Por	favor,	Señor
Lyann	Sherwood
Romántica	Erótica
Sinopsis
Carol Davis lleva seis meses acudiendo al pub Van...
Capítulo	uno
—Estoy	harta.
Carol	miró	a	su	alrededor.	El	bar	estaba	lleno	de	parejas	bailando,
bebiendo,	y	pasando	un	bu...
—Vete	a	la	mierda,	cabrón.
Salió	de	allí	a	trompicones,	seguida	de	cerca	por	su	amiga.
—Espera. —La cogió por el braz...
con	quién	fuera.
—¿A	dónde	ha	ido	Carol?	—le	preguntó	Mac	a	su	novia	cuando	vio
a	la	chica	salir	después	de	discutir	con...
—Mac alzó una ceja y lo miró sin contestar—. ¿Qué? —acabó
preguntando	Lucas,	incómodo	ante	la	mirada	de	su	barma...
soportar sus órdenes durante demasiado tiempo, así que Lucas le
consiguió	el	trabajo	en	el	Stadium.
—Hay una ch...
dudas	que	la	mayoría	de	tíos	que	acudían	a	su	local,	hubieran	intentado
ligársela	si	él	lo	hubiera	permitido,	pero	todos	l...
Capítulo	dos
Cuando	Carol	llegó	al	Stadium,	no	se	lo	pensó	dos	veces.	En	lugar
de	ponerse	en	la	cola	y	esperar	su	turno,...
acudiera	con	rapidez.
—¿Agua,	Johann?
—Bien	fría,	y	sírvele	a	la	dama	lo	que	pida.	Lleva	un	rato	esperando
y	no	le	estás	h...
directo	hacia	ella,	con	una	mirada	furiosa	ardiendo	en	los	ojos.	La	gente
se apartaba a su paso sin que tuviera la...
la furia ardiendo en su piel. Daba grandes zancadas, por lo que no le
quedó más remedio que aligerar el	...
Las lágrimas se agolparon detrás de sus ojos, pero luchó para
impedir que salieran. Lucas no estaba intere...
preparada. No todavía. Aunque quizás ya era el momento de dejar que
supiera	que	estaba	interesado	en	ser	algo	m...
—Tienes una buena colección aquí. ¿Lees por diversión, o para
aprender	cosas	nuevas?	—le	preguntó.
—Ambas	cosas,	...
Lucas	se	echó	a	reír	ante	la	incomodidad	de	ella.
—Lo	sé,	conejita.	Solo	quería	ponerte	nerviosa.	—Se	paseó	un	poco
por	el...
sobre	sí	misma.	Lucas	se	rio.
—Mucho	más	de	lo	que	te	puedes	imaginar.	Facturas	del	equipo,	de
suministros,	reparaciones,	...
cualquier	cosa.	Porque	Lucas	hacía	que	su	sangre	se	alterara,	su	estómago
revoloteara, y que su mente dejara de fun...
Capítulo	tres
Lucas miraba a Carol en estado de shock. Cuando ella empezó a
besarlo,	casi	pierde	la	cabeza....
los	de	Carol	y	los	llevó	a	su	oído	para	preguntarle:
—¿Cómo	tienes	que	pedir	las	cosas?
—Por	favor	—suplicó	ella.
—¿Por	fa...
posicionó entre sus piernas, separándolas y abriéndola con una mirada
codiciosa.
«¡Está	completamente	afeitada!»....
lengua	por	toda	la	abertura.	Los	gemidos	de	Carol	causaron	estragos	en
Lucas,	haciendo	que	su	polla	se	pusiera	increíbleme...
Carol	no	podía	esconderse	de	él.	Todo	lo	que	ella	estaba	sintiendo	se	veía
con	claridad	en	sus	ojos.
Lucas	empezó	a	mover	...
Debía	regresar	al	Vanguardia.	Carol	sabía	dónde	encontrarlo	cuando	se
despertara.	Esperaba	que	fuese	al	club	para	estar	co...
Bajo	el	agua,	dejó	que	las	lágrimas	cayeran	y	lloró	por	todos	los
anhelos y sueños que había tenido antes de llega...
Capítulo	cuatro
Lucas	miró	el	reloj	otra	vez,	y	se	preguntó	dónde	estaba	Carol,	por
qué	no	había	vuelto	a	Vanguardia.	...
Llegó	al	apartamento	en	diez	minutos.	Salió	del	coche	y	subió	las
escaleras	de	dos	en	dos.	Llamó	suavemente	en	la	puerta	d...
—¿Qué?	No	me	he	ido	a	ningún	lado.	¿De	qué	estás	hablando?
—Te encontré en la ducha, bajo el agua fría, mirando ...
—Nnnno	juegues	con...	conmigo	—tartamudeó.
—No	estoy	jugando,	conejita.	Te	lo	prometo.
Carol	inclinó	la	cabeza	hacia	atrás...
hice	o	dije	algo	que	te	molestó?
—¡No! En absoluto, te lo juro. Solo creí que no estabas lista, y
quería	darte...
Lucas	gruñó	y	una	expresión	de	estupor	cruzó	el	rostro	de	Carol	al
ver	el	miembro	hacerse	más	grande	y	duro	justo	ante	sus...
—No sé. quiero decir, cuando SueEllen me cuenta algunas de las
cosas	que	hace	con	Mac,	yo	me	mojo.	Aunque	no	con...
—Hace	muchos	años	que	estoy	en	este	estilo	de	vida.	He	probado	de
todo: correas, collares, nalgadas, y todo lo demá...
—se	rio	Carol.
—Soy	bastante	obvio,	¿verdad?	Pero	debes	saber	que	para	mí,	es	un
término cariñoso. Como cuando yo te	...
—¿Entrenamiento?	—«¿Qué	coño	significa	eso?».
—No	puedes	pretender	saber	todo	lo	que	quiero	y	espero	de	ti,	en	un
rato, e...
que ella no notara las turbulentas emociones que estaban sacudiéndolo:
celos	por	el	otro	hombre,	e	ira	por	haberl...
—¿No	sabes	cocinar?	—se	rio	de	él.
—Ni	una	simple	tostada.	Siempre	se	me	queman	—gruñó,	molesto
por	tener	que	admitir	que	...
—Curiosidad.	No	sé	si	puede	llegar	a	gustarme,	aunque	si	tú	quieres,
podemos probarlo. —Se mantuvo en silencio unos	...
—Y	sexo	—añadió	ella,	con	una	sonrisa.
—Mucho	sexo	—aseguró	él.
Capítulo	cinco
Había pasado una semana desde que Lucas había abandonado el
apartamento de Carol para que p...
volvió	a	abrir	para	fijarlos	en	Lucas.
—También te eché de menos, Señor —murmuró. Seguía
manteniendo	la	canasta	en	...
—De prisa, dame un trozo de pastel para que lo pruebe —exigió
Lucas. Carol levantó un tenedor con un bue...
—Lo	siento,	Señor	—murmuró.
—Nunca	huyas	de	mí.	Si	no	entiendes	algo,	espero	que	me	preguntes
y	lo	aclares	con	un	tono	res...
corresponderte	en	igual	medida.
—Solo	te	quiero	a	ti,	Carol.
—Eso	ya	lo	tienes,	Señor.
Carol vio los ojos de Lucas o...
Lucas	inclinó	la	cabeza	para	mirarla	a	los	ojos.
—¿Harías	eso	por	mí?	¿Solo	porque	yo	te	lo	he	pedido?
Carol	se	encogió	de...
—Hombre	prevenido...	—bromeó	Carol.
El lubricante resbaló por la raja de su culo, y Lucas masajeó el
interior	...
desesperación.	Se	aferró	a	las	caderas	de	Carol	con	tanta	fuerza	que	sus
dedos	dejaron	marcas,	y	gruñó,	sintiendo	cómo	el	...
Amo/Sumisa,	pero...
—Conejita,	si	no	es	eso	lo	que	quieres,	podemos...
Carol	puso	dos	dedos	sobre	los	labios	de	Lucas,	hac...
Por favor, señor by lyann sherwood
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Por favor, señor by lyann sherwood

Carol Davis lleva seis meses acudiendo al pub Vanguardia esperando que su dueño, Lucas Blackwell, se fije en ella. Un día, cansada de soñar lo imposible, abandona el local decidida a encontrar a alguien con quién pasar una noche loca. Pero Lucas no puede permitirlo. Desde el día en que la vio por primera vez seis meses antes, supo que ella era la mujer elegida; pero teme que sus tendencias dominantes, posesivas y controladoras, la asusten y la aparten de él antes que se dé cuenta que es una verdadera sumisa. Pero después de la noche que pasan juntos, sabe que no puede esperar para reclamarla como suya. ¿Aceptará Carol la vida que Lucas le ofrece, como su sumisa?
Published on: Mar 4, 2016
Published in: Lifestyle      
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Por favor, señor by lyann sherwood

  • 1. Por favor, Señor Lyann Sherwood Romántica Erótica Sinopsis Carol Davis lleva seis meses acudiendo al pub Vanguardia esperando que su dueño, Lucas Blackwell, se fije en ella. Un día, cansada de soñar lo imposible, abandona el local decidida a encontrar a alguien con quién pasar una noche loca. Pero Lucas no puede permitirlo. Desde el día en que la vio por primera vez seis meses antes, supo que ella era la mujer elegida; pero teme que sus tendencias dominantes, posesivas y controladoras, la asusten y la aparten de él antes que se dé cuenta que es una verdadera sumisa. Pero después de la noche que pasan juntos, sabe que no puede esperar para reclamarla como suya. ¿Aceptará Carol la vida que Lucas le ofrece, como su sumisa?
  • 2. Capítulo uno —Estoy harta. Carol miró a su alrededor. El bar estaba lleno de parejas bailando, bebiendo, y pasando un buen rato. También había hombres solteros, pero ninguno la miraba a ella. —Me voy. Su amiga SueEllen giró la cabeza para mirarla. Había tenido la vista fija en Mac, el barman, que también era su novio. —¿Te vas? ¿Cómo que te vas? —Lo que oyes. Llevo seis meses viniendo aquí cada fin de semana, acompañándote para que puedas babear mientras miras a Mac trabajar, pero se acabó. —No te entiendo —contestó su amiga, mirándola con los ojos entrecerrados—. Pensé que te gustaba Lucas. Lucas era el dueño del local, un hombre magnífico, de metro noventa de estatura, pelo negro largo y ensortijado que siempre llevaba atado en una coleta de caballo, o recogido en un moño. Tenía unos brillantes ojos castaños que siempre la miraban entrecerrados, una nariz patricia que le recordaba a los antiguos romanos, y unos labios que eran puro pecado. Tenía un cuerpo de infarto, con anchos hombros, brazos musculosos, una cintura estrecha y unas piernas largas y gruesas, siempre enfundadas en unos pantalones vaqueros que se aferraban a un culo que la hacía suspirar. Había soñado cientos de veces poder morderlo allí. —En estos seis meses, ¿has visto que me mirara alguna vez con algo más que indiferencia? —preguntó Carol ásperamente—. No existo para él, y estoy cansada de esperar un milagro. Así que me voy a otros pastos. Intentó salir de la silla en la que estaba atrapada, y al echarla hacia atrás chocó con el hombre que estaba sentado a su espalda. —¡Eh! —exclamó este—. Un poco de cuidado, nena. —No me llames nena, imbécil —contestó Carol. Estaba alterada y que ese gilipollas la hubiera llamado «nena», como si se conocieran de algo, la sacó de quicio. —¿Qué te pasa? ¿Estás con la regla, o algo? Carol gruñó. Esos comentarios tan machistas siempre hacían que tuviera ganas de romper la cara de quién los pronunciaba.
