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PORFIRIO DÍAZ Su vida y su tiempo Carlos Tello Diáz
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PORFIRIO DÍAZ Su vida y su tiempo Carlos Tello Diáz

Esta biografía retrata al militar y al estadista, pero también somete a revisión al hombre, con todas sus debilidades y su grandeza. Basada en documentos apenas conocidos, en archivos perdidos en los confines del país, y también en recuerdos de familia, está escrita con la maestría del historiador Carlos Tello Díaz.
Published on: Mar 4, 2016
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Transcripts - PORFIRIO DÍAZ Su vida y su tiempo Carlos Tello Diáz

  • 1. 13 Introducción En el verano de 1914, Porfirio Díaz fue sacudido por un terremoto que cimbró las bases del mundo que conocía, cuyas ondas de expansión llegaron hasta la villa donde residía con su familia, en el balneario de Biarritz. El terremoto demolió lo que restaba de su obra en su país: ese mes de agosto triunfó la Revolución, sus tropas ocuparon la capital de México, y destruyó también el edificio de la civilización en Europa, donde vivía entonces el exilio, pues ese mes de agosto, asimismo, es- talló la Gran Guerra: los prusianos avanzaron hacia Francia, detonaron una conflagración nunca antes vista, en la que aparecieron en el cielo, de repente, biplanos de hélice con la capacidad de arrojar más de 100 kilogramos de bombas desde el aire, como el BE-2. Díaz era un hom- bre ya grande, un anciano: estaba a punto de cumplir ochenta y cuatro años. Con el derrumbe de su obra, con la desaparición de su mundo, llegaba también el fin de su propia vida. Poco después, él mismo entró en un periodo de letargo que lo llevó a la muerte antes de transcurrir un año, sin traumatismos, consolado por los recuerdos de su infancia en la ciudad de Oaxaca. Eran recuerdos muy remotos. Díaz había nacido en un mundo totalmente distinto al que vio caer en ruinas al ocaso de su vida. Cre- ció en un país que era todavía, en su esencia y su extensión, por sus prácticas y sus costumbres, la Nueva España, aunque desde hacía un puñado de años tenía ya el nombre de México. El país era gigantesco: incluía los territorios de Texas, Nuevo México y la Alta California, y estaba dominado por las instituciones que más peso tuvieron durante la Colonia: la Iglesia y el Ejército. Porfirio pasó su niñez en un mesón arrendado a las monjas del convento de Santa Catarina, en el que a 10_Porfirio Diaz_final.indd 13 06/07/15 13:27
  • 2. 14 INTRODUCCION menudo veía él mismo a su padre inclinado sobre una vela de cera, vestido con el hábito de los terciarios de San Francisco. El gobierno del estado —como antes el de la intendencia— estaba encabezado por miembros de las familias más prominentes, las que ostentaban tí- tulos de nobleza desde la Colonia, como los Ortigoza y los Ramírez de Aguilar, sucedidos más tarde por un general formado en el Ejér- cito Realista, don Antonio de León, quien consolidó un cacicazgo largo y estable en Oaxaca, bajo la sombra del régimen del Centro. En ese mundo devoto y rígido, dominado por las oraciones, constreñido por el grito de Religión y Fueros, nació y creció Porfirio Díaz. Porfirio fue parte de la generación de 1857, la que desafió en su país el legado de la Colonia durante la Reforma, la que derrotó y desmanteló aquel legado para construir en su lugar los cimientos de un México más justo y más libre, a partir de las ideas que defendían los liberales del siglo xix. Aquella generación estaba dirigida por un grupo de oaxaqueños de talento, liderados por Benito Juárez, que consolidaron su triunfo contra la reacción tras la guerra que los enfrentó con el Imperio de Maximiliano. Al ser restaurada la Repú- blica, el general Díaz fue uno de los caudillos que disputaron, con las armas en la mano, la herencia de don Benito. Hubo muchos, pero él tenía una ventaja sobre los demás: había aprendido a gobernar —eso todos lo reconocían— en los años de la guerra. Llegó tras un pro- nunciamiento a la Presidencia de la República, que tuvo que dejar para ser coherente con sus banderas, las cuales postulaban la no reelec- ción, pero a la que volvió después, no obstante esas banderas, para comenzar un gobierno prolongado y firme que contó, por un tiempo muy largo, con el beneplácito de México. Su administración coin- cidió con una época de orden y progreso que benefició a la mayoría de los países de Occidente. También a México. Pero la estabilidad y el bienestar —que fueron al principio una novedad, una bendición en un país acostumbrado a los horrores de la guerra— tuvieron un precio: la permanencia en el poder de un régimen que no tuvo la ca- pacidad de adaptar sus estructuras a los cambios, que reprimió las li- bertades de los mexicanos, algo que padecieron todos de formas muy distintas, en particular aquellos, muchos, que no sentían sus intereses 10_Porfirio Diaz_final.indd 14 06/07/15 13:27
