era el típico chaval americano de familia bien. Un fiera del atletismo. Pensaría antes en Ed como psicópata que en ese universitario. —Gracias, compañero. —Bueno, investigadlo de nuevo de todas formas. ¿Cómo se llama? —Robert Lawrence Dors. Tiene un Honda y viste con polos de hilo. —Ben sacó un cigarrillo—. Mocasines blancos sin calcetines. —Roderick puede traerlo.
  • 65. —Un momento... —Voy a asignar un destacamento especial para este caso —dijo Harris parándole los pies a Ben y sirviéndose otra taza de café—. Roderick, Lowenstein y Bigsby trabajarán con vosotros. Quiero que me traigáis a ese tipo antes de que mate a la próxima chica que se le cruce caminando sola por la calle. — El tono de su voz era sereno, razonable y resolutivo—. ¿Tienes algún problema con eso? Ben se acercó hasta la ventana y miró afuera. Era algo personal y ya
  • 66. sabía a lo que se avenía. —No, todos queremos cogerlo. —Incluido el alcalde —añadió Harris con la pizca justa de acritud —. Quiere tener algo positivo que dar a la prensa para finales de semana. Hemos llamado a una psiquiatra para que nos haga el perfil. —¿Una loquera? —Ben se dio la vuelta, a punto de echarse a reír—. Venga ya, comisario. A él tampoco le hacía ninguna gracia, así que habló con frialdad. —La doctora Court ha accedido a
  • 67. cooperar con nosotros, a petición del alcalde. No sabemos qué aspecto tiene el asesino. Tal vez vaya siendo hora de que averigüemos su forma de pensar. Llegados a este punto — precisó mirándolos a ambos a los ojos—, estoy dispuesto a consultar incluso una bola de cristal, si nos da alguna pista. Volved a las cuatro. Ben se disponía a añadir algo, pero captó la advertencia que Ed le hacía con la mirada. Salieron sin decir más. —Tal vez sería mejor llamar a una vidente —murmuró Ben.
  • 68. —Qué cerrado eres. —Soy realista. —La mente humana es un misterio fascinante. —¿Ya has estado leyendo otra vez? —Y los que saben comprenderla pueden abrir puertas contra las que los profanos no hacen más que golpearse. Ben suspiró y tiró el cigarrillo al suelo del aparcamiento mientras salían de la comisaría. —Mierda.
  • 69. —Mierda —dijo Tess al mirar por la ventana de su despacho. Había dos cosas que no tenía ganas de hacer en ese momento. La primera era luchar contra el tráfico bajo esa lluvia fría y desagradable que empezaba a caer. La segunda verse involucrada en la cadena de homicidios que asolaba la ciudad. Tendría que enfrentarse a lo primero, porque el alcalde y su abuelo la habían presionado para que hiciera lo segundo. Ya tenía suficientes casos en la
  • 70. cartera. Con un poco de tacto podría haberse negado a ayudar al alcalde y hacerle ver que lo lamentaba mucho. Pero su abuelo era otra historia. Cuando estaba con él, nunca se sentía como la doctora Teresa Court. Después de cinco minutos de conversación, su cuerpo dejaba de ser el de una mujer de un metro sesenta con un título universitario enmarcado en negro a sus espaldas. Volvía a ser esa niña flacucha de doce años, abrumada por la personalidad del hombre a quien más quería en el mundo.
  • 71. ¿Acaso no era cierto que había conseguido ese diploma enmarcado en negro gracias a él? Gracias a su confianza, pensó, gracias a su apoyo, a su ilimitada capacidad para creer en ella. ¿Cómo iba a negarse a poner su talento a su servicio? Porque para manejar su extensa lista de pacientes necesitaba al menos diez horas diarias. Tal vez había llegado el momento de ser menos obstinada y buscarse un compañero de trabajo. Tess echó un vistazo en torno a su consulta de tonos pasteles, con esas antigüedades y acuarelas que había
  • 72. escogido a conciencia. Suyas, se dijo. Todas y cada una. Y entonces miró el alto archivador de roble de los años veinte. Estaba hasta los topes de historiales de pacientes. También esos eran suyos. No, no pensaba trabajar con ningún compañero. Le faltaba un año para cumplir los treinta. Tenía sus propias prácticas, su propia consulta y sus propios problemas. Y así era exactamente como quería que continuase. Sacó del armario su gabardina forrada de visón y se la enfundó. Y
  • 73. sí, por qué no, tal vez ayudara a la policía a encontrar a ese hombre que salía todos los días en los titulares de los periódicos. Podía ayudarlos a encontrarlo y detenerlo y, como recompensa, él recibiría la ayuda que necesitaba. Cogió su bolso y el maletín, atiborrado de casos que tenía que solucionar esa misma tarde. —Kate —dijo Tess cuando salió al recibidor, subiéndose el cuello del abrigo—, voy a ver al comisario Harris. No pases ninguna llamada, a no ser que sea urgente.
  • 74. —Debería ponerse un gorro — contestó la recepcionista. —Tengo uno en el coche. Nos vemos mañana. —Cuidado con la carretera. Tess, que ya pensaba en otra cosa, salió por la puerta buscando las llaves del coche. Podía comprar comida china para llevar camino de casa y cenar algo tranquilamente antes de... —¡Tess! Un paso más y habría llegado al ascensor. Tess se volvió y logró esbozar una sonrisa mientras
  • 75. maldecía para sí. —Frank. Había conseguido evitarlo durante casi diez días. —Vaya, señorita. No hay quien te pille —dijo dirigiéndose hacia ella. Impecable. Esa era la palabra que le venía a la mente cuando veía al doctor F. R. Fuller. E inmediatamente después: aburrido. Llevaba un traje gris perla de Brook Brothers con una corbata a rayas que tenía trazos de esa tonalidad y del rosa bebé de su camisa Arrow. El peinado era perfecto y de estilo
  • 76. conservador. Tess intentó con todas sus fuerzas que no se le borrara la sonrisa. Frank no tenía la culpa de que a ella no le gustara la perfección. —He estado liada. —Pues ya sabes lo que dicen de trabajar tanto, Tess. Apretó los dientes para evitar responderle: «No, ¿qué dicen?», consciente de que él simplemente reiría y le soltaría el resto del cliché. —Tendré que arriesgarme. Apretó el botón del ascensor y suplicó que llegara pronto. —Pero hoy sales antes.
  • 77. —Tengo cita fuera de la consulta. Tess miró la hora unos segundos. Tenía tiempo. —Ya voy tarde —mintió sin reparos. —He tratado de ponerme en contacto contigo. —Frank puso la palma de la mano contra la pared y se inclinó sobre ella. Otro de esos hábitos que a Tess le parecían detestables—. Cualquiera diría que tenemos la consulta puerta con puerta. ¿Dónde diablos estaba el ascensor cuando una lo necesitaba?
  • 78. —Ya sabes lo difícil que es compaginar la agenda, Frank. —Por supuesto que lo sé. —Le mostró su sonrisa de anuncio de dentífricos, y Tess se preguntó si creería que su perfume la ponía caliente—. Pero todos necesitamos relajarnos de vez en cuando, ¿verdad, doctora? —Cada uno a su modo. —Tengo entradas para la obra de Noel Coward que hacen en el Kennedy Center mañana por la noche. ¿Por qué no nos relajamos juntos?
