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Amila Pérez Gaona detestaba varias cosas, entre ellas, el pri-mer
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A Camila, Benigno Urieta le caía bien, aunque perteneciese
al grupo de los nerds y fuese más...
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un cabello espléndido. Ella opinaba lo contrario: no era lacio
ni rizado y, últimamente, t...
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verlo, y allí estaba, el chico más lindo que ella conocía, con la
piel bronceada, los ojos verdes fulg...
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Admiraba a su prima Anabela, que ya había estado de novia
tres veces; también a su amiga E...
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Camila la admiraba por eso, por no intimidarse, a pesar de
contar con varios talones de Aquiles en don...
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abrió After the Funeral, de Agatha Christie; la mantenía sub-yugada
desde hacía tres días ...
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Poseía una cualidad a la que no lograba definir. Sí, le parecía
masculino. Eso había dicho la abuela L...
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cambio, el inglés formaba par...
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y hombros delgados y pequeños. “¡Qué ...
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FLORENCIA BONELLI
—Camila, te llamó Anabela. Dice que la llames al celular.
Pero no hables mucho que después la cuenta d...
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do la basura.
Camila la siguió con la vista mientras la mujer se dirigía al
descanso de l...
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Parecía una llamada importante. La cara sonriente de la
vecina se había endurecido. Sin mediar palabra...
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Tocaron el timbre alrededor de las dos de la tarde. Nacho y
Camila, que hacían los deberes...
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la llevaron a sonreír. Buscó sus carpetas y sus libros y caminó
tras Alicia, que alcanzó a darle algun...
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una seriedad que a Camila le arrancó una carcajada ahogada.
Lo observó. Era bonito, de ojo...
FLORENCIA BONELLI
—Es que estabas tan absorta. Veo que Lucito ha hecho mi-gas
contigo de inmediato. Cuando le da sueño, ...
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—Gracias, pero lo hice con gusto. No tienes que pagarme.
—Por supuesto que tengo que pagar...
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—Cuidar a un bebé no es un juego.
—Sólo tengo que mirarlo —intervino Camila—. Lo pongo
en el corralit...
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—Quiero conocer a la tal Alicia.
—Es encantadora —dijo Juan Manuel, y el interior de Ca-mi...
FLORENCIA BONELLI
sabía que estaban discutiendo. Lo hacían a menudo desde que
la situación económica familiar se había t...
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NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO de Florencia Bonelli - Primer Capitulo
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NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO de Florencia Bonelli - Primer Capitulo

La vida de Camila da un giro drástico el día en que la empresa de su padre se declara en bancarrota. Un departamento más pequeño en un barrio viejo y decrépito, y un colegio público de jornada simple son algunos de los cambios que debe enfrentar. Detesta la nueva realidad, en la que además sus padres pelean todo el tiempo y acaban separándose, así que se encierra en la soledad que le brindan sus libros. Hasta que conoce a su nueva vecina, una astróloga y psicóloga que la iniciará en los misterios de las nacidas bajo el signo del Toro. Con ella platicará de temas que jamás ha tocado con su madre, de la cual se siente muy distante; aprenderá a conocerse y aceptarse a sí misma, tanto física como emocionalmente, y descubrirá el porqué de muchos de sus sentimientos y actitudes. A medida que el cambio se profundiza en Camila, la realidad que tanto detestaba va adquiriendo un nuevo color. En su interior, tanto el lindo de la clase, Sebastián, como el enigmático mejor alumno, Lautaro, se convertirán en los protagonistas.
Published on: Mar 3, 2016
Published in: Entertainment & Humor      
Source: www.slideshare.net


Transcripts - NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO de Florencia Bonelli - Primer Capitulo

  • 1. 5 1 Marzo de 2011 Amila Pérez Gaona detestaba varias cosas, entre ellas, el pri-mer día de clase. El orgullo le impedía mostrar contrariedad, por lo que se detuvo en la puerta del aula, echó un vistazo dentro y siguió avanzando, consciente de que quedaban pocos pupitres vacíos –dos adelante, uno en la parte de atrás– y de que debía actuar rápidamente y con decisión, como si nada le importase ni la afectase, de modo tal de salvaguardar su ima-gen y disimular la angustia que le causaba no tener a nadie que estuviese reservándole un sitio para compartirlo a lo largo del año. “¿Por qué los pupitres no son individuales?”, se lamentó. “¿Por qué tienen que ser para dos? ¿Acaso podemos hacer las pruebas de a dos?”, remató, con la mordacidad que pocos co-nocían; en esa aula, nadie. —¡Ey, Camila! —la llamó Benigno Urieta, con quien se ha-bía sentado el año anterior. Conservaba la esperanza de que alguna de las chicas la invitase, pero ninguna reparaba en ella. —Hola, Benigno. ¿Qué tal?