  • 3. 15 INTRODUCCION representados en el gobierno. Las tensiones estallaron con una in- surrección. Don Porfirio, derrocado, partió de su país hacia el exilio, donde fue cimbrado por el terremoto de 1914, que precedió por unos meses su propia muerte. Fue así, en toda su extensión, un hombre del siglo xix. Vivió con intensidad aquel siglo, el cual transcurrió en parte bajo su sombra, un siglo que comenzó con la Independencia y terminó con la Revolución —más o menos el periodo que abarcó su vida, una de las más longevas en la historia de México. Esta biografía cuenta la vida de Porfirio Díaz, describe la transfor- mación del tiempo en la que transcurrió, desde 1830 hasta 1915. Su vida y su tiempo. La historia es larga, por lo que está dividida en tres partes, la primera de las cuales es La guerra (1830-1867), seguida por La ambición (1867-1884) y El poder (1884-1915). La guerra narra la vida del general desde que nace en Oaxaca hasta que ocupa con su ejército la ciudad de México, con lo que pone fin a las hostilidades contra el Imperio de Maximiliano. Existen más de cien biografías de Díaz. Unas son apologías, otras son diatribas; algunas son ensayos, otras más son narraciones de perio- dos concretos de su vida. A lo largo del Porfiriato fueron publicadas un sinnúmero de semblanzas del general Díaz, casi todas laudatorias (treinta según Daniel Cosío Villegas, cincuenta y seis según Luis Gon- zález). A partir de la Revolución, hasta mediados del siglo xx, fue- ron dadas a conocer varias semblanzas más, casi todas adversas (catorce según Cosío Villegas, veintiocho según González). Cerca de veinte biografías más aparecieron desde entonces hasta el inicio de la dé- cada de los ochenta, cuando dio comienzo la revisión del régimen encabezado por don Porfirio. En las últimas dos décadas del siglo fueron publicados más de ciento cincuenta libros que llevan en el título la palabra Porfiriato, de acuerdo con Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato. Desde esa fecha han aparecido varios libros más sobre su vida, algunos de ellos muy notables. ¿Por qué tiene sentido entonces dar a conocer una biografía más? Porque a pesar de ser más de cien las biografías, ninguna de ellas, ni una sola, registra en detalle la vida de Porfirio Díaz desde su nacimien- to hasta su muerte —su vida en todos sus aspectos: el militar, el político 10_Porfirio Diaz_final.indd 15 06/07/15 13:27
  • 4. 16 INTRODUCCION y el personal— a partir de fuentes primarias: cartas, diarios, memorias, periódicos, actas, decretos, fotografías, testimonios, manuscritos… Es lo que he querido hacer en esta biografía: contar la historia del general Díaz sobre la base de documentos conservados en archivos o divulga- dos en libros como los que fueron editados por Alberto María Carreño y Jorge L. Tamayo, donde está documentada una parte de la historia de México en el siglo xix. Sus fuentes son hechas explícitas a lo largo del texto por medio de las citas, en las que hablan los personajes que fueron testigos o protagonistas de los hechos. Todas ellas remiten a las notas localizadas al final de la obra, que son importantes porque reve- lan el origen de la información dada a conocer en el libro, así como su credibilidad. Este libro tiene una deuda enorme con los oaxaqueños. En el cur- so de la investigación, que duró años, recibí el apoyo del gobierno de Oaxaca, a través de la Secretaría de las Culturas y Artes. En esos años tuve la suerte de visitar el estado todos los meses, como coordinador del ciclo de conferencias Oaxaca en el debate nacional. El proyecto fue visto con entusiasmo por mis amigos, entre los que quiero destacar a Diódoro Carrasco. También por los historiadores del estado, que me dieron las claves para poder entender la historia de Oaxaca en el siglo xix. Quiero dar aquí las gracias en forma muy especial a dos: a Francie Chassen-López, profesora de la Universidad de Kentucky, oaxaqueña por adopción, experta en el Istmo de Tehuantepec, y so- bre todo, por supuesto, a Francisco José Ruiz Cervantes, Paco Pepe, investigador de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, conocedor a fondo de la historia de su ciudad, una de las más bellas de México. Consulté la mayoría de los archivos de Oaxaca gracias a Penélope Orozco del Fondo Manuel Brioso y Candiani, a Socorro Rodríguez del Archivo Histórico de Notarías, a Consuelo Busta- mante de la Fundación Cultural Bustamante Vasconcelos, a Clau- dia Ballesteros del Fondo Luis Castañeda Guzmán, a Antolín López Ayala del Archivo Histórico del Estado, a Miguel Angel Vázquez Gutiérrez del Archivo Histórico del Registro Civil y a Selene del Carmen García Jiménez, quien me ayudó a conseguir información de difícil acceso en el Archivo de la Mitra de Oaxaca. En la ciudad 10_Porfirio Diaz_final.indd 16 06/07/15 13:27