  • 79. La última vez, la única, que había accedido a relajarse con él tuvo suerte de escapar con la ropa puesta. Y lo que era peor, se dijo Tess, el preámbulo a ese tira y afloja fueron tres horas de aburrimiento mortal. —Es todo un detalle que pienses en mí, Frank —mintió de nuevo sin dudar—. Me temo que ya tengo plan para mañana. —¿Por qué no hacemos...? Las puertas del ascensor se abrieron. —Lo siento, llego tarde —dijo con una sonrisa desenfadada al
  • 80. tiempo que entraba—. No trabajes demasiado, Frank. Ya sabes lo que dicen del trabajo. El tráfico y la lluvia le hicieron emplear casi todo el tiempo que le quedaba conduciendo hasta la comisaría. Lo curioso era que, aunque había pasado media hora bregando con la carretera, estaba de buen humor. Tal vez fuera porque había escapado de Frank sin problemas. Si hubiera tenido agallas, le habría dicho simplemente que era un capullo, y ahí se acabaría la historia. Pero Tess continuaría
  • 81. usando el tacto y las excusas hasta que se cansara de verse acorralada. Cogió un sombrero de felpa del asiento de atrás y se recogió el pelo. Se miró en el retrovisor y arrugó la nariz. No tenía sentido arreglarse más. Con esa lluvia sería una pérdida de tiempo. Además, seguramente habría un lavabo de señoras donde hurgar en su bolso de los mil trucos, y podría salir de él con un aspecto digno y profesional. Por el momento lo único que conseguiría sería que la vieran empapada. Tess abrió la puerta del coche,
  • 82. cogió el sombrero con la otra mano y salió corriendo hacia la comisaría. —Mira eso. —Ben detuvo a su compañero en la escalera de entrada. Se quedaron mirando cómo Tess saltaba entre los charcos, ajenos a la lluvia. —Bonitas piernas —comentó Ed. —Joder. Son mejores que las de Lowenstein. —Puede —dijo Ed pensándolo un momento—. Es difícil decirlo con la lluvia. Tess, que seguía corriendo con la cabeza gacha, subió los escalones
  • 83. apresuradamente y chocó contra Ben. La oyó maldecir justo antes de que la tomara por los hombros y la apartara un poco para verle bien la cara. Merecía la pena mojarse por ella. Elegancia. Eso fue lo primero que vino a la mente de Ben, a pesar de verla chorreando de agua. Tenía unos pómulos marcados y afilados que le hacían pensar en las doncellas vikingas. Su boca, suave y húmeda, le recordaba otras cosas. Era de piel pálida, con el toque justo de rubor. Pero fueron sus ojos los que le hicieron olvidar el chiste fácil que
  • 84. estaba a punto de hacer: grandes, de mirada fría, solo un poco enojados. Y violetas. Ben pensaba que ese color le estaba reservado únicamente a Elizabeth Taylor y a las flores silvestres. —Perdón —consiguió decir Tess cuando recuperó el aliento—. No le había visto. —Ya. —Ben quería seguir mirándola, pero logró recuperar la compostura. Tenía una reputación mítica con las mujeres. Exagerada, pero basada en hechos—. No me extraña, corriendo a tal velocidad.
  • 85. —Le gustaba sentirla en sus manos mientras veía cómo la lluvia mojaba sus párpados—. Podría encerrarla por agresión a un agente de policía. —La señorita se está mojando — dijo Ed. Hasta ese momento Tess solo se había percatado de la presencia del hombre que la sujetaba y la miraba como si acabara de salir de una nube de humo. Tuvo que obligarse a desviar la mirada y luego a alzar la vista. Se encontró con un hombretón empapado de ojos azules risueños y una mata de pelo rojizo chorreante de
  • 86. agua. ¿Dónde estaba, en una comisaría de policía o en un cuento de hadas? Ben abrió la puerta, pero siguió sujetándola con una mano. Aunque la dejaría pasar, no tenía intención de dejarla escapar. Todavía no. Una vez en el interior Tess volvió a fijarse en Ed, se convenció de que era real, y miró a Ben. También él lo era. Y seguía agarrándola por el brazo. Arqueó una ceja, divertida con la situación. —Agente, le advierto que si me arresta por agresión presentaré
  • 87. cargos por brutalidad policial. — Cuando lo vio sonreír algo se agitó en su interior. Vaya, pensó, no era tan inofensivo como parecía en un principio—. Ahora, si me disculpan... —Olvide lo de la denuncia —dijo Ben todavía con la mano en su brazo —. Si necesita que le retiren una multa... —Sargento... —Detective —la corrigió—. Ben. —Detective, tal vez le tome la palabra en otra ocasión, pero ahora mismo llego tarde. Si quiere usted
  • 88. ser de ayuda... —Soy un empleado público. —Entonces podrá soltarme el brazo y decirme dónde puedo encontrar al comisario Harris. —¿El comisario Harris? ¿De Homicidios? Tess advirtió su reacción de sorpresa y recelo, y también que liberaba su brazo. Intrigada, se quitó el sombrero y lo miró de medio lado. Su melena rubia platino le cayó sobre los hombros. —Exactamente. Ben contempló el movimiento de
  • 89. sus cabellos antes de mirarla a la cara de nuevo. No le cuadraba. Y las cosas que no cuadraban le resultaban sospechosas. —¿Doctora Court? Siempre es difícil contestar con gracia a la grosería y al cinismo. Tess ni se preocupó por intentarlo. —Acierta de nuevo, detective. —¿Una loquera? —¿Un madero? —preguntó ella, devolviéndole la mirada de estupor. Probablemente si Ed no hubiera prorrumpido en una carcajada, cualquiera de los dos habría añadido
  • 90. algo cercano al improperio. —Fin del primer asalto —dijo Ed tranquilamente—. El despacho de Harris es un rincón neutral. Esa vez fue él quien la agarró del brazo y le mostró el camino.
  • 91. 2 Ben y Ed acompañaron a Tess a través de los pasillos, uno a cada lado. De vez en cuando se oían gritos, o puertas que se abrían y se cerraban de golpe. Los teléfonos sonaban en todas partes al unísono; parecía que nadie los atendiera. Y para darle un toque más lúgubre, la
  • 92. lluvia repicaba contra los cristales. Un hombre en mangas de camisa y con mono de trabajador secaba con una fregona un charco que había en el suelo. Un fuerte olor a desinfectante y a humedad impregnaba el aire. No era la primera vez que estaba en una comisaría de policía, pero sí la primera que se sentía tan intimidada. Ignoró a Ben y se centró en su compañero. —¿Siempre vais juntos a todas partes? El simpático Ed sonrió. Le encantaba la voz de Tess porque
  • 93. sonaba grave y refrescaba como un sorbete en una calurosa tarde de domingo. —Al comisario le gusta tenerlo vigilado. —Me lo creo. Ben giró bruscamente hacia la izquierda. —Por aquí, doctora. Tess lo miró de reojo y lo adelantó. Él olía a lluvia y a jabón. Al entrar en las oficinas vio que dos hombres se llevaban a un adolescente esposado. Había una mujer sentada en una esquina que lloraba en
  • 94. silencio y que sostenía una taza con las dos manos. Desde el vestíbulo llegaban ruidos de discusiones. —Bienvenida a la realidad —dijo Ben al tiempo que alguien vociferaba insultos. Tess se quedó mirándolo fijamente durante un buen rato y decidió que era un payaso. ¿Qué pensaba, que había ido a tomar té con pastas? Aquello era una fiesta de cumpleaños comparado con la clínica en la que prestaba servicios una vez a la semana. —Gracias, detective...
  • 95. —Paris. —Algo en su interior le decía que se burlaba de él—. Ben Paris, doctora Court. Este es mi compañero, Ed Jackson. —Sacó un cigarrillo y lo encendió mientras observaba sus movimientos. En el interior de aquella lóbrega comisaría se la veía tan fuera de lugar como una rosa entre un montón de basura. Pero eso era asunto de ella—. Trabajaremos con usted. —Qué bien —dijo Tess al tiempo que pasaba ante él esbozando la sonrisa que reservaba para los dependientes impertinentes.
  • 96. Ben abrió la puerta antes de que ella pudiera llamar. —Comisario... —Esperó a que Harris despejara los papeles de la mesa y se levantara—. Le presento a la doctora Court. Harris no esperaba que fuera mujer, y mucho menos tan joven. Pero ya había tenido a sus órdenes a suficientes mujeres, entre ellas bastantes agentes novatas, así que la sorpresa no le duró mucho. El alcalde la había recomendado. Había insistido en que contaran con ella, se corrigió Harris. Y el alcalde, por
  • 97. más que lo incordiara, era un hombre inteligente que cometía pocos errores. —Doctora Court. —Le tendió una mano descubriendo que las de ella eran suaves pero firmes—. Me alegra que haya venido. Tess no estaba muy convencida de que aquello fuera cierto, pero no era la primera vez que se encontraba en esa tesitura. —Espero poder ayudarles. —Siéntese, por favor. Al quitarse el abrigo notó unas manos en los brazos. Volvió la vista
  • 98. y vio que Ben estaba detrás de ella. —Bonito abrigo, doctora —dijo acariciando el forro del guardapolvos mientras la ayudaba a quitárselo—. Debe de sacar bastante con esas sesiones de cincuenta minutos. —Nada me divierte más que timar a mis pacientes —respondió ella en el mismo tono de voz susurrado. Estúpido arrogante, pensó mientras se sentaba. —Es probable que a la doctora Court le apetezca un café —apuntó Ed. Campechano como era, dirigió
  • 99. una amplia sonrisa a su compañero —. Parece que se ha mojado por el camino. Tess se vio obligada a devolverle la sonrisa al advertir el brillo de sus ojos. —Si pudieran traerme un café, sería genial. Solo. Harris miró el poso que había quedado en la cafetera y cogió el teléfono. —Roderick, traiga café. Cuatro. No, tres —dijo Harris, corrigiéndose al mirar a Ed. —Si hay agua caliente...