  • 3. —Vete a la mierda, cabrón. Salió de allí a trompicones, seguida de cerca por su amiga. —Espera. —La cogió por el brazo, deteniendo su avance—. ¿A dónde piensas ir? —Al Stadium. Allí por lo meno los tíos no son tan selectos como aquí, y alguno habrá que me saque a bailar. Puede que hasta consiga una buena follada. —No me gusta cuando hablas así. No eres tú. SueEllen tenía razón. Esta no era ella, la muchacha dulce que siempre era, que nunca decía una palabra más alta que otra. Pero estaba cansada. Siendo dulce no había conseguido nada. Siendo callada, seguía estando sola. Y necesitaba desesperadamente a alguien en su vida. Aunque fuera por una sola noche y la dejara más vacía que antes cuando se fuese de su cama. —Pues suéltame el brazo y no tendrás que escucharme más. —Eres imposible cuando te pones en este plan. SueEllen la soltó, y Carol salió del Vanguardia sin mirar atrás. Odiaba aquel bar de copas. En los seis meses que hacía que habían empezado a ir allí cada fin de semana, no había recibido ni una sola proposición. Ningún tío se había acercado para coquetear e intentar conseguir llevársela a la cama. Carol lo había intentado todo, incluso una noche, con dos copas de más, se había subido a uno de los pódiums que había al lado de la pequeña pista de baile y había bailado de forma provocativa delante de todos. Algunos se habían fijado en ella, comiéndosela con los ojos, pero a la hora de la verdad, cuando se les había acercado, habían acabado huyendo como conejos asustados. «¿Qué coño les pasa a estos tíos?», se preguntó. No es que ella fuera una belleza, pero tampoco era un feto malayo. Con un metro sesenta y ocho de altura, tenía todo bien puesto. Talla noventa de sujetador, una cintura estrecha, piernas largas... y su rostro era bastante agraciado, con unos enigmáticos ojos color violeta, pestañas largas, y labios gruesos. Siempre iba vestida a la moda, sexy pero no indecente hasta parecer una puta, y se maquillaba lo justo para resaltar sus ojos y empequeñecer un poco su nariz, que creía demasiado grande para una chica. «Son las caderas —se dijo—. Y el culo. Tengo un culo monstruoso». Encontró un taxi y se subió a él, decidida a llegar al Stadium y ligar
  • 4. con quién fuera. —¿A dónde ha ido Carol? —le preguntó Mac a su novia cuando vio a la chica salir después de discutir con su vecino de mesa. —Al Stadium, en busca de alguien a quién beneficiarse —contestó SueEllen, sentándose en la barra. Mac le dio un rápido beso en los labios y le dirigió la sonrisa más ardiente que había visto nunca. SueEllen se derretía cada vez que posaba los ojos en su hombre. —¿Te pongo alguna otra cosa de beber, cariño? —Nah, no te preocupes. Me conformo con poder admirar tu bonito trasero mientras sirves copas. Mac se rio, feliz de tener allí a su chica. Habló al oído de su compañero un momento, y desapareció un momento por la puerta que llevaba al piso de arriba. —Adelante —dijo Lucas, respondiendo al los suaves golpes en la puerta de su despacho. Levantó la vista de las facturas que había sobre la mesa, y vio aparecer a Mac, uno de sus barmans. —¿Ocurre algo, Mac? —No exactamente —contestó este—. Solo que Carol ha estado aquí hasta hace un momento, y acaba de irse. —¿Y cuál es el problema? —Miró su reloj—. Siempre suele irse a esta hora. Carol acompañaba cada fin de semana a su amiga y se quedaba en el Vanguardia hasta las dos de la madrugada, aproximadamente. Después cogía un taxi y volvía a su casa. Sola. —Se ha ido bastante cabreada. —¿Por? ¿Alguien se metió con ella? —preguntó Lucas, poniéndose de pie de un salto. Si algún hijo de puta la había molestado, le rompería la cara y después la utilizaría para abrillantar el suelo. Todos los tíos que venían regularmente a su bar, sabían que Carol era intocable. Lo había dejado muy claro al principio, cuando la vio aparecer por allí la primera vez. Cualquiera que se atreviera a intentar ligar con ella, terminaría conociendo su famosa mala leche. —No. Se fue al Stadium —contestó Mac. —¿Al Stadium? ¿Y para qué querría ir a ese tugurio de mala muerte?
  • 5. —Mac alzó una ceja y lo miró sin contestar—. ¿Qué? —acabó preguntando Lucas, incómodo ante la mirada de su barman. —Que está cansada, Lucas. Lleva seis meses viniendo aquí y no se ha llevado a la cama ni a un pobre desgraciado. Así que ha decidido ir a pescar en aguas menos profundas. —¿Quieres decir que ha ido a ligar? —Exactamente. Las manos de Lucas se cerraron en puños mientras se imaginaba a Carol entrando en el Stadium, el lugar al que iban todos los que no eran bienvenidos en el Vanguardia. Chusma de la peor clase. —Gracias, Mac. Me encargo yo a partir de este momento. Habló en un siseo, a través de sus dientes apretados, a duras penas capaz de controlar su cabreo. Carol era suya, y sería un maldito hijo de puta si permitía que alguien tocara lo que era suyo. Mac asintió con un cabeceo, pero antes de abandonar el despacho se giró para decir algo más: —Creo que deberías contarle por qué nadie se le acerca. Sue me ha dicho que últimamente la autoestima de Carol está bastante magullada, porque no entiende que nadie se le acerque ni le pida una cita cuando es evidente que está dispuesta a ello. Está empezando a pensar que hay algo malo en ella. Lucas miró a Mac, y después asintió. —Gracias, Mac. Vuelve a tu trabajo. Mac dudó, antes de salir cerrando la puerta detrás de él. Lucas gruñó, se levantó, cogió la chaqueta, las llaves de su coche, y salió por la puerta de atrás para no tener que atravesar su local. Antes de arrancar el coche, hizo una llamada de teléfono. Oyó el pitido de la llamada en el manos libres, mientras se incorporaba a la circulación. Una voz grave contestó al otro lado. —¿Sí? —Johann, soy Lucas. —Ey, colega, ¿que se te ofrece? —Necesito un favor. Johann era un viejo amigo de su época en el ejército. Se habían cubierto las espaldas durante mucho tiempo, y cuando se licenciaron y Lucas abrió su local, le ofreció trabajar allí con él. Johann rehusó, aduciendo que estaba harto de verle la jeta, y que ya había tenido que
  • 6. soportar sus órdenes durante demasiado tiempo, así que Lucas le consiguió el trabajo en el Stadium. —Hay una chica que va para allá, se llama Carol Davis, y te agradecería que le echaras un ojo y la mantuvieras segura. Te envío una foto suya en un instante. ¿Puedes hacerlo? —Por supuesto. ¿Algún problema con ella? Lucas gruñó. ¿Problemas? Todos los del mundo. La chica estaba para mojar pan y lo volvía loco cada vez que se metía en la pista de baile y balanceaba ese culito suyo; pero no podía decirle eso a Johann. —Es amiga mía. Se ha ido de mi local algo molesta y no quiero que se meta en líos. Johann se rio al otro lado del teléfono. —Seguro —se burló—. Ahora te preocupas por a dónde van tus clientes cuando salen de tu local. —No me jodas, Johann —renegó Lucas—. La chica es un bombón y los buitres que van a ese local de mala muerte donde trabajas, se le tirarán encima en cuanto la vean. Así que mantenla a salvo hasta que yo llegue. —¿Y a ti te importa por...? —lo azuzó su amigo. Su tono parecía realmente divertido con la conversación. —Porque es mía, joder —contestó con un exabrupto—, aunque ella aún no lo sepa. Las carcajadas al otro lado enfurecieron aún más a Lucas, pero se abstuvo de contestar. Sabía que cualquier cosa que dijera sería como echar leña al fuego, pero si tuviese a su amigo delante en aquel momento, le pondría las manos alrededor del cuello y apretaría. Hijo de puta. —No te preocupes, colega. Mantendré un ojo sobre tu mujercita hasta que llegues. Pero me deberás una. —Lo que tú digas, tío. Johann soltó otra carcajada antes de colgar. Lucas sacudió la cabeza mientras colgaba el teléfono. Uno de esos días, Johann iba a empujarlo más de la cuenta y entonces... Suspiró y apretó los puños en el volante. Durante los siguientes minutos, sus pensamientos se concentraron en el tráfico pero su mente no pudo evitar volar hacia Carol una vez más. «¿De veras piensa que hay algo malo en ella?» Carol se iba a cabrear mucho con él cuando supiera la verdad, que él había advertido a todo el mundo para que no se acercaran a ella. No tenía
  • 7. dudas que la mayoría de tíos que acudían a su local, hubieran intentado ligársela si él lo hubiera permitido, pero todos los clientes habituales y sus empleados, sabían que Carol era suya, y todos se aseguraban de que nadie cruzara los límites a su alrededor. Pero Lucas no se había dado cuenta que sus esfuerzos por mantenerla a salvo, habían hecho que Carol creyera que tenía algo malo que no agradaba a la gente, y pensándolo con frialdad, entendía que hubiera decidido ir a probar suerte a otro lugar. Lucas no había querido que las cosas llegaran tan lejos, ni hacerle daño, pero sabía que en cuanto él se acercara y la reclamara, iba a cambiar su vida para siempre. Había querido darle tiempo para llegar a conocerse antes de llegar a ese momento. Pero parecía que su gran y estúpido plan había fallado estrepitosamente. El día que Mac se la presentó, quedó fascinado por aquella mujercita. Antes que aquella noche terminara, supo que la quería para él. Lucas solo dudó porque ella no parecía ser el tipo de mujer que aceptaría de buenas a primeras a un hombre como él, duro, dominante, controlador. Sabía que ella no estaba dentro del mismo estilo de vida que él, y que probablemente saldría corriendo si le daba una oportunidad. Por eso decidió ser paciente, y acercarse poco a poco. Oh, había en ella todo tipo de señales que le decían que, en el fondo, era una sumisa, pero ella no lo sabía y era algo que tenía que trabajarse lentamente. El tipo de relación que Lucas se imaginaba teniendo con Carol, era del tipo que requería mucha confianza y entendimiento, y eso tomaba tiempo. Por eso había decidido esperar. Pero parecía que no había calculado bien su plan, porque ahora ella estaba corriendo hacia el lado contrario. Solo esperaba llegar a tiempo para salvarla de sí misma. Lucas llegó frente al Stadium y encontró un lugar donde aparcar. Apagó el motor, sacó las llaves del contacto, y miró hacia la entrada del local. Había cola para entrar, y se fijó en las chicas que estaban allí esperando llegar a tiempo. Pero no había ni rastro de Carol. Respiró profundamente. «¿De verdad quiero hacer esto?», se preguntó. Por supuesto que sí. Si no quería perder a Carol, no le quedaba más remedio.
  • 8. Capítulo dos Cuando Carol llegó al Stadium, no se lo pensó dos veces. En lugar de ponerse en la cola y esperar su turno, aprovechó que en aquel momento estaban dejando entrar a un grupo numeroso de chicas y se unió a ellas, haciendo ver que formaba parte del grupo. Una vez dentro, se fijó en el local. Era grande, lleno de luces estroboscópicas, con tres barras, y una pista de baile enorme en el centro. La gente se apiñaba por todas partes, bailando al ritmo del «chumba chumba» que ella nunca había podido soportar, pero si tenía que hacer este sacrificio con tal de echar un polvo, lo haría. Respiró profundamente y se internó en ese mar de piel sudorosa, abriéndose camino hasta la barra. Necesitaba un buen trago de algo fuerte. Nunca había sido del tipo de mujer que buscaba polvos de una noche, pero hacía demasiado tiempo que estaba en dique seco y su autoestima necesitaba sentirse deseada, aunque fuera por un desconocido. Desde el primer día que había conocido a Lucas, se había estado haciendo ilusiones con él. Había quedado impactada por su porte y su fortaleza. Era el tipo de macho alfa que a ella le gustaba, grande, fuerte y sumamente protector. Según Mac, se preocupaba mucho por todos sus empleados, algo bastante inusual, y más de una vez Carol se preguntó cuánto se preocuparía por su chica. Cuando supo que estaba soltero y sin compromiso, decidió ir a por él, pero Lucas no pareció estar por la labor, pues todas las veces que intentó acercarse, él siempre acababa excusándose y desapareciendo por la puerta que llevaba a las escaleras hasta el piso de arriba. A la mierda. Se había hecho a la idea que no tenía ninguna oportunidad con Lucas, así que, ¿por qué no probar con una noche loca? Se acercó a la barra y pidió un Cosmopolitan mientras balanceaba las caderas al ritmo de la música. No era de beber mucho alcohol, en el Vanguardia siempre se limitaba a pedir un par de cervezas como mucho, y después pasaba a los refrescos, pero esta noche necesitaba un empujón para lo que quería hacer. Le costó llamar la atención del barman, muy ocupado con el mar de brazos que intentaban pedir sus bebidas, pero alguien se puso a su lado y lanzó un silbido que hizo que el camarero