  • 5. 17 INTRODUCCION de México, en fin, donde trabajo en la Universidad Nacional Autó- noma de México, quiero agradecer el apoyo que recibí de la doctora María Eugenia Ponce, en mis visitas a la Colección Porfirio Díaz de la Universidad Iberoamericana, y del teniente coronel Miguel Angel Ibarra Bucio, quien me orientó por el Archivo Histórico de la Secre- taría de la Defensa Nacional. Carlos Tello Diaz, México, 2015 10_Porfirio Diaz_final.indd 17 06/07/15 13:27
  • 6. 10_Porfirio Diaz_final.indd 18 06/07/15 13:27
  • 7. 19 El origen 1 MESON DE LA SOLEDAD “En la capital de Oaxaca, a 15 de septiembre de 1830, yo, el tenien- te, bauticé solemnemente a José de la Cruz Porfirio, hijo legítimo de José de la Cruz Díaz y Petrona Mori”.1 Así quedó asentado en el libro 77, folio 164, partida 847 de los archivos de la parroquia del Sagrario de Oaxaca, con la firma de Luis Castellanos, quien años después habría de aspirar al obispado de Antequera, luego de ser vi- cario del Sagrario y tesorero de la Catedral, así como diputado en el Congreso General de México. El niño que acababa de bautizar en la pila de mármol de la Catedral —la única que había en toda la ciudad, enorme, instalada adentro de la sacristía— llevaba el nombre de su padre, José de la Cruz, aunque también otro más, poco común en México: el del santo del día de su bautizo, San Porfirio. Y la historia lo habría de conocer con ese nombre, el de Porfirio de Tesalónica, el anacoreta del río Jordán, el obispo de Gaza que a fines del siglo iv, con una falange de soldados, destruyó los templos y los ídolos para imponer el orden entre los paganos del Sinaí. Era miércoles, pero el niño, según parece, había nacido la víspera, el martes por la noche (“el nacimiento fue en la noche”, asegura una persona que conocería de cerca al niño que acababa de nacer, “el 14 de septiembre”).2 Y ha- bía nacido, según parece, no en Oaxaca sino al noroeste de la ciudad, en La Borcelana (“un rancho en el camino de Etla a Oaxaca”, afirma el testimonio de un grupo de oaxaqueños que lo supo de palabra del 10_Porfirio Diaz_final.indd 19 06/07/15 13:27
  • 8. 20 PORFIRIO DIAZ propio don Porfirio).3 Lo normal en esos tiempos —así sucedió tam- bién, de hecho, en el caso de sus hermanos— era que el sacramen- to del bautismo tuviera lugar al día siguiente del nacimiento. Y La Borcelana era propiedad de la familia de Petrona Mori, quien vivió ella misma hasta su matrimonio en la villa de Etla, donde radicaba todavía su hermana Florentina. “Fue padrino el señor cura de Nochixtlán”, añade la fe de bautis- mo, “licenciado don José Agustín Domínguez”.4 Domínguez estaba obligado a vivir en su parroquia, a varias jornadas a pie de Oaxaca, en Nochixtlán, donde oficiaba las misas en la iglesia de Nuestra Se- ñora de la Asunción. Tenía su domicilio ahí, en el corazón de las Mixtecas, pero residía en ese momento en la capital del estado ya que, desde hacía un año, formaba parte del congreso de Oaxaca, que comenzaba su periodo de sesiones en septiembre, con la compare- cencia del gobernador José López de Ortigoza. Los sacerdotes eran a menudo miembros de los órganos de gobierno del país, incluso de los más altos: la Iglesia y el Estado no estaban separados en México. El licenciado José Agustín Domínguez, cura de Nochixtlán y diputado de Oaxaca, habría de desempeñar un papel fundamental en la vida de José de la Cruz Porfirio. Sería su guía y su protector en los años por venir, hasta el día del rompimiento, cuando le fue revelado a su ahi- jado, adulto ya, que su destino iba a ser otro. La familia que formaban José de la Cruz Díaz y Petrona Mori estaba integrada por tres niñas: Desideria, Manuela y Nicolasa, ellas tres nada más, pues tiempos atrás habían muerto en la infancia dos hijos, Cayetano y Pablo, nacidos ambos después de Desideria. Por esa razón, los padres recibieron con gusto el nacimiento del niño que no tenían, el cual sería su orgullo: José Porfirio. La familia vivía al poniente de la ciudad de Oaxaca, en un parador de arrierías llamado el mesón de la Soledad, el único que había en toda la ciudad, por la razón que habría de sugerir más tarde (“la poca entrada y salida de gente en la capital”) el historiador don Juan Bautista Carriedo.5 El edificio del mesón pertenecía al convento de Santa Catarina. Había tenido varios usos a lo largo de los años: cuartel de dragones del Ejér- cito Realista, caballeriza de los insurgentes del Sur, parador una vez 10_Porfirio Diaz_final.indd 20 06/07/15 13:27
