NarrativaEl hambreManuel Mujica LainezAlrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras...
nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade elaposento y es más fuerte que el de la...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidec...
silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeab...
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Narrativa edi

Published on: Mar 3, 2016
Source: www.slideshare.net


Transcripts - Narrativa edi

  • 1. NarrativaEl hambreManuel Mujica LainezAlrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de losindios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Losespañoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hoguerasdestrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto entanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él losalaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiariascuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado,que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle deallí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como undemente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas yescapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no sonlos gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar delos que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces,del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarsede las construcciones ardientes.Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugoque llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas racionesprimero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyocuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegosdébiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en elinterior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, quereptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz conlos emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y elVirgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el“Ave María” heráldico del fundador.El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario demadera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrarel pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieranalcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral deOsorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimadopor los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los quecondujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en elcastillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas,
  • 2. nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade elaposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventanapara recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tresespañoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Lesimagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron alBrasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca delmetal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Ysu mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillanafinge a su extravío una fruta roja y verde.Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el sueloduro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines,mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se tornaentonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es unodio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento.En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquíse harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó!España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de laPlata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como siestuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajolas cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca,era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron losseñores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y susaires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuandopretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira,mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe haasestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación.¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... nolo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron elcampamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio deun armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: eseanillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada unacruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lohay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarseen dos y tiritar en un rincón de la tienda.El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobrelos labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia juntoal patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dospodrán descender uno de los cuerpos y entonces...
  • 3. Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, lastiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios,famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre lasmatas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulosgrotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más ylos alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y elballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora lesve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fueramayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven,caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche denuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galerasdel Príncipe Andrea Doria.Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos enque la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menoslo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas,comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruzblanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano llevasobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.A este BernardoCenturión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuandoembarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de lossoldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatrogaleras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Losesclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que elgran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él lagracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía abordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía aAmérica. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacerrelampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar losdientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué?¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y decuanto es menester...Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuandolas mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encajedel mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutriasse abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla lacabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giranen los dedos del viento.El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae
  • 4. silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto aapagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Seincorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veíatodo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo larespiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja delas brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin,ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tansiquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su librode oraciones.Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues loscentinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre letortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Semuerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a símismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con suespantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas...¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué noaprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Unsalto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto,saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar laempuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en lasuavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne deese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido,estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en lanariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su deliriono sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodeanen torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar conun brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientesque aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, ensaciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho másallá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre losojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillocon una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Franciscole quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un gritoinhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y seecha a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de lasórbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

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