  • 9. acudiera con rapidez. —¿Agua, Johann? —Bien fría, y sírvele a la dama lo que pida. Lleva un rato esperando y no le estás haciendo puto caso. Carol se giró y observó al hombre que tenía a su lado. —¿Qué quieres, preciosidad? —le preguntó con una sonrisa luminosa que mostró una hilera de dientes blancos y perfectos. —Un cosmo, por favor. —Ya has oído a la dama. Me llamo Johann —dijo dirigiéndose a ella —. ¿Y tú eres...? —Carol —contestó sonriendo. Parecía que acababa de ligar y se sintió contenta. El hombre era guapo, con esos ojos claros y el pelo rubio cortado a cepillo. Era alto y de hombros anchos, y las manos, grandes y fuertes. —Encantado de conocerte, Carol. ¿Y qué te ha traído por aquí? Porque no eres una habitual. Carol se preguntó cómo lo sabría, pero cuando el camarero se acercó con las bebidas, y él alargó el brazo para coger su botellín de agua, vio que llevaba una placa que decía «seguridad» prendida en la camiseta. —Necesitaba cambiar de aires —le dijo sonriendo con coquetería—, y pensé que el Stadium era una buena opción para encontrar algo de diversión. ¿Crees que he hecho mal? Se acercó a él mientras daba un sorbo de la pajita, sin dejar de mirarlo a los ojos. Después se pasó la lengua por los labios, buscando una reacción en él. —Por supuesto que no, preciosa. Aunque puede que la diversión que encuentres, no es la que esperas. Carol se rio, mientras daba otro sorbo al coctel. —¿Y cómo sabes qué es lo que espero? —preguntó poniendo la mano sobre el pecho del hombre, deslizándola hacia la cinturilla del pantalón. Él le cogió la mano con rapidez, deteniéndola. Se la llevó a los labios y le dio un beso en la palma. Inclinó la cabeza hacia adelante, hasta tener la boca rozándole el oído, y le susurró: —Me lo ha dicho un pajarito, Carol. —Pues qué pajarito más travieso... En aquel momento alzó los ojos, y vio aparecer a Lucas. Venía
  • 10. directo hacia ella, con una mirada furiosa ardiendo en los ojos. La gente se apartaba a su paso sin que tuviera la necesidad de empujarlos, conscientes del aura de poder que irradiaba de él. —Oh, mierda —susurró, e intentó escabullirse. Le dirigió una sonrisa a Johann y se giró, dispuesta a marcharse lo más rápido que pudiera, pero éste la cogió por el brazo y la obligó a darse la vuelta. —Nada de eso, cielo. Tienes que afrontar la tormenta que has provocado. —¿A qué te...? Lucas llegó allí en aquel momento, interrumpiendo su pregunta con un «gracias, Johann. Te debo una», que a ella le estalló en toda la cara. Miró al hombre con el que había estado coqueteando, y este le dirigió una mirada de disculpa mientras se encogía de hombros. —Lo siento, cielo. Los amigos son los amigos —le dijo. —Eres un cabrón —espetó ella tirando de su brazo hasta liberarse. Intentó huir, pero Lucas la cogió por la cintura y la apretó contra él. —Nada de eso, conejito —le dijo con los labios apretados—. Nos vamos de aquí. Ahora. —Y una mierda. ¿Quién te crees que eres? —Intentó liberarse pero no pudo. Miró a Johann, vomitándole un—: ¿pero tú no eres de seguridad? Pues haz que me suelte o gritaré. Odiaba comportarse así, porque no era ella. Solía ser una chica dulce y tranquila, nada gritona, ni pendenciera, pero aquella noche se la llevaban los demonios. La frustración y la rabia, unida a la presencia de Lucas, que intentaba llevársela de allí a la fuerza, ¿a santo de qué?, habían logrado que se transformara en otra persona. Era su manera de evitar caer en la auto compasión, el vestíbulo que llevaba hasta la depresión. —Si montas una escena, conejita, te arrepentirás —la amenazó Lucas—. Te pondré sobre mis rodillas y te daré una buena tunda. Por qué aquellas palabras hicieron que se mojara, no lo entendió. Pero durante un segundo se imaginó desnuda, tendida con el culo al aire, sobre las rodillas de Lucas mientras este la nalgueaba, y sus propias rodillas se debilitaron mientras su coño se empapaba. Y toda la fiereza que había sentido, se evaporó por arte de magia. «Oh, sí, Dios, ponme sobre tus rodillas. Azótame. Castígame por haber sido muy, muy mala. Y fóllame. ». Lucas tiró de ella para atravesar todo el local hasta salir al exterior,
  • 11. la furia ardiendo en su piel. Daba grandes zancadas, por lo que no le quedó más remedio que aligerar el paso para que él no acabara arrastrándola. Parecía un cavernícola arrastrando a la mujer que había escogido; solo le faltaba el garrote sobre el hombro. Lucas no dijo nada hasta llegar a su coche. Abrió la puerta y le señaló el asiento. —Entra. —Y una mierda —contestó Carol cruzando los brazos sobre el pecho, enfrentándose a él. —Conejita... —¿Quién coño te has creído que eres? —le gritó, estallando finalmente—. Llevas seis meses ignorándome como si yo fuese una mierda y ahora, de repente, te conviertes en un acechador. ¡No tienes ningún derecho! Lucas acercó su rostro hasta que quedó a un escaso centímetro del de ella. —He. Dicho. Que. Entres. La rabia en su voz la impulsaron a obedecer sin discutir más, toda la rabia que sentía esfumándose. Se metió en el coche y tragó; se le había formado un nudo en la garganta. Lucas entró por el otro lado y puso la llave en el contacto. —Cinturón —ordenó, y ella corrió a obedecer y abrocharse el cinturón de seguridad. No dijeron nada durante todo el trayecto. Carol ni siquiera sabía a dónde la llevaba, pero no se atrevió a preguntar. ¿Por qué este hombre se comportaba así? Durante seis meses la había ignorado por completo. ¡Oh, sí! Siempre había sido amable con ella, sobre todo las veces que se había acercado a él intentando coquetear solo para ser rechazada. Él no se había burlado de sus absurdos intentos, pero le había dejado claro que no estaba interesado. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Él era alto, guapo, el tipo de tío al que no le faltaba una mujer en su cama, y que solo tenía que chasquear los dedos para que cien mujeres hicieran cola para satisfacerlo. Y ella era patética, porque los repetidos rechazos no habían enfriado su interés, ni había evitado que fantaseara con él cada noche. O que siguiera a SueEllen al local cada fin de semana, utilizándola de excusa para poder verlo aunque fuera un momento. «Estúpida».
  • 12. Las lágrimas se agolparon detrás de sus ojos, pero luchó para impedir que salieran. Lucas no estaba interesada en ella. Seguramente había ido a buscarla porque Mac se lo había pedido como favor. Había visto en los ojos de su amiga que no le hacía ninguna gracia que fuera sola al Stadium, así que habría removido cielo y tierra hasta conseguir que Mac le pidiera a su jefe que viniera a buscarla. «Voy a matarla». Odiaba encontrarse en esta situación que la hacía sentir tan débil y vulnerable. Lo único que quería era tener a alguien que la amara, que le susurrara cosas bonitas al oído, que la hiciera reír. Estaba muy sola. Siempre lo había estado. Su padre la había echado de casa dos años antes, cuando se había negado a casarse con el hombre que él le había escogido como marido, «un buen partido», le había dicho, bueno para ella y para los negocios, hijo de una familia importante y heredero de una gran fortuna. «La unión de nuestras dos familias nos reportará muchos beneficios», le había soltado y se había quedado tan fresco. Estaba vendiéndola sin ningún pudor, y lo peor de todo no era que no tenía ningún remordimiento por hacerlo, sino que además estaba convencido que le estaba haciendo un gran favor. «Estás gorda, y no podrás encontrar un hombre que te quiera por ti misma», añadió su madre siempre perfecta. Aquello había dolido, pero no tanto como el hecho que la echaran de casa al negarse. Y allí estaba, buscándose la vida como podía, en un trabajo que odiaba, revoloteando alrededor de un hombre que no estaba interesado en ella, y que ahora la llevaba a casa porque sentía lástima por ella. «Perfecto. ¿Puedo ser más patética?». Lucas la miraba de reojo, maldiciéndose cuando vio en el gesto de su rostro que estaba luchando contra las lágrimas. No era eso lo que él había querido provocar, pero el miedo a que encontrara a otro hombre con el que pasar la noche, había hecho que enviara a tomar por culo el sentido común. Lo había liado todo al no dejarle ver a Carol que estaba interesado en ella. De hecho, lo había empeorado al rechazarla las veces que ella se había insinuado. Y no fue porque no quisiera nada con ella, sino porque quería mucho, tal vez demasiado. Sabía que no podría resistirse a ser dominante y posesivo con ella, y estaba seguro que Carol no estaba
  • 13. preparada. No todavía. Aunque quizás ya era el momento de dejar que supiera que estaba interesado en ser algo más que un amigo. Podrían ir poco a poco, dándose tiempo para conocerse, tener algunas citas. Eso sería un comienzo, por lo menos. Llegaron a casa de Carol y Lucas aparcó el coche enfrente. Ella no lo miró cuando se giró para observarla. Miraba al frente, y había demasiado dolor en sus ojos. Y, joder, ese dolor lo había puesto él allí. Carol tragó con dificultad cuando Lucas se giró y la miró. El hombre la dejaba sin respiración. —¿Quieres subir a tomar algo? ¿Una cerveza, quizá? —preguntó antes de poder evitarlo. Deseó haber mantenido su bocaza bien cerrada cuando Lucas negó con la cabeza. Por supuesto que no quería subir. —Nada de cerveza, pero sí aceptaría un café. «¿En serio?». Carol, sorprendida, solo pudo asentir con la cabeza, y repetirse mil veces «no sonrías como una estúpida, solo quiere asegurarse que estás bien. O pegarte la bronca a saber por qué». Eso la enfureció. ¿Qué derecho tenía a tratarla como lo había hecho? Salió del coche sin decir nada, seguida de cerca por Lucas. Subieron las escaleras hasta el apartamento que compartía con SueEllen. Tenía el estómago revuelto por los nervios, no queriendo hacerse ilusiones pero haciéndoselas de todos modos. «Menos mal que esta mañana lo hemos recogido todo», pensó al recordar el desorden que había imperado allí. Sacó las llaves del bolso con las manos temblorosas. Entró, y oyó a Lucas cerrar la puerta detrás de él. —Siéntete como en casa. Voy a hacer café —le dijo sin atreverse a mirarlo. Fue a la cocina, sacó un paquete de café, y puso a preparar una jarra. Ahora solo tenía que esperar a que se filtrara, pero no podía quedarse allí, tamborileando con los dedos sobre el poyo de la cocina, dejando a Lucas solo durante los siguientes diez minutos. Tenía que ser valiente y volver al salón. Respiró profundamente, echó los hombros hacia atrás, y caminó hacia el salón. Le dolían los malditos zapatos, así que se los quitó por el camino. Encontró a Lucas echando un vistazo a su estantería. Se giró cuando lo oyó llegar y le dirigió una de sus devastadoras sonrisas.
  • 14. —Tienes una buena colección aquí. ¿Lees por diversión, o para aprender cosas nuevas? —le preguntó. —Ambas cosas, supongo. Siempre me ha gustado leer. Es una forma barata de visitar otros lugares, otras vidas... Lucas asintió. —No hay nada mejor que acurrucarse en un sillón, con un buen libro, cuando llueve, ¿verdad? Carol miró a Lucas, sorprendida. —¿Te gusta leer? —Por supuesto. Deberías ver mi biblioteca. «Me encantaría», pensó Carlo, pero sabía que nunca sería invitada a hacerlo. —¿Tienes predilección por algún género en particular? —preguntó en su lugar. —La verdad es que no. Leo cualquier cosa que me llame la atención. Tienes que subir un día a mi casa y ver lo que tengo. Es una selección bastante ecléctica, y serás bienvenida a tomar prestado el libro que quieras. —Eso sería fantástico. Gracias. La verdad es que con mi sueldo, no puedo permitirme demasiados caprichos literarios. Carol intentó mantenerse serena aunque quería dar saltos de alegría. Lucas la estaba invitando a visitar su casa. ¿No era eso un milagro? —¿Vendrá tu amiga a dormir esta noche? SueEllen, la novia de Mac, ¿verdad? ¿Sabía que compartía el apartamento con SueEllen? Bueno, no era un secreto que lo hacía, pero que Lucas hubiera prestado atención a un detalle como ese, hizo que enrojeciera de placer. ¿Quizá no le era tan indiferente como quería aparentar? «No te hagas ilusiones, monina —se dijo—, que después te pegas el batacazo». —No, los fines de semana los pasa en casa con su novio. Ya sabes, son las únicas horas que pueden pasar juntos por el trabajo y eso. —¿Eso es una recriminación para mí? Carol enrojeció rápidamente. ¿Había sonado como si le echara la culpa a él por las pocas horas que podían verse sus amigos? —¡Claro que no! —exclamó, nerviosa. La estaba cagando otra vez —. No es solo el trabajo —intentó explicarse—, también están las horas de universidad de Mac, y los turnos de Sue y...