  • 9. 21 EL ORIGEN consumada la independencia de México. José de la Cruz lo arrenda- ba, por medio de un intermediario, a las monjas de Santa Catarina. Era lo normal. Por esos años, la ciudad tenía alrededor de mil qui- nientas viviendas, la mayoría de las cuales, al menos 70 por ciento, era propiedad de la Iglesia —“el relicario de la fe”, según un clérigo de Oaxaca.6 Entre sus propiedades, además de casas, había templos, conventos, hospitales, cofradías, seminarios, capellanías, mesones y congregaciones. Santa Catarina era en este sentido el convento de religiosas más rico de la ciudad, apenas atrás de la Concepción: tenía setenta y cinco propiedades en la capital de Oaxaca. El mesón de la Soledad estaba localizado en el extremo más oeste de Oaxaca, por la salida del camino real a la ciudad de México. Era una casa de una sola planta, maciza, con muros de adobe revestidos de cantera, el portón flanqueado por pilastras pintadas de cal, la fa- chada coronada en el techo por una especie de barandilla. Tenía dos patios: el primero con una fuente al centro, al que daban los corre- dores donde estaban las mesas y las sillas que ocupaban los pasajeros, y el segundo, más al fondo, con un estanque de agua, al que daban los corrales y los cobertizos que guardaban el forraje de los animales. José de la Cruz Díaz tenía en ese patio un banco de herrador, con un horno, un martinete, un yunque y un ventilador que funcionaba con ayuda de agua. Tenía también un hospital de veterinaria para atender a las bestias de carga que llevaban los arrieros. Era herrador y veterinario de profesión, y fue también arriero por un tiempo. Vivía con su familia en una de las habitaciones que daban al patio de la fuente. Ahí mismo, al lado, alquilaba cuartos a los pasajeros más ricos y rentaba catres y petates a los arrieros más pobres, para dormir en comunidad. Todo el comercio que había entre México y Guatema- la, entre Veracruz y Chiapas, pasaba por Oaxaca, y todo, casi todo aquel comercio desfilaba por el mesón de arrierías que estaba frente al templo de la Soledad. El oficio de transportar mercancías a lomo de mula, por un tiem- po reservado a los criollos, era por aquel entonces un oficio de mes- tizos, indios y mulatos. Algunos de los protagonistas de las guerras de Independencia, como Morelos y Guerrero, un mestizo y un mulato, 10_Porfirio Diaz_final.indd 21 06/07/15 13:27
  • 10. 22 PORFIRIO DIAZ habían sido arrieros en su juventud, experiencia que aprovecharían más tarde para combatir en las montañas del Sur. Eran hombres edu- cados en las lecciones que dan los caminos: debían tener fuerza para resistir la marcha, habilidad para negociar, sentido común para re- solver los imprevistos, responsabilidad para concluir el camino con toda la carga. Había por esos años muy pocos caminos de rueda en México. Las mercancías, así, tenían que ser transportadas a lomo de mula por los caminos de herradura. “Millares de mulos y caballos, en largas recuas, cubren hoy los caminos de México”, escribió el sabio Alexander von Humboldt.7 Oaxaca no era la excepción: todos sus caminos estaban llenos de recuas cargadas de mercancías. “Sólo dentro de los límites del gran valle de Oaxaca hay caminos más o menos transitables”, observó un discípulo de Humboldt, el ingeniero Eduard Mühlenpfordt. “Aparte de éstos, un carruaje no puede cir- cular hacia ningún lado, pues encuentra solamente angostos senderos para mulas, en su mayoría extremadamente peligrosos”.8 El ingenie- ro Mühlenpfordt, oriundo de Clausthal, en el reino de Hannover, con estudios en la universidad de Göttingen, vivía por esas fechas en Oaxaca, donde en 1830 realizó dibujos muy notables de las ruinas de Mitla. Trabajaba como técnico en la construcción de caminos para el gobernador López de Ortigoza, con cuyo apoyo habría de realizar un proyecto de carretera —el primero de una lista que sería muy larga— a través del Istmo de Tehuantepec. Es posible que co- nociera a José de la Cruz Díaz, pues ambos estaban interesados en el progreso de los caminos en Oaxaca, uno como mesonero, otro como ingeniero, y ambos conocían, asimismo, un negocio en el que habían trabajado los dos por varios años: el de las minas de Ixtlán. Tiempo después, Mühlenpfordt habría de planear un camino para carretas de Oaxaca a Tehuacán, que sería cancelado y olvidado por un pro- nunciamiento que trastornó la vida de México. El pronunciamiento, lamentó, “impidió la continuación de las obras y posteriormente la realización de todo este plan, grandioso y prometedor”.9 La precariedad de la comunicación en el país hacía que las ciu- dades, aun las que eran centros de comercio, como Oaxaca, vivieran hacia adentro, aisladas más o menos del resto de México. En ese 10_Porfirio Diaz_final.indd 22 06/07/15 13:27
  • 11. 23 EL ORIGEN aislamiento, la presencia más importante era la Iglesia. El mesón que regentaba José de la Cruz Díaz estaba a un costado del templo de la Soledad. Su vida transcurría bajo su sombra. Antes de reanudar la marcha, por la madrugada, los arrieros encomendaban sus almas a la Virgen de la Soledad, patrona de los viajeros en Oaxaca. Le rezaban sus oraciones hincados sobre la calle del mesón, frente a su estatua de piedra. Por eso estaba ahí la estatua, sobre la calle, para que los arrieros no tuvieran que subir con sus bestias hasta el atrio de la iglesia, donde podían ser confundidas con los animales de las otras arrierías. El templo había sido levantado a finales del siglo xvii, en el lugar donde estaban las ruinas de la ermita de San Sebastián. Su portada estaba dividida en cuerpos de columnas dóricas, jónicas y sa- lomónicas, y tenía algunas de las esculturas más hermosas de Oaxaca. Era amarilla, a diferencia del resto