  • 2. FLORENCIA BONELLI —¡Súper! A Camila, Benigno Urieta le caía bien, aunque perteneciese al grupo de los nerds y fuese más feo que agarrarse los dedos con la puerta. No comprendía a qué se debía el eterno buen humor del muchacho; siempre estaba contento. En algo lo admiraba: era muy inteligente, si bien no tanto como el líder del grupo, Lautaro Gómez, el mejor alumno de la división (se sabía que ese año, el penúltimo, se convertiría en uno de los escoltas de la bandera). Sin meditarlo, dirigió la mirada hacia Gómez, que ocupaba el primer lugar, y se sorprendió al des-cubrirlo observándola. Apartó la cara con un movimiento ner-vioso; la intensidad de esos ojos oscuros la había inquietado. —¿Quieres sentarte conmigo, Cami? Camila sonrió. “A Benigno le han puesto bien el nombre”, se dijo. Era bueno como el quaker. En el fondo, sintió alivio ante la invitación y no le importó que su sueño –que Lucía Bertoni o Bárbara Degèner, las más lindas y populares del cur-so, notasen que existía y la convocasen– acabara de destruirse. Apoyó la mochila sobre el asiento y dijo: —Sí, Beni. Gracias. —¡Claro! ¿Acaso no lo pasamos muy bien el año pasado? —Hola, Camila. —Karen, la compañera inseparable de Lau-taro Gómez, se dio vuelta y le sonrió, actitud inusual porque era parca y callada como Gómez—. ¿Qué tal las vacaciones? —Bien —mintió, y no se atrevió a inventar que había ido a la playa porque estaba más blanca que un queso. —Tienes el pelo más rubio. ¿Te hiciste algo? —No —aseguró, y se aferró un mechón para estudiarlo. ¿De veras estaba más rubio? No lo había notado. De niña, tenía el pelo casi blanco. Con los años, mechones más oscuros ha-bían ganado preponderancia. Su madre aseguraba que tenía 6
  • 3. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO un cabello espléndido. Ella opinaba lo contrario: no era lacio ni rizado y, últimamente, tenía frizz. Tomaba con pinzas las aseveraciones de su madre; había aprendido que, para Josefina Zuviría de Pérez Gaona, sus hijos, Camila y Nacho, eran los más hermosos y perfectos del planeta. No podía determinar si la afirmación de Karen –que tenía el pelo más rubio– era cierta; lo que sí estaba en posibilidad de asegurar era que estaba gorda. Y eso la martirizaba. Los kilos de más –unos cuantos– no habían llegado por arte de magia, sino por su afición a la comida. Había descubierto un libro viejo de cocina francesa de la abuela Laura y, durante las últi-mas semanas de las vacaciones, se la había pasado preparando delicias de la pâtisserie. Pocas cosas le gustaban en la vida; coci-nar era una de ellas; comer, otra. Como la avergonzaba admi-tirlo, sólo sus padres y su hermano menor, Ignacio, lo sabían y disfrutaban de sus experimentos. Como temió que Karen, en su racha amigable, comentara: “Y estás más gordita”, se dio vuelta para acomodar la mochila en el respaldo de la silla y sacar la carpeta. Karen era del tipo que expresaba su parecer sin filtros ni inhibiciones, y ella no quería que lo hiciese frente a Gómez. No le habría molestado frente a Benigno; frente a Lautaro Gómez le habría resultado intolerable. Se preguntó por qué. Un alboroto captó su atención. Bárbara y Lucía se subieron a los pupitres y levantaron los brazos. —¡Ey! ¡Hola, Sebas! —gritaron al unísono—. ¡Hola, papito! —¡Hola, hermosuras! —saludó Sebastián Gálvez, y entró en el aula con su porte pendenciero. A Camila se le atascó la respiración. Por un lado, había la-mentado que terminase el verano porque tendría que regresar al colegio. Por el otro, había deseado que acabase para volver a 7
  • 4. FLORENCIA BONELLI verlo, y allí estaba, el chico más lindo que ella conocía, con la piel bronceada, los ojos verdes fulgurantes y el cabello castaño claro con reflejos rubios en el copete. Era alto y macizo, con brazos que parecían tubos gruesos, los que utilizó para envol-ver las piernas de Lucía y de Bárbara, justo debajo de la cola, y despegarlas del pupitre para levantarlas en vilo. Caminó por el frente del aula con ellas en andas, ostentando su fuerza. Las chicas aullaban de placer y de divertimento, y los demás aplaudían. Era sabido que Gálvez hacía pesas. Las malas len-guas decían que tomaba anabólicos. —¡Qué infradotados! —masculló Karen. Camila de nuevo tropezó con los ojos oscuros e intensos de Lautaro Gómez. No parecía interesado en el espectáculo, sino en ella. La contemplaba con una fijación que casi rayaba en un comportamiento provocador. De manera disimulada, se pasó la mano por la nariz; tal vez tenía un moco; se peinó las cejas tupidas –en opinión de su hermano Nacho, cuando se despeinaban, parecían las de Drácula–, se limpió la boca, porque de pronto se le ocurrió que tenía migas de la tostada del desayuno, se pasó la lengua por los dientes para eliminar cualquier resto de comida atascado. De los cambios a los que se había visto forzada a adaptarse el año anterior al ingresar en ese colegio, compartir el aula con varones había resultado uno de los más inquietantes. Desde jardín de infantes, su vida escolar había transcurrido en un mundo exclusivamente femenino. No había maestros, ni pro-fesores, ni prefectos; todas eran mujeres; incluso la portería es-taba en manos de una mujer. Por supuesto que había conoci-do varones en las fiestas a las que había asistido con sus primas y sus amigas. Sin embargo, los complejos que la atormentaban la volvían tímida y torpe para relacionarse con el sexo opuesto. 8