  • 15. Lucas se echó a reír ante la incomodidad de ella. —Lo sé, conejita. Solo quería ponerte nerviosa. —Se paseó un poco por el salón, alrededor de ella, como un gran felino acechando a su presa —. ¿Sabes el estilo de vida que llevan ellos dos en la intimidad? Aquella pregunta la hizo saltar, y lo miró con extrañeza y alarma. —Sí, sí, lo sé. ¿Por qué me lo preguntas? —No sé. Quizá me interesa tu opinión sobre este tipo de cosas. Bondage, dominación, collares, nalgadas... —Lucas se encogió de hombros, como quitándole importancia al asunto. Carol escondió las manos detrás de la espalda. De repente, habían empezado a sudarle. Esta conversación se había convertido en algo incómodo. Le gustaban los hombres dominantes, de eso estaba segura, pero no del resto de cosas que implicaba una relación de esta naturaleza. —No lo sé. Nunca he pensado mucho en ello —contestó con honestidad. —Pues no lo descartes hasta haberlo probado —replicó Lucas en un tono que hizo que a Carol se le erizara el vello del cuerpo de puro placer. La curiosidad se enroscó en su estómago al oír el anhelo intrínseco en sus palabras. «¿Será como Mac? ¿Un Amo?» De repente, la imagen de Lucas dándole palmadas en su trasero invadió su mente y le aceleró el corazón. Otra vez. Se encogió de hombros para ocultar su excitación y se sentó en el sofá. Notó que había mojado las bragas, y tuvo el impulso de coger un cojín y abrazarse a él. Necesitaba algo tangible a lo que agarrarse para no empezar a marearse. Alzó los ojos hacia Lucas, y vio que este se estaba quitando la chaqueta para dejarla sobre una silla antes de sentarse a su lado, en el sofá. Parecía planear quedarse durante un rato. Carol lo deseaba, aunque sabía que nada pasaría entre ellos, le apetecía tenerlo allí un rato más, aunque solo fuese charlando de cosas incómodas y vergonzosas, con tal de escuchar su profunda y rica voz. —¿ Y qué tal va el local? —preguntó para cambiar de conversación. —Bastante bien, aunque el papeleo siempre me vuelve loco. Carol frunció de ceño. —¿Papeleo? ¿Tanto requiere llevar un club, como para que te vuelva loco? Intentaba burlarse de él, en una vana tentativa de recuperar el control
  • 16. sobre sí misma. Lucas se rio. —Mucho más de lo que te puedes imaginar. Facturas del equipo, de suministros, reparaciones, sueldos... empiezo a odiar las facturas. Si vieras el montón que dejé sobre mi mesa... harían que salieras corriendo — bromeó, inclinándose un poco hacia ella. Ahora le tocó el turno a Carol de reír. —No salgo corriendo tan fácilmente. —Yo tampoco. Se quedaron en silencio durante un segundo, sus rostros tan cerca que solo tenía que avanzar un mísero centímetro y sabría, por fin, a qué sabían los labios de Lucas. —Voy a ver qué tal va la cafetera —dijo atropelladamente, poniéndose en pie muy rápido y saliendo hacia la cocina. Necesitaba poner espacio entre Lucas y ella antes que hiciese alguna estupidez. Cogió un par de tazas y las dejó en el mármol; sacó el azúcar, la leche y unas cucharillas. No sabía cómo tomaba Lucas el café, así que se giró decidido a volver al salón para preguntárselo, y se encontró con Lucas apoyado en el marco de la puerta, observándola. Carol dejó ir un grito de sorpresa. —Lo... lo siento. Me asustaste. —Cerró los ojos, medio avergonzada por haber chocado con Lucas, pero contenta de haberlo hecho. Podría morir feliz, con su cuerpo apoyado contra esos duros músculos. Posó las manos sobre el pecho varonil, y suspiró—. Iba a preguntarte qué... —¿Ibas a preguntarme, qué, Carol? —preguntó Lucas cuando ella no siguió hablando. Los ojos de Carol se cerraron ante el bajo tono de voz de Lucas. Si no lo conociera, pensaría que el hombre estaba excitado por su cercanía, pero eso era ridículo. Lucas no la deseaba. —Lucas... —murmuró, mientras su mirada se alzaba hacia los labios masculinos. «Esto es una muy muy mala idea». Pero a pesar de repetirse que aquello era un error, Carol se puso de puntillas y depositó un suave beso sobre los labios de Lucas, pasando la punta de la lengua, rogándole que le dejara entrar, aferrando la camisa con las manos mientras presionaba el cuerpo contra él. No le importó hacer el ridículo. Sentir los labios de Lucas sobre los suyos era mucho más importante que su dignidad, o su orgullo. Que
  • 17. cualquier cosa. Porque Lucas hacía que su sangre se alterara, su estómago revoloteara, y que su mente dejara de funcionar para pasar a sentir simplemente. —Carol. —¿Mmmm? —murmuró contra los labios masculinos. «Te daré todo lo que quieras. Todo». —Carol. Esta vez, la voz agitada de Lucas entró en profundidad en la mente obnubilada de Carol, pero no quiso responder a ella. Tenerlo así, tan cerca que podía lamerlo, olerlo, perderse en él, era conseguir un imposible. Un milagro. No quería renunciar a ello. —Carol —repitió Lucas otra vez. Carol levantó la cabeza y lo miró a los ojos. lo que allí vio hizo que deseara que la tragara la tierra. Los ojos de Lucas estaban entrecerrados, con las cejas juntas; los dientes apretados con fuerza, y el tic en su mejilla, hablaba por sí mismo. No quería besarla. Carol bajó con rapidez la mirada y liberó la camisa de sus manos. Dio un paso atrás, casi tropezando, e intentó disimular el temblor de sus manos retorciéndoselas. —Lo siento —murmuró. No podía creer que hubiese besado a Lucas de aquella manera. No tenía ningún derecho a hacerlo. No se sorprendería si le dijera que no quería volver a verla en su bar después de aquello. Giró el rostro hacia el mostrador donde estaba esperando la cafetera para no ver el desprecio y el malestar en su cara. Acababa de perder lo único que le quedaba: el sueño de poder llegar a estar con Lucas algún día, sin importar lo imposible que esto fuera. —Carol... —Me equivoqué. Lo siento. Solo vete, por favor —le rogó con los ojos llenos de lágrimas, reaccionando a la suavidad de la voz de Lucas. Podría aceptar cualquier cosa de él, menos la lástima.
  • 18. Capítulo tres Lucas miraba a Carol en estado de shock. Cuando ella empezó a besarlo, casi pierde la cabeza. Sus labios sabían tan bien. Quería besarla hasta que ambos perdieran el sentido. Pero si se dejaba llevar y sucumbía a su deseo, Lucas sabía que no podría contenerse y no se conformaría con un simple beso. Querría más. Lo querría todo, cada centímetro de su cuerpo. La decisión que había tomado sobre darle tiempo a Carol, tomarse las cosas con calma y poco a poco, tener citas como cualquier otra pareja para ir conociéndose mejor, se le estaba yendo de las manos. Iba a ser suya. Pero ver cómo ella se alejaba creyendo que había sido rechazada de nuevo, fue más de lo que pudo soportar. «Está sufriendo, por mi culpa», pensó. Se acercó a Carol, poniéndose detrás, y presionó su cuerpo contra el de ella. la tomó por el pelo y le giró la cabeza, pegando los labios a los suyos. Envolvió su otro brazo alrededor de la cintura de Carol y empujó su cuerpo contra el de él. No solo la besó. La devoró. Su lengua recorrió los labios de Carol antes de empujarse al interior, exigiendo entrar, explorando cada centímetro de la dulce y caliente boca. Sintió que Carol empezaba a abrirse, poco a poco al principio, como un torrente después. Carol aceptó ese beso y se entregó en absoluto abandono. La polla de Lucas se endureció contra la cadera de Carol mientras empujaba. Ella gemía y gruñía mientras empujaba su cuerpo contra el de Lucas, y él supo que no podía evitar que sintiera su erección presionar contra su cadera. Mientras movía su mano para meterla debajo de su corta falda, se preguntó si encontraría el mismo resultado en Carol. ¡Joder! Ella estaba tan mojada... La acunó en su mano, con suavidad al principio, con más presión después. Cuanto más duro la acariciaba, más se pegaba y gemía Carol. Era tan jodidamente receptiva a su toque. —Lucas, deja que me corra —murmuró contra sus labios mientras empujaba su pelvis contra la mano. Lucas no estaba seguro que ella se hubiera dado cuenta que lo había dicho en voz alta. Separó sus labios de
  • 19. los de Carol y los llevó a su oído para preguntarle: —¿Cómo tienes que pedir las cosas? —Por favor —suplicó ella. —¿Por favor, qué, conejita? —Por favor, Señor, deja que me corra. Lucas mostró una gran sonrisa y metió la mano debajo de las bragas de Carol. Deslizó los dedos en su rajita hasta encontrar el clítoris. Estaba hinchado, pulsante, deseoso. Lo estimuló. Su conejita se merecía una recompensa por pedirlo de forma tan encantadora. —Buena chica, conejita —le susurró contra el cuello—. Ahora córrete para mí, cielo. Como si fuera una señal, Carol lanzó la cabeza hacia atrás mientras se empujaba contra la mano de Lucas. Gritó mientras se corría y notaba cómo su coño se llenaba de jugos, mojando la mano de Lucas. Esta siguió acariciándola hasta que ella colapsó. Levantó a Carol en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio. La dejó en la cama y empezó a desnudarla con rapidez. Le quitó la camiseta de tirantes, la minifalda, las medias, el sujetador y las bragas. Entonces se paró para admirar su premio. «Preciosa», pensó. Pechos abundantes pero sin exagerar, lo justo para que cupieran en sus grandes manos sin derramarse; caderas redondeadas, donde podría cogerse con fuerza cuando le follara su bonito culo; cintura estrecha y algo de barriguita. «Un buen cojín sobre el que follar —pensó—. Nada de huesos que se clavan en el peor momento posible». Y sus piernas eran tan largas que parecían interminables. Lucas no podía esperar a saber qué se sentía al envolverlos en su cintura mientras follaba el apretado coño de Carol. Había babeado con esa idea el tiempo suficiente para saber que sería perfecto. Se quitó la ropa con rapidez, sacó un condón del bolsillo del pantalón, y se subió a la cama, entre las piernas de Carol. Cogió sus tobillos sin decir nada, solo mirándolo a la cara. Carol le devolvía la mirada fijamente, con sus preciosos ojos muy abiertos por la sorpresa. —Manos sobre la cabeza, conejita. Carol obedeció con tanta rapidez, que hizo que el colchón se estremeciera. Lucas se rio ante su ansiedad. Parecía que a Carol le gustaba que le dijeran qué debía hacer, y él no podía estar más feliz con ello. Se
  • 20. posicionó entre sus piernas, separándolas y abriéndola con una mirada codiciosa. «¡Está completamente afeitada!». Lucas se arrodilló entre los muslos de Carol y acarició la tersa piel alrededor de la vagina. —¿Por qué te afeitaste? Carol gimió, bajando la mirada mientras su rostro se encendía como un semáforo. —Espero una respuesta cuando hago una pregunta, Carol —agregó con firmeza. Carol gimió algo que él no llegó a comprender—. No te entiendo. —Se siente muy bien cuando yo... cuando... —tartamudeó. —¿Cuando te masturbas? —Sí. —¿Lo haces a menudo? —Sí. Carol asintió y giró el rostro como si se avergonzara de ello. Lucas la acarició, deslizando el dedo por toda la abertura hasta el clítoris. —¿En qué piensas cuando te estás tocando? —preguntó con tranquilidad, como quien está hablando del tiempo. Cuando Carol no contestó, movió su mano más rápido y jugó con el clítoris. —Pararé si no me contestas, Carol. —No, por favor, no te pares —suplicó. —Entonces, dime en quién piensas cuando te masturbas. —¡En ti! ¡Pienso en ti! —gritó. La mirada de Lucas se mantuvo fija en el rostro de Carol. «¿Piensa en mí cuando se masturba?» Sabía que Carol se sentía atraída por él, pero aún así... De tantos hombres considerados atractivos, incluidos actores y cantantes, lo había escogido a él por encima de todos para ser su fantasía privada. No pudo evitar sonreír. —Buena chica. Con sinceridad, creo que mereces una recompensa por ser tan honesta —le dijo mientras bajaba su boca y se apoderaba del clítoris. Carol dejó ir un grito de sorpresa mientras levantaba las caderas, empujándose contra la boca de Lucas. Él uso las manos para inmovilizarla sobre la cama y empezó a lamerla como si fuera un dulce, deslizando la
  • 21. lengua por toda la abertura. Los gemidos de Carol causaron estragos en Lucas, haciendo que su polla se pusiera increíblemente dura. Necesitaba hacerla suya. Ahora. Ya. Jamás había dudado que Carol podría llegar a ser una perfecta pareja en la cama, la tranquilidad de su naturaleza agresiva estaba allí, con él, y se sentía más que correcto. Con una mano acarició el arrugado orificio tras el sexo de Carol, y podía sentir cómo se estremecía cada vez que lo rozaba con el dedo. Con rapidez, lamió su propio dedo y presionó el agujero de Carol, un poco cada vez, hasta que estuvo dentro hasta el nudillo. Carol se agitaba, con el cuerpo temblando. En cualquier momento volvería a correrse, que era exactamente lo que quería Lucas. Arreció sus caricias con su boca en el coño en cuanto sintió que empezaba a pulsar, anunciando el inminente orgasmo. Con la otra mano, la extendió y le pellizcó los pezones. Carol gritó y su cuerpo rebotó cuando alcanzó la liberación mientras Lucas sorbía todo los flujos. Antes que el orgasmo terminara, Lucas desgarró el envoltorio del condón y se lo puso, posicionándose después en la entrada del sabroso coño que tanto había anhelado. Arrodillado entre los muslos de Carol, levantó su culo, acomodando su polla en el apretado canal. Listo para reclamarla. Lo miró fijamente y ahogó una risa. Las manos de Carol se aferraban a las sábanas a cada lado de su cabeza, con los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta, dejando que se escaparan los gemidos sin ningún pudor. —Abre tus ojos, conejita. Quiero verte cuando te haga mía. Carol abrió los ojos y sus miradas se encontraron. —¿Quieres que te haga mía, Carol? —Sí —susurró ella. La punta rosada de la lengua, lamía sus labios. —¿Sí, qué? —Sí, Señor, por favor. —Buena conejita —contestó Lucas, lleno de júbilo, empujándose en su interior con lentitud, saboreando la sensación—. Dios mío, estás tan apretada. Entrando con profundidad, hasta los testículos, Lucas luchó por permanecer inmóvil mientras el cuerpo de Carol se ajustaba a él. Finalmente, la oyó suspirar. Se inclinó hasta conseguir que su frente reposara sobre la de ella, hasta que sus narices se rozaron. Tan cerca que
  • 22. Carol no podía esconderse de él. Todo lo que ella estaba sintiendo se veía con claridad en sus ojos. Lucas empezó a mover sus caderas con lentitud, empujándose dentro del estrecho coño, sosteniendo su mirada. —Me perteneces, Carol. ¿Lo sabes? —Sí, Señor. «Joder. Aprende rápido». —Nadie sentirá ese dulce coñito tuyo, ni tocará tu hermoso cuerpo. solo yo. ¿Entendido? —Sí, Señor. Moviéndose lentamente, Lucas podía sentir cómo su propio orgasmo se iba construyendo. Sabía que no duraría mucho. Y aunque sabía que Carol ya se había corrido dos veces, quería que lo hiciera otra vez, con él. —Quiero que te corras conmigo, Carol. ¿Puedes hacerlo, por mí? —Sí, Señor —contestó Carol, con voz temblorosa. —Entonces, hazlo, conejita. Córrete para mí —gruñó Lucas mientras aumentaba el ritmo de sus penetraciones, sintiendo los músculos de Carol apretándose alrededor de su polla. Carol cerró los ojos y gritó mientras se corría. —Eres jodidamente perfecta, conejita —gruñó Lucas mientras empujaba otra vez, liberándose dentro de la hermosa mujer que tenía debajo de él. Jadeando y con la cabeza nublada, Lucas colapsó, saciado momentáneamente. «Increíble», pensó. Mucho mejor de lo que hubiera imaginado. Carol era perfecta, mucho más de lo que había esperado. Lucas sabía que sus días de vagabundear de cama en cama, habían terminado. Había encontrado lo que buscaba, pensó, mientras salía del cálido cuerpo de Carol. Lucas se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Se lavó con rapidez y regresó con una toalla húmeda para limpiar a Carol. Cuando se sentó al lado de la cama, se rio. Carol se había dormido y estaba roncando con suavidad. Se inclinó y la besó en la frente antes de estirar del edredón para cubrirla. Tiró la toalla en la cesta de la ropa sucia antes de vestirse. Quería quedarse y acurrucarse con ella, dormir rodeándola con sus brazos. Pero tenía un negocio que dirigir, y ya había estado demasiado tiempo fuera.