del templo, que estaba construido, como el convento, con la piedra verde de las canteras de Santa Lucía del Camino. Había por aquel entonces ocho monasterios para frailes y trece conventos para monjas en Oaxaca. “Entre los conventos de monjas, el más rico es el de Nuestra Señora de la Soledad”, escribió Mühlenpfordt. “La santa venerada y milagrosa es la patrona de la ciudad”.10 Los oaxaqueños celebraban su día el 18 de diciembre, para después festejar, con una comida de vigilia, la Natividad del Señor. No había la costumbre de cenar el 24 de diciembre. La gente acudía a la calenda del Niño Dios y, más tarde, luego de comer en la calle turrones y vendimias, a la misa de gallo en la Soledad. Así también debió hacer José de la Cruz Díaz con su esposa y sus hijos, que eran todos muy pequeños, con excepción de Desideria. El más chiquito acababa de cumplir tres meses. En la ciudad, por esos tiempos, la vida era monótona y silenciosa, centrada sobre todo en la familia más íntima, sin visitas de ningún género. El ambiente de un mesón era distinto: los arrieros iban y ve- nían, entraban, salían, estaban siempre en movimiento con sus ani- males, noche y día, entre gritos y lamentaciones. En ese ambiente de hostería, tan singular, empezó a crecer José de la Cruz Porfirio —o como lo comenzaron a llamar sus padres con el tiempo, por como- didad: Porfirio. 10_Porfirio Diaz_final.indd 23 06/07/15 13:27
  • 12. 24 PORFIRIO DIAZ CALVARIO DEL GENERAL VICENTE GUERRERO Porfirio había sido concebido a mediados de diciembre de 1829, en el momento en que el general Vicente Guerrero fue depuesto de la Pre- sidencia de la República. Su madre pasó todo su embarazo con el país en guerra. México, de hecho, no conocería desde entonces otra cosa que la guerra: guerra entre centralistas y federalistas, guerra entre mexicanos y norteamericanos, guerra entre liberales y conservadores, guerra entre republicanos y monarquistas, guerra entre porfiristas y juaristas y guerra, más tarde, entre porfiristas y lerdistas. La guerra habría de durar una mitad de siglo, hasta el triunfo de la rebelión de Tuxtepec, cuando dio comienzo el régimen que sería encabezado por el niño —entonces ya general y presidente, y luego dictador— que acababa de nacer en el mesón contiguo al templo de la Soledad. Vicente Guerrero estaba levantado en armas desde hacía un año en las montañas del Sur cuando fue capturado a traición en Acapul- co, donde permanecía refugiado luego de la derrota de Chilpancin- go. En enero de 1831 fue llevado por mar hacia Huatulco; después por tierra, vía Ejutla, hasta la ciudad de Oaxaca. El rumor de su apre- hensión, que comenzó a correr la víspera del día de la Candelaria, fue más tarde confirmado por El Oajaqueño Constitucional en una nota que decía así: “Por extraordinario recibido hoy comunica el coman- dante del puerto de Huatulco haberse aprehendido en aquel punto al general don Vicente Guerrero”.1 La ciudad estaba impactada. “Como a las cuatro de la mañana del 1 de febrero fuimos entrando a Oaxaca con el mayor silencio, sin ser sentidos de la población, dirigiéndonos al convento de Santo Domingo, donde estaban preparadas las cel- das necesarias para recibirnos, quedando separado el general en una con la guardia de oficio”, habría de recordar uno de los seguidores de Guerrero, don Manuel Zavala.2 Al día siguiente, sus compañeros de prisión fueron dejados libres en el claustro del convento, pero el general, en cambio, permaneció incomunicado. Comenzó entonces un juicio que concluyó el 10 de febrero, cuando Guerrero fue con- denado a muerte por un consejo de guerra que presidió el coronel Valentín Canalizo. Un día después fue puesto en capilla. “¿Y con el 10_Porfirio Diaz_final.indd 24 06/07/15 13:27
  • 13. 25 EL ORIGEN fin trágico de este mexicano que tanto nombre ha obtenido desde la guerra de la Independencia cesará la guerra civil, se consolidará la paz?”, se preguntó El Oajaqueño Constitucional. “Pluguiese al cielo que sí”.3 ¿Cuál era el crimen del que acusaban sus jueces a Guerrero? ¿Qué había hecho? Algo que habría de marcar aquel siglo: encabezar un pronunciamiento contra el gobierno establecido de la República. Desde el triunfo de la Independencia había en México dos formas de concebir la relación con las instituciones heredadas de la Colonia. Cada una era defendida por uno de los dos ritos en que estaban di- vididos los masones. Los escoceses deseaban una transición que fuera pausada; los yorkinos, a su vez, querían una ruptura que fuera radical. Ambas posturas llegaron enfrentadas a la elección en que los escoceses lanzaron la candidatura del ministro de Guerra, el general Manuel Gómez Pedraza, y los yorkinos apoyaron las aspiraciones del héroe del Sur, el general Vicente Guerrero. Los sufragios, entonces, no eran emitidos por los ciudadanos del país, sino por las legislaturas de los estados: cada legislatura tenía derecho a un voto, de acuerdo con la Constitución de la República. Así, en esa elección, 9 legislaturas