  • 5. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO Admiraba a su prima Anabela, que ya había estado de novia tres veces; también a su amiga Emilia, que, desde hacía tiem-po, salía con un tenista cinco años mayor que ella. La asaltó la nostalgia, y se preguntó qué estarían haciendo en ese momento. Recordó qué divertidos habían sido los prime-ros días de clase en el Saint Mary High School, donde todo le resultaba familiar. Ahora caía en la cuenta de que el bienestar había provenido de la seguridad que le brindaba el entorno. La Escuela Pública Número 2, vieja, enorme y fantasmagóri-ca, la asustaba, y, aunque ya hubiese pasado un año dentro de sus paredes descascaradas, no conseguía deshacerse del senti-miento 9 de ajenidad. —¡Ey, boy scout! —Sebastián Gálvez se aproximó al primer banco, el que ocupaban Karen y Lautaro, escoltado por Lucía y Bárbara, que proferían risitas—. ¿A cuántas ancianitas sal-vaste hoy? —Le pasó la mano por la coronilla y lo despeinó. Camila observaba la escena sin pestañear. La rivalidad entre Gálvez y Gómez era conocida. El primero no perdía oportuni-dad de hostigar al mejor alumno y humillarlo por pertenecer al movimiento scout, situación que juzgaba una muestra más de debilidad del jefe nerd. Gómez jamás atendía a las pullas y se limitaba a lanzarle vistazos impasibles. A Camila la pasivi-dad de Lautaro no le resultaba extraña, porque, si bien era alto como Sebastián, presentaba la contextura de un junco. Gálvez lo habría dejado fuera de combate en un abrir y cerrar de ojos. —¡Sal de acá, retardado! —se ofuscó Karen, y le retiró la mano con la que despeinaba a su amigo—. ¿Por qué no vas a practicar la tabla del dos? Tal vez este año consigas aprenderla. —¡Cállate, cuatro ojos! —le soltó Lucía Bertoni. —¡Ah! Pistacho y Maní —dijo Karen, que no se echaba atrás—. ¡Qué bueno volver a verlas!
  • 6. FLORENCIA BONELLI Camila la admiraba por eso, por no intimidarse, a pesar de contar con varios talones de Aquiles en donde las bellezas del grupo podrían haberla golpeado. Necesitaba lentes con bas-tante aumento, tenía una nariz prominente y usaba aparatos. —¿A quién llamas Pistacho y Maní? —A ustedes, obviamente. —¿Por qué Pistacho y Maní? —se interesó Sebastián Gál-vez, y Camila casi emitió una exclamación de sorpresa cuando Karen se volvió para enfrentar al bonito del curso. Lo hizo con una sensualidad de la que jamás la creyó capaz, con un movimiento de su cabello largo y espeso, el cual, al caer hacia un costado, le enmarcó el rostro de manera adorable, y con un aleteo de pestañas, que se revelaron largas y pobladas bajo el aumento de las lentes. Al parecer, también sorprendió a Sebas-tián, cuya sonrisa altanera desapareció. —Por el tamaño de sus cerebros —contestó Karen, y las ri-sotadas se elevaron desde el sector trasero del aula. El propio Gálvez rio, y las insultadas, después de exclamar: “¡Imbécil!”, dieron media vuelta y regresaron a sus pupitres. Entró la preceptora, Rita, la misma del año anterior, y puso orden. El nuevo año lectivo acababa de comenzar, y a Camila se le antojó que se disponía a escalar el Everest sin reserva de oxígeno. Si bien había muchas cosas que detestaba, existían otras que amaba, como cocinar y comer. Su favorita, sin embargo, era leer, no cualquier libro, prefería las novelas, y no importaba el género; policial, romántico, aventura, ciencia-ficción, la sedu-cían 10 por igual. En el primer recreo, después de una clase de repaso de Mate-máticas en la cual sólo Lautaro Gómez acertó con las respues-tas, se sentó en el suelo de la esquina más solitaria del patio y
  • 7. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO abrió After the Funeral, de Agatha Christie; la mantenía sub-yugada desde hacía tres días y, en parte, la había ayudado a olvidar que las vacaciones terminaban y que debía regresar a ese colegio espantoso. Minutos más tarde, un pelotazo le arrancó el libro de las manos, lo mismo que una exclamación. Se que-dó atónita, no tanto por el hecho, sino porque advirtió que Sebastián Gálvez corría hacia ella para recuperar la pelota. —¡Perdón! —dijo, con una sonrisa. Camila lo siguió con ojos desorbitados y cientos de palabras bulléndole en la cabeza, en tanto Gálvez traía la pelota y levan-taba el libro del suelo. Al reflexionar que, cuando se sentaba de ese modo, los “jamones”, como Nacho apodaba a sus piernas, se tornaban aún más voluminosos, se puso de pie de un salto y se acomodó el guardapolvo sobre el jean. —After de funeral —leyó Sebastián, y pronunció funeral en castellano. A Camila