  • 100. Ed se llevó la mano al bolsillo y sacó una infusión en una bolsita. —Y una taza de agua caliente — añadió, torciendo el gesto en una especie de sonrisa—. Sí, es para Jackson. Doctora Court... —El comisario no sabía qué le parecía tan divertido a la psiquiatra, pero supuso que tenía que ver con sus dos hombres. Mejor sería que entraran en faena cuanto antes—. Agradeceremos enormemente cualquier ayuda que pueda ofrecernos. Contará con todo nuestro apoyo para ello. —Lo dijo mirando a Ben, a modo de
  • 101. advertencia—. ¿La han informado brevemente acerca de lo que necesitamos? Tess pensó en la reunión de dos horas con el alcalde y en la montaña de papeles que le había dado para llevarse a casa. Aquello era cualquier cosa menos breve. —Sí. Necesitan un perfil psicológico del asesino al que llaman el Sacerdote. Quieren una opinión experta y fundamentada de sus razones para matar y su modus operandi. Quieren saber quién es emocionalmente, cómo piensa, qué
  • 102. siente. Con los datos que tengo y los que me entregarán, podré darles una opinión... una opinión —recalcó— de quién es psicológicamente, cómo y por qué actúa de esa manera. Tal vez esa información sirva de ayuda para su detención. Así que no prometía milagros. Eso relajó a Harris. Miró de reojo y vio que Ben la observaba fijamente y que jugueteaba con su gabardina. —Siéntese, Paris —dijo secamente—. ¿El alcalde le ha dado alguna información? —preguntó a la psiquiatra.
  • 103. —Unos datos. Empecé a trabajar anoche en ello. —También querrá echar un vistazo a los informes. Harris cogió una carpeta de su escritorio y se la entregó. —Gracias. Tess sacó unas gafas de pasta de su bolso y abrió la carpeta. Una psiquiatra, se dijo Ben una vez más, observando su perfil. Le habría parecido más adecuado imaginarla como jefa de animadoras de un equipo de fútbol universitario. O tomándose un coñac en el
  • 104. Mayflower. No estaba muy seguro de por qué ambas imágenes le parecían válidas para ella, pero así era. La que no le encajaba era la de especialista en enfermedades mentales. Las psiquiatras eran altas, delgadas y paliduchas, de mirada serena, voz serena, manos serenas. Recordó al psiquiatra que su hermano había visitado durante tres años tras regresar de Vietnam. Josh se marchó siendo un joven idealista con un estado de salud inmejorable. Pero volvió a casa como un hombre trastornado y muy conflictivo. El
  • 105. psiquiatra lo había ayudado. O al menos eso parecía; eso decían todos, incluido él mismo. Hasta que cogió su revólver reglamentario y acabó de un tiro con cualquier oportunidad que le quedara en vida. El psiquiatra lo llamó «trastorno por estrés postraumático». Hasta aquel momento Ben no se había percatado de cuánto odiaba que pusieran etiquetas a la gente. Roderick entró con el café, consiguiendo que no se advirtiera su enfado por hacer de recadero. —¿Están aquí ya los chavales de
  • 106. Dors? —le preguntó Harris. —En eso estaba. —Mañana, a primera hora, Paris y Jackson les pondrán al día a usted, a Lowenstein y a Bigsby. Harris inclinó la cabeza a modo de despedida y echó tres cucharadas de azúcar en su café. Ed hizo una mueca de disgusto desde el otro lado de la habitación. —¿He de asumir que el asesino tiene una fuerza desmesurada? — preguntó Tess, aceptando la taza de café sin levantar la vista de los informes.
  • 107. Ben sacó un cigarrillo y se lo quedó mirando. —¿Por qué? Tess se bajó un poco las gafas en un gesto que había visto a un catedrático de la universidad. Su intención era amedrentar al interlocutor. —No presentaban hematomas, ni ninguna otra señal de violencia, aparte de las marcas de estrangulamiento. La ropa estaba en perfectas condiciones y no había signos de forcejeo. Ben ignoró el café y se centró en
  • 108. el cigarrillo. —Ninguna de las víctimas era especialmente corpulenta. Barbara Clayton, la más grande, medía uno sesenta y dos, y pesaba cincuenta y cuatro kilos. —El terror y la adrenalina te hacen sacar fuerzas sobrehumanas — repuso Tess—. Según los informes, el asesino coge a las víctimas por sorpresa, por la espalda. —Deducimos eso por la localización y el ángulo de los hematomas. —Creo que hasta ahí llego —dijo
  • 109. ella en un tono de suficiencia y recolocándose las gafas. No era tan sencillo desmoralizar a un zoquete —. Ninguna de las víctimas pudo arañarle la cara, ya que en ese caso habrían encontrado células de su tejido en las uñas. ¿Me equivoco? — Se volvió hacia Ed deliberadamente, sin darle a Ben tiempo a contestar—. Así que es lo bastante inteligente para evitar marcas comprometedoras. No da la impresión de que asesine esporádicamente, sino que lo planea todo de una manera ordenada,
  • 110. incluso lógica. La ropa de las víctimas —continuó— ¿estaba en desorden, o desabrochada? ¿Había costuras rotas? ¿Les quitaron los zapatos? Ed negó con la cabeza, admirando su forma de investigar cada detalle. —No, señora. Las tres iban hechas un pincel. —¿Y el arma del homicidio, el amito? —Doblado sobre el pecho. —Un psicópata ordenado — agregó Ben. Tess simplemente arqueó una ceja.
  • 111. —Diagnostica usted muy rápido, detective Paris. Pero antes que «ordenado» yo usaría la palabra «respetuoso». Harris detuvo la réplica de Ben con solo levantar un dedo. —¿Puede explicarnos eso, doctora? —No puedo darles un perfil exhaustivo sin estudiar un poco más el caso, comisario, pero creo que podré hacerles un esbozo general. Es obvio que el asesino es un fanático religioso y, por lo que intuyo, ha recibido instrucción en un seminario.
  • 112. —Así que ¿se inclina por la teoría del cura? Volvió a dirigirse a Ben. —Puede que el hombre haya pertenecido a una orden religiosa, que simplemente esté fascinado por la Iglesia o incluso que la tema como autoridad. El uso del amito es un símbolo, tanto para nosotros como para él, y hasta para sus víctimas. Podría usarlo como muestra de rebeldía, pero lo he descartado a la luz de las notas. Dado que las tres víctimas tienen la misma edad, es fácil pensar que representan a una
  • 113. figura femenina importante en su vida. Una madre, una esposa, una hermana. Una persona con la que tiene, o tuvo, un fuerte vínculo emocional. Tengo la sensación de que esa figura le falló en algún momento por algo referente a la Iglesia. —¿Un pecado? —preguntó Ben expulsando una nube de humo. Tal vez fuera un zoquete, pensó Tess, pero no era estúpido. —La definición de pecado es variable —dijo con frialdad—. Pero sí, se trata de un pecado a sus ojos,
  • 114. probablemente un pecado sexual. A Ben le repateaba ese análisis impersonal y templado. —Entonces ¿qué?¿La castiga a ella a través de otras mujeres? Tess captó el tono de burla de su voz y cerró la carpeta. —No. Las está salvando. Ben abrió la boca de nuevo y luego volvió a cerrarla. Aquello cuadraba a la perfección. —Eso es lo único que me queda absolutamente claro —dijo Tess mirando a Harris—. Está en esas notas, lo dice en todas ellas. Ese
  • 115. hombre se atribuye el papel de salvador. Al no haber signos de violencia, yo diría que no pretende castigarlas. Si lo hiciera por venganza, obraría de modo cruel y brutal, y querría que se dieran cuenta de lo que estaba a punto de sucederles. En lugar de eso, las mata lo antes posible, les arregla la ropa, coloca el amito sobre el pecho en un gesto de reverencia y deja una nota en la que declara que están salvadas. —Se quitó las gafas y les dio la vuelta, tocando las lentes—. No las viola. Puede que sea impotente, pero
  • 116. lo importante es que una agresión sexual significaría un pecado. Es posible, muy probable, que obtenga algún placer sexual del asesinato, pero el verdadero placer es espiritual. —Un fanático religioso —dijo Harris en voz baja. —Por dentro —dijo Tess—. A ojos de todos, seguramente se comporta con naturalidad durante largos períodos de tiempo. Hay intervalos de semanas entre un asesinato y otro, así que da la impresión de que posee cierto nivel
  • 117. de control. Es perfectamente posible que tenga un trabajo, que salga, que vaya a la iglesia. —La iglesia —dijo Ben, levantándose y paseando hasta la ventana. —Yo diría que con regularidad. Es su punto de apoyo. Si ese hombre no es un sacerdote, al menos actúa como tal en los asesinatos. Él piensa que está atendiendo a su rebaño. —Absolución —murmuró Ben—. La extremaunción. Tess entrecerró los ojos, intrigada. —Exacto.