vo- taron por Guerrero y 11 legislaturas sufragaron por Gómez Pedraza, entre ellas la de Oaxaca. El general Guerrero desconoció el man- dato de las legislaturas. Sus partidarios, encabezados por un militar que habría de figurar más adelante, Antonio López de Santa Anna, declararon que una conspiración pro-española, aristócrata, había co- rrompido la elección en México. Guerrero dio su aval al movimien- to. “Echó mano de las vías de hecho, atropellando las de derecho”, observaría el Calendario de Galván.4 Desconoció el voto, para confiar a las armas la rectificación de la voluntad de la nación, expresada por los órganos que eran entonces legítimos: las legislaturas de los estados. Asumió la Presidencia de México, aunque sólo por algunos meses, pues fue depuesto por su vicepresidente, el general Anastasio Bustamante, quien poco más tarde tramó su captura con un genovés sin honor, el capitán de marina Francesco Picaluga. Fue Picaluga quien con engaños puso a Guerrero en manos de las autoridades de Oaxaca. 10_Porfirio Diaz_final.indd 25 06/07/15 13:27
  • 14. 26 PORFIRIO DIAZ La noche del 13 de febrero de 1831, Vicente Guerrero fue trasla- dado a una celda en el claustro del convento de Santiago Cuilapan, al sur de Oaxaca. Y esa madrugada, un lunes de San Valentín, es- cuchó la sentencia que lo condenaba a ser pasado por las armas en el atrio del convento, ante las tropas ya formadas —“puesto de rodi- llas”, según el acta de la ejecución levantada en Cuilapan.5 Hubo una descarga. Su cadáver recibió después un funeral con misa de cuerpo presente, antes de ser enterrado en el convento. Guerrero fue sepultado como había muerto, con las ropas que se- rían descubiertas en su cadáver al ser exhumado años después para ser trasladado a la capilla del Rosario en Oaxaca, donde fue inhumado a la izquierda del altar por el prior del convento de Santo Domingo. Tenía un pañuelo de seda negra amarrado a la cabeza y una banda de burato azul alrededor de la cintura, y estaba vestido con el hábito de la orden de Predicadores. Llevaba también otras prendas: “un cinto de cuero ceñido sobre el hábito y botas de cuero casi deshechas”, de acuerdo con un historiador, que agrega este dato: “al exhumar el cadáver, el esqueleto se desarticuló”.6 Las botas casi deshechas sugieren el calvario de Guerrero durante las jornadas a pie que tuvo que hacer desde Huatulco hasta Oaxaca. Algunas personas que lo conocieron en la costa llegaron a visitarlo en su celda, antes del proceso. “Vagaba una sonrisa por sus labios”, dice Ignacio Candiani, quien lo vio con su padre en Santo Domingo.7 Es posible que entre esas personas que lo visitaron —posible nada más— estuviera también José de la Cruz Díaz. Es posible porque, entre las tareas de la tercera orden de los franciscanos, a la que pertenecía, estaba la de socorrer a los presos de la cárcel. Y es posible por una razón de más peso: porque lo había tratado él mismo en las montañas del Sur durante las guerras de In- dependencia. Había sido su capitán. EL PADRE José de la Cruz Díaz Orozco era hijo de Manuel Díaz Olivera, hijo a su vez de Alberto Díaz Arjona, hijo por último de Diego Díaz 10_Porfirio Diaz_final.indd 26 06/07/15 13:27
  • 15. 27 EL ORIGEN Ordaz, todos ellos originarios de Oaxaca. Los Díaz eran una familia conocida en el estado. El propio José de la Cruz estaba relacionado con un hombre que sería obispo de Antequera: José Agustín Domín- guez y Díaz, y con un personaje que sería gobernador de Oaxaca: José María Díaz Ordaz. Nada es conocido de su vida hasta el mo- mento de sus nupcias con Petrona Mori. Contrajo matrimonio con ella el 4 de mayo de 1809, en la villa de Etla, al noroeste de Oaxaca, “habiéndose proclamado en tres días festivos inter misarum solemnia, según lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento”.1 José de la Cruz era “español, soltero, de veintinueve años, hijo legítimo de don Ma- nuel Díaz y María Catarina Orozco”, y Petrona, a su vez, era “don- cella española, de quince años de edad, hija legítima de don Mariano Mori y Tecla Cortés”.2 Así decía el acta de matrimonio: él español, ella española, pero era falso, pues ambos eran mestizos con rasgos más o menos indios. Es lo que sugieren los retratos de sus hijos, quienes eran todos, además, sanos y fuertes, y sumamente reservados, cuali- dades que heredaron de su padre. No hay imágenes de él, pero existe una descripción hecha por un historiador de la época, basada en las entrevistas que sostuvo con su hijo. José de la Cruz era, dice, “alto, simétrico, muscular y activo”, y también esto: “de mirada autoritati- va y seria, ligeramente inclinada a la melancolía”.3 En el momento de su matrimonio, José de la Cruz trabajaba para una empresa que arrendaba las haciendas de beneficio de metales de Cinco Señores, San José y El Socorro, todas ubicadas en el distrito de Ixtlán, las cuales pertenecían en esos tiempos al hospicio de Oaxaca. “Mi padre era dependiente de confianza de la compañía minera, y con una pequeña escolta que él mismo había armado, conducía plata de las haciendas a Oaxaca, y de retorno, dinero para las rayas”, ha- bría de escribir Porfirio Díaz.4 La base de la riqueza del estado era sobre todo la grana, no la minería. Las minas nunca fueron signifi- cativas debido a la inexistencia de yacimientos de importancia y a la dificultad de explotar, por la topografía del terreno, las vetas más pequeñas. Pero aun así había varias explotaciones de minas, sobre todo en la Sierra de Ixtlán. La hacienda de Cinco Señores, una de las que recorría José de la Cruz, destinada al beneficio del oro, la plata 10_Porfirio Diaz_final.indd 27 06/07/15 13:27