la tomó por sorpresa que un chico como él no supiese leer en inglés—. ¿Qué quiere decir? —Después del funeral. —¿Sabes hablar en inglés? —Camila asintió deprisa, asusta-da porque era la primera vez que Sebastián Gálvez le dirigía la palabra—. ¿Entiendes todo lo que dice aquí? —Otro asenti-miento rápido—. Léeme esto —le exigió, y marcó un párrafo al azar. —From his seat by the fireplace in the library, Hercule Poirot looked at the assembled company —se detuvo porque, de pron-to, le faltó el aire. Cerró el libro y se quedó contemplando la ilustración de la tapa. No se atrevía a levantar la mirada. Los que jugaban al fútbol apremiaron a Gálvez para que re-tornase con la pelota. Éste, después de observar con gesto ce-ñudo la coronilla rubia de Camila, dio media vuelta y se alejó. Ella se atrevió a observarlo. Le pareció hermoso y algo más. 11
  • 8. FLORENCIA BONELLI Poseía una cualidad a la que no lograba definir. Sí, le parecía masculino. Eso había dicho la abuela Laura al referirse a Clark Gable, su actor favorito. “¡Esos eran hombres! Masculino has-ta la médula”, había expresado después de ver por enésima vez Lo que el viento se llevó. Sebastián Gálvez, con su cabellera desgreñada, la camisa blanca fuera del pantalón y sus botas tejanas, le pareció tan masculino como Gable. —¿Estuvo molestándote el retardado? Karen se había aproximado por detrás y Camila no la había escuchado. —No, no —respondió. —¿Qué quería? —preguntó Benigno Urieta, con la cara se-ria. —Me preguntó si sabía leer en inglés. Y me pidió que leyese un párrafo —levantó el libro y les mostró la tapa. —Y tú se lo leíste, por supuesto —la voz cascada y grave de Lautaro Gómez la desconcertó. Que el jefe de los nerds le hablase no era menos desconcertante que lo hiciese Sebastián Gálvez. Se caracterizaba por un mutismo pertinaz. Algunos sostenían que, antes de la muerte del padre, ocurrida más de tres años atrás, había sido alegre y amistoso. De igual modo, lo que la dejó perpleja fue el tono imperioso y enojado. Se quedó mirándolo, aturdida. —Vamos —ordenó Gómez a sus amigos, que dieron media vuelta y lo siguieron. De regreso a casa, en el subte, simulaba leer After the Fune-ral, cuando en realidad meditaba acerca de lo ocurrido en el recreo. Sebastián Gálvez le había hablado por primera vez y se había interesado en ella, en su libro, en que hablaba en inglés, algo que ella hacía muy bien y él, no. Eso le dio una punzada de vanidad y sonrió. La Escuela Pública Número 2, de jorna- 12
  • 9. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO da simple, no era bilingüe. En el Saint Mary High School, en cambio, el inglés formaba parte de la enseñanza desde el jardín de infantes. ¡Claro que sabía hablar en inglés! Y fluidamente, porque las lenguas se le daban con facilidad. Por esa razón su mamá la había inscrito en un curso de francés cuando era muy pequeña, así que también hablaba en francés. Por supuesto, ya no asistía al instituto de francés; la cuota era muy cara. Man-tenía el nivel leyendo y alquilando películas francesas. Amaba los libros de Colette y las películas con Jean Reno. Les visiteurs era su favorita. Las risotadas de Lucía Bertoni y de Bárbara Degèner se im-pusieron sobre el estruendo de los vagones y le hicieron des-pegar la vista del libro. Se hallaban a unos pasos, no iban sen-tadas y cuchicheaban y reían al tiempo que lanzaban vistazos a Lautaro Gómez, el cual no se inmutaba ante el despectivo examen al que lo sometían las chicas más lindas del salón. Se dijo que, si ella hubiese sido el objeto de burla de esas dos, no lo habría tolerado y habría descendido en cualquier estación con tal de sacárselas de encima. Gómez, en cambio, seguía absorto en su conversación con un chico de otro grupo al cual también reputaban de nerd. La confianza con la que Bárbara y Lucía, pero sobre todo Bárbara, se desenvolvían resultaba cautivadora. En opinión de Camila, a ella también le hubiese resultado fácil mostrarse se-gura si su cuerpo hubiese sido como el de ellas. Se habían qui-tado las batas del uniforme y se exponían con la desfachatez que les permitía la certeza de que sus formas eran esculturales. Los pantalones ajustados les calzaban a la perfección, marcán-doles las piernas de gimnasio y los glúteos duros y redondea-dos. Como hacía calor, llevaban playeras de manga corta. La de Lucía le dejaba el ombligo al descubierto, donde destellaba 13