  • 118. Ed, que no sabía mucho de la Iglesia, llevó la conversación a otro terreno. —¿Es un esquizofrénico? Tess se quedó mirando sus gafas con actitud circunspecta y negó con la cabeza. —Esquizofrénico, maníaco depresivo, doble personalidad. Estos términos se aplican muy a la ligera y tienden a generalizar. —No se percató de que Ben se había vuelto y la miraba fijamente. Guardó las gafas en su funda y las metió en el bolso—. Todo desequilibrio psíquico es un
  • 119. problema individual, y la única manera de comprender esos problemas y tratarlos es descubrir su origen. —Yo también prefiero trabajar con casos concretos —dijo Harris—. Pero la pregunta es inevitable en este. ¿Estamos ante un psicópata? El rostro de la doctora cambió sutilmente. Impaciencia, pensó Ben, al percatarse de la sutil línea que aparecía entre sus ojos y del rápido movimiento de su boca. La psiquiatra no tardó en recuperar su actitud profesional.
  • 120. —Si quiere un término general, psicopatía puede servirle. Significa trastorno mental. Ed se acarició la barba. —Así que es un loco. —La locura es un término legal, detective —repuso ella en un tono un tanto pedante al tiempo que recogía la carpeta y se levantaba—. Eso será de lo que hablarán cuando lo detengan y lo lleven a juicio. Comisario, tendré el perfil preparado en cuanto me sea posible. No me vendría mal echarles un vistazo a las notas que colocó en los cuerpos y al
  • 121. arma del asesinato. Harris, insatisfecho, se levantó. Quería más. A pesar de que ya debería estar escarmentado, le gustaba que hubiera A, B y C, y que los puntos estuvieran conectados por una línea. —El detective Paris le enseñará todo lo que hay que ver. Gracias, doctora Court. Le tendió una mano. —Por ahora tiene poco que agradecerme. ¿Detective Paris? —Por aquí mismo —dijo él, y le mostró el camino con un rápido
  • 122. movimiento de la cabeza. Ben la condujo de nuevo a través de los pasillos sin decir palabra, hasta que llegaron al punto de control donde tenían que firmar para poder examinar las pruebas. También ella permaneció en silencio mientras estudiaba las notas y su precisa y prolija caligrafía. Las letras no presentaban alteraciones y eran tan idénticas que prácticamente parecían fotocopias. Daba la impresión de que el hombre que las había escrito no lo había hecho en un estado de rabia ni desesperación. Más bien parecía
  • 123. estar en paz consigo mismo. Era paz lo que buscaba y también paz lo que, a su manera enrevesada, quería otorgar. —Blanco de pureza —murmuró tras examinar los amitos. Tal vez se tratara de un símbolo. Pero ¿para quién? Apartó la vista de aquellas notas. La estremecían más que la propia arma del asesino—. Por lo visto ese hombre cree tener una misión. Ben recordó la enfermiza frustración que había sentido tras cada asesinato, pero su voz sonó fría
  • 124. e indiferente. —Parece muy segura de sí misma, doctora. —¿Ah, sí? —Se dio la vuelta, lo observó un instante, ponderó las circunstancias y se dejó llevar por su instinto—. ¿A qué hora acaba su turno, detective? Ben inclinó un poco la cabeza, inseguro de sus movimientos. —Hace diez minutos. —Genial —dijo ella poniéndose el abrigo—. Entonces puede invitarme a una copa y contarme por qué odia tanto mi profesión, o por
  • 125. qué me odia a mí personalmente. Le doy mi palabra de que no lo psicoanalizaré. Tenía algo que resultaba provocador. Una belleza elegante y fresca, una voz poderosa y sofisticada. O tal vez fueran sus ojos, grandes y dulces. Ya lo pensaría más tarde. —¿Y no me cobrará? Tess rió y se guardó el sombrero en el bolsillo. —A lo mejor esa es la raíz del problema. —Tengo que ir a por el abrigo.
  • 126. En el camino de vuelta a las oficinas, ambos se preguntaron qué les empujaba a pasar parte de la tarde con alguien que demostraba no aceptarlos en el aspecto personal ni profesional. Pero el caso era que los dos se habían marcado el objetivo de imponerse al otro antes de que acabara el día. Ben cogió su abrigo y garabateó algo en el libro de registros. —Charlie, di a Ed que estaré ocupado ampliando miras con la doctora Court. —¿Has archivado la petición?
  • 127. Ben movió a Tess para usarla como escudo y se dirigió hacia la puerta. —¿Archivar? —Joder, Ben... —Mañana, en triplicado. Estaban ya cerca de la salida y no podían oírlo. —No le interesa mucho el papeleo, ¿eh? —dijo ella. Ben empujó la puerta y vio que el aguacero se había convertido en llovizna. —No es la parte más interesante del trabajo.
  • 128. —¿Y cuál es? La acompañó al coche, mirándola con aire de misterio. —Atrapar a los malos. Lo más curioso de todo era que le creía. Diez minutos después, Ben y Tess entraban en un bar de luces tenues en el que la música procedía de una máquina de discos y las copas no eran de garrafón. No se trataba de uno de los locales más distinguidos de Washington, pero tampoco de los más canallas. A Tess le pareció el típico sitio en el que los habituales
  • 129. se conocen y solo se aceptan nuevos clientes de tanto en tanto. Ben saludó al camarero con un gesto, le dijo algo en voz baja a la chica que servía los cócteles y encontró una mesa al fondo, donde la música se oía menos y la luz era más tenue incluso. La mesa cojeaba un poco. A Ben le bastó sentarse para relajarse. Estaba en su terreno y se sentía como pez en el agua. —¿Qué bebe? —preguntó esperando que la doctora pidiera un vino blanco con un bonito nombre
  • 130. francés o algo parecido. —Whisky, solo. —Stolichnaya —dijo él a la camarera sin dejar de observar a Tess—. Con hielo. —Esperó a que se dilatara el silencio unos diez segundos, veinte. Un silencio interesante, pensó, lleno de preguntas y de hostilidad velada. Por qué no comenzar con un golpe directo—. Tiene unos ojos increíbles. Tess sonrió y se arrellanó en la silla cómodamente. —No esperaba que dijera algo tan original.
  • 131. —Ed dice que sus piernas son bonitas. —Me sorprende que las viera desde lo alto de la escalera. Son ustedes muy distintos —observó—. Imagino que formarán un equipo impresionante. Pero dejemos eso a un lado, detective Paris. Quiero saber por qué desconfía tanto de mi profesión. —¿Por qué quiere saberlo? Tess dio un pequeño sorbo al whisky en cuanto se lo sirvieron y sintió calor en sitios a los que el café no había llegado.
  • 132. —Curiosidad. Deformación profesional. Al fin y al cabo, los dos trabajamos buscando respuestas, resolviendo rompecabezas. —¿Le parece que nuestros trabajos tienen algo en común? —Le entraban ganas de reír solo de pensarlo—. Polis y loqueros. —Puede que su trabajo me parezca tan desagradable como a usted el mío —dijo sin acritud—. Pero, mientras la gente no se adecue a lo que la sociedad clasifica como patrones de conducta normales, ambos seguirán siendo necesarios.