  • 23. Debía regresar al Vanguardia. Carol sabía dónde encontrarlo cuando se despertara. Esperaba que fuese al club para estar con él hasta el cierre. Lucas no podía parar de sonreír mientras imaginaba las miradas de los demás cuando supieran que ahora Carol era suya. Seguro que iba a ser interesante. No podía esperar para verles la cara. Carol abrió los ojos, insegura de qué esperar. Recordaba a Lucas sacándola casi a rastras del Stadium y acompañándola a casa, y lo que había sucedido después. ¿Se había quedado? «No». Cuando se giró, supo que Lucas se había ido. El otro lado de la cama, ni siquiera había sido usado. Era obvio que se había ido en cuanto había terminado de follar con ella. No podía creer que hubieran tenido sexo. ¿En qué coño estaba pensando? O más bien, no pensando. Carol casi le había suplicado que la follara. Había perdido la cabeza, no había duda. No le extrañaba que Lucas hubiera puesto pies en polvorosa. «Seguramente piensa que soy una cualquiera, una facilona». Se giró en la cama, cerrando los ojos, enfadada consigo misma. Era una cualquiera. Por lo menos, se había comportado como tal con Lucas. Y sabiendo el tipo de mujeres que siempre lo rondaban, del tipo ángel de Victoria Secret’s, no podía imaginar por qué había follado con ella. ¿Por lástima? «Soy patética». Las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos, deslizándose por su rostro mientras se daba cuenta que nunca sería capaz de volver a enfrentarse a Lucas cara a cara. Su vida se había convertido en mucho más miserable de lo que había sido hasta aquel momento, porque jamás volvería al Vanguardia. Por lo menos, antes de follar con él, podía fantasear con ellos dos juntos, como una pareja, haciendo el amor. Y mientras el encuentro había sido todo lo que Carol había soñado, sabía que su sumisión seguramente había asqueado a Lucas. Nadie quiere a un mueble en la cama, alguien que se queda quieto sin hacer nada, solo quedarse allí, tumbada, permitiéndole que la follara. Sin participar activamente. Esperando que todo el esfuerzo lo hiciera Lucas. Se levantó y fue a la ducha. Abrió el grifo y se metió debajo del chorro de agua caliente, dejando que su cuerpo se deslizara por la pared hasta quedar acurrucado en el suelo, abrazándose a sus propias rodillas.
  • 24. Bajo el agua, dejó que las lágrimas cayeran y lloró por todos los anhelos y sueños que había tenido antes de llegar a la gran ciudad, esperando encontrar allí lo que no había encontrado en su propia casa, llena de grandes fantasías que nunca se realizarían. Y lloró por Lucas, el hombre perfecto que nunca sería suyo. Era demasiado sumisa y patética en la cama, y ahora sabía que estaba tan enamorada de Logan que nunca podría tener algún tipo de relación con otro hombre.
  • 25. Capítulo cuatro Lucas miró el reloj otra vez, y se preguntó dónde estaba Carol, por qué no había vuelto a Vanguardia. Habían pasado cuatro horas desde que había salido de su casa, era casi la hora del cierre, y ella no había aparecido por allí. «Debí dejarle una nota». Pero después de lo que había pasado entre ellos, pensó que no era necesario, que Carol entendería que la esperaba en el bar. «Como si ella pudiera leer la mente, estúpido». Bajó al bar y se acercó a Mac. —¿Ha vuelto Carol por aquí esta noche? —No, jefe. ¿Tenía que hacerlo? —Pensé que lo haría, después de... da igual. ¿Puedes encargarte del cierre? Sé que es una putada, pero te lo agradecería. Mac miró a SueEllen, que lo estaba esperando al otro lado, cansada y con ganas de irse a casa. —Puedes librar mañana todo el día —le ofreció, acordándose de lo que había dicho Carol, que se veían muy poco. —Hecho, jefe. Sin problemas. —Gracias, tío. —Dio dos pasos y se detuvo. Miró a Mac de nuevo, y decidió asegurarse—. Por si acaso, mejor que no aparezcáis por el apartamento. —Le guiñó un ojo y el otro hombre sonrió, asintiendo. A este paso, acumularía una larga lista de favores esta noche, pero no le importó. Carol lo valía. Se dio prisa en subir al coche y condujo deprisa hacia el apartamento de Carol. Cuanto más cerca estaba, más se preocupaba. No debería haberse ido de aquella manera, sin decirle nada ni dejar una nota. Debería haber mandado a tomar por culo el bar, Carol era mucho más importante. Además, por una noche que él faltara, no iba a hundirse, ni a desaparecer o implosionar sobre sí mismo como si fuera un puto agujero negro. Por la mañana, hubiera estado en el mismo lugar, igual que las putas facturas. No iban a irse a ninguna parte, y podría haber hecho el trabajo igual. Al fin y al cabo, en aquellas cuatro horas no había hecho nada, pensando solo en Carol.
  • 26. Llegó al apartamento en diez minutos. Salió del coche y subió las escaleras de dos en dos. Llamó suavemente en la puerta de Carol, pero no obtuvo respuesta. Llamó un poco más fuerte. Nada. «Me cago en... debería haberle pedido la llave a SueEllen». Aporreó la puerta, llamando a gritos a Carol, importándole una mierda los vecinos. Nadie acudió a abrir. Acercó la oreja a la puerta e intentó escuchar. Le pareció oír un sollozo, y aquello hizo que perdiera la paciencia. Sin pararse a pensar, Lucas dio una patada a la puerta y la abrió. La cerró detrás de él, fijándola con una silla para que nadie más pudiera entrar. Revisó todo el piso. La cocina, vacía. El salón, vacío. El dormitorio, vacío... Espera. Oyó el agua correr y se apresuró a entrar en el baño. Apartó la cortina de la ducha y se quedó sin aliento, la respiración atascada en su garganta cuando vio a Carol acurrucada en el suelo de la ducha. La cogió en brazos con rapidez, dándose cuenta que el agua ya salía fría y Carol estaba congelada. La enrolló con la toalla de baño que colgaba del toallero, y la llevó hasta la cama. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Y por qué estaba allí, sentado? ¿Qué había pasado en estas cuatro horas, desde que había abandonado el apartamento? —¿Carol? ¿Puedes oírme, conejita? —le preguntó. No obtuvo respuesta. La cubrió con el edredón, haciéndose un montón de preguntas. Los ojos de Carol parecían abiertos, pero no veían nada. ¿Sabía que él estaba allí? Ella gimió y se estremeció bajo el cobertor. Lucas se desnudó con rapidez y subió a la cama para ponerse a su lado, acercándola a él, pasando sus manos por la espalda, arriba y abajo, dándole su propio calor al congelado cuerpo de Carol. Intentó no entrar en pánico. Nunca había visto a alguien en aquellas condiciones. Carol no respondía en absoluto. Tomó su mentón para obligarla a alzar la mirada, pero ella ni siquiera parpadeó. —Carol, conejita, por favor, di algo, lo que sea —murmuró contra su cabeza, pero ella siguió en silencio. Lucas enterró su rostro en la rubia melena, sintiendo las lagrimas arder tras sus ojos. —Por favor, Carol, cielo —musitó con desesperación. —¿Lucas? —dijo finalmente Carol. Lucas levantó el rostro y la miró. Pudo ver el shock y la confusión en sus ojos mientras trataba de enfocar la mirada. —Cielo, conejita, ¿dónde estabas?
  • 27. —¿Qué? No me he ido a ningún lado. ¿De qué estás hablando? —Te encontré en la ducha, bajo el agua fría, mirando a ningun aparte. Ni siquiera reaccionabas cuando te hablaba. ¿Qué te ocurrió? Carol empezó a temblar y abrió los ojos desmesuradamente, dominando el pálido rostro. Empujó a Lucas y se apartó de él, deslizándose sobre la cama hasta que su espalda chocó con el cabezal. —Vete, Lucas. Por favor —rogó—. Te prometo que no volveré al Vanguardia, no te molestaré otra vez, y no diré a nadie qué ha ocurrido entre nosotros. Pero vete, por favor. —Carol, ¿de qué coño estás hablando? —preguntó, confundido—. No me voy a ningún lado. Te lo dije mientras hacíamos el amor, conejita. Ahora eres mía, y no voy a renunciar a ti con facilidad. Pensé que lo habías entendido. —No, Lucas, por favor... no hagas esto. No puedo, yo... te prometo que... —Carol. —La voz de Lucas restalló con dureza, advirtiéndola, mientras alargaba los brazos para cogerla. —¡No! No quise decir eso, por favor, Lucas, no, yo... —gritó mientras intentaba alejarse de las manos de Lucas. Pero él alcanzó una de sus muñecas y tiró de ella, impidiéndole que abandonara la cama. Carol se puso aún más nerviosa, pero él la sostuvo contra su cuerpo, abrazándola, totalmente sorprendido por su conducta. Ya no estaba seguro de lo que Carol quería de él. ¿Podría haberse confundido? ¿Habría estado tan abrumado, que no se había dado cuenta de las señales? —Carol, conejita, por favor, escúchame —empezó, pero no continuó porque no tenía ni idea de qué decirle. ¿Y si ella no lo quería? ¿Y si su conducta anterior, tan dominante, había sido demasiado para ella? ¿Y si sus palabras lo habían alterado y puesto así? —Carol, cielo, cuando dije que eres mío, quise decir que estaremos juntos, durante todo el tiempo que tú quieras. Pero si no me quieres, si esto es demasiado para ti... Pudo ver los ojos de Carol muy abiertos, mientras abría y cerraba la boca varias veces, como si intentara formar palabras que se resistían. Lucas pensó que había empezado a entender hasta que vio las lágrimas inundando sus ojos. —Oh, Carol, por favor, no llores, conejita —suplicó mientras intentaba limpiarle las lágrimas que caían.
  • 28. —Nnnno juegues con... conmigo —tartamudeó. —No estoy jugando, conejita. Te lo prometo. Carol inclinó la cabeza hacia atrás, para poder verlo bien. —Entonces, ¿me deseas de verdad? ¿No me has hecho el amor por lástima? —Oh, Dios, cielo. Te he deseado desde el primer momento en que posé mis ojos sobre ti. —Entonces, ¿por que...? ¿Por qué me rechazaste tantas veces? Lucas bajó la cabeza, avergonzado por lo que había hecho. Necesitaba explicarse para que Carol entendiera sus deseos, su necesidad de dominar, su estilo de vida como Amo. ¿Pero cómo hacerlo sin asustarla? —¿Lucas? Él la liberó de su abrazo y se sentó en la cama, apoyando la espalda en el cabecero. —Ven aquí —le dijo, abriendo los brazos para que se recostara contra él—. Intentaré explicártelo. Carol vaciló durante un segundo, pero acabó sentándose entre los muslos de Lucas y apoyó la cabeza en su pecho. Lucas lo envolvió en un abrazo al instante, acercándolo más a él. —¿Recuerdas cuando hicimos el amor? —Sí —contestó ella, confundida. —¿Recuerdas que te dije que ahora eras mía? —Claro. —Eso quería decir, cielo. Ahora me perteneces, hasta el último centímetro de tu cuerpo. —Pero... ¿por qué ahora? He intentado ligar contigo un montón de veces, y siempre me has rechazado. ¿Y ahora precisamente descubres que te intereso? —No, para nada. Sabía que te quería desde el primer momento en que entraste en mi bar y te vi. —¿Y por qué me rechazaste? ¡No lo entiendo! —Es... bastante complicado. Yo... Carol se incorporó y se apartó de él, girándose para mirarlo a la cara. —¿Qué es tan complicado? ¿Me deseas, o no? Y si es cierto que me deseas desde el principio, ¿por qué me rechazaste tantas veces? ¿Es que
  • 29. hice o dije algo que te molestó? —¡No! En absoluto, te lo juro. Solo creí que no estabas lista, y quería darte más tiempo. —¿Más tiempo? ¿Para qué? Carol había empezado a gritar, molesta y enfadada. Lucas dejó ir la cabeza hacia atrás y cerró los ojos brevemente mientras inspiraba y dejaba ir el aire con lentitud. Volvió a abrir los ojos. Vio lágrimas en los ojos de Carol. Se veía asustada, como si aún esperara que Lucas la fuese a rechazar de nuevo. Con las pocas ganas que tenía de hablar sobre esta parte de su vida, sabía que tenía que hacerlo si quería que ella comprendiera por qué se había comportado como un perfecto hijo de puta. —¿Recuerdas cuando, en la cocina, me pediste permiso para correrte? ¿Recuerdas qué te dije? —Sí —contestó ella juntando las cejas, como si intentara adivinar qué tenía que ver una cosa con la otra. —¿Qué te dije, Carol? —Me preguntaste que cómo se tenían que pedir las cosas. —¿Y? —¿Por favor? —¿Por favor, qué? —¿Por favor, Señor? —contestó, aún más confundida. Lucas asintió. —¿Y qué te pregunté mientras hacíamos el amor? —Que si quería que me hicieras tuya. —¿Y qué me contestaste? —¿Sí, Señor? —Sí. Joder, conejita, lo dices tan malditamente sexy —gruñó Lucas, su polla endureciéndose bajo las sábanas—. No tienes ni idea del efecto que provocan en mí esas dos palabras. —¿Sí, Señor? —Joder, sí. —Lucas apartó las sábanas y la dura polla saltó—. ¿Lo ves? Esto es lo que me haces cuando las pronuncias. Carol bajó la mirada hacia el miembro de Lucas y se relamió los labios. —¿Lucas? —¿Sí? —¿Qué me dirías si te pregunto si puedo hacerte una mamada, Señor? ¿Por favor?