  • 10. FLORENCIA BONELLI la cuenta violeta de un piercing. Tenían el busto proporciona-do y hombros delgados y pequeños. “¡Qué feliz sería si fuese como ellas!”, anheló Camila. Aunque faltaba para su estación, abandonó el asiento y se aproximó con la intención de escuchar lo que decían. —¡No te puedo creer que te lo encontraste en el club! —¡Te juro que es verdad! —insistía Bárbara—. Fui al club y ahí estaba, con un grupo de karate que iba a dar una exhi-bición. —Sabía que practicaba karate —admitió Lucía—. ¿Y qué tal? —Yo no entiendo nada de eso, pero me pareció que lo hacía muy bien. Después, cuando terminó la exhibición, me subí al techo del vestidor —dijo, y codeó a su amiga con aire cóm-plice. —¡No! ¿Y lo viste desnudo? —¡Sí! El tren se detuvo, las puertas se abrieron y Camila descen-dió, quedándose con las ganas de saber a quién había visto desnudo la hermosa Bárbara Degèner. Además de odiar el primer día de clase, Camila detestaba su nuevo barrio. Después de haber vivido en un departamento de cuatrocientos metros cuadrados en una de las avenidas más lujosas de Buenos Aires, no toleraba la visión de ese barrio viejo, de veredas angostas, rotas y sucias, y edificios mediocres. Avanzó apretando las carpetas contra su pecho y con la mirada al suelo. Oyó a una señora ordenar a su perrito que soltase lo que tenía en la boca, y eso la llevó a reflexionar con qué faci-lidad había cumplido la orden de Sebastián Gálvez. “Léeme esto”, le había exigido, sin pedir por favor. “Y tú se lo leíste, por supuesto.” El comentario de Lautaro Gómez le provocó 14
  • 11. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO un respingo y apresuró el paso. La humilló recordar que se le habían coloreado los cachetes. Anabela, su prima, aseguraba que los cachetes se le ponían colorados porque todavía era vir-gen. “Cuando te acuestes con un chico, vas a dejar de ser tan inocentona y de espantarte por todo.” Tenían la misma edad y habían sido amigas desde la cuna; no obstante, a Camila, Anabela la abrumaba, la ponía nerviosa su movimiento cons-tante, su pasión por los deportes, su necesidad de dar órdenes, sus apremios. Le molestaba que hablara de ella y sólo de ella. Pensó de nuevo en Sebastián Gálvez y en su exigencia des-carada. “¡Soy una imbécil!”, se reprochó. “Debería haberlo mandado a paseo. ¿Quién se cree para venir a exigirme que lea esto o aquello?” Recreó la escena y le pareció que había hecho el papel de idiota. Se puso furiosa y deseó que su madre no se encontrase en casa. No tenía ganas de discutir. Desde hacía un tiempo, era lo único que las mantenía comunicadas: discutir. La buena suerte la abandonó: su madre estaba en casa, pre-parando 15 un almuerzo rápido. —Acabo de llegar de dar clases —dijo Josefina, mientras re-movía un puré de papas instantáneo—. Y ya tengo que irme. Enciende el horno y pon las milanesas congeladas. Josefina había vuelto a trabajar el año anterior para paliar la endeble economía familiar. Resultaba evidente que no disfru-taba haciéndolo. Se quejaba de continuo de los alumnos, de los padres, de los colegas, de las autoridades, del Ministerio de Educación y de todo. En el pasado, cuando todavía eran due-ños de la fábrica de textiles, su madre se lo pasaba en grande, llena de compromisos sociales, viajes, fiestas y tardes de spa. Se peinaba en la peluquería, vestía a la última moda y jamás tenía las uñas despintadas. En el presente, vivía con una cola de caballo, se teñía en casa y nunca se hacía la manicura.
  • 12. FLORENCIA BONELLI —Camila, te llamó Anabela. Dice que la llames al celular. Pero no hables mucho que después la cuenta del teléfono es de terror. Camila se mordió el labio y cerró los ojos. No quería hablar con su prima. De seguro querría contarle lo bien que lo ha-bían pasado en ese primer día de clases. Cabía la posibilidad de que la invitase a una fiesta el sábado por la noche, para la cual tendría que inventar una excusa porque no pensaba asistir. Sus amigas del Saint Mary concurrirían con ropas estu-pendas, muchas compradas en Nueva York o en París; además, hablarían del veraneo en sus mansiones de la costa, mostrarían el último modelo de teléfono celular y comentarían las mara-villas de la nueva computadora. Se habría sentido como una extraterrestre. No la llamaría. —Camila, antes de que te laves las manos, llévale a la veci-na el sobre que está en el mueble de la entrada. El portero se equivocó y lo dejó aquí. —Lo tiro por debajo de la puerta, ¿no? —Sí, claro. Hacía más de un año que vivían en ese semidepa de ochenta y cinco metros cuadrados y aún desconocía el nombre de la vecina. Miró el sobre. Alicia Buitrago. “¿Buitrago? ¿Qué clase de apellido es ese?”, pensó, y enseguida se arrepintió porque recordó la costumbre de su abuela Laura de interesarse con aire altanero por la genealogía de las personas; la fastidiaba. Salió al pasillo y se inclinó para deslizar el sobre bajo la puer-ta, que se abrió de súbito y la sobresaltó. —¡Hola! —exclamó la vecina, sonriendo. —Yo… El portero se equivocó —explicó, de modo atrope-llado—. Esto es suyo —dijo, y le extendió el sobre. —Gracias. Permíteme un momento que justo estaba sacan- 16