  • 133. —No me gustan las clasificaciones —respondió Ben inclinando su copa hacia atrás—. No me fío de una persona que se sienta ante un escritorio para examinar el cerebro de otra y luego encasilla su personalidad en un compartimiento. —Bueno. —Tess dio otro sorbo al whisky y le pareció que la música se transformaba en una melodía ensoñadora de Lionel Richie—. ¿Así clasifica usted a los psiquiatras? —Sí. Asintió. —Supongo que la suya también es
  • 134. una profesión bastante incomprendida. El peligro se reflejó un instante en los ojos de Ben, que volvieron a la normalidad con la misma rapidez. —En eso tiene razón, doctora. El único signo de emoción que mostró Tess fue tamborilear sobre la mesa con un dedo. Él tenía una capacidad asombrosa para la inmovilidad, algo de lo que se había percatado en el despacho de Harris. No obstante, transmitía cierto desasosiego. No era difícil percatarse de que hacía esfuerzos
  • 135. para que no se notara. —Muy bien, detective. ¿Por qué no se sincera conmigo? Ben le dio un par de vueltas al vodka y lo puso sobre la mesa sin beber de él. —De acuerdo. Tal vez la vea como alguien que revuelve entre la basura de amas de casa frustradas y ejecutivos aburridos. Todo se reduce al sexo o al odio a la madre. Responden a las preguntas con más preguntas y nunca se implican. Una vez transcurridos los cincuenta minutos siguen con el siguiente
  • 136. expediente. Cuando alguien necesita ayuda de verdad, cuando está desesperado, nadie se percata. Lo etiquetan, lo archivan y pasan al siguiente paciente. Tess no respondió nada inmediatamente, porque percibió el dolor oculto tras la ira de Ben. —Debió de ser una experiencia horrible —murmuró—. Lo siento. Ben se revolvió en su asiento, incómodo. —Nada de psicoanálisis —le recordó. Una horrible experiencia, volvió a
  • 137. pensar ella. Pero no era un hombre que quisiera comprensión. —Está bien. Mirémoslo desde otra perspectiva. Usted es detective de homicidios. Supongo que no hace otra cosa que conducir por callejones oscuros y pegar tiros. Esquiva un par de balas por la mañana, le pone las esposas a alguno a media tarde, le lee los derechos al sospechoso y lo encierra para que lo interroguen. ¿Se acerca lo suficiente mi descripción? Ben esbozó una sonrisa forzada. —Muy lista, ¿verdad? —Eso dicen.
  • 138. Él no era de los que juzgaban a los desconocidos a la ligera. Su sentido innato del juego limpio luchaba con unos prejuicios largo tiempo instalados. Hizo señas para que le trajeran otra copa. —¿Cuál es su nombre de pila? Estoy cansado de llamarla doctora Court. —El suyo es Ben —dijo con una sonrisa que hizo que él se fijara de nuevo en su boca—. Teresa. —No —dijo negando con la cabeza—. Así no es cómo la llaman. Teresa es demasiado común. Y Terry
  • 139. no tiene suficiente clase. Tess se inclinó hacia delante y apoyó la barbilla sobre las manos. —Puede que sea buen detective, al fin y al cabo. Me llaman Tess. —Tess —probó a decir lentamente, y después asintió—. Es bonito. Dime, Tess, ¿por qué psiquiatría? Se quedó observándolo un momento, admirando la soltura con la que se repantingaba en el asiento. No era una postura indolente, ni desmañada, sino simplemente relajada. Le daba envidia.
  • 140. —Curiosidad —repitió—. La mente humana está llena de preguntas sin contestar. Yo quería encontrar esas respuestas. A veces, si uno encuentra las respuestas, puede ayudar. Sanar las mentes y aliviar los corazones. Su respuesta lo conmovió. Pura simplicidad. —Aliviar los corazones —repitió pensando en su hermano. Nadie fue capaz de aliviar el suyo—. ¿Crees que curando una cosa se apacigua la otra? —Son lo mismo.
  • 141. Tess miró a una pareja detrás de Ben que reía a carcajadas mientras compartía un tanque de cerveza. —Yo creía que solo os pagaban por examinar la cabeza. Tess esbozó una media sonrisa, pero siguió mirando la escena de detrás. —La mente, el corazón y el alma. «¿No podéis dar medicina a un ánimo enfermo, arrancar de la memoria una tristeza arraigada, borrar las turbaciones escritas en el cerebro, y con algún dulce antídoto de olvido, despejar el pecho
  • 142. atascado con esa materia peligrosa que abruma el corazón?» Ben había alzado la vista para mirarla mientras hablaba. Aunque Tess seguía hablando en voz baja, él dejó de oír la máquina de discos, los ruidos y las carcajadas. —Macbeth. —Se encogió de hombros al ver que ella le sonreía—. Los polis también leemos. Tess alzó la copa a modo de brindis. —Tal vez tengamos que darnos otra oportunidad.
  • 143. Cuando volvieron al aparcamiento de la comisaría todavía lloviznaba. Las nubes habían hecho que oscureciera rápidamente, de modo que la luz de las farolas se reflejaba sobre los charcos, y las aceras estaban mojadas y desiertas. Washington era una ciudad madrugadora. Tess había esperado hasta ese momento para preguntarle algo que le había rondado por la cabeza durante toda la tarde. —Ben, ¿por qué te hiciste policía? —Ya te lo he dicho. Me gusta
  • 144. atrapar a los malos. Tess pensó que había algo de verdad en ello, pero eso no era todo. —Así que ¿jugabas a policías y ladrones de pequeño y decidiste seguir jugando? —Yo de pequeño jugaba a los médicos. —Aparcó junto al coche de Tess y puso el freno de mano—. Era más educativo. —Me lo creo. Y entonces ¿por qué pasaste a los servicios públicos? Ben podría haber dado una respuesta fácil y evadir la pregunta. Parte de su éxito con las mujeres se
  • 145. basaba en su habilidad para hacer ambas cosas con una sonrisa. Pero por alguna razón esa vez quería decir simplemente la verdad. —Está bien, ahora me toca a mí citar: «Sin la mano y la espada de los hombres las leyes no son más que papel y palabras». —Ben esbozó una media sonrisa y la descubrió observándolo tranquilamente—. No me entiendo bien con las palabras y el papel. —¿Y con la espada sí? —Exacto. —Se inclinó sobre ella para abrirle la puerta. Sus cuerpos se
  • 146. rozaron, pero ninguno de ellos fue consciente—. Creo en la justicia, Tess. Y eso es muchísimo más que papel y palabras. Se quedó un momento allí sentada, reflexionando. El detective irradiaba cierta violencia, ordenada y controlada. Tal vez la palabra exacta fuera «domesticada», pero era violencia de todos modos. No cabía duda de que había matado, algo que la educación y la personalidad de Tess rechazaban de manera absoluta. Había quitado vidas y expuesto la suya propia. Y creía en la ley y el
  • 147. orden. Del mismo modo que creía en la espada. No entraba en esa categoría de hombre simple que le había atribuido en un principio. No esperaba descubrir tanto en una sola tarde. Más que suficiente, se dijo, y decidió dejarlo ahí. —Bueno, gracias por la copa, detective. Ben bajó del coche al mismo tiempo que ella. —¿No tienes paraguas? Tess sonrió afablemente mientras buscaba las llaves del coche.
  • 148. —Nunca lo llevo cuando llueve. Ben se dirigió hacia ella con las manos en los bolsillos de atrás. Por alguna razón que no era capaz de precisar se negaba a dejarla ir. —Me pregunto lo que diría un loquero de eso. —Tú tampoco tienes paraguas. Buenas noches, Ben. Él sabía que Tess no era la mujer superficial, sofisticada y resabiada que él había imaginado. Sin darse cuenta, aguantó la puerta del coche hasta que ella se sentó en el asiento del conductor.
  • 149. —Tengo un amigo que trabaja en el Kennedy Center. Me ha dado un par de entradas para la obra de Noel Coward que hacen mañana por la noche. ¿Te interesa? Tenía en la punta de la lengua las palabras para negarse a ello educadamente. El aceite y el agua no mezclan bien. Y el placer y los negocios tampoco. —Sí, me interesa. Ben no sabía muy bien cómo tomarse que aceptara su proposición, así que simplemente asintió. —Te recogeré a las siete.