  • 16. 28 PORFIRIO DIAZ y el plomo, estaba situada en una cañada al margen del río Yavesía, a unos 54 kilómetros de Oaxaca. Había sido fundada por un español que descubrió ahí la veta de Santo Tomás. Tenía un acueducto de 3 kilómetros que llevaba por las montañas el agua que movía la maqui- naria destinada al beneficio de los metales. José y Petrona vivían en el pueblo de Santo Tomás Ixtlán, un lugar frío y seco que no congeniaba con ella, acostumbrada al clima más dulce de Yanhuitlán. En parte por esa razón, pero sobre todo porque tenían los dos la ambición de prosperar, abandonaron todo para salir a buscar fortuna en el distrito de Ometepec, hacia la costa, sin más fondos que las mulas con las que salieron de Oaxaca. El viaje debió ser largo y difícil, un viaje de varias jornadas a través de las Mixtecas, primero hacia Etla, Nochixtlán y Yanhuitlán por caminos de herradura, después hacia Mixtepec y Juxtlahuaca, la parte más laboriosa, por senderos trazados por el paso de los indios, en direc- ción a Tlaxiaco, Putla y San Pedro Amusgos, hasta llegar a Xochist- lahuaca, ya cerca de la costa, junto al río del Puente, un afluente del Ometepec. Era un pueblo de un puñado de familias, apenas comu- nicado por brechas con otros pueblos de la región, como Zacoalpan y Tlacoachistlahuaca. José de la Cruz rentó a la comunidad unos te- rrenos propicios para sembrar caña de azúcar, a cambio de una libras de cera que pagaba, año con año, para la fiesta del santo del pueblo. “Hizo desmontes y sembró caña”, escribió su hijo Porfirio. “Tenía dificultad para pagar mozos porque contaba con poco dinero, y él mismo construyó su trapiche. Era hombre atrevido y emprendedor, y le gustaba afrontar y vencer dificultades”.5 José de la Cruz vivió ahí, con Petrona, los años de la guerra de Independencia. Era parte de la zona de operaciones de los insur- gentes que comandaba el general José María Morelos, quien en la primavera de 1813, en su marcha hacia Acapulco, nombró a Vicen- te Guerrero comandante del distrito de Ometepec. Guerrero estaba unido a Morelos desde hacía un par de años: con él combatió en la campaña de Puebla y con él participó en la toma de Oaxaca. Entre 1813 y 1815 estuvo activo en Ometepec, donde conoció a José de la Cruz. Le dio ahí el nombramiento de capitán de los insurgentes, 10_Porfirio Diaz_final.indd 28 06/07/15 13:27
  • 17. 29 EL ORIGEN aunque los testimonios divergen respecto de los motivos. Por haberle servido, según dice su hijo, “como mariscal o veterinario”.6 O por haberle dado refugio en su finca de Xochistlahuaca, según afirma un historiador del siglo xix, “una finca rústica azucarera, Cerro Verde”.7 La lucha fue sangrienta en toda esa región. “Durante el periodo de la guerra, los habitantes de la Costa Chica de Oaxaca tuvieron que sufrir no sólo el espectáculo de las batallas y el azar de las de- rrotas, sino las venganzas de los vencedores y la feroz crueldad de algunos bárbaros soldados”, habría de escribir el historiador José An- tonio Gay, quien sería compañero de estudios de Porfirio en el Se- minario de Oaxaca. “Frente al templo de Ometepec había un árbol que sirvió a innumerables víctimas de patíbulo: atados a él mandó fusilar Reguera a cuantos insurgentes caían en sus manos”.8 Antonio Reguera, comandante de los realistas en aquella zona de Oaxaca, la Costa Chica, quien hacia el final de las hostilidades abrazó la causa de las Tres Garantías. “Tales actos de barbarie se permitían indistin- tamente unos y otros, sin que tan indescriptibles escenas de horror, repetidas muchas veces entre aquellos desgraciados habitantes, con- tribuyesen en lo más pequeño a mejorar la causa que cada partida defendía”.9 José y Petrona tardaron años en tener hijos: más de diez, hasta fines de la guerra con España, cuando tuvieron a Desideria, Cayeta- no y Pablo. Entonces emprendieron el camino de regreso. Manuela, Nicolasa y Porfirio nacieron en los Valles. Petrona volvió a concebir a principios de agosto de 1832, así que en septiembre, cuando su hijo cumplió dos años, ella sabía que estaba de nuevo embarazada. Toda la familia vivía en el mesón de la Soledad, que José de la Cruz ha- bía tomado en arrendamiento al regresar a Oaxaca. Con los ahorros hechos en Xochistlahuaca, además, había adquirido dos casas: una cerca de la iglesia de Guadalupe, atrás del templo del Patrocinio de María, entonces en litigio, y otra junto al convento de la Merced, a una cuadra del Matadero, que empleaba para curtir las pieles de los animales que eran sacrificados ahí al lado, en el rastro de Oaxaca. Había comprado también un terreno en la hacienda de San Miguel Tlanichico, una de las más prósperas del distrito de Zimatlán, al sur 10_Porfirio Diaz_final.indd 29 06/07/15 13:27