  • 13. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO do la basura. Camila la siguió con la vista mientras la mujer se dirigía al descanso de la escalera, donde había un gran tacho de basura. Era alta, con los hombros caídos, y, si bien lucía delgada, Ca-mila advirtió que tenía caderas fuertes. “No me pondría esa falda tubo con esas caderas”, dictaminó. —¿Así que Aníbal se equivocó y dejó esto en tu casa, eh? ¡Ah, ese pisciano soñador! “¿Pisciano soñador?” Camila no sabía nada de astrología. En su familia, se la juzgaba una práctica asociada a gente rara y de poco nivel e intelecto. Un bebé comenzó a llorar. —Es Lucio, mi hijo. Ven, pasa —la invitó la vecina y se me-tió dentro—. Voy a buscarlo y te lo muestro. Pasa, pasa. A Camila, la alegría y la simpatía de la mujer la incomoda-ban. Se quedó cerca de la puerta, dispuesta a echar a correr si la tal Alicia Buitrago intentaba algo sospechoso. Se presentó con un bebé en brazos que rondaba el año. Llo-riqueaba, malhumorado, con los mofletes rojos de sueño. La invadió una ternura que dio al traste con la desconfianza. Los bebés eran su debilidad. Hacía tiempo que no veía a sus primi-tos, los hijos de tío Humberto, desde que éste se había peleado con su padre a causa de la quiebra de la fábrica textil. —Mira, Lucito, la vecina ha venido a visitarnos. ¿Cómo te llamas? —Camila. —¡Ah, qué hermoso nombre! ¿Verdad que sí, Lucito? Yo soy Alicia —se presentó, y extendió la mano. El llanto de Lucito arreció. Sonó el teléfono. La vecina se colocó el inalámbrico entre la oreja y el hombro y contestó. —Cálmate, Aurora. Por favor, tranquilízate. 17
  • 14. FLORENCIA BONELLI Parecía una llamada importante. La cara sonriente de la vecina se había endurecido. Sin mediar palabras, colocó a Lucio en brazos de Camila y se alejó para hablar en privado. Lucio se sintió sorprendido al caer en brazos de una extraña y calló. Tomó distancia y observó a Camila con un gesto que la hizo reír. —¡Hola, Lucio! ¿Cómo estás? —se sentó en el sillón y lo colocó sobre sus piernas para hacerle “caballito”, una práctica que jamás fallaba con sus primos—. ¡Hico, hico, caballito! Lucio rompió en carcajadas. Cuando Camila se detenía, se quejaba y, en su lengua indescifrable, daba a entender que quería más. —¡Ey, pero qué bien se llevan ustedes dos! —exclamó Ali-cia—. Discúlpame, Camila, tenía que atender esa llamada. Era una paciente. —¿Usted es doctora? —No, soy psicóloga y astróloga. “¡Psicóloga y astróloga!” Su madre no se había equivocado al juzgar que la vecina tenía traza de “ésas de la new age”. Le molestaba que inundase el pasillo con aroma a sahumerio. A Camila, en cambio, le gustaba. Apenas traspuesto el umbral de su vecina, advirtió que quemaba uno con aroma a rosas. —¡Qué bien se le ve a Lucito contigo! —insistió la mujer—. Es reacio con los extraños, porque se lo pasa aquí, solo, con-migo todo el día. ¿Quieres tomar algo, Camila? —No, no. Estamos por almorzar en casa. —Ah, claro. Yo como temprano, porque en unos minutos empieza el desfile de pacientes y clientas. —Hasta luego. —Chau, Camila —dijo la vecina, y recibió al bebé—. Gra-cias 18 por traerme la carta.
  • 15. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO Tocaron el timbre alrededor de las dos de la tarde. Nacho y Camila, que hacían los deberes en la mesa del comedor, se mira-ron, extrañados. Lo común era escuchar el sonido estruendoso del interfón, pero no el del timbre del departamento. Se trataría de Aníbal, suposición que Camila eliminó al ver la hora, las dos y diez: aún era el descanso intermedio del portero, y Aníbal prefería morir antes que trabajar durante esas horas. Observó por la mirilla. Se trataba de la vecina, Alicia Bui-trago. —Hola, Camila. —Hola, Alicia. —Necesito que me salves. La babysitter acaba de llamarme para decirme que no puede venir. ¡Recién ahora! ¡Me plantó cuando estoy a punto de recibir a mi primera paciente! ¿Po-drías venir a casa y mirar a Lucito mientras yo trabajo? ¡Te voy a pagar! —No, no, está bien —balbuceó. No sabía qué hacer. Por un lado, Alicia la atraía, le resultaba franca y alegre. Por el otro, temía que sus padres se enfurecieran al saber que se había me-tido en la casa de una desconocida. “¡Ni tan desconocida!”, pensó. “Es la vecina.” Ganarse unos pesos no era un estímulo menor. —Discúlpame. ¿Estabas haciendo algo? —Las tareas. —Si quieres —propuso la vecina—, trae los libros y estu-dia en casa. A Lucito lo ponemos en el corralito y él solito se entretiene. Es muy bueno y tranquilo. Lo único que necesito es que estés cerca de él y que le eches un vistazo, mientras yo estoy en el consultorio con mis pacientes. —Está bien —aceptó, y experimentó una sensación muy peculiar, nueva, una especie de contento y de seguridad que 19