  • 150. Al ver que cerraba la puerta, Tess bajó la ventanilla. —¿No quieres mi dirección? La miró con una sonrisa de suficiencia que ella tendría que haber detestado. —Soy detective. Ben regresó a su coche y Tess se descubrió riendo. A las diez de la noche ya había dejado de llover. Tess, absorta en el perfil en el que trabajaba, no se percató de la tranquilidad, ni de la
  • 151. tenue luz de la luna. No se acordó de comprar comida china para llevar y había dejado a medio comer el sándwich de rosbif de la cena. Fascinante. Leyó los informes de nuevo. Fascinante y escalofriante. ¿Cómo escogerá a sus víctimas?, se preguntó. Todas eran rubias, de menos de treinta años, menudas y de complexión normal. ¿Qué simbolizaban para él y por qué? ¿Las observaba? ¿Seguía sus pasos? ¿Las elegía al azar? Tal vez el color del pelo y la complexión fueran meras coincidencias. Cualquier mujer que
  • 152. estuviera sola por la noche podía acabar siendo «salvada». No. Seguía un patrón, estaba segura de ello. Seleccionaba a sus víctimas atendiendo a alguna característica de su aspecto físico y después se las arreglaba para controlar sus rutinas. En tres asesinatos no había cometido un solo error. Estaba enfermo, pero era metódico. Rubias, cerca de la treintena, de complexión normal o media. Tess se vio reflejada en el cristal de la ventana. ¿No acababa de dar una
  • 153. descripción de sí misma? Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta y maldijo su propia insensatez. Miró el reloj por primera vez desde que se sentó y vio que había trabajado durante tres horas sin parar. Si continuaba dos horas más, tal vez podría entregar algo al comisario Harris. La persona que esperaba en la puerta tendría que darse prisa. Dejó las gafas sobre la montaña de papeles y fue a ver quién era. —Abuelo. —El fastidio se le pasó en cuanto se puso de puntillas para
  • 154. besarle con ese mismo entusiasmo que él le había inculcado en la vida. Olía a menta y a Old Spice y tenía el porte de un general—. Estás trasnochando. —¿Trasnochando? —Su voz retumbó. Siempre había sido así, ya fuera a través de las paredes de la cocina cuando freía pescado de mercado, apoyando al equipo que se le antojara ese día en un partido, o en el Senado, donde había servido durante veinticinco años—. Acaban de dar las diez. Todavía no estoy como para ponerme una mantita y
  • 155. tomarme la leche caliente, renacuaja. Prepárame una copa. Ya había entrado y se estaba quitando el abrigo de ese armazón de guardavías de un metro ochenta que era su cuerpo. Tiene setenta y dos años, se dijo Tess mirando su blanca melena alborotada y su curtido rostro. Setenta y dos, y tenía más energía que los hombres con los que ella salía. Y no cabía duda de que era mucho más interesante. Tal vez la razón de que estuviera todavía soltera y no le importara fuese que esperaba demasiado de los hombres.
  • 156. Le sirvió tres dedos de whisky. El abuelo miró hacia la montaña de papeles, archivos y notas. Esa era su Tess, pensó mientras aceptaba el vaso. Siempre dispuesta a dar el callo para acabar el trabajo. No se le escapó el detalle del sándwich a medio comer. Esa también era su Tess. —Entonces —dijo dándole vueltas al whisky— ¿qué sabes del maníaco que nos ocupa? —Senador... —Tess hizo uso de su tono de voz más profesional, al tiempo que se sentaba en el brazo de
  • 157. una silla—. Sabes que no podemos hablar de ese tema. —Tonterías. Fui yo quien te consiguió el trabajo. —Por lo cual no pienso darte las gracias. El abuelo le dirigió una de sus miradas aceradas. Los políticos más avezados se arrugaban ante ella. —El alcalde me lo contará de todas formas. En lugar de acobardarse, Tess le ofreció la más tierna de sus sonrisas. —Pues entonces, que te lo cuente el alcalde.
  • 158. —Maldita ética —murmuró. —Fuiste tú quien me enseñó a tenerla. Resopló, satisfecho del comportamiento de su nieta. —¿Y del comisario Harris qué me dices? Una opinión. Tess se sentó un momento, y apoyó la cara sobre las manos, como siempre hacía cuando tenía que reflexionar. —Es un hombre competente, se controla. Está enfadado y frustrado, y trabaja bajo mucha presión, pero se las arregla para que no se note.
  • 159. —¿Y los detectives al cargo del caso? —Paris y Jackson. —Se repasó los dientes con la punta de la lengua —. Me han parecido una extraña pareja, aunque muy compenetrada. Jackson es como un hombre de las montañas. Preguntaba lo típico, pero sabía escuchar muy bien. Da la impresión de ser bastante metódico. Paris... —Vaciló, sin estar muy segura del terreno que pisaba—. Es impaciente, y me pareció más voluble. Inteligente, pero más instintivo que metódico. O tal vez
  • 160. más emocional. Se quedó pensando en la justicia y en la espada. —¿Son competentes? —No sé cómo juzgar eso, abuelo. A simple vista, diría que se entregan a su trabajo. Pero incluso eso es solo una impresión. —El alcalde confía plenamente en ellos. —Apuró su whisky—. Y en ti. Tess volvió a dirigir toda su atención a su abuelo y lo miró con expresión seria. —No sé si tiene motivos para ello. Ese hombre está muy perturbado,
  • 161. abuelo. Es peligroso. Tal vez pueda describir su mente a grandes rasgos, su patrón emocional, pero eso no lo detenendrá. Conjeturas. —Se levantó y metió las manos en los bolsillos—. No son más que conjeturas. —Todo en este mundo es una adivinanza, Tess. Tú sabes que no hay garantías, que no existen los absolutos. Lo sabía, pero no le gustaba. Nunca le había gustado. —Ese hombre necesita ayuda, abuelo. —No es tu paciente, Tess —dijo
  • 162. tomándola por la barbilla. —No, pero estoy metida en el ajo. —Al ver que el abuelo arrugaba el entrecejo cambió el tono de voz—. No empieces a preocuparte. No voy a extralimitarme. —Eso me dijiste una vez de una caja llena de gatitos. Acabaron costándome más que un simple traje de los caros. Volvió a besarlo en la mejilla y le dio el abrigo. —Y los quisiste a todos y cada uno de ellos. Y ahora, tengo que ponerme a trabajar.
  • 163. —¿Me estás echando? —Solo te ayudo con el abrigo — corrigió—. Buenas noches, abuelo. —Compórtate, renacuaja. Le cerró la puerta, recordando que siempre le decía lo mismo desde que tenía cinco años. La iglesia estaba vacía y a oscuras, pero no le costó mucho forzar la cerradura. Ni tampoco le pareció pecar al hacerlo. Las iglesias no se construyeron para permanecer cerradas. Se suponía que la casa del
  • 164. Señor tenía que estar abierta para los necesitados, los que tenían problemas, los que querían rezar. Encendió las velas: cuatro, una por cada mujer que había salvado, y la última por aquella que no había podido salvar. Se puso de rodillas y rezó sus oraciones con un hondo pesar. Había veces, aunque solo fuera en ocasiones, que dudaba al pensar en su misión. La vida era sagrada. Había acabado con tres, y sabía que era un monstruo a los ojos del mundo. Si las personas con las que
  • 165. trabajaba llegaran a saberlo lo despreciarían, lo encarcelarían, lo odiarían. Se compadecerían de él. Pero la carne era efímera. Una vida era sagrada solo gracias a su alma. Era sus almas lo que él salvaba. Y tendría que continuar salvando almas hasta que se equilibrara la balanza. Era consciente de que sus dudas eran un pecado en sí mismas. Si al menos tuviera alguien con quien hablar. Si hubiera alguien que lo comprendiese, que lo consolara. Una desesperación, caliente y densa,
  • 166. se apoderó de su cuerpo. Ceder habría supuesto un alivio. No había nadie, ni una sola persona en la que pudiera confiar. Nadie compartía su carga. Cuando la Voz callaba, se quedaba absolutamente solo. Había perdido a Laura. Ella se había perdido a sí misma y, al hacerlo, se había llevado un trozo de él. El mejor trozo. A veces, cuando todo estaba oscuro, cuando todo estaba tranquilo, la veía. Ya no reía. Su rostro, completamente pálido, aparecía lleno de dolor. Encender velas en iglesias vacías jamás
  • 167. borraría el dolor. Y tampoco su pecado. Laura permanecía en la oscuridad, esperando. Solo se liberaría cuando él completara su misión. El olor de las velas votivas, el ambiente silencioso de la iglesia y las siluetas de las estatuas lo tranquilizaban. Allí se podía encontrar un lugar para la esperanza. Los símbolos religiosos siempre le habían reportado consuelo y le recordaban sus limitaciones. Apoyó la cabeza en el reclinatorio y rezó con más fervor. Rezó para
  • 168. poder afrontar las pruebas que estuvieran por venir. Al levantarse, la luz de las velas parpadeó ante su alzacuellos blanco. Las apagó de un soplido y todo volvió a sumirse en la oscuridad.