  • 30. Lucas gruñó y una expresión de estupor cruzó el rostro de Carol al ver el miembro hacerse más grande y duro justo ante sus ojos. —Joder —gruñó Lucas, cogiendo su polla con una mano, acariciándosela varias veces—. Dilo otra vez, conejita —exigió. —¿Puedo chuparte la polla, Señor? ¿Por favor? Lucas apoyó la cabeza en el respaldo. Su mano seguí acariciando su polla hasta que se cubrió de semen. Unos cuantos tirones más, y dejó caer la mano. Saciado, miró a Carol. —Límpiame, conejita —le ordenó, aguantando la respiración mientras esperaba a ver qué hacía ella. Estuvo a punto de saltar y ponerse a bailar cuando ella se inclinó y empezó a utilizar la lengua para limpiarle la polla. Y, joder, no dejó ni una sola gota. Para cuando terminó el trabajo con su talentosa lengua, Lucas estaba duro de nuevo. —Buena chica —murmuró, y acarició con delicadeza el pelo de Carol—. Mi conejita. Carol se movió y apoyó la cabeza en el abdomen de Lucas. Tenía una mano debajo de ella, y la otra apoyada en el muslo de él. El pene anidaba en la curva del cuello de Carol. —¿Lucas? —dijo, mientras dibujaba pequeños círculos con sus dedos en el muslo de Lucas. —¿Si, cielo? —¿No te molesta que sea... sumisa? —No, cielo. Al contrario. Espero que te hayas dado cuenta que yo soy un poco... —¿Dominante? ¿Autoritario? ¿Controlador? —Sí —contestó Lucas riéndose—. Supongo que puede decirse así. —Entonces... ¿Eres un Amo, como Mac? —¿Qué sabes sobre esas cosas? —No soy estúpida, y SueEllen y yo hemos tenido muchas charlas de chicas sobre esas cosas. —¿Y qué es lo que sabes? —Bueno, que yo soy una sumisa, y tú tienes todos los rasgos de un Amo. —Inclinó la cabeza, aún avergonzada. —¿Qué te hace pensar que eres una sub? Lucas movió la mano y la apoyó en la cadera desnuda de Carol. Quería darle seguridad, hacerle saber que podía decir lo que quisiera, sin restricciones.
  • 31. —No sé. quiero decir, cuando SueEllen me cuenta algunas de las cosas que hace con Mac, yo me mojo. Aunque no con todas. Hay algunas que me parecen un poco... extrañas. —¿Como cuales? —Los collares con cadena. No sé, me parece que es un poco humillante ser tratado como un perro. Y hacer que tu sub se siente en el suelo. ¿Por qué obligarías a alguien a hacer algo así? —Algunos subs no ven mal este tipo de cosas. Es más, les gusta que les traten así. Son felices haciendo felices a sus Amos. —¿Y tú? —le preguntó a Lucas alzando la mirada para verlo bien. —Prefiero una pareja sumisa, sin dudarlo. Pero obligarlo a sentarse en el suelo, o llevarlo de una correa... eso no es para mí. —Entonces, ¿qué es lo que quieres tú en una relación de este tipo? Por un instante, pensó que Lucas no iba a responderla. Quizás no debería haber preguntado. —Una de las razones por las que no respondí a tus intentos de seducirme, fue porque tenía miedo que no quisieras estar conmigo cuando descubrieras el tipo de relación que busco, una de Amo y sumisa. Puede ser muy... perturbador para alguien como tú, que nunca ha estado en una relación de este tipo. —Lucas cogió el rostro de Carol para que sus ojos se encontraran—. Esto no tiene nada que ver con que te desee o no, porque te deseo, y mucho. Pero temía que no entendieras lo que quiero y espero de ti. —Entonces, ¿por qué no me lo explicas? Nunca podré saberlo si no lo haces. —Antes de nada, quiero que sepas que no importa. Si no estás dispuesta a una relación de este tipo, lo aceptaré, porque no tengo ninguna intención de renunciar a ti, ¿comprendes? Si no te sientes cómoda, o todo esto te abruma demasiado, nos olvidaremos de ello y tendremos una relación... «normal». —Esa palabra casi se atragantó con ella—. Tenerte en mi vida es mucho más importante, ¿comprendes? Carol asintió con la cabeza, sin decir nada. Lucas se había entregado a ella en bandeja. Todo lo que había hecho era abrirle su corazón, declarando que la quería incluso si ella no podía soportar el tipo de relación que él deseaba. Que aceptaría lo que Carol quisiera darle, porque era más importante tenerla a su lado que cualquier otra cosa.
  • 32. —Hace muchos años que estoy en este estilo de vida. He probado de todo: correas, collares, nalgadas, y todo lo demás. Al principio, era emocionante ir a clubs, pasearme con mi sumisa atada a una cadena, mostrarla al resto de miembros del club. Pero con el tiempo, dejó de serlo. —¿Por qué? —No lo sé. Supongo que no me parecía real. Era más una pose, un juego, que una verdadera relación. No necesito guiar a mi pareja con una correa para que ella sepa que soy su Amo. Creo que una relación debe ser afectuosa, más íntima. Eso no significa que castiga a mi sub sea algo equivocado, porque esto no es acerca de ser más fuerte o poderoso. —Entonces, ¿acerca de qué es? —preguntó Carol. —Todas las relaciones tienen una dinámica: la de dar y recibir. Una persona da, y la otra recibe. Y viceversa. En cualquier pareja uno de sus miembros es más dominante que la otra. —Entonces, si no esperas que camine a tu alrededor con un collar, o que me siente a tus pies, ¿qué quieres de mí? ¿Qué debo hacer como tu sumisa? —Mi sumisa —gruñó Lucas, con los ojos brillando—. Joder, conejita, sabes cómo hacer que me ponga a mil, ¿verdad? —Intento tener una conversación seria, Lucas. —Yo también, cielo. Pero pensar en ti como mi sumisa, me pone duro como una piedra. —¡Lucas! —Está bien, está bien —exclamó, riéndose de la cara de indignación de Carol—. Pero no más cosas de sumisas hasta que estés lista para ello. Pero te diré algunas cosas. Sabes cuánto me gusta dirigirlo todo, pero no creo que entiendas cuánto me gusta ser el jefe. Me gusta controlarlo todo en mi vida, incluyendo a mi pareja. —¿Y eso significa...? —Que querré saber dónde estás en cualquier momento. Si necesitas ir a la tienda, me llamas y me lo dices. Nunca te diré que no a nada, pero tengo que saber en todo momento dónde estás y qué estás haciendo para no preocuparme por si algo te sucede. —Eso puedo entenderlo —asintió Carol—. ¿Qué más? —Joder, cielo, me pones duro con tu manera de hablar —gruñó. —¿Todo eso de «sí, Señor»? Me di cuenta de eso sin ninguna ayuda
  • 33. —se rio Carol. —Soy bastante obvio, ¿verdad? Pero debes saber que para mí, es un término cariñoso. Como cuando yo te llamo «cielo», o «conejita». Al llamarme Señor al dirigirte a mí, me estás diciendo que soy importante para ti. —Así que, cuando me llamas «cielo», o «conejita», ¿me estás diciendo que cuidarás de mí? —En todo momento. Nunca he usado esas palabras con alguien, y nunca lo haré. Y para ti ha de ser lo mismo. Jamás te dirijas a nadie más como «Señor», porque eso sería como... —¿Ponerte los cuernos? —Exacto. No podrías haberlo definido mejor. Solo que no puedo creer que lo entiendas. ¡Nadie lo hace! —exclamó Lucas sorprendido—. Oigo a mucha gente decirlo todo el tiempo, sin darse cuenta de le especial que es. Carol sonrió, disfrutando de la sensación agradable que había dejado en ella el elogio de Lucas. También adoró el hecho que nunca hubiera llamado «cielo» o «conejita» a nadie más. «Esas palabras son solo mías», se dijo. —¿Qué más? —preguntó Carol, ávida por saber más. Anhelaba la aprobación de Lucas. —Bueno, tener una relación Amo/Sumisa, significa que cada uno de nosotros tendrá un rol que interpretar. El tuyo, es hacer lo que yo te diga, cuando te lo diga. Si no lo haces, serás castigada. —¿Castigada? —preguntó con voz aguda, algo alterada. ¿Cómo? —Jamás te haré daño, ni te avergonzaré. Eso te lo prometo. Pero si haces algo mal, te reñiré. Seguramente te daré alguna nalgada, o puede que no deje que te corras. —¿Darme palmadas en el culo? ¿Te gustaría hacerme eso? — preguntó con lentitud—. Pero si me gusta... ¿qué clase de castigo sería? Estaba segura que, estar sobre las rodillas de Lucas mientras le daba palmadas en el culo, era algo que no le disgustaría en absoluto. La sonrisa en el rostro de Lucas, le dijo que él había captado perfectamente su pensamiento. —No te preocupes, cielo. Con el entrenamiento, aprenderás a reconocer el tono de mi voz cuando estoy molesto, y vas a querer evitar eso. Y podemos dejar los azotes para otras cosas más... divertidas.
  • 34. —¿Entrenamiento? —«¿Qué coño significa eso?». —No puedes pretender saber todo lo que quiero y espero de ti, en un rato, en una conversación, ¿no? Para llegar a eso, hará falta tiempo. Aunque una vez hayamos terminado, anticiparte a mis deseos será algo normal para ti. —Sigo sin entender lo que quieres de mí, Lucas. —Sencillo: que hagas lo que yo te diga, cuando te lo diga. Nada más. Pero no porque yo lo quiera, sino porque tú necesitas hacerlo, por mí. —¿Qué cosas? —Cuidar de mí, y hacer mi vida mejor. Empezando por mudarte a mi casa y dejar tu trabajo. Vendrás conmigo al bar cada día. —Ey, ey, ey. Stop. ¿Mudarme? ¿Dejar mi trabajo? ¿Así, de repente? Sí que había tenido fantasías sobre ella y Lucas viviendo juntos, pero todo iba demasiado deprisa. Mudarse, vale; pero dejar su trabajo, la manera que tenía de mantenerse independiente, no era algo que le hiciese gracia. Vale, el trabajo era un asco, tenía horarios de esclavo y cobraba una mierda. Pero con esa mierda de sueldo había podido vivir sin tener que regresar a su casa, cabizbaja y suplicando que la volviesen a admitir en el seno de la familia. Ya una vez había dependido de otros para poder vivir, y no era un pasto al que quisiese regresar. —¿Tienes algún problema con eso? —Con mudarme, no. ¿Con tu control? Tampoco. No me molesta que quieras saber dónde estoy a cada momento. Pero no pienso dejar mi trabajo. Y eso es innegociable. —No necesitarás trabajar, conejita. Si tu cuidas de mí, es de recibo que yo cuide de ti. Ese trabajo que tienes ahora, lo odias. ¿Por qué no quieres dejarlo? —Porque supone mi independencia, Lucas. Ya dependí del dinero de otra persona una vez, y no quiero volver a pasar por eso. «¿Dependió de otra persona? ¿Había estado viviendo con otro hombre?» Pensar en Carol con otro, hizo que los celos le revolvieran la tripa. Y su empeño en no abandonar el trabajo para no depender económicamente de él, le dijo que la cosa no había acabado bien. Había un filo de dolor en sus palabras, como si hubiese salido muy mal parada con la experiencia. —¿Qué te ocurrió? —preguntó. Intentó que su voz fuera suave para
  • 35. que ella no notara las turbulentas emociones que estaban sacudiéndolo: celos por el otro hombre, e ira por haberle hecho daño. —No tengo ganas de hablar de ello ahora, Lucas —contestó, revolviéndose en la cama. Lucas suspiró. Debería haberse esperado una respuesta así. Tan sumisa como Carol era, también tenía un punto muy alto de testarudez cuando se trataba de su intimidad. —De acuerdo. Pero quiero que sepas que nunca te juzgaré por tu pasado, sea lo que sea. En cuanto a tu trabajo... está bien. Pero preferiría que dejases ese lugar en el que estás, y buscases otro empleo que te hiciera más feliz. Quizá podría ayudarte en eso. —¿Cómo? —Depende de lo que te gustaría hacer, pero conozco a mucha gente. Carol se rio con timidez, soñadora. —¿Sabes? Hace unos años, soñaba con poder convertirme en diseñadora de moda. Tenía cuadernos llenos de dibujos de vestidos preciosos. Pero después... —¿Qué pasó después, cielo? —preguntó cuando ella dejó la frase sin terminar. Lucas deslizó la mano por sus hombros, acariciándola, queriendo conseguir que volviera a relajarse de nuevo. —Que las cosas cambiaron, nada más —contestó, gruñona. Lucas suspiró, comprensivo. —Otra cosa de la que no quieres hablar. —Poco a poco, Lucas. Tengo mucha mierda en mis espaldas, y no quiero empezar a salpicarte con ella ahora. Habrá tiempo de sobras para que vayas conociendo todos mis traumas familiares. —Creí entender que estabas sola, que no tenías a nadie. Por lo menos, eso es lo que deduje de las cosas que Mac me ha contado de ti. —Tengo familia, pero es como si no la tuviera. Pero... —No quieres hablar de ello —la interrumpió Lucas, molesto. ¿Por qué le costaba tanto confiar en él? «La confianza es algo que se gana con el tiempo», se dijo, así que se prometió tener paciencia—. Entonces, ¿vas a mudarte? —No sé. ¿Qué esperarás de mí, si lo hago? —¿Me acusarás de ser machista, si te digo que espero que cocines? —tanteó—. Me muero por la comida casera, y solo la consigo en restaurantes.