  • 16. FLORENCIA BONELLI la llevaron a sonreír. Buscó sus carpetas y sus libros y caminó tras Alicia, que alcanzó a darle algunas indicaciones –cambio de pañales, mamila, juguetes favoritos y demás– antes de que sonase el interfón anunciando la llegada del primer paciente. Alicia Buitrago atendía a dos clases de personas: las que ve-nían a consultarla como astróloga, y las que la buscaban como terapeuta. Camila juzgó que le iba bien, porque vestía buena ropa, calzaba excelentes sandalias y su departamento tenía un decorado costoso, no en el estilo que Josefina Zuviría de Pérez Gaona habría aprobado, sino en uno moderno y minimalista. Esa primera tarde, Camila no volvió a abrir los libros. En honor a la verdad, no tenía mucho para estudiar y había com-pletado la tarea antes de que Alicia se presentase; por lo que se lo pasó jugando con Lucito, al que encontró el bebé más adorable, simpático e inteligente que conocía; aun cambiarle los pañales se convirtió en una actividad lúdica. Alrededor de las seis de la tarde, después de jugar sobre la alfombra con los cubos de colores, tuvo hambre. A Camila la sorprendía la soltura que, en pocas horas, había adquirido para moverse en esa casa; se sentía parte del entorno. Como Alicia la había autorizado, abrió la heladera. Ni siquiera en la época de pujanza de su familia la heladera había estado tan bien surtida. Con su madre siempre a dieta, era infre-cuente encontrar los postres, pasteles y bebidas que Camila apreciaba en ese momento. Se le hizo agua la boca. Se sirvió una porción de cheesecake con salsa de frutos del bosque, su favorita, y preparó té con leche. Sentó a Lucito en la silla alta y le dio una galletita dulce de las que Alicia le había indicado. Mientras disfrutaba la cheesecake, se torturaba con la idea de que estaba gorda y de que no debería comerla. Lucito la mira-ba comer, mientras babeaba el bizcocho. La contemplaba con 20
  • 17. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO una seriedad que a Camila le arrancó una carcajada ahogada. Lo observó. Era bonito, de ojos verdes agrisados y cabello castaño claro. No se parecía a Alicia, y se preguntó si habría salido al padre. No recordaba haberse cruzado con ningún hombre en ese año y pico que llevaba viviendo ahí. Lucito se refregó los ojos y, sin quejarse, apoyó la cabeza sobre la bandeja de la silla. Camila se quedó mirándolo, em-bargada de ternura. Apuró el último trago de té, lavó la vajilla –los ojos soñolientos de Lucito la seguían–, la dejó en el seca-platos y lo sacó de la silla alta. El niño apoyó la cabeza sobre el hombro de Camila. Le provocó una sensación agradable sentir el peso de esa cabecita y el calor de su cuerpecito en el pecho. Lo abrazó y lo llevó al comedor, aunque cambió de parecer y caminó hacia el living, una estancia por la que había pasado sin detenerse, y se apoltronó en el sillón. Al principio y dada a la escasez de luz, no entendió el cua-dro que tenía enfrente. Cuando sus ojos se habituaron a la penumbra, se estremeció. Se trataba de una lámina enorme, tal vez de un metro por un metro, con un marco sobrio y dorado, que mostraba a una mujer acostada, desnuda y con las piernas abiertas, de la cual se veía parte del torso y por completo el monte de Venus, cubierto de rizos negros. El realismo del cuadro resultaba admirable, tanto que parecía una fotografía. Lo que atinó a pensar la hizo reír: “Ésa tie-ne jamones más blancos, gordos y flácidos que los míos”. Y, sin embargo, un pintor había querido retratarla. Se levantó con dificultad y se aproximó para leer una leyenda al pie del cuadro: L’Origine du monde -Gustave Courbet -Musée d’Orsay -Paris. —¿No es bellísimo? —¡Ah! —se asustó Camila—. No te escuché entrar. 21
  • 18. FLORENCIA BONELLI —Es que estabas tan absorta. Veo que Lucito ha hecho mi-gas contigo de inmediato. Cuando le da sueño, no se duerme con nadie, excepto conmigo. —Es muy bueno. —¿Te gusta L’Origine du monde? —Alicia pronunció bien el francés—. Estuvo oculto detrás de otra pintura durante mu-chísimo tiempo. Causó gran escándalo en su época, 1866. Yo lo encuentro fascinante. —Parece una foto —acotó Camila. —Porque Courbet es uno de los padres del realismo. Me encanta toda su obra. ¿De qué signo eres, Camila? —De Tauro. —¡Taurina! Como Lucito. —No sé nada de astrología. —¿Sabes cómo definimos los astrólogos a alguien de Tauro? Yo siento. —¿Yo siento? —Sí. Ustedes son los más sensuales del Zodíaco. Todo lo aprecian a través de los sentidos: el del gusto, el de olfato, el del tacto. En su forma más básica, son glotones y cómodos, no les gusta moverse. Camila ocultó su sorpresa. Nadie la había definido con ma-yor exactitud en sus casi dieciséis años. Amaba comer y le gus-taba echarse a leer o a ver la tele; le encantaba dormir hasta tarde; detestaba que la apurasen y odiaba la práctica de depor-tes, algo en lo que su padre insistía. —¿Ya terminaste con tus pacientes? —Sí, por hoy sí —Alicia le extendió varios billetes—. A la babysitter le pago veinticinco pesos la hora. Has estado cuatro horas, son cien pesos. “¡Cien pesos!” 22