  • 169. 3 El tráfico de Washington puede ponerte de los nervios, especialmente cuando te levantas con sueño, desayunas solo un café y atiendes a una cita tras otra. Tess avanzó a paso de tortuga tras un Pinto con el tubo de escape roto hasta llegar a un nuevo semáforo en rojo.
  • 170. A su lado, un hombre con un GMC azul enorme hacía rugir el motor. Se llevó una decepción al ver que ella no se molestaba en mirarlo. Estaba preocupada por Joey Higgins. Habían pasado dos meses de terapia y todavía no conseguía vislumbrar el problema real, o, mejor dicho, la respuesta real. Un chico de catorce años no tendría por qué sufrir depresión clínica, sino estar jugando a béisbol. Esa mañana Tess había tenido la sensación de que Joey estaba a punto de abrirle su corazón. A punto, pensó dando un
  • 171. suspiro. Pero no conseguía franquear la muralla. Cimentar su confianza y su autoestima era como construir una pirámide. Pasos agónicos, uno tras otro. Si alcanzase el punto en el que el chico confiara plenamente en ella... Luchaba por atravesar la ciudad con cargo de conciencia por ese adolescente huraño de amarga mirada. Y había tantas otras cosas... Demasiadas. Tess sabía que no tenía por qué sacrificar la hora del almuerzo para entregar el perfil del asesino al
  • 172. comisario Harris. Tampoco estaba obligada a trabajar en ello hasta las dos de la madrugada, pero no había podido evitarlo. Algo en su interior la empujaba a hacerlo. No era capaz de decir si se trataba de su instinto, de una corazonada o simple de superstición. Lo único que sabía era que se había involucrado tanto con ese anónimo asesino como con cualquiera de sus pacientes. La policía necesitaba toda la ayuda que ella pudiera ofrecerle para comprender sus motivos. Comprender al asesino era
  • 173. indispensable para capturarlo. Y había que capturarlo para que recibiera ayuda. Cuando llegó al aparcamiento de la comisaría echó un rápido vistazo a su alrededor. No había ningún Mustang. Tuvo que recordarse que la razón de su visita no era esa en cualquier caso. Tampoco sabía por qué había decidido salir con Ben Paris, ya que le parecía un hombre arrogante y complicado, además de que su lista de pacientes estaba repleta debido a las horas extra que empleaba en los homicidios. Con
  • 174. solo trabajar un par de horas más esa misma tarde las cosas volverían a la normalidad. No era la primera vez que pensaba en llamarlo para cancelar la cita. Aparte de todo eso, las citas tampoco eran algo que la entusiasmara. El mundo de los solteros le parecía muy duro, un círculo vicioso y frustrante que dejaba exhausto a quien entraba en él. No podía soportar a los charlatanes del tipo «aquí estoy yo, mira qué suerte tienes», como Frank. Y tampoco le hacían ninguna gracia
  • 175. esos fanáticos de la promiscuidad que no querían ni oír hablar del compromiso, como el abogado de oficio con quien había salido en primavera. No era que los hombres no le interesaran, sino que la mayoría de los que conocía carecían de interés para ella. Cuando las expectativas son altas, es fácil llevarse decepciones. Así que le resultaba más sencillo quedarse en casa, viendo alguna película clásica o revisando historiales clínicos. Pero no cancelaría su cita —se
  • 176. convenció de que sería una grosería excusarse faltando tan poco tiempo —, aunque fuera consciente de que ambos habían actuado de manera impulsiva. Iría, disfrutaría de la obra y daría las buenas noches al inspector Paris. Ya trabajaría durante el fin de semana. Al entrar en homicidios, echó una ojeada a todo el que había sentado a su escritorio y a los que daban vueltas de aquí para allá. Uno de los agentes tenía la cabeza metida en una neverita llena de arañazos, pero cuando la sacó vio que se trataba de
  • 177. un extraño. Ben no estaba por allí, pero había una variada gama de estilos de agente de policía. Con traje y corbata, tejanos y jersey, botas y zapatillas deportivas. Lo único que parecía de uso universal era la pistolera al hombro. Le pareció que distaba mucho del atractivo de la espada. Miró hacia el despacho de Harris y lo encontró vacío. —¿Doctora Court? Tess se detuvo y miró al hombre que acababa de dejar su puesto ante
  • 178. la máquina de escribir. —Sí. —Soy el detective Roderick. El comisario Harris está en una reunión con el inspector jefe. —Entiendo. —Este es de los de traje y corbata, se dijo Tess. Aunque había dejado la chaqueta en el respaldo de la silla, llevaba la corbata perfectamente colocada. Decidió que Ben jamás se pondría una—. ¿Acabarán pronto? —Sí. No pueden tardar mucho más. Si no le importa esperar... — Roderick sonrió al recordar el día
  • 179. anterior—. Puedo traerle un café. —Eh... —Tess miró el reloj. Tenía la siguiente cita en cuarenta minutos. Tardaría veinte en regresar a la consulta—. No, gracias. No dispongo de mucho tiempo. Tenía que entregar este informe al comisario. —El perfil. Puede dármelo a mí. —Al ver que dudaba, añadió—: Yo también trabajo en el caso, doctora Court. —Perdone. Le estaría muy agradecida si pudiera entregar esto al comisario Harris lo antes posible. —
  • 180. Tess abrió su maletín y sacó el informe—. Si tiene alguna duda, puede contactar conmigo en la consulta hasta las cinco, y después en casa, hasta las siete. Supongo que no podrá decirme si han avanzado algo en la investigación, ¿verdad? —Ojalá. Ahora mismo no hacemos más que volver sobre nuestros pasos con la esperanza de encontrar algo en lo que no hayamos reparado las seis veces anteriores. Tess miró el informe y se preguntó si Roderick comprendería realmente al hombre sobre el que había escrito.
  • 181. ¿Podría comprenderlo alguien? Asintió y le entregó el informe con desazón. Parecía inofensivo, pero también una bomba desactivada lo parecía. —Gracias. Una mujer de bandera, pensó él. Después de un tiempo trabajando en ese campo, uno empezaba a echar de menos encontrarse con mujeres de verdad. —No hay de qué. ¿Quiere dejar algún mensaje al capitán? —No. Está todo en el informe. Gracias de nuevo, detective.
  • 182. Lowenstein esperó a que Tess se hubiera alejado. —¿Esa es la psiquiatra? Roderick acarició la tapa del informe antes de dejarlo sobre el escritorio. —Sí. Ha traído el perfil para Harris. —Parece sacada de la revista Harper’s Bazaar —dijo Lowenstein en voz baja—. Tiene clase, aunque dicen que anoche se fue con Paris. — Soltó una risotada y le dio una palmada a Roderick en el brazo—. Te ha puesto a cien, ¿eh, Lou?
  • 183. Roderick, abochornado, se encogió de hombros. —Estaba pensando en otra cosa. Lowenstein se pasó la lengua por los carrillos. —Ya, seguro. Bueno, espero que sepa lo que se hace. Supongo que es mejor eso que consultar la güija. — Se colgó el bolso—. Bigsby y yo vamos a hablar con los clientes habituales del Doug. Cuida del castillo mientras estamos fuera. —Volved con alguna pista, Maggie —dijo Roderick retornando a su silla—. O puede que tengamos
  • 184. que sacar ese tablero de güija. Cuando Tess dobló la siguiente esquina oyó que alguien blasfemaba. Miró atrás y vio a Ben que daba una buena patada a la máquina de las chocolatinas. —¡Hija de perra! —Ben. —Ed puso una mano en el hombro a su compañero—. Esa porquería es veneno para tu organismo. Olvídalo. Tu cuerpo te lo agradecerá. —Le he puesto cincuenta céntimos. —Ben agarró la máquina con ambas manos, la zarandeó y soltó
  • 185. otro taco—. Y cincuenta céntimos sigue siendo un robo por una barrita de chocolate con trocitos de frutos secos. —Deberías probar las pasas — sugirió Ed—. Azúcar natural. Con un montón de hierro. Ben apretó los dientes. —Odio las pasas. No son más que uvas secas. Tess no pudo resistirse a volver sobre sus pasos. —Detective Paris. ¿Siempre se pelea con objetos inanimados? Ben volvió la vista, pero no soltó
  • 186. la máquina. —Solo cuando me fastidian. Le dio otro violento empujón, pero se quedó mirando a Tess y se percató de que esa vez no llegaba mojada. Además, llevaba el pelo recogido en un moño alto muy elegante que hacía pensar a Ben en deliciosos pasteles bajo una campana de cristal. Tal vez a ella le pareciera un estilo profesional, pero a él se le hacía la boca agua. —Tiene buen aspecto, doctora. —Gracias. Hola, detective Jackson.