  • 36. —¿No sabes cocinar? —se rio de él. —Ni una simple tostada. Siempre se me queman —gruñó, molesto por tener que admitir que había algo que no sabía hacer. —Bien. Cocinar. Ningún problema. A mí me encanta. ¿Qué más? —De las tareas domésticas no tienes que preocuparte si no quieres, viene una mujer tres veces a la semana a hacerlas, pero me encantaría que le dieras un toque femenino a la casa, que te la hagas tuya, no sé si me entiendes. —Te entiendo perfectamente. ¿Eso es todo? —Tenerte cerca todo el tiempo posible —añadió dejando ir un reguero de besos por su cuello—, y que desees follar conmigo durante todo el tiempo. Carol dejó ir una carcajada mientras se ruborizaba. Sus palabras y los besos que iba soltado distraídamente, habían hecho que sus pezones se arrugaran otra vez, y que su coño se empapara. ¿Con todas sus exigencias? No tenía ningún problema. —¿He de llamarte «Señor» en público? —No en el bar, ni cuando estemos en público. No quiero que te sientas humillada por tener que hacerlo. ¿En casa? Me encantaría que lo hicieras. Y hay otra cosa, que es muy importante para mí: no quiero que tomes ninguna decisión sin hablarlo conmigo antes. Si estás molesta por algo, no me harás una escena en público, no lo soporto, y lo considero una falta de respeto. Cualquier cosa, lo hablaremos siempre en privado. Ni discutirás conmigo delante de otras personas, ni me levantarás la voz. Y aceptarás todo lo que yo quiera hacer contigo, con la promesa que te hago de que nunca te humillaré, de ninguna manera. También espero que me digas cuándo algo te haga sentir incómoda. Carol cerró los ojos, pensativa. Había muchas cosas que Sue le había contado sobre la vida de pareja con un Amo, y había algunas cosas que la perturbaban. —¿Querrás...? —carraspeó, buscando el valor para preguntarlo—. ¿Querrás mostrarme a otros, desnuda? ¿O compartirme? —¡Absolutamente no! Nada de compartir. Tú eres mía, y en el momento en que tú mires a otro, se acabó. No tolero las infidelidades — replicó Lucas con vehemencia—. En cuanto a lo de que otros puedan admirarte... ¿qué sientes tú al respecto? Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Carol. ¿Qué sentía?
  • 37. —Curiosidad. No sé si puede llegar a gustarme, aunque si tú quieres, podemos probarlo. —Se mantuvo en silencio unos segundos, su cabeza girando en torno a una cosa que la preocupaba—. ¿Y en cuanto a ti? — preguntó con un hilo de voz, temiendo la respuesta—. ¿Querrás estar con otras, y yo tendré que soportarlo? —¡Claro que no! La fidelidad es un camino de dos vías. Estamos juntos en esto, nos pertenecemos el uno al otro. —Me alegro —suspiró ella, aliviada—, porque no soportaría saber que vas con otras. Es más, no lo aceptaría. Yo soy tuya, pero tú también eres mío, con todas las consecuencias. —Exacto conejita —susurró en su oído. Sus manos vagaron hacia sus pechos, con esos pezones que se mantenían erguidos, y empezó a masajearlos—. Tu cuerpo me vuelve loco, cielo. Carol notó que la polla de Lucas volvía a ponerse dura, presionando contra su cadera. —Mmmm Me quieres solo por mi cuerpo —susurró dejándose llevar por las sensaciones de aquellas manos fuertes. —No digas eso —gruñó, haciendo que ella girara el rostro para poder confrontarlo—. Si crees que lo único que hay entre los dos, es sexo, estás equivocada. Te quiero en mi vida, de cualquier manera. Si lo que te estoy proponiendo es demasiado para ti, acepto lo que sea que quieres darme. No tenemos porque tener una relación Amo/sumisa, si tú no quieres. La decisión es tuya, cien por cien. Lucas habló con tanta convicción, que Carol solo podía mirarlo, maravillada. Parecía que de verdad quería decir lo que había dicho. Pero, ¿qué significaba eso para ella? ¿Podría cambiar su vida entera para estar con Lucas? ¿Aceptar todas sus exigencias, renunciar a su trabajo, y mudarse? Lucas hacía que las cosas parecieran fáciles, pero una vez que dijera «sí», no habría vuelta atrás. ¿Y si las cosas no funcionaban? ¿Qué sería de ella? Volvería a estar sola, sin trabajo, sin nada a lo que aferrarse... —Necesito tiempo para pensarlo —dijo al final. No quería hacerle daño, pero necesitaba considerar cada cosa de manera cuidadosa antes de tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre. —Claro, tómate todo el que necesites. Solo espero que podamos vernos mientras tanto, tener citas, cenas románticas, y esas cosas que os gustan a la mujeres. Sin presiones.
  • 38. —Y sexo —añadió ella, con una sonrisa. —Mucho sexo —aseguró él.
  • 39. Capítulo cinco Había pasado una semana desde que Lucas había abandonado el apartamento de Carol para que pudiera pensar acerca de lo que habían hablado. Sabía que le estaba pidiendo mucho, pero estaba seguro que si ella aceptaba su proposición, podrían construir una buena vida en común. Intentaba ser paciente, pero la espera lo estaba matando. Hablaban por teléfono cada noche, pero no se habían visto en esos días. En parte a causa del trabajo, y en parte porque Carol le pidió espacio y tiempo para pensar. Lucas quería darle todo el tiempo que necesitara para tomar una decisión, pero se estaba volviendo loco con la espera. Le era muy difícil concentrarse en su trabajo porque no podía dejar de pensar en ella. Empezaba a pensar que le había pedido demasiado, y que debería empezar a olvidarse de sus fantasías de una relación Amo/sumisa. Debería pedirle una cita y mandar lo de dominante a la mierda. Tiró el bolígrafo sobre el escritorio, se puso de pie, y caminó hacia la ventana. Era de noche y el cielo estaba despejado y lleno de estrellas. ¿Y si Carol decidía que no quería estar con él? ¿Qué haría entonces? ¿Cómo podría renunciar a ella ahora que había probado lo que podría llegar a ser su vida, juntos? —Hola, Señor. Te he traído la cena. La cabeza de Lucas giró de golpe al oír la dulce voz de Carol. El aire se le quedó atrapado en los pulmones con la visión que había ante él: Carol, vestida con una falda de tubo que le llegaba a medio muslo, una blusa color amarillo pálido que resaltaba el moreno de su piel, y unos zapatos de tacón de infarto, de aquellos que han de dar vértigo al ponértelos. Estaba impactante, como siempre. Pero lo que más le quitó el aliento, fue la sonrisa sexy que iluminaba su rostro. Llevaba una pequeña cesta de picnic en una de sus manos, y sus preciosos ojos miraban hambrientos a Lucas. Parecía vacilante, como si no supiera seguro si iba a ser bienvenida. —Ey, conejita. Te he echado de menos —dijo Lucas mientras cruzaba la habitación y se ponía delante de Carol. Se apresuró a pasar los dedos por el rubio pelo rizado y a bajarlos por un lado de su rostro. El corazón le saltó dos veces en un latido cuando ella giró la cabeza hacia su palma, buscando su caricia. Cerró los ojos brevemente, y después los
  • 40. volvió a abrir para fijarlos en Lucas. —También te eché de menos, Señor —murmuró. Seguía manteniendo la canasta en su mano cuando se alejó, dirigiéndose hacia la mesa del despacho de Lucas—. Te traje la cena. —Oh. ¿Qué trajiste? —Creo que te gustará. Carol lo miró, sonriendo, mientras empezaba a sacar lo que había dentro de la cesta: dos platos, dos cubiertos, dos vasos, dos cubremanteles, y dos servilletas, y lo dejó todo sobre la mesa. Después sacó varios tuppers, y los dejó entre la vajilla. Al final, dos velas rojas. Al ver las velas, Lucas levantó una ceja y se rio cuando Carol se ruborizó y se encogió de hombros. Mientras ella preparaba las cosas para cenar, Lucas fue hasta la mesa y sacó unas cerillas para encender las velas. Se giró para ver que Carol miraba alrededor de la habitación. —¿Qué ocurre, conejita? —preguntó mientras se sentaba en la silla de oficina detrás de la mesa. —Necesitamos otra silla. —No, para nada. Tú te sientas en mi regazo —dijo mientras la agarraba por la cintura y la acercaba a él—. ¿Qué hay para cenar? —Pollo empanado, pasta a la carbonara y verdura a la plancha. Y de postre, pastel de chocolate. Carol empezó a abrir los tuppers y a servir la cena. —Mmmm, chocolate. Mi única debilidad. A Lucas se le hacía la boca agua al ver las dos enormes porciones de pastel de chocolate que Carol había puesto sobre la mesa. Eran extraordinariamente decadentes, y no podía esperar para probarlos. —Pensé que yo era tu única debilidad —se rio Carol. —No, conejita. Tú eres mi obsesión. —¿Tu obsesión? Puedo vivir con eso. Carol cogió un tenedor y un cuchillo, y partió un trozo de pollo para llevarlos a la boca de Lucas. —Hostias, conejita, esto está de muerte. ¿Dónde lo compraste? — preguntó con la boca llena. —Lo hice yo —contestó Carol con orgullo. —¿En serio? Está riquísimo. Que cocines... Un momento. ¿Lo hiciste todo tú? ¿El pastel también? —preguntó, asombrado. —Por supuesto. Te dije que me gustaba cocinar.
  • 41. —De prisa, dame un trozo de pastel para que lo pruebe —exigió Lucas. Carol levantó un tenedor con un buen trozo de pastel y lo llevó hasta la boca de Lucas. Este cerró los ojos y lo saboreó con delicia, dejando ir un tenue gemido de placer. En cuanto abrió los ojos, Carol tenía preparado otro trozo esperando. No pasó mucho tiempo hasta que toda la comida se terminó, y Carol lo guardó todo de nuevo en la cesta. Se puso de pie, llevó la cesta al lado de la puerta, y volvió para sentarse en el regazo de Lucas otra vez. —¿Cuánto tiempo vas a quedarte, conejita? —preguntó Lucas, envolviendo sus brazos alrededor de ella. —Bueno, Señor, considerando que le he devuelto mi llave a Sue, y que ayer me despedí de mi trabajo, y que todas mis cosas están abajo en una furgoneta que he alquilado... yo diría que voy a quedarme todo el tiempo que tú quieras —contestó mirándolo a los ojos, esperando su reacción. —Carol... ¿dejaste tu trabajo? ¿Y el apartamento? —¿No es lo que querías? —preguntó, de repente aterrada por si había entendido mal a Lucas la semana anterior. O pero, que hubiera cambiado de opinión y ya no la quisiera allí. —¡Claro que eso es lo que quiero! Pero, ¿estás segura? Sé que te estoy pidiendo mucho. Y si quieres que vayamos más despacio, lo entiendo. —No es... no es lo que quieres. —Incomodada por el miedo a que Lucas ya no la quisiera, saltó poniéndose de pie. Cruzó la habitación, precipitadamente, y cogió la cesta del suelo—. Lo siento, yo pensé que... —¡Carol! —gritó Lucas con tono de mando, cuando ella empezaba a abrir ya la puerta—. Ven aquí. Ella dejó la canasta en el suelo otra vez, y se dio la vuelta, caminando hacia él hasta quedarse quieta al llegar delante, con los puños apretados. —Mírame, Carol. Ella respiró profundamente y levantó la cabeza. La cólera en la expresión de Lucas, la conmocionó. Ni siquiera podía recordarlo enfadado o disgustado con ella. Tampoco le había oído ese tono antes. Que Lucas estuviera irritado con ella, no era algo que disfrutara. Se le revolvió el estómago, como si miles de hormigas hubieran decidido salir a pasear por allí. Cuanto más lo miraba, más nervioso se ponía.