  • 19. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO —Gracias, pero lo hice con gusto. No tienes que pagarme. —Por supuesto que tengo que pagarte. Nadie trabaja gratis, Camila. Además, quería proponerte que te convirtieras en la babysitter de Lucito. Parece muy a gusto contigo. ¿A qué hora sales del colegio? —A la una ya estoy en casa, a excepción de los martes y jueves que tengo gimnasia. Esos días llego a las dos y media. —No hay problema. Los martes y jueves yo empiezo a aten-der alrededor de las tres. Puedes almorzar aquí cuando llegues. La idea la tentaba: cien pesos por día y la grata sensación que le provocaba estar en esa casa con Lucito. —No sé si mi mamá querrá. —¿Quieres que hable con ella? —No, no —se apresuró a decir. Josefina no aceptaría al tipo de mujer que encarnaba Alicia: psicóloga, astróloga y que encendía sahumerios. Si llegaba a descubrir L’Origine du monde, la negativa sería contundente—. Yo le pregunto y te llamo más tarde. —Muy bien. Anota mis teléfonos. Fue Juan Manuel, su padre, el que le dio una mano para convencer a Josefina. —Juan, no tenemos idea de quién es esta mujer. —Es la vecina. Camila estará enfrente de casa. —¿Y dices que ella trabaja ahí? —Josefina se dio vuelta para dirigirse a su hija. —Sí. Es psicóloga y tiene el consultorio en el departamento —se abstuvo de mencionar la parte zodiacal del asunto—. El departamento de ella es el doble del nuestro. —Vas a descuidar los estudios —insistió, y Juan Manuel sol-tó un bufido. —¡Por favor, Josefina! ¿No conoces a tu hija? Es la chica más responsable y aplicada de la Argentina. 23
  • 20. FLORENCIA BONELLI —Cuidar a un bebé no es un juego. —Sólo tengo que mirarlo —intervino Camila—. Lo pongo en el corralito y lo miro desde la mesa en la que estudio. —¡Por favor, Camila! He criado a dos hijos. No me digas que lo vas a dejar en el corralito y que ahí se va a quedar de lo más tranquilo porque sé que no es verdad. —Es muy tranquilo. Además, me pagaría muy bien. Yo quiero tener mi plata. La última frase caló en el matrimonio Pérez Gaona. Sus ges-tos se ensombrecieron e intercambiaron miradas apesadum-bradas. Camila aprovechó y siguió adelante con la táctica. —Hoy me gané cien pesos por estar con Lucito cuatro horas. —¡Cien pesos! —exclamó Nacho—. Yo también quiero ser babysitter. —¡Anda a tu cuarto a terminar ese mapa, Ignacio! —lo apremió Josefina. —¡Ufa! —Y si te veo otra vez en ese maldito Facebook, vas a tener penitencia por un mes. —¡Ufa! —Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. —¿Te pagaría cien pesos todos los días? —Juan Manuel pasó por alto el refrán de su esposa y se lanzó a hacer cálculos. —No lo sé, papá. Tal vez algunos días me necesite menos horas. —Lo dudo. Al final, tu hija, Jose, va a ganar más que tú, que te deslomas dando clases. —Así podría tener plata para mis gastos —arremetió Cami-la— y no tendría que pedirles a ustedes. —Aunque, a decir verdad, poco les pedía desde que la fábrica había quebrado. A veces se preguntaba si sus padres estaban al tanto de que los tenis le quedaban chicos. 24
  • 21. NACIDA BAJO EL SIGNO DEL TORO —Quiero conocer a la tal Alicia. —Es encantadora —dijo Juan Manuel, y el interior de Ca-mila tembló. ¿No conocía a su esposa para expresarse con tan-ta liviandad acerca de una mujer joven y atractiva? ¿No sabía que era celosa? Su futuro de babysitter estaba al borde de la muerte. —¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes que es tan encantadora? —Me la crucé varias veces en el ascensor. —Mira lo que son las cosas. Yo nunca me la crucé. —Cami —dijo Juan Manuel—, llama a la vecina y pregún-tale si puede venir un momento. Camila espiró con alivio: había temido que sus padres deci-diesen visitar la casa de Alicia Buitrago, en cuya sala, en lugar de la Madonna con el niño, como tenían ellos, se encontraba el cuadro más escandaloso que ella conocía. Alicia accedió de muy buena gana y, en cinco minutos, se hallaba en el living de los Pérez Gaona con Lucito en brazos. En opinión de Camila, su madre no se molestó en ocultar la antipatía que le provocaba la vecina. Alicia, en cambio, se des-envolvió con cordialidad. Juan Manuel decidió que probarían durante una quincena. Si Camila, debido al trabajo, no cum-plía con las obligaciones escolares, renunciaría. Esa noche comieron en un ambiente tenso y silencioso. Ca-mila se sentía culpable. Nacho, su hermano, como siempre en Babia, hablaba de su primer día de clase, sin caer en la cuenta de que nadie le prestaba atención. Camila lavó los platos y se fue a bañar. Se acostó en la cama, y, debido a que su habitación era la de servicio y se hallaba alejada –el departamento tenía dos dormitorios, y ella se había negado de plano a compartirlo con su hermano, ni siquiera con el biombo de la abuela Laura en medio–, apenas oía las voces de sus padres. No obstante, 25
  • 22. FLORENCIA BONELLI sabía que estaban discutiendo. Lo hacían a menudo desde que la situación económica familiar se había tornado tan difícil. Camila se angustió al pensar que peleaban por culpa de ella, de su insistencia por trabajar con Alicia. Alicia le había dicho cosas interesantes y desconcertantes: Yo siento. Así se definía a un taurino. Puro sentimiento y sensa-ción. En su forma más básica, son glotones y cómodos, no les gusta moverse. Pocas veces la habían descrito con tanta precisión. En realidad, era la primera vez que alguien se preocupaba por describirla. “¿Cómo soy?”, se preguntó. 26
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