  • 187. —Señora. —Ed volvió a poner su mano sobre el hombro de Ben—. No hay palabras para explicarle lo que me avergüenza el comportamiento de mi compañero. —No pasa nada. Estoy acostumbrada a los problemas de conducta. —Mierda. —Ben dio un último empellón a la máquina y se alejó de ella. Pensaba forzar la cerradura en cuanto tuviera ocasión—. ¿Me buscaba? Tess pensó en cómo lo había buscado por el aparcamiento y las
  • 188. dependencias interiores, y se decidió por el tacto antes que por la verdad. —No. He venido a traer el perfil a Harris. —Trabaja rápido. —Si hubiera tenido más material con el que trabajar, habría tardado más. —Se encogió de hombros para expresar a partes iguales su desencanto y su resignación—. No sé si será de mucha ayuda. Me gustaría hacer más. —Eso es trabajo nuestro —le recordó Ben. —Hola, chicos. —Lowenstein
  • 189. pasó por delante de ellos y echó unas monedas en la máquina. En realidad tenía más ganas de ver a la psiquiatra de cerca que de comerse una chocolatina. Habría apostado una semana de su sueldo a que ese traje rosado era de seda. —Esa mierda está rota —dijo Ben, pero cuando Lowenstein giró la manivela cayeron dos chocolatinas en la bandeja. —Dos por una —dijo Lowenstein, metiéndose ambas en el bolso—. Nos vemos después. —Espera un momento...
  • 190. —No creo que quieres montar una escenita delante de la doctora Court —le recordó Ed. —Pero esa chocolatina es mía. —Estás mejor sin ella. El azúcar acabará matándote. —Todo esto es muy interesante — dijo Tess secamente mientras observaba a Ben fulminar a Lowenstein con la mirada por la espalda—. Pero voy muy mal de tiempo. Quería decirles que tengo una sugerencia. La he incluido en el informe para el comisario. Ben se metió las manos en los
  • 191. bolsillos y se quedó mirándola. —¿Y es? —Necesitarán un sacerdote... —Ya hemos pasado por ahí, doctora. Ed y yo hemos hablado con una docena de ellos. —... que tenga experiencia en psiquiatría —finalizó Tess—. Yo he hecho cuanto está en mi mano, pero no estoy cualificada para investigarlo en profundidad desde el punto de vista religioso. Y esa es la clave, en mi opinión. —Miró a Ed de pasada, si bien sabía que era a Ben a quien tenía que convencer—. Podría
  • 192. investigar el catolicismo, pero tardaría un tiempo. Y no creo que ninguno de nosotros queramos desperdiciarlo. Conozco a un doctor de la Universidad Católica, el monseñor Logan. Tiene una reputación excelente, tanto en la Iglesia como en medicina psiquiátrica. Me gustaría hablar con él. —Cuanta más gente impliquemos, más posibilidades de filtraciones habrá —dijo Ben—. No podemos permitir que la prensa conozca los detalles.
  • 193. —Y si no prueban algo diferente, la investigación se quedará justamente donde está: estancada. — Percibió la irritación que sus palabras causaban e intentó desviarla —. Podría acudir al alcalde y presionarlo para que se haga, pero no quiero conseguirlo de ese modo. Quiero que me apoyes en esto, Ben. Ben se balanceó sobre los talones. Otro loquero, pensó. Y encima sacerdote. Pero, por más que le costara admitirlo, la investigación estaba estancada. Habrían hablado hasta con un conejo, en caso de que
  • 194. la doctora decidiera sacarlo de su chistera. —Hablaré con el comisario. La sonrisa de ella asomó con facilidad tras la victoria. —Gracias. —Tess sacó su cartera y echó unas monedas en la máquina expendedora que había tras él. Después de pensarlo un poco, tiró de la manivela. Una barrita de chocolate Hershey cayó sobre la bandeja, haciendo un ruido seco—. Toma. — Se la ofreció a Ben con total solemnidad—. Me has partido el corazón. Me alegro de verle,
  • 195. detective Jackson. —Un placer, señora. —Mientras miraba cómo se marchaba, se le dibujó una enorme sonrisa—. Se desenvuelve bien, ¿eh? Ben se pasó la chocolatina de una mano a otra con el entrecejo fruncido. —Oh, sí —murmuró—. Como una profesional. Tess no era de las que se complicaban demasiado con la ropa. Lo cierto era que todo el contenido
  • 196. de su armario estaba meticulosamente escogido, desde el último de sus jerséis de cachemira hasta las chaquetas de lino, precisamente para no tener que molestarse cada mañana en decidir qué ponerse. Normalmente optaba por un estilo clásico y por colores combinables porque le sentaban mejor, y cuando tenía prisa, alargaba el brazo y cogía lo que hallara en el ropero. Pero ese día no se vestía para ir a la consulta, aunque tampoco para salir con el Príncipe Azul; de modo
  • 197. que tuvo que decirse cuando devolvió el tercer vestido al perchero. Tenía veintinueve años, y ya sabía que no existían las princesas y que ninguna mujer racional quería vivir en una torre de marfil. Otra cosa era una cita sin complicaciones con un hombre atractivo que te hacía actuar sin premeditación, y Ben Paris, ciertamente, la llevaba a actuar de esa forma. Una mirada al reloj la advirtió de que si le daba muchas más vueltas no tendría tiempo de vestirse. Se quedó allí delante del armario con un
  • 198. picardías diminuto de color carne, sacó un vestido de seda negra y lo examinó cuidadosamente. Simple pero elegante. Decidió que era la opción adecuada, aunque tampoco tenía tiempo para pensarlo más. Se lo puso y abrochó la hilera de botones que iban desde la cintura hasta el cuello. Tras una nueva inspección ante su espejo basculante asintió, convencida. Sí, pensó, mucho mejor que el azul glaciar con el que había empezado o que el gorgette color frambuesa que acababa de rechazar.
  • 199. Se puso los pendientes de diamantes de su madre y la fina pulsera de oro que le regaló su abuelo al graduarse. Se debatía entre hacerse un tocado o no, pero la llamada a la puerta decidió por ella. Tendría que llevar el cabello suelto. Tess había pensado que Ben jamás podría vestir con elegancia. Pero cuando abrió la puerta y lo vio con ese traje gris perla y la camisa de color salmón supo que se equivocaba. Aun así, en lo de la corbata sí había acertado. Llevaba el cuello de la camisa abierto. Estaba a
  • 200. punto de sonreír cuando vio el ramo de violetas que el detective tenía en la mano. No solía emocionarse tanto, pero volvió la vista hacia él sintiéndose como una adolescente ante su primer ramo de flores. —Una ofrenda de paz —dijo Ben, tan nervioso como ella. Se decía a sí mismo que no había motivos para estarlo, ya que solía obsequiar con ese tipo de detalles grandilocuentes o impulsivos a las mujeres con las que salía. Era su estilo. Buscar un ramillete de violetas en octubre no le había
  • 201. parecido una estupidez hasta el momento en que tuvo que ofrecérselas. —Son preciosas. Gracias. —Tess recuperó la compostura y le sonrió, aceptando las flores al tiempo que se retiraba para dejarle pasar. El perfume de las flores le recordaba a una primavera que se se antojaba muy lejana desde el crudo invierno —. Voy a por un jarrón. Cuando se metió en la cocina, Ben echó un vistazo a su alrededor. Vio el grabado de Matisse, las alfombras turcas, sus pulcros cojines bordados.
  • 202. Colores suaves y bonitos, así como maderas nobles envejecidas. La habitación irradiaba riqueza generacional bien asentada. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?, se preguntó. Su abuelo es un senador. El tuyo era carnicero. Ella creció rodeada de sirvientes, y tu madre todavía limpia su propio baño. Ella se licenció con honores en Smith, y tú hiciste dos años de universidad sin pena ni gloria hasta que entraste en la academia. Sí, le había dado un buen repaso a su historial. También eso formaba
  • 203. parte de su estilo. Y estaba completamente seguro de que se quedarían sin tema de conversación en menos de quince minutos. Tess volvió con las violetas en un pequeño jarrón Wedgwood. —Te ofrecería una copa, pero no tengo Stolichnaya. —No importa. Ben tomó una decisión sin valorar los pros y los contras. Había aprendido a confiar en sus instintos. Cuando Tess fue a poner las violetas en el centro de la mesa se acercó por detrás y le tocó el pelo. Ella se dio la