  • 42. —Lo siento, Señor —murmuró. —Nunca huyas de mí. Si no entiendes algo, espero que me preguntes y lo aclares con un tono respetuoso. ¿Entiendes? Carol asintió con rapidez. ¿Lucas no la estaba echando a la calle? —También espero que me mires a los ojos cuando hablamos. No a mis piernas, ni a mi pecho. A mis ojos. Cuando yo hable contigo, espero lo mismo. ¿Entiendes? Carol asintió con la cabeza otra vez. —No puedo oírte cuando asientes, Carol. —Sí, Señor —le dijo en voz alta y clara, a pesar del nudo en la garganta. —Aprecio mucho que me hayas traído la cena, además de la sorpresa de que eres una gran cocinera. Creo que pensaste en mí lo suficiente como para prepararme una comida deliciosa. Lucas se sentó en la silla y arrastró a Carol a su regazo, sentándola a horcajadas. Acunó su rostro con ambas manos. —Quería que te mudaras a mi casa, y que dejaras tu trabajo. Siento si te he dado otra impresión. Solo quiero asegurarme que esto es lo que tú realmente quieres: mudarte conmigo y empezar una relación Amo/sumisa. Como ya te dije, aceptaría estar contigo de cualquier manera. Si esto te hace sentir incómoda... Sacando valor, Carol cubrió los labios de Lucas con sus dedos. —Quiero estar aquí, contigo, bajo tus condiciones. Sé qué quieres de mí, y me parece bien. Es lo que esperaba cuando vine aquí esta noche, decidida a demostrarte que estoy preparada para comprometerme contigo y el estilo de vida que tú prefieras. Eso sí, espero que cumplas tu promesa de encontrarme otro trabajo que me resulte más agradable —añadió con una sonrisa pícara—. Necesito mi propio trabajo, Lucas, para sentirme en igualdad de condiciones contigo. —Dios, conejita, no sabes cuán feliz me haces. Antes que llegaras, estaba preocupado por haberte exigido demasiado. No todo el mundo es capaz de hacer el sacrificio que tú estás haciendo para conseguir llevar hacia adelante una relación. Y no importa lo mucho que yo lo desee, no quería asustarte y que te alejaras. —¿Alejarme? Eso no va a pasar. He estado pensando mucho durante todos estos días, sobre lo que hablamos, lo que esperabas de mí, lo que ambos queremos... y lo que tú puedes darme. Solo espero poder
  • 43. corresponderte en igual medida. —Solo te quiero a ti, Carol. —Eso ya lo tienes, Señor. Carol vio los ojos de Lucas oscurecerse por el deseo. Aún se sorprendía de lo que aquella palabra lo encendía. —Conejita —gruñó Lucas mientras Carol empezaba a desabotonarle la camisa, separando la ropa lo suficiente para poder lamerle un pezón. Sonrió mientras oía su gruñido. Las manos de Lucas fueron al pelo de ella, aferrándolo—. Esto está muy bien, cielo. Pero lo estaría más contigo desnuda. Carol levantó la cabeza, sonriéndole. Se puso de pie entre sus piernas y empezó a desabotonar su blusa, disfrutando de la manera en que Lucas la miraba, con la mirada hambrienta. Carol tiró la blusa sobre el escritorio, y después deslizó las manos hasta llegar a la cremallera de la falda. La mirada de Lucas se oscureció todavía más cuando tiró de ella y la dejó caer al suelo, para apartarla de una patada. —¿Así te parece bien, Señor? Lucas gruñó y fijó los ojos en los pezones que aún estaban cubiertos por el sujetador. Carol rio, coqueta, cuando dirigió las manos hacia el cierra y lo abrió, dejándolo caer con lentitud, disfrutando de cada momento, de las manos de Lucas, que se cerraban en puños. Después tiró del tanga, que se deslizó hasta sus tobillos, y lo pateó. Se sentó a horcajadas sobre los muslos de Lucas. —¿Así está mejor, Señor? Lucas colocó las manos en los pechos de Carol. Tan deliciosos. Tan llenos. Tan suaves. Los pezones tostados estaban arrugados, delatando la excitación que se había apoderado de su cuerpo. —Oh, sí, cielo, está mucho mejor. Jugó con los pezones, tirando de ellos, oyendo los gemidos de placer de ella. Se llevó uno a la boca y chupó con fuerza. Tan dulce. —¿Has pensado en perforarlos, conejita? —¿Quieres que lo haga? Carol respiró con fuerza, mordiéndose el labio para no gemir. —Estarías preciosa con un pequeño anillo de oro en el pezón, justo aquí —dijo Lucas mientras tiraba más fuerte. —Entonces, le podremos uno.
  • 44. Lucas inclinó la cabeza para mirarla a los ojos. —¿Harías eso por mí? ¿Solo porque yo te lo he pedido? Carol se encogió de hombros. —Claro. Pero tendrás que venir conmigo. No me gusta el dolor. —Por supuesto que te acompañaré. ¿Cuando quieres que vayamos? ¿Mañana? Lucas parecía como un crío en la noche de Reyes, anhelando abrir los regalos que le han traído. Asintiendo, Carol pellizcó su propio pezón. —¿Cómo crees que se verán mejor? ¿Solo un piercing? ¿O uno en cada pezón, Señor? —Carol —gruñó Lucas, empujando su dura polla contra la entrepierna de ella—. Vas a causarme muchos problemas, ¿verdad? Carol sonrió, inclinándose hasta que su nariz tocó la de Lucas, deslizando los brazos alrededor de su cuello. —Voy a intentarlo con todas mis fuerzas —murmuró justo antes de besarlo. Un momento después, estaba gimiendo mientras Lucas apretaba su trasero con las manos. —Carol, cielo, te necesito —dijo levantando la mirada. Ella sonrió. —¿Tienes condones? Lucas abrió el cajón y sacó una caja de preservativos. Carol alzó una ceja al leer que contenía 144 unidades, y las mejillas de Lucas se sonrojaron mientras la sacaba. —Tengo la esperanza que me visites a menudo. Y cada vez que entres por esa puerta, ten por seguro que me volveré loco por tu culito — bromeó Lucas. —¿Qué culo? ¿Este culo? Carol se levantó del regazo de Lucas, se giró, y se inclinó sobre el escritorio. Lucas inhaló y ella sonrió, traviesa. —Joder, conejita. ¿Has estado llevando eso toda la noche? — preguntó Lucas. Giró el dildo que Carol llevaba introducido en el ano. Ella gritó y apoyó la cabeza en el escritorio. —Quería estar segura que podrías tomarme por donde quisieras. Mi coño. Mi boca. Mi culo. Son para ti, Lucas. Lucas gruñó y quitó el dildo con cuidado. Un momento después, había sacado una botella de lubricante del mismo cajón donde tenía guardados los condones.
  • 45. —Hombre prevenido... —bromeó Carol. El lubricante resbaló por la raja de su culo, y Lucas masajeó el interior del ano. —Oh, sí, conejita. Voy a hacerte muy feliz —le dijo. Carol giró el rostro para verlo, sonriendo ante la polla de Lucas saltando en la ingle, cubierto con el condón y el lubricante. La verga de Lucas la empaló poco a poco—. Sí, justo así —siseó con los dientes apretados. Cogió las caderas de Carol y se empujó hasta el fondo. —Lucas —gimió, apoyando la cabeza en la mesa—. Yo... necesito más. Por favor, Señor. Las dedos de Carol se apretaban contra la madera como si quisiera hundirlos en ella, y movía las caderas frenéticamente para encontrarse con él. Sus labios hinchados emitían pequeños gemidos mientras la polla de Lucas entraba y salía de su culo. Lucas se inclinó hacia adelante, profundizando más la penetración. Si su conejita necesitaba más, iba a darle más. Le daría todo. Deslizó una mano hacia adelante hasta apoderarse de un pezón, y lo apretó hasta que ella dejó ir un gemido desgarrador. La otra mano bajó hasta el clítoris, y jugó con él, rápido y con fuerza, mientras seguía empujándose en su culo. Su aliento salía de sus pulmones en grandes ráfagas. Los músculos internos de Carol se aferraban a su polla, sosteniéndolo, ordeñándolo. Empujó duro, tiró del pezón, metió dos dedos en su coño. La invasión doble hizo que ella gritara y levantara la cabeza. Esto era el paraíso en la tierra. —Por favor, Señor —sollozó Carol mientras sus dedos se hundían más en la mesa, hasta ponerse blancos—, por favor, necesito correrme, Señor. ¿Puedo? ¿Por favor? Lucas casi se pierde ahí. No era posible que Carol supiese lo que le estaba haciendo cuando le rogaba permiso para llegar al orgasmo. No había manera que comprendiera lo poderoso que hacía sentir a Lucas. —Córrete, conejita. Córrete para mí —gruñó mientras arreciaba las acometidas en los tres puntos a la vez. Con asombro, vio cómo la cabeza de Carol se alzaba más y gritaba, y gritaba, y gritaba, mientras se corría con fuerza. Chorros de líquido salieron por su coño, empapando su mano. El dulce olor lo invadió todo, y aquello era lo que necesitaba Lucas para llegar al borde con
  • 46. desesperación. Se aferró a las caderas de Carol con tanta fuerza que sus dedos dejaron marcas, y gruñó, sintiendo cómo el semen salía despedido. El cuerpo de Carol tembló alrededor de su pulsante pene. Le temblaron las piernas por la intensidad del orgasmo, y Lucas envolvió los brazos alrededor del cuerpo de su mujer, sentándose en la silla, arrastrándola con él. Le pasó la mano por entre los pechos, arriba y abajo, esperando que sus respiraciones se normalizaran. Carol había girado el rostro, apoyado en su hombro, hasta esconderlo en la curva de su cuello. Mientras sus corazones recuperaban el ritmo, Lucas se negaba a permitir que su fláccido pene abandonara el culo de Carol. Deseaba que hubiera un modo de poder seguir allí, pero imaginó que podría tener serios problemas, y se vería muy extraño caminando por ahí con ella empalada en su pene. —Nunca voy a abandonarte. Lo sabes, ¿verdad? Jamás me apartaré de ti. Carol asintió, mostrando una pequeña sonrisa que Lucas no pudo ver, escondida contra su cuello. —Puedo parecer sumisa, Lucas, pero como intentes dejarme, descubrirás qué tipo de fiera se esconde detrás. Lucas alzó una ceja ante la declaración de Carol. En su interior, estaba saltando de alegría. Sin embargo, por fuera... —¿Estás siendo irrespetuosa, conejita? —le preguntó intentando mantenerse serio. —No, claro que no, solo que... —Sssssht, relájate, cielo. Solo estoy bromeando. —Logan se aseguró que lo entendiera cuando percibió el tono de preocupación, y la tensión en el cuerpo que estaba sosteniendo—. De hecho, me gusta saber que estás decidida a pelear por mí. Carol se enderezó y giró el rostro para poder mirarlo. Estaba repentinamente seria. —Mira, Lucas. Hay algo que necesito decirte, y no quiero que te lo tomes a mal. No pretendo ser irrespetuosa ni nada por el estilo, pero necesito que tengas algo muy claro. —Solo suéltalo —la interrumpió Lucas, repentinamente nervioso. Carol tenía una expresión extraña, como si estuviera muy preocupada por algo—. ¿Qué ocurre, cielo? —Ambos estamos de acuerdo en esto de tener una relación
  • 47. Amo/Sumisa, pero... —Conejita, si no es eso lo que quieres, podemos... Carol puso dos dedos sobre los labios de Lucas, haciéndolo callar. —Por favor, solo déjame terminar. Ambos estamos de acuerdo, y me parece bien, no tengo ningún problema. De hecho, casi lo prefiero. No puedo pensar en nada que quiera más, que pertenecerte. Quiero estar contigo, y todo lo que eso implica. Ni siquiera pienses lo contrario, ya que no estaría aquí si no fuera así. A Lucas se le formó un nudo en la garganta, por la emoción de las palabras que acababa de oír. No importa lo que digan los demás, un sumiso no puede serlo realmente, a menos que él decida serlo. Eso solo funciona de esta manera. Si alguien piensa de otra manera, es que no sabe qué es ser sumiso de verdad. —Sin embargo, a pesar de todo esto que acabo de decir, necesitas entender cómo veo yo esta relación, sin importar qué dinámica llevemos. Con lo mucho que yo te pertenezco, tú también eres mío. Y yo peleo siempre por lo que es mío. —Carol... —Lucas pronunció su nombre con ternura, su polla moviéndose en el interior de ella con la intensidad de sus emociones. Carol lo estaba reclamando, y Lucas no podía estar más emocionado. —Me perteneces, Lucas Lowell, y no te dejaré ir. Puedo ser tu conejita, pero tú eres mi Señor. Y será mejor que nunca lo olvides. —No lo haré, te lo prometo, conejita —le dijo antes de bajar los labios hacia Carol. Con el beso, intentó transmitir la fuerza de su promesa y la emoción por la posesividad de ella. Separó los labios, sonrió, y palmeó su trasero—. ¿Qué te parece si te vistes, y bajamos a bailar un poco? Creo que es hora que todo el mundo sepa que eres mía... y yo, tuyo.

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