  • 18. 30 PORFIRIO DIAZ de la ciudad, que pertenecía al propietario José Joaquín Guergué. El terreno estaba sembrado con magueyes de pulque. La mayoría de las memorias que tuvo Porfirio de José de la Cruz fueron sin duda transmitidas por su madre, Petrona. Era muy pe- queño cuando murió su progenitor. Pero hubo quizás un recuerdo no heredado de su madre, sino suyo, fundado en su experiencia de niño: el recuerdo de su padre de rodillas, inclinado, en posición de oración. José de la Cruz rezaba al despertar, al comenzar a trabajar, al comer, al preparar la hora de dormir. “Era un católico muy fervien- te”, rememoraría su hijo. “Rezaba mucho y aun llegó a usar un traje monacal de los terceros de San Francisco”.10 Así tal vez lo recordaba en el mesón de la Soledad: vestido con el hábito de los terciarios, el sombrero con toquilla de mecate arrollada en la copa, el escapula- rio colgado hasta la cintura, el capuchón de lana caído en pliegues, también café, similar al que usaban los frailes de San Francisco. José de la Cruz era parte de la comunidad que formaban los franciscanos, como lo había sido el protector de los arrieros, beatificado a fines del siglo xviii: fray Sebastián de Aparicio. San Francisco era el convento más vital de la ciudad, después de Santo Domingo. Estaba situado hacia el sur, en la zona más popular, la de los mercados. Tenía por esos años más o menos veinticinco frai- les, que vivían de la caridad. El grupo fundador de los franciscanos pertenecía a la Custodia de San Diego, destinada a la evangelización de las Islas Filipinas. “La comunidad se presentaba pobre”, habría de recordar un conocido de Porfirio, “aunque poseían regulares recur- sos, porque la caridad que recibían y la que colectaban en los pue- blos, ya solicitándola u organizando misiones, sobrepasaba lo que el convento necesitaba. Lo sobrante lo administraban los miembros de la tercera orden, que eran seglares, hermanos de esta cofradía, y que distribuían los fondos entre los pobres y los presos de la cárcel”.11 Varios personajes en la ciudad formaban parte de la tercera orden de San Francisco, además de José de la Cruz Díaz, herrero, curtidor y veterinario, y responsable del mesón de la Soledad. Entre ellos es- taba por ejemplo Antonio Salanueva, conocido suyo, dedicado a la encuadernación de libros, quien habitaba una casa frente al templo 10_Porfirio Diaz_final.indd 30 06/07/15 13:27
  • 19. 31 EL ORIGEN del Carmen donde por años había dado alojamiento a un niño de la sierra llamado Benito Juárez. Los terciarios participaban en todas las actividades de su comu- nidad. Los viernes de Semana Santa salían de San Francisco, por la mañana, en una procesión con imágenes de Jesús, acompañados de faroles y cuadros de la Pasión: la procesión llegaba a la iglesia de la Sangre de Cristo, al lado de Santo Domingo, para luego volver a San Francisco, al tiempo que los frailes y los terciarios rezaban el Vía Crucis. Los jueves de Corpus, más tarde, salían de San Francisco con las estatuas de los santos de la orden, la custodia bajo palio: partici- paba toda la comunidad del monasterio, acompañada por una escolta de la guarnición de la ciudad, que hacía con ella el recorrido hasta la iglesia de San Agustín, al oriente de la Plaza de Armas, para vol- ver después a San Francisco. Era una de las formas en que la ciudad celebraba la institución de la Eucaristía. Había otras. La más impor- tante era la procesión que salía desde la Catedral hasta el Palacio de Gobierno, presidida por el obispo, el gobernador, el ayuntamiento bajo sus mazas y los cuerpos de la guarnición con sus bandas de mú- sicos, entre salvas de cañones. “En este día”, recordaba un testigo de la procesión, “el alboroto general era inusitado para estrenar vestidos o cuando menos vestir ropa limpia, pasear y comprar golosinas, ya de empanadas, frutas, helados y dulces que llenaban la Plaza de Ar- mas”.12 La religión estructuraba la vida de los oaxaqueños. ACEITES    Y VINAGRES En enero de 1833, Ramón Ramírez de Aguilar fue elegido gober- nador por la legislatura de Oaxaca, en sustitución de José López de Ortigoza. Uno era vinagre, el otro era aceite. Ambos eran parte de la aristocracia del estado. La distinción databa de principios de los veinte, cuando los oaxa- queños más ricos, al adoptar el nombre de aceites para contender en una elección, dieron a sus adversarios el mote de vinagres, con la idea de que permanecerían ellos arriba, como el aceite sobre el vinagre. 10_Porfirio Diaz_final.indd 31 06/07/